Jesús no dijo eso:
Alteraciones apologéticas
las dificultades que les plantea la crítica (Contra Celso 2.27).
Con todo, no necesitamos depender de los adversarios paganos del cristianismo
para encontrar pruebas de que los escribas ocasionalmente alteraron sus textos para
hacer frente a las críticas de éstos. La tradición manuscrita del Nuevo Testamento
recoge pasajes en los que es posible observar esta tendencia[17].
Sin embargo, antes de examinar algunos pasajes relevantes en este sentido, es
importante señalar que las acusaciones de los paganos contra el cristianismo y su
fundador no dejaron de hallar respuesta entre los creyentes. Como hemos anotado en
un capítulo anterior, desde mediados del siglo II, cuando personas que gozaban de una
buena formación intelectual empezaron a convertirse al cristianismo, comenzaron a
escribirse numerosas defensas razonadas de la fe, las llamadas apologías. Algunos de
estos autores son muy conocidos entre quienes han estudiado el cristianismo
primitivo, como Justino Mártir, Tertuliano y Orígenes; otros son menos famosos, pero
igualmente dignos de destacar por su defensa de la religión, como Atenágoras,
Arístides y el autor anónimo de la Carta a Diogneto[18]. En su conjunto, estos eruditos
se esforzaron por demostrar lo falaces que eran los argumentos de sus oponentes
paganos y sostuvieron que, lejos de ser peligrosa para la sociedad, la religión cristiana
era el cemento que la mantenía unida. Insistieron en que el cristianismo no sólo era
una fe razonable sino que era la única religión verdadera que el mundo había
conocido; defendieron la idea de que Jesús era en verdad el Hijo de Dios cuya muerte
traía la salvación; y pretendieron justificar el carácter inspirado y auténtico de los
textos fundacionales de la fe.
¿Cómo influyó este movimiento «apologético» en los escribas encargados de
copiar los textos sagrados del cristianismo en los siglos II y III?
Alteraciones apologéticas
Aunque no lo mencioné en su momento, ya nos hemos topado con un texto que
parece haber sido modificado por preocupaciones apologéticas. Como vimos en el
capítulo 5, Marcos 1:41 indicaba originalmente que Jesús había reaccionado con furia
ante el leproso que se había acercado a él para que lo curara. Algunos escribas habían
considerado difícil atribuir en este contexto semejante emoción a Jesús, y por tanto
habían alterado el texto para que dijera, en cambio, que Jesús había sentido
«compasión» por el enfermo.
Es posible que lo que motivara a los escribas a cambiar el texto fuera algo más
que el simple deseo de hacer que un pasaje extraño fuera más fácil de entender. Un
tema recurrente de los debates entre los críticos paganos del cristianismo y los
defensores intelectuales de la fe era el comportamiento de Jesús y si su conducta era
la correspondiente a alguien que aseguraba ser el Hijo de Dios. Debo hacer hincapié
en que ésta no era una disputa sobre si es concebible que un ser humano pueda al
mismo tiempo ser divino en algún sentido. Esto era algo en lo que los paganos y los cristianos coincidían por completo, ya que los primeros también sabían de historias
en las que seres divinos se convertían en humanos e interactuaban con otros seres
humanos aquí en la tierra. La cuestión era si la forma en la que Jesús se había
comportado justificaba el pensamiento de que era alguien divino o, por el contrario, si
su actitud y su conducta descartaban la posibilidad de que en verdad fuera un hijo de
Dios[19].
En este período, la creencia de que los dioses no estaban sometidos a las
emociones y caprichos insignificantes de los simples mortales estaba muy difundida
entre los paganos, que pensaban que los dioses estaban, realmente, por encima de
tales cosas[20]. ¿Cómo podía entonces determinarse si un individuo era o no un ser
divino? Era obvio que tenía que dar pruebas de que poseía poderes (intelectuales o
físicos) sobrehumanos; pero también era necesario que se comportara de un modo
compatible con la idea de que provenía del ámbito divino.
Sabemos de cierto número de autores de este período que insistían en que los
dioses no podían sentirse «furiosos», ya que la ira era una emoción humana suscitada
por la frustración, las ofensas o algún otro motivo de escasa importancia para un ser
divino. Los cristianos, por supuesto, podían argüir que Dios podía «enfurecerse» con
su pueblo debido al mal comportamiento de éste. Pero también se daba por sentado
que el Dios cristiano estaba más allá de padecer cualquier tipo de irritabilidad. Sin
embargo, en la historia de Jesús y el leproso de Marcos, no hay una razón obvia que
justifique la ira de Jesús. En vista de que el texto se modificó en la época en que los
paganos y los cristianos debatían si el comportamiento de Jesús era apropiado a su
divinidad, es del todo verosímil que un escriba hubiera cambiado el texto a la luz de
esta controversia. En otras palabras, éste quizá fuera un cambio propiciado por el
debate apologético.
Otra de tales alteraciones afecta a un pasaje que se encuentra varios capítulos más
adelante en el Evangelio de Marcos, en un episodio muy famoso donde los paisanos
de Jesús se escandalizan de que él pueda enseñar cosas tan maravillosas y realizar
milagros espectaculares. Como ellos mismos dicen: «¿No es éste el carpintero, el hijo
de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas
aquí entre nosotros?» (Marcos 6:3). ¿Cómo es posible, se preguntan, que alguien que
creció entre ellos, y a cuya familia todos conocen, sea capaz de hacer semejantes
cosas?
Éste es el único pasaje en todo el Nuevo Testamento en el que se llama carpintero
a Jesús. En otros textos griegos, la palabra empleada aquí, TEKTÕN, se aplica
comúnmente a cualquiera que haga cosas con sus manos; así, por ejemplo, en escritos
cristianos posteriores, se dice que Jesús hacía «yugos y puertas[21]». Esto significa
que no debemos imaginarlo como alguien que se dedicaba a realizar finos trabajos de
ebanistería. Quizá la mejor forma de «captar» el sentido de este término sea mediante
una comparación más cercana a nuestra experiencia: decir que Jesús era un TEKTÕN
era como decir hoy que era un obrero de la construcción. ¿Cómo podía alguien con ese pasado ser el Hijo de Dios?
Ésta era una cuestión a la que los críticos paganos del cristianismo daban una
gran importancia; de hecho, para ellos la pregunta era simplemente retórica: si Jesús
era un simple TEKTÕN, era obvio que no podía ser un hijo de Dios. Celso, en
particular, se mofó de los cristianos por este motivo, relacionando la afirmación de
que Jesús era un «carpintero» al hecho de que fuera crucificado (en un madero) y a la
creencia cristiana en un «árbol» de la vida.
Y en sus escritos hablan por todas partes del árbol de la vida… Supongo que esto se debe a que su
maestro fue clavado en una cruz y era carpintero de profesión. Por lo que de haber sido tirado por un
barranco o arrojado a un pozo o estrangulado con una cuerda, o si hubiera sido zapatero o cantero o
herrero, tendríamos un barranco de la vida sobre los cielos, un pozo de la resurrección, una cuerda de
la inmortalidad, y se hablaría de una piedra bendita, de un hierro del amor o de la santa piel de cuero.
¿No se sentiría avergonzada la anciana que arrulla a los niños pequeños con canciones para que se
duerman contando cosas como éstas? (Contra Celso 6.34).
En su respuesta a Celso, Orígenes se tomó muy en serio la acusación de que Jesús
no era más que un simple «carpintero». Sin embargo, es bastante curioso que en lugar
de minimizar la relevancia de este hecho (su procedimiento normal en tales casos),
opte por negar que sea cierto: según Orígenes, Celso está ciego y es incapaz de ver
«que en ninguno de los evangelios usados en las iglesias se describe a Jesús como
carpintero» (Contra Celso 6.36).
¿Cómo debemos entender este desmentido? O bien Orígenes había olvidado la
existencia de Marcos 6:3, o bien disponía de una versión del texto en la que no se
anotaba que Jesús fuera carpintero. Pues bien, tenemos manuscritos que recogen
precisamente una versión alternativa de este pasaje. En el manuscrito del Evangelio
de Marcos más antiguo que se conserva, conocido como P 45 y producido a
principios del siglo III (la época de Orígenes), así como en varios otros testimonios
posteriores, el versículo es ligeramente diferente. En tales copias, los coterráneos de
Jesús se preguntan: «¿No es éste el hijo del carpintero?»; con lo cual Jesús deja de ser
un carpintero para convertirse en el hijo de uno[22].
Del mismo modo que en su esfuerzo por defender la fe Orígenes tenía razones
para negar que en los evangelios se mencionara que Jesús era carpintero, es
concebible que un escriba hubiera modificado el texto (adaptándolo a lo que se dice
en Mateo 13:55) con el objetivo de rebatir el argumento pagano de que Jesús no
podía ser el Hijo de Dios porque, a fin de cuentas, no era más que un TEKTÕN de clase
baja.
Otro versículo que parece haber sido modificado por razones apologéticas es
Lucas 23:32, en el que se habla de la crucifixión de Jesús. El texto se traduce
normalmente como: «Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores,
para ser ejecutados». Sin embargo, la redacción del versículo en griego permitiría
traducirlo igualmente del siguiente modo: «Llevaban con él a otros dos, que también
eran malhechores, para ser ejecutados». Dada la ambigüedad del texto griego, no es sorprendente que algunos escribas consideraran que la defensa de la fe hacía
necesario disponer las palabras de forma que se afirmara, sin ambigüedades, que los
malhechores eran los otros dos, no Jesús.
Existen otros cambios en la tradición textual que parecen haber sido animados por
el deseo de demostrar que Jesús, en tanto hijo verdadero de Dios, no podía haberse
«equivocado» en sus declaraciones, en especial en relación al futuro (pues, a fin de
cuentas, el Hijo de Dios necesariamente tenía que saber lo que iba a ocurrir en él).
Esto fue quizá lo que motivó el cambio de Mateo 24:36 que ya hemos tenido ocasión
de comentar. Allí Jesús afirma explícitamente que nadie sabe el día y la hora del fin
de los tiempos, «ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre»; no
obstante, un número significativo de manuscritos omiten la frase «ni el Hijo». La
razón para ello no es difícil de imaginar: el que Jesús no conociera el futuro
comprometía la afirmación de los cristianos de que era un ser divino.
Un ejemplo menos evidente lo encontramos también en Mateo, tres capítulos más
adelante, en la escena de la crucifixión. En Mateo 27:34 se nos dice que mientras
Jesús estaba en la cruz se le dio a beber vino mezclado con hiel. Sin embargo, un gran
número de manuscritos indican que lo que se le ofreció no fue vino sino vinagre. Es
probable que este cambio haya sido realizado para acercar el texto al pasaje del
Antiguo Testamento que se cita para explicar esta acción, el Salmo 69:22. No
obstante, podemos preguntarnos si no había algo más que motivara a los escribas a
hacerlo. En este sentido, es interesante advertir que durante la Última Cena, en
Mateo 26:29, tras entregar la copa de vino a sus discípulos, Jesús declara
explícitamente que no volverá a beber vino hasta que vuelva a encontrarse con ellos
en el reino del Padre. ¿Es posible que al cambiar el vino por vinagre en 27:34 se
pretendiera salvaguardar esta predicción, de manera que Jesús efectivamente no
probara el vino después de haber asegurado que no lo haría?
También resulta interesante la forma en que se alteró la predicción que Jesús hizo
delante del sumo sacerdote durante su juicio en Marcos 14:62. Cuando se le pregunta
si él es en verdad el Cristo, el Hijo del Bendito, Jesús responde: «Sí, yo soy, y veréis
al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo».
Estas palabras, que según la mayoría de los estudiosos modernos representan un
dicho auténtico de Jesús o se aproximan mucho a él, se revelaron incómodas para
muchos cristianos desde finales del siglo I, pues el Hijo del Hombre nunca vino entre
las nubes del cielo. ¿Por qué predijo Jesús que el sumo sacerdote le vería llegar?
Desde un punto de vista histórico, la respuesta es que Jesús realmente pensaba que el
sumo sacerdote sería testigo de tal cosa, esto es, que la llegada del Hijo del Hombre
se produciría durante su vida. Sin embargo, por razones obvias, en el contexto de los
apologistas cristianos del siglo II la respuesta de Jesús podía considerarse una
predicción falsa. No ha de sorprendernos entonces que uno de los testimonios más
antiguos del Evangelio de Marcos modifique el versículo eliminando las palabras que
resultan incómodas, de modo que Jesús simplemente afirma que el sumo sacerdote verá al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder entre las nubes del cielo.
Desaparece así la alusión a la inminente venida de Aquel que, de hecho, nunca vino.
En resumen, en los testimonios que han sobrevivido hasta nuestra época hay
cierto número de pasajes que parecen haber sido modificados por los primeros
cristianos para defender su fe de las críticas de los paganos, en especial cuando éstas
se relacionaban con el fundador de su fe, el propio Jesús. Al igual que los conflictos
teológicos de la Iglesia primitiva, la cuestión del papel de las mujeres y el
enfrentamiento con los judíos, las disputas entre los cristianos y los paganos
cultivados que despreciaban sus creencias alteraron la transmisión de los textos que
finalmente conformarían lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento, en un
período, los siglos II y III, en que de la copia de este libro, o mejor, de este conjunto de
libros, se ocupaban escribas no profesionales que lo modificaron a la luz de los
debates de su época.
El frontispicio del Evangelio de Juan (uno de los más famosos y adornados, páginas manuscritas) de los
Evangelios en Latín de Lindisfarne (frente a la costa noreste de Northumberland, Inglaterra).