HRH,2-Rendida
Capítulo 15
El necio se cree sabio,
pero el sabio se sabe necio.
WILLIAM SHAKESPEARE, Parragón
Como gustéis
aisy se quedó devastada después de la marcha de Gavin, más de lo que nunca se imaginó que podría estar. Ni siquiera el abandono del padre de Freddie, tras enterarse de su embarazo, la había dejado ni una milésima parte de lo
mal que se sentía ahora. El fin de todas las relaciones que había mantenido hasta
ese momento solía venir acompañado de una mínima preocupación y un caro
regalo de despedida, como correspondía. Ningún amante de su pasado la había
hecho sentir tan miserable, tan completamente perdida.
Si le hubieran dicho que Gavin iba a seguirla hasta el parque y enfrentarse a ella delante de su familia no se lo habría creído. Que él le montara una escena
frente a una niña fácilmente impresionable le parecía un pecado casi imperdonable. No se había sentido tan traicionada desde que se dio cuenta de que
nunca respondería a sus cartas. Lo más irónico era que justo cuando había empezado a bajar la guardia, a creer que podía ser diferente al resto de los
hombres, iba él y le demostraba que estaba cortado por el mismo patrón. Al igual
que los demás, no quería cargar con la hija bastarda de otro hombre, aunque Freddie fuera la niña más preciosa y maravillosa del mundo.
Y fue precisamente por el bien de su hija por lo que mantuvo a raya sus emociones durante las siguientes horas; todo el tiempo que estuvieron en el parque, la excursión al salón de té, donde tomaron una taza y un dulce, y finalmente la parada que hicieron en casa de Gavin para recoger sus cosas.
Más de
una vez pilló a Flora mirándola, pero gracias a Dios Freddie no dejó de parlotear y
se libró de tener que responder a algunas preguntas, al menos a las más sagaces de
los adultos. Sin embargo, en cuanto se instalaron en las habitaciones de Whitechapel no pudo contenerse más. Tiró una tetera y varias tazas, regalos de
antiguos amantes, al otro lado de la estancia y se fue corriendo hacia su dormitorio, donde dejó que las lágrimas fluyeran libremente.
Cuando oyó cómo llamaban suavemente a la puerta no se sorprendió en absoluto. Levantó la cabeza de la almohada empapada y gritó:
—Estoy descansando. Saldré... en unos minutos.
—En ese caso, entraré yo. —Se trataba de Flora, por supuesto.
Su madre la miró y acomodó su orondo cuerpo en un lado de la cama.
—Ya, ya, querida. No llores más. Vas a ir con los ojos hinchados a tu ensayo.
—Mientras tomaban el té, les había contado que había conseguido el papel de
Rosalinda en Como gustéis.
—Me da igual como vaya —sentenció ella. Aunque era por naturaleza un poco vanidosa, lo decía más o menos en serio. Gavin no estaría allí para verla y en
el teatro no había nadie por quien le interesara ponerse guapa. Además, seguro
que después de ese día él no querría volver a verla nunca.
—Has tenido una pelea con tu hombre, eso es todo. Ya se arreglarán las cosas.
Daisy hizo un gesto de negación.
—Esta vez no. Tengo una hija, una hija ilegítima, y eso es algo que alguien como Gavin no puede aceptar o entender. No querrá saber nada de mí. Le repugno
como si fuera la peor de las putas.
Flora le colocó un mechón que le caía por la frente húmeda y sacudió la cabeza.
—Tengo el presentimiento de que tu señor Carmichael está hecho de una
pasta más dura de lo que crees.
—No es mi señor Carmichael. Oh, mamá, estoy hecha un lío.
—Bueno, pues cuéntamelo todo desde el principio e intentaremos poner orden.
Habían pasado tantas cosas en las últimas semanas que no sabía muy bien por dónde empezar.
—Nos peleamos.
—Sí, eso ya lo he visto. ¿Qué más?
—Él creía que... es decir, se le había metido en la cabeza que yo tenía un amante en Francia y que iba a venir aquí.
—¡Qué tontería! Porque no lo tienes, ¿verdad?
Daisy hizo un gesto de negación.
—No, por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué creería algo así? —preguntó Flora con el mismo tono que solía usar cuando Daisy era pequeña y le ocultaba alguna travesura.
—Porque... Bueno, encontró una carta que le estaba escribiendo a Freddie y pensó que ella era un «él».
—Entiendo. Me imagino que se disgustaría bastante al principio, pero como es natural enseguida le sacarías de su error, ¿verdad?
Daisy se lo pensó unos segundos y sacudió apesadumbrada la cabeza a
modo de negación.
—Ya que siempre parecía decidido a pensar lo peor de mí, le dejé que siguiera creyendo que lo era.
Flora abrió los ojos consternada.
—Oh, Daisy, ¿por qué no le dijiste la verdad?
—Porque en cuanto se enterara de que tenía una hija, una hija bastarda, se iría de todos modos. Pensé que si seguía creyendo que tenía a alguien más, a un
amante que venía de Francia para encontrarse conmigo, terminaríamos lo nuestro
sin que ninguno de los dos saliera herido.
Flora arqueó una ceja canosa.
—¿De verdad temías que él saliera herido... o más bien era por ti?
—Por ambos, supongo. Oh, ¿por qué no siguió lo nuestro su cauce natural y terminó antes de que llegarais?
—Porque quizá vuestro cauce natural no fuera el fracaso, sino que vuestra unión se fortaleciera con el tiempo. Si dejaras a un lado tu orgullo y tus temores, y
permitieras que alguien te amara...
Recordó las palabras de Gavin.
«¿De qué tienes miedo? ¿De que podríamos haber sido felices juntos? ¿De
que pudiera estar enamorándome de ti?»
—Querida —continuó su madre—. La pura y simple verdad es que has estado alejando a la gente de ti toda tu vida, y, aunque no puedo culparte teniendo
en cuenta tus amargos comienzos, es hora de hacer borrón y cuenta nueva.
Daisy se apoyó sobre los hombros.
—Yo no alejo de mí a la gente... ¿o sí? —preguntó.
—Daisy, cariño, seguro que sabes la respuesta a tu pregunta. Cuando papá y yo te vimos por primera vez nos enamoramos de ti al instante, pero tú no estuviste tan encantada con nosotros. Si hubiera guardado un penique cada vez
que jurabas odiarnos por haberte separado de tus amigos, ahora sería lo bastante
rica como para mantenernos a todos. El primer año saliste corriendo una veintena
de veces, y otra más después de cruzar el Canal.
Estaba demasiado cansada para discutir, así que se tumbó de espaldas en el colchón.
—¿Y qué importancia tiene todo eso ahora? Lo pasado, pasado está, y Gavin
se ha ido.
—Yo creo que la tiene, de lo contrario no estarías aquí, encerrada en tu
habitación y empapando la almohada con tus lágrimas.
Daisy se puso una mano sobre la frente; estaba empezando a dolerle la cabeza. Si alguien le hubiera dicho lo complicado que era ser adulto, le habría
encantado seguir siendo una niña para siempre.
—Que creyera que tenía un amante en Francia me pareció lo más fácil. Y
tampoco era una mentira al cien por cien. Como bien sabes, he estado con más
hombres después del padre de Freddie.
Flora le acarició la frente con la mano, haciendo que se sintiera de nuevo como una niña querida y amada.
—Cariño, sabes que te quiero muchísimo, pero tienes que acabar con las verdades a medias. Si sigues por ese camino, solo conseguirás tener una vida
miserable y hacer desgraciados a los demás, incluido el señor Carmichael.
—Solo lo hice para mantenerlo a distancia.
—Creo que lo has alejado más que una simple distancia. A este paso, volveréis a estar separados por un inmenso mar, y si a eso le añades tu orgullo
tonto... Si le hubieras dicho la verdad sobre Freddie cuando encontró la carta, le
habrías dado tiempo para hacerse a la idea.
—Ya es demasiado tarde. Ahora me odia.
Flora negó con la cabeza.
—Aunque solo le conozco de unos minutos, y en la peor de las circunstancias, te aseguro que no puedes estar más equivocada. Lo que vi en su
cara no era odio, sino un sentimiento de traición, de dolor. El señor Carmichael
está enamorado de ti, Daisy. Un hombre no pone su vida patas arriba por una
mujer que solo le importa un poco. Para herirle como has hecho tú, tiene que
amarte mucho más de lo que te imaginas.
Gavin no se había sentido tan traicionado desde que el director de Roxbury House lo entregara a su abuelo hacía quince años. Retrotrayéndose en el tiempo y
viéndolo ahora que era adulto, se dio cuenta de que el hombre no había tenido otra
opción. Daisy, sin embargo, había tenido un buen surtido de caminos que escoger,
y siempre había elegido engañarle.
Había sido un mazazo descubrir que tenía una hija, pero lo que más le dolió fue que le hubiera ocultado algo tan importante como la maternidad. No, no solo
se lo había ocultado, le había mentido. Estaba claro que ni le amaba ni confiaba en
él lo suficiente como para compartir un dato tan crucial de su vida.
Sintiendo como
si le estuvieran retorciendo el corazón dentro del pecho, hizo lo que no había
vuelto a hacer desde sus tiempos universitarios: irse a un pub y beber hasta emborracharse.
Horas después, el camarero se inclinó sobre la gastada barra de madera y anunció:
—Hora de cerrar, amigo.
—Quiero otra copa. —Gavin golpeó la barra con la jarra casi vacía, derramando lo poco que le quedaba.
El hombre hizo un gesto de negación con su puntiaguda cabeza.
—Búsquela en otro sitio. Aquí cerramos ya, así que lárguese.
Gavin se bajó del taburete y dejó que sus pesados pies le condujeran hasta la
salida de aquella taberna llena de humo. Una vez estuvo en la calle, se puso a
andar y terminó en el umbral de la puerta de Rourke. En su búsqueda de una
esposa de alta alcurnia, su amigo había decidido seguir todos los boatos propios de
la élite de la sociedad que podía proporcionar el dinero, incluida una elegante casa
en Hanover Square, uno de los vecindarios más de moda de Mayfair.
Evitando el
llamador de latón, golpeó con el puño la madera lacada.
Después de un rato le abrió un mayordomo vestido con una bata y un gorro de dormir.
—Lo siento, pero el señor O’Rourke no recibe visitas a estas horas.
La cabeza pelirroja del escocés y sus anchos hombros asomaron por el marco de la puerta.
—Está bien, Sylvester. El señor Carmichael es un amigo.
Gavin entró tambaleándose en el recibidor, se agarró al pasamanos esculpido de la escalera en busca de apoyo y tuvo un borroso atisbo de paredes
adornadas con cuero labrado, apliques de gas y lujosas alfombras persas.
Intentó
silbar, pero se dio cuenta de que se le había olvidado cómo hacerlo.
Rourke cerró la puerta y le miró con ojos atónitos.
—Gav, estás borracho.
—Corrección, ante todo corrección: estoy muuy borracho. —Movió la cabeza, un gesto por el que estuvo a punto de caerse.
Rourke le sostuvo de inmediato, después le pasó un brazo alrededor de los
hombros y lo guió a través del pasillo, no sin antes mirar por encima del hombro a
su mayordomo.
—Sylvester, tráenos una jarra de café tan negro y cargado como puedas.
—Sí, señor —dijo el sirviente mientras desaparecía en dirección a donde debía de estar la cocina.
Gavin sacudió la cabeza. Todo le daba vueltas. La noche, al igual que el resto de su vida, no estaba yendo como había planeado.
—No quiero café, quiero otra copa. ¿Te queda algo de... whisky escocés?
Rourke lo metió dentro de su estudio.
—Me temo que para ti no.
—Un escocés sin whisky escocés. —Por alguna desconocida razón aquello le
hizo mucha gracia. Se dejó caer sobre un sillón orejero de cuero y empezó a reírse a
carcajadas. Cuando abrió la boca para pedir otra copa por segunda vez, las náuseas
golpearon su estómago—. Mejor quiero...
Rourke se deslizó por el borde del escritorio y se puso de pie.
—¿Quieres un vaso de agua?
Gavin negó con la cabeza, el estudio se tambaleaba como un barco en plena
tormenta.
—El... baño.
—¿Necesitas ir al baño? —Los ojos de Rourke se abrieron como platos en el
mismo instante en que recibió otro ataque de náuseas—. ¡Sylvester!
—Ya sabía yo que no tenía que haberme gastado una fortuna en alfombras
—comentó Rourke más tarde. Le pasó el cubo y el trapo a Sylvester, y se puso de
pie.
Gavin, ahora sobrio, aunque con la cabeza como si tuviera un tambor repicando dentro, extendió una temblorosa mano y se hizo con la taza de café que
acababa de traer el mayordomo de su amigo. Tomó un sorbo.
—Te repondré otra igual. Solo dime dónde la compraste —dijo.
Rourke, que se había sentado detrás del escritorio, se encogió de hombros.
—No te preocupes. Se te veía mal, no tenías nada en el estómago, excepto cerveza y ginebra. Además, creo que ahora ese trozo es el que está más limpio de
toda la alfombra. —Se volvió para mirarle a la cara—. Bueno, ¿vas a contarme por
qué alguien que siempre está sobrio como un juez, o mejor dicho como un abogado
del Alto Tribunal de Justicia, de repente ha decidido emborracharse como una
cuba, o vas a hacer que juegue a las adivinanzas a estas horas de la noche?
—Se
colocó una enorme mano sobre la boca y bostezó.
—Se trata de Daisy.
—¡No me digas!
Gavin alzó la cabeza bruscamente.
—¿Qué se supone que quieres decir?
Rourke, que se estaba echando un chorrito de whisky en el café, le miró.
—Que desde que regresó todo lo que te pasa tiene que ver con ella. Me asombra bastante que una mujer tan menuda como ella pueda causar tal alboroto.
Gavin bebió otro sorbo de café. El ardiente brebaje bajó por su garganta mitigando el sabor a bilis que tenía.
—Ya te llegará el día, recuerda lo que te digo.
El escocés tomó un buen trago del café mezclado con whisky.
—Puede que sí o puede que no. Me inclino más por lo último, pero ahora estamos hablando de ti. ¿Qué te pasa, hombre?
—Me mintió... otra vez. La semana pasada le encontré una carta que escribió
a alguien llamado Freddie. Por supuesto pensé que era un hombre, su amante.
—Por supuesto.
—Pues resulta que Freddie es Fredericka, la hija de Daisy.
—Bonito nombre. —Rourke no parecía tan impresionado como Gavin se hubiera esperado.
—Lo peor de todo es que cuando le mostré la carta, ella dejó que creyera que Freddie era su amante.
—¿Ah, sí? Quizá tuviera miedo de contarte la verdad. No me imagino por qué, ¿eh?
No le hizo ninguna gracia el tono usado por el escocés. Había ido allí en busca de apoyo, de un amigo al que contarle sus penas, y lo único que había conseguido era una taza del peor café del mundo... y lo que sospechaba era el
inicio de un sermón.
—Basta con decir que ya no es la misma muchachita dulce que conocimos en Roxbury House.
Rourke volvió a encogerse hombros.
—No esperaba que lo fuera. En primer lugar, ahora es una mujer adulta, no una niña. Y en segundo lugar, la vida nos ha cambiado a todos. Daisy se ha pasado
los últimos quince años en París, de teatro en teatro, no encerrada en un convento.
Cualquiera que tome como nombre artístico el de Delilah se supone que tiene
ciertas... experiencias, por decirlo de algún modo. Además, conocías lo que se decía
sobre ella antes de que saliera a actuar en aquel escenario.
—Pero eso era antes de saber que Delilah era Daisy, o viceversa.
—Debe de ser un rasgo familiar —murmuró Rourke entre dientes.
El comentario le tocó en su punto más débil.
—Te repito, ¿qué se supone que quieres decir con eso?
—Oh, solo me estaba preguntando en voz alta si tú y tu abuelo sois tan diferentes después de todo. Es decir, ambos parecéis tener altas, algunos dirían
elevadísimas, expectativas de las personas que amáis. Daisy te ha decepcionado,
¿pero es por sus acciones presentes o porque no soportas las partes de su pasado
que no puede cambiar?
—Me mintió.
—Sí, Daisy te ha defraudado, muy bien. No puedes cambiar lo que ha pasado, pero sí que puedes decidir qué camino escoger. ¿Vas a darle la espalda y
expulsarla de tu vida, como hizo tu abuelo con tu madre? ¿O vas a luchar por ella?
Si yo fuera tú, iría a verla y la ataría, incluso me sentaría encima de ella si fuera
necesario, hasta que me explicara por qué actuó de ese modo.
—¿Y qué excusa puede darme?
Rourke hizo un gesto de indiferencia.
—¿Quién sabe por qué hacemos las cosas que hacemos? Quizá tuviera miedo de que le hicieras daño. O puede que otros hombres con los que estuvo
pusieran pies en polvorosa cuando se enteraron de lo de la niña y temiese que
hicieras lo mismo. Nadie es perfecto, Gavin. Daisy no lo es, ni tampoco tú.
Pero
seguro que nunca sabrás la respuesta si no se lo preguntas.
Gavin se levantó, dispuesto a marcharse. El dolor de cabeza se había trasladado a su corazón.
—¿Gav? —le llamó su amigo.
Se dio la vuelta.
—¿Sí?
—Se me acaba de ocurrir otra cosa.
Gavin soltó un resoplido.
—No creo que pueda aguantar más autoreflexiones en este momento.
—No es nada profundo, solo algo que me ha venido a la cabeza después de nuestra charla. Dices que Daisy te hizo creer que Freddie era su amante,
¿no? —
Gavin asintió—. Si tuvo que inventarse un amante, eso significa que no hay ningún
amante... excepto tú, ¿verdad?
Cuando Gavin salió de la casa de su amigo, los primeros rayos de luz se divisaban a través de la niebla. De camino a su apartamento, mientras iba en el
carruaje de caballos, no le quedó más remedio que reconocer que Rourke había
tenido razón en una cosa. Siempre había detestado la falta de flexibilidad de su
abuelo y su creencia a pies juntillas de que él y solo él sabía lo que era mejor. Sin
embargo, ¿no era así como se había comportado con Daisy? La había desalentado a
intentar buscar un papel en la última producción de Gilbert & Sullivan porque,
según su opinión, la opereta no era teatro serio. Y cuando ella le mostraba algo de
su vida, una hija ilegítima, algo que no sabía cómo manejar y que por supuesto no
iba a desaparecer, le había dado la espalda.
Tenía que verla. Pero cuando llegó a casa, se encontró con Jamison esperándole con rostro adusto en el umbral de la puerta.
—¿Dónde está Daisy... quiero decir, la señorita Lake?
El sirviente negó con la cabeza.
—Se ha ido, señor.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido? —Aquello fue lo único que se vio capaz de hacer para evitar agarrar al hombre por los hombros y sacudirle hasta
sonsacarle la información.
—Hizo sus maletas y se marchó mientras usted estaba fuera.
Pasó como una exhalación delante de Jamison y corrió al dormitorio de Daisy. Estaba limpio y... vacío, excepto por Mia, que yacía encima de la cama. En el
poco tiempo que había pasado en su casa hasta había conseguido ganarse a la gata.
Se sentó en el borde del colchón y acarició el pelaje del animal. El antinatural silencio de la estancia le revolvió el estómago y le hizo reconsiderar lo
que Rourke le había dicho. ¿Se parecía más a su abuelo de lo que estaba dispuesto
a admitir? ¿Era igual de rígido e implacable? ¿Obligaba a las personas a que cumplieran expectativas imposibles, empezando por sí mismo, y cuando
invariablemente fallaban las castigaba? Le echaba en cara a Daisy el que no le
hubiese contado la verdad, pero si lo hubiera hecho, ¿la habría aceptado sin más?
Jamison asomó la cabeza por la puerta.
—Disculpe la intromisión, señor, pero me pareció que le gustaría tener esto.
Gavin alzó la cabeza de entre las manos y miró el papel doblado que el hombre sostenía en una mano.
—¿Qué es? No me diga que se trata de otra carta.
—Es la dirección de la señorita Lake. Yo... eh... la oí mencionársela a sus padres cuando estaba haciendo las maletas y me tomé la libertad de escribirla.
Sonrió por primera vez en aquella nefasta mañana.
—Jamison, vale su peso en oro —dijo mientras aceptaba el papel—. Sea cual
sea su salario, considérelo doblado.
El mayordomo se sonrojó pero pareció absolutamente complacido.
—Señor, traiga de vuelta a la señorita Lake. Con eso me doy por recompensado.