Jesús no dijo eso:
La formación del canon cristiano
Al final, algunos de estos libros terminarían siendo considerados no sólo como dignos
de ser leídos sino como autoridades absolutas en materia de fe y en cuanto a la
práctica del cristianismo. De este modo se convirtieron en Escrituras.
Los comienzos del canon cristiano
La formación del canon de las Escrituras cristianas fue un proceso largo y complejo
cuyos detalles no es necesario examinar aquí de forma detenida[10]. Como ya he
señalado, en cierto sentido los cristianos empezaron poseyendo un canon, ya que el
fundador de su religión era un maestro judío que consideraba que la Torá era
Escritura autorizada inspirada por Dios y enseñaba a sus seguidores su interpretación.
Los primeros cristianos fueron los seguidores de Jesús que aceptaban los libros de la
Biblia hebrea (que aún no constituía un «canon» cerrado y definitivo) como sus
propias Escrituras. Para los autores del Nuevo Testamento, incluido el primero de
ellos, el apóstol Pablo, las «Escrituras» eran la Biblia hebrea, el conjunto de los libros
que Dios había dado a su pueblo y en el que se predecía la llegada del Mesías, Jesús.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los cristianos empezaran a
aceptar otros escritos que consideraban a la par de las Escrituras judías. Esta
aceptación quizá tuviera sus raíces en la autoridad de las enseñanzas del propio Jesús,
en la medida en que sus seguidores consideraban que la interpretación que él hacía de
las Escrituras tenía tanta autoridad como las palabras que éstas contenían. En el
Sermón de la Montaña, por ejemplo, Jesús expone leyes que Dios había dado a
Moisés y ofrece luego su propia interpretación de ellas, una interpretación mucho
más radical y que se presenta como autorizada. Esto se recoge en las denominadas
antítesis de Mateo 5. Jesús dice: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No
matarás’, y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que
se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (21-22). Lo que Jesús dice
al interpretar la Ley se presenta como algo tan autorizado como la Ley misma. Más
adelante dice: «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo:
Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón» (27-28).
En algunas ocasiones estas interpretaciones autorizadas de las Escrituras parecen,
de hecho, revocar algunas de las leyes que se recogen en ellas. Por ejemplo, Jesús
dice: «También se dijo: El que repudie a su mujer que le dé acta de divorcio [una ley
que aparece en Deuteronomio 24:11]. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su
mujer, excepto en caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio» (31-32). Resulta difícil entender cómo se puede respetar
el mandato de Moisés de dar actas de divorcio, cuando el divorcio ha dejado de ser en
realidad una opción.
En cualquier caso, la cuestión es que las enseñanzas de Jesús pronto empezaron a
considerarse tan investidas de autoridad como los pronunciamientos de Moisés, esto
es, como la Torá misma. Esto se aprecia con mayor claridad más adelante, en el
período en que se escribieron los libros del Nuevo Testamento, en la Primera Epístola
a Timoteo, una carta compuesta supuestamente por Pablo, pero considerada por
muchos especialistas obra de un seguidor posterior. En 1 Timoteo 5:18 el autor insta a
sus lectores a pagar a sus presbíteros y apoya su exhortación citando «la Escritura».
Lo que resulta interesante es que a continuación se citan dos pasajes, uno de la Torá
(«No pondrás bozal al buey que trilla», recogido en Deuteronomio 25:4) y otro de
Jesús («El obrero tiene derecho a su sustento»; véase Lucas 10:7). Resulta evidente
que para este autor, las palabras de Jesús ya están al mismo nivel que las Escrituras.
Pero esta segunda (o tercera) generación de cristianos no sólo pensaba que las
palabras de Jesús formaban parte de las Escrituras, sino que también concedía tal
valor a los escritos de sus apóstoles. La prueba de ello nos la proporciona la Segunda
Epístola de Pedro, que fue el último libro del Nuevo Testamento en escribirse y al
que la mayoría de los eruditos críticos no consideran en realidad obra de Pedro sino
un seudónimo escrito por alguno de sus seguidores. En 2 Pedro 3 el autor se refiere a
los falsos maestros que «interpretan torcidamente» el significado de las cartas de las
epístolas paulinas para hacerlas decir lo que no dicen, «como también las demás
Escrituras» (2 Pedro 3:16). Todo indica que las cartas de Pablo habían empezado a
considerarse Escrituras.
Poco después del período en el que se escribieron los libros incluidos actualmente
en el Nuevo Testamento, se empiezan a citar ciertos escritos cristianos como
autoridades para la vida y las creencias de la Iglesia. Un ejemplo notable de esta
tendencia es una carta escrita a comienzos del siglo II por Policarpo, el obispo de
Esmirna que hemos mencionado antes. Los fieles de la iglesia de Filipos le habían
pedido consejo a Policarpo, en particular, en relación con un asunto que afectaba a
uno de sus líderes, quien se había visto involucrado en alguna forma evidente de
malversación de fondos (probablemente una apropiación indebida de los recursos de
la iglesia). La Carta de Policarpo a los Filipenses, que ha sobrevivido hasta nuestros
días, es un documento muy interesante por varias razones, una de las cuales es su
propensión a citar textos de los primeros cristianos. En sólo catorce breves capítulos,
Policarpo cita como autoridades más de un centenar de pasajes de estos escritos,
afirmando su pertinencia para la situación a la que los filipenses se enfrentaban
(mientras que cita apenas una docena de veces las Escrituras judías); aunque en un
lugar parece incluso afirmar que la Epístola a los Efesios de Pablo es Escritura, por lo
general, lo que hace es simplemente citar o aludir a escritos anteriores dando por
sentado que la comunidad los considera autorizados[11].