HRH,2-Rendida
Capítulo 6
Sí, y más bobo yo por estar en Arden.
Cuando estaba en palacio vivía en mejor sitio.
Pero el viajero debe amoldarse.
WILLIAM SHAKESPEARE, Parragón
Como gustéis
se mismo día, un poco más tarde, Daisy se encontraba en las habitaciones que había alquilado con todo el contenido de su armario extendido a
sus pies. Había pagado el alquiler de todo el mes por adelantado y creía que lo más
lógico era mantener la vivienda hasta ese plazo. De ese modo, si las cosas con
Gavin no funcionaban tendría una vía de escape, un refugio, aunque en ese momento estaba deseando dejar atrás el penetrante olor a dulces y pan horneándose que desprendía la panadería.
En teoría, guardar las pertenencias que tenía intención de llevarse con ella no debía de suponerle mucho trabajo. Si Freddie y los Lake la hubieran acompañado, hacer el equipaje habría sido mucho más complicado. Tanto daban
los viajes que tuvieran que hacer o lo cortos que fueran, Flora siempre insistía en
descargar los baúles, desembalar toda la porcelana y sacar toda la ropa y colgarla
en los armarios o guardarla doblada en los cajones. Al finalizar el primer día de su
llegada a cualquier sitio, no quedaba ningún baúl o caja a la vista. Sin duda, su
querida Flora era una mujer extraordinaria.
Pero aquella era la primera vez que viajaba sola, y no había llevado muchos de sus efectos personales consigo. Aparte de su ropa, vestuario y cosméticos, que
al fin y al cabo eran sus herramientas de trabajo, se había traído la preciada foto
enmarcada de Freddie, una vieja muñeca de trapo de la que nunca se separaba y a
la que siempre había llamado Lucille —no sabía muy bien por qué— y un peluche
de un gato que Gavin le había regalado hacía mucho tiempo y del que seguramente no se acordaría.
Repasando mentalmente la tarde, tenía que reconocer que había pasado un día extraordinario. Era curioso como la vida podía tenerle a uno largas temporadas
sin experimentar grandes cambios, y de repente, cuando menos lo esperabas,
sucedía algo que te hacía dar un giro de ciento ochenta grados en un solo día.
Tras el tenso té, Gavin le había enseñado su casa, tal y como le prometió. A Daisy el lugar la había dejado con la boca abierta, y a pesar de su determinación de
no ablandarse ante él no pudo evitar emocionarse. Él había prescindido de su
despacho y lo había convertido en una biblioteca para sus textos teatrales.
Que
alguien, y encima un hombre, se tomara tantas molestias por ella era algo que la
asombraba y cautivaba al mismo tiempo. Durante varios minutos lo único que hizo
fue mirar a su alrededor con cara de pasmo y balbucear un «bien, muy bien»
cuando Gavin señaló en dirección a sus nuevas estanterías con los libros
encuadernados en cuero que contenían.
Lo que sí que la desconcertó, e incluso ofendió, fue que no quisiera acostarse
con ella a cambio. Que un hombre se negara a tener sexo solo para satisfacer sus
escrúpulos le resultaba tan extraño como subirse a lomos de un elefante en vez de
a un caballo, o acompañar el té con hormigas cubiertas de chocolate en vez de
galletitas. A excepción de un par de amantes a los que de vez en cuando les apetecía recibir un buen azote, no estaba acostumbrada a ser la «agresora»
en sus
relaciones sexuales. Los hombres habían ido detrás de ella desde que se puso su
primer par de tacones, así que no era de extrañar que se sintiera superada por la
rareza de la situación… Aunque si era honesta consigo misma, tenía que admitir
que cuanto más singulares eran las situaciones más atraída se sentía por ellas.
Si estuviera en su naturaleza conformarse, en vez de estar planificando su seducción, se sentiría afortunada de que él la quisiera para algo. Aunque no se
encontraba precisamente en una situación financiera desesperada, le quedaba muy
poco. Había tenido que vender todas las joyas que acumuló de sus acaudalados
amantes para sufragar los costosos gastos médicos de Bob, su padre adoptivo. La
tisis, o tuberculosis, como estaba empezando a llamársela, era una enfermedad
cruel y muy cara de combatir. Los tratamientos incluían estancias periódicas en
sanatorios en el campo, ya que se creía que el aire de la montaña resultaba sumamente beneficioso para estos enfermos. Como consecuencia de todo esto,
había traído muy poco dinero para cambiar a libras esterlinas, y ya se había gastado la mayor parte.
Aun así, había hecho bien mudándose a Inglaterra. En el fondo de su corazón lo sabía. Si se hubiera quedado en París, se habría terminado convirtiendo
en uno de esos artistas expatriados que, una vez pasados sus días de gloria, se
pasaban sus horas libres en los cafés, gastándose sus míseros salarios en absenta y
opio. Ahora que volvía a estar en suelo inglés, sus catorce años en París le daban
un caché considerable. Además de El Palacio, existían innumerables clubes y
salones de variedades en los que podía haber actuado. Había muchos sitios en los
que dejarse la piel... Pero también mucho que ganar.
No había exagerado cuando le dijo a Gavin que la vida profesional de una bailarina era muy corta. Con las rodillas destrozadas y el espíritu quebrado las
bailarinas retiradas podían dedicarse a enseñar, pero la mayoría de las veces terminaban dándose a la bebida. En cambio, una mujer sí que podía continuar con
su carrera teatral toda la vida, ya que siempre había personajes, como lady Macbeth, que requerían actrices más maduras para interpretarlos.
Aspectos prácticos aparte, pisar los escenarios de Londres había sido su sueño desde que tenía uso de razón. Por eso, a pesar de los años y el daño que le
había hecho, no podía sentir más que un profundo agradecimiento hacia Gavin por
haber transformado su apartamento, y su vida, con el fin de complacerla.
Tal vez
estaba actuando más por culpabilidad que por amistad, pero fueran cuales fuesen
los motivos para ayudarla no miraría el diente al caballo regalado. Cuando se
acordó de cómo la había alentado cuando hacían sus pequeñas representaciones
teatrales en el desván de Roxbury House, los ojos se le llenaron de lágrimas.
«¡Muy buena representación, cariño! Eres una actriz brillante, ¿verdad, muchachos?» La voz de Gavin, o mejor dicho, de una versión mucho más joven de
él, resonó en su cabeza como si fuera un fantasma de otro tiempo y lugar.
Daisy se pasó una mano por el pelo, obligándose a volver al presente. No podía retroceder en el tiempo y cambiar el curso de los acontecimientos, nadie
podía, pero estaba dispuesta a aprovechar todo lo posible el futuro.
Después de que Daisy se fuera para terminar de traer sus cosas, Gavin aprovechó la primera oportunidad que tuvo para hablar con sir Augustus.
Gracias
a una cita previamente concertada, se encontró con el director del Drury Lane en el
salón para fumadores del Garrick.
Se sentaron en una mesa junto a una ventana con un par de vasos de whisky que empezaron a beber mientras dedicaban unos minutos a hablar de política y de
lo difícil que era sacar a flote un teatro como el Drury Lane. Según sir Augustus, la
aparición de tantos clubes y salones de variedades estaba afectando a la buena
marcha del teatro.
En un intento por esquivar aquella cuestión tan espinosa, Gavin decidió ir al grano.
—Debe de estar preguntándose por qué le he pedido que nos encontráramos.
—Sí, he de admitir que siento cierta curiosidad —dijo el hombre.
Gavin se preparó mentalmente para empezar. Nunca se le había dado bien pedir favores, pero tuvo que recordarse que aquello era por el bien de Daisy, no
suyo.
—A una querida amiga mía le encantaría hacer una prueba para la puesta en escena de Como gustéis que está preparando. —Al ver la expresión afligida que
puso su acompañante se apresuró a añadir—: Tiene una amplia experiencia en el
mundo del espectáculo en París, y ahora en Londres.
Sir Augustus frunció el ceño.
—¿Cómo se llama? Puede que haya oído hablar de ella.
Gavin vaciló un instante. Detestaba aquel nombre artístico y se había prometido no volver a llamarla así.
—Daisy Lake, pero en el mundillo la conocen como Delilah du Lac.
—¿No me digas? Pues claro que he oído hablar de ella, ¿quién no? —La leve
sonrisa de complicidad que puso hizo que Gavin dudara de si solo se refería a la
reputación de voz de ruiseñor de Daisy y a sus patadas altas de cancán o a más
cosas—. Tengo entendido que estaba actuando en El Palacio antes de que cerrara.
—Sí —replicó él—. Pero como ya le he comentado tiene una amplia experiencia. Ha estado actuando durante mucho tiempo en el Moulin Rouge. —
Esperaba que aquello jugara en su favor.
Sir Augustus meneó la cabeza.
—Da igual. Por la experiencia que tengo, esas coristas están todas cortadas por el mismo patrón: mucha apariencia pero poca sustancia. Necesito una actriz
con tablas para el papel de Rosalinda, no una que solamente se vea bien en pantalones... Aunque esto último tampoco viene mal.
Gavin no había pensado en el papel de Rosalinda para Daisy, sino en algún otro menos importante.
—Le aseguro que no hemos pensado en un papel tan destacado para su primera incursión en el teatro, sino en algo más secundario. Incluso un papel con
apenas texto, como el de la deidad Himeneo, sería un buen comienzo. —Se detuvo
en cuanto se dio cuenta de que estaba a punto de ponerse a rogar.
—Está bien, veré si puedo hacerle un hueco en la lista de aspirantes. Las audiciones empiezan dentro de dos semanas. Ordenaré a mi secretaria que le envíe
toda la información a su despacho. Le pediremos que recite un monólogo de memoria. Nuestro calendario para las pruebas es muy apretado. No tenemos tiempo que perder, así que más le vale a su amiga venir preparada, señor Carmichael.
—Lo estará, sir Augustus. Es bastante buena, y dentro de dos semanas lo será aún más. Estoy convencido de que se llevará una agradable sorpresa con ella.
Sir Augustus le lanzó una mirada escéptica mientras alzaba el vaso vacío en dirección al camarero para que le trajera otra bebida.
—Eso espero, señor Carmichael. Lo dudo, pero eso espero.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Daisy tiró el manual de dicción que ya odiaba sobre la mesa.
—¿Qué tontería es esta? Debería estar leyendo obras teatrales, no libros de gramática acartonados… ¿Cuánto queda para que pueda ponerme a trabajar con
un texto de verdad?
La actriz retirada que había contestado al anuncio de Gavin venía con unas credenciales muy buenas, tanto de Londres como de fuera de la ciudad.
Gavin
había preguntado en el Garrick y le confirmaron que, cuando estaba en activo,
había sido una reputada profesional. El único inconveniente era que tenía que
venir desde Surrey y necesitaba varios días para cerrar su casa de campo y preparar el equipaje. Mientras tanto, no quería que Daisy se quedara sin hacer
nada. Al fin y al cabo, el tiempo era esencial si querían conseguir algo.
Días atrás, cuando tomaban el té, se había fijado en que su dicción no era todo lo buena que debería ser. Daisy tendía a comerse las «h» y las «r», aunque no
en todas las palabras. Puede que se debiera a que se había criado en el extranjero, o
quizá siempre había hablado así y él nunca se había percatado antes porque, en su
momento, hablaba el mismo dialecto. Su abuelo le había quitado el acento cockney a
base de varazos y algún que otro correazo, pero con ella lo harían de una manera
mucho más suave.
Para su desgracia, la joven detestaba los manuales de dicción con tanta
vehemencia que a veces se preguntaba si prefería los azotes. Durante sus lecciones
vespertinas —ya llevaban tres—, Gavin se había dado cuenta de que Daisy compartía el defecto humano tan común de perseguir con tenacidad la perfección
en las áreas en que ya sobresalía y dejar a un lado aquellas en las que necesitaba
mejorar. Se podía pasar practicando con un libreto una y mil veces, hasta que
conseguía interpretar todas las notas a la perfección; sin embargo, cuando llegaba
el momento de pulir la cadencia de su acento cockney, junto con la tendencia que
tenía a intercalar alguna que otra expresión francesa, enseguida se daba por vencida y quería terminar con todo.
—Ten paciencia, Daisy. No tienes la audición hasta dentro de dos semanas.
—¿Y qué me dices de ti, Gavin? ¿Siempre eres tan paciente?
Él captó el brillo de sus ojos y se puso a pensar seriamente en la respuesta.
¿Era paciente? La mayoría de sus conocidos y compañeros de profesión decían que tenía la paciencia de un santo y se cuidaba mucho de que solo sus
amigos más íntimos supieran de la inquietud que subyacía bajo su fachada de
aparente tranquilidad.
Todavía no le había contado a Daisy que había contratado a un detective para que la buscara, y en ese momento tampoco estaba seguro de si alguna vez lo
haría. Porque, ¿qué sentido tenía? Daba la sensación de que para ella el pasado era
eso mismo, pasado. Había dejado claro que había vuelto a Londres para actuar, no
por él. Y haber dedicado una buena parte de su vida a intentar encontrar a alguien
que parecía no querer ser encontrado hacía que se sintiera como un imbécil.
Aun así, no se arrepentía de haber terminado dando con ella. Quién podía saber si el Todopoderoso lo había organizado todo para que, al verla y saber de
ella, por fin pudiera seguir con su vida. Su abuelo llevaba mucho tiempo insistiendo en que tenía que buscar una esposa. Y por mucho que le encantara
fastidiar al hombre de todas las maneras posibles, debía admitir que la idea de
tener a alguien esperándole por la noche cuando llegara a casa, cenar juntos y
compartir cama no le desagradaba en absoluto. Hasta ahora había estado tan pendiente —más bien obsesionado— de encontrar a Daisy que apenas se había
fijado en las jóvenes bellezas de la alta sociedad, pero puede que la cosa cambiara
cuando terminara el mes que habían acordado. Además, ahora que el objeto de su
obsesión había aparecido de la nada para demostrar lo bien que se las había arreglado sin él, era tiempo de pensar en el futuro, no solo en el de Daisy, sino en
el suyo.
—No soy paciente por naturaleza —reconoció al fin—. Pero he tenido que aprender a serlo. Comprender el lenguaje jurídico requiere más constancia de la
que te imaginas. —De hecho, solo esperar a que los jueces y jurados dictaran sus
veredictos le hacía sentir que pasaba la mitad de sus días de pie y la otra sentado.
—Oyéndote hablar, parece que no te gusta mucho.
Él se encogió de hombros.
—Es a lo que me dedico. Supongo que no me he planteado si me gusta o no.
—Pues deberías. —Daisy apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia él.
Esa postura le trajo a la memoria la noche en que la vio actuar, cuando prácticamente había gateado sobre su mesa—. No me parece que seas muy feliz, ni
siquiera un poquito. De hecho, te veo bastante tenso.
Gavin se puso rígido y sintió como si le estuvieran poniendo un espejo
frente a la cara.
—No me conoces. No estás en posición de hacer juicios de valor sobre mi estado mental.
En vez de discutir el asunto Daisy le sorprendió diciendo:
—Entonces cuéntame algo de ti, algo personal.
—Daisy, estamos desayunando, no es el momento ni el lugar.
Ella fingió no haberle oído y continuó.
—Ya veo. Muy bien, empezaré yo.
—Daisy, no quiero...
—¿Te escandalizaría mucho si te contara que la noche que estuviste en El Palacio, cuando viniste a mi camerino, me toqué detrás del biombo?
—Sí, me escandalizaría. En realidad ya lo estás consiguiendo.
—Me pusiste húmeda antes de que me sacaras del escenario, y una vez que llegué allí me di cuenta de lo excitada que estaba. Tanto como lo estoy ahora.
—¡Daisy!
—¿Qué? ¿No me crees? Puedo enseñártelo, si quieres. —Empezó a empujar
hacia atrás la silla, retirándola de la mesa.
—¡No!
—Llévame a tu habitación entonces, a tu cama. O puedes tomarme aquí
mismo, encima de la mesa. No espera, con esto último podríamos dar un buen
susto al pobre Jamison si entra, así que puede que tu cama sea el lugar más apropiado después de todo.
—No te voy a llevar a la cama ni a ningún otro sitio. Me voy a la oficina.
De
modo que termina el desayuno y la lección de hoy.
Daisy frunció el ceño.
—Gavin, no soy una niña a la que haya que decirle que se termine sus gachas de avena para que no se enfríen y que se cepille los dientes antes de irse a la
cama.
—Entonces deja de actuar como una...
—¿Fulana? ¿O estás pensando en otro término como furcia, perdida... o puta?
Él se levantó de la mesa con brusquedad y se plantó delante de ella. Su reserva contrastaba con el rubor de su cara y la protuberancia que sobresalía de sus
pantalones. Eso último hizo que Daisy sonriera y no perdiera las esperanzas.
Estaba llegando a él. Era solo cuestión de tiempo.
—No entiendo por qué insistes en degradarte de ese modo cada vez que nos
quedamos solos, y ahora mismo tampoco tengo tiempo para pararme a pensarlo.
Por cierto, esta noche cenaré en mi club, así que quizá quieras dedicarte a seguir
leyendo el manual de dicción y a preparar tu audición.
Viendo cómo abandonaba la estancia, Daisy tomó su taza, usando el borde para esconder lo que estaba segura debía ser una sonrisa a lo Dalila.
«No puedes alejarte de mí siempre, Gavin. Tal vez creas que puedes, pero no. Tarde o temprano terminarás cediendo, y entonces serás mío. Y después de que
te haya dado un placer como jamás te han dado ni te darán, me marcharé y te
dejaré sin mirar atrás, tal y como hiciste conmigo.»