Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 34 de 76

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Jesús no dijo eso:

Cambios intencionados

En cierto sentido, los cambios que hemos estado comentando son los más fáciles de

reconocer y eliminar cuando se intenta establecer la forma más antigua del texto

neotestamentario. Los cambios intencionados, por su parte, tienden a ser algo más

difíciles de identificar. Precisamente porque habiendo sido hechos de forma

deliberada, pueden parecer coherentes. Y dado que son coherentes, siempre habrá

críticos que arguyan que son la opción más coherente, esto es, que no son cambios

sino las palabras originales. Éste no es un debate entre los estudiosos que creen que el

texto ha sido alterado y quienes piensan que no lo ha sido. Todos los expertos saben

que el texto ha sido modificado, y lo único que se discute es cuál constituye una

alteración y cuál, por el contrario, puede considerarse la forma más antigua del texto

a nuestra disposición. Al respecto, hay ocasiones en las que las opiniones de los

estudiosos no coinciden.

Ahora bien, en un número extraordinario de casos, en realidad en la mayoría de

ellos, los especialistas suelen ser de la misma opinión. En este punto, quizá lo más

conveniente para nosotros sea examinar una muestra de los tipos de cambios

intencionados que es posible hallar en los manuscritos conservados, ya que ello nos

permitirá apreciar las razones que los escribas tenían para introducirlos.

Algunas veces los escribas cambiaban sus textos porque pensaban que contenían

un error factual. Esto parece haber sido lo que ocurrió en el caso del mismísimo

comienzo de Marcos, donde el autor introduce su evangelio diciendo: «Conforme

está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti… enderezad

sus sendas» (Marcos 1:2-3). El problema es que el comienzo de la cita no es en

absoluto de Isaías, sino que es una mezcla de un pasaje de Éxodo 23:20 y uno de

Malaquías 3:1. Hubo escribas que reconocieron que esto planteaba un problema y

optaron por cambiar el texto de manera que dijera: «Conforme está escrito en los

profetas». De este modo, el problema con la atribución errónea de la cita desaparecía.

No obstante, en la actualidad, hay pocas dudas sobre lo que el autor de Marcos

escribió originalmente: la atribución a Isaías aparece en los testimonios más antiguos

y de mejor calidad que se conservan.

En otras ocasiones el «error» que el escriba se proponía corregir no era factual,

sino interpretativo. Un ejemplo muy conocido de ello lo encontramos en

Mateo 24:36, donde Jesús predice el fin de los tiempos y señala que «de aquel día y

hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre». A

los escribas este pasaje les parecía problemático: ¿Cómo era posible que Jesús, el

propio Hijo de Dios, no supiera cuándo iba a llegar el fin? ¿No era acaso

omnisapiente? Para resolver este asunto, los escribas decidieron simplemente omitir

las palabras «ni el Hijo». Así, los ángeles ignoraban cuándo se produciría la venida,

pero no el Hijo de Dios[19].

En otros casos, los escribas cambiaron un pasaje no porque pensaran que contenía

un error sino porque querían evitar que se tergiversara. Un ejemplo de esto lo encontramos en Mateo 17:12-13, donde Jesús identifica a Juan el Bautista con Elías,

el profeta que había de venir al final de los tiempos:

«Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto

quisieron. Así también el Hijo del Hombre tendrá que padecer de parte de ellos». Entonces los

discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista.

 

Este pasaje representaba un problema en potencia porque, en su forma original,

podía interpretarse como si afirmara no que Juan el Bautista era Elías, sino que Juan

era el Hijo del Hombre. Los escribas sabían muy bien que esto no era así, y por esta

razón modificaron el texto para que la frase «los discípulos comprendieron que se

refería a Juan el Bautista» apareciera antes de la referencia al Hijo del Hombre.

En ciertas ocasiones, los escribas cambiaban sus textos por razones teológicas

más patentes, con el propósito de impedir que pudieran ser utilizados por los

«herejes» o para garantizar que dijeran lo que (según los escribas) se suponía que

debían decir. Hay numerosos ejemplos de este tipo de cambios y examinaremos

algunos de forma más detenida en un capítulo posterior. Por el momento, bastará con

comentar un par de ejemplos breves.

En el siglo II había cristianos que estaban convencidos de que la salvación que

Cristo había traído era algo absolutamente nuevo, superior a cuanto el mundo hubiera

conocido en épocas anteriores y por encima, era evidente, de la religión judía en cuyo

seno se había originado el cristianismo. Algunos de estos cristianos llegaron al

extremo de sostener que el judaísmo, la antigua fe de los judíos, había sido superada

por completo gracias a la aparición de Cristo. Para algunos escribas que defendían

estas ideas, la parábola del vino nuevo y los odres viejos resultaba problemática:

Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos… sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos

nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno»

(Lucas 5:37-39).

 

¿Cómo era posible que Jesús afirmara que lo viejo era mejor que lo nuevo? ¿No

era acaso la salvación que él traía superior a cualquier cosa que el judaísmo (o

cualquier otra religión) tuviera que ofrecer? Los escribas que consideraban este

pasaje desconcertante, prefirieron eliminar la última parte de manera que Jesús no

apareciera diciendo en ningún momento que lo viejo era preferible a lo nuevo.

En otras ocasiones los escribas alteraron sus textos para garantizar que su doctrina

preferida recibiera el énfasis que se merecía. Esto puede advertirse, por ejemplo, en la

sección dedicada a la genealogía de Jesús en el Evangelio de Mateo, que comienza

con el padre de los judíos, Abraham, y continúa de padre a hijo hasta llegar a Jesús:

«y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo»

(Mateo 1:16). Tal y como está, la genealogía presenta a Jesús como un caso

excepcional, ya que no dice que sea «hijo» de José. Sin embargo, para algunos

escribas esto no era suficiente, de manera que cambiaron el texto para que se leyera:

«y Jacob engendró a José, con quien se prometió la Virgen María que engendró a Jesús, llamado Cristo». Aquí a José ni siquiera se le califica de esposo de María, sino

de prometido, mientras que la virginidad de ésta se afirma con claridad, algo

importantísimo para muchos de los primeros copistas cristianos.

Ocasionalmente, los escribas modificaban los textos no por razones teológicas

sino por motivos litúrgicos. Así, no es de extrañar que el fortalecimiento de la

tradición ascética, en los orígenes del cristianismo, haya dado lugar a alteraciones en

los textos. Por ejemplo, en Marcos 9, Jesús, tras haber expulsado a un demonio que

sus discípulos habían sido incapaces de doblegar, les dice a ellos que «esta clase con

nada puede ser arrojada sino con la oración» (Marcos 9:29). Sin embargo, algunos

escribas posteriores creyeron apropiado realizar una adición, de acuerdo con sus

propias prácticas, por lo que en sus copias Jesús sostiene que «esta clase con nada

puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno».

Uno de los cambios litúrgicos más famosos se halla en la versión que Lucas nos

ofrece del Padrenuestro. La oración se encuentra también en Mateo, por su puesto, y

es su versión, más larga, la que conocen hoy la mayoría de los cristianos[20]. En

comparación con ella, es inevitable que la oración recogida en Lucas suene truncada.

Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos

nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en

tentación (Lucas 11:2-4).

 

Algunos escribas resolvieron el problema añadiendo a la versión abreviada de

Lucas las peticiones incluidas en el pasaje equivalente de Mateo 6:9-13 para que se

leyera igual que éste:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino, hágase tu Voluntad

así en la tierra como en el cielo. Danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados

porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación, mas

líbranos del mal.

 

Esta tendencia de los escribas a «armonizar» los pasajes de los evangelios es

ubicua. Dondequiera que distintos evangelios cuentan la misma historia, es probable

que un escriba u otro hubiera intentado hacer que los relatos estuvieran en perfecta

armonía, eliminando las diferencias a golpe de pluma.

En otras ocasiones los escribas actuaron no bajo la influencia de pasajes paralelos,

sino de las tradiciones orales que circulaban acerca de Jesús y los relatos que se

contaban sobre él. Ya hemos visto casos importantes de interpolaciones de este tipo

cuando nos referimos al episodio de la mujer adúltera y los doce versículos finales

del Evangelio de Marcos. En ejemplos más breves también es posible apreciar cómo

las tradiciones orales afectaron la transmisión del texto de los evangelios. Un caso

destacado es el memorable relato de Juan 5 sobre la curación de un inválido en la

piscina de Betesda. Al comienzo de la historia se nos dice que una multitud de

enfermos, inválidos, ciegos, cojos y paralíticos, esperaban junto a la piscina, y que

Jesús decide curar a un hombre que llevaba treinta y ocho años esperando que las

aguas le sanaran. Cuando Jesús le pregunta al hombre si quiere curarse, éste responde que no hay nadie que le meta en la piscina, por lo que, «cuando el agua se agita»,