Huelga fraguada
Diecinueve
CUANDO VOLVIÓ, después de haber llevado a Sandy a su hotel, MacNeil se sirvió un trago, prendió la estufa y se estiró en un sillón.
Con Sandy había recuperado algo que con Rosemary había perdido hacía tiempo, el simple placer de estar juntos, una sensación de estar sintonizados que iba más allá de la atracción física, aunque fuera parte de ella. Ya se había convertido en algo precioso para él. Pero sin embargo todavía estaba molesto con su relación. Aunque ya no podía ver el mal y el bien como polos opuestos, negro y blanco, como era para sus padres, la influencia de su crianza era aún demasiado profunda. Rosemary lo había dejado, pero aún estaba casado con ella, y continuar así sería injusto para Sandy y además una negación de sus obligaciones. La manera más fácil. Tal vez después de todo había tenido razón y sus relaciones no tenían futuro.
El calor le daba sueño, y tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse. De alguna manera, tenía que evitar que Tyzacks se apoderara de Renshaws hasta que pudiera probar lo que sospechaba. Quedaba muy poco tiempo; según Skinner, Joan Astley había decidido vender sus acciones, y los demás harían lo mismo. ¿Cómo podía impedirlo? Era muy distinto estar convencido que convencerla a ella. Y todavía estaba lejos de saber quién había matado a Astley. Volvió una y otra vez sobre ese asunto. Willis y su padre estaban enterados de la muerte de Astley, y el que lo había dicho trabajaba en Renshaws, la misma persona que había dado los detalles de la UC1 y que sabía que Skinner estaría aquella noche en La Cabeza del Rey.
Astley había insistido en que, aparte del equipo de MacNeil, solo él y Bill Skinner sabían de la existencia de la unidad, pero era probable que algún otro director hubiera conseguido una llave del archivo para fotografiar los planos; Renshaws no era una empresa que se preocupaba mucho por la seguridad. Hasta ahora no había tenido necesidad. De pronto, se le ocurrió algo: ¿era por eso que Anna estaba tan tensa? No por haberle mencionado la unidad a Fitzpatrick sino porque le había dicho dónde se guardaba la llave. ¿Tal vez se la había dado ella misma? Pero no podía tratarse de Fitzpatrick, porque recién se había enterado de la UC1 aquella noche.
¿Anna estaba mintiendo?
Si no era así, quedaban Walton, Anderson y Skinner y su propio equipo.
¿Astley sospechaba de uno de los gerentes? Eso explicaba su negativa a decir algo hasta no tener pruebas; él hubiera sentido lo mismo con respecto a Anna, Gerry o Haworth.
De los tres, Bill Skinner era el único al que le importaba la compañía y ahora sería el gerente general. No ganaba nada con una fusión con Tyzacks, porque lo más probable era que perdiera el trabajo. Además, sabía lo de la unidad desde hacía meses y le había dicho a Astley que él no creía que MacNeil fuera responsable de la filtración.
La huelga estaba planeada para debilitar a Renshaws y hacer que sus directivos estuvieran más dispuestos a aceptar la oferta de Tyzacks. Cuando Astley no la aceptó, lo mataron. Entonces Tyzacks sobornó a Anderson con una promesa de trabajo. Lo había admitido, cuando todo lo que tenía que hacer era mandar a MacNeil al diablo. ¿Habría dicho parte de la verdad y la oferta era anterior, cuando fue a Tyzacks con la información de la UC1?
A Leonard le habían pagado para provocar una situación en la que una discusión era casi inevitable, pero no podía llevarla a cabo solo; era probable que nada más que un grupito de personas supieran lo que realmente había pasado cuando tropezó con Skinner. Y uno de ellos era Rivett. Rivett, que estaba en la posición ideal para dirigir los sucesos posteriores. Y Willis quería que continuara la huelga para poder ejercer más presión sobre Renshaws.
Anderson, Fitzpatrick, Walton, Rivett, Dickson, Anna y Haworth. Siete personas. Cualquiera de ellos podía haber sabido que Bill Skinner solía pasar por La Cabeza del Rey camino a casa y cuatro, por lo menos, sabían lo de la unidad. Al principio la cosa no había pasado de un contacto con Tyzacks para ofrecerle información, pero cualquiera podía darse cuenta de que, una vez que la semilla germinara en la mente retorcida de Carter Willis, la violencia formaría parte del paquete.
MacNeil podía creer a Walton y Anderson lo suficientemente ambiciosos e inescrupulosos como para actuar así, y a Fitzpatrick también, pero ¿y los otros? Era en momentos como este cuando uno se daba cuenta de lo poco que sabía de la gente con la que trabajaba.
Aquel día en la oficina de Tyzacks, Willis había dicho algo. ¿Qué era? MacNeil tenía la impresión de que era importante pero tenía demasiado sueño para seguir pensando con claridad. Se le cayó la cabeza hacia adelante.
Un segundo después estaba erguido y bien despierto, con la verdad enfrente de él. Volvió a repasar todo, tratando de encontrar una falla en su razonamiento. No encontró ninguna; todo coincidía.
Entonces recordó algo que borró los pensamientos de su mente. Según Diana Tyzacks, Willis había dicho que pensaba venir a Inglaterra. Si lo hacía, vendría aquí. Hasta podía estar alojado en el Crown. Y Sandy estaba allí.
MacNeil se puso de pie, pateando su vaso y haciéndolo rodar por la alfombra y corrió al hall. Tuvo que buscar el número en la guía y maldijo mientras luchaba con sus dedos torpes. Al fin, lo encontró y disco.
—Hotel Crown —era el portero nocturno.
—¿Podría decirme si allí está alojado el señor Carter Willis? — le preguntó MacNeil—. Carter Willis, un americano.
—Me voy a fijar, señor.
MacNeil esperó impaciente, mientras pasaban los segundos.
—No hay nadie con ese nombre, señor —le dijo el portero.
¿Willis estaría usando un nombre falso? Era posible.
—¿Tiene algún americano alojado allí? —preguntó MacNeil.
—Un minuto, señor —el hombre no estaba molesto, a lo mejor estaba contento de romper la monotonía de su trabajo.
—Hay una, señor. La señora Ruth M. Steenbrugger de Chicago. ¿No es la persona que usted busca, no?
—No —dijo MacNeil—. Gracias de todas maneras.
Aliviado al saber que Willis no estaba allí, colgó y volvió a levantar el tubo para telefonear al Roebuck. No tenían ningún americano, y nadie que se llamara Willis.
A lo mejor después de todo no había venido a Inglaterra.
MacNeil decidió irse a la cama, esa noche no podía hacer nada más.
A pesar de su cansancio tardó bastante en dormirse y se despertó dos o tres veces antes de caer en un sueño profundo. Cuando despertó el sol entraba a la habitación a través de la hendija de las cortinas. Miró el reloj de su mesa de luz. Eran las 8.20.
El sol no había llegado todavía a la parte de atrás de la casa y cuando entró a la cocina sintió frío. No tenía hambre. Ahora que sabía lo que tenía que hacer, estaba demasiado nervioso para comer, pero cortó dos rodajas de pan y las metió en el tostador.
Astley había dejado casi todo su patrimonio a Joan, y si ella decidía vender sus acciones no tenía sentido que los demás las conservaran. MacNeil no estaba seguro de la parte legal de todo esto, pero era posible que no pudieran venderlas hasta que terminara la sucesión. Podían pasar semanas y hasta meses, pero podían llegar a un arreglo con Tyzacks y si lo hacían se verían obligados a cumplirlo. A menos que él pudiera probar que Tyzacks era responsable de la muerte de Astley.
De pronto recordó a Philip Whitehead. Hacía más de un año que no lo veía y en ese entonces estaba trabajando para una empresa de Coventry. Aunque ya no estuviera allí, sabrían decirle adonde había ido. Hasta que Tyzacks los compró y cerró la fábrica, Whitehead era un ingeniero en Proctors.
MacNeil tenía suerte. Cuando llamó a la compañía de Coventry la chica del conmutador le dijo que Whitehead todavía trabajaba allí y lo comunicó con él. Hablaron uno o dos minutos y MacNeil se despidió, colgó y volvió a la cocina. Sus tostadas estaban hechas.
La noche anterior, Sandy había dicho que vendría a hacer limpieza. Esta mañana, más que nunca, no quería que fuera. Pensó en llamarla al Crown para decirle que no se molestara, pero tuvo miedo de que ella no entendiera.
Cuando terminó de desayunar llamó al número de Astley, esperando que Rosemary no contestara. No lo hizo, era su madre.
—¡Ah, usted! —exclamó—. ¿Qué quiere?
—Se trata de sus acciones de Renshaws —le dijo MacNeil—. ¿Las va a vender?
—No veo qué puede importarle.
No tenían nada en común, salvo el tenue lazo a través de Rosemary, pensó MacNeil. Era una mujer tonta y snob, pero de alguna manera tenía que convencerla.
—Tyzacks hizo matar a su marido —le dijo sin vueltas.
Quería impresionarla, y por la manera en que reaccionó, se dio cuenta de que lo había logrado.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Necesitaban Renshaws y no podían obtener el control sin sus acciones. Cuando se negó a venderlas, lo hicieron matar porque supusieron que usted sería más fácil de persuadir.
—¡Tonterías!
—Esperaba que fuera así. Su marido sabía que algo no andaba bien. Por eso quería que yo fuera a Nueva York.
—Y usted se negó. Después de todo lo que él había hecho por usted —dijo Joan con amargura.
MacNeil lo dejó pasar; no tenía intenciones de verse envuelto en agrias recriminaciones.
—Mientras estaba allá trataron de matarme dos veces —dijo—. No son ideas mías, tengo un testigo. Todo lo que pido es que, por ahora, no acepte vender y que les pida a los demás que tampoco lo hagan.
—Ya dije que lo haría.
Eso es lo que temía.
—¿Ha firmado algo? —preguntó.
—Todavía no —admitió Joan.
—No lo haga. Por favor. Usted sabe que su marido no quería que Tyzacks se apoderara de la empresa. Él sabía que había algo raro.
—No sé qué decirle —le dijo Joan, ya no parecía tan segura.
—Unos pocos días no pueden hacer mucha diferencia.
—Está bien, hablaré con John Gooden. Si él me dice que venda, venderé.
Gooden era su abogado y albacea, un hombre prudente que, casi seguro, decidiría esperar a ver qué pasaba. MacNeil se dijo que por lo menos había alguna esperanza.
—Gracias —le dijo.
—Rosemary va a ir a Howard Road esta mañana —le dijo Joan—. Dice que hay algunas cosas que necesita. No tengo intenciones de meterme en sus asuntos, pero será mejor que usted sepa desde ya que estoy muy contenta de que lo haya dejado.
MacNeil se preguntó qué le habría dicho Rosemary a su madre. Se sorprendió de lo poco que le importaba. Y entonces se dio cuenta de lo que le había dicho Joan; Rosemary iba a la casa y Sandy había dicho que iría a limpiar. De ninguna manera tenían que encontrarse. Se despidió, colgó el tubo y se dirigió al garaje.
Pasó más de una hora antes de que volviera a su casa y cuando lo hizo lo primero que vio fue un auto de la policía parado afuera. El mini de Rosemary estaba en la entrada y en el jardín había un grupo de personas contemplando la puerta del frente. Aparte del lechero, eran todas mujeres y a pesar de que había hablado nada más que con algunas de ellas, las conocía a casi todas de vista. Se apartaron en silencio para dejarlo pasar, mirándolo casi a escondidas, como si tuvieran miedo.
La puerta estaba abierta, y al acercarse vio que tenía algo raro. Colgaba de sus bisagras y el panel de vidrio estaba deshecho. Los fragmentos brillaban en el sol que iluminaba el escalón. El miedo se apoderó de él y corrió hacia el porche.
—¡Ay, Alan! —dijo una mujer. Sintió el horror en su voz y reconoció a Winnie Scott, una de las pocas amigas de Rosemary en la cuadra.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Hubo una explosión. Debe de haber sido el gas.
¡Dios! —pensó.
En el hall parecía que había estallado una bomba. La mesita que estaba contra la pared y que sostenía el teléfono estaba torcida, apoyada en las tres patas que le quedaban, y con la parte de arriba rajada. El barómetro estaba en el suelo a su lado, con el vidrio roto, y el viejo mapa de Warwickshire que había comprado con Rosemary al poco tiempo de casados colgaba de costado, con unos pedazos de vidrio todavía adheridos al marco.
MacNeil casi no lo notó; en el piso habían extendido una alfombra, revelando muy claramente lo que se suponía que debía ocultar.
De la cocina salió un joven policía.
—¿Quién es usted, señor? —preguntó.
—Me llamo MacNeil. Esta es mi casa. —Le costó deletrear las palabras—. ¿Qué pasó?
—Lo siento, señor. Ha habido un accidente —dijo el policía con más gentileza.
MacNeil miró la alfombra.
—¿Quién…? —preguntó, pero ya lo sabía, el auto de Rosemary estaba afuera.
—¿Su mujer estaba aquí, señor?
—No sé. Pero su auto está en la entrada — ¿por qué no se lo decían?, pensó con rabia.
Apareció otro hombre. Era mayor que el otro y por su uniforme vio que era un sargento.
—La señora está muerta, señor —dijo suavemente. Miró la alfombra—. Lo siento, tendré que pedirle que la identifique. No es muy…
MacNeil asintió y se preparó, mientras el sargento levantaba una esquina de la alfombra. Le echó una mirada rápida a lo que estaba tirado allí y se dio vuelta, sintiéndose incapaz de enfrentar la obscenidad de esos despojos de carne y hueso.
—Es mi mujer —dijo.
—Será mejor que vayamos a la otra habitación, señor —dijo el sargento, apoyando una mano en su brazo.
Cree que me voy a desmayar o a descomponerme, pensó MacNeil. Era cierto que se sentía inseguro, pero su sentimiento más fuerte era de rabia.
Fueron al living. Era extraño que allí no hubiera ningún daño visible, pensó, cuando del otro lado de la pared todo era devastación.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz neutra —. Alguien de afuera me dijo que era el gas.
—No fue el gas, señor.
—¿Entonces?
—Parece que su mujer estaba abriendo un paquete; todavía estaba aferrada a los restos. Debe de haber estallado en su cara. No creo que haya sentido nada.
—¡Oh, Dios mío! —dijo MacNeil.
—Hemos encontrado casi todo el papel en que venía envuelto. Estaba dirigido a usted, señor.
—¿A mí?
—Sí.
El silencio era como un estanque quieto y profundo, esperando que alguien quebrara su superficie. MacNeil sabía que el sargento esperaba que dijera algo, ¿pero qué podía decir?
—Pobre Rosemary —musitó. Le pareció tan inadecuado.
—¿Puede esperar aquí, señor? El CID vendrá en cualquier instante.
MacNeil asintió y el sargento salió, cerrando la puerta. A través de ella le llegaba un murmullo de voces.
Rosemary hacía meses que le abría las cartas, él lo sabía, pero no le había dicho nada; no tenía nada que ocultar y lo único que hubiera logrado era aumentar sus sospechas. No valía la pena provocar otra pelea cuando le importaba tan poco. Debía haber estado allí cuando el cartero entregó el paquete. O tal vez lo dejaron en el porche y lo encontró al llegar. Él había salido por la puerta trasera.
Sintió pasos en el hall. El CID había llegado.