Huelga fraguada
Veinte
LAS LUCES del cruce se pusieron rojas y MacNeil frenó. Había ido a darle personalmente la noticia a la madre de Rosemary, y para ahorrarle otro disgusto, no le había mencionado que el paquete estaba dirigido a él. Parecía aturdida por el shock. Más tarde, cuando él ya no estuviera y nadie la mirara, lloraría, pensó, con un sentimiento de pena que se sobrepuso a su antipatía. Parecía irónico pero, por algunos minutos, estuvieron más cerca que nunca.
Se rehusó a que él buscara alguien para hacerle compañía, insistiendo casi enojada en que prefería estar sola y, al final, la dejó y fue al Crown para avisarle a Sandy.
El semáforo se puso verde y siguió por la calle desierta. Los edificios de ambos lados estaban a oscuras; hasta los limpiadores se habían ido a casa. MacNeil tenía todavía sus llaves, y cuando llegó a la fábrica abrió las verjas y entró al patio, estacionando el Marina al lado de las oficinas. Eran las 7.45. Había llegado temprano, esperando que la persona con la que tenía que encontrarse hiciera lo mismo, pero no había ningún otro auto. Ni señales de nadie. Tomó el pequeño grabador que había comprado esa tarde y bajó.
Por unos segundos se quedó mirando fijo la oscuridad, esperando que sus ojos se adaptaran a la penumbra, con los oídos atentos a cualquier ruido. Por encima de las escuálidas paredes se veía el resplandor rojo de las luces del pueblo reflejadas en las nubes pero, aquí en el patio, reinaba la oscuridad. El viento que soplaba por las esquinas del edificio lo estaba helando. Dio media vuelta y caminó a lo largo de la pared de las oficinas hacia el departamento de Investigaciones, tratando de mantenerse en la profundidad de las sombras.
La puerta estaba cerrada. Caminó unos metros y miró por una ventana, pero adentro estaba demasiado oscuro como para poder ver algo, y volvió a la puerta. La abrió y se detuvo para escuchar. Una vez satisfecho se deslizó adentro y la cerró.
Ese extremo de la gran habitación estaba vacío y podía moverse sin el temor de tropezar con algo, pero hasta el silencio le parecía amenazante. Mientras avanzaba, se le ocurrió que podían haberle puesto una trampa, y se detuvo, sintiendo los fríos dedos del miedo rozándolo. Cualquiera capaz de mandar una bomba en un paquete poniendo en peligro a gente inocente, también podía haber preparado algo aquí. Tan capaz como inescrupuloso y determinado.
Luchó con la tentación avasalladora de irse mientras estaba a tiempo, y después avanzó de a poco, contando los pasos. Había contado doce cuando su mano izquierda estirada tocó algo sólido y por la forma se dio cuenta de que tenía que ser uno de los bancos.
Para entonces sus ojos se habían adaptado a la oscuridad y pudo distinguir la forma borrosa de una de las mesas de trabajo más cercanas. La rodeó y se dirigió a otra. Al costado del segundo ángulo contando del extremo había un tomacorriente. Puso el grabador sobre un banco y sacando un rollo de tela adhesiva de su bolsillo, lo aseguró bien. Luego, trabajando al tacto, enchufó el cable y lo aseguró. Hubiera preferido tener el micrófono más cerca del centro de la habitación, pero temía que se viera el cable. De todas maneras era el micrófono más sensible que había podido encontrar en tan poco tiempo y lo único que esperaba era que recogiera lo que se iba a hablar. Lo aseguró debajo de la mesa, lo más cerca posible del borde delantero y volvió al otro extremo de la habitación, preparándose a esperar detrás de la puerta que, al abrirse, lo ocultaría. Miró la esfera apenas iluminada de su reloj. Faltaban diez minutos.
Hacía mucho frío y la oscuridad parecía oprimirlo. Comenzó a contar los segundos para hacer algo. Se arrastraron muy despacio hasta convertirse en minutos. Cinco. Siete. El frío penetraba en sus huesos. Deseaba poder golpear los pies contra el piso, pero se conformó con soplarse las manos. La inactividad se convirtió en una prueba de estoicismo.
Nueve minutos. Faltaba uno.
Pasaron treinta segundos y MacNeil escuchó el sonido del motor de un auto no muy lejos. Se detuvo, y una puerta se cerró con un débil golpe. Ahora podía sentir el palpitar de su corazón y una sensación desagradable en la garganta.
Una llave se movió en la cerradura y la puerta se abrió. Entró un hombre, cerró la puerta a sus espaldas y encendió la luz. Temblaron durante unos segundos y luego la habitación se inundó con una fría claridad blanca. MacNeil cerró los ojos y volvió a abrirlos.
—Hola, Peter —dijo.
Haworth pegó un salto y se dio vuelta. A la brillante luz de las lámparas se lo veía pálido como la muerte, y MacNeil notó el miedo en sus ojos.
—¡Dios, me asustaste! —se quejó.
Los hombres se miraron. Haworth tenía puesto un anorak y sus bolsillos eran demasiado chicos para esconder algo, pensó MacNeil. En las manos no tenía nada.
—Dijiste que querías verme —dijo, pasándose la lengua por los labios—. ¿Qué querías?
—¿Acaso no lo sabes?
¿Cómo puedo saberlo?
—Estás tan asustado que no puedes pensar en otra cosa — MacNeil se dirigió al centro de la habitación, más cerca del micrófono—. Tú vendiste a Tyzacks los planos de la UC1, Peter.
—¿Yo? Sabes que no. Tú lo hiciste. Por eso te despidieron.
—No —dijo MacNeil—. Yo sé que fuiste tú.
—Nunca los he visto.
—Es posible que no hayas tenido contacto personal con ellos, pero sabías lo que estabas haciendo. Te debes de haber asustado muchísimo cuando mataron a Astley, al ver en lo que te habías metido.
—No tuve nada que ver con lo que pasó. Yo no… —Haworth se detuvo de golpe.
—Ya sé que no —asintió MacNeil—. Pero le vendiste los planos a Tyzacks. Sabías dónde se guardaba el duplicado de la llave del archivo y tenías la oportunidad de poder hacerlo.
—¡No! Ya te dije que no tuve nada que ver con eso. Si no fuiste tú, deben de haber sido Gerry o Anna —Haworth levantó la voz.
MacNeil vio que detrás de él la puerta se abría muy despacio y se preparó. Hubiera sido demasiado esperar que Haworth no dijera nada de su cita, pero era un riesgo que tenía que correr. Un hombre entró a la habitación.
—Así que decidió que era mejor venir, Bill —dijo MacNeil.
—Me pareció conveniente —dijo Skinner—. Considerando el daño que ya le ha hecho a la compañía. Cuando Peter me dijo que usted le había pedido que viniera aquí, pensé que era mejor saber lo que pasaba.
Mentiroso hijo de puta, pensó MacNeil.
—Usted mató a Rosemary, Bill — dijo con dureza—. Era como si concentrándose en eso, dirigiendo toda su amargura y rabia a Skinner, pudiera exorcizar la culpa que sentía por no poder llorarla.
—¿Rosemary? —Skinner parecía sorprendido—. ¿Está muerta? ¿Qué pasó?
—¿Acaso no lo sabe? Está en la primera página del Mail.
—No lo he leído.
—Su plan salió mal. Rosemary volvió a casa a buscar algunas de las cosas. Yo no estaba y abrió el paquete. Usted no sabía que iba a ir y que siempre abría mis cosas. Tuve que identificarla. ¿Alguna vez ha visto a alguien con la cara volada por una bomba? La mitad de su cabeza desapareció.
—¡Dios! —dijo Haworth. Se volvió hacia Skinner—: Usted dijo que lo único que haría sería dañar un poco la casa, para asustarlo. Que la casa estaba vacía.
—No trate de mezclarme en sus cosas —le dijo Skinner con frialdad—. ¿Por qué le mandaría una bomba, Alan?
—Es una historia muy larga — dijo MacNeil—. ¿Usted le aconsejó a Joan que vendiera sus acciones, no?
—No tantas palabras. Le previne que si la huelga continuaba y Tyzacks se echaba atrás, el precio bajaría.
—No va a vender, Bill. Y los demás tampoco.
—Ya dijo que sí, ahora no puede cambiar de idea.
—¿Por qué no? Todavía no firmó la transferencia. ¿No se animó a presionarla demasiado, no?
—Es una buena oferta —dijo Skinner con tranquilidad —. Muy buena, considerando lo que ha pasado desde que la hicieron.
—La huelga —asintió MacNeil—. El viejo dijo que no podía haber comenzado en peor momento. Esa fue una de las cosas que me hizo pensar. Era todo tan oportuno, la huelga y el accidente.
—¿Pensar en qué?
—En usted, Bill.
El silencio fue casi tangible. Después Skinner se rio.
—¿De qué demonios está hablando?
—La noche antes de morir Astley vino a hablar conmigo. Me pidió que fuera a Nueva York, para ver si podía averiguar algo de una conexión entre Tyzacks y lo que estaba pasando en Renshaws. Estaba convencido de que había algo raro, pero no me dijo de qué se trataba —MacNeil hizo una pausa—. Usted trabajaba en Proctors, Bill.
—¿Y con eso? —preguntó Skinner.
Ahora se sentía la tensión en el ambiente.
—Tyzacks quería comprarla, pero el viejo Proctors no quería vender. Y murió en un accidente. Compraron la compañía y en seis meses estaba cerrada.
—Era antigua. Racionalizaron la producción en su propia fábrica. Pasa continuamente.
—Proctors tenía una buena línea de productos, cosas nuevas — dijo MacNeil.
—¿Quién le dijo eso?
Un conocido que trabajaba allí. Le hablé. ¿Se acuerda de Philip Whitehead? Él se acuerda de usted.
—Yo me volví obsoleto junto con el resto.
—No, Bill, usted salió antes. Con el dinero suficiente para comprarse una casa. No está mal para el gerente de producción de una empresa pequeña.
—Me dieron un despido de oro. Tyzacks era generosa.
—Apuesto que sí. Y ellos lo recomendaron aquí, ¿no? Eso era lo que preocupaba al viejo cuando querían comprarnos, se acordaba de lo que había pasado en Proctors —MacNeil podía ver la transpiración en la frente y el labio superior de Skinner—: Hay demasiadas piezas que lo señalan, Bill, y todo encaja.
—Usted está loco —le dijo Skinner con aspereza.
No. Aparte de mi equipo, usted y el viejo eran los únicos que sabían de la existencia de la UC1. Usted se lo contó a Tyzacks y sobornó a Haworth para que copiara los planos. Tyzacks estaba desesperada por obtenerlos; habían gastado un montón de dinero para desarrollar una unidad propia y cuando se enteraron de que no podían competir con la nuestra, decidieron apoderarse de nosotros. Estaban en un lío peor que el nuestro y aquella era la única manera de salvarse. Además, Willis necesita lograr el control de otras compañías; es su obsesión. Planeó la huelga para debilitar a Renshaws y presionar al viejo. Cuando él no quiso vender y pareció que podía convencer al sindicato para suspender la huelga, lo mataron. Se acordó de lo que había pasado con Proctors, ¿no?
—¿Qué quiere decir con eso de que planeé la huelga? —preguntó Skinner—. Ese bastardo me atropelló y me insultó.
—Dicen que usted lo empujó. Se supone que es un hombre razonable, Bill, nadie podía haber contado con una reacción suya de esa clase. Y si no hubiera reaccionado así, no habría habido huelga. Sucedió lo mismo con el arreglo en La Cabeza del Rey; nadie podía estar seguro de que usted aparecería allí y que se sentaría tan cerca como para escuchar la propuesta que me hacía Burton. Tenía que ser usted.
—No voy a quedarme a oír toda esta basura… —comenzó Skinner.
—Yo creo que sí —le dijo MacNeil—. Porque quiere saber qué otras cosas sé. La tarde en que mataron a George Astley, usted le dijo a Gill Wright que tenía una cita, pero en su agenda no figura nada. Es gracioso eso de las agendas; Bárbara no puede encontrar la del viejo. Tenía una cita con el gerente general de la división electrónica de Granta, pero parece que nadie sabe nada de eso. Yo pienso que iba a proponerles producir la UC1 bajo licencia. Eso hubiera acabado por completo con las posibilidades de Tyzacks. El viejo no le dijo a nadie lo que pensaba hacer, Bill, salvo a usted —MacNeil hizo una pausa—. Rivett dijo que el auto que lo atropelló era parecido a un Cortina. Dice no saber mucho de autos y el suyo es un Granada; no son muy diferentes si uno no los mira detenidamente. Usted pensó que si sacaba a Astley del medio podría persuadir a Joan para que vendiera sus acciones; y se aseguró de que los otros gerentes lo apoyaran, en la línea firme con el sindicato para que no se interrumpiera la huelga. Cuando estuve en Nueva York, Willis me dijo que podían terminar con la huelga cuando se les diera la gana. Creí que lo que quería decir es que si nos compraban, arreglarían con el sindicato, pero no era así. Lo que quiso decir es que la terminarían librándose de usted.
Skinner sonrió por primera vez, pero sin humor.
—En eso se equivoca —dijo con calma—. No pueden hacerlo.
—Sí podemos, Bill. Y lo haremos. Me parece que es demasiado riesgoso tenerlo dando vueltas alrededor de nosotros.
Skinner estaba de espaldas a la puerta y no había visto a Willis, que acababa de entrar. En su mano derecha tenía una pequeña pistola automática negra apuntando hacia MacNeil.
—Muy listo —dijo con aire de aprobación, caminando hacia ellos— pero lo estropeó viniendo aquí, Alan.
—¡No! —gritó Haworth.
Willis lo ignoró.
—Al suelo —ordenó—. De boca.
Skinner lo miró con rabia.
—¿MacNeil tenía razón, entonces? —preguntó—. Ustedes tenían la intención de librarse de mí.
—Así es —Willis sonrió—. Pero sin matarlo, Bill. No hay necesidad de eso, ¿no? Usted no se atrevería a hablar. Tal vez hasta le pague algo. Muy poco —se rio despacio.
—¡Bastardo!
Los ojos del americano echaron chispas.
—¡No me diga eso! —gritó.
Era un desequilibrado, pensó MacNeil. Enterarse de todo lo que su hijo había hecho era lo que había perturbado y envejecido a su padre de un día para otro.
Haworth estaba parado a un lado, detrás de Willis y Skinner. Ninguno de ellos se fijaba en él. MacNeil vio que empezaba a deslizarse hacia la puerta. La abrió en silencio y salió.
—Saquémoslo de aquí —dijo Skinner mirando a MacNeil.
—OK —aprobó Willis—. Creo que no importa el lugar —se volvió hacia MacNeil—: Le dije que se arrojara al suelo —su tono había cambiado y ahora tenía una nota de triunfo, casi de alegría. Señaló el piso con la pistola.
Así que allí terminaba todo, pensó MacNeil. El final. No se hacía muchas ilusiones con respecto a las intenciones de Willis. Estaba asustado y esperaba que no se le notara. No solo era la perspectiva de que lo mataran, sino la imposibilidad de hacer algo al respecto. Willis estaba a unos tres metros y si trataba de hacer algo estaría muerto antes de alcanzarlo. Para peor, Willis se iría después, dejando a Skinner librado a su suerte para salirse del asunto.
Por lo menos habían estado tan ocupados mirándolo que no se habían dado cuenta del grabador. MacNeil se preguntó quién lo encontraría y qué pasaría cuando lo escucharan.
De pronto, recordó algo y sintió un ramalazo de esperanza; que, aunque débil, parecía la respuesta a una plegaria.
—Abajo —ladró Willis. Se le estaba acabando la paciencia—. Busque algo para atarlo, Bill.
MacNeil hizo como que obedecía y estiró los brazos para apoyarse en el suelo, pero en lugar de bajar, se precipitó hacia adelante, con la cabeza baja. La pistola de Willis todavía lo apuntaba y, por un interminable segundo, pensó si se habría equivocado y esperó el estallido y el golpe de la bala.
Nunca llegó. Había pegado en el estómago del americano con la cabeza y este retrocedió a los tumbos, sin resuello. Por un segundo se balanceó, luchando por mantener el equilibrio, y luego cayó de espaldas con un jadeo doloroso. Golpeó contra una esquina de la mesa y gruñó de rabia y dolor. La pistola cayó de su mano y se deslizó al piso.
MacNeil tenía apenas conciencia de Skinner parado a unos pocos metros y se tiró sobre la pistola, esperando que Skinner se lanzara sobre él. Pero Skinner se estaba escapando. La puerta se abrió y cerró. MacNeil se puso de pie y pensó en perseguirlo. Pero Skinner estaba liquidado; la policía no tardaría en atraparlo. Miró a Willis, apoyado contra la mesa, apenas consciente.
MacNeil tomó la pistola. Era más liviana de lo que pensaba; ya había sentido algo raro cuando golpeó el piso de cemento. La examinó con más atención, raspándola con la uña. La pistola era de plástico, no más mortal que un juguete realista. No había sospechado eso. Willis, que había quedado reducido al más abyecto pánico cuando fueron testigos del tiroteo en el World Trade Center, no hubiera podido disparar. Había corrido el riesgo con la esperanza de que la pistola no estuviera cargada. Se había jugado la vida a esa carta.
Willis respiraba entrecortadamente. MacNeil lo miró sin pena; a causa de su codicia y su obsesión por el poder, Astley y Rosemary estaban muertos. Llevaría el grabador a la policía y los convencería de arrestar a Skinner, pero no quería llevar a Willis con él. Ni tampoco dejarlo allí para que se escapara en cuanto recobrara el conocimiento. Se agachó, agarró un mechón del pelo ralo del americano y le tiró la cabeza hacia adelante; después se la volvió a golpear con la mesa. Willis se desplomó.
Había algunos rollos de cable en la punta de la mesa. MacNeil cortó cuatro pedazos y ató las muñecas y los tobillos de Willis, asegurándolos a uno de los bancos. Los ojos del americano se abrieron de golpe. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba empezó a forcejear, maldiciendo en forma incoherente, las palabras saliendo de su boca en un torrente obsceno. De las comisuras de sus labios colgaban hilos de saliva.
No importaba que gritara, pensó MacNeil, nadie lo oiría. Caminó hasta la mesa, despegó la tela adhesiva y desenchufó el grabador. Luego lo llevó hasta donde estaba Willis para que lo viera.
—Grabé todo —le dijo—. Ahora voy a llevar la cinta a la policía. Puede pasar bastante tiempo antes de que vengan a buscarlo, pero vendrán.
La saliva corría por la barbilla de Willis; había algo extraño en sus ojos. MacNeil lo dejó, apagó la luz y cerró la puerta.
Su Marina era el único auto en el patio. Se sentó detrás del volante, arrancó y salió a la calle, preguntándose en qué dirección habría ido Skinner. Supuso que se habría dirigido a su casa a recoger el dinero y alguna otra cosa imprescindible que tuviera allí y que luego se iría.
La policía quedaba en la misma dirección.
MacNeil había recorrido quinientos metros cuando vio un auto de la policía estacionado en una esquina, con el faro azul girando. Al acercarse vio que estaba en ángulo con la vereda, con las ruedas de adelante en el pavimento y un guardabarros abollado. Un agente sentado en el asiento delantero hablaba por radio.
El Granada estaba a unos treinta metros del otro lado del camino, con el capot enterrado en la vidriera de una tienda. Los vidrios rotos tapizaban el pavimento. Otro policía estaba parado al lado del auto, mirando hacia adentro. MacNeil los pasó y se detuvo.
Cuando se acercó caminando, el policía se enderezó. Detrás de él, MacNeil pudo ver a Skinner, todavía detrás del volante. No tenía cinturón de seguridad y debía de haber golpeado la cabeza contra el parabrisas. La sangre salía de una herida muy fea en la sien y su cuello estaba torcido en una forma extraña. El frente del Granada estaba hecho un acordeón por el impacto y el volante se había incrustado en su pecho.
—Está muerto —dijo el policía innecesariamente. Era un hombre maduro y debía estar acostumbrado a ver muertes violentas pero parecía impresionado—. Debía venir a más de ochenta. Salió de esa calle como un maldito murciélago del infierno.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó MacNeil. Estaba sorprendido por su propia calma. Tal vez le habían pasado demasiadas cosas últimamente, como para ser capaz de impresionarse o sentir horror.
El policía reaccionó.
—No, gracias, señor. En seguida llegará la ambulancia.
MacNeil miró otra vez a Skinner y asintió. Ya nadie podía hacer nada por él. Se preguntó si debería sentir pena.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches, señor —le contestó el policía.
MacNeil caminó de vuelta a su auto.
Terminaste Huelga fraguada
Ian Stuart
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