Huelga fraguada
Dieciseis
MIENTRAS CRUZABAN el río, MacNeil miró hacia atrás, hacia las luces de Manhattan brillando a través de una cortina de lluvia, y pensó que recordaría esta escena aún mucho después que hubiera olvidado la mayoría de lo que había visto. Las frases gastadas a veces son verdad, se dijo, y Nueva York era una ciudad extraordinaria, rasposa, violenta, hermosa a veces, llena de contrastes y de una manera muy especial, también excitante.
Pero Kennedy no era más que otro aeropuerto que hervía de pasajeros esperando con mayor o menor impaciencia o apurándose para no perder sus vuelos. Él y Sandy tuvieron que esperar. Su avión salió con dos horas de demora y, después de comer, Sandy se quedó dormida. MacNeil trató de hacer lo mismo, pero su cerebro estaba demasiado activo. De todas maneras, estaba a punto de caer en un sopor cuando reaccionó sobresaltado.
Durante todo este tiempo había pensado que la huelga se había producido en forma espontánea, pero ahora recordaba a Astley diciendo que no podía haber caído en peor momento. En un esfuerzo por mitigar los efectos del alza de precios, la empresa había invertido mucho en materiales y en la UC1, estirando sus reservas, un poco como Tyzacks. La huelga agravaba la situación. ¿Era posible que hubiera sido preparada, organizada de tal modo que coincidiera con la oferta de Tyzacks? Si era así, alguien tenía que haber sobornado a Leonard para que tropezara con Bill Skinner y reaccionara de forma tan violenta que Skinner no tuviera otra alternativa que despedirlo. Y en ese caso todo lo que había pasado formaba parte del mismo plan; Tyzacks comprando las acciones, su encuentro con Burton, la oferta y la huelga. Hasta la muerte de Astley. Alguien de Renshaws estaba metido hasta el cuello. Vender información era solo el comienzo.
¿Quién podía haber sobornado a Leonard? Un solo hombre tenía más oportunidades que cualquiera: Rivett. Tenía más libertad para moverse por la fábrica y más posibilidades de recoger información. MacNeil recordaba que había ido al departamento de investigación dos o tres veces, al parecer para hablar con uno de ellos. Se había opuesto a la huelga, pero no había hecho demasiado para evitarla, y mirando hacia atrás le parecía que sus actitudes podían haber detonado la situación. Sin embargo Rivett siempre le había parecido un hombre sincero, honesto, y él había dicho que el auto que mató a Astley se había desviado. Y por cierto que no lo manejaba él.
Era difícil creer que estuviera envuelto en un complot, pero no más difícil que aceptar que Anna o Gerry o Peter estuvieran complicados en el asunto. MacNeil decidió dejarlo para mañana y al final se durmió.
El avión aterrizó en Heathrow a las nueve. El sol brillaba, era uno de esos días cálidos de marzo que son doblemente bienvenidos después de un invierno malo. MacNeil esperó que Sandy terminara con los trámites y fueron al estacionamiento a buscar su auto.
Tenía miedo de que Sandy se desilusionara al ver adonde iban, el pueblo no era gran cosa y ella estaba acostumbrada a la vida de una gran ciudad.
—Esto es bastante aburrido —la previno—. No hay muchos edificios antiguos, son casi todas fábricas e hileras de casas oscuras.
—¿Estás tratando de asustarme? —dijo Sandy con esa sonrisa medio interrogante que él había llegado a conocer tan bien.
—No —le dijo— pero no quiero que pienses que te vas a encontrar aquí con todo el encanto del viejo mundo. Ok, ya estoy prevenida. Y todavía estoy deseando verlo.
MacNeil pensó que Nueva York ya parecía un mundo muy diferente.
Las hileras de casitas de las afueras del pueblo se convirtieron en casas con jardín y pequeños negocios con las vidrieras cubiertas de anuncios de detergentes y comidas enlatadas. Y de pronto, llegaron a un centro moderno dominado por un grandioso edificio municipal de la época victoriana y un monumento dedicado a un prominente ciudadano ya olvidado. En el otro extremo había una gran iglesia con un chapitel, rodeada de prados verdes. Los ómnibus de dos pisos pintados de marrón y crema circulaban por la rotonda central como matronas obesas en una pista de baile.
—Primero te llevaré al hotel —dijo MacNeil. Después iría a su casa y vería cómo estaban las cosas.
El Crown era una reliquia del pasado, cuando el pueblo era aún el mercado central de todos los villorrios vecinos. Era una vieja posta de carruajes con paredes claras y un patio adoquinado. MacNeil estacionó el Marina y esperó mientras Sandy se registraba. Luego llevó las valijas a su habitación. Era tan grande como el que había ocupado en el Flora y bastante más alegre, con vista a una estrecha callecita todavía intacta.
—¿Está bien? —le preguntó.
—Es magnífico —los ojos de Sandy brillaban —. Todavía no puedo creer que esté aquí.
—Yo tampoco —admitió MacNeil.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Ir a casa y ver a alguna gente de la empresa. Después dormiré un rato. Te llamaré luego.
La besó y por un momento Sandy se aferró a él.
—Ten cuidado —le dijo.
MacNeil la dejó y bajó las escaleras. Estaba muy cansado. Le tomó un cuarto de hora llegar a su antiguo trabajo y cuando se acercó a las verjas vio solo tres piquetes de huelguistas. Conocía de vista a uno de los hombres, un tipo corpulento, de mediana edad llamado Crawley, y se detuvo al lado de él, bajando la ventanilla del auto.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Crawley—, creí que lo habían despedido.
—¿Quién le dijo eso? —preguntó MacNeil.
—No me acuerdo. Es lo que dice la gente. ¿No es verdad acaso?
—Sí, es verdad. Quiero buscar algunas cosas que dejé. ¿Está bien?
—Creo que sí. Está bien, compañero.
MacNeil esperó mientras Crawley se dirigía hacia los otros piquetes y hablaba con ellos. Asintieron con indiferencia y supuso que estaban perdiendo entusiasmo; no debía de ser muy divertido estar parado allí la mitad del día.
Lo miraron con caras inexpresivas cuando entró al patio. Estacionó el Marina contra la pared y subió las escaleras hasta la oficina principal. La mitad de los escritorios estaban vacíos porque una buena parte del personal había llegado a la conclusión de que perdían menos el tiempo llevándose el trabajo a casa. Las chicas que quedaban levantaron la vista al verlo entrar.
Gillian Wright estaba allí y MacNeil caminó hasta su escritorio.
—¡Alan! —exclamó—. Creí que… —se detuvo, molesta.
—Es verdad —dijo—. ¿Barbara está?
—Creo que está en su oficina. ¿Le digo que está aquí?
MacNeil no quería encontrarse con ninguno de los otros directores.
—¿Está sola? —dijo.
Gillian caminó hasta una puerta en la pared de la izquierda. Después de unos segundos volvió y le hizo señas para que entrara.
Barbara Dean estaba escribiendo a máquina. Miró a MacNeil con frialdad. No se alegraba de verlo y no le importaba mucho que él lo notara.
—¿Cómo andan las cosas? —le preguntó MacNeil.
—Un desastre. Esta maldita huelga ha arruinado todo. ¿Qué está haciendo aquí?
—Quiero la dirección de Leonard. ¿Me la puede conseguir?
—¿Leonard? —Barbara pareció sorprendida—. ¿Ese tipo horrible que empezó todo?
—Sí —dijo MacNeil.
—¿Para qué la quiere?
—Tengo que verlo —MacNeil contuvo su impaciencia. En cualquier momento podía aparecer uno de los gerentes y encontrarlo allí.
Barbara dudó.
—Está bien —aceptó de mala gana—. Supongo que ahora no importa.
Se dirigió a la oficina central. Tardó dos o tres minutos y cuando volvió le alcanzó un pedazo de papel con una dirección.
—Esta es la última que tenemos —le dijo—. No sé si todavía vive allí.
—Gracias.
—¿Alan?
—¿Sí?
—¿No tiene usted, por casualidad, la agenda de escritorio del señor Astley?
Esta vez le tocó sorprenderse a MacNeil.
—No —contestó—. ¿Por qué?
—No la podemos encontrar y la señora Astley tampoco la tiene. Granta dice que mañana tenía una cita con el gerente general de su división electrónica y quieren saber si alguien lo reemplazará.
MacNeil se sorprendió. Granta era uno de los grupos más importantes del país, una empresa grande con intereses en todo el mundo. ¿Para qué iba a verlos Astley? No se hubiera molestado por un asunto de rutina. Y tampoco el gerente general de Granta.
—¿Usted no sabía nada del asunto? —preguntó. Barbara sacudió la cabeza—. ¿No le dijeron de qué se trataba?
—No lo saben. Llamó y tomó la cita el mismo día en que lo mataron. A ellos les dio la impresión de que se trataba de algo muy importante.
—No sé qué decirle —dijo MacNeil—. ¿Quién se está ocupando de su trabajo?
—Por ahora, el señor Skinner.
—Lo siento, pero no sé nada de la agenda. Gracias por la dirección.
—De nada —Barbara hizo una pausa—. ¿Qué va a hacer ahora?
—No tengo idea. Tendré que encontrar otro trabajo.
—Espero que todo salga bien.
—Gracias.
MacNeil bajó al patio y se dirigió al departamento de Investigaciones. Anna estaba leyendo una novela y Haworth hacía las palabras cruzadas del Guardian. Gerry Dickson jugueteaba con una pieza de un equipo. El estado letárgico de todos ellos le recordó su propio cansancio.
Cuando lo vieron, los dos hombres lo saludaron con la cabeza y Anna le dijo: «Hola, Alan». Todos evitaron mirarlo. Su presencia los incomodaba, pensó. Creían que él había pasado la información a Tyzacks. Tal vez uno de ellos sabía que no era así y no se sentía capaz de enfrentarlo. Deseó no haber venido y sin decir una palabra dio media vuelta y salió.
—¿Alan?
Anna había salido detrás de él. Estaba igual, con el pelo tirante atado en una cola de caballo y los enormes aros de oro colgando de las orejas. Habían pasado tantas cosas desde que la había visto por última vez que le costó recordar que eran pocos días. Pero le pareció menos segura de sí misma.
—La gente anda diciendo que te despidieron por contarle lo de la UC1 a otra compañía —dijo.
—No fue tan simple —le dijo MacNeil—. De todas maneras no lo hice.
—Yo no lo creí. Y los demás tampoco.
—Anna —MacNeil la estaba mirando con atención, y al final ella levantó la vista—. ¿No se lo mencionaste a nadie, no? A alguien de aquí, quiero decir.
Lo supo enseguida por la manera en que desvió la vista y el color que subió a sus mejillas. ¡Dios mío!, pensó MacNeil.
—Le dije algo a Ralph —murmuró.
—¿Fitzpatrick?
—Sí. No creí que importara, es un directivo.
—¿Ya lo sabía?
—No. Creo que se ofendió porque nadie se lo había dicho. Alan, él no puede…
Parecía tan desesperada que MacNeil comprendió que el miedo de que hubiera sido Fitzpatrick la había estado torturando durante todos esos días. Se preguntó hasta qué punto estaría enredada con él. Nunca se le había ocurrido que pudiera haber algo entre esos dos.
—¿Qué está pasando ahora con la unidad? —preguntó.
—Nada. Han suspendido el trabajo.
— ¿Qué?
—Se supone que será por poco tiempo. Creo que están esperando para ver qué pasa con la venta de la empresa.
Tal vez tenían razón. Si Tyzacks llegaba a controlar a Renshaws producirían la unidad en sus propios talleres, dejando de lado su diseño, o la matarían de un solo golpe. Pero al interrumpir el trabajo, Renshaws estaba debilitando su posición. ¿Era eso lo que alguien quería?
—Estuve pensando en buscarme otro trabajo —dijo Anna—: Acá me estoy deprimiendo al no hacer nada.
—Yo no lo haría por ahora —le dijo MacNeil, preguntándose si tenía derecho a darle ese consejo.
Anna lo miró dudosa.
—No es solo por la UC1 —dijo—. Bueno, Alan, adiós.
—Adiós, Anna.
Subió al Marina y manejó hasta las verjas. Los piquetes lo miraron mientras se bajaba para abrirlas. Todo lo que deseaba ahora era dormir, pero tendría que esperar; primero debía ver a Leonard.
La dirección que le había dado Barbara Dean era de una callecita miserable a menos de un kilómetro de la fábrica. El pavimento estaba sembrado de baches, como si la Municipalidad se hubiera lavado las manos por hartazgo. MacNeil manejó en medio de hileras de casitas idénticas, con sus ladrillos sucios coronados por techos de pizarra y ventanas de antepechos profundos. Aquí y allá algunos habitantes habían hecho intentos valerosos para mejorar sus casas con una mano de pintura, pero como una vieja prostituta demasiado maquillada, lo único que habían logrado hacer era que el resto de la calle luciera peor. Estacionó al lado del cordón en el número 42, y golpeó el llamador de hierro.
La mujer que respondió a su llamado era pequeña y vieja. Tenía la piel surcada de arrugas y su desordenado pelo gris asomaba por debajo de un pañuelo rosa. La parte de atrás de sus chinelas estaba tan gastada que ya no le calzaban, y tenía que arrastrar los pies para caminar.
—¿El señor Leonard todavía vive aquí? —le preguntó MacNeil.
—¿Qué? —La mujer se inclinó hacia adelante—. Soy sorda.
—Busco al señor Leonard —gritó MacNeil.
—Ah, él. Se fue.
MacNeil maldijo para sus adentros.
—¿Cuándo se fue? —preguntó.
La mujer se quedó pensando.
—Deben hacer unos diez días —dijo—. Era un miércoles, porque esa es mi noche de Bingo.
—¿Cómo estaba? ¿Parecía preocupado?
—¿Él? Estaba feliz como un chico. Y tenía plata. Me pagó el alquiler y se fue.
—¿Un montón de dinero, quiere decir? —insistió MacNeil.
—Ajá. Lo tenía en el bolsillo de atrás y cuando me pagó vi que era un rollo grande.
—¿Supongo que no sabrá adónde fue?
Sacudió la cabeza.
—No, tesoro. Levantó campamento y se fue.
—Gracias —dijo MacNeil.
Debieron de haberle pagado el día que lo despidieron, pensó. Y le habían dicho que se fuera enseguida. Quién sabe por dónde andaría ahora.