Jesús no dijo eso:
Los errores y falsificaciones de la biblia
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LOS COMIENZOS DE LAS ESCRITURAS CRISTIANAS
P ara discutir sobre las copias del Nuevo Testamento que poseemos, necesitamos empezar señalando una de las características que hacían del cristianismo una fe poco común en el mundo grecorromano: su carácter libresco. De hecho, para
entender esta peculiaridad del cristianismo, necesitamos remitirnos a los orígenes de
esta fe en la religión de la cual se derivó, el judaísmo. En cierto sentido el judaísmo,
la primera «religión del libro» de la civilización occidental, anuncia y prefigura el
carácter textual del cristianismo.
El JUDAÍSMO COMO RELIGIÓN DEL LIBRO
En el mundo romano, el judaísmo, la fuente del cristianismo, era una religión extraña,
aunque en ningún sentido única. Al igual que los seguidores de cualquiera de los
cientos de religiones del área mediterránea, los judíos reconocían la existencia de un
ámbito divino poblado por seres sobrenaturales (ángeles, arcángeles, dominaciones,
potestades); aprobaban el culto de la deidad a través del sacrificio de animales y otros
productos alimenticios; sostenían que había un lugar sagrado en el que este ser divino
moraba aquí en la Tierra (el Templo de Jerusalén) y que era allí donde debían
realizarse tales sacrificios. Los judíos oraban a este Dios de acuerdo con sus
necesidades comunales y personales; contaban historias sobre cómo él había
interactuado con los seres humanos en el pasado; y esperaban que ayudara a los seres
humanos en el presente. En todos estos aspectos, el judaísmo resultaba «familiar» a
los fieles de otras religiones del Imperio.
No obstante, en otro sentido, el judaísmo se distinguía de las demás religiones del
Imperio romano. Todas éstas eran politeístas, es decir, reconocían y veneraban a muchos dioses de todo tipo que tenían diferentes funciones: grandes dioses del
Estado, dioses menores de las diversas localidades, dioses que tenían dominio sobre
distintos aspectos del nacimiento, la vida y la muerte humanos. El judaísmo, en
cambio, era monoteísta: los judíos insistían en venerar exclusivamente al único Dios
de sus ancestros, el Dios que, según afirmaban, había creado este mundo y lo
controlaba y que por sí solo proveía a su pueblo de lo que éste necesitaba. De acuerdo
con la tradición judía, este Dios todopoderoso había elegido a Israel para que fuera su
pueblo y le había prometido protegerlo y defenderlo a cambio de su devoción
absoluta y exclusiva. El pueblo judío, se creía, tenía una «alianza» con este Dios, un
acuerdo que era únicamente entre él y ellos. Los judíos sólo habían de venerar y
obedecer a este Dios; por tanto, la fe sólo tenía un único Templo, a diferencia de las
religiones politeístas de la época, en las que, por ejemplo, podía existir cualquier
cantidad de templos dedicados a un dios como Zeus. Los judíos, por supuesto, podían
venerar a su Dios dondequiera que vivieran, pero sólo podían cumplir con su
obligación religiosa de rendirle sacrificio en el Templo de Jerusalén. En otros lugares,
sin embargo, podían reunirse en «sinagogas» para orar y discutir las tradiciones
ancestrales que constituían el núcleo de su religión.
Estas tradiciones incluían tanto historias sobre la interacción de Dios con los
ancestros del pueblo israelita (los patriarcas y matriarcas de la fe: Abraham, Sara,
Isaac, Raquel, Jacob, Rebeca, José, Moisés, David, etc.) como instrucciones
detalladas acerca de cómo debía este pueblo vivir y practicar su fe. Uno de los
elementos que distinguían al judaísmo de las demás religiones del Imperio romano
era el hecho de que estas instrucciones, junto a otras tradiciones ancestrales, estaban
consignadas en libros sagrados.
Para muchos de los que en el mundo moderno están familiarizados con cualquiera
de las principales religiones occidentales contemporáneas (judaísmo, cristianismo e
islam) quizá resulte difícil imaginar que los libros no desempeñaban prácticamente
ninguna función en las religiones politeístas de la Antigüedad occidental. Estas
religiones se ocupaban casi exclusivamente de honrar a los dioses mediante
sacrificios rituales. No tenían doctrinas, explicadas en libros, que hubiera que
aprender, ni principios éticos, consignados en libros, que hubiera que respetar. Esto
no significa que los seguidores de las distintas religiones politeístas no tuvieran
creencias acerca de sus dioses o carecieran de ideas éticas, significa que (por muy
extraño que esto pueda parecemos hoy) las creencias y la ética no desempeñaban casi
ningún papel en la religión por sí misma. Éstas eran cuestiones de filosofía personal,
y las filosofías, por supuesto, podían expresarse en libros, pero dado que las
religiones antiguas no exigían que sus fieles profesaran ningún conjunto de
«doctrinas correctas» o, en su mayoría, que siguieran determinado «código ético», los
libros no tenían prácticamente ninguna función en ellas.
El judaísmo era único en el énfasis que ponía en sus tradiciones, costumbres y
leyes ancestrales, y sostenía que éstas estaban registradas en libros sagrados; para el pueblo judío, por tanto, estos libros tenían la condición de «Escrituras». Durante el