Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 43 de 76

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Jesús no dijo eso:

5 Originales que importan

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ORIGINALES QUE IMPORTAN

 

E n este capítulo examinaremos los métodos que los estudiosos han concebido para identificar la forma «original» del texto neotestamentario (o, al menos, la forma «más antigua asequible») y la forma que representa una alteración introducida

por un escriba posterior. Tras exponer estos métodos, me centraré en tres variantes

que nos ofrece la tradición manuscrita del Nuevo Testamento para ilustrar cómo se

utilizan. He elegido esas tres variantes porque cada una de ellas es clave para la

interpretación del libro que las contiene y, sin embargo, ninguna de ellas aparece

recogida en la mayoría de las traducciones modernas del Nuevo Testamento. Es decir,

desde mi punto de vista, gran parte de las traducciones disponibles para los lectores

contemporáneos se basan en el texto equivocado, y tener el texto equivocado incide

de manera real en cómo se interpretan esos libros.

Sin embargo, antes que todo, debemos considerar los métodos que los

especialistas han desarrollado para tomar decisiones sobre qué variantes textuales

representan la redacción original y cuáles, en cambio, se deben a la intervención de

los copistas. Como veremos, establecer la forma más antigua del texto no siempre es

un asunto sencillo; de hecho, puede ser un ejercicio especialmente exigente.

 

LOS MÉTODOS MODERNOS DE LA CRÍTICA TEXTUAL

 

La mayoría de los críticos textuales de nuestros días se autodenominan eclécticos

racionales en lo que respecta al modo en que toman las decisiones en relación a la

forma más antigua del texto del Nuevo Testamento. Esto significa que, a partir de

diversas lecturas textuales, ellos «eligen» (tal es el significado original de la palabra

ecléctico) la que mejor representa la forma más antigua del texto, utilizando un

abanico de argumentos textuales (racionales). Estos argumentos se basan en pruebas

que, por lo general, se clasifican como externas o internas según su naturaleza[1].

 

Pruebas externas

Los argumentos que se basan en las pruebas externas se relacionan con los

manuscritos conservados que apoyan una u otra lectura. ¿Qué manuscritos atestiguan

esta lectura? ¿Son tales manuscritos fiables? ¿Qué los hace o no fiables?

Al pensar en los manuscritos que respaldan una variante textual en lugar de otra, uno podría sentir la tentación de contar cabezas, por decirlo de algún modo, y

determinar así qué variante cuenta con más testimonios conservados. Sin embargo, la

mayor parte de los estudiosos contemporáneos no cree en absoluto que hallar el mejor

texto disponible consista en saber cuál es el que cuenta con el respaldo de la mayoría

de los manuscritos. La razón para ello puede explicarse con facilidad mediante un

ejemplo.

Supongamos que después de producir el manuscrito original de un texto se

realizan dos copias de él, a las que llamaremos A y B. Estas dos copias, por supuesto,

diferirán entre sí de algún modo, ya sea en mayor o menor medida. Supongamos

ahora que de A un escriba realiza una copia, mientras que de B realizan copias

cincuenta escribas. Luego, el manuscrito original y las copias A y B se pierden, de

manera que todo lo que la tradición conserva son las cincuenta y una copias de

segunda generación, una hecha a partir de A y cincuenta a partir de B. Si la lectura de

un pasaje presente en cincuenta manuscritos (los que tuvieron como modelo la

copia B) difiere de la lectura que recoge uno solo (la copia de A), ¿qué posibilidades

hay de que la primera lectura sea necesariamente más fiel a la versión original?

Ninguna, ninguna en absoluto, incluso a pesar de que, por simple conteo, ésta esté

atestiguada en cincuenta veces más manuscritos. De hecho, en última instancia, la

diferencia entre los manuscritos que apoyan una u otra lectura no es de cincuenta a

uno, sino de uno a uno: A contra B. Por tanto, la simple cuestión numérica de cuántos

manuscritos respaldan una versión sobre otra no necesariamente está vinculada con la

cuestión de cuál representa mejor la forma original (o más antigua) del texto[2].

Los especialistas están convencidos, en general, de que otro tipo de

consideraciones son muchísimo más importantes en el momento de determinar qué

lectura ha de ser vista como la forma más antigua del texto. Una de esas otras

consideraciones es la edad del manuscrito que respalda una lectura dada. Partiendo de

la premisa de que un texto cambia con mayor frecuencia con el paso del tiempo,

tenemos que es más probable que la forma más antigua del texto sea la que recogen

los manuscritos más antiguos. Esto no significa, por supuesto, que el estudioso deba,

en todos los casos, atenerse ciegamente a los manuscritos más antiguos. Y hay dos

razones para ello, la primera es una cuestión de lógica, la segunda de historia. En

términos de lógica, supóngase que un manuscrito del siglo V propone una lectura,

mientras que uno del siglo VIII recoge otra. ¿Es la versión recogida por el primero

necesariamente la forma más antigua del texto? No, no necesariamente. Podría

ocurrir, por ejemplo, que el manuscrito del siglo V hubiera tenido como modelo una

copia del siglo IV, mientras que el manuscrito del siglo VIII hubiera sido realizado a

partir de una del siglo III En tal caso, el manuscrito del siglo VIII sería el que preserva

la lectura más antigua.

La razón histórica por la que no podemos limitarnos a confiar en lo que el

manuscrito más antiguo dice, sin tener en cuenta otros factores, es que, como hemos

visto, el primer período de la transmisión textual del Nuevo Testamento fue también el menos controlado. Fue en esa época cuando la transmisión del texto estuvo a

cargo, en su mayoría, de copistas no profesionales, que cometían montones de

errores.

Y así, tenemos que la edad de los testimonios, aunque importa, no puede

considerársela un criterio absoluto. Éste es el motivo por el cual los críticos textuales

son, en su mayoría, eclécticos racionales. Creen que deben tener en cuenta un abanico

de argumentos para elegir una lectura u otra, no simplemente contar los manuscritos

que las sustentan o confiarse a la forma recogida en los más antiguos. Con todo, si la

mayoría de los manuscritos más antiguos coinciden en respaldar una lectura sobre

otra, se considera que la combinación de factores inclina la balanza cuando hay que

tomar una decisión textual.

Otro criterio externo es el alcance geográfico de los manuscritos que privilegian

una lectura sobre otra. Supongamos que determinada variante se halla presente en una

buena cantidad de manuscritos, pero es posible demostrar que todos ellos fueron

realizados, por decir algo, en Roma, mientras que existe otra lectura recogida en un

amplio número de manuscritos procedentes de Egipto, Palestina, Así Menor y Galia.

En ese caso, el crítico textual puede sospechar que la primera versión es una variante

«local» (las copias de Roma contendrían todas el mismo error) y que es más probable

que la otra sea más antigua y preserve mejor el texto original.

Para los estudiosos el criterio externo más importante quizá sea el siguiente: para

que una lectura se considere «original», normalmente ésta ha de encontrase en los

mejores manuscritos y en los mejores grupos de manuscritos. Ésta es una formulación

un tanto complicada, pero no resulta tan difícil explicar cómo funciona: es posible

demostrar que algunos manuscritos son, por diversas razones, superiores a otros. Por

ejemplo, siempre que las pruebas internas (a las que nos referiremos a continuación)

resultan prácticamente decisivas para privilegiar una lectura, estos manuscritos casi

siempre contienen esa lectura, mientras que otros (por lo general, de composición

posterior) recogen la versión alternativa. El principio implícito en este criterio

sostiene que si algunos manuscritos han demostrado ser superiores en lecturas en las

que la forma más antigua resulta obvia, es muy probable que también sean superiores

cuando se trata de lecturas que las pruebas internas no sustenta con total claridad. En

cierto sentido, es como contar con testigos en un tribunal de justicia o tener amigos

en cuya palabra se puede confiar. Cuando sabes que una persona es propensa a

mentir, nunca puedes estar seguro de si es posible o no confiar en ella; pero si sabes

que esa persona es digna de fiar, entonces puedes confiar en ella incluso cuando te

dice algo que no tienes otro modo de comprobar.

Lo mismo ocurre en el caso de los grupos de testimonios. En el capítulo anterior

vimos que Westcott y Hort desarrollaron la idea de Bengel de que los manuscritos

podían agruparse en familias textuales. Algunos de estos grupos de textos, se

descubrió luego, eran más fiables que otros, ya que preservaban lo mejor y más

antiguo de los testimonios conservados y, cuando se los sometió a pruebas, proporcionaron lecturas superiores. En particular, muchos eclécticos racionales