Huelga fraguada
Catorce
ERA UNA mañana soleada aunque fría y ya había gente en Washington Square cuando MacNeil pasó bajo el gran arco al final de la Quinta Avenida y tomó un ómnibus para ir a la calle 35. Pensó que era probable que Willis hiciera vigilar el Flora, pero, de todas maneras, tenía que arriesgarse.
El hall de entrada estaba desierto, solo había un empleado con cara aburrida, MacNeil caminó hasta el ascensor y apretó el botón. En algún lugar del quinto piso alguien estaba usando una aspiradora. Sacó la llave y entró en su habitación, cerrando la puerta. Las cortinas estaban todavía corridas como las había dejado y el aire le pareció frío.
Una vez bañado y afeitado se sintió mejor. Su cara mostraba las señales de los golpes y le dolía el hombro, pero por lo demás no se sentía demasiado mal después de su encuentro de la noche anterior en James Place.
Sandy quería que se mudara a su casa porque pensaba que allí estaría más seguro, pero a pesar de estar muy tentado de hacerlo, se dijo que en la mañana podía haber cambiado de idea; además, si lo hacía, la estaría metiendo en un lío.
Había otra razón para su indecisión; Sandy lo atraía de una manera extraña, como hacía tiempo no lo atraía ninguna mujer. No era algo meramente físico, pero de todos modos no tenían ningún futuro juntos. En uno o dos días tendría que volar a su país y era difícil que volviera a Estados Unidos. No quería tener una relación casual con ella, e irse a vivir a su departamento no haría más que empeorar las cosas.
Miró su valija y el bolso apoyados en el piso, y de mala gana salió de la habitación.
En la esquina había una cafetería. Encontró un asiento libre en el mostrador del fondo y estudió el menú pintado en la pared enfrente de él. Cuando se acercó la camarera negra, le pidió un café y un bollo relleno con panceta y huevos fritos. Parecía repulsivo, pero resultó ser sabroso y consistente y el café era excelente.
Cuando terminó de comer miró su reloj, decidió que era mejor esperar otros veinte minutos y pidió más café. Sandy ya estaría camino al negocio. Aunque eran más de las nueve, seguía llegando gente para desayunar, camino al trabajo.
Esperó otros diez minutos, pagó su cuenta y salió. Del otro lado de la calle a unos doce pisos del suelo los edificios estaban iluminados por el sol, pero allí abajo en esa garganta de concreto todo estaba en sombras. Dobló a la derecha y luego a la izquierda, por la calle donde tenía las oficinas Mark Stern.
La chica de la recepción lo miró cuando atravesó la puerta, y MacNeil se preguntó si se acordaría de él.
—Quisiera ver al señor Stern —le dijo.
—Salió —dijo la chica. Sus ojos se encontraron y ella desvió la vista, ruborizándose.
Ni siquiera sabía mentir, pensó MacNeil. Desde detrás de la puerta de la oficina de Stern llegó el ruido metálico del cajón de un archivo al cerrarse.
—Voy a entrar —dijo.
—No puede —la chica parecía alarmada —. Está con otra persona.
—¿Cómo es posible si no está? —preguntó MacNeil.
Caminó alrededor de su escritorio y empujó la puerta. Stern estaba parado al lado de un archivo, con una pila de papeles en la mano. Cuando se abrió la puerta miró a su alrededor y MacNeil vio un chispazo de temor atravesar sus facciones oscuras. Luego sonrió. No hubiera convencido a una criatura, pero MacNeil reconoció que de todas maneras tenía que haberle costado un gran esfuerzo.
—Ah, hola Alan —Stern apoyó los papeles y le dio la mano—. No esperaba verlo de nuevo tan pronto. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Su empleada me dijo que no estaba —le dijo MacNeil.
La sonrisa de Stern se borró.
—Yo le pedí que dijera eso; tenía que hacer un trabajo y no quería que me molestaran. Pero con usted es diferente. Siéntese.
MacNeil ignoró la invitación.
—¿Usted le dijo a Tyzacks que Astley había muerto? —preguntó.
La sorpresa de Stern parecía genuina.
¿Yo? No. ¿Por qué tendría que hacerlo?
—No lo sé, Mark. Pero tampoco hay una razón para que no lo haya hecho. Usted habló con ellos después de mi visita de anteayer, ¿no?
Stern se sentó de golpe.
—¿Cómo se le ocurre?
—Son clientes suyos, ¿no es así? Como Renshaws.
—Hemos hecho algunos negocios. Está bien, son clientes. ¿Y qué?
—Puede haber saltado cuando estaba hablando con ellos de otras cosas. Lo mismo que mis preguntas sobre su empresa.
—No lo hice.
—¿Pero sí les dijo que yo había estado aquí?
Stern se movió, incómodo, y no dijo nada.
—¿Cuánto valen ellos para usted, Mark?
Escuche Alan, ¿de qué se trata todo esto?
—¿Cuánto valen?
No puedo contestar esa pregunta. Está bien, es una buena cuenta en este momento y va a pagar mucho más aún, pero…
—Así que no le gustaría nada perderla. No puede permitírselo, ¿no?
—Sobreviviría.
No le gustaría nada probar. Por eso no quiso que yo causara problemas. Y por eso llamó a Willis para prevenirlo apenas me fui.
—Está loco —dijo Stern—. Lo previne para su bien. Podría terminar con más líos de los que se imagina. Pueden llegar a jugarle fuerte.
—Ya lo sé —asintió MacNeil—. Ayer, Willis me llevó a la terraza del World Trade Center. Allí tenía un hombre esperando a que él me señalara; y cuando me fui, me siguió. Anoche me saltó encima con un cuchillo. Solo dos personas sabían que yo iba allí, Mark: Willis y Tyzacks.
Stern empezó a sudar.
—No harían una cosa semejante —protestó—. Debe de haber sido algún drogadicto.
—Los drogadictos no siguen a la gente todo el día y esperan varias horas para atacarlos —dijo MacNeil—. Usted le avisó a Willis que yo había estado aquí y él quiso sacarme de en medio. ¿Qué les dijo, Mark? —MacNeil se acercó unos pasos al escritorio.
—Nada —Stern parecía tener dificultad para hablar.
MacNeil se inclinó sobre él. El americano vio la expresión de sus ojos y se retractó.
—Ok, le dije que usted había estado aquí y que me había hecho algunas preguntas sobre Tyzacks. Eso es todo. No vi que tuviera nada de malo. Y no le dije que George Astley había muerto.
—Está bien, ahora me va a decir todo lo que pueda. Todo lo que no quiso decirme ayer.
—Ok, Ok —Stern casi tartamudeaba —. Pero por el amor de Dios, siéntese. No puedo ni pensar con usted parado allí.
MacNeil se sentó.
—Walter tenía una buena reputación durante la guerra; estuvo en el estado mayor junto con Eisenhower en Francia y terminó siendo coronel. Su primera mujer fue una chica de la sociedad que conoció durante la guerra y de la cual se divorció —Stern se mojó los labios, nerviosos Su padre trabajaba con una de las grandes empresas de electrónica y después de la guerra se retiró para instalarse por su cuenta. Walter se unió a él. Cuando el viejo murió, hace diez, doce años, Tyzacks andaba bien, pero no llegó a lo que es ahora hasta que Walter convirtió a Carter Willis en su mano derecha. Eso habrá sido unos cinco años atrás. Ahora él maneja todo. Walter tiene una mujer joven, la tercera, y tal vez ya no esté tan interesado en los negocios.
—¿De dónde salió Willis?
—Dicen que se graduó en Economía en Harvard, y que empezó a trabajar en una de las fábricas de Tyzacks. La hizo crecer, pero en el proceso se creó muchos enemigos. Desde que Walter lo trajo a Nueva York no ha habido forma de pararlo.
—¿Qué más sabe? —Tiene que haber más, pensó MacNeil.
El nerviosismo de Stern, que se había hecho menos aparente mientras hablaba, retomó.
—Es soltero.
—¿Mujeres?
—No que yo sepa.
—¿Eso significa…?
—No significa nada —parecía como si Stern estuviera arrepentido de todo lo que había dicho—. Es un loco por los autos veloces.
¿Qué le había contado en realidad? —se preguntó MacNeil. Nada que no fuera más o menos del dominio público. A lo mejor no sabía nada más. Pero si no era así, no lo iba a revelar aunque lo amenazara, y MacNeil no estaba dispuesto a usar la violencia.
—¿Para qué le sirve todo esto? —preguntó el americano.
—Tal vez para nada —admitió MacNeil— pero a lo mejor ayuda —se puso de pie—. Puede seguir con su trabajo. Y no necesita preocuparse, no le diré a Willis lo que acaba de contarme.
La chica de pelo lacio lo miró al pasar y le dirigió una mirada resentida. MacNeil la ignoró y bajó por el ascensor. Se preguntó si Stern ya estaría telefoneando a Willis. Tal vez sería mejor mudarse del Flora, aunque fuera a otro hotel. Recordó que había prometido a Sandy que la llamaría.
—Hola —dijo—. ¿Por qué te fuiste así?
—Me pareció mejor volver al Flora antes de que hubiera mucho movimiento y no quise despertarte —le dijo MacNeil.
—Me hubiera gustado —parecía divertida—. ¿Dónde estás?
—En la Quinta Avenida. Fui otra vez a ver a Stern. ¿Podrás encontrar a ese hombre que trabajó para Tyzacks?
—Ya lo hice. Viene al negocio después de las seis. Pero ya no trabaja allí.
—Ah —MacNeil se sintió desilusionado—. ¿Estás ocupada al almuerzo?
—Creo que sí.
No era razonable que le molestara, pensó. No podía entrar en su vida y esperar monopolizarla.
—Tengo que encontrarme contigo —continuó Sandy.
—¿Sí? Qué bien.
—Supuse que te gustaría —se interrumpió—. Alan, llamé a la Municipalidad. No sabían nada de una encuesta habitacional.
—Ah —dijo MacNeil en un tono diferente.
—¿Ya te has ido del Flora?
No.
—¿Por qué?
No sabía cómo explicarle.
—Te lo diré cuando te vea.
—Ok —dijo Sandy.
Quedaron en hablarse a la una y MacNeil colgó.
En la Quinta Avenida llamó a un taxi y le dijo al conductor que lo llevara a Wall Street.
El empleado del agente de Bolsa era un hombre de mediana edad con pelo ralo, anteojos sin armazón y la seguridad de un vendedor. MacNeil le explicó que estaba en Nueva York por unos días y que quería unos consejos sobre inversiones.
—Es una buena idea, señor —aprobó el empleado—. ¿Puedo saber si ha pensado en algo en especial?
—Quisiera algunas acciones seguras para una inversión a largo plazo.
—De acuerdo. ¿Qué suma piensa invertir?
—Unos cien mil dólares —le dijo MacNeil. El hecho de no tener el dinero no significaba necesariamente que estuviera mintiendo, pensó.
El empleado pareció todavía más interesado.
—Ahora hay algunas buenas oportunidades.
—Estaba pensando en poner una parte en compañías electrónicas —dijo MacNeil.
El hombre asintió con aire de experto.
—Son un campo de primera y si su idea es una inversión a largo plazo, algunas de las acciones están bajas en este momento —le mencionó tres o cuatro nombres famosos y MacNeil los anotó en su agenda.
—No ha mencionado a la Corporación Tyzacks — señaló—. Me han dicho que es una compañía fuerte con buenas perspectivas.
—Bi… en, señor. No, no la he mencionado —el empleado fue hasta un fichero, sacó una carpeta y de allí una tarjeta escrita en letra chica que era una verdadera masa de datos—. En este momento no recomendamos comprar Tyzacks. Opinamos que las acciones están un poquito altas.
—¿Ah? —dijo MacNeil.
—No me interprete mal, es una buena empresa y tiene buenos antecedentes, muy buenos, pero… —el empleado se detuvo, indeciso.
—¿Sí? —lo alentó MacNeil.
—Bien, las últimas cifras sugieren que puede haber un problema de liquidez. Han invertido mucho en investigación y pasará algún tiempo antes de que lo recuperen. En este momento, el mercado no los mira con muy buenos ojos.
—En ese caso me olvidaré de ellos —dijo MacNeil.
—Por favor, señor, no quiero decir que no puedan volver a ser interesantes —el empleado parecía preocupado. Tal vez pensaba que había sido demasiado derrotista con un posible cliente— pero en los últimos meses las acciones han bajado varios puntos y tienen problemas.
—Gracias —dijo MacNeil—. Pensaré en las otras acciones y volveré para charlar con usted.
—Será un placer, señor MacNeil —el empleado resplandecía—. Nos sentimos felices de haber podido ayudarlo, señor.
MacNeil salió a la calle. Lo que acababan de decirle era muy interesante.