Huelga fraguada

Ian Stuart · Capítulo 1 de 20

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Huelga fraguada

Uno

 

—BIEN —DIJO MacNeil. Se inclinó, dio un golpecito al interruptor y el zumbido apagado cesó de inmediato.

Por un momento nadie habló. La unidad, esa masa de circuitos, alambres e indicadores encerrados en un gabinete y apoyada sobre la mesa de trabajo, les pertenecía. La habían diseñado y trabajado en ella hasta perfeccionar cada parte. Era lo más importante que habían hecho, y lo sabían. Ahora, después de tantos meses, haberlo logrado era casi decepcionante. Sus rostros, tan diferentes uno del otro, reflejaban una misma expresión. O más bien la falta de ella. No había alegría ni sensación de triunfo. Ni siquiera un alivio visible de la tensión que habían compartido.

Entonces Dickson silbó despacio entre dientes. Tenía treinta y un años, y se podía decir que más que delgado, era enjuto, el pelo arratonado cortado muy corto.

—Bueno, funciona —observó con su voz chata de los Midlands.

—Sí, funciona —concordó MacNeil.

Era el mayor de los cuatro, un hombre fornido de treinta y siete años, con el pelo casi negro y facciones delgadas, austeras. Era un rostro reservado, aunque muchas veces se iluminaba humorísticamente. Su padre había sido maestro en Wester Ross y a pesar de que MacNeil estaba en el sur desde hacía ya quince años, su voz todavía guardaba algo del suave acento de Escocia.

Los tubos de luz fluorescente que colgaban del techo iluminaban la habitación con su resplandor blanco, duro, revelando los lugares en los que la pintura a la cal se estaba desprendiendo de la pared de ladrillos. Dieciocho meses atrás esa habitación había sido un depósito y sus únicos muebles eran unos armarios metálicos, un archivo, cuatro filas de mesas de trabajo, cuatro bancos y el escritorio de MacNeil. Ocupaban nada más que la mitad del espacio, el resto era cemento desnudo.

—Gracias a Dios —comentó Anna French. Su guardapolvo blanco sin forma caía sobre un par de jeans y un pulóver suelto, ocultando cualquier femineidad que pudiera poseer su figura. Tenía el pelo largo y oscuro tirante en la nuca, formando una cola de caballo, y la única concesión aparente a su sexo era un toque de lápiz de labios y dos enormes argollas de oro que colgaban de sus orejas.

Estaban parados contemplando la unidad como si tuvieran miedo de que al dejar de mirarla cesara de funcionar.

—Voy a decírselo a Bill Skinner —⁠dijo MacNeil.

Peter Haworth hizo una mueca.

—Más ganancias para los malditos capitalistas —⁠dijo.

—Para eso te pagan —le contestó Dickson de buena manera.

—No necesitas refregármelo.

Haworth era el más joven del grupo. MacNeil, que sabía de su militancia de izquierda en el politécnico, nunca estaba seguro de las opiniones que Haworth decía profesar. Eso no le preocupaba, Haworth valía lo que pesaba.

MacNeil se sacó el guardapolvo y se puso la chaqueta. No necesitaba hacerlo y sabía que a los demás ni se les hubiera ocurrido, pero desde sus comienzos allí le habían enseñado que nunca se iba a la gerencia en ropa de trabajo.

Al salir de la iluminación brillante del laboratorio, el patio le pareció casi oscuro. Soplaba una brisa helada y las nubes que colgaban sobre el pueblo amenazaban lluvia. MacNeil se detuvo en el umbral uno o dos segundos y luego caminó hasta el edificio de las oficinas y subió las escaleras. Gillian Wright, la secretaria de Skinner, estaba escribiendo a máquina en su escritorio. Era una joven gordita, con camisa rayada y falda marrón oscuro.

—¿Bill está desocupado? —le preguntó MacNeil.

—Creo que sí. A menos que esté hablando por teléfono.

Esperó mientras Gillian atravesaba una puerta en la pared más alejada del corredor angosto que separaba la oficina central de la gerencia. Volvió enseguida.

—Puede pasar —le dijo.

—Gracias —MacNeil se dirigió a la puerta de Skinner, golpeó y entró.

Era una habitación bastante pequeña, con muebles de oficina comunes y una alfombra de pared a pared color bronce. Las persianas estaban levantadas y MacNeil pudo ver a través del patio y del otro lado de la calle las ventanas impersonales y ciegas de otra fábrica. Skinner era el gerente de producción, un hombre de cuarenta y tres años, bajo y corpulento con pelo oscuro alisado sobre una cabeza redonda. Sus ojos también eran oscuros y brillantes, y aun cuando estaba quieto irradiaba un aire de energía reprimida.

—Siéntese, muchacho —dijo con voz cálida y amistosa⁠—. ¿En qué puedo servirle?

MacNeil se sentó en una silla enfrente al escritorio.

—Pensé que le gustaría saber que ya hemos terminado las pruebas de la UC1 —⁠dijo.

—¿Y? —preguntó Skinner.

—Salieron bien.

—¿Nada más que bien?

—Tan bien como esperábamos. Tal vez mejor.

—Eso vale un trago.

Para MacNeil era muy temprano, pero no dijo nada. Skinner tomó una botella de whisky, dos vasos y una jarra de agua de un armario. Sirvió dos porciones generosas y le alcanzó uno de los vasos a MacNeil.

—Bueno, felicitaciones, Alan. Es su criatura.

—Gracias.

Bebieron. MacNeil pensó que, de todos los gerentes de Renshaws, Skinner era el único con el que se sentía cómodo. Sin excluir al presidente. El único con el que tenía algo de afinidad. Lo que era extraño, porque sus antecedentes eran muy distintos. MacNeil había pasado del colegio a una escuela técnica en Iverness y de allí a la industria, comenzando desde abajo en una pequeña firma de Glasgow. Lo único que le había gustado de ese trabajo eran los fines de semana, cuando podía recorrer Argyll o los Campsies con un grupo de amigos. El padre de Skinner había sido un próspero hombre de negocios del sur de Inglaterra y Skinner había ido a Cambridge.

—¿Podría decírselo al viejo? —⁠preguntó MacNeil.

Skinner no le contestó enseguida. Parecía estar meditando el asunto y su vacilación sorprendió a MacNeil, que suponía que Skinner desearía contárselo a Astley lo antes posible. Después de todo Renshaws había invertido un montón de tiempo y dinero en el proyecto, y si se convertía en un éxito comercial podía significar la entrada de la compañía en primera división. MacNeil suponía que eso era lo que quería Skinner. Él ya había decidido. El presidente podía ser su suegro, pero MacNeil no le daría la noticia.

—Sí, por supuesto —dijo Skinner⁠—. Estará encantado.

—Dudo de que lo demuestre —⁠comentó MacNeil con sequedad.

George Astley era de Yorkshire y se enorgullecía de su parquedad. El hecho de que MacNeil fuera el responsable de la unidad no haría más que aumentar su reserva.

Skinner sonrió.

—Ralph Fitzpatrick lo hará por él. Ha estado rogando por un nuevo producto para vender. Si este asunto marcha, se le abrirá un enorme mercado.

MacNeil no necesitaba que le dijeran eso. Deseaba que el resto de los directivos tuviera el entusiasmo y el empuje de Skinner. A pesar de su relación incómoda, respetaba a Astley, pero el presidente era cauteloso, y Fitzpatrick, el gerente de ventas, demasiado voluble. A los otros, Walton y Anderson, casi no los conocía. Se dijo que no tenía nada que ver con todo eso, él había hecho su trabajo y no dudaba de que ahora lo respaldarían.

—Será mejor que vuelva —dijo, apoyando su vaso⁠—. Gracias.

—Está bien —aprobó Skinner—. Bien hecho, Alan. Puede confiar en mí para hacerle ver a la junta lo importante que es esto.

MacNeil salió de la habitación y bajó las escaleras hasta el patio. Hasta hacía un par de años, Renshaws no tenía un departamento de investigación. Skinner había persuadido a los otros gerentes de instalar uno y lo había recomendado a él como jefe. Astley se había resistido, pensando que podían acusarlo de nepotismo, pero al final Skinner había ganado.

Al principio trabajaron para mejorar los productos ya existentes, pero luego MacNeil concibió la idea de crear un nuevo sistema de control relativamente barato que podía adaptarse con facilidad a una amplia gama de procesamientos. Y otra vez Skinner había persuadido a la junta para que proveyera los fondos.

Mientras MacNeil no estaba, los otros habían vuelto a trabajar en la unidad, y a su regreso lo miraron con aire avergonzado, como padres a los que se pesca jugando con un juguete del hijo.

—Será mejor que guardemos esto — ⁠dijo.

Aparte de los cuatro que estaban allí, los únicos que sabían de las pruebas eran Skinner y el presidente, la unidad era un secreto muy bien guardado, y hasta los demás gerentes solo sabían que Investigaciones estaba trabajando «en algo de MacNeil» y que Skinner les había dicho que parecía prometedor y que tenían que apoyarlo. Por otra parte no habría cambiado mucho de saber más; eran hombres de negocios y sabían muy poco de electrónica.

Anna abrió uno de los armarios metálicos. Los otros desmantelaron las distintas secciones y las guardaron.

Cuando terminaron, MacNeil volvió a cerrar con llave el armario y se guardó la llave en el bolsillo.

—Ha sido un gran día —comentó Haworth.

Los otros asintieron.

El viento había cesado y comenzaba a llover. A lo largo de las tristes callecitas entre las fábricas la gente se apuraba para tomar los ómnibus y los autos se abrían paso desde las playas de estacionamiento hacia el río de tránsito que se arrastraba paragolpes a paragolpes, a paso de hombre. Ya se estaban formando charcos en los costados de la calle.

En el cruce, el semáforo se puso rojo y MacNeil se detuvo. ¿De qué humor estaría Rosemary? Hubo un tiempo, uno o dos años atrás, en que todavía deseaba llegar a su casa después de un día de trabajo. No porque su trabajo le disgustara, sino porque disfrutaba de su hogar. Ahora en cambio casi temía llegar.

¿Qué pensaba ella que hacía en el trabajo? Si anduviera con otras mujeres no sería allí. A lo mejor creía que andaba con Anna, porque siempre la metía en sus conversaciones. Anna, que parecía estar asustada o avergonzada de su sexo. Sería gracioso si no fuera tan molesto y humillante.

Si las sospechas de Rosemary hubieran sido más definidas, habría sido más fácil para los dos, porque le habría demostrado su poco sentido. Así como eran, cada vez que él se alejaba, Rosemary se sentía torturada por la duda. Había momentos en que el enojo y el resentimiento se apoderaban de él y lamentaba que esas dudas no tuvieran una base. Ya no se querían, a veces se preguntaba si alguna vez se habían querido y si todo lo que los mantenía unidos no era sino sentido de responsabilidad. Eso y su conciencia presbiteriana.

A veces Rosemary se odiaba por sus celos, y entonces él le tenía lástima. Otras, parecía disfrutar con ellos, y los fomentaba mientras contemplaba el efecto que producían.

El semáforo cambió y MacNeil siguió viaje. Cuando estaban separados podía pensar en ella con bastante objetividad y supuso que eso debería significar que ya no la amaba.

Siempre había sido posesiva. Al principio no era más que el deseo de estar con él lo más posible y de atraer toda su atención. Todavía se acordaba de su enojo cuando una de sus amigas le había dicho riendo si confiaba en él cuando estaba fuera de su vista. Estos celos obsesivos solo se habían manifestado a partir del último par de años.

Las fábricas dieron paso a una serie de casitas. Más adelante había casas más modernas, más grandes, cada una con su jardín al frente. Casi todo el tráfico había doblado en el último desvío, saliendo del camino principal, y, más por costumbre que por deseos de llegar rápido a casa, MacNeil aceleró.

La casa estaba en las afueras del pueblo. Era de tres dormitorios y se destacaba sobre el terreno por su pintura blanca. Una casa como cualquiera de las que la rodeaban. La habían comprado cuando estaba recién terminada, hacía unos tres años, y el camino todavía tenía un aire salvaje, con escaso pasto en los bordes y algunos pinitos moribundos. Cerca de la casa había un matorral y los árboles más pegados a ella casi sobrepasaban la verja. El año anterior había anidado allí un par de lechuzas y cada tanto algunas ardillas saltaban por el parque. MacNeil entró, estacionó enfrente al garaje y bajó del auto.

Rosemary estaba en la cocina.

—¿Eres tú, Alan? —preguntó.

Dobló su impermeable sobre la baranda de la escalera y se dirigió hacia allí. Rosemary estaba amasando y tenía las manos blancas dé harina. Era tres años mayor que MacNeil, alta y angular; su pelo oscuro siempre parecía lacio y caído y esos enormes ojos marrones que tendrían que haber sido su mejor atributo pero que demasiadas veces mostraban resentimiento.

—Llegas tarde —dijo con voz acusadora.

Era mentira, pero ya había aprendido a través de las amargas experiencias anteriores que era mejor no defenderse cuando Rosemary estaba de mal humor. Con un poco de suerte también esta vez se le pasaría.

—Voy a cambiarme —dijo.

Cuando volvió a bajar Rosemary todavía estaba en la cocina. Entró al living y encendió la televisión.