Jesús no dijo eso:
Los judíos y los textos de las escrituras
Hasta este punto nos hemos referido a varias de las controversias internas del
cristianismo primitivo (disputas sobre cuestiones cristológicas y sobre el papel de las
mujeres en la Iglesia) y hemos examinado cómo afectaron a los escribas encargados
de reproducir los textos sagrados de la fe. Éstas, no obstante, no fueron el único tipo
de controversias en que se vieron involucrados los cristianos. Otros conflictos igual
de intensos para quienes participaron en ellos, e igual de significativos para nuestra
exposición, fueron los que hubo entre los cristianos y quienes se encontraban fuera de
su religión, los judíos y los paganos que se opusieron al cristianismo y entablaron
polémicas con los creyentes. Estos enfrentamientos también incidieron en la
transmisión de los textos de las Escrituras. Para empezar, podemos considerar las
disputas entre los cristianos de los primeros siglos y los judíos no cristianos.
Judíos y cristianos en conflicto
Una de las ironías del cristianismo primitivo es que Jesús mismo era un judío que
veneraba al Dios de los judíos, observaba las costumbres judías, interpretaba la ley
judía y tuvo discípulos judíos, que le consideraban el mesías judío. No obstante,
apenas unas cuantas décadas después de la muerte de Jesús, sus seguidores habían
formado una religión contraria al judaísmo. ¿Cómo fue que el cristianismo pasó con
tanta rapidez de ser una secta judía a ser una religión antisemita?
Ésta es una pregunta complicada, y para responderla de forma satisfactoria sería
necesario dedicarle un libro entero[7]. Por consiguiente, me limitaré sólo a ofrecer un
esbozo histórico del surgimiento del antisemitismo dentro del cristianismo primitivo
con el fin de proporcionar al lector un contexto que nos permita comprender por qué
los escribas cristianos alteraron ocasionalmente sus textos para oponerse a los judíos.
Los últimos veinte años han sido testigos del auge de las investigaciones sobre el
Jesús histórico. Como resultado de ello, existe hoy un enorme abanico de opiniones
sobre el mejor modo de entender a Jesús, ya sea como un rabí, como un
revolucionario social, como un insurgente político, como un filósofo cínico, como un
profeta apocalíptico: las alternativas son múltiples. Ahora bien, algo en lo que
prácticamente todos los expertos coinciden es que no importa cómo se entienda el
quid de la misión de Jesús, es necesario situarlo en su propio contexto, esto es, el de
un judío en la Palestina del siglo I e. c. Independientemente de qué otras cosas fuera,
Jesús era un judío en todos los sentidos, al igual que lo eran sus discípulos. En algún
momento, los seguidores de Jesús empezaron a pensar en él como el mesías judío,
esto quizá ocurrió antes de su muerte, pero no hay duda de que fue así después de
ella. En el siglo I, el término mesías tenía significados diferentes para diferentes
judíos, pero algo que todos los judíos parecían tener en común cuando pensaban en él era que el mesías sería un personaje lleno de grandeza y poder que, de algún modo
(por ejemplo, reuniendo un ejército judío o a la cabeza de las huestes celestiales),
vencería a los enemigos de Israel y convertiría a su pueblo en una nación soberana
gobernada por Dios mismo (posiblemente a través de un representante humano). Es
obvio que los cristianos que consideraban a Jesús el mesías tuvieron dificultades para
convencer a otros de sus afirmaciones, dado que en lugar de ser un guerrero poderoso
o un juez celestial, Jesús era famoso por haber sido un predicador itinerante que había
tenido problemas con la ley y había terminado siendo crucificado como un
delincuente de los bajos fondos.
Para la mayoría de los judíos, denominar a Jesús el mesías era simplemente
ridículo. Jesús no era el líder poderoso que Israel estaba esperando. Era un don nadie
débil e indefenso que había sido ejecutado de la forma más dolorosa y humillante
ideada por los romanos, que eran quienes realmente tenían el poder. Los cristianos,
sin embargo, insistían en que Jesús era el mesías y aseguraban que su muerte no
había sido un error judicial o un acontecimiento imprevisto, sino un acto divino,
mediante el cual él había traído la salvación al mundo.
¿Cómo reaccionaron los cristianos ante las dificultades que encontraron para
convencer a la mayoría de los judíos de que lo que decían era cierto? Los cristianos,
por supuesto, no iban a admitir que estaban equivocados. Y si ellos no lo estaban,
¿quién lo estaba? Los judíos, evidentemente. En una etapa muy temprana de la
historia de la fe, los cristianos empezaron a insistir en que los judíos que rechazaban
su mensaje eran gente terca y ciega, y que al no aceptar sus ideas sobre Jesús estaban
dando la espalda a la salvación que su propio Dios les había proporcionado. Algunas
de estas opiniones ya las expresaba el primer escritor cristiano de la historia, el
apóstol Pablo. En la primera de las epístolas que se conservaron de las que escribió a
los tesalonicenses, Pablo sostiene:
Porque vosotros, hermanos, habéis seguido el ejemplo de las Iglesias de Dios que están en Judea, en
Cristo Jesús, pues también vosotros habéis sufrido de vuestros compatriotas las mismas cosas que ellos
de parte de los judíos; éstos son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han
perseguido a nosotros; no agradan a Dios, y son enemigos de todos los hombres (1
Tesalonicenses 2:14-15).
Pablo creía que los judíos rechazaban a Jesús porque pensaban que la relación
especial que ellos tenían con Dios dependía del hecho de que poseían y observaban la
Ley que Dios les había dado (Romanos 10:3-4). Sin embargo, según el apóstol, la
salvación de los judíos, así como la de los gentiles, no se obtenía a través de la Ley,
sino a través de la fe en la muerte y la resurrección de Jesús (Romanos 3:21-22). Por
tanto, la observancia de la Ley no desempeñaba función alguna en la salvación; y de
acuerdo con ello, a los gentiles que se convertían en seguidores de Jesús se les
enseñaba que no tenían que pensar que su relación con Dios mejoraría si se acogían a
la Ley. Debían seguir siendo lo que eran, no necesitaban volverse judíos
(Gálatas 2:15-16).
Otros cristianos de este período tenían, como es obvio, una opinión diferente al
respecto, como ocurría en prácticamente todas las cuestiones de importancia de la
época. Mateo, por ejemplo, parece dar por sentado que si bien era la muerte y
resurrección de Jesús lo que traía la salvación, era natural que sus seguidores
respetaran la Ley como el propio Jesús lo había hecho (véase Mateo 5:17-20). Sin
embargo, con el tiempo se difundió la idea de que los cristianos eran distintos de los
judíos, de que el cumplimiento de las leyes judías no tenía implicaciones para la
salvación y de que unirse al pueblo judío era identificarse con la gente que había
rechazado a su propio mesías, de hecho, con quienes habían rechazado a su propio
Dios.
Al entrar en el siglo II descubrimos que para entonces el cristianismo y el
judaísmo se habían convertido en dos religiones distintas, a pesar de lo cual era
mucho lo que cada una tenía que decir de la otra. Los cristianos, en realidad, se
encontraban en una especie de aprieto. Por un lado, reconocían que Jesús era el
mesías anunciado por las Escrituras judías, algo fundamental para ganar algo de
credibilidad en un mundo que tenía en alta estima todo lo que era antiguo pero
sospechaba de cualquier cosa «reciente» y dudaba del valor de las novedades. Sin
embargo, al insistir en que esas Escrituras, los antiquísimos textos de la tradición
judía, eran los cimientos de sus creencias, reclamaban para sí la Biblia judía, lo que
los colocaba en una posición incómoda, pues, a fin de cuentas, ¿no era la Biblia judía
para los judíos? Por tanto, los cristianos empezaron a sostener no sólo que los judíos
habían despreciado a su propio mesías y, con él, a su propio Dios, sino que asimismo
habían tergiversado sus propias Escrituras. Y de este modo encontramos escritos
cristianos como la denominada Carta de Bernabé, un libro que algunos cristianos
primitivos consideraban parte del canon neotestamentario, en la que se afirma que el
judaísmo es, y siempre ha sido, una religión falsa, que un ángel del mal había
confundido a los judíos para que interpretaran las leyes entregadas a Moisés como
preceptos literales sobre cómo habían de vivir, cuando en realidad era necesario
interpretarlas alegóricamente[8].
Llegado el momento, encontramos a los cristianos condenando a los judíos en los
términos más severos posibles por haberse negado a reconocer a Jesús como el
mesías. En el siglo II, un autor como Justino Mártir llegó a asegurar que la razón por
la que Dios había ordenado a los judíos circuncidarse era para marcarlos como un
pueblo especial que merecía ser perseguido. Y luego nos topamos con escritores
como Tertuliano y Orígenes, que sostenían que la destrucción de Jerusalén por los
ejércitos romanos en el año 70 e. c. era una forma de castigar a los judíos por haber
matado a su mesías; o como Melitón de Sardes, que aseguraba que dado que habían
matado a Cristo, los judíos eran culpables de haber asesinado a Dios:
¡Prestad atención familias de todas las naciones y observad! Un crimen extraordinario ha tenido lugar
en el centro de Jerusalén, en la ciudad consagrada a la Ley de Dios, en la ciudad de los hebreos, en la
ciudad de los profetas, en la ciudad que pensamos justa. ¿A quién se ha asesinado? ¿Y quién es el