Huelga fraguada

Ian Stuart · Capítulo 15 de 20

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Huelga fraguada

Quince

 

 

—ESTE ES Chuck —⁠dijo Sandy.

Solo tres palabras, pero por la manera de decirlas MacNeil se dio cuenta de que a Sandy no le gustaba el joven que la había seguido hasta el living. Era alto, de casi un metro ochenta, larguirucho y con pelo claro descuidado, mandíbula débil y una media sonrisa irónica que parecía una característica permanente. Se paró en la puerta y miró a su alrededor.

—Te has arreglado muy bien —⁠dijo en un tono entre despreciativo y resentido. Sin esperar a que lo invitaran se sentó en un sillón y estiró las piernas, ignorando a MacNeil.

—Trabajé —dijo Sandy, molesta.

—¡Sí!

MacNeil podía sentir la tensión que había entre ellos y supo que Chuck no hablaría con libertad mientras él y Sandy estuvieran pinchándose.

—Sandy me dijo que trabajaba en la Corporación Tyzacks —⁠dijo.

—Sí, es cierto —el joven la miró⁠—. Pero no crea que dice siempre la verdad.

—Me equivoco —admitió Sandy.

Chuck se rio como si se tratara de un chiste malo que los dos compartían.

—¿Cuándo dejó de trabajar allí? —⁠preguntó MacNeil.

—Hace un mes.

—Lo despidieron —dijo Sandy.

—Asquerosos hijos de puta.

—¿Cuánto tiempo trabajó para ellos?

—Ocho años de porquería. Desde que me gradué —⁠Chuck miró a Sandy⁠—. ¿Qué te parece si me das un trago, eh?

MacNeil pensó que no debía ser el primero del día. Ni el tercero o cuarto. Pero a lo mejor convenía, unas cuantas copas podían soltarle la lengua.

—¿Alan? —preguntó Sandy.

MacNeil no tenía especiales ganas pero consideró una buena política acompañar a Chuck.

—Gracias —dijo.

Sandy fue hasta un armario, sacó una botella y dos vasos y los llevó a la cocina. MacNeil sintió que abría la heladera y luego, el ruido del hielo.

—¿En qué trabajaba en Tyzacks? —⁠preguntó.

—Era el ayudante especial de Carter Willis — ⁠después de lo que había dicho de Tyzacks había algo ridículo en el evidente orgullo del muchacho.

—Suena como un trabajo de mucha responsabilidad. Debe de haberse enterado de muchas cosas.

Chuck hizo una mueca desagradable.

—Bastaría con saber la mitad — ⁠dijo⁠—. En sus ojos apareció una mirada astuta⁠—. ¿Por qué está tan interesado en Tyzacks?

—Curiosidad —le aseguró MacNeil⁠—. Están por comprar una compañía en la que trabajaba.

—Pobres desgraciados.

—¿Tyzacks?

—Su gente. Los de Tyzacks son unos estafadores — ⁠Chuck todavía estaba resentido por la injusticia de la que pensaba haber sido víctima.

Sandy volvió con las bebidas. MacNeil notó agradecido que en la de él no había puesto hielo, sino un poquito de agua. Chuck se tragó la mitad de su whisky y se limpió la boca con el dorso de la mano. Sandy lo contemplaba, con el rostro convertido en una máscara.

MacNeil sospechó que el muchacho no estaba lejos de ponerse sentimental y que entonces hablaría. Por otra parte a lo mejor lo único que hacía era seguir ventilando su autocompasión.

—¿Lo embromaron? —le preguntó interesado.

—Al diablo si no lo hicieron. Después de todo lo que yo hice por ellos. Y nada más que porque le dije la verdad a Willis.

—¿Qué pasó? —preguntó Sandy. Estaba sentada en el brazo del sofá al lado de MacNeil.

—Me escuchó cuando estaba diciendo que era un taimado bastardo.

—¿Y era taimado? —preguntó MacNeil.

—Es bastardo. De veras. ¿Cómo cree que llegó adonde está? Es el bastardito de Walter K. Por eso. Y papá no quiere presentarlo a sus preciosos amigos de la sociedad. Es muy quisquilloso con ese asunto.

—No sabes nada —le dijo Sandy en tono enojado. Se veía que ya lo había escuchado antes.

—Claro que sé. Y también sé quién es la madre; una tipa que hacía striptease y que su viejo conoció en Cleveland —⁠se rio Chuck.

MacNeil se preguntó si sería verdad. Ayer había captado algo raro en la actitud de Tyzacks hacia el hombre más joven y lo había atribuido a una preferencia por su hábil protégé, pero si siempre había deseado un heredero y ninguna de sus mujeres se lo había dado, eso podría explicarlo. Tal vez, él también tenía sentimientos de culpa.

—Tome otra copa —sugirió.

—Sí —dijo Chuck, terminando el whisky de su vaso.

—No creo… —comenzó Sandy. Se detuvo al pescar la mirada de MacNeil. Llevó a la cocina el vaso vacío de Chuck.

—¿Alguna vez oyó hablar de Proctors, una compañía inglesa? —⁠preguntó MacNeil. Era un tiro en la oscuridad, pero se dio cuenta de que había acertado.

—Seguro. Fue un gran negocio —⁠sonrió Chuck.

Sandy volvió con el vaso (mucho más lleno esta vez, notó MacNeil) y Chuck lo agarró con ansia.

—Yo hacía todo el trabajo de preparación de Willis — ⁠alardeó⁠—. Averiguar cosas para él. Había una empresita en Ohio. Una cosa chica. El viejo propietario no quería vender, así que la fábrica se quemó. Eso le hizo cambiar de idea.

—¿Hiciste eso? —preguntó Sandy, horrorizada.

—No, demonios.

—¿Pero lo sabías?

—Yo lo arreglé —el tono de Chuck era desafiante.

—MacNeil sospechó que estaba mucho más comprometido de lo que quería admitir. Y sin embargo Willis lo había despedido. O había estado tan furioso cuando Chuck lo llamó bastardo como para no pensar en las consecuencias —⁠y eso no concordaba con su carácter⁠— o tenía agarrado al muchacho de algún modo como para asegurarse su silencio. MacNeil se inclinaba a pensar que se trataba de esto último.

—No sabe nada —dijo Sandy enojada⁠—. Se manda la parte.

—¿Crees que no? Podría contarte… —⁠Chuck se detuvo de golpe y en su cara apareció una expresión de astucia.

—¿Cuál fue la verdadera razón por la cual lo despidieron?

—Ya se lo dije; no le gusta la verdad.

—Esa no es la razón. Hoy en día, a la gente no le importa tanto eso.

Chuck lo miró con ojos nublados por la bebida. Estaba dividido entre el miedo de hablar y el resentimiento, pero el whisky había debilitado sus inhibiciones.

—Me pescó mirando unos papeles — ⁠murmuró.

—¿Qué papeles?

—Algo sobre un nuevo proyecto. Se enojó mucho, yo lo llamé bastardo taimado y me despidió.

—El proyecto tenía que ser importante —⁠y secreto⁠— para que Willis lo despidiera sabiendo tanto, pensó MacNeil.

—¿De qué se trataba? —preguntó.

—Un nuevo tipo de unidad de control. Habían gastado tanta plata en eso que… —⁠la voz de Chuck se perdió en la nada.

MacNeil trató de ocultar su sorpresa. Había estado manoteando en la oscuridad, y lo que menos esperaba oír era eso. Pero no se animaba a demostrarle a Chuck lo importante que era. Se esforzó por hablar con calma.

—¿Qué hace ahora?

—Tenedor de libros en una compañía piojosa de Brooklyn. ¡Yo! —⁠parecía que iba a escupir⁠—. Necesito otro trago.

Sandy miró a MacNeil, que sacudió la cabeza.

—Ya tomaste bastante —dijo—. Será mejor que te vayas mientras puedas llegar a tu casa.

Chuck la contempló con odio, y de alguna manera se puso de pie.

—Creo que me doy cuenta cuando sobro —⁠le dijo⁠—. Ustedes dos tienen por delante una nochecita íntima. Tempranito a la cama, ¿no?

Sandy se ruborizó.

—La tendremos cuanto te vayas —⁠le dijo.

MacNeil se contuvo y esperó hasta que Sandy logró sacar a Chuck del departamento.

—Lo siento —murmuró cuando volvió al living, evitando mirar a MacNeil, como si el contacto con Chuck la hubiera ensuciado⁠—. No sabía que se había vuelto alcohólico.

—¿Lo conocías bien?

—Creo que sí; estuvimos casados casi dos años.

MacNeil deseó que no viera la expresión de desagrado en su cara, porque sabía que no podía ocultarla. Pensó en ella, casada con ese borracho, con ese sinvergüenza malvado… Se preguntó por qué no lo había pensado; por qué había supuesto que era un muchacho al que ella había conocido hacía unos años y al que no apreciaba especialmente. Ahora entendía su resistencia a hablar de la noche anterior. Debía odiar la idea de ponerse de nuevo en contacto con él. Sin embargo se lo había ofrecido para hacerle un favor.

—Supongo que tendría que habértelo dicho —⁠murmuró⁠—. Chuck es algo que trato de olvidar.

—No te lo hubiera pedido sabiendo de qué se trataba —⁠le dijo MacNeil.

—Pensaste que te podía decir algo.

—Sí. Y así fue. Estoy muy agradecido.

—No tienes por qué —le dijo Sandy enojada⁠—. No lo hice para que me lo agradecieras.

MacNeil no dijo nada y después de un rato Sandy agregó con una sonrisa amarga:

—Lo siento, Alan.

Él la rodeó con el brazo.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Acaso no lo sabes?

Creyó adivinarlo y supo que se lo tendría que decir ahora, antes de que fuera demasiado tarde. Tal vez ya era muy tarde.

—¿No sirve, no? —le dijo con suavidad⁠—. No tenemos futuro.

Sandy se alejó y le habló con voz tensa.

—Ya veo.

—No vale la pena engañamos.

—No, supongo que no. Fui una tonta al pensar que podía ser.

—Tu vida está aquí. En un par de días estaré volando hacia mi país.

Ella lo miró.

—¿Eso es todo?

—¿No es suficiente?

—No; si…

—¿Si qué?

—Si no quieres que sea así —⁠dijo despacio.

—¿Ya sabes lo que quiero, no? —⁠preguntó MacNeil. Ahora lo podía decir con una seguridad que lo asombraba.

—No, no lo sé.

—Te quiero a ti. No por una o dos noches. Para siempre. Pero no pretendo que tú pienses lo mismo.

—¿Por qué?

—Para empezar, soy muy viejo.

Sandy se rio.

—Tienes treinta y siete años.

—¿Cómo lo sabes?

—Anoche miré tu pasaporte mientras te estabas duchando. Quería ver tu fotografía. ¿Te molesta?

—No, por supuesto que no.

—Yo tengo veintisiete. ¿Qué son diez años, por Dios? Mi padre tiene doce años más que mi madre y son muy felices.

—Estoy sin trabajo.

—¿Pero lo tendrás pronto, no es así? —⁠sonrió dudosa⁠—. ¿Esa es la mejor excusa que pudiste encontrar?

—Es todo lo que tengo —sonrió MacNeil. Se sentía casi liviano.

—¿Así que todo va a salir bien?

—Cuatro mil kilómetros es mucho.

Sandy volvió a reír con una mueca de felicidad.

—Siete horas —dijo—. Tres con el Concorde. Me parece que no es tanto.

—¿Cuándo vas a ir a buscar tus cosas al Flora? —⁠le preguntó Sandy más tarde, cuando estaban en la cama, el brazo de MacNeil a su alrededor y la cabeza en su hombro.

—Mañana. Me siento raro entrando allí nada más que para afeitarme.

—¿Por qué no ahora? Podría preparar algo para comer mientras vas. O si prefieres podemos ir a comer a algún lado.

—Comamos aquí y salgamos después.

—Está bien, tú mandas —MacNeil le mordió la oreja.

—¡Eh!

—Creí que estabas liberada.

—Me parece que me gusta un poco de cada cosa —⁠lo besó, un largo beso que siguió su camino.

—¡Epa! —protestó riendo—. Tengo que empezar a preparar algo si vamos a comer aquí.

MacNeil saltó de la cama y empezó a vestirse.

Cuando llegó a la calle se detuvo y miró para ambos lados. No había nadie a la vista. Se sentía inquieto, le costaba creer que Willis hubiera abandonado la partida. Se encogió de hombros y caminó hacia la Quinta Avenida.

MacNeil miró por sobre su hombro. Las luces estaban todavía allí, a cien metros de ellos. Estaba nervioso, se dijo, probablemente se trataba de otro auto común.

Había visto al Mercedes rojo separándose del cordón de la vereda cuando salieron del departamento. Había estado allí, esperando en la esquina, la cara del conductor oculta por un diario, cuando salieron del estacionamiento de varios pisos. Otros vehículos se habían interpuesto entre ellos y habían doblado, pero cada vez que buscaba las luces ahí estaban, primero cerca, después más alejadas a medida que iba desapareciendo el tráfico.

—Baja la velocidad —dijo.

Sandy obedeció. El velocímetro cayó de setenta y cinco a sesenta, luego a cincuenta. Después de uno o dos minutos las luces no se habían acercado.

—¿Es ese auto de ahí atrás? — ⁠preguntó.

Así que ella también lo había visto; él había notado que miraba el espejito retrovisor varias veces en los últimos kilómetros.

—Es un auto cualquiera yendo a alguna parte —⁠dijo⁠—. Ya nos enteraremos. Acelera y da vuelta en la próxima esquina.

Un kilómetro más allá salía un caminito hacia la izquierda. Sandy controló que el camino principal estuviera libre y dobló sin hacer señas. El Ford se tambaleó, hundiendo la suspensión. Doblaron y empezaron a trepar. MacNeil miró hacia atrás. El otro auto seguía detrás.

—¿A dónde lleva este camino? —⁠preguntó.

—No sé —contestó Sandy—. Supongo que a otra autopista.

El conductor de atrás no mostraba ningún deseo de acercarse y MacNeil se preguntó qué intenciones tendría. A lo mejor los mantenía en observación y los seguiría de vuelta al departamento. Esperó unos veinte minutos y volvió a mirar. Era difícil darse cuenta en la oscuridad, pero le pareció que ahora las luces estaban más cerca.

—¿Bajo la velocidad para ver si nos pasa? —⁠preguntó Sandy.

MacNeil miró el velocímetro, andaban a sesenta, setenta debía ser el límite en este camino.

—No —le dijo— acelera.

Sandy apretó el pie contra el acelerador y el velocímetro trepó. Ahora el camino era más empinado. A la luz de los faros MacNeil podía verlo desenrollándose a lo largo de un precipicio, las colinas surgiendo casi desde el borde izquierdo. A la derecha caía a pico. No había baranda.

—Calma —dijo.

Ahora no tenían dudas, el otro conductor había acortado distancias. Su auto parecía ocupar tres cuartas partes del camino y se acercaba.

—Ahora vamos —murmuró Sandy.

Miraba con atención el camino que tenía delante. MacNeil se dijo que el otro conductor no podría pasarlos allí, sería una locura. Si quería detenerlos tendría que esperar un tramo más ancho, más derecho, pasarlos y parar cuando el camino volviera a hacerse angosto.

Estaba detrás de ellos, a una distancia equivalente a dos autos. De pronto puso los faros altos.

—¡Maldición! —dijo Sandy con violencia. Bajó el espejito.

—No te muevas —dijo MacNeil—. Trata de mantenerlo ahí.

Demasiado tarde. Ya el otro conductor aceleraba, forzando su auto entre el Ford y el talud del costado. Sandy apretó los dientes y se afirmó.

Ahora el Mercedes estaba al lado de ellos. MacNeil miró al conductor desde unos sesenta centímetros, y a la débil luz de la luna, reconoció las facciones rechonchas de Carter Willis. Pretendía sacarlos del camino.

La curva se acercaba velozmente. Si Sandy perdía la cabeza y se desviaba unos centímetros para la izquierda, rozaría al Mercedes y saldrían despedidos por el precipicio. Si frenaba, iban a resbalar en la grava suelta del camino con el mismo resultado.

Durante un segundo Willis los miró, y MacNeil pudo ver que sonreía. Luego volvió a concentrarse en el volante del Mercedes.

Su paragolpes golpeó al Ford justo adelante de la rueda delantera derecha. Se sintió un ruido a metales y los dos autos se sacudieron con violencia.

—¡Dios! —jadeó Sandy.

Ya casi estaban en la curva. MacNeil vio al auto rojo apuntar hacia ellos y se sostuvo con fuerza. Esta vez Willis tenía un poco más de espacio para maniobrar y su auto golpeó el Ford en pleno. El choque fue brutal, y en medio del sonido de metales arrancados el Ford saltó por el borde.

A MacNeil le pareció que giraban por el espacio. El motor todavía rugía y en algún lugar adelante de él golpeaba algo metálico. Supuso que parte de la carrocería se había desprendido, y esperó el impacto.

Cuando llegó, su cuerpo se forzó contra el cinturón de seguridad. Pero el auto seguía cayendo. Hubo otro impacto menos violento que el primero, y empezaron a rodar una y otra vez de costado. Se preguntó medio mareado cuánto faltaría para el final de la cuesta. El tercer golpe, esta vez más fuerte que el primero, llegó antes de lo que se esperaba. Se dio la cabeza contra el costado y por uno o dos segundos estuvo al borde de la inconsciencia.

Cuando se le pasó el mareo, se dio cuenta de que ya no rodaban. El motor se había parado y el silencio era casi pavoroso. Sentía el cuerpo como si se lo hubieran apaleado y el cinturón le había cortado un hombro, pero sabía que tenían que salir del auto, en cualquier momento podía incendiarse. Buscó como un desesperado el cierre del cinturón, maldiciendo el temblor de sus manos. Al final encontró el botón, lo apretó y quedó libre.

A su lado Sandy colgaba como un trapo del asiento, con la cabeza en el pecho y los ojos cerrados. MacNeil desabrochó su cinturón y Sandy cayó de costado contra él. La empujó con suavidad y se inclinó para tratar de abrir su puerta. No se movía. Juntando todas sus fuerzas empujó más. La manija se movía pero la puerta solo se abría algunos centímetros; algo pesado la trababa y no la dejaba abrirse.

Abandonó el partido y se dedicó a la puerta de su lado. Se abrió enseguida y casi cayó al suelo, invadido por el alivio. Se agachó y puso los brazos bajo las axilas de Sandy, la levantó lo más despacio posible y la arrastró fuera del auto. El esfuerzo terminó con sus escasas fuerzas y descubrió que temblaba, pero no se atrevió a detenerse.

La luz era apenas suficiente para ver que estaban a mitad de la cuesta. Había algunos árboles salpicados aquí y allá, el auto se había estrellado contra uno de ellos. Por eso no se abría la puerta de Sandy; el tronco estaba presionándola.

MacNeil respiró hondo y notó algo, un olor, débil al principio pero que iba en aumento. Gasolina. El tanque o un caño debía haberse roto cuando el auto rebotó contra el suelo. Levantó a Sandy por los hombros y la arrastró, hasta alejarse del lugar del accidente.

Había logrado hacer cuarenta metros cuando sintió un estallido detrás de él. La explosión casi lo arroja al suelo y una ola de calor le pasó por la espalda, pero estaban a salvo. Apoyó a Sandy en el pasto y esperó que sus miembros recuperaban la fuerza.

En su ansiedad por alejarse del auto había olvidado el silencio ominoso de Sandy, pero ahora volvió a sentir miedo y se arrodilló en el suelo a su lado para tomarle el pulso. Estaba allí, débil pero estable. Después de un rato, se movió.

—¿Qué pasó? —murmuró.

—Nos salimos del camino —le dijo MacNeil.

—¿Dónde estamos?

—A mitad de camino de la ladera. Un árbol nos detuvo. ¿Estás bien?

Asintió débilmente y se quejó de dolor.

—Eso creo. ¿Y tú, Alan?

—Sí —la rodeó con el brazo y la ayudó a sentarse.

—¿Dónde está el auto? —preguntó. Entonces vio las llamas y se estremeció.

—Está bien —le dijo MacNeil— estamos a salvo.

—¡Ay, Alan!

Empezó a llorar despacio, las lágrimas cayendo de sus ojos casi como si no se diera cuenta. Él la abrazó y se quedaron allí, aferrados el uno al otro.

—Lo siento —dijo Sandy con una débil sonrisa.

—¿Seguro que no tienes nada roto? — ⁠le preguntó.

—Creo que no; puedo mover bien los brazos y las piernas —⁠MacNeil la ayudó a ponerse de pie⁠—. Me siento como si un tren me hubiera pasado por encima.

—Había una casa más o menos a medio kilómetro de aquí, ¿crees que podrás caminar hasta allí? Quizás tengan un teléfono.

—Espero.

Subieron la cuesta muy despacio, MacNeil tuvo que ayudarla. Cada pocos metros se detenían a descansar. A él le dolía mucho el hombro ahora, y supuso que no se trataba solo de la cortadura del cinturón de seguridad sino de algún golpe contra el costado del auto cuando rodaban cuesta abajo.

Una vez que llegaron al camino, todo se hizo más fácil.

—Hace un mes que compré ese auto —⁠se lamentó Sandy.

—¿Estaba asegurado, no? —preguntó MacNeil.

—Sí, por supuesto. Pero le había tomado cariño, era el mejor auto que tuve.

Por un rato MacNeil no dijo nada.

—¿Viste quién manejaba el Mercedes? —⁠preguntó después.

—No. ¿Y tú?

—Willis.

Sandy se detuvo y lo miró asombrada.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¡Dios!

MacNeil sospechaba que, hasta entonces, una parte del cerebro de Sandy se había negado a aceptar todo lo que él le había contado, pero ahora sabía que era verdad. Un poco más adelante, sobre el camino, vio una lucecita.

—Allí está la casa —dijo.