Huelga fraguada
Cinco
ASTLEY HABÍA pensado mucho desde la mañana y sus conclusiones no eran agradables. Ahora estaba sentado en su escritorio con su corpachón inclinado. MacNeil pensó que parecía un Buda de mal humor. Se preguntó qué le pasaría al viejo, porque no lo había mandado llamar más de una media docena de veces desde que habían inaugurado el departamento de investigaciones. Supuso que querría hablar de la UC1 y que por eso Bill Skinner estaba allí.
—No voy a andar con rodeos —gruñó Astley. No había hecho sentar a MacNeil. Alguien ha hablado. Tyzacks sabe lo de la unidad de control. Y también la prensa. Los únicos que sabíamos en qué estaba trabajando éramos Bill, yo y su equipo. ¿Entonces?
MacNeil estaba asombrado.
—¿Está diciendo…? —comenzó.
Astley lo interrumpió.
—La otra noche Bill estuvo en La Cabeza del Rey camino a su casa. Lo vio allí con Burton, de Tyzacks y ese reportero, Heslop. Bill escuchó que Burton le ofrecía trabajo con Tyzacks. ¿Qué me puede decir de eso?
El cerebro de MacNeil se negaba a aceptar lo que acababa de oír. Era una locura, una equivocación ridícula o alguna broma de mal gusto. Pero el viejo no solía bromear con cosas como esta. Alan sintió que la rabia y el resentimiento iban creciendo dentro de él.
—No tengo nada que decir —respondió, luchando para no perder los estribos. Rosemary hubiera reconocido ese tono, él solo hablaba así cuando estaba realmente enojado.
Astley lo fulminó con la mirada.
—¿No niega haber estado hablando con Burton?
—Por supuesto que no.
—¿Y qué le contó de la unidad?
—¿Quién cree que soy? Ni siquiera la mencioné.
—¿Entonces por qué le ofreció trabajo?
—Tal vez se enteró de que soy bueno en mi especialidad… y de que aquí no me pagan mucho.
—Tranquilo, Alan —dijo Skinner con calma—. Hablar así no lo va a ayudar.
—Es la verdad.
Se hizo silencio. Entonces Astley preguntó con rudeza:
—¿De qué hablaron entonces?
MacNeil trató de recordar. No había habido nada en particular aparte de la oferta de Burton. Fútbol, el tiempo, una huelga en la industria automotor, política. Las típicas cosas de las que hablan los hombres cuando toman una copa en un bar y casi no se conocen.
—Nada especial —contestó.
—¿Ya lo conocía?
—No.
—¿Así que se encontró con él por casualidad?
—No. Heslop me llamó a casa y me preguntó si no quería tomar una copa con él, dijo que había alguien que quería conocerme. No me dijo quién era —MacNeil casi agrega que si Rosemary no hubiera estado en uno de sus días difíciles no habría ido, pero no le gustaba discutir sobre su matrimonio con nadie. Ni siquiera con su suegro—. No tenía nada mejor que hacer, así que fui.
—¿Espera que nos creamos eso?
—Esa es cuestión suya —estaba demasiado enojado para que le importara.
—Si usted no se lo dijo a Tyzacks, tiene que haberlo hecho alguno de su equipo.
—No creo.
—Le puedo asegurar que no fuimos ni Bill ni yo —dijo Astley con frialdad.
—Debe darse cuenta de la gravedad de la situación —se disculpó Skinner.
—Por supuesto que me doy cuenta.
—Puede haberlo mencionado sin querer. Es fácil dejar escapar algo cuando uno está hablando de lo que le interesa.
—No lo hice. Apenas mencionamos Renshaws —Mac Neil sabía que Skinner estaba tratando de ayudar, pero no estaba de humor.
—¿Entonces de qué hablaron? —volvió a preguntar Astley.
—Política, fútbol, la huelga.
—¡Fútbol! —exclamó el viejo con desprecio—. ¿Burton mencionó por qué estaba allí?
—No.
—¿Nos está pidiendo que aceptemos que viajó ciento cincuenta kilómetros para tomar una copa y ofrecerle un puesto?
—Yo no le pido que acepte nada —retrucó MacNeil—. Si usted cree que yo vendería información a Tyzacks, entonces creo que estaría mucho más tranquilo con ellos.
—No me hable en ese tono —le dijo Astley enojado.
—¿Por qué no? Ya han decidido que yo lo hice. Se les nota en la cara.
Por un instante Astley no dijo nada, y luego continuó en un tono más calmado.
—Esta mañana me llamó Heslop para decirme que tenía entendido que estábamos desarrollando una nueva unidad de control. ¿Todavía espera que le creamos que no le dijo nada a él o a Burton?
—No puedo hacer nada para que me crean, pero les repito que no lo hice —dijo MacNeil.
Los dos hombres se miraron a través del escritorio. MacNeil sabía que entre ellos no estaba solo la traición a los secretos de la compañía, sino Rosemary y todas las corrientes subterráneas de las relaciones familiares.
—Que me cuelguen si voy a tener aquí algún maldito traidor —gruñó Astley—. Si no siente ninguna lealtad hacia la compañía, será mejor que se vaya.
—George… —comenzó Skinner.
—Déjeme esto a mí, Bill —dijo Astley.
—Ya se lo dije, no he abierto la boca sobre la UC1 con nadie salvo con ustedes dos —dijo MacNeil.
—Y yo no le creo.
—No quiere creerme. Habla de lealtad, pero me parece que se olvida del respeto. No sabe el verdadero significado de la palabra.
—No me hable así —rugió Astley.
—¿Supongo que querrá que le mande mi renuncia?
—Si no lo hace, será despedido. Esperaba que por una vez mostrara alguna consideración hacia Rosemary.
—¿Qué demonios quiere decir con eso?
—No queremos que se sepa nada de esto —intervino Skinner—: Si renuncia le pagaremos dos meses de sueldo, Alan.
Astley abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea.
—Se los puede guardar —dijo enojado MacNeil. Se sentía humillado y lleno de amargura. Había trabajado para Renshaws seis años y ellos creían que podía traicionar a la compañía por un trabajo mejor. Si era todo lo que pensaban de él, sería mejor quedar libre—. Y no pienso renunciar.
—Está bien —dijo Astley—. Está despedido.
Por un instante MacNeil lo fulminó con la mirada, luego giró y salió de la habitación, cerrando la puerta despacio detrás de él. Tendría que haberla golpeado, pensó Skinner.
La rabia de Astley parecía haberse evaporado. Estaba aplastado en la silla y parecía cansado, pero Skinner se sorprendió al ver una sombra de sonrisa jugando en las comisuras de sus labios. Era una sonrisa torva. ¿Acaso el viejo odiaba tanto a Alan como para haber disfrutado con la escena? Astley podía ser vengativo, lo sabía, y no había duda de que todo señalaba a Alan como el culpable de haberle dado la información a Burton y Heslop, pero al igual que en la mañana, lo sorprendió el hecho de que el presidente estuviera tan dispuesto a aceptar la culpabilidad de MacNeil.
—Voy a continuar con los presupuestos para Dennis —dijo.
Astley pareció no haberlo escuchado. Cuando Skinner se fue se quedó mirando al vacío y jugando con un lápiz. Se preguntó cómo lo tomaría Rosemary: en estos últimos días era difícil predecir su humor. En todo matrimonio era improbable que la culpa estuviera de un solo lado, y debía de ser complicado vivir con ella. ¿No había ido demasiado lejos recién?
Sonó el teléfono.
—Ben Rivett quiere verlo —dijo Barbara Dean.
Astley se preguntó para qué lo querría el jefe de taller; en ocasiones normales trataba con Skinner o Walton.
—¿De qué se trata? —preguntó.
Hubo una pausa y pudo oír a Barbara hablando con Rivett.
—Dice que prefiere no decírmelo pero que es importante.
Astley maldijo por lo bajo. No estaba de humor para discutir problemas del taller, ¿para qué quería molestarlo Rivett? Pero por otra parte sabía que el jefe de taller no lo iría a ver si no pensara que era importante.
—Está bien —dijo de mala gana.
Rivett no le disgustaba como hombre, pero representaba algo que odiaba, y que viniera de donde viniera, de los sindicatos o del gobierno, significaba la interferencia en el manejo de una empresa. Según Astley el gerente era el que mandaba y los empleados los que producían. Él les pagaba sueldos razonables y proveía buenas condiciones de trabajo. Hasta un cierto punto admitía una responsabilidad hacia ellos, pero ni loco iba a permitir que le dijeran cómo debía manejar la empresa. Y era demasiado honesto para disfrazar sus opiniones con actitudes conciliadoras.
—¿Qué sucede, Rivett? —preguntó impaciente.
Rivett conocía con quién trataba y fue directamente al punto que se hallaba en cuestión.
—Temo que tengamos problemas —dijo sin vueltas.
—¿Qué quiere decir?
—Esta mañana el señor Skinner vino al taller principal. Chocó con uno de los hombres y lo empujó, casi lo hace caer. Leonard lo insultó y el señor Skinner le dijo que estaba despedido.
—¿Y bien?
—Yo vi lo que pasó. También lo vieron Fred Vincent y la mitad de la gente del taller. No fue culpa de Leonard, fue un accidente. Le podía haber pasado a cualquiera.
—Usted dice que el hombre insultó al señor Skinner.
—Ya sé, no debería haberlo hecho — concedió Rivett.
—Así que no se puede quejar si lo despiden.
—No es así como lo ven ellos. Lo hizo en el calor del momento, cuando casi lo tira al suelo. Es un pobre tipo.
A Astley no le gustó. ¿En qué había estado pensando Bill? No era muy de él eso de perder la paciencia con los obreros. Pero el incidente seguramente había ocurrido justo después de haber oído lo de la unidad y de comprender que Alan era el presunto culpable; era comprensible entonces que estuviera un poco perturbado.
—¿Qué está tratando de decirme? —preguntó—. Vamos siéntese, hombre.
El jefe de taller obedeció, sentándose muy tieso en la silla.
—Los hombres quieren que el señor Skinner se disculpe y Leonard vuelva a su puesto —dijo.
Astley gruñó.
—¿Y si no lo hace?
—Esta tarde va a haber una reunión. Podrían decidir alguna medida desagradable.
—¿Quiere decir una huelga? ¿Por una cosa tan estúpida como esta?
—A ellos no les parece estúpida, señor Astley. Se trata del trabajo de Leonard.
—Está bien, está bien.
—Espero que no lleguen a eso. No lo harán si vuelven a tomar a Leonard.
—¿Quién es Leonard?
El presidente estaba tratando de convertir a Leonard en un agitador, pensó Rivett. No lo iba a lograr. Nadie había vuelto a ver a Leonard desde la mañana; debía de haberse ido a su casa.
—Entró hace unos quince días —dijo.
—Nadie va a hacer huelga porque un hombre que solo ha estado aquí un par de semanas es despedido por insultar a un gerente —le dijo Astley casi con sorna—. Usted sabe muy bien que no lo harán.
—Tal vez no —asintió Rivett— pero hay una cuestión de principios en juego y les importa mucho.
—Que los principios se vayan al diablo.
—¿Entonces tengo que entender que el señor Skinner no se disculpará y Leonard está despedido?
—¿Qué pueden esperar si insultan a un directivo?
—Fue culpa del señor Skinner. Tal vez Leonard no debería haberlo insultado, pero lo provocaron. No es suficiente para perder el trabajo.
Se miraron, los dos sintiéndose desgraciados por la situación en la que se encontraban, molestos por verse forzadas a afrontarla.
—Déjemelo a mí —dijo Astley.
—¿Qué quiere decir con eso, señor?
—Lo que dije. Pero no vale la pena que espere a que yo convenza al señor Skinner de que se disculpe, porque no lo haré.
Se produjo una pausa.
—¿Cuándo podremos saber algo? —preguntó Rivett al fin.
—No me empuje, Rivett —gruñó Astley.
—Están enojados, señor.
—Entonces será mejor que aprendan a tener paciencia.
Rivett pareció querer decir algo más. Si era así, después cambió de idea. Se puso de pie y se dirigió a la puerta.
—No estamos buscando lío —dijo.
Salió, y la puerta se cerró detrás de él. Astley maldijo con amargura. Ya tenía bastante sin necesidad de esto. Pensó que sería mejor hablar con Bill Skinner; estaba seguro de que el asunto no era tan claro como lo había pintado Rivett. Pero también sabía que nadie sale ganando en esta clase de líos. Se levantó sin ganas.
Si esperaba que Skinner estuviera arrepentido de su acción se llevó una desilusión; el gerente de producción estaba más bien truculento.
—No miró por dónde iba —dijo enojado. Le molestaba que Astley le interrogara de esa manera, como si él fuera un empleadito en falta—. Le dije que se fijara por dónde caminaba y me contestó que me hiciera colgar. Entonces, cuando supo quién era yo, se insolentó. No tengo la menor intención de disculparme.
—Rivett dice que usted lo empujó — dijo el presidente.
—Entonces miente.
—Rivett es honesto.
—Está bien, está equivocado. Tal vez no pudo ver bien lo que pasaba desde su sitio.
—No queremos líos, Bill —Astley frunció el ceño— ya hemos metido un montón de dinero en la nueva unidad, y si queremos recuperarlo tendremos que comenzar la producción lo antes posible.
—No necesita decírmelo.
—Está bien, pero su testarudez no nos va a ayudar.
Skinner respiró hondo.
—¿Me está diciendo que tengo que pedirle disculpas a ese enano? —preguntó.
—Esa es cuestión suya —le dijo Astley—. Le sugiero que hable con Rivett y le diga que aunque haya parecido lo contrario, usted no empujó a Leonard y que todo es un malentendido. Dígale que no lo vamos a echar, sino que está suspendido por uno o dos días. Por Dios, Bill, no necesito deletreárselo.
—¿Y si no lo hago? —preguntó Skinner.
Por un instante Astley no contestó.
—Habrá problemas. Esta tarde se reúnen.
—¿El directorio me va a apoyar? —preguntó.
—Sí —le dijo Astley con frialdad—, lo respaldaremos.
—Me alegra saberlo —Skinner hablaba con tono amargo.
El presidente pareció no darse cuenta.
—Piénselo —dijo. Una vez en la puerta agregó—: no tenemos mucho tiempo.