Huelga fraguada
Siete
LA GENTE caminaba sola o en pequeños grupos por la calle. Eran piquetes de huelguistas que habían llegado temprano para detener a cualquiera de los trabajadores de Renshaws que pudiera aparecer antes de su hora habitual por desafío o ignorancia de la huelga, y algunos de ellos llevaban carteles. Cuando Astley los pasó miraron al Rover con abierta hostilidad. Uno o dos le gritaron. Se preguntó cuánta gente los desafiaría y cuánta concurriría como de costumbre. En la próxima hora lo sabrían.
Estacionó su auto y subió la escalera que llevaba a su oficina. Allí apoyó el portafolios en su escritorio y caminó hasta la ventana. Alcanzaba a ver las verjas y parte de la calle. Ya había gente reunida afuera, diez o doce hombres y algunas mujeres y mientras miraba llegaron más.
¿Alan iría a Nueva York? La noche anterior había aparecido Rosemary diciendo que lo había abandonado. Al parecer habían tenido una fuerte pelea después de su partida. Ahora Alan estaría menos dispuesto a ir.
Y aun si fuera, Astley no estaba seguro de que pudiera enterarse de algo. Tyzacks era una compañía muy grande con una buena reputación ¿qué podía averiguar un hombre sin conocimientos ni contactos adecuados?
Alguien había cerrado las verjas y Astley podía ver a Boothroyd hablando con los piquetes de huelguistas. Un hombre empujó a uno de ellos a un lado y empezó a abrir las verjas. Algunos más se deslizaron por allí y por un buen rato hubo forcejeos, mujeres que se agachaban y corrían hacia el patio esquivando los piquetes furiosos. Astley escuchó gritos de: «¡Carneros!» detrás de ellos. Las verjas volvieron a cerrarse con un golpe.
Al aparecer más autos, los piquetes de huelguistas se adelantaron, discutiendo con la gente que iba en su interior. Uno de los autos avanzó, casi atropellando a un hombre que llevaba un cartel y que se puso delante. En unos pocos minutos la calle estaba atascada y otros automovilistas empezaron a hacer sonar sus bocinas. Entonces algunas de las mujeres que se habían quedado a mirar en el patio abrieron una de las verjas y tres autos avanzaron en medio de un coro de insultos.
Astley vio que Skinner estacionaba y se dirigía hacia la puerta del pie de la escalera. Se alejó de la ventana, se sacó la chaqueta y abrió su portafolios. Huelga o no, él tenía mucho trabajo que hacer.
Pero le fue imposible concentrarse y, después de un rato, volvió a la ventana. Ya había llegado el último de los que habían decidido ir a trabajar ese día y algunos de los piquetes se estaban retirando, yendo a sus casas o al café, para protegerse del viento helado.
Sonó el teléfono en el escritorio de Astley, y se acercó para contestar.
—Habla Saunders, señor. Pensé que querría saber que se han presentado a trabajar ciento veintinueve operarios del equipo de producción.
Menos de la mitad, pensó Astley. Aun tomando en cuenta casos de enfermedad y el ausentismo normal, significaba que una buena cantidad de gente estaba apoyando la huelga. Muchos de ellos de mala gana, porque no estaban preparados para enfrentar las consecuencias de desafiar a los piquetes. A nadie le gusta que lo llamen camero, o aguantarse lo que viene después.
Solidaridad, se dijo asqueado. Lo hacían sonar como un sinónimo de lealtad.
—Gracias, Saunders —dijo entonces—. ¿Ya se lo ha comunicado también al señor Skinner?
—Sí, señor —le dijo Saunders.
Lo primero que notó MacNeil fue el silencio. No se escuchaba ninguno de los habituales ruidos de otra persona moviéndose por la casa, vistiéndose, abriendo canillas, abriendo y cerrando puertas. Al despertarse le había tomado uno o dos segundos recordar que Rosemary ya no estaba allí. Aun ahora le costaba aceptar que hubieran llegado a eso.
Después se dio cuenta de que no necesitaba levantarse a la hora de siempre; no tenía adonde ir. Renshaws lo había despedido. Corrigió eso, no había sido Renshaws sino George Astley, y por razones que solo él sabía.
No lo consolaba mucho saber que Astley no creía que se hubiera vendido a Tyzacks, otra gente estaría más que dispuesta a creerlo. ¿Quién demonios creía ser el viejo para disponer así de la gente? No le debía nada, y no tenía nada que agradecerle, a no ser por una mujer celosa que lo acababa de abandonar y mil menos por año que podría haber ganado en otra empresa Y Astley pensaba que eso le daba derecho a pedirle que olvidara todo lo que había pasado y que se fuera a Nueva York como a una cacería de gansos salvajes.
La noche anterior, Astley le había dado la impresión de haber perdido fe en su propia habilidad para enfrentar una situación cualquiera y, para un hombre como él, debía ser una experiencia traumática. Sus miedos por la compañía podían ser imaginarios, pero para él eran muy reales. ¿Sucedía algo raro? Alguien le había informado a Tyzacks de la UC1. A Heslop también.
MacNeil se dijo que todo eso ya no tenía nada que ver con él. El viejo podía haber armado esa escena de ayer por sus propias razones tortuosas, pero MacNeil no podía perdonarlo tan fácilmente. Así había empezado la pelea de la noche anterior, con Rosemary. Nunca habían peleado así. En el pasado, él había dejado pasar sus acusaciones, pero esta vez había gritado a la par de ella, acusándola también, hasta que al final se puso a llorar, empacó y le dijo que lo dejaba.
Sentía haber llegado a ese punto, pero hacía tiempo que el matrimonio no significaba nada para ninguno de los dos, y ahora que estaba terminado sentía una sensación de alivio por haberse librado de Rosemary y de sus sospechas y de la necesidad de aceptar sus cambios de humor. Se preguntó si algún día ella querría volver y si él la recibiría.
Los otros miembros de su equipo serían informados de que en los últimos meses él había trabajado demasiado y que el médico le ordenaba un descanso. Algo así. Con el tiempo aceptarían tácitamente que ya no volvería.
MacNeil terminó su café y fue a telefonear a Astley.
—El señor MacNeil pregunta por usted, señor —dijo Jackie. George Astley se puso tenso.
—Pásemelo —le dijo.
—Prometí contestarle esta mañana —dijo MacNeil.
—Bien, ¿qué decidió? ¿Va a ir?
—No.
—Muy bien —Astley se dijo que no iba a rogarle.
—Lo siento, pero todavía pienso que sería una pérdida de tiempo para mí y de dinero para usted —dijo MacNeil.
—Está bien. Si eso es lo que piensa, adiós.
Astley colgó y trató de ocultarse la desilusión que sentía. Tendría que pensar lo que iba a hacer de allí en más, pero lo primero era esta maldita huelga.
Justo a las diez Barbara Dean le trajo su café, y él le pidió que tratara de conseguir a Rivett en las oficinas del sindicato.
—Después quiero hablar con Wallace del Banco Mercantil.
Barbara salió y Astley esperó con impaciencia. Pasaron cinco minutos. ¿Qué demonios estaba haciendo? El teléfono sonó y se precipitó a contestarlo.
—Intenté llamar a la oficina pero Rivett no está allí —dijo Barbara—. Lo esperan más tarde. En su casa no contestaba nadie.
Astley dudó. No quería que pensaran que estaba muy ansioso de hablar con la gente del sindicato, y una hora más o menos no cambiaría nada. Es más, una vez que Rivett hubiera hablado con la gente de arriba la posición podía cambiar.
—Déjele un mensaje pidiendo que me llame antes del mediodía, por favor Barbara —dijo—. Y después comuníqueme con el Banco.
El teléfono volvió a sonar a los pocos minutos.
—Señor Astley, el señor Wallace —dijo Barbara.
La forma de hablar de Graham Wallace, muy atildada y de colegio privado había irritado siempre a Astley, y hoy le chocaba más que nunca.
—Hola, George —dijo arrastrando las palabras—. ¿Cómo está? Pensé que me llamaría.
—¿Ah, sí? —dijo el presidente—. ¿Por qué?
—Imagino que será por el alza de las acciones de Renshaws, ¿no? Ya vi que los diarios se enteraron.
—Hay más que eso. Necesito verlo.
—Por supuesto. ¿Cuándo quiere venir?
Astley estaba por sugerir que Wallace se ganara parte de sus jugosas comisiones en el Banco viniendo a verlo, pero decidió que sería mejor encontrarse en Londres. Cuanto menos gente se enterara, mejor.
—Lo más pronto posible —dijo—. ¿Mañana le viene bien?
Se produjo una pequeña pausa antes de que Wallace dijera disculpándose:
—Me temo que mañana no puede ser. ¿Y el martes?
Eso significaba casi una semana de demora, pensó Astley. Sospechaba que Wallace le estaba diciendo de una manera suave que el Banco no estaba a su disposición cuando a él se le ocurriera llamar. En lo que a ellos se refería, Renshaws era poca cosa.
—Está bien —dijo—. Si es lo más pronto que puede.
—Creo que sí. ¿A mediodía le viene bien?
—Sí.
—Bien. Así podremos comer algo aquí después.
Astley se sintió más reconfortado. Sabía por experiencia que los vinos del comedor de los directores del Banco eran de primera.
—Estaré con usted a las 12.00 —dijo.
—Magnífico. Espero verlo el martes, entonces. Adiós, muchacho.
Cortó la comunicación. Astley colgó el tubo y se quedó mirando el teléfono.
Cuando se fue a almorzar a la 1.00, Rivett todavía no había llamado.
Mirando a los otros directores que rodeaban la mesa, Astley se preguntó si habrían asumido esa expresión solemne en su honor. Hasta Fitzpatrick parecía apagado.
—He convocado a esta reunión porque hay dos temas que debemos discutir —dijo con brusquedad—. Dejaremos de lado las formalidades acostumbradas pero le he pedido a Barbara que tome notas.
—¿Dos cosas? —preguntó Anderson.
—Sí. La primera es la huelga.
—¿Y la segunda? —preguntó Fitzpatrick.
—Ya lo veremos después. ¿Supongo que todos saben por qué se han declarado en huelga? —asintieron—. Le he dicho a Saunders que venga; tal vez pueda decirnos algo y de todas maneras tiene que enterarse de nuestro punto de vista. ¿Están de acuerdo?
—Me parece justo —dijo Fitzpatrick.
Skinner levantó la vista de la estilográfica que había estado haciendo girar entre sus dedos.
—Siento que piensen que, soy el responsable de este lío, pero no tenía otra alternativa.
—Me parece bien —dijo Walton—. Tenemos que conservar la disciplina.
—Hablemos ahora con Saunders — sugirió Anderson.
Astley les dirigió una mirada fría y se volvió hacia Barbara Dean.
—Barbara, ¿quiere pedirle que entre, por favor?
Fue a la puerta y oyeron hablar.
—¿Puede entrar, señor Saunders?
Se detuvo apenas atravesó la puerta; un hombre delgado, de pelo ralo y unos cuarenta y tres años. Como de costumbre su traje necesitaba planchado y tenía la corbata un poco torcida. Sabía que no era muy probable que consiguiera algo mejor que su actual situación, y ese conocimiento le daba un complejo de inferioridad. Lo empujaba a ver desaires donde no los había y trataba de levantarse el ánimo con aires de superioridad en los que nadie creía. Sin embargo era un tipo consciente y, dentro de sus limitaciones, hacía bien su trabajo.
—Siéntese, Saunders —le dijo Astley.
Tratándome como a un capataz, pensó Saunders con resentimiento. Se sentó al lado de Fitzpatrick.
—Queremos oír lo que tenga que decir acerca de esta huelga — dijo Astley.
Saunders vaciló, deseando poder presentar algún plan para un arreglo que los impresionara.
—Creo que ya saben todo, señor —dijo—. Creen tener un motivo válido.
—Malditos tontos —murmuró Walton—. Se han dejado empujar por unos pocos agitadores de izquierda.
—Lo siento, señor, me parece que no estoy de acuerdo — podía hablar con la seguridad que le daba el conocimiento, pensó Saunders. Era un experto—. Le garantizo que si uno o dos de ellos no los hubieran arrastrado puede ser que la huelga no se llevara a cabo, pero aun así creen tener razón.
—¿Eso significa que usted está de acuerdo con ellos? — preguntó Walton. Saunders no le gustaba. Era débil, siempre viendo el lado de los otros. Por la forma en que hablaba a veces, uno pensaría que era un sindicalista.
El jefe de personal sabía que tendría que hilar muy fino. La huelga le preocupaba, y nunca había tenido que manejar una situación como esta, pero ver que los directivos habían recurrido a él lo llenaba de orgullo y le daba coraje.
—Puedo ver su punto de vista — concedió.
—No le pagan para eso —le dijo Walton secamente.
—¿Cree que actué en forma precipitada? —preguntó Skinner con tono neutro.
—No dije eso, señor.
—Ese hombre casi me voltea y después me insultó.
—Permítame, señor, no es así como ellos lo ven.
—Bueno, así fue como sucedió —Skinner miró a su alrededor buscando el apoyo de los otros directores.
Por unos minutos se hizo un silencio incómodo.
—Puede que muchos de ellos no hayan visto nada —dijo Saunders—. Creen lo que les han dicho. No importa cuál sea la verdad, eso es lo que ellos creen que es.
—De acuerdo —asintió Fitzpatrick. Sentía pena por Saunders.
—¿Entonces qué piensa que debemos hacer? —preguntó Astley.
Saunders evitó mirar de frente a cualquiera de ellos.
—O nos mantenemos firmes con la esperanza de que la huelga se termine en unos pocos días o volvemos a tomar a Leonard. No veo otra solución.
—No lo volveremos a tomar — dijo Walton enojado. No le había gustado el uso del «nosotros» por parte de Saunders, como si formara parte del directorio—. Puede sacárselo de la cabeza.
—¿Cree que tendría que disculparme? —preguntó Skinner. Su tono era tan suave que parecía como si realmente estuviera interesado en la opinión de Saunders.
—No puedes hacerlo —le dijo Walton—. Si lo hicieras lo tomarían por un signo de debilidad y el mes próximo tendríamos el mismo problema.
—No podemos volver a emplearlo — dijo Astley serio. Sabía que si lo hacían la posición de Skinner sería insostenible. Y además Walton podía tener razón al decir que los hombres estarían más dispuestos a ir a la huelga cada vez que tuvieran una razón real o imaginaria—. ¿Qué cree que harán si les decimos con claridad que no hay probabilidades de que eso suceda?
Saunders deseó saberlo.
—O todo el asunto se diluye o el sindicato lo hará oficial — contestó—. Si lo hacen, podría durar bastante tiempo. Todos se van a unir. Hasta pueden ensuciarnos con nuestros proveedores.
Astley asintió y miró su reloj.
—Tengo que ver a Rivett y al representante del sindicato en su oficina a las tres —dijo—. Después de eso tal vez sepamos más. Está bien, Saunders. Muchas gracias.
Saunders se puso de pie. El presidente había arreglado esa reunión a la tarde sin decirle una palabra y era obvio que no se esperaba que fuera. Ahora lo echaban de la habitación como a un estudiante que despiden del despacho del director.
—¿Puedo hacer algo, señor? —preguntó muy tieso.
—No creo que por el momento podamos hacer nada —le dijo Astley—. Hablaré con usted más tarde.
—De acuerdo.
Saunders salió.
—No sirve para nada —declaró Walton —. Una niñita de edad escolar podría hacer más que él.
—El problema es que no tiene ninguna autoridad —observó Fitzpatrick—. Los hombres saben que tiene que venir corriendo a consultarnos si sucede algo más importante que un papel atascado en la alcantarilla.
El presidente los ignoró.
—¿Estamos de acuerdo en tomar una línea firme? —preguntó.
—Por supuesto —contestó Walton.
Skinner estaba mirando a Astley.
—No está muy feliz con esto, ¿no es así, George?
—No estoy feliz con ninguno de estos líos —retrucó Astley—. Y no me importa decírselo. Supongo que tendremos que ser duros, pero quiero mano libre esta tarde.
—Está bien —dijo Fitzpatrick.
Los otros asintieron.
—Usted dijo que teníamos que discutir dos cosas —le recordó Anderson al presidente—. ¿Cuál era la otra?
Astley no respondió de inmediato. Le molestaba que lo apremiaran y sobre todo los jóvenes ambiciosos como el gerente financiero.
—He recibido una oferta de Tyzacks —dijo—. Quieren compramos.
Eso los sacudió, pensó mirando sus caras. Saberlo le causaba una amarga satisfacción.
—Así que son ellos los que han estado comprando las acciones —comentó Anderson.
—Dicen que poseen un poco menos del veinte por ciento. Ahora ofrecen ochenta por acción en efectivo.
—Es un precio justo, el valor real es solo sesenta y ocho.
—Al demonio con el valor real —gruñó Astley.
Walton se revolvió incómodo en su silla.
—¿Va a aceptar, George? —preguntó—. Si usted y su familia no venden ellos no podrán tener el control.
—No.
—Eso incluye a Rosemary y Joan, supongo.
—Así es.
—Ya está entonces —comentó Fitzpatrick—. No van a seguir adelante.
Anderson frunció el ceño.
—Si esta huelga dura mucho es probable que las acciones pierdan valor. Me pregunto qué harán entonces con su veinte por ciento.
—¿Eso cambia algo? —preguntó Walton.
—No creo —Anderson se detuvo—. Solo me pregunto por qué compraron tanto sin averiguar si George estaría dispuesto a vender.
—Sabían lo de la unidad de control —dijo Astley— por eso quieren coparnos. Compraron las acciones porque podían obtenerlas baratas antes de que saliera al mercado. Ahora tendremos que decir algo, porque quedaría feo si nuestros accionistas vendieran por saber menos que Tyzacks. ¿Puede redactar algo para la prensa, Hugh?
Walton asintió.
—¿Cómo se enteraron? —preguntó Fitzpatrick—. ¿Lo sabe?
Astley vio que estaba en tensión. Había hablado en tono casual pero con una rigidez que delataba su interés.
—Me estoy ocupando de eso —replicó en un tono que no admitía más preguntas— si eso es todo…
Empujaron sus sillas. Barbara Dean cerró su anotador, miró al presidente y como este no le hizo ninguna seña se dirigió a la puerta. Fitzpatrick se la sostuvo y ella le sonrió en agradecimiento. El único que se quedó con aire de duda fue Skinner.
—He estado pensando, George —dijo cuando estuvieron solos—. Supongo que me dirá que me ocupe de mis propios asuntos, pero podría ser ventajoso unirse a Tyzacks.
Astley lo miró sorprendido. Luego frunció el ceño.
—No sería una unión, sería el aniquilamiento. Nos sacarían nuestros cerebros y los clientes, y, dentro de un año, este lugar estaría cerrado. A nosotros nos pagarían y la gente perdería su trabajo.
—No lo sabe.
—¿Ah, no? Tienen una nueva fábrica propia con el doble de la capacidad que necesitan.
—Está bien —concedió Skinner—. Puede ser que a veces pase. Pero Tyzacks es una empresa importante, si nos dan garantías en cuanto a los trabajos y las demás cosas, podría ser una buena oportunidad para nosotros. Tienen más energía que la que nunca podríamos tener.
—¿Cree que debo vender?
—Eso es asunto suyo. Lo único que digo es que Renshaws podría obtener ventajas.
—Nos masticarían hasta reducimos a pedacitos para después escupirnos —dijo Astley con rudeza.
—Podría mantener parte de sus acciones.
—¿Y qué demonios cree que cambiaría? Tendrían el control para hacer lo que se les ocurra. No vendo Renshaws por una limosna, Bill.
—Me parece justo —sonrió Skinner—: No estoy tratando de persuadirlo.
—¿Ah, no?
—No, por supuesto que no.
Sus ojos se encontraron y de pronto Astley sonrió. Era una extraña sonrisa, pensó Skinner, y de nuevo se sintió preocupado.
—Entonces, déjelo —dijo el presidente—. Ya he tomado mi decisión.
Al llegar a la puerta Skinner se dio vuelta.
—¿Cree que logrará algo esta tarde? — preguntó.
—Solo Dios lo sabe —dijo Astley.
Skinner se preguntó si tendría un as en la manga.