HRH,2-Rendida

Hope Tarr · Capítulo 2 de 25

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HRH,2-Rendida

Capítulo 2

¿Qué tal, monsieur?

¿Qué vida es ésta que tus pobres amigos han de solicitar tu compañía?

WILLIAM SHAKESPEARE

Como gustéis

Club nocturno El Palacio. Covent Garden, Londres Primavera de 1891

in lugar a dudas aquel había sido un mal día. No el peor de sus veintinueve años de vida —el día del incendio detentaba aquel honor—, ni tampoco podía compararse con el trauma que sufrió el segundo peor día de su

vida, cuando su abuelo se presentó de repente en el despacho del director de Roxbury House y lo separó de Daisy y de todo lo que había llegado a querer. Para

ser precisos, y la precisión era una de las cualidades que había conseguido que

Gavin Carmichael se convirtiera en uno de los abogados más prestigiosos de

Londres a tan temprana edad, aquel se había convertido en el tercer peor día de su

existencia.

El tercer peor día y todavía se sentía como si estuviera caminando sobre las brasas del Infierno, si bien no en el mismo centro, sí en uno de sus aledaños. El

Limbo, el primer círculo de Dante, describía a la perfección su estado de ánimo.

«¡Oh, vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!» o algo parecido rezaba

la inscripción de entrada. «Abandona toda esperanza de encontrar a Daisy»

era

justo lo que ponía en el informe del detective que había contratado y que acababa

de recibir ese mismo día.

A pesar del predominio del color escarlata en su decoración, El Palacio no podía considerarse un lugar infernal, sino simplemente vulgar. Como muchos de

los clubes nocturnos que crecían como hongos por toda la ciudad, era lujoso al

rimbombante estilo reminiscente de los mejores burdeles: una entrada con columnas adornada con estatuas de yeso, lámparas de colores y celosías doradas,

nada de lo cual tenía otra función aparente que la de añadir más adornos a la ya de

por sí recargada decoración. Una vez dentro, tras una larga espera con sus amigos

Harry y Rourke, no pudo evitar fijarse en las gruesas alfombras, las paredes cubiertas de espejos y los resplandecientes cristales de color de las ventanas. Una

escalera de caracol conducía a la planta baja, donde estaba situado el auditorio.

Filas de mesas cubiertas con manteles blancos rodeaban un escenario semicircular

enmarcado con unas cortinas carmesíes y doradas, y una enorme araña de gas —

que según se decía estaba compuesta por veintisiete mil piezas de cristal tallado—

coronaba el techo. Sin embargo, todo aquel pomposo esplendor no conseguía

disimular la ordinariez del lugar, del mismo modo que una corbata y una levita no

podían transformar a un carnicero en un caballero.

«Te has convertido en un auténtico esnob, Gavin.» Aquel pensamiento hizo que se sintiera culpable y tremendamente triste. Primero porque era verdad, y

segundo porque sospechaba que el esnobismo era algo más o menos irreversible.

Aun así, no pudo refrenar los recuerdos de la infancia que acudieron a su mente:

las manos delgadas y agrietadas de su madre, el modesto piso de tres estancias que

los cuatro llamaban hogar, aquel frío que le helaba hasta los huesos y le golpeaba

sin misericordia el rostro todas las mañanas de invierno, cuando salía de la cama

para encender la estufa con los dedos tan agarrotados que apenas era capaz de

prender el fósforo.

Sin embargo, no fue hasta después del incendio cuando supo lo brutal que podía ser el invierno. Huérfano y sin un techo bajo el que cobijarse, había dormido

en los bancos de un parque y en los estrechos huecos que había debajo de algunas

escaleras, con papel de periódico metido entre sus ropas para protegerse del frío.

La noche en que Gladstone lo descubrió y lo sacó de la calle había estado a punto

de morir congelado. Roxbury House, con su cocina enorme y acogedora, sus

pasillos limpios y sus pastizales verdes y exuberantes, le había parecido un paraíso

de opulencia. Aunque si en ese momento volviera atrás en el tiempo, dudaba que

llegase a satisfacer sus actuales estándares.

Aquello le puso realmente furioso, porque nunca había sido así. No, ese

esnob orgulloso y arrogante no era él, sino el hombre que su abuelo había hecho de

él.

«Al final sí que has conseguido moldearme como si fuera un maldito trozo de arcilla, abuelo», se dijo a sí mismo, tomando otro sorbo del champán horrible y

dulzón que servían en el club, como si aquello pudiera borrar quince años de

amargo pesar.

Harry, ahora conocido como Hadrian St. Claire, se inclinó sobre la mesa y le

miró.

—Gav, ¿te encuentras bien? —En su afán por cortar lazos con su oscuro pasado, el fotógrafo había adoptado un nuevo nombre cuando abrió su estudio en

la Parliament Square, años atrás.

—Estoy perfectamente. ¿Por qué lo preguntas? —replicó, no porque lo estuviera, sino porque en sus circunstancias presentes, ¿qué otra cosa podía contestar?

Hadrian se encogió de hombros, pero continuó mirándolo fijamente, sin pestañear.

—Es que me ha parecido que estabas en otro mundo. —Aunque no

estuviera detrás de su cámara, su amigo era demasiado observador para la comodidad de uno, o al menos para la de él.

Sentado a su otro lado, Rourke les sirvió más vino.

—El único propósito de esta salida es hacer que te olvides de buscarla, aunque solo sea por esta noche, y que te diviertas un poco. Han pasado quince

años, Gav. Lo más seguro es que Daisy se haya casado y haya formado su propia

familia. Una familia de verdad, como siempre quiso, y no la variopinta cuadrilla de

huérfanos que formábamos en el orfanato. Por lo poco que sabemos, hasta podría

estar mu...

El ceño fruncido de Hadrian dejó al escocés a medias, pero Gavin entendió perfectamente lo que había querido decir. Muerta. Daisy podría estar muerta.

Hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No puedo darme por vencido. Ella está allí fuera, en alguna parte. Puedo sentirla.

De hecho, durante todos esos años había habido veces en las que se había despertado creyendo escuchar un sollozo, y había estado seguro de que no se

trataba de un sueño, sino del lamento de una angustiada Daisy en algún lugar de

este vasto mundo. Incluso en ocasiones, le había dado la sensación de que gritaba

su nombre. Otras veces se le aparecía en sueños, no como una niña, sino como una

mujer hecha y derecha. Una mujer que lo miraba con sus heridos ojos verdes y su

boca generosa. «Lo prometiste, Gavin. Me lo juraste.»

El año anterior había hecho lo imposible por encontrarla. Hasta sus amigos le habían dicho más de una vez que aquella búsqueda rayaba la obsesión.

Tenían

razón, aunque no esperaba que lo entendieran. A pesar de que los cuatro miembros del Club de Huérfanos de Roxbury House habían sido amigos íntimos,

Daisy y él habían compartido un vínculo especial, una conexión que trascendía los

límites físicos del tiempo y del espacio.

El detective que había contratado pertenecía a una de las mejores agencias de Londres, pero solo había conseguido seguir la pista de Daisy hasta Dover, en la

primavera de 1877. Por lo visto, un matrimonio de actores la había adoptado poco

después de que él abandonara Roxbury House. Se llamaban Robert y Florence

Lake, y viajaban con una pequeña compañía teatral que se había detenido en

Dover para una representación que duró un par de semanas. Después de aquello,

el rastro de Daisy se volvía muy difuso y el detective no creía que pudiera descubrir nada más de ella.

Rourke se hizo con el programa del club y leyó en voz alta las actuaciones de la noche, haciendo especial hincapié en la primera línea.

—Si hay alguien que pueda hacerte olvidar a niñitas perdidas, esa es Delilah

du Lac. A juzgar por el bosquejo que han dibujado, es un auténtico bombón.

Gavin miró con poco entusiasmo el programa. Antes, mientras había estado esperando de pie en la cola del dosel de entrada, le había dado tiempo a estudiar

con detenimiento el cartel a tamaño natural que habían colgado en la fachada del

club. Si era cierto lo que decía el promotor, mademoiselle du Lac acababa de llegar

de Francia y poseía el rostro de un ángel, la voz de un ruiseñor y un cuerpo acorde

con la tentadora bíblica de la que había tomado el nombre. Pero ni el dibujo a color

de una voluptuosa pelirroja con demasiadas plumas y poca ropa había conseguido

despertar su interés.

Aun así, a nadie le gustaba ser un aguafiestas, y sus dos amigos ya lo habían aguantado bastante en los últimos tiempos. De modo que sacó la botella de champán envuelta en una servilleta de la cubeta de hielo y llenó hasta arriba sus

copas, dispuesto a divertirse y a olvidarse de sus preocupaciones como si fuese lo

último que tuviera que hacer antes de morir. A continuación, alzó su vaso y propuso un brindis:

—Por la señorita Delilah du Lac, por que salga a escena y nos seduzca con su canto de sirena.

Sus dos amigos se unieron al brindis y le contestaron con un «di que sí» y

«ese es el espíritu, hombre».

Dejó a un lado su melancolía y se pasó buena parte de las dos horas siguientes diciendo a Hadrian y a Rourke, al camarero con blazer blanco, y en

general a cualquiera que le estuviera escuchando, lo bien que se lo estaba pasando.

Pidió crema de guisantes y manitas de cerdo, porque era lo que sus amigos estaban

tomando, aún sabiendo que la langosta empanada y las patatas baby le hubieran

sentado mucho mejor, y cuando se terminó el champán ordenó, al igual que sus

compañeros, una pinta de cerveza negra, seguida de una botella de vino blanco.

Sin embargo, toda aquella jocosidad estudiada no era más que una farsa, una treta. Le dolían el estómago y la cabeza; en cuanto a su corazón, nunca lo había

tenido más vacío. En un momento dado, se aventuró a mirar a Rourke y a Hadrian,

que disfrutaban dichosos de lo que quedaba de la que debía ser su tercera botella

de la bazofia que servía la casa. Con dos puros colgando en las comisuras de sus

bocas, parecían dos hombres completamente despreocupados. Cómo les envidiaba.

No la habilidad de Hadrian con una cámara de fotos o el talento innato de Rourke

para hacer dinero, sino la forma que tenían de saborear el momento y disfrutar de

la vida.

Pero para él no era tan fácil.

Por mucho que lo intentara, no podía divertirse y dejarse llevar por el espíritu del lugar, porque la realidad era mucho más dura que tomarse una mala

cena o beber cerveza amarga. Como siempre, el defecto, la falta, empezaba y

terminaba con él. Había perdido algo en su interior, y fuera lo que fuese, no podía

recuperarlo, al igual que tampoco podía encontrar a Daisy. Confiar en que sería

capaz de olvidarse de todo en un club nocturno lleno de humo de Londres le pareció absurdo, como si el Todopoderoso le estuviera gastando una broma cruel.

Pero no tan cruel como tener que aguantar otro chiste malo del cómico con traje de rayas diplomatic que en ese instante se pavoneaba sobre el escenario.

Gavin se volvió un poco, estudiando las mesas que había a su alrededor, y vio que

el verdadero espectáculo no estaba teniendo lugar sobre las tablas, sino entre el

público; en concreto, con el púgil de enormes bíceps y calva rasurada que estaba

flanqueado por dos voluptuosas rubias maquilladas en exceso y con mucho escote

que había presentado al camarero como sus «sobrinas». Las mujeres miraron

embobadas a Gavin, pero en cuanto se dieron cuenta de que habían captado su

atención, se sonrojaron y empezaron a reírse tontamente. Llevaban elaborados

sombreros llenos de flores de seda y plumas; uno de ellos incluso tenía un canario

falso con dos botones negros como ojos. El púgil, mientras tanto, con cara de pocos

amigos, dejó de beber su tercera jarra de cerveza negra y gritó al maestro de ceremonias del auditorio que espabilara y les trajera de inmediato a Delilah du

Lac.

Gavin estaba más que de acuerdo en eso último. Ya había tenido bastante con la atroz parodia del marido tunante que recibía su merecido a manos de su

ingeniosa esposa, el italiano que tocaba música golpeando un martillo sobre un

instrumento construido con huesos y el hombre de media edad, vestido de mujer,

que representaba el papel de la viuda Twankey. De pronto, el gong del maestro de

ceremonias y el cambio de escenario que se produjo detrás del telón de terciopelo

anunciaron un nuevo acto que fue presentado, como siempre, como el más

«asombroso», «estupendo» y «maravilloso» que jamás hubieran visto.

Una hora después —que calculó no por las manecillas del reloj sino porque le había dado tiempo a beberse otra pinta de cerveza—, y tras otra jarra vacía más,

la misteriosa señorita du Lac todavía no había hecho acto de presencia. El maestro

de ceremonias debía de ser bastante astuto, pues estaba claro que no iba a anunciar

su actuación estrella hasta bien entrada la velada y sabía cómo mantener a una

audiencia expectante mientras les sacaba el máximo dinero posible. Gavin sacó su

reloj de bolsillo y confirmó que ya era medianoche. Delilah du Lac tendría que

arreglárselas con un admirador menos.

Echó hacia atrás su silla y se puso de pie. En ese momento todo pareció dar vueltas a su alrededor. Había bebido demasiado. La mañana siguiente vendría

acompañada de un buen dolor de cabeza y una boca pastosa, una justa retribución

por abandonarse alcohol, trasnochar tanto y pretender ser alguien que no era.

Se agarró al borde la mesa, esperando que nadie se diera cuenta de que estaba intentando mantener el equilibrio.

—Vais a tener que perdonarme, pero debo atender una reunión a primera hora y no creo que le preste muy buen servicio a mi cliente si me presento medio

dormido. —Tuvo que felicitarse a sí mismo por haber pronunciado aquella frase

medianamente bien.

Hadrian frunció el ceño y le tiró de la manga.

—No puedes marcharte después de llevar esperando toda la noche. Hemos venido precisamente para ver a Delilah du Lac. Seguro que está a punto de salir.

—Por una vez le doy la razón a Harry —comentó Rourke, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Llevamos horas esperando echar el ojo a esa

mujer, al igual que los demás. Si ha conseguido llenar un sitio como este, es más

que probable que tanta espera haya merecido la pena.

Gavin tenía sus dudas. Seguro que se trataba de otra bailarina de salón más, demasiado emperifollada y maquillada y con escasa ropa. Llevaba viendo tal coro

de ellas esa noche que no creía que Delilah du Lac fuera a marcar la diferencia con

aquel grupo común, demasiado común, de muchachas.

Hizo un gesto de negación, pensando en la comodidad de su nuevo colchón.

—Ya me las apañaré para llegar a casa. Vosotros quedaos. Mañana espero que me detalléis todos y cada uno de los encantos de la dama. Pero yo me retiro

por hoy y...

—Damas y caballeros, nos complace presentarles al ruiseñor de París, la

musa de Montmartre, la voz de Calais, la adorable, la sublime, la espléndida señorita Delilah du Lac. —El anuncio del maestro de ceremonias empezó justo

cuando Gavin daba el primer paso hacia la salida.

Mientras escuchaba cada una de aquellas palabras pronunciadas de forma rimbombante y pomposa, como si fueran su propia sentencia de muerte, contuvo

un gruñido. Si hubiera decidido marcharse un segundo antes... Ahora solo tenía

dos opciones: quedarse allí hasta que terminara la actuación o comportarse como

un absoluto grosero y abandonar el club. Y por mucho que le gustara la última, no

estaba en su naturaleza ser descortés con ninguna mujer, incluso aunque la mujer

en cuestión no fuera precisamente una dama. De modo que arrastró su silla y se

sentó en el mismo instante en que se abría el telón.

Las luces iluminaron a un pianista con cara de niño sentado delante de un piano de cola que llevaba unos tirantes de un verde brillante y una chistera de copa

muy alta. Un instante después, la iluminación se deslizó ligeramente hacia la

izquierda, enfocando la silueta de una joven alta y esbelta que apoyaba un pie en

un banco para mostrar el arco de una pierna perfectamente contorneada.

Llevaba

varias plumas en sus rizos color canela, un corsé que le realzaba el pecho y una

falda a rayas con volantes que le llegaba a la altura de las rodillas. Antes de iniciar

su actuación, empezó a deslizar su mano enguantada desde el tobillo hasta el

muslo, alzando un poco más la falda con ese gesto.

—Buenas noches, caballeros. O como diríamos en París, bon soir. —

Cuando

acarició con un dedo el liguero negro que rodeaba su muslo de piel blanca como la

leche, Gavin se unió al jadeo colectivo que soltó la audiencia masculina del salón.

Entonces Delilah bajó su elegante pie al suelo y se dio la vuelta para ponerse

de cara al público. En ese momento, Gavin entendió el porqué del alboroto que se

había montado en torno a aquella cantante. A diferencia de las otras coristas que

habían actuado a lo largo de la noche, la cara de esta parecía de auténtica porcelana

china, con rasgos delicados, excepto por sus exuberantes labios; su cuerpo era ágil

y de largas piernas, y tenía unos senos generosos aunque sin ser excesivamente

grandes.

—Bueno, bueno, parece que esta noche nos acompañan caballeros muy elegantes —comentó ella, dirigiéndose al pianista—. ¿Quieres que les demos un

pequeño anticipo de lo que está por venir? ¿Algo dulce o picante? —

Mirando hacia

las filas de mesas que se disponían junto al escenario, alzó la voz y preguntó—:

¿Qué prefieren primero, amigos? ¿Lo dulce... o lo picante?

Acompañó la palabra «picante» con un contoneo de caderas que consiguió que al segundo siguiente los espectadores prorrumpieran en un sonoro grito de

«¡picante, picante!».

Delilah sonrió y deslizó una mano sobre el hombro del pianista.

—¿Has oído, Ralphie? Picante entonces.

El pianista asintió con la cabeza y empezó a deslizar los dedos por las teclas de marfil, tocando el principio de una melodía que Gavin reconoció como la descarada canción de ¡Oh! Señor Porter. Delilah agarró una boa escarlata de su

asiento, se la colocó alrededor de su blanca garganta y se fue hacia el frente del

escenario con aire despreocupado, sin que la luz dejara de seguirla en todo momento. Cuando llegó justo al borde se detuvo, y Gavin pudo captar un atisbo de

su aroma, una especiada mezcla de jazmín, menta y almizcle que consiguió elevarse por encima del humo de los puros.

A continuación, ella se humedeció los labios y empezó a cantar: Oh, señor Porter, ¿qué puedo hacer? , quiero ir a Birmingham, pero me han traído a Crewe.

Lléveme a Londres tan rápido como pueda,

¡oh, señor Porter, ¡qué boba que soy!

La letra resultaba insinuante pero no excesivamente subida de tono.

Cualquier matrona de la burguesía o joven doncella podía cantar la misma canción

desde el taburete del piano de su salón ganándose, como mucho, alguna que otra

ceja enarcada de sus invitados. Pero la atrevida sensualidad de Delilah transformaba aquella canción en algo abiertamente sexual; la pasión con que

miraban sus ojos sesgados, el adorable puchero de sus recién humedecidos labios

rojos, las pausas perfectamente estudiadas y sugestivos guiños conseguían que la

más inocente de las palabras tuviera un sentido mucho más lujurioso.

La música cambió a la melodía, más suave, de un número de La ópera de los

mendigos, y Delilah entreabrió sus labios rojos para cantar: «¿Puede el amor ser

controlado por los consejos? ¿Obedecerá Cupido a nuestras madres?

Aunque mi

corazón estaba congelado como el hielo, se deshizo ante su llama».

Estaba claro que Delilah du Lac sabía cómo ganarse a la audiencia. Al pronunciar la palabra «corazón» se había llevado las manos entrelazadas a la

altura de su pecho izquierdo, dejando entrever aún más la suavidad de la hendidura de su escote. Y al cantar «llama» colocó sus delgados brazos por encima

de la cabeza y contoneó el torso y las caderas, pareciendo mercurio líquido al son

de un fuego danzante. Su bamboleo era más hechizante que el péndulo de cualquier hipnotista.

Gavin la miró fascinado. Era una profesional a la hora de obtener el ambiente propicio en el escenario para encandilar al público, y a él. Porque lo

estaba consiguiendo, y era muy buena. Tanto, que hubo un momento en que creyó

que solo lo estaba mirando a él, a su rostro. Sus cejas impecablemente delineadas

se alzaron y sus labios esbozaron una ligera sonrisa. Él le devolvió la mirada, pero

no se fijó en sus pechos o en sus piernas, sino que clavó la vista en sus ojos.

Durante unos frenéticos segundos, sintió la intensidad de su mirada como si entre

ambos se hubiera producido un contacto físico. Su corazón respondió latiendo a

más velocidad y percibió los primeros indicios de excitación. De golpe, le pareció

que él y Delilah du Lac eran los únicos que estaban en aquel club abarrotado, como

si la sonrisa de sus labios de rubí solo estuviese dirigida a él.

Gavin se centró en su boca, demasiado ancha para lo que en ese momento se

estilaba aunque tan sensual que bien podía imaginarse a sí mismo mordisqueando,

lamiendo y saboreando el néctar de aquellos labios durante horas y horas sin ni

siquiera cansarse. Pero cuando se percató de que el labio superior era como si

estuviera viendo una imagen del inferior en un espejo, algo mucho más poderoso

que la lujuria lo golpeó de lleno.

Lo reconoció.

La última vez que había visto esa boca triste con las comisuras hacia abajo

también había estado embadurnada de rojo, pero no de maquillaje, sino por el

trozo de caramelo de menta que le dio. El dulce que se suponía debía mitigar la

amargura de su despedida.

¿Daisy? Gavin parpadeó un par de veces, preguntándose si el exceso de humo y bebida, junto con el ansia por encontrar a su amiga, habían conspirado

contra él para nublarle la visión y enredar en su memoria. Seguro que el alcohol

estaba inundando su sistema sanguíneo a un paso vertiginoso, porque estaba convencido de que la mujer objeto de las intensas miradas de los allí presentes era

la encarnación adulta de su amiga de la infancia.

Sudando copiosamente, se recostó en la silla y se aflojó el nudo de la corbata. Delilah du Lac. Daisy Lake. Lac y Lake significaban lo mismo, aunque en

distintos idiomas: «lago». Todo ese tiempo había estado buscándola por toda

Inglaterra, cuando Daisy estaba en Francia. Había sido un imbécil por no pensar en

aquella posibilidad. En cuanto al detective que había contratado, tomó nota mental

para despedir a ese incompetente al día siguiente.

—Muy bien, muchachos —anunció Delilah/Daisy—. Os he dado un poco de

picante. Vayamos ahora con una pizca de dulce.

El pianista entendió la señal y fue aminorando el ritmo de la música hasta transformarla en una balada sentimental que Gavin reconoció como After the Ball.

Delilah se detuvo en medio del foco de luz y empezó a cantar aquella conmovedora canción que hablaba del amor perdido por un malentendido y el

exceso de orgullo. Si a esas alturas a Gavin le quedaba alguna duda, esta quedó

disipada en cuanto vio la expresión de nostalgia que adoptó ella y la familiar

pureza de su voz. Una voz que, aunque ahora era la de una mujer adulta, y no la

de una niña, tenía una similitud demasiado obvia como para pasarla por alto.

Delilah y Daisy eran las dos caras de una misma mujer. Los años habían transformado el cuerpo de la muchachita en el de una mujer; sin embargo, debajo

de todo aquel maquillaje todavía subyacía el rostro con forma de corazón, y la

promesa de terminar convirtiéndose en una belleza se había hecho realidad.

Bajó la mirada hasta las largas piernas enfundadas en medias negras de

redecilla y recordó los rumores que sus amigos le habían comentado a lo largo de

la velada: «Tiene una legión de amantes. La última vez que el príncipe de Gales

estuvo en París la invitó a una cena privada. Su talento en el escenario palidece si

se compara con el que demuestra entre las sábanas». En aquel momento apenas

prestó atención, pero ahora cada descripción obscena era como un tambor repiqueteando en sus oídos, como un cuchillo clavándose en su corazón.

Observó a Hadrian y a Rourke. ¿Qué diantres les pasaba? ¿De verdad no la reconocían? ¿No sabían quién era?

La balada terminó y aparentemente tocaba de nuevo lo picante. La música aceleró el compás y cambió a una melodía burlesca más atrevida de cuyo título no

se acordaba muy bien. Delilah se pavoneó al ritmo de la canción de un lado a otro

del escenario, intercalando patadas altas y rápidas con lentos y sugestivos movimientos. Mientras la miraba con la boca abierta, Gavin sintió cómo le daban

un codazo en el costado.

Se volvió, justo para ver a su amigo Rourke sonriendo de oreja a oreja.

—Como se mueva la mitad de bien en la cama, entonces su reputación sí

que estará bien merecida, ¿no crees?

Haciendo acopio de todas sus fuerzas para parecer lo más controlado posible contestó:

—Es parte del espectáculo, ella se debe al público. Estoy seguro de que fuera

del escenario es otra persona completamente distinta.

Los efectos del alcohol estaban empezando a disiparse, reemplazados por la embriaguez mucho más intoxicante de una primitiva lujuria animal. Le parecía que

cada uno de sus sentidos vibraba de una forma hasta ahora desconocida, como en

una necesidad constante, la sensación de que Daisy, en su actual encarnación de

Delilah, era una maestra en el arte de la excitación.

Rourke le lanzó una mirada escéptica, pero fue lo suficientemente inteligente como para no discutir con él.

—Estoy centrado en cierta heredera menuda. Y sospecho que aunque lady Kat sea tamaño bolsillo, en cuanto me deje calentarle la cama despertaré en ella a

una mujer tan lujuriosa que no me dejará tiempo para pensar en coristas, ni siquiera en las que se mueven tan... bien.

«Corista.» Gavin se estremeció ante la palabra. Sí, eso era precisamente lo

que Delilah/Daisy era.

Hadrian soltó un bostezo que disimuló con el dorso de la mano.

—A mí tampoco me veas como rival. Reconozco que es un bocado de lo más

sabroso, pero echo mucho de menos mi cama y a mi mujer.

Rourke soltó un bufido.

—Lo que viene a significar que Callie lo convertiría en un castrato si le pilla

mirando a otra.

Hadrian no se molestó en negarlo.

—Estoy casado, y por la forma de hablar de Rourke parece como si se hubiera comprometido, pero a ti, Gavin, no hay nadie que te impida hacer lo que

te venga en gana.

Rourke asintió con la cabeza.

—Claro. Si tener una aventura con una corista es lo que necesitas para dejar atrás tu melancolía, entonces adelante, amigo.

—No estoy interesado en una aventura —comentó él mientras miraba a Daisy regresar a la zona donde se encontraba el piano. Ya estaba dándole vueltas a

cómo se las iba a apañar para estar a solas con ella.

Sabía que tenía que contárselo a Hadrian y a Rourke —no iba a ocultarles

algo como aquello indefinidamente; al fin y al cabo también eran amigos de ella—,

pero tras un año peinando Inglaterra de cabo a rabo se tenía más que merecida una

reunión privada. Tan pronto como terminara la actuación, se escabulliría entre

bambalinas y encontraría la manera de dar con su camerino. O puede que le enviara a un camarero con una nota, invitándola a unirse a su mesa para tomar

una copa de champán. Sí, así era como se hacían esas cosas. Estaría encantado de

tomarse otra botella entera de esa bebida nauseabunda si con ello conseguía estar a

solas con ella.

Rourke interrumpió sus pensamientos propinándole una palmada en la espalda.

—Entonces, ¿qué me dices, Gav? Después de todas tus reticencias, ¿no te alegra que no aceptáramos un «no» por respuesta y te trajéramos aquí?

Gavin ni lo dudó por un instante.

—Sí, Patrick. Puedo decir con toda sinceridad que no hay ningún otro sitio en el que más me gustara estar en este momento.

Capítulo 3

El muchacho que amo está en el palco, el muchacho que amo me está mirando,

ahí está, ¿no lo veis? ,

saludándome con un pañuelo,

tan feliz como un petirrojo cantando sobre un árbol.

The Boy I Love Is Up in the Gallery.

Canción que popularizó MARIE LLOYD.

a canción que estaba cantando terminaba con un intenso in crescendo que hizo que Daisy tuviera que aferrarse al piano para recobrar la respiración.

Segundos después, pasó un brazo por los hombros del pianista y dijo en voz alta.

—Maestro, por favor, para el número final sorpréndanos con algo medio picante y medio dulce a la vez.

Cada noche concluía su actuación eligiendo a un miembro del público para que subiera al escenario con ella y deleitarle con su número más seductor.

Esa

noche había decidido terminar con A Little of What You Fancy, que había popularizado la leyenda del teatro musical Marie Lloyd. Como sucedía con cualquier canción, lo que realmente marcaba el tono de la misma no era la letra en

sí, sino la intención que se le diera al interpretarla. Una sonrisa sugerente, una

ligera oscilación de hombros o caderas, o una simple inflexión en la voz, podían

transformar la más comedida de las melodías en una balada subida de tono.

Todo

lo hacía en beneficio del espectáculo, pero el público parecía creérselo, tal y como

mostraban las cuantiosas propinas que recibía después.

Desde el principio, se había fijado en un hombre de pelo oscuro muy apuesto que estaba sentado con sus amigos en una de las mesas que había frente al

escenario. Un auténtico caballero, había pensado, pero también alguien que se

parecía bastante a una persona a la que había querido mucho en el pasado y a la

que había perdido, Gavin Carmichael, el huérfano al que había idolatrado siendo

niña. De hecho, durante un breve instante había creído que era él de verdad, pero

muy pronto desechó esa idea, pensando que era más producto de su deseo de

volver a verle que de un aparente parecido físico. Además, la aureola de seguridad

en sí mismo que irradiaba, la facilidad con la que parecía charlar con sus

compañeros de mesa y la forma que tenía de mirar a los ojos a todo el mundo,

incluida a ella misma, le dijeron que era imposible que aquel hombre fuera el dulce

muchacho tartamudo de hombros caídos que recordaba.

Al igual que Gavin, la mirada solemne de aquel caballero le dio a entender que era una persona seria, no del tipo al que le gustara que lo sacaran al escenario

y le rodearan el inmaculado cuello de la camisa con una boa de plumas como si le

estuvieran echando el lazo… Pero precisamente la idea de poder dar un pellizquito

a esa aristocrática nariz y ruborizar sus mejillas de altos pómulos era lo que más la

tentaba.

Desde el foso de la orquesta sonó un redoble de tambor, su señal para bajar las escaleras del escenario y elegir a su «víctima» de esa noche.

—Necesito un voluntario entre el público —anunció, esbozando su sonrisa más sensual—. ¿Quién de todos estos elegantes y fornidos caballeros será el escogido, mhh…?

Como era de esperar, montones de manos se elevaron hacia el cielo acompañadas de gritos de «aquí, cariño» o «¡a mí!, ¡elígeme a mí».

Frunció los labios de forma juguetona, poniendo el puchero que sabía por

experiencia podía volver loco de deseo a cualquier hombre.

—¡Caramba, fíjate! —continuó—. ¡Tengo un montón de galantes voluntarios

entre los que escoger! Mi pobre cabeza está empezando a darme vueltas.

Se dio unos golpecitos con el dedo en el lunar pintado que tenía al lado de la

boca y fingió mirar a todos y cada uno de los espectadores, deteniéndose de vez en

cuando en algún par de ojos anhelantes o sonriendo a algún que otro rostro sonrojado. Pero en todo momento supo quién iba a ser el elegido: el arcángel con el

pelo oscuro de ojos tristes y solemnes, y labios hermosos. Tenía que ser suyo,

aunque solo fuera durante el breve lapso que duraba una canción.

—Creo que será... ¡usted! —Señaló con el dedo en dirección a su apuesto objetivo y después lo torció, llamándole para que se uniera a ella en el escenario.

Como si fuera un ciervo adulto enfrentándose al rifle de su cazador, el hombre la miró durante unos segundos sin moverse ni un ápice. Uno de sus sonrientes amigos le dio un pequeño golpe en el costado, pero lo único que consiguió fue que pareciera recobrar el conocimiento y mirase por encima de su

hombro, como si el elegido estuviera en la mesa de detrás. Daisy contuvo una

sonrisa y contó mentalmente hasta cinco. Al llegar a cuatro, él volvió a girarse

hacia ella, la miró horrorizado y, sin levantarse de la silla, movió la cabeza de un

lado a otro esbozando un silencioso «no».

«Es tímido», pensó ella, «qué encanto». Después de dos semanas ininterrumpidas soportando a brutos que la devoraban con los ojos, e incluso a

algún que otro atrevido que intentó manosearla, la idea de tener que convencer a

un hombre para que subiera al escenario le resultaba de lo más estimulante.

Y

mientras observaba cómo el rubor iba ascendiendo por las mejillas de su objetivo

sintió una oleada de calor entre los muslos. Algo que la asustó de verdad, porque,

aunque su número era abiertamente sexual, cuando actuaba intentaba distanciarse

al máximo de su cuerpo. La mayoría de las veces se despegaba por completo de su

yo físico, como si fuera una titiritera manipulando a una muñeca, una muñeca que

se llamaba Delilah. Todos los juegos y bromas que gastaba a su público masculino

eran mero teatro. El atractivo de su actuación residía en la habilidad que tenía para

convencer a todos y cada uno de los hombres del auditorio de que estaba loca por

ellos, pero en realidad nunca sentía el más mínimo deseo mientras actuaba...

Hasta

ahora.

Gavin vio a Daisy descender por las escaleras con el corazón latiéndole a toda velocidad y las palmas de las manos sudándole profusamente. La luz la siguió mientras iba directa hacia él, y por mucho que estuviera deseando verla,

formar parte de aquel número no entraba dentro sus planes.

— Bon soir, caballeros —les saludó ella en cuanto se puso a la altura de su mesa—. ¿Alguno de ustedes habla francés? Al fin y al cabo, es la lengua del amor.

Aunque se dirigió a ellos en plural, a Gavin no le pasó desapercibido que sus ojos no se apartaron ni un segundo de él. «Dios, Daisy.»

Rourke comentó que Gavin podía hablar cualquier idioma que se imaginara y le sugirió divertido que comenzaran con el latín. Los presentes sonrieron abiertamente y él y Hadrian se hicieron a un lado para hacerle sitio.

Daisy puso sus delgados brazos en jarras y anunció a la audiencia:

—Creo que nuestro guapo amigo es un poco tímido. ¿Lo eres, corazón? —

Sin dejar de mirarle, se inclinó sobre la mesa, mostrando de lleno su escote, y se

lamió seductoramente los labios con un gesto lento y cargado de intención que

enardeció por completo el miembro de él. A continuación se enderezó y se dirigió

en voz alta a las otras mesas—: Vamos, amigos, este elegante caballero necesita

algo de coraje. Animémosle un poco, ¿de acuerdo?

Numerosos abucheos y silbidos recorrieron el club. Desde detrás, alguien gritó «mequetrefe» mientras otra voz añadía «vaya un tipo con suerte».

Pero Gavin

estaba demasiado centrado en su bella torturadora como para prestar demasiada

atención a lo que decían.

A duras penas consiguió apartar la vista de ella y miró a sus amigos.

—Ve tú mejor, Patrick. Te va mucho más ser el centro de atención que a mí.

—Ni lo sueñes. —Rourke extendió la mano y le dio otra palmada en la espalda—. Esta es tu noche. Un poco de diversión no te matará.

Mortificado, Gavin se dirigió a Hadrian.

—¿Harry?

El fotógrafo negó con la cabeza y levantó ambos pulgares en señal de aprobación.

—No puedo, compañero. Si Callie se enterara, me la cortaría en rodajas

como si fuera un salchichón. Y aunque no lo hiciera, ya tuve mi buena cuota de

coristas en mis tiempos de calavera. Si te sirve de ayuda, finge que estás en medio

de un juicio, delante de un juez y un jurado. Pase lo que pase, ¡da la talla!

Gavin iba a empezar a decirle que no le importaba lo más mínimo estar a la altura cuando se encontró con una boa de plumas en la boca. Delilah se había

colocado detrás de su silla y le estaba deslizando las manos por los hombros,

metiéndolas por debajo de su camisa y acariciándole hasta detenerse justo en la

cinturilla. A continuación, con las yemas de los dedos apuntando hacia abajo, le

susurró al oído:

—O te vienes conmigo al escenario o termino mi número aquí mismo. ¿Qué decides, chéri?

La amenaza consiguió que Gavin se pusiera de pie al instante. Con el rostro rojo como la grana, dejó que ella le rodeara el cuello con la boa y que la usara como

correa para guiarle hasta el escenario. Subió a la tarima en medio de un sonoro

coro de aplausos mientras dos corpulentos tramoyistas colocaban una silla dorada

perpendicular al halo de luz.

—Ponte cómodo, amor —dijo ella, dándole un empujón con ambas manos en el pecho. En cuanto cayó en la silla percibió un atisbo del fresco aroma a menta

que desprendía su aliento, el sabor de sus caramelos favoritos cuando era pequeña.

Entonces, como Dalila seduciendo a Sansón o Salomé bailando para Herodes, ella empezó a girar alrededor de él al compás de la música, moviéndose

con el único propósito de seducirle. Luego se paró de frente y se fue aflojando muy

despacio, dedo a dedo, los guantes largos hasta el codo que llevaba. Cuando terminó, se llevó la mano izquierda a la boca y tiró de la prenda con los dientes, en

un lento e insinuante striptease. Gavin inhaló una profunda bocanada de aire,

esperando que la audiencia no notara su erección, tal y como sí debía de estar

notando ella.

Ella volvió a inclinarse sobre él, sujetando el respaldo de la silla con ambas manos. Sus turgentes pechos quedaron a escasos centímetros de su boca y aquellos

penetrantes ojos verdes se clavaron en él de tal modo que sintió como si le

estuvieran marcando a fuego. Bajo la tenue luz del escenario, la piel de ella, tan

blanca y ligeramente humedecida por el sudor, brillaba como si estuviera hecha de

perlas.

—Caballeros, creo que le está gustando —sentenció ella, volviendo la cabeza

para dirigirse al público—. ¿Y a ustedes?

Todos los allí presentes asintieron estrepitosamente, y Gavin sospechó que no era el único que tenía el miembro duro. Las monedas comenzaron a caer sobre

el escenario como si de granizo se tratara y cuando una de ellas le golpeó en el

muslo, Delilah le acarició la dolorida zona y canturreó un «pobrecito» lo suficientemente alto como para que lo escuchara todo el mundo. Lo siguiente que

supo fue que la tenía sobre su regazo, o mejor dicho, sentada a horcajadas sobre él,

con una pierna a cada lado de la silla. Ella le puso de nuevo las manos sobre los

hombros y contoneó su trasero. Su sensual sonrisa le dijo que estaba sintiendo cada

centímetro de su endurecido miembro.

Sin embargo, al segundo siguiente, algo debió de suceder, porque le miró

con los ojos y la boca abiertos y su sonrisa se esfumó.

—¿Gavin?

Él asintió. Tenía la boca demasiado seca para hablar, pero se las arregló para

pronunciar una respuesta.

—Sí. Sí, soy yo.

En ese momento se olvidó de que estaba sobre un escenario y de que era un reputado abogado en una posición un tanto comprometedora —podría decirse que

hasta humillante—, con una boa de plumas alrededor del cuello y una erección

pujando por salir de sus pantalones. Sintiendo como si su sangre se hubiera transformado en lava, echó hacia atrás la cabeza, colocó las manos sobre las voluptuosas caderas de ella y dejó que siguiera bailando sobre su regazo al son de

la música.

Daisy también se echó hacia atrás y él supo que su repentina dificultad para respirar y el temblor de sus muslos no formaba parte del número. Ahora que ella

sabía quién era, también estaba experimentando aquel sentimiento tan intenso,

poderoso y erótico que hacía que la lujuria palideciera en comparación.

La música continuó ascendiendo hasta alcanzar el punto culminante. Sus

miradas se encontraron. Ella parecía arrepentida, cuando no avergonzada.

—Es el final. Yo... Lo siento —susurró.

Antes de que pudiera preguntar por qué lo sentía, Daisy se arqueó hacia atrás y Gavin se encontró con los muslos separados de ella a la altura de los ojos y

una pequeña porción de rosada y húmeda carne asomando fuera de su ropa interior de seda. De pronto, ella se dio la vuelta y se las apañó para ejecutar una

voltereta sin darle una patada en la cara. Una vez volvió a estar de pie, se situó de

cara al público y con un diestro movimiento tiró del cordón de su prenda íntima.

Esta cayó en dos mitades, revelando la escasa tira negra de encaje que había debajo.

El público se puso de pie al unísono y en medio de silbidos, aullidos y atronadores aplausos el dinero volvió a caer en el escenario, aunque en esta ocasión eran billetes de una libra en vez de monedas. Daisy paseó con garbo de un

extremo a otro de las tablas, deteniéndose de vez en cuando para agacharse a

recoger el dinero y aprovechar para mostrar su exquisito y apretado trasero.

Con las manos llenas, se encaminó hacia la zona en la que estaba el piano y

dejó caer un montón de monedas sobre la tapa.

—Nuestro voluntario se ha portado muy bien. Se merece algo dulce, ¿no crees, Ralphie?

El pianista aceptó con un fuerte asentimiento de cabeza.

—Sí, señorita du Lac, parece que necesita «algo» que solucione su

«problema».

Daisy guiñó un ojo de manera llamativa para que la pudieran ver todos y se dirigió hacia Gavin, que seguía sentado en la silla. Después apoyó las manos sobre

sus hombros y lo miró largo y tendido a los ojos.

—¿Te apetece algo dulce, cariño?

«¿Gav, me has vuelto a traer algún dulce?»

Gavin abrió la boca para contestar que no necesitaba que le recompensaran con ninguna canción, pero antes de que pudiera hacerlo ella lo agarró por el cuello

de la camisa y aplastó la boca contra la suya. Inmerso en un océano de menta y

aplausos, él se levantó de la silla, le rodeó la esbelta cintura con los brazos y la

levantó del suelo para poder besarla mejor.

Desde la distancia, escuchó una voz masculina que le gritaba: «Así se hace, amigo. Date un buen revolcón con ella».

Aquella grosería le trajo de vuelta a la realidad. Se separó de ella y miró por encima de la cabeza de Daisy para encontrarse con una horda de rostros salivando.

Y ahí fue cuando recordó dónde estaba y quién era.

—¡Suficiente! —Se quitó la levita, cubrió los hombros de Daisy con ella y la

miró a los asustados ojos—. Esto es por tu propio bien.

Y sin mediar más palabra, la alzó en brazos.

—Bájame ahora mismo, pedazo de imbécil.

Pataleando furiosamente y golpeando el ancho pecho de su captor, Daisy no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar. Obligado o no, Gavin había

conseguido cambiar las tornas a la situación. Sí, había tomado el control de la

audiencia — su audiencia—, al igual que el de su cuerpo, y ahora sus hombros y

torso estaban encerrados entre un pecho duro y musculoso y unos sólidos y fuertes

brazos.

—Ni hablar. —Esquivando sus golpes, comenzó a sacarla de allí.

—Pues si no me dejas acabar el número puede que terminemos despedazados.

No estaba exagerando. En el auditorio se había formado un auténtico caos.

Echando un vistazo por encima del enorme hombro de Gavin, vio mesas caídas,

sillas estrellándose contra las paredes y espejos, y clientes saliendo disparados

hacia la salida o enzarzándose en una pelea mano a mano. Varios hombres encolerizados intentaban acceder al escenario y el que parecía el líder de todos

ellos, uno con cuello de toro, amenazaba con romper uno a uno todos los huesos

del que les había aguado la fiesta. Gracias a Dios, los amigos de Gavin, que parecían estar hechos de un material más duro que el resto de encopetados ingleses, se habían levantado de sus sillas y estaban usando los puños para detener

la embestida.

Daisy volvió la cabeza justo para ver cómo la mano de un corpulento tramoyista se interponía en su camino. A continuación, esa mano se transformó en

un puño.

—Bájala —ordenó el hombre.

Gavin apretó los dientes e hizo un gesto de negación.

—Hazte a un lado.

El puño salió volando pero Gavin bloqueó con destreza el golpe y propinó un enorme puñetazo en la bulbosa nariz del hombre, que cayó hacia atrás,

salpicándolo todo de sangre.

Gavin extendió su ensangrentada mano y retiró el telón para meterse entre bambalinas. Después volvió la cabeza para poder mirarla.

—¿Por dónde?

En ese momento su camerino era de lejos el lugar más seguro.

—Ve hacia la izquierda y sigue hasta el final del pasillo. Es la primera puerta que encontrarás a tu derecha, la que tiene una estrella —explicó, sintiendo

un absurdo ramalazo de orgullo—. Pero antes bájame.

Él dudó durante un instante, aunque terminó accediendo. En cuanto se vio con los pies en el suelo, lo agarró de la mano y le guió a través del húmedo y

mohoso corredor.

La parte trasera del club era una zona escasamente amueblada, un lúgubre laberinto de estrechos y oscuros pasillos. Las tuberías de gas y agua eran visibles

en los sucios y bajos techos y los suelos estaban cubiertos de mugre.

Cuando

llegaron a la puerta de su camerino, escucharon unos pasos que los seguían.

Con el

corazón a toda mecha, ella llevó la mano al pomo e intentó abrirla, pero entonces

se acordó de lo mucho que solía atascarse aquella puerta combada. La última vez

que había intentado abrirla sin ayuda se había dislocado el hombro.

—Maldita sea.

Los pasos cada vez estaban más cerca, casi los tenían encima de ellos.

—Hazte a un lado. —Gavin alargó el brazo, abrió la puerta con brusquedad y la empujó dentro, antes de entrar él.

Una vez en el interior del angosto cuarto, ella echó el pestillo y ambos se apoyaron contra la descascarillada pared. Durante los siguientes segundos, permanecieron uno junto al otro; con sus respiraciones, rápidas, como único sonido perceptible en la estancia.

Entonces, él volvió la cabeza para mirarla.

—Has hecho una gran actuación —dijo. El tono cínico que usó le indicó a Daisy que no era un cumplido.

No iba a dejarse intimidar tan fácilmente, al fin y al cabo no necesitaba su aprobación, no después de tantos años, así que alzó la barbilla y respondió con un

escueto «gracias». Después clavó los ojos en él, buscando las similitudes con el

niño que había conocido y las diferencias del hombre en que se había convertido.

Llevaba el pelo más corto, pero seguía teniendo esa espesa mata de ondas de color

negro azulado, aunque ahora con algunas canas tempranas en las sienes. Su cara

era más delgada de lo que recordaba, sus ojos seguían poseyendo ese intenso azul

claro que siempre le hacía pensar en cielos primaverales. La boca también parecía

más fina, o como poco menos dada a la risa, y la nariz resultaba algo más prominente, más dura, y también más arrogante. Algunas tenues líneas de expresión se habían abierto camino en su frente y en las esquinas de sus ojos, se

imaginó que producto de las preocupaciones del pasado, pues no podía tener más

de treinta años.

«Dios, se ha convertido en un hombre muy apuesto.»

Ya no llevaba la boa alrededor del cuello, debía de haberla perdido cuando salieron corriendo entre bastidores. El sudor por el esfuerzo realizado corría por

ambos lados de su cara, pegando la camisa a aquel torso tan musculado que no

contenía ni un gramo de grasa. ¡Qué alto era! A pesar de que llevaba unos zapatos

con unos tacones bastante altos, la coronilla le llegaba a la altura de sus hombros.

Acostumbrada a mirar a los ojos a los franceses, estar tan cerca de un hombre con

el que tenía que alzar la vista para verle el rostro, y no cualquier hombre, sino

Gavin, el héroe de su infancia, su amor de adolescencia, hacía que se sintiera

vulnerable, temblorosa y completamente fuera de lugar.

De pronto, las comisuras de su boca se alzaron ligeramente, demostrando que no se le había olvidado del todo cómo sonreír.

—En lo bueno y en lo malo, ya lo creo.

Escuchar el principio de aquel juramento hizo que estuviera más cerca de las lágrimas de lo que había estado en años. Lo que su corazón anhelaba acababa

de caer del cielo en su regazo... Pero con una década y media de retraso.

Qué cruel

era el destino.

—Gavin, ¿qué estás haciendo aquí?

Él alzó sus oscuras cejas.

—Yo pensaba preguntarte lo mismo.

Daisy se fijó en una gotita de sudor que salpicaba un lateral de su vigoroso cuello y sintió la absurda necesidad de limpiársela con la punta de la lengua.

Unos puños empezaron a golpear al otro lado de la puerta y las voces altas

y graves que escucharon les trajeron de vuelta al presente.

—Señorita du Lac, ¿se encuentra usted bien? ¿Hace falta que llame a la policía?

Daisy reconoció la voz del encargado de utillería, Danny. No lo conocía, pero parecía un tipo decente y sonaba más preocupado que enfadado, así que se

volvió hacia la puerta y contestó también en voz alta.

—No será necesario, Danny. He tenido un pequeño malentendido con un antiguo compañero, pero ya lo hemos solucionado.

—Haz las paces con tu amante en tu tiempo libre, Delilah —exclamó una voz mucho más profunda y contrariada. Maldición, era el maestro de ceremonias,

Sid Seymour, propietario del club—. El auditorio está hecho un desastre.

Menos

mal que el comisario es amigo mío, porque si no nos cerrarían el local por alteración del orden público. Y recuerda, todas las pérdidas y arreglos correrán por

tu cuenta.

¡Qué sinvergüenza! Daisy se mordió el labio inferior mientras hacia un cálculo mental de los posibles daños. Uno solo de esos espejos chillones que

colgaban de la pared costaba una pequeña fortuna, al menos para ella. El único

consuelo que le quedaba era que no la había despedido. Eso ya era algo.

Aun así,

tendría que estar bailando el cancán hasta que tuviera ochenta años para pagar

todo aquello. Y aunque al final la situación no fuera tan mala, el que le descontaran

dinero del sueldo significaba que ese mes no solo lo pasaría mal ella, sino todos los

seres queridos que había dejado atrás, en París.

Gavin abrió la boca para hablar, pero ella le puso un dedo sobre los labios y negó con la cabeza, instándole a que permaneciera en silencio. Volvió a dirigirse a

la puerta.

—¡No me vengas con esas, Sid! Estas dos últimas semanas has ganado un dineral a mi costa, no te creas que no lo sé. Y para la miseria que me pagas, bien

podría irme al Grecian.

Según el representante de Daisy, el Grecian on City Road era más un salón de espectáculos que un club nocturno en el que se servían cenas, pero tenía su

buen número de espectadores, y por el mismo dinero solo tendría que hacer una

representación por noche, en vez de dos.

La amenaza surtió efecto.

—Anda, sal de tu camerino y hablamos.

Ni loca abriría la puerta y entregaría a Gavin a los matones profesionales que sabía estarían esperando junto con Sid.

—Mañana, Sid. Si quieres que vuelva para la primera representación de la tarde, será mejor que me vaya a casa y descanse un poco.

Esperó hasta que los pasos se desvanecieron, confirmando así que se habían marchado, y se volvió para enfrentarse de nuevo a Gavin.

—Espero que estés contento —le recriminó, apuntándole con un dedo en la cara—. Me quedan solo dos semanas para terminar mi contrato aquí y gracias a ti

tendré suerte si consigo pagarlo todo. Lo más seguro es que termine debiéndoles

dinero.

Por primera vez desde que la sacó del escenario, Gavin no pareció tan seguro de sí mismo.

—Tengo toda la intención de compensar al club por todos los daños ocasionados.

Buenas intenciones. Quienquiera que hubiera inventado la frase de que el camino al infierno estaba lleno de ellas tenía que haber sido alguien muy sabio,

seguro que una mujer. Y Daisy hacía muchos años que no se creía las promesas de

los hombres. Una no alimentaba a su familia a base de promesas o sueños rotos.

En ese instante necesitaba poner algo de distancia entre ellos, así que se quitó los zapatos y cruzó el estrecho camerino en dirección al biombo de metal que

usaba como vestidor, un pequeño lujo que se había traído desde Francia y que le

habían regalado sus padres adoptivos la noche que debutó en un escenario de

verdad. Estaba pintado con margaritas, en honor a su nombre —en inglés daisy

significa margarita—, y hacía que la estancia pareciera menos oscura de lo que en

realidad era. Además, le daba la sensación de que era importante tener algo familiar cerca cuanto todo lo demás le resultaba, si no extraño, como si formara

parte de un sueño lejano.

En cuanto se deslizó detrás de la mampara se quitó la levita con la que él le había cubierto los hombros y la colocó en la parte superior.

—Al final no me has dicho qué estás haciendo aquí —insistió.

A pesar de que ya no llevaba la prenda encima, todavía se sentía envuelta en su aroma, una combinación de cuero, perfume especiado y almizcle, muy

masculina y absolutamente deliciosa.

Notó como él se acercaba al otro lado del biombo.

—¿Me creerías si te dijera que me apetecía divertirme un rato escuchando una canción con una pinta de cerveza en la mano?

Ella se rió por lo bajo.

—No. Y no te molestes, pero no me parece que seas del tipo al que le vayan los musicales.

A pesar de que tenía pegadas algunas plumas a la piel y de la camisa un tanto sudada y arrugada, todavía mantenía su porte aristocrático, ese aire de que,

por mucho que se ensuciara, siempre tendría un aspecto elegante.

—¿Debo tomármelo como un cumplido?

Sus miradas se encontraron justo en el momento en que ella dejó caer su corsé detrás del biombo y liberó sus pechos. Tomó una profunda bocanada de aire,

la primera desde aquella mañana.

—Tómatelo como quieras.

Notó cómo él le miraba los hombros desnudos y sonrió para sus adentros.

Daba igual que fueran viejos amigos encontrándose tras un largo período de tiempo o unos completos extraños viéndose por primera vez. No importaba que

ella fuera Daisy o Delilah. Él la deseaba con desesperación. Lo malo era que ella

también lo hacía. Aprovechándose de la cobertura que le daba el biombo, se rozó

los pezones con los dedos, imaginándose que era él quien lo hacía con sus enormes

manos. Oh, no era justo. Qué gran jugador debía de ser Dios. El primer hombre

que realmente la excitaba era el único que no podía tener porque no confiaba en sí

misma. Si solo fuera un desconocido en vez de un amigo de la infancia que le había

hecho tanto daño.

—En ese caso, ¿te creerías si te digo que acabo de sufrir una... decepción, y que Harry y Rourke creían que necesitaba divertirme un rato?

Daisy seguía con las manos sobre los pechos, tenía los pezones erectos como

dos dardos.

—¿Te refieres a una decepción amorosa? —Tan pronto como la última palabra salió de su boca se odió a sí misma por lo desesperada que debía de haber

parecido al hacer una pregunta como aquella.

Gavin no contestó, pero su silencio y el que no abriera la boca para negarlo fueron suficiente respuesta. «Alguna mujer lo ha herido», pensó, molesta por la

irracional punzada de celos que sintió. No sería el primero ni el último que acudía

a un club para olvidarse de un amor fallido, y se dedicaba a ahogar sus penas en el

alcohol y a comerse con los ojos a mujeres semidesnudas.

Sus miradas volvieron a encontrarse una vez más y a ella se le olvidó hasta respirar.

—Lo creas o no, he venido aquí esta noche por pura casualidad... o suerte, como prefieras verlo —le escuchó decir, sintiéndose como si estuviera sumergida

en las profundas aguas de un mar azul.

El espacio que le dejaba el biombo era apenas más grande que el de un armario y ella estaba desnuda excepto por la tira de cuero que apenas cubría su

zona íntima. Además, a pesar de la separación que había entre ellos gracias a la

mampara, la cercanía de Gavin estaba actuando como un potente afrodisíaco.

Recordando la maravillosa calidez y dureza de la prominencia que había sentido

bajo su trasero cuando estuvo sentada a horcajadas sobre él, se llevó una mano

hacia el pubis, separó sus labios vaginales y deslizó un dedo en su interior.

«Dios mío, estoy húmeda por él. Si ahora mismo me lo pidiese, le dejaría

hacer lo que quisiera. Me apoyaría sobre mis manos y rodillas en este sucio suelo y

permitiría que me hiciera lo que se le antojara.»

Ruborizada por sus pensamientos, se inclinó para quitarse las ligas.

—¿Los hombres que te acompañaban eran Rourke y Harry? —Había estado tan concentrada en Gavin durante la actuación que apenas se había fijado en sus

amigos.

—Sí. Ambos están viviendo en Londres, de momento. Harry tiene un estudio fotográfico en Parliament Square y Rourke se pasa el tiempo entre su casa

de Hanover Square y su castillo de las Tierras Altas.

—¿Rourke tiene un castillo? —Se desabrochó la liga derecha y desenrolló la

media hacia abajo, con cuidado de no romper la costosa seda.

Gavin asintió.

—Compró acciones del ferrocarril y logró hacerse con una auténtica fortuna... Con varias en realidad.

Así que Patrick había terminado prosperando. No debería sorprenderla.

Siempre había sido un tipo listo, pero... ¿un castillo?... Aquello era demasiado.

—¿Y tú a qué te dedicas, además de a ser rico y holgazanear?

Se dio cuenta demasiado tarde de lo amarga que había sonado su voz, y se asombró de que, después de quince años, todavía le doliera tanto su traición. Creía

haberlo superado hacía mucho, otra de las muchas mentiras que se había dicho a sí

misma.

—En realidad soy abogado.

Eso sí que la pilló por sorpresa. Recordaba haber oído al hombre rubio de la mesa —Harry lo más seguro— decir algo sobre jueces y jurados, pero en ese

momento ni se le había ocurrido que pudiera ganarse la vida con eso. Se había

imaginado que era indecentemente rico o que vivía de sus expectativas, como la

mayoría de los hombres jóvenes de alta cuna.

—¿En serio?

—Sí, de verdad.

Se dejó llevar por su lado malvado y arrojó su ropa interior negra de seda por encima del biombo. Cuando vio que iba a parar sobre el hombro de Gavin

soltó una sonora carcajada.

—¡Esta sí que es buena! Y dime, ¿tienen los abogados el hábito de secuestrar

a artistas en medio del escenario y golpear a los tramoyistas, o solo estamos obligados a cumplir las leyes los del pueblo llano?

En cuanto observó cómo su rostro se teñía de rojo recordó lo fácil que resultaba hacer que se ruborizara cuando era un niño y le reconfortó ver que algunas cosas no habían cambiado. Al menos no tanto.

—Puedo decirte con toda sinceridad que eres la primera persona a la que he secuestrado.

Ella sonrió en contra de su voluntad. Puede que se hubiera vuelto un poco altivo, pero todavía tenía sentido del humor.

Él se quitó la prenda del hombro y se la devolvió.

—Esperaré hasta que estés visible.

Aún desnuda, alcanzó la bata negra de seda que había dejado colgada en la pared y se la puso. Después, salió de detrás del biombo mientras se ataba el cinturón.

—Ya estoy visible... o al menos todo lo visible que me gusta estar.

Él se la quedó mirando, recorriéndola con los ojos de arriba a abajo hasta terminar en su cara. Preguntándose qué era lo que podía encontrar tan chocante,

bajó la vista. La bata no llegaba hasta el suelo, pero sí por debajo de las rodillas,

cubriéndole más de lo que hacía el traje que había usado durante la representación.

¿Acaso era el escote en pico lo que encontraba tan censurable? Ella no lo veía

especialmente atrevido, pero tampoco era la persona más adecuada para opinar

sobre ese asunto.

Sí que era cierto que la zona más sensible entre sus muslos estaba palpitando a causa de un doloroso anhelo. Temerosa de que él pudiera leerle los

pensamientos con solo mirarla, como hacía cuando eran niños, se acercó al tocador.

Una vez estuvo de espaldas a él, sacó la borla con la que se aplicaba el maquillaje

de su polvera y se limpió el sudor del busto.

—Bueno, ¿qué quieres preguntarme?

—Supongo que tengo curiosidad por saber dónde demonios te has metido durante estos quince años —contestó él.