HRH,2-Rendida

Hope Tarr · Capítulo 15 de 25

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HRH,2-Rendida

Capítulo 16

Habláis con nobleza. Os lo ruego, perdonad.

Pensé que aquí todo era salvaje

y puse gesto imperioso.

WILLIAM SHAKESPEARE, Orlando

Como gustéis

as habitaciones que Daisy había alquilado estaban en una calle cercana a Mitre Square, en Aldergate, el escenario de uno de los asesinatos más

espeluznantes de Jack el Destripador. En cuanto su cabriolé salió de la atestada

calle de Whitechapel High y lo dejó en St. James Place, Gavin se encontró andando

entre borrachos y sacando dinero de los bolsillos para dárselo a los mendigos que

se le acercaban de vez en cuando. Al comprobar de primera mano el tipo de barrio

que era, se preocupó por Daisy y el trayecto que tendría que hacer del teatro a su

casa esa noche. Desde luego, aquel no era un lugar adecuado para criar a un niño.

El apartamento estaba encima de una panadería, y al subir por las escaleras el aroma a pan recién horneado se entremezclaba con el hedor a basura y a orín. Al

no encontrar llamador alguno, golpeó la desconchada puerta con los nudillos

enguantados.

Daisy fue la encargada de abrirle. Nada más verle, la sorpresa se reflejó en su rostro. Con el pelo recogido en un moño descuidado y su encantador cuerpo de

piernas largas cubierto con una bata de seda abrochada de forma holgada, tenía

todo el aspecto de recién levantada, aunque estuvieran cerca del mediodía.

Dicha

observación fue seguida al instante por la preocupación de que podía no estar sola,

y que quizás hubiera interrumpido... algo. Pero la angustia que emanaban sus ojos

hundidos hizo que dejara a un lado ese pensamiento.

—Gavin, ¿qué demonios estás haciendo aquí? —No era la bienvenida más prometedora, aunque tampoco le había cerrado la puerta en las narices. Al menos

no todavía.

Desde dentro les llegó la voz de una mujer.

—Daisy, cariño, ¿no vas a invitar a tu pretendiente a entrar?

Salvado in extremis, Gavin miró por encima del delgado hombro de Daisy y vio el agradable rostro de la matriarca que recordaba del parque.

—Buenos días, madame.

—Mejor llámeme Flora. —Empujó a Daisy a un lado y le saludó con la mano—. Bob, mira quién ha venido —dijo hacia el hombre enjuto y de tez grisácea

que estaba sentado en el sofá, con una manta sobre las rodillas.

Gavin cruzó el estrecho umbral y se agachó unos centímetros para evitar darse con el dintel en la cabeza.

—Me alegro de volver a verle, señor. —Extendió la mano para estrechársela,

pero entonces se acordó del ramillete un tanto mustio de margaritas silvestres que

había comprado a un vendedor de flores de la esquina.

Flora se apresuró a quitárselas de encima.

—Oh, fíjate, son encantadoras. ¿A que sí, Daisy? —Flora las mostró más tiempo de la cuenta, alabando el buqué como si fueran las rosas más exquisitas de

la ciudad. Al ver que Daisy se limitaba a asentir sin decir una palabra añadió—:

Voy a meterlas en agua y a preparar un poco de té en mi nueva tetera. —

Miró a

Daisy—. Querida, ¿por qué no te cambias y te pones uno de esos vestidos de

mañana tan bonitos que tienes y te peinas un poco? Papá y yo haremos compañía

al señor Carmichael mientras te espera.

Daisy pareció dudar durante unos instantes, pero terminó lanzándole una mirada a su madre y se fue de la habitación.

—¿No quiere sentarse, señor Carmichael? Vendré con el té en menos que canta un gallo. —Flora y sus redondeadas y sonrosadas mejillas desaparecieron en

dirección a la estancia que debían de usar como cocina.

Gavin tomó asiento en el sofá que había al lado del padre adoptivo de Daisy. El deslucido enyesado, los suelos de cemento y el gastado mobiliario le

trajeron a la memoria el apartamento en el que vivía con su familia antes del

incendio. Sin dejar de apretar el sombrero en su regazo, reconoció que hacía mucho

que no se sentía así de incómodo. Aunque amaba a Daisy y tenía toda la intención

de convertirla en su esposa en cuanto superaran la tozudez de ella, no podía obviar

el hecho de que se había pasado la mayor parte del mes acostándose con ella. Así

que no era de extrañar que encontrara de lo más difícil mirar a Bob Lake a los ojos.

La conversación entre ambos tardó un poco en llegar.

—¿Te gusta el rugby? —preguntó por fin Bob, entrelazando los dedos y

jugueteando con los pulgares.

—¿Perdón?

—¿Sigues los partidos?

Gavin se lo pensó unos instantes, pues no lograba adivinar a dónde les conducía aquello.

—Fui capitán del equipo cuando estuve en la universidad, pero de eso hace ya mucho tiempo.

—Yo fui boxeador, aunque seguro que no te lo imaginabas por la pinta que tengo ahora mismo. La tisis me ha convertido en un saco de piel y huesos.

—Gavin

supuso que se trataba de esa enfermedad en cuanto oyó la tos y vio la anormal

palidez que lucía. Hizo un gesto de asentimiento—. Mi especialidad era la lucha

con puños al descubierto, sin guantes —continuó Bob, con los ojos brillantes por

los recuerdos de los días de gloria—. Serví unos años en la Marina Real y por aquel

entonces era conocido como Blarney Bob. Gané casi todos los combates en los que

participé.

La aparición de Daisy evitó que tuvieran que continuar con aquella precaria

conversación. Haber vivido con ella, aunque brevemente, le había proporcionado

conocimientos sobre maquillaje que antes no tenía; de lo contrario nunca se habría

dado cuenta del ligero toque de colorete que llevaba para resaltar las mejillas, o

que gracias a los polvos aplicados diestramente habían desaparecido las ojeras que

hacía unos minutos tenía.

Daisy se miró el vestido que llevaba, un elegante traje de montar de color esmeralda con galones dorados y un sombrero a juego que recordaba haberle visto

antes.

—No sé a dónde vamos. Si quieres puedo ponerme otra cosa.

Gavin reprimió una sonrisa. Ella creía que estaba allí porque quería llevarla a algún lado, pero ese no era el caso, al menos no todavía.

—En realidad he venido a ver a Freddie. Pensé que le gustaría visitar el zoo y los jardines del Regent’s Park.

La niña debía de estar cerca, porque en cuanto oyó su nombre entró como una exhalación en la habitación.

— Maman, maman, ¿puedo ir? Quiero ir…¿ S’il vous plait?

Sintiendo que la balanza empezaba a inclinarse a su favor, le guiñó un ojo a

la pequeña.

—Me han dicho que los elefantes son muy populares entre los niños.

Desde la parte trasera del apartamento, Flora llamó a su marido para que se uniera a ella en la cocina, y él hizo caso a su esposa con expresión compungida.

—Si me disculpa... quiero decir, si nos disculpa. —El sonido de una puerta cerrándose le confirmó que se habían marchado a otra estancia, aunque sospechó

que al otro lado de la pared habría dos pares de oídos bien atentos.

— Maman, maman, s’il vous plait.

Los ojos de Daisy volaron de la mano de su hija, que estaba tirándole de la manga, al rostro de Gavin. Si las miradas matasen... A continuación se dirigió a

Freddie, intercambiaron unas pocas y rápidas frases en francés, y la niña pareció

calmarse.

—Ve a tu habitación y busca algo con lo que abrigarte. Las tardes londinenses son bastante frías en cuanto la niebla se asienta.

La expresión de expectación de Freddie se transformó en una que hablaba de felicidad absoluta.

— Merci beaucoup, maman, merci. —Soltó un chillido de alegría y se marchó

corriendo.

Daisy centró toda su atención en él.

—Sé lo que te propones, Gavin Carmichael, y te lo advierto: ni lo intentes.

Él la miró con fingida inocencia.

—Estás actuando como si fuera a secuestrarla.

Ella meneó un dedo delante de él. Tenía un aspecto muy maternal.

—Puede que Freddie aún no tenga los ocho, pero es más lista que muchos adultos.

—No me sorprende, al fin y al cabo te tiene a ti como madre.

Daisy no hizo caso del cumplido.

—No intentes engañarla ni llevártela a tu terreno —continuó.

—Trataré de recordarlo.

—Y no se te ocurra meterle en la cabeza absurdas ideas románticas sobre nosotros casándonos porque eso no va a pasar.

Como no quería otra pelea, no le llevó la contraria.

—¿Eso es todo?

Daisy dudó.

—Sí, supongo... por ahora.

—Bien. La traeré de vuelta a la hora de la cena.

—Ten cuidado con lo que haces.

Freddie eligió ese momento para irrumpir de nuevo en la estancia. Llevaba un encantador gorrito azul adornado con una cinta de terciopelo negro y traía el

abrigo en las manos. Daisy suavizó la mirada, agarró a su hija por la barbilla con

dulzura y lentamente la obligó a que la mirara.

—Pórtate bien, Freddie, y prométeme que no te separarás en ningún momento del señor Carmichael.

— Oui, maman, te lo prometo.

A continuación lo miró por encima de los rizos de ébano de la niña y pronunció las palabras que más importaban a toda madre.

—Cuida de ella. Es mi vida entera.

—No te preocupes —replicó él en voz alta—. La protegeré como si fuera mi

propia hija.

«La protegeré como si fuera mi propia hija.»

Ver cómo Gavin se marchaba de la mano de su hija fue más de lo que Daisy pudo soportar. Con lágrimas en los ojos, cerró la puerta del apartamento y volvió

dentro. Se dirigió hacia un apolillado sillón y se puso una mano sobre la frente. El

sonido de pasos aproximándose la obligó a levantar la vista.

Flora entró en la estancia portando una bandeja de té.

—¿Al final la has dejado ir con él?

Luchando por no derramar las lágrimas que tenía acumuladas, asintió.

—Sí.

Su madre colocó la bandeja entre ambas.

—Debes de confiar mucho en él.

Ella volvió a asentir.

—Sí... en algunas cosas.

Por lo que se refería a la seguridad de Freddie, no le cabía la menor duda de que Gavin la protegería con su vida. Sin embargo, lo que no le confiaría sería su

corazón, al menos no en ese momento. Quince años atrás había sido otra historia.

Había creído en él completamente, en todas y cada una de las palabras que salían

por su boca, y así le había ido, que había terminado profundamente herida.

Enterró la cabeza entre sus manos.

—Se suponía que tenía que haber sido suya.

Hubo una pausa, seguida del sonido de algo líquido —el té— vertiéndose sobre una taza.

—La vida no siempre transcurre como la habíamos planeado, por lo menos las nuestras, pero a veces los de arriba nos dan una segunda oportunidad para

hacer las cosas bien. Puede que esta sea la segunda oportunidad con la que has

estado soñando.

—¿Cómo estás tan segura? —preguntó, mirando entre sus dedos.

Flora le pasó una taza sobre un platito y negó con la cabeza. Llevaba demasiado tiempo viviendo en el extranjero como para pensar que el té era el

antídoto de todos los males. A continuación, se echó crema y dos azucarillos, y se

quedó pensativa unos instantes.

—Cuando la otra vez os separasteis fue por causas ajenas a vuestra voluntad, pero ahora, si os volvéis a alejar, será porque queráis. Al venir aquí hoy,

el señor Carmichael... Gavin, ha dejado perfectamente claras sus intenciones. Se ha

interesado por Freddie porque está interesado en ti. Más que interesado diría yo: el

hombre te ama, Daisy. Quiere hacer las cosas bien por las dos. Me lo dicen mis

huesos.

Durante años, los huesos de Flora habían resultado ser un barómetro de lo más efectivo a la hora de medir si el estreno de alguna obra iría bien o estaría

plagado de problemas, o si las críticas serían brillantes o pésimas. Y aunque Daisy

sentía un gran respeto por el esqueleto de su madre adoptiva, temía que en esa

ocasión los huesos de Flora pudieran estar equivocados.

—Los hombres como Gavin no se casan con actrices, mamá, sobre todo con las que ya tienen una familia formada.

Muchos de los hombres que habían pasado por su vida habían salido corriendo en cuanto descubrí que tenía una hija. Un par de ellos incluso habían

fingido hacer de padres de Freddie, pero solo como medio para colarse en su cama.

Nunca olvidaría la noche en que, cuando llegó al umbral de la puerta de su hija, se

la encontró rezando para que Dios le enviara un «papá». El recuerdo todavía le

producía un nudo en la garganta... y una rabia intensa en el corazón. Se negaba a

quedarse de brazos cruzados y permitir que volvieran a hacer añicos las esperanzas de su preciosa niña.

¿Pero al dejar que se fuera con Gavin no estaba haciendo precisamente eso?

Aunque aquella salida fuera completamente inocente por parte de él, y lo dudaba

mucho, no había estado preparada para el tirón que sintió en el alma al observar a

su hija irse de la mano del hombre que debería haber sido su padre. Porque así

debiera haber sido: él y no otro. ¿Por qué la vida la había llevado por otro camino?

Ver cómo Flora se inclinaba en su asiento y agitaba un dedo en el aire la sacó de su ensimismamiento.

—¡Tonterías! Tengo la impresión de que el señor Carmichael es la clase de hombre que hace exactamente lo que quiere sin importarle las consecuencias.

Además, si le das la espalda a esta oportunidad para ser feliz, si le das la espalda a

él, la única culpable serás tú.

Con la vista clavada en su taza de té, no le quedó más remedio que admitir ante sí misma que tenía ganas de pelea. Por ilógico que fuera haber echado la culpa

a un muchacho de catorce años por incumplir su promesa, todos esos años de

dolor reprimido tenían que explotar en algún momento. Puede que fuera esa noche. Cuando trajera de vuelta a Freddie, puede que se desatara el infierno.

«Lo prometiste, Gavin. Me lo juraste.»

El zoo del Regent’s Park era uno de los lugares al aire libre favoritos de Gavin en Londres. Exhibía animales como un elefante indio, un caimán, una boa,

una anaconda y un koala australiano. Las instalaciones contaban con el primer

acuario y sección de reptiles y de insectos del mundo. Con Freddie apretándole la

mano confiadamente, pagó las entradas y caminaron hacia la puerta principal.

Lo cierto era que le encantaban los niños, pero excepto por las raras ocasiones en las que un cliente llevaba a sus hijos a la oficina porque no le quedaba

más remedio, no tenía mucha experiencia con ellos. Tener a la hija de Daisy bajo su

cuidado, aunque solo fuera durante unas horas, le pareció una responsabilidad

enorme. No era de extrañar que Daisy vigilara a su hija con la misma fiereza que la

hembra puma que observaba a su cachorro al otro lado de la jaula. Que Daisy, su

Daisy, se hubiera echado sobre las espaldas una carga tan seria como la maternidad a una edad tan temprana, y sin la ayuda de un marido, le hacía sentir

un enorme respeto y admiración por ella. Por primera vez desde que se enteró de

la existencia de Freddie, se detuvo a pensar en lo duros que debían de haber sido

para ella todos esos años. Apenas debía de haber dejado la niñez cuando tuvo a

Freddie, y encima había tenido que ser padre y madre a la vez de una niña pequeña mientras se encargaba de llevar el sustento principal a una casa con unos

padres adoptivos demasiado mayores. Si le hubiera tocado a él asumir un papel

adulto con tantas obligaciones a tan tierna edad, no sabía si lo habría hecho ni la

mitad de bien que ella; pero a juzgar por Freddie, Daisy lo había de hecho de

fábula. Había hecho un trabajo excelente.

Sí, la niña era precoz, vivaz y sorprendentemente educada para la edad que tenía. Era la clase de niña que le habría encantado tener. De hecho, cuando una

matrona que pasaba a su lado le dijo lo «pizpireta y preciosa» que era y lo orgulloso que debía de sentirse por ser el padre de una niña así, le faltó valor para

decirle que se equivocaba.

Freddie dejó de estar pendiente de la jaula de los pumas y le miró con aquellos ojos azul aciano.

—Esa señora se cree que eres mi padre. ¿Lo eres?

Ojalá. No solo quería casarse con Daisy, también quería formar una familia con ella y con su hija. Aquel pensamiento le afectó en lo más profundo.

Convertirse

en el padre del vástago de otro hombre no casaba con la concepción que tenía de la

vida, pero a medida que fue transcurriendo la tarde se dio cuenta de que la identidad del padre de Freddie no le importaba ni la mitad de lo que lo hizo el día

anterior. Freddie era la hija de Daisy, y eso bastaba para convertirla en la niña más

maravillosa del mundo. O por lo menos de su mundo.

Hizo un gesto de negación, sintiendo auténtica pena.

—No, Freddie, me temo que no. Pero me gustaría mucho ser tu amigo. ¿Te parece bien?

La niña dudó durante un instante, y después, como si acabara de llegar a una decisión, contestó con una enérgica afirmación que sacudió sus brillantes rizos

negros.

—Un papá estaría mucho mejor, pero supongo que un amigo también está bien.

—Gracias.

De pronto el rostro de la niña adoptó una expresión más mundana.

—A maman le gustas... mucho. —Según pasaban las horas más encantadora

le parecía su tendencia a intercalar palabras en francés.

—¿En serio? ¿Qué te hace pensar eso? —preguntó. Como adulto que era sabía cómo tantear el terreno, lo único que deseaba era no haber parecido demasiado ansioso, demasiado... desesperado.

Freddie encogió sus pequeños hombros y se quedó callada un buen rato mientras se afanaba por terminarse un trozo de caramelo que se le había quedado

pegado en el pulgar. A Gavin aquel silencio estuvo a punto de volverle loco.

—Después de que te marchaste el otro día —contestó por fin la niña, sacándose el pulgar de la boca—, mamá se dedicó a tirar por los aires los jarrones y

la vajilla de té de cerámica china, la buena. La abuela Lake le dijo que parara ya,

que si no tendríamos que tomarnos el té en la vajilla de loza y poner las flores en

tarros de cristal. Después dijo que nunca había visto a maman así, ni siquiera

después del duque.

—¿El duque?

—Oh, oh. —Freddie le lanzó una mirada cargada de culpabilidad y se tapó

la boca con una mano pegajosa. De nuevo volvía a ser una niña—. Creo que no

debería haber dicho nada de él.

—Creo que no. —Sintió cómo se le contraía el estómago—. Pero ya que se te

ha escapado, ¿por qué no te compro un helado y me cuentas toda la historia?