Huelga fraguada

Ian Stuart · Capítulo 2 de 20

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Huelga fraguada

Dos

 

 

—¿POR QUÉ no comes? —⁠le preguntó Rosemary⁠—. No tengo mucha hambre —⁠le dijo MacNeil. No era cierto, pero la comida era demasiado insípida.

Sonó el teléfono y se levantó a contestar, feliz de escapar de las miradas acusadoras de Rosemary.

—¿Alan? Habla Gordon Heslop. ¿Podemos juntarnos a tomar una copa esta noche? Estoy con al que quiere conocerte. Creo que te interesará.

Heslop era un reportero del diario local. Se ocupaba de casi todas las noticias industriales y, cada tanto, MacNeil lo ayudaba en algunos puntos técnicos, pero nunca se habían visto socialmente. La forma de ser de Heslop, que lograba parecer al mismo tiempo ampuloso y arrastrado, irritaba a MacNeil.

—¿De quién se trata? —preguntó.

—Se llama Burton.

A MacNeil no le decía nada. Pensó que no estaba de humor para tomar copas con Heslop ni con nadie. ¿Por qué ese Burton quería conocerlo? Pero estaba de menos humor para pasar una noche en casa, escuchando a Rosemary y tratando de no perder los estribos.

—¿Dónde? —preguntó.

—En La Cabeza del Rey —Heslop parecía aliviado ⁠—. A las 7.30, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo MacNeil. Colgó el tubo y volvió al comedor, pero la vista de la comida congelándose en su plato le revolvió el estómago.

—¿Quién era? —preguntó Rosemary.

—Un tal Heslop —vio la sospecha en sus ojos, pero estaba demasiado cansado para hacerle caso⁠—. Es un reportero del Mail; quiere presentarme a un tipo, Burton.

La Cabeza del Rey era un gran pub en el camino principal. MacNeil hubiera preferido algo más chico y tranquilo, pero cuando Heslop sugirió ese lugar no se había molestado en decir que no. Una sinfonola atronaba con música de rock cuando abrió la puerta del salón. A esa hora de un día de semana el lugar estaba casi desierto y vio enseguida a Heslop, parado en la barra con un hombre alto y robusto vestido de oscuro. El periodista lo vio en ese mismo instante y le hizo señas para que se acercase.

—Alan MacNeil, Ray Burton —⁠dijo⁠—. ¿Qué va a tomar, Alan?

—Una cerveza, por favor.

—¿Eso es todo? Tómese un whisky.

—No, gracias.

—Una cerveza, por favor, tesoro —⁠le dijo Heslop a la camarera.

—Tenía muchas ganas de conocerlo, Alan —⁠dijo Burton. Tenía unos cuarenta y cinco años y a pesar de que estaba engordando sus ojos eran astutos y su mandíbula firme. Parecía un tipo peligroso para cruzarse en su camino.

—¿Ah sí? No me imagino por qué —⁠MacNeil no pensaba que Burton fuera de los que hacen cumplidos sin razón, y sentía curiosidad.

Heslop pagó las bebidas.

—Vamos a sentarnos —sugirió.

Los guio hasta una mesa contra la pared y alejada de la puerta. Había tres sillas, él se sentó mirando hacia la puerta, Burton en la de la izquierda y MacNeil quedó dando la espalda al salón.

—Salud.

—Salud —MacNeil se dirigió a Ray Burton⁠—. Disculpe, no sé todavía a qué se dedica usted.

Burton sonrió.

—Estoy en su mismo negocio.

—¿Está bien su cerveza, Alan? — ⁠preguntó Heslop⁠—, parece un poco desabrida.

—Está muy bien —MacNeil tenía la impresión de que el reportero no se encontraba cómodo. Pero él había arreglado ese encuentro, así que debía de ser su imaginación.

—He oído hablar mucho de Renshaws —⁠dijo Burton⁠—. Tienen una buena reputación.

—¿Con quién está usted? —preguntó MacNeil.

—Tyzacks UK.

MacNeil los conocía. Era la subsidiaria inglesa de una gran compañía americana con fábrica en Hertfordshire y fama de agresividad para la comercialización.

—¿Hace mucho que está con ellos? — ⁠preguntó. No estaba demasiado interesado, no hacía más que seguir la conversación. Si Heslop había pensado que le gustaría conocer a Burton por el simple hecho de que trabajaban en la misma industria estaba equivocado; probablemente era lo único que tenían en común.

—Seis años —contestó el hombre—. Estuve cuatro en los Estados Unidos y me mandaron aquí de vuelta hace ya dieciocho meses cuando compramos Hondux.

—Ray es el gerente general — ⁠explicó Heslop.

MacNeil se sorprendió un poco.

—¿Ya están listos para otra vuelta? —⁠preguntó Burton⁠—. ¿Lo mismo, Gordon? ¿Está seguro de que no quiere otra cosa, Alan?

—No gracias —le dijo MacNeil—. Así está perfecto.

Burton recogió los vasos y se dirigió a la barra.

—¿Por qué quería que lo conociera? —⁠preguntó MacNeil. Estaba molesto, Heslop lo había engañado.

—Dijo que quería conocerlo a usted.

—¿Por qué?

—No me lo pregunte porque no lo sé.

—Es un gerente general, yo no puedo importarle un comino. Me sorprende que haya siquiera escuchado alguna vez mi nombre.

—¿Qué importancia tiene?

MacNeil no lo sabía, pero se sentía un poco inquieto.

Burton volvió con sus bebidas.

—¿Cómo anda su gente en este momento, Alan? —⁠preguntó mientras apoyaba los vasos en la mesa.

—Estamos con mucho trabajo. Pero yo no tengo nada que ver con producción o ventas.

—No —Burton se inclinó. Tenía una manera de hablar más bien fuerte, como si fuera un poco sordo⁠—. Ya he oído hablar de su trabajo. ¿No le gustaría unirse a nosotros?

MacNeil se sorprendió. No era eso lo que se esperaba.

—Ahora somos una gran empresa y nos vamos a agrandar todavía más —⁠prosiguió Burton⁠—. Acá y en el resto de Europa. Necesitamos gente adecuada, y cuando los conseguimos, pagamos bien.

MacNeil sabía que eso era cierto. También sabía que Heslop estaba evitando mirarlo. Así que era por esto que se sentía molesto, sabía de qué se trataba y sospechaba que a MacNeil no le gustaría el modo de encararlo. ¿Pero por qué? Burton le estaba haciendo una oferta justa y si no hubiera sido por el trabajo que todavía tenía que hacer en la unidad de control habría estado tentado de aceptar. Últimamente había pensado si no sería mejor dejar Renshaws. Irse enseguida. Pero sabía que Rosemary no querría. Y si lo hacía, no por eso iba a cambiar de carácter, por el solo hecho de vivir en otra parte; hasta podía empeorar si no podía ver a su madre una o dos veces por semana.

—Usted estaría a cargo del departamento —⁠estaba diciendo Burton⁠—. Con bastante mano libre y un presupuesto generoso. Y pagaríamos todos los gastos de su traslado, por supuesto.

—Gracias, pero mi respuesta es no —⁠le dijo MacNeil.

Burton no pareció desconcertado.

—Esto es lo que esperaba que dijera —⁠asintió⁠—. Pero me gustaría que lo pensara. Si cambia de idea hablaremos de las condiciones. No le haremos perder el tiempo.

MacNeil no lo dudaba, no lo hubieran buscado si no tuvieran esperanzas de que pudiera aceptar y debían saber que se necesitaba bastante más de lo que estaba ganando para tentarlo. Renshaws era una buena empresa, pero no se destacaba por pagar grandes sueldos a sus ejecutivos.

—Lo pensaré —prometió—. Pero no creo que cambie de idea.

—Me parece justo. Hágame saber su decisión lo antes posible. ¿De acuerdo?

MacNeil asintió.

Durante los siguientes diez minutos hablaron del tiempo y de deportes. Tenía la sensación de estar pasando el rato, de que el asunto principal ya estaba hablado. Burton miró su reloj y dijo que tenía que irse.

—Yo también —dijo Heslop.

MacNeil no lo sentía. Burton se había esforzado para ser amable pero de todas maneras la atmósfera era muy tensa. Se pusieron de pie y comenzaron a dirigirse hacia la puerta. Mientras estaban sentados, había entrado bastante gente y ahora las mesas estaban casi todas ocupadas. Había un hombre sentado solo cerca de la que acababan de dejar y MacNeil vio con sorpresa que se trataba de Bill Skinner. Estaba por detenerse para hablarle cuando Heslop dijo detrás de él:

—Hay algo que me gustaría conversar con usted antes de irme, Alan.

Skinner estaba leyendo el diario. Era probable que no lo hubiera visto, pensó MacNeil mientras salía.

Afuera había dejado de llover, pero aún hacía frío.

—Bueno, buenas noches —dijo Burton⁠—. Un gusto haberlo conocido, Alan. Espero sus noticias.

—Lo llamaré por teléfono —prometió MacNeil.

—Bien. Buenas, Gordon.

—Buenas noches, Ray —dijo Heslop.

Miraron cómo el hombre se alejaba por el estacionamiento y se metía en un Jaguar grande.

—Un tipo simpático, este Ray —⁠comentó el periodista.

—Si —el tono de MacNeil no era comprometedor⁠—. Usted dijo que quería hablarme.

—¿Eh? Ah, solo quería decirle que esperaba que no se hubiera molestado cuando descubrió por qué quería conocerlo. Yo no lo sabía. Esta tarde estábamos hablando y dijo que le gustaría conocerlo y que si yo podía arreglarlo.

—Está bien —MacNeil quería irse. Había algo desagradable en la ansiedad de Heslop por demostrar que él no era culpable. ¿Por qué tendría que culparlo? De todas maneras la oferta de Burton lo había perturbado.

—Salud entonces —dijo el reportero. Se alejó.

MacNeil pensó en la posibilidad de entrar y tomar una copa con Bill Skinner; tal vez hasta decirle lo que había pasado. Pero seguramente Skinner estaba esperando a alguien. Se dio vuelta y caminó hacia su auto.

Rosemary estaba en el living mirando un programa de noticias en la televisión. Cuando él entró lo apagó.

—No tardaste mucho —dijo.

—No.

Se había puesto un vestido más sentador y algo de maquillaje. Hasta su pelo estaba más prolijo. Se le acercó, puso sus brazos en torno a su cuello y lo beso. Era su manera de disculparse, más fácil, menos hiriente para su orgullo que decir algo. Tal vez estaba realmente arrepentida y odiaba haber sospechado, pensó MacNeil. O tal vez lo único que quería era descubrir si su chaqueta olía al perfume de otra mujer. Ni lo sabía ni le importaba, ya había pasado demasiadas veces.

—¿No te gustaría ir a la cama, Alan? —⁠murmuró.

Pensaba que con eso se arreglaba todo. Se preguntó si ella todavía creía amarlo. Pero había dudado demasiado.

—Está bien —dijo Rosemary suspirando y alejándose.

—No es eso —murmuró él—. Estoy cansado y… — ⁠¿cómo podía explicárselo?

—No necesitas decírmelo —su voz era otra vez amarga⁠—. De todas maneras yo me voy a la cama.

—Recién son las nueve menos cuarto.

—Yo también estoy cansada. Estuve todo el día en la cocina como una esclava.

—Subo enseguida.

Cuando Rosemary se fue MacNeil volvió a encender el televisor. Pero no veía lo que estaba pasando. Debí haber subido con ella, se dijo a sí mismo. Llevarle la corriente, aprovechar mientras duraba la buena racha. A lo mejor la ayudaba a olvidar los demonios que la perseguían.

Eran casi las 11.00 cuando apagó el televisor y se fue a acostar.

 

Ralph Fitzpatrick miró a la chica sentada enfrente de él y se preguntó qué lo había impulsado a decirle que cenaran juntos. Le gustaban más bien las mujeres atractivas y no demasiado inteligentes. Tal como había imaginado a Rita hasta que, demasiado tarde, descubrió que era más dura y tenía menos escrúpulos que él. Hacía ya dos años que lo había dejado por el maduro dueño de un garaje y un yate de diez metros. En cambio, esta chica no era su tipo; no le hubiera sorprendido enterarse de que hacía unos años había quemado su corpiño en público. No porque necesitara uno, pues con ese vestido sin forma era imposible adivinarlo. Sin embargo si se preocupara un poco por su aspecto, podría ser bastante linda. Ahora la estudió más de cerca y pudo ver que detrás de esos enormes anteojos tenía unos bonitos ojos oscuros y que su pelo estaba muy bien. Se había soltado la cola de caballo que usaba para trabajar y le caía suelto sobre los hombros.

De todas maneras haberla invitado había sido un error. Lo había hecho en un impulso cuando tropezaron en el corredor, por el simple hecho de que no tenía nada arreglado y no tenía ganas de pasar la noche solo. Fue un impulso ingenuo y se sorprendió cuando ella aceptó. Ahora lo mejor que podía hacer era llevarla de vuelta a su departamento y librarse de ella con la mayor elegancia posible. Tenía demasiada experiencia para complicarse con las chicas que trabajaban con él.

Sin embargo, lo intrigaba de una manera perversa. Era menos agresiva de lo que había esperado, más una persona que la personificación de una actitud.

—¿Podrías sacarte los anteojos? —⁠dijo.

—¿Por qué?

—Porque tienes lindos ojos y quiero ver cómo eres sin ellos.

—¿Mis ojos? —dijo con ironía. Pero se los sacó.

Le agradó ver que había tenido razón, que era linda. No bonita, sino atractiva.

—¿Por qué me invitaste a salir esta noche? —⁠preguntó.

Fitzpatrick estaba un poco desilusionado. Ella quería que la halagara, como las otras.

—Me pareció una buena idea —⁠dijo.

—No soy tu tipo.

Fitzpatrick hizo una mueca. Pensaba que lo hacía parecer juvenil y encantador.

—¿Cómo piensas que es mi tipo? ¿Rubias tontas con figuras neumáticas y pestañas falsas?

Anna sonrió.

—Yo no dije nada.

—Está bien, no sé por qué. Tenía ganas. ¿Estás arrepentida de haber dicho que sí?

—Extrañamente, no lo estoy.

—¿Por qué extrañamente?

—En realidad no lo sé. Tú tampoco eres mi tipo.

Podía imaginarse cuál era su tipo de hombre con tanta claridad como ella había imaginado el suyo; jóvenes entusiastas que se pasaban la velada discutiendo filosofía y política de izquierda. Todos intelectuales a medio cocinar.

—¿Y cuál es? —preguntó. Estaba acostumbrado a este finteo verbal y lo podía mantener sin prestarle más de la mitad de su atención.

—Casi lo opuesto a ti.

—Por lo menos eres franca.

—Lo siento, no quise ser ofensiva. Lo que quise decir es que lo estoy pasando mejor de lo que esperaba. Puedes tomarlo como un cumplido.

—Está bien —asintió sonriendo—. Te diré por qué. Estaba pensando en lo que haría esta noche; tenía ganas de salir pero no tenía a nadie. Entonces tropecé contigo y vi que tenías aire de estar harta. Me dije que en realidad no te conocía y que sería divertido descubrir si en realidad eras tan… —⁠Se detuvo.

—¿Tan qué? —Sus ojos lo desafiaron.

—Tan cerdo feminista como parecías.

Había esperado que se enojara, pero en lugar de eso se rio.

—Cerda —le dijo—. Cerdo hembra—. ¿Cuántos años tenía él? ¿Treinta y seis o treinta y siete? Ni siquiera sabía si era casado.

—Uno no habla de un chivo macho chauvinista — ⁠objetó Fitzpatrick.

—No —hizo una pausa—. Me molestó un poco⁠—. Era algo que había dicho Peter Haworth; ahora ni siquiera recordaba qué era.

—¿Qué hiciste hoy? —preguntó Fitzpatrick.

—Las pruebas finales del UC1. Ya sabes, la nueva unidad de control.

—¿Salieron bien?

—Sí, perfectas.

—Bien. ¿Quieres más café?

Anna sacudió la cabeza.

—No, gracias.

—¿Otra copa?

—No.

—¿Entonces podemos irnos, si estás lista?

—Sí —Anna estaba consciente de una súbita tensión.

Fitzpatrick pagó la cuenta y la ayudó a ponerse el abrigo. Cuando la tomó del codo ella dejó que su mano quedara allí, sin responder pero sin sacar el brazo. Hacía frío y al salir del cálido restaurant hacia el frío de la calle, tembló.

A Fitzpatrick le hubiera gustado manejar un Jaguar o un Mercedes. Esos eran autos que andaban de acuerdo con la imagen que tenía de sí mismo, pero Renshaws no se avenía a esos lujos costosos y había tenido que conformarse con un Ford Granada. Encontró el camino de vuelta al departamento de Anna sin tener que preguntarle y estacionó contra el cordón.

—¿Vas a subir? —preguntó Anna—. Tengo cognac. O, si prefieres, puedo hacer café. Dime lo que quieres.

Vaciló. El instinto le decía que ese era el momento de decir adiós e irse, pero por alguna razón incomprensible deseaba estar con ella.

—Me parece una buena idea —⁠dijo.