Jesús no dijo eso:
5 Originales que importan
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ORIGINALES QUE IMPORTAN
E n este capítulo examinaremos los métodos que los estudiosos han concebido para identificar la forma «original» del texto neotestamentario (o, al menos, la forma «más antigua asequible») y la forma que representa una alteración introducida
por un escriba posterior. Tras exponer estos métodos, me centraré en tres variantes
que nos ofrece la tradición manuscrita del Nuevo Testamento para ilustrar cómo se
utilizan. He elegido esas tres variantes porque cada una de ellas es clave para la
interpretación del libro que las contiene y, sin embargo, ninguna de ellas aparece
recogida en la mayoría de las traducciones modernas del Nuevo Testamento. Es decir,
desde mi punto de vista, gran parte de las traducciones disponibles para los lectores
contemporáneos se basan en el texto equivocado, y tener el texto equivocado incide
de manera real en cómo se interpretan esos libros.
Sin embargo, antes que todo, debemos considerar los métodos que los
especialistas han desarrollado para tomar decisiones sobre qué variantes textuales
representan la redacción original y cuáles, en cambio, se deben a la intervención de
los copistas. Como veremos, establecer la forma más antigua del texto no siempre es
un asunto sencillo; de hecho, puede ser un ejercicio especialmente exigente.
LOS MÉTODOS MODERNOS DE LA CRÍTICA TEXTUAL
La mayoría de los críticos textuales de nuestros días se autodenominan eclécticos
racionales en lo que respecta al modo en que toman las decisiones en relación a la
forma más antigua del texto del Nuevo Testamento. Esto significa que, a partir de
diversas lecturas textuales, ellos «eligen» (tal es el significado original de la palabra
ecléctico) la que mejor representa la forma más antigua del texto, utilizando un
abanico de argumentos textuales (racionales). Estos argumentos se basan en pruebas
que, por lo general, se clasifican como externas o internas según su naturaleza[1].
Pruebas externas
Los argumentos que se basan en las pruebas externas se relacionan con los
manuscritos conservados que apoyan una u otra lectura. ¿Qué manuscritos atestiguan
esta lectura? ¿Son tales manuscritos fiables? ¿Qué los hace o no fiables?
Al pensar en los manuscritos que respaldan una variante textual en lugar de otra, uno podría sentir la tentación de contar cabezas, por decirlo de algún modo, y
determinar así qué variante cuenta con más testimonios conservados. Sin embargo, la
mayor parte de los estudiosos contemporáneos no cree en absoluto que hallar el mejor
texto disponible consista en saber cuál es el que cuenta con el respaldo de la mayoría
de los manuscritos. La razón para ello puede explicarse con facilidad mediante un
ejemplo.
Supongamos que después de producir el manuscrito original de un texto se
realizan dos copias de él, a las que llamaremos A y B. Estas dos copias, por supuesto,
diferirán entre sí de algún modo, ya sea en mayor o menor medida. Supongamos
ahora que de A un escriba realiza una copia, mientras que de B realizan copias
cincuenta escribas. Luego, el manuscrito original y las copias A y B se pierden, de
manera que todo lo que la tradición conserva son las cincuenta y una copias de
segunda generación, una hecha a partir de A y cincuenta a partir de B. Si la lectura de
un pasaje presente en cincuenta manuscritos (los que tuvieron como modelo la
copia B) difiere de la lectura que recoge uno solo (la copia de A), ¿qué posibilidades
hay de que la primera lectura sea necesariamente más fiel a la versión original?
Ninguna, ninguna en absoluto, incluso a pesar de que, por simple conteo, ésta esté
atestiguada en cincuenta veces más manuscritos. De hecho, en última instancia, la
diferencia entre los manuscritos que apoyan una u otra lectura no es de cincuenta a
uno, sino de uno a uno: A contra B. Por tanto, la simple cuestión numérica de cuántos
manuscritos respaldan una versión sobre otra no necesariamente está vinculada con la
cuestión de cuál representa mejor la forma original (o más antigua) del texto[2].
Los especialistas están convencidos, en general, de que otro tipo de
consideraciones son muchísimo más importantes en el momento de determinar qué
lectura ha de ser vista como la forma más antigua del texto. Una de esas otras
consideraciones es la edad del manuscrito que respalda una lectura dada. Partiendo de
la premisa de que un texto cambia con mayor frecuencia con el paso del tiempo,
tenemos que es más probable que la forma más antigua del texto sea la que recogen
los manuscritos más antiguos. Esto no significa, por supuesto, que el estudioso deba,
en todos los casos, atenerse ciegamente a los manuscritos más antiguos. Y hay dos
razones para ello, la primera es una cuestión de lógica, la segunda de historia. En
términos de lógica, supóngase que un manuscrito del siglo V propone una lectura,
mientras que uno del siglo VIII recoge otra. ¿Es la versión recogida por el primero
necesariamente la forma más antigua del texto? No, no necesariamente. Podría
ocurrir, por ejemplo, que el manuscrito del siglo V hubiera tenido como modelo una
copia del siglo IV, mientras que el manuscrito del siglo VIII hubiera sido realizado a
partir de una del siglo III En tal caso, el manuscrito del siglo VIII sería el que preserva
la lectura más antigua.
La razón histórica por la que no podemos limitarnos a confiar en lo que el
manuscrito más antiguo dice, sin tener en cuenta otros factores, es que, como hemos
visto, el primer período de la transmisión textual del Nuevo Testamento fue también el menos controlado. Fue en esa época cuando la transmisión del texto estuvo a
cargo, en su mayoría, de copistas no profesionales, que cometían montones de
errores.
Y así, tenemos que la edad de los testimonios, aunque importa, no puede
considerársela un criterio absoluto. Éste es el motivo por el cual los críticos textuales
son, en su mayoría, eclécticos racionales. Creen que deben tener en cuenta un abanico
de argumentos para elegir una lectura u otra, no simplemente contar los manuscritos
que las sustentan o confiarse a la forma recogida en los más antiguos. Con todo, si la
mayoría de los manuscritos más antiguos coinciden en respaldar una lectura sobre
otra, se considera que la combinación de factores inclina la balanza cuando hay que
tomar una decisión textual.
Otro criterio externo es el alcance geográfico de los manuscritos que privilegian
una lectura sobre otra. Supongamos que determinada variante se halla presente en una
buena cantidad de manuscritos, pero es posible demostrar que todos ellos fueron
realizados, por decir algo, en Roma, mientras que existe otra lectura recogida en un
amplio número de manuscritos procedentes de Egipto, Palestina, Así Menor y Galia.
En ese caso, el crítico textual puede sospechar que la primera versión es una variante
«local» (las copias de Roma contendrían todas el mismo error) y que es más probable
que la otra sea más antigua y preserve mejor el texto original.
Para los estudiosos el criterio externo más importante quizá sea el siguiente: para
que una lectura se considere «original», normalmente ésta ha de encontrase en los
mejores manuscritos y en los mejores grupos de manuscritos. Ésta es una formulación
un tanto complicada, pero no resulta tan difícil explicar cómo funciona: es posible
demostrar que algunos manuscritos son, por diversas razones, superiores a otros. Por
ejemplo, siempre que las pruebas internas (a las que nos referiremos a continuación)
resultan prácticamente decisivas para privilegiar una lectura, estos manuscritos casi
siempre contienen esa lectura, mientras que otros (por lo general, de composición
posterior) recogen la versión alternativa. El principio implícito en este criterio
sostiene que si algunos manuscritos han demostrado ser superiores en lecturas en las
que la forma más antigua resulta obvia, es muy probable que también sean superiores
cuando se trata de lecturas que las pruebas internas no sustenta con total claridad. En
cierto sentido, es como contar con testigos en un tribunal de justicia o tener amigos
en cuya palabra se puede confiar. Cuando sabes que una persona es propensa a
mentir, nunca puedes estar seguro de si es posible o no confiar en ella; pero si sabes
que esa persona es digna de fiar, entonces puedes confiar en ella incluso cuando te
dice algo que no tienes otro modo de comprobar.
Lo mismo ocurre en el caso de los grupos de testimonios. En el capítulo anterior
vimos que Westcott y Hort desarrollaron la idea de Bengel de que los manuscritos
podían agruparse en familias textuales. Algunos de estos grupos de textos, se
descubrió luego, eran más fiables que otros, ya que preservaban lo mejor y más
antiguo de los testimonios conservados y, cuando se los sometió a pruebas, proporcionaron lecturas superiores. En particular, muchos eclécticos racionales