Jesús no dijo eso:
Cambios intencionados
En cierto sentido, los cambios que hemos estado comentando son los más fáciles de
reconocer y eliminar cuando se intenta establecer la forma más antigua del texto
neotestamentario. Los cambios intencionados, por su parte, tienden a ser algo más
difíciles de identificar. Precisamente porque habiendo sido hechos de forma
deliberada, pueden parecer coherentes. Y dado que son coherentes, siempre habrá
críticos que arguyan que son la opción más coherente, esto es, que no son cambios
sino las palabras originales. Éste no es un debate entre los estudiosos que creen que el
texto ha sido alterado y quienes piensan que no lo ha sido. Todos los expertos saben
que el texto ha sido modificado, y lo único que se discute es cuál constituye una
alteración y cuál, por el contrario, puede considerarse la forma más antigua del texto
a nuestra disposición. Al respecto, hay ocasiones en las que las opiniones de los
estudiosos no coinciden.
Ahora bien, en un número extraordinario de casos, en realidad en la mayoría de
ellos, los especialistas suelen ser de la misma opinión. En este punto, quizá lo más
conveniente para nosotros sea examinar una muestra de los tipos de cambios
intencionados que es posible hallar en los manuscritos conservados, ya que ello nos
permitirá apreciar las razones que los escribas tenían para introducirlos.
Algunas veces los escribas cambiaban sus textos porque pensaban que contenían
un error factual. Esto parece haber sido lo que ocurrió en el caso del mismísimo
comienzo de Marcos, donde el autor introduce su evangelio diciendo: «Conforme
está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti… enderezad
sus sendas» (Marcos 1:2-3). El problema es que el comienzo de la cita no es en
absoluto de Isaías, sino que es una mezcla de un pasaje de Éxodo 23:20 y uno de
Malaquías 3:1. Hubo escribas que reconocieron que esto planteaba un problema y
optaron por cambiar el texto de manera que dijera: «Conforme está escrito en los
profetas». De este modo, el problema con la atribución errónea de la cita desaparecía.
No obstante, en la actualidad, hay pocas dudas sobre lo que el autor de Marcos
escribió originalmente: la atribución a Isaías aparece en los testimonios más antiguos
y de mejor calidad que se conservan.
En otras ocasiones el «error» que el escriba se proponía corregir no era factual,
sino interpretativo. Un ejemplo muy conocido de ello lo encontramos en
Mateo 24:36, donde Jesús predice el fin de los tiempos y señala que «de aquel día y
hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre». A
los escribas este pasaje les parecía problemático: ¿Cómo era posible que Jesús, el
propio Hijo de Dios, no supiera cuándo iba a llegar el fin? ¿No era acaso
omnisapiente? Para resolver este asunto, los escribas decidieron simplemente omitir
las palabras «ni el Hijo». Así, los ángeles ignoraban cuándo se produciría la venida,
pero no el Hijo de Dios[19].
En otros casos, los escribas cambiaron un pasaje no porque pensaran que contenía
un error sino porque querían evitar que se tergiversara. Un ejemplo de esto lo encontramos en Mateo 17:12-13, donde Jesús identifica a Juan el Bautista con Elías,
el profeta que había de venir al final de los tiempos:
«Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto
quisieron. Así también el Hijo del Hombre tendrá que padecer de parte de ellos». Entonces los
discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista.
Este pasaje representaba un problema en potencia porque, en su forma original,
podía interpretarse como si afirmara no que Juan el Bautista era Elías, sino que Juan
era el Hijo del Hombre. Los escribas sabían muy bien que esto no era así, y por esta
razón modificaron el texto para que la frase «los discípulos comprendieron que se
refería a Juan el Bautista» apareciera antes de la referencia al Hijo del Hombre.
En ciertas ocasiones, los escribas cambiaban sus textos por razones teológicas
más patentes, con el propósito de impedir que pudieran ser utilizados por los
«herejes» o para garantizar que dijeran lo que (según los escribas) se suponía que
debían decir. Hay numerosos ejemplos de este tipo de cambios y examinaremos
algunos de forma más detenida en un capítulo posterior. Por el momento, bastará con
comentar un par de ejemplos breves.
En el siglo II había cristianos que estaban convencidos de que la salvación que
Cristo había traído era algo absolutamente nuevo, superior a cuanto el mundo hubiera
conocido en épocas anteriores y por encima, era evidente, de la religión judía en cuyo
seno se había originado el cristianismo. Algunos de estos cristianos llegaron al
extremo de sostener que el judaísmo, la antigua fe de los judíos, había sido superada
por completo gracias a la aparición de Cristo. Para algunos escribas que defendían
estas ideas, la parábola del vino nuevo y los odres viejos resultaba problemática:
Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos… sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos
nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno»
(Lucas 5:37-39).
¿Cómo era posible que Jesús afirmara que lo viejo era mejor que lo nuevo? ¿No
era acaso la salvación que él traía superior a cualquier cosa que el judaísmo (o
cualquier otra religión) tuviera que ofrecer? Los escribas que consideraban este
pasaje desconcertante, prefirieron eliminar la última parte de manera que Jesús no
apareciera diciendo en ningún momento que lo viejo era preferible a lo nuevo.
En otras ocasiones los escribas alteraron sus textos para garantizar que su doctrina
preferida recibiera el énfasis que se merecía. Esto puede advertirse, por ejemplo, en la
sección dedicada a la genealogía de Jesús en el Evangelio de Mateo, que comienza
con el padre de los judíos, Abraham, y continúa de padre a hijo hasta llegar a Jesús:
«y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo»
(Mateo 1:16). Tal y como está, la genealogía presenta a Jesús como un caso
excepcional, ya que no dice que sea «hijo» de José. Sin embargo, para algunos
escribas esto no era suficiente, de manera que cambiaron el texto para que se leyera:
«y Jacob engendró a José, con quien se prometió la Virgen María que engendró a Jesús, llamado Cristo». Aquí a José ni siquiera se le califica de esposo de María, sino
de prometido, mientras que la virginidad de ésta se afirma con claridad, algo
importantísimo para muchos de los primeros copistas cristianos.
Ocasionalmente, los escribas modificaban los textos no por razones teológicas
sino por motivos litúrgicos. Así, no es de extrañar que el fortalecimiento de la
tradición ascética, en los orígenes del cristianismo, haya dado lugar a alteraciones en
los textos. Por ejemplo, en Marcos 9, Jesús, tras haber expulsado a un demonio que
sus discípulos habían sido incapaces de doblegar, les dice a ellos que «esta clase con
nada puede ser arrojada sino con la oración» (Marcos 9:29). Sin embargo, algunos
escribas posteriores creyeron apropiado realizar una adición, de acuerdo con sus
propias prácticas, por lo que en sus copias Jesús sostiene que «esta clase con nada
puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno».
Uno de los cambios litúrgicos más famosos se halla en la versión que Lucas nos
ofrece del Padrenuestro. La oración se encuentra también en Mateo, por su puesto, y
es su versión, más larga, la que conocen hoy la mayoría de los cristianos[20]. En
comparación con ella, es inevitable que la oración recogida en Lucas suene truncada.
Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos
nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en
tentación (Lucas 11:2-4).
Algunos escribas resolvieron el problema añadiendo a la versión abreviada de
Lucas las peticiones incluidas en el pasaje equivalente de Mateo 6:9-13 para que se
leyera igual que éste:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino, hágase tu Voluntad
así en la tierra como en el cielo. Danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación, mas
líbranos del mal.
Esta tendencia de los escribas a «armonizar» los pasajes de los evangelios es
ubicua. Dondequiera que distintos evangelios cuentan la misma historia, es probable
que un escriba u otro hubiera intentado hacer que los relatos estuvieran en perfecta
armonía, eliminando las diferencias a golpe de pluma.
En otras ocasiones los escribas actuaron no bajo la influencia de pasajes paralelos,
sino de las tradiciones orales que circulaban acerca de Jesús y los relatos que se
contaban sobre él. Ya hemos visto casos importantes de interpolaciones de este tipo
cuando nos referimos al episodio de la mujer adúltera y los doce versículos finales
del Evangelio de Marcos. En ejemplos más breves también es posible apreciar cómo
las tradiciones orales afectaron la transmisión del texto de los evangelios. Un caso
destacado es el memorable relato de Juan 5 sobre la curación de un inválido en la
piscina de Betesda. Al comienzo de la historia se nos dice que una multitud de
enfermos, inválidos, ciegos, cojos y paralíticos, esperaban junto a la piscina, y que
Jesús decide curar a un hombre que llevaba treinta y ocho años esperando que las
aguas le sanaran. Cuando Jesús le pregunta al hombre si quiere curarse, éste responde que no hay nadie que le meta en la piscina, por lo que, «cuando el agua se agita»,