Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 2 de 76

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Jesús no dijo eso:

Los errores y falsificaciones de la biblia

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LOS COMIENZOS DE LAS ESCRITURAS CRISTIANAS

 

P ara discutir sobre las copias del Nuevo Testamento que poseemos, necesitamos empezar señalando una de las características que hacían del cristianismo una fe poco común en el mundo grecorromano: su carácter libresco. De hecho, para

entender esta peculiaridad del cristianismo, necesitamos remitirnos a los orígenes de

esta fe en la religión de la cual se derivó, el judaísmo. En cierto sentido el judaísmo,

la primera «religión del libro» de la civilización occidental, anuncia y prefigura el

carácter textual del cristianismo.

 

El JUDAÍSMO COMO RELIGIÓN DEL LIBRO

 

En el mundo romano, el judaísmo, la fuente del cristianismo, era una religión extraña,

aunque en ningún sentido única. Al igual que los seguidores de cualquiera de los

cientos de religiones del área mediterránea, los judíos reconocían la existencia de un

ámbito divino poblado por seres sobrenaturales (ángeles, arcángeles, dominaciones,

potestades); aprobaban el culto de la deidad a través del sacrificio de animales y otros

productos alimenticios; sostenían que había un lugar sagrado en el que este ser divino

moraba aquí en la Tierra (el Templo de Jerusalén) y que era allí donde debían

realizarse tales sacrificios. Los judíos oraban a este Dios de acuerdo con sus

necesidades comunales y personales; contaban historias sobre cómo él había

interactuado con los seres humanos en el pasado; y esperaban que ayudara a los seres

humanos en el presente. En todos estos aspectos, el judaísmo resultaba «familiar» a

los fieles de otras religiones del Imperio.

No obstante, en otro sentido, el judaísmo se distinguía de las demás religiones del

Imperio romano. Todas éstas eran politeístas, es decir, reconocían y veneraban a muchos dioses de todo tipo que tenían diferentes funciones: grandes dioses del

Estado, dioses menores de las diversas localidades, dioses que tenían dominio sobre

distintos aspectos del nacimiento, la vida y la muerte humanos. El judaísmo, en

cambio, era monoteísta: los judíos insistían en venerar exclusivamente al único Dios

de sus ancestros, el Dios que, según afirmaban, había creado este mundo y lo

controlaba y que por sí solo proveía a su pueblo de lo que éste necesitaba. De acuerdo

con la tradición judía, este Dios todopoderoso había elegido a Israel para que fuera su

pueblo y le había prometido protegerlo y defenderlo a cambio de su devoción

absoluta y exclusiva. El pueblo judío, se creía, tenía una «alianza» con este Dios, un

acuerdo que era únicamente entre él y ellos. Los judíos sólo habían de venerar y

obedecer a este Dios; por tanto, la fe sólo tenía un único Templo, a diferencia de las

religiones politeístas de la época, en las que, por ejemplo, podía existir cualquier

cantidad de templos dedicados a un dios como Zeus. Los judíos, por supuesto, podían

venerar a su Dios dondequiera que vivieran, pero sólo podían cumplir con su

obligación religiosa de rendirle sacrificio en el Templo de Jerusalén. En otros lugares,

sin embargo, podían reunirse en «sinagogas» para orar y discutir las tradiciones

ancestrales que constituían el núcleo de su religión.

Estas tradiciones incluían tanto historias sobre la interacción de Dios con los

ancestros del pueblo israelita (los patriarcas y matriarcas de la fe: Abraham, Sara,

Isaac, Raquel, Jacob, Rebeca, José, Moisés, David, etc.) como instrucciones

detalladas acerca de cómo debía este pueblo vivir y practicar su fe. Uno de los

elementos que distinguían al judaísmo de las demás religiones del Imperio romano

era el hecho de que estas instrucciones, junto a otras tradiciones ancestrales, estaban

consignadas en libros sagrados.

Para muchos de los que en el mundo moderno están familiarizados con cualquiera

de las principales religiones occidentales contemporáneas (judaísmo, cristianismo e

islam) quizá resulte difícil imaginar que los libros no desempeñaban prácticamente

ninguna función en las religiones politeístas de la Antigüedad occidental. Estas

religiones se ocupaban casi exclusivamente de honrar a los dioses mediante

sacrificios rituales. No tenían doctrinas, explicadas en libros, que hubiera que

aprender, ni principios éticos, consignados en libros, que hubiera que respetar. Esto

no significa que los seguidores de las distintas religiones politeístas no tuvieran

creencias acerca de sus dioses o carecieran de ideas éticas, significa que (por muy

extraño que esto pueda parecemos hoy) las creencias y la ética no desempeñaban casi

ningún papel en la religión por sí misma. Éstas eran cuestiones de filosofía personal,

y las filosofías, por supuesto, podían expresarse en libros, pero dado que las

religiones antiguas no exigían que sus fieles profesaran ningún conjunto de

«doctrinas correctas» o, en su mayoría, que siguieran determinado «código ético», los

libros no tenían prácticamente ninguna función en ellas.

El judaísmo era único en el énfasis que ponía en sus tradiciones, costumbres y

leyes ancestrales, y sostenía que éstas estaban registradas en libros sagrados; para el pueblo judío, por tanto, estos libros tenían la condición de «Escrituras». Durante el