Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 60 de 76

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Jesús no dijo eso:

Los judíos y los textos de las escrituras

 

Hasta este punto nos hemos referido a varias de las controversias internas del

cristianismo primitivo (disputas sobre cuestiones cristológicas y sobre el papel de las

mujeres en la Iglesia) y hemos examinado cómo afectaron a los escribas encargados

de reproducir los textos sagrados de la fe. Éstas, no obstante, no fueron el único tipo

de controversias en que se vieron involucrados los cristianos. Otros conflictos igual

de intensos para quienes participaron en ellos, e igual de significativos para nuestra

exposición, fueron los que hubo entre los cristianos y quienes se encontraban fuera de

su religión, los judíos y los paganos que se opusieron al cristianismo y entablaron

polémicas con los creyentes. Estos enfrentamientos también incidieron en la

transmisión de los textos de las Escrituras. Para empezar, podemos considerar las

disputas entre los cristianos de los primeros siglos y los judíos no cristianos.

 

Judíos y cristianos en conflicto

Una de las ironías del cristianismo primitivo es que Jesús mismo era un judío que

veneraba al Dios de los judíos, observaba las costumbres judías, interpretaba la ley

judía y tuvo discípulos judíos, que le consideraban el mesías judío. No obstante,

apenas unas cuantas décadas después de la muerte de Jesús, sus seguidores habían

formado una religión contraria al judaísmo. ¿Cómo fue que el cristianismo pasó con

tanta rapidez de ser una secta judía a ser una religión antisemita?

Ésta es una pregunta complicada, y para responderla de forma satisfactoria sería

necesario dedicarle un libro entero[7]. Por consiguiente, me limitaré sólo a ofrecer un

esbozo histórico del surgimiento del antisemitismo dentro del cristianismo primitivo

con el fin de proporcionar al lector un contexto que nos permita comprender por qué

los escribas cristianos alteraron ocasionalmente sus textos para oponerse a los judíos.

Los últimos veinte años han sido testigos del auge de las investigaciones sobre el

Jesús histórico. Como resultado de ello, existe hoy un enorme abanico de opiniones

sobre el mejor modo de entender a Jesús, ya sea como un rabí, como un

revolucionario social, como un insurgente político, como un filósofo cínico, como un

profeta apocalíptico: las alternativas son múltiples. Ahora bien, algo en lo que

prácticamente todos los expertos coinciden es que no importa cómo se entienda el

quid de la misión de Jesús, es necesario situarlo en su propio contexto, esto es, el de

un judío en la Palestina del siglo I e. c. Independientemente de qué otras cosas fuera,

Jesús era un judío en todos los sentidos, al igual que lo eran sus discípulos. En algún

momento, los seguidores de Jesús empezaron a pensar en él como el mesías judío,

esto quizá ocurrió antes de su muerte, pero no hay duda de que fue así después de

ella. En el siglo I, el término mesías tenía significados diferentes para diferentes

judíos, pero algo que todos los judíos parecían tener en común cuando pensaban en él era que el mesías sería un personaje lleno de grandeza y poder que, de algún modo

(por ejemplo, reuniendo un ejército judío o a la cabeza de las huestes celestiales),

vencería a los enemigos de Israel y convertiría a su pueblo en una nación soberana

gobernada por Dios mismo (posiblemente a través de un representante humano). Es

obvio que los cristianos que consideraban a Jesús el mesías tuvieron dificultades para

convencer a otros de sus afirmaciones, dado que en lugar de ser un guerrero poderoso

o un juez celestial, Jesús era famoso por haber sido un predicador itinerante que había

tenido problemas con la ley y había terminado siendo crucificado como un

delincuente de los bajos fondos.

Para la mayoría de los judíos, denominar a Jesús el mesías era simplemente

ridículo. Jesús no era el líder poderoso que Israel estaba esperando. Era un don nadie

débil e indefenso que había sido ejecutado de la forma más dolorosa y humillante

ideada por los romanos, que eran quienes realmente tenían el poder. Los cristianos,

sin embargo, insistían en que Jesús era el mesías y aseguraban que su muerte no

había sido un error judicial o un acontecimiento imprevisto, sino un acto divino,

mediante el cual él había traído la salvación al mundo.

¿Cómo reaccionaron los cristianos ante las dificultades que encontraron para

convencer a la mayoría de los judíos de que lo que decían era cierto? Los cristianos,

por supuesto, no iban a admitir que estaban equivocados. Y si ellos no lo estaban,

¿quién lo estaba? Los judíos, evidentemente. En una etapa muy temprana de la

historia de la fe, los cristianos empezaron a insistir en que los judíos que rechazaban

su mensaje eran gente terca y ciega, y que al no aceptar sus ideas sobre Jesús estaban

dando la espalda a la salvación que su propio Dios les había proporcionado. Algunas

de estas opiniones ya las expresaba el primer escritor cristiano de la historia, el

apóstol Pablo. En la primera de las epístolas que se conservaron de las que escribió a

los tesalonicenses, Pablo sostiene:

Porque vosotros, hermanos, habéis seguido el ejemplo de las Iglesias de Dios que están en Judea, en

Cristo Jesús, pues también vosotros habéis sufrido de vuestros compatriotas las mismas cosas que ellos

de parte de los judíos; éstos son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han

perseguido a nosotros; no agradan a Dios, y son enemigos de todos los hombres (1

Tesalonicenses 2:14-15).

 

Pablo creía que los judíos rechazaban a Jesús porque pensaban que la relación

especial que ellos tenían con Dios dependía del hecho de que poseían y observaban la

Ley que Dios les había dado (Romanos 10:3-4). Sin embargo, según el apóstol, la

salvación de los judíos, así como la de los gentiles, no se obtenía a través de la Ley,

sino a través de la fe en la muerte y la resurrección de Jesús (Romanos 3:21-22). Por

tanto, la observancia de la Ley no desempeñaba función alguna en la salvación; y de

acuerdo con ello, a los gentiles que se convertían en seguidores de Jesús se les

enseñaba que no tenían que pensar que su relación con Dios mejoraría si se acogían a

la Ley. Debían seguir siendo lo que eran, no necesitaban volverse judíos

(Gálatas 2:15-16).

Otros cristianos de este período tenían, como es obvio, una opinión diferente al

respecto, como ocurría en prácticamente todas las cuestiones de importancia de la

época. Mateo, por ejemplo, parece dar por sentado que si bien era la muerte y

resurrección de Jesús lo que traía la salvación, era natural que sus seguidores

respetaran la Ley como el propio Jesús lo había hecho (véase Mateo 5:17-20). Sin

embargo, con el tiempo se difundió la idea de que los cristianos eran distintos de los

judíos, de que el cumplimiento de las leyes judías no tenía implicaciones para la

salvación y de que unirse al pueblo judío era identificarse con la gente que había

rechazado a su propio mesías, de hecho, con quienes habían rechazado a su propio

Dios.

Al entrar en el siglo II descubrimos que para entonces el cristianismo y el

judaísmo se habían convertido en dos religiones distintas, a pesar de lo cual era

mucho lo que cada una tenía que decir de la otra. Los cristianos, en realidad, se

encontraban en una especie de aprieto. Por un lado, reconocían que Jesús era el

mesías anunciado por las Escrituras judías, algo fundamental para ganar algo de

credibilidad en un mundo que tenía en alta estima todo lo que era antiguo pero

sospechaba de cualquier cosa «reciente» y dudaba del valor de las novedades. Sin

embargo, al insistir en que esas Escrituras, los antiquísimos textos de la tradición

judía, eran los cimientos de sus creencias, reclamaban para sí la Biblia judía, lo que

los colocaba en una posición incómoda, pues, a fin de cuentas, ¿no era la Biblia judía

para los judíos? Por tanto, los cristianos empezaron a sostener no sólo que los judíos

habían despreciado a su propio mesías y, con él, a su propio Dios, sino que asimismo

habían tergiversado sus propias Escrituras. Y de este modo encontramos escritos

cristianos como la denominada Carta de Bernabé, un libro que algunos cristianos

primitivos consideraban parte del canon neotestamentario, en la que se afirma que el

judaísmo es, y siempre ha sido, una religión falsa, que un ángel del mal había

confundido a los judíos para que interpretaran las leyes entregadas a Moisés como

preceptos literales sobre cómo habían de vivir, cuando en realidad era necesario

interpretarlas alegóricamente[8].

Llegado el momento, encontramos a los cristianos condenando a los judíos en los

términos más severos posibles por haberse negado a reconocer a Jesús como el

mesías. En el siglo II, un autor como Justino Mártir llegó a asegurar que la razón por

la que Dios había ordenado a los judíos circuncidarse era para marcarlos como un

pueblo especial que merecía ser perseguido. Y luego nos topamos con escritores

como Tertuliano y Orígenes, que sostenían que la destrucción de Jerusalén por los

ejércitos romanos en el año 70 e. c. era una forma de castigar a los judíos por haber

matado a su mesías; o como Melitón de Sardes, que aseguraba que dado que habían

matado a Cristo, los judíos eran culpables de haber asesinado a Dios:

¡Prestad atención familias de todas las naciones y observad! Un crimen extraordinario ha tenido lugar

en el centro de Jerusalén, en la ciudad consagrada a la Ley de Dios, en la ciudad de los hebreos, en la

ciudad de los profetas, en la ciudad que pensamos justa. ¿A quién se ha asesinado? ¿Y quién es el