Huelga fraguada
Tres
GEORGE ASTLEY dio vuelta una página del Telegraph, encontró lo que estaba buscando y gruñó. Su mujer no dijo nada; al principio de su matrimonio había aprendido que su marido pretendía leer el diario en la mesa del desayuno sin que lo interrumpieran. A ella todavía le molestaba, pero aceptaba que quisiera asimilar lo máximo posible de las noticias del día antes de ir a la fábrica… y casi todos los días se iba antes de las ocho. Lo que la irritaba más era que las noticias incluyeran la página de deportes.
El gruñido de Astley había sido provocado por una noticia en la sección financiera, tan breve que si no la hubiera estado buscando era casi seguro que la perdía. La actividad inusual en Renshaws Electrónica había hecho subir las acciones siete puntos más hasta llevarlas a setenta y cuatro peniques, un aumento de once peniques en tres días. Un vocero de la compañía había negado que el directorio supiera de alguna razón especial para esta alza o que otra compañía hubiera hecho una oferta de compra.
El vocero había sido el mismo Astley; el día anterior lo habían llamado tres diarios de Londres. Pensó intrigado que esta era la primera vez que habían demostrado algún interés en Renshaws desde que estaban en el mercado. Esta súbita compra lo desconcertaba tanto como a ellos. Renshaws no era tan grande como para atraer a las empresas importantes y los pequeños accionistas tendían a conservar sus acciones Además él y su familia todavía controlaban la compañía, él mismo tenía el treinta y seis por ciento, su mujer el diez por ciento y Rosemary, el cinco. El resto del directorio se repartía un nueve por ciento.
Era muy difícil que un montón de personas distintas hubieran decidido de pronto que Renshaws era la inversión que les convenía. Segura sí, pero los rendimientos no eran demasiado excitantes y el balance del año pasado recién se conocería en unos tres meses. ¿Quién estaba comprando?
Astley sentía cierto malestar. Se enorgullecía de conocer bastante bien todo lo que había que saber sobre la compañía, pero esto era algo que se le escapaba. Bueno, en realidad nunca había pretendido entender los misterios de la Bolsa.
—¿Pasa algo, George? —se aventuró su mujer, hablando en voz un poco alta porque él tenía una ligera sordera.
—No. ¿Por qué?
—Estás frunciendo el ceño.
—Hoy en día las noticias bastan para hacerle fruncir el ceño a cualquiera.
No valía la pena contárselo a Joan, pensó. Cuando llegaba a casa a la noche ella siempre le preguntaba como había sido su día, pero daba por sentado que Renshaws iba bien. Siempre había ido bien desde que se conocieran. Su interés por los negocios de la compañía se limitaba a una aparición en el día de los campeonatos deportivos anuales y el baile en el club social. Renshaws era su problema, y ella confiaba absolutamente en su habilidad para manejarlo; dedicaba sus energías a su casa, su familia y unas pocas actividades sociales.
—¿Más café, George? —preguntó.
—Por favor —le alcanzó la taza. Sin duda saldría algo también en los otros diarios. Tal vez debería hablar con el Banco.
Tomó rápido el café y se levantó de su silla.
—¿Ya te vas? —preguntó Joan, sorprendida. Faltaban veinte minutos para las ocho.
—Esta mañana quiero llegar temprano —dijo Astley.
Le dio el beso de rutina y fue a buscar su abrigo. Un minuto después Joan escuchó que se cerraba la puerta delantera. ¿En el diario habría algo que lo había perturbado? Si era así, tarde o temprano se lo diría, pensó mientras se servía otra taza de café.
Mientras manejaba su Rover 3500 por el agradable camino bordeado de árboles y de grandes casas con jardines amplios, Astley se dijo que no tenía por qué preocuparse. Si la gente compraba acciones de Renshaws era porque tenía confianza en la compañía. Ni se le ocurrió pensar en que hoy sus propias acciones valían mucho más que hacía una semana; no tenía intención de venderlas y el precio podía volver a caer mañana. Después de sus declaraciones era probable que así fuera.
Los contadores lo habían persuadido de entrar a la Bolsa doce años atrás. Renshaws necesitaba más capital y no tenía de dónde sacarlo. Tal vez también había existido algo de vanidad en eso, vanidad por la compañía, más que por sí mismo. Ahora se cuestionaba si no hubiera sido más feliz siguiendo como antes. En esos tiempos había menos interferencias externas y tenía más libertad para concentrarse en manejar la compañía a su manera. A lo mejor se estaba poniendo viejo.
Había hecho este mismo camino hacia el trabajo casi todos los días durante veintidós años. Desde que su padre mudó a Renshaws de su viejo edificio cerca del centro del pueblo. Había un estacionamiento de varios pisos, en el domicilio anterior; nada más que una nueva escualidez reemplazando a otra. En esos años había visto muchos cambios, negocios que se iban, tiendas que cambiaban de mano una y otra vez.
Últimamente pensaba más en retirarse. Pero cuando se fuera, ¿quién tomaría su lugar? Hugh Walton era el más antiguo de los otros gerentes, pero no tenía visión ni empuje. Todo lo que quería era una situación cómoda y sin problemas. Y Walton no era ingeniero, no sabía nada de electrónica. Bill Skinner tenía la visión y la energía suficiente, trabajaba más que cualquiera de los otros, pero hacía solo dos o tres años que estaba con la compañía. Astley era un firme creyente en los beneficios de la experiencia. Anderson y Fitzpatrick eran bastante buenos en sus respectivos trabajos, pero no podía imaginarse a ninguno de ellos manejando la empresa. No, Bill era el candidato obvio. Se alegraba de que se llevaran tan bien, eso facilitaría las cosas cuando llegara el momento de dejar el mando.
Disminuyó la marcha y dobló hacia la entrada de la fábrica. El viejo Boothroyd lo vio y salió de su casilla.
—Buenas, señor.
—Buenas, Joe —dijo Astley.
Boothroyd también estaba allí desde hacía tiempo, desde la guerra. Dentro de poco iban a tener que jubilarlo. Se preguntó si Boothroyd estaría deseando jubilarse y enfiló su Rover hacia el sitio que le correspondía en el estacionamiento del edificio de oficinas. Un letrero proclamaba: Reservado para el Sr. G. Astley. Apenas había sitio para los autos de los directivos y los de algunos visitantes, el estacionamiento principal estaba en la parte trasera. Tomando su portafolios, Astley cerró el auto y subió las escaleras hasta su oficina.
La habitación era un poco más grande que la de Skinner y Walton, que estaban a cada lado de la suya, pero por lo demás era casi idéntica; desconfiaba de la ostentación. Cuando se sacó el abrigo abrió el archivo, tomó una pila de papeles y los llevó hasta su escritorio. Se sentó y comenzó a leerlos, haciendo anotaciones breves cada tanto.
Justo antes de las 8.30 oyó que llegaba Skinner, y un poco después los otros directores. Esperó unos minutos y luego se dirigió a la oficina de Skinner, que estaba leyendo un informe.
—Buenas, George —dijo—. Estaba por ir a verlo.
—¿Ah? ¿Por qué?
—Alan hizo las primeras pruebas de la UC1 ayer. Dice que anduvo bien. Si todos están de acuerdo, pronto podremos empezar su producción.
Astley gruñó y Skinner reprimió una sonrisa. Alan había tenido razón al decir que no demostraría mucho entusiasmo, pensó.
—¿Le pasa algo? —preguntó.
—No creo que sea por nada importante, pero nuestras acciones han subido once peniques en los últimos días. Alguien está comprando mucho.
Fue el turno de Skinner de decir: «¿Oh?».
—Ayer me llamaron por teléfono de tres diarios. Querían saber si nos habían hecho alguna oferta de compra.
—¿Qué les contestó?
—Que no, y que no tenía le menor idea de quien estaba comprando. Hay una nota en el Telegraph.
—Todavía no lo he leído —Skinner parecía indiferente —. No creo que tenga importancia.
—No. Estoy curioso, nada más. ¿Por qué tienen que subir las acciones de golpe y justo ahora?
—No me pregunte a mí.
Se miraron.
—Será mejor que pongamos la UC1 en la agenda para esta mañana — dijo Astley—. Se lo dejo a usted, Bill, usted sabe más de eso que yo —sonrió astutamente.
Skinner pensó que Astley estaba empezando a disfrutar su papel de simple hombre de negocios que no entendía de electrónica. Tal vez era una manía de la edad; Skinner le había escuchado decir a los contadores que no entendía sus cifras, que era solo un ingeniero. Sabía que el presidente odiaba la idea de que hubiera algo concerniente a la compañía que él no supiera o entendiera. Por inclinación y entrenamiento era un ingeniero electrónico, y muy bueno además, pero cuando se trataba de negocios no había quien le ganara.
Skinner sospechaba que si quisiera saber algo de algún desarrollo técnico, elegiría el cerebro de Alan MacNeil. ¿Cómo andarían esas relaciones? Los dos eran muy reservados para hablar de sus asuntos privados con él pero no era un secreto que no se llevaban bien. Skinner tenía la sensación de que era importante; Rosemary era la única hija de Astley y ya poseía un sustancioso paquete de acciones propias.
Desde el corredor llegó el sonido apagado de los empleados que llegaban. Astley se levantó y caminó hasta la ventana.
—Cada año odio más el invierno —se quejó con un gruñido.
—Pronto llegará la primavera —le dijo Skinner En el camino ya hay algunos pimpollos.
El presidente gruñó y volvió a su oficina. Cuando terminó de leer el correo que su secretaria le había puesto sobre el escritorio, se instaló a hacer algunas anotaciones para la reunión de directorio. Se reunían formalmente todos los miércoles a la mañana y tenía la costumbre de informarse a fondo de los temas que iban a discutir. De esa manera se aseguraba que la reunión se llevara a cabo como él quería y mantenía un firme control. Sabía que ninguno de los otros se tomaba el mismo trabajo, a menos que estuvieran en juego sus propias responsabilidades. Al terminar llamó a su secretaria para dictarle algunas cartas.
Justo antes de las diez sonó el teléfono de su escritorio.
—El señor Heslop para usted, señor —le informó la chica del conmutador.
Ese nombre no le decía nada a Astley.
—¿Dijo de qué se trata?
—No, señor —más de una vez le habían dicho de averiguar antes de pasar las llamadas, pero se había olvidado.
—Está bien, pásemelo —le dijo Astley. Debía de ser otro de los diarios.
—¿Señor Astley? —el tono de Heslop era casi respetuoso —. Soy Gordon Heslop, el corresponsal de la sección Industria del Evening Mail.
Astley recordó haber visto una nota suya.
—¿Sí? —dijo enfurruñado.
—Entiendo que Renshaws está desarrollando un nuevo producto. Algo revolucionario en su campo. Me pregunto si usted podría decirme algo de eso. Al Mail siempre le gusta darle una mano a la industria local.
Sí, le gustaba muchísimo, pensó Astley, recordando algunos de los artículos retorcidos que había publicado. Pero lo que acaba de decir Heslop lo había dejado helado y no sabía muy qué responder. Podía negar que hubiera un nuevo producto, pera sabía que cuando apareciera el informe se vería claramente que existía y no estaba preparado para hablar de ello. ¿Cómo demonios lo había descubierto Heslop? Si no sabía más que lo que había dicho, no sería problema, pero si había oído hablar de la UC1 podía haber más gente enterada.
—Siempre estamos trabajando en ideas nuevas —dijo de mala gana—. Para eso tenemos un departamento de investigaciones. ¿De cuál está hablando usted?
—Una unidad de control electrónica — contestó Heslop—. He oído decir que será mejor y más barata que cualquiera de las que hay en el mercado.
Astley maldijo en silencio. Es cierto que el diseño estaba siendo patentado, pero eso no le impediría a los competidores de Renshaws adaptarla. ¿Quién se lo había contado a Heslop?
—¿Quién demonios le contó una historia semejante? —preguntó, forzándose a reír.
—Me temo que no se lo puedo decir, señor. Los periodistas tenemos nuestras fuentes de información, como ya sabrá. ¿Entonces puedo darlo por cierto?
—No. No puede. Todo lo que estoy dispuesto a decirle es que estamos trabajando en una cantidad de proyectos.
—¿Cree que tiene algo que ver con la manera en que han subido las acciones de la compañía en los últimos días? —preguntó el periodista.
Astley se sorprendió; no se le había ocurrido. Pero si había gente fuera de la compañía que sabía lo de la nueva unidad, era más que posible.
—No tengo ni idea —contestó de mal humor. Demasiado tarde se dio cuenta de que con eso había admitido la existencia de la unidad.
—Bien, muchas gracias, señor Astley —Heslop no sonaba ofendido—. Me ha ayudado mucho.
Le estaba revolviendo el cuchillo en la herida, se dijo Astley. ¡Maldito Heslop! Él no había querido ayudarlo para nada. Uno podía decirle cualquier cosa a la prensa, siempre lo daban vuelta. Colgó el teléfono y se quedó sentado mirando al vacío.
Pensó en ir a hablar con Bill Skinner, pero luego decidió esperar hasta después de la reunión. Una o dos horas más no iban a cambiar nada; el daño, si había alguno, ya estaba hecho.
Su secretaria, Barbara Dean, entró en la oficina.
—Acá están las cifras que quería para la reunión, señor Astley —dijo, apoyando una hoja de papel en el escritorio.
—¿Eh? —salió de su ensimismamiento—. Ah, gracias, Barbara.
¿Cuánta gente sabía de la existencia de la UC1? Skinner, Alan y su equipo, él mismo. ¿Quién más?
Tomó las notas que le había dejado Barbara Dean y les echó una mirada, pero no retuvo lo que veía y tuvo que leerlas una segunda vez. En ocasiones normales era capaz de concentrarse por completo en lo que estaba haciendo, como si pudiera desconectarse del resto del mundo, y lo irritaba no poder hacerlo ahora. Anotó una o dos cosas en el margen y miró su reloj. Eran exactamente las 10.15.
Durante los diez minutos siguientes se ocupó de algunos de sus otros trabajos, luego tomó las hojas que le había traído Barbara Dean y las notas que había hecho antes y caminó por el corredor hasta la habitación del fondo. Era bastante más grande que cualquiera de las oficinas de los gerentes y la llamaban el salón de directorio, aunque se la usaba más a menudo para las conversaciones con los clientes y los proveedores.
Walton ya estaba allí; casi siempre era el primero en llegar. Astley sospechaba que lo hacía para dar una impresión de eficiencia, pero sabía que en realidad era porque Walton tenía menos trabajo que los demás. Por suerte para él tenía un ayudante concienzudo.
—Buenos días, George —dijo.
—Buenas —gruñó el presidente.
Walton decidió que estaba de mal humor y pensó que esa mañana no diría más de lo necesario.
Los otros llegaron enseguida y se sentaron en sus lugares. Astley en la cabecera, Walton un par de asientos más a su izquierda. Era el secretario de la compañía, pero Barbara Dean tomaba las notas en las reuniones de directorio. Se deslizó en la habitación detrás de Fitzpatrick y se sentó al lado del presidente.
Astley los miró, considerándolos en forma individual, cosa que hacía muy pocas veces. Walton tenía cincuenta y cuatro años pero parecía mayor; era un hombre alto y delgado de cutis rojizo y pelo claro bastante ralo en las sienes. Tenía ojos más bien protuberantes y su nariz fina y un poco ganchuda le daba un aire de águila, lo cual desconcertaba, porque era un hombre débil y tenía tendencia a jactarse. Tal vez por eso lo habían dejado sus dos mujeres, pensó Astley. Ahora vivía con una chica casi treinta años menor. Esa mujer debía costarle sus buenos pesos fuera lo que fuese.
Dennis Anderson, el gerente de finanzas, tenía treinta y un años, era bajo y regordete y usaba anteojos de armazón dorado. Era contador y había llegado a Renshaws desde Birmingham. Astley sabía que era muy bueno en su trabajo, pero no le gustaba como persona, era demasiado ambicioso. Su mujer era una personita patética que se vestía mal y siempre parecía incómoda cuando la veía. Sospechaba que Anderson se avergonzaba de ella.
Fitzpatrick era un tipo de ideas grandiosas, fatuo. Sin embargo debía de tener algo más de lo que aparecía a flor de piel. Era difícil creer que alguien podía ser tan superficial y obtener buenos resultados.
A pesar de las reservas que podía tener de cada uno como individuo, pensó Astley, no era un mal equipo. Tal vez él fuera demasiado criticón, buscando faltas como a veces hacen los viejos, con resentimiento hacia los jóvenes que los reemplazarían. Pero él no era viejo.
Estaban esperando que comenzara.
—Bien —dijo—. Adelante.
Barbara Dean empezó a leer las anotaciones de la última reunión en el tono sencillo y directo que usaba para casi todas sus cosas, y la reunión siguió su curso habitual. Cada tanto Astley consultaba sus notas. Su seguridad y conocimientos de los hechos acababan con las objeciones antes de que fueran siquiera expuestas.
Cuando llegaron al ítem 6, «Productos Nuevos», se volvió hacia Skinner.
—Bueno, Bill —dijo— esta es su especialidad.
Skinner reseñó brevemente las características de la UC1 y les informó del resultado de las pruebas. Todavía había que trabajar un poco, pero podrían empezar a producir un prototipo en cuanto la junta diera su aprobación.
—¿Qué pasa con los costos? —preguntó Anderson.
La producción inicial tendría que ser financiada y pasarían meses antes de que las primeras ventas dieran ganancias. Ya la liquidez de la empresa mostraba signos de resentirse, y se preguntó si el Banco estaría dispuesto a aumentar de nuevo el límite del descubierto.
—Quiero que me preparen un presupuesto lo antes posible — dijo Astley—. Producción y Ventas. ¿Cuándo podrá tener listas sus previsiones, Ralph?
—Me va a tomar algún tiempo —le previno Fitzpatrick. Esta es una línea nueva para nosotros.
—¿Eso es lo que quería, no es así?
—Sí, por supuesto. Comenzaré enseguida — se dijo que no iba a dejarse empujar a previsiones demasiado optimistas para que después le reprocharan que no se podían llevar a cabo.
—Ya hemos metido bastante dinero en esto —señaló Astley— y tenemos que recuperarlo lo antes posible. ¿Podrían usted y Dennis sacar el presupuesto de producción, Bill?
Skinner asintió, y por algunos minutos discutieron cifras antes de pasar al próximo tema. Cuando llegaron al final del temario Astley dijo:
—No sé si se han dado cuenta de que en los últimos días nuestras acciones han subido.
Walton sonrió satisfecho.
—No nos podemos quejar por eso.
—No —dijo el presidente. Le echó una mirada a Anderson, pero la expresión del gerente financiero no reflejaba sus pensamientos. Fitzpatrick garabateaba en un papel. Astley supuso que como de costumbre estaría dibujando sus absurdas mujeres voluptuosas—. Los diarios me han estado pidiendo una explicación. ¿Supongo que ninguno de ustedes sabe nada?
Sacudieron la cabeza.
—Tal vez alguien quiere comprarnos —sugirió Fitzpatrick riendo.
—Se les va a hacer un poco difícil —le dijo Astley con frialdad—. Yo no tengo intenciones de vender. Y mi familia tampoco. —No estaba de más recordarles su posición, pensó. Aunque ninguno de ellos lo necesitaba—. Bien, entonces, es todo. ¿A menos que alguien tenga algo más para discutir?
Nadie habló. Salieron en tropel, dejándolo sentado a la cabecera de la mesa. Barbara Dean lo miró, dudó unos segundos y luego siguió a los otros fuera de la habitación. La puerta se cerró detrás de ella.
Alguien le había dado información al Mail sobre la unidad de control, pensó Astley. Alguien de la fábrica. ¿Sería uno de ellos? La idea lo irritó y deprimió. Se dijo que estaba poniéndose viejo. Diez años antes ya hubiera armado un escándalo. Pero no se van a salir con la suya; averiguaré quién fue, y cuando lo descubra terminaré con él.
Se puso de pie y juntó sus papeles.