Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 64 de 76

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Jesús no dijo eso:

Alteraciones apologéticas

las dificultades que les plantea la crítica (Contra Celso 2.27).

 

Con todo, no necesitamos depender de los adversarios paganos del cristianismo

para encontrar pruebas de que los escribas ocasionalmente alteraron sus textos para

hacer frente a las críticas de éstos. La tradición manuscrita del Nuevo Testamento

recoge pasajes en los que es posible observar esta tendencia[17].

Sin embargo, antes de examinar algunos pasajes relevantes en este sentido, es

importante señalar que las acusaciones de los paganos contra el cristianismo y su

fundador no dejaron de hallar respuesta entre los creyentes. Como hemos anotado en

un capítulo anterior, desde mediados del siglo II, cuando personas que gozaban de una

buena formación intelectual empezaron a convertirse al cristianismo, comenzaron a

escribirse numerosas defensas razonadas de la fe, las llamadas apologías. Algunos de

estos autores son muy conocidos entre quienes han estudiado el cristianismo

primitivo, como Justino Mártir, Tertuliano y Orígenes; otros son menos famosos, pero

igualmente dignos de destacar por su defensa de la religión, como Atenágoras,

Arístides y el autor anónimo de la Carta a Diogneto[18]. En su conjunto, estos eruditos

se esforzaron por demostrar lo falaces que eran los argumentos de sus oponentes

paganos y sostuvieron que, lejos de ser peligrosa para la sociedad, la religión cristiana

era el cemento que la mantenía unida. Insistieron en que el cristianismo no sólo era

una fe razonable sino que era la única religión verdadera que el mundo había

conocido; defendieron la idea de que Jesús era en verdad el Hijo de Dios cuya muerte

traía la salvación; y pretendieron justificar el carácter inspirado y auténtico de los

textos fundacionales de la fe.

¿Cómo influyó este movimiento «apologético» en los escribas encargados de

copiar los textos sagrados del cristianismo en los siglos II y III?

 

Alteraciones apologéticas

Aunque no lo mencioné en su momento, ya nos hemos topado con un texto que

parece haber sido modificado por preocupaciones apologéticas. Como vimos en el

capítulo 5, Marcos 1:41 indicaba originalmente que Jesús había reaccionado con furia

ante el leproso que se había acercado a él para que lo curara. Algunos escribas habían

considerado difícil atribuir en este contexto semejante emoción a Jesús, y por tanto

habían alterado el texto para que dijera, en cambio, que Jesús había sentido

«compasión» por el enfermo.

Es posible que lo que motivara a los escribas a cambiar el texto fuera algo más

que el simple deseo de hacer que un pasaje extraño fuera más fácil de entender. Un

tema recurrente de los debates entre los críticos paganos del cristianismo y los

defensores intelectuales de la fe era el comportamiento de Jesús y si su conducta era

la correspondiente a alguien que aseguraba ser el Hijo de Dios. Debo hacer hincapié

en que ésta no era una disputa sobre si es concebible que un ser humano pueda al

mismo tiempo ser divino en algún sentido. Esto era algo en lo que los paganos y los cristianos coincidían por completo, ya que los primeros también sabían de historias

en las que seres divinos se convertían en humanos e interactuaban con otros seres

humanos aquí en la tierra. La cuestión era si la forma en la que Jesús se había

comportado justificaba el pensamiento de que era alguien divino o, por el contrario, si

su actitud y su conducta descartaban la posibilidad de que en verdad fuera un hijo de

Dios[19].

En este período, la creencia de que los dioses no estaban sometidos a las

emociones y caprichos insignificantes de los simples mortales estaba muy difundida

entre los paganos, que pensaban que los dioses estaban, realmente, por encima de

tales cosas[20]. ¿Cómo podía entonces determinarse si un individuo era o no un ser

divino? Era obvio que tenía que dar pruebas de que poseía poderes (intelectuales o

físicos) sobrehumanos; pero también era necesario que se comportara de un modo

compatible con la idea de que provenía del ámbito divino.

Sabemos de cierto número de autores de este período que insistían en que los

dioses no podían sentirse «furiosos», ya que la ira era una emoción humana suscitada

por la frustración, las ofensas o algún otro motivo de escasa importancia para un ser

divino. Los cristianos, por supuesto, podían argüir que Dios podía «enfurecerse» con

su pueblo debido al mal comportamiento de éste. Pero también se daba por sentado

que el Dios cristiano estaba más allá de padecer cualquier tipo de irritabilidad. Sin

embargo, en la historia de Jesús y el leproso de Marcos, no hay una razón obvia que

justifique la ira de Jesús. En vista de que el texto se modificó en la época en que los

paganos y los cristianos debatían si el comportamiento de Jesús era apropiado a su

divinidad, es del todo verosímil que un escriba hubiera cambiado el texto a la luz de

esta controversia. En otras palabras, éste quizá fuera un cambio propiciado por el

debate apologético.

Otra de tales alteraciones afecta a un pasaje que se encuentra varios capítulos más

adelante en el Evangelio de Marcos, en un episodio muy famoso donde los paisanos

de Jesús se escandalizan de que él pueda enseñar cosas tan maravillosas y realizar

milagros espectaculares. Como ellos mismos dicen: «¿No es éste el carpintero, el hijo

de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas

aquí entre nosotros?» (Marcos 6:3). ¿Cómo es posible, se preguntan, que alguien que

creció entre ellos, y a cuya familia todos conocen, sea capaz de hacer semejantes

cosas?

Éste es el único pasaje en todo el Nuevo Testamento en el que se llama carpintero

a Jesús. En otros textos griegos, la palabra empleada aquí, TEKTÕN, se aplica

comúnmente a cualquiera que haga cosas con sus manos; así, por ejemplo, en escritos

cristianos posteriores, se dice que Jesús hacía «yugos y puertas[21]». Esto significa

que no debemos imaginarlo como alguien que se dedicaba a realizar finos trabajos de

ebanistería. Quizá la mejor forma de «captar» el sentido de este término sea mediante

una comparación más cercana a nuestra experiencia: decir que Jesús era un TEKTÕN

era como decir hoy que era un obrero de la construcción. ¿Cómo podía alguien con ese pasado ser el Hijo de Dios?

Ésta era una cuestión a la que los críticos paganos del cristianismo daban una

gran importancia; de hecho, para ellos la pregunta era simplemente retórica: si Jesús

era un simple TEKTÕN, era obvio que no podía ser un hijo de Dios. Celso, en

particular, se mofó de los cristianos por este motivo, relacionando la afirmación de

que Jesús era un «carpintero» al hecho de que fuera crucificado (en un madero) y a la

creencia cristiana en un «árbol» de la vida.

Y en sus escritos hablan por todas partes del árbol de la vida… Supongo que esto se debe a que su

maestro fue clavado en una cruz y era carpintero de profesión. Por lo que de haber sido tirado por un

barranco o arrojado a un pozo o estrangulado con una cuerda, o si hubiera sido zapatero o cantero o

herrero, tendríamos un barranco de la vida sobre los cielos, un pozo de la resurrección, una cuerda de

la inmortalidad, y se hablaría de una piedra bendita, de un hierro del amor o de la santa piel de cuero.

¿No se sentiría avergonzada la anciana que arrulla a los niños pequeños con canciones para que se

duerman contando cosas como éstas? (Contra Celso 6.34).

 

En su respuesta a Celso, Orígenes se tomó muy en serio la acusación de que Jesús

no era más que un simple «carpintero». Sin embargo, es bastante curioso que en lugar

de minimizar la relevancia de este hecho (su procedimiento normal en tales casos),

opte por negar que sea cierto: según Orígenes, Celso está ciego y es incapaz de ver

«que en ninguno de los evangelios usados en las iglesias se describe a Jesús como

carpintero» (Contra Celso 6.36).

¿Cómo debemos entender este desmentido? O bien Orígenes había olvidado la

existencia de Marcos 6:3, o bien disponía de una versión del texto en la que no se

anotaba que Jesús fuera carpintero. Pues bien, tenemos manuscritos que recogen

precisamente una versión alternativa de este pasaje. En el manuscrito del Evangelio

de Marcos más antiguo que se conserva, conocido como P 45 y producido a

principios del siglo III (la época de Orígenes), así como en varios otros testimonios

posteriores, el versículo es ligeramente diferente. En tales copias, los coterráneos de

Jesús se preguntan: «¿No es éste el hijo del carpintero?»; con lo cual Jesús deja de ser

un carpintero para convertirse en el hijo de uno[22].

Del mismo modo que en su esfuerzo por defender la fe Orígenes tenía razones

para negar que en los evangelios se mencionara que Jesús era carpintero, es

concebible que un escriba hubiera modificado el texto (adaptándolo a lo que se dice

en Mateo 13:55) con el objetivo de rebatir el argumento pagano de que Jesús no

podía ser el Hijo de Dios porque, a fin de cuentas, no era más que un TEKTÕN de clase

baja.

Otro versículo que parece haber sido modificado por razones apologéticas es

Lucas 23:32, en el que se habla de la crucifixión de Jesús. El texto se traduce

normalmente como: «Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores,

para ser ejecutados». Sin embargo, la redacción del versículo en griego permitiría

traducirlo igualmente del siguiente modo: «Llevaban con él a otros dos, que también

eran malhechores, para ser ejecutados». Dada la ambigüedad del texto griego, no es sorprendente que algunos escribas consideraran que la defensa de la fe hacía

necesario disponer las palabras de forma que se afirmara, sin ambigüedades, que los

malhechores eran los otros dos, no Jesús.

Existen otros cambios en la tradición textual que parecen haber sido animados por

el deseo de demostrar que Jesús, en tanto hijo verdadero de Dios, no podía haberse

«equivocado» en sus declaraciones, en especial en relación al futuro (pues, a fin de

cuentas, el Hijo de Dios necesariamente tenía que saber lo que iba a ocurrir en él).

Esto fue quizá lo que motivó el cambio de Mateo 24:36 que ya hemos tenido ocasión

de comentar. Allí Jesús afirma explícitamente que nadie sabe el día y la hora del fin

de los tiempos, «ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre»; no

obstante, un número significativo de manuscritos omiten la frase «ni el Hijo». La

razón para ello no es difícil de imaginar: el que Jesús no conociera el futuro

comprometía la afirmación de los cristianos de que era un ser divino.

Un ejemplo menos evidente lo encontramos también en Mateo, tres capítulos más

adelante, en la escena de la crucifixión. En Mateo 27:34 se nos dice que mientras

Jesús estaba en la cruz se le dio a beber vino mezclado con hiel. Sin embargo, un gran

número de manuscritos indican que lo que se le ofreció no fue vino sino vinagre. Es

probable que este cambio haya sido realizado para acercar el texto al pasaje del

Antiguo Testamento que se cita para explicar esta acción, el Salmo 69:22. No

obstante, podemos preguntarnos si no había algo más que motivara a los escribas a

hacerlo. En este sentido, es interesante advertir que durante la Última Cena, en

Mateo 26:29, tras entregar la copa de vino a sus discípulos, Jesús declara

explícitamente que no volverá a beber vino hasta que vuelva a encontrarse con ellos

en el reino del Padre. ¿Es posible que al cambiar el vino por vinagre en 27:34 se

pretendiera salvaguardar esta predicción, de manera que Jesús efectivamente no

probara el vino después de haber asegurado que no lo haría?

También resulta interesante la forma en que se alteró la predicción que Jesús hizo

delante del sumo sacerdote durante su juicio en Marcos 14:62. Cuando se le pregunta

si él es en verdad el Cristo, el Hijo del Bendito, Jesús responde: «Sí, yo soy, y veréis

al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo».

Estas palabras, que según la mayoría de los estudiosos modernos representan un

dicho auténtico de Jesús o se aproximan mucho a él, se revelaron incómodas para

muchos cristianos desde finales del siglo I, pues el Hijo del Hombre nunca vino entre

las nubes del cielo. ¿Por qué predijo Jesús que el sumo sacerdote le vería llegar?

Desde un punto de vista histórico, la respuesta es que Jesús realmente pensaba que el

sumo sacerdote sería testigo de tal cosa, esto es, que la llegada del Hijo del Hombre

se produciría durante su vida. Sin embargo, por razones obvias, en el contexto de los

apologistas cristianos del siglo II la respuesta de Jesús podía considerarse una

predicción falsa. No ha de sorprendernos entonces que uno de los testimonios más

antiguos del Evangelio de Marcos modifique el versículo eliminando las palabras que

resultan incómodas, de modo que Jesús simplemente afirma que el sumo sacerdote verá al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder entre las nubes del cielo.

Desaparece así la alusión a la inminente venida de Aquel que, de hecho, nunca vino.

En resumen, en los testimonios que han sobrevivido hasta nuestra época hay

cierto número de pasajes que parecen haber sido modificados por los primeros

cristianos para defender su fe de las críticas de los paganos, en especial cuando éstas

se relacionaban con el fundador de su fe, el propio Jesús. Al igual que los conflictos

teológicos de la Iglesia primitiva, la cuestión del papel de las mujeres y el

enfrentamiento con los judíos, las disputas entre los cristianos y los paganos

cultivados que despreciaban sus creencias alteraron la transmisión de los textos que

finalmente conformarían lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento, en un

período, los siglos II y III, en que de la copia de este libro, o mejor, de este conjunto de

libros, se ocupaban escribas no profesionales que lo modificaron a la luz de los

debates de su época.

El frontispicio del Evangelio de Juan (uno de los más famosos y adornados, páginas manuscritas) de los

Evangelios en Latín de Lindisfarne (frente a la costa noreste de Northumberland, Inglaterra).