Jesús no dijo eso:

Bart D. Ehrman · Capítulo 27 de 76

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Jesús no dijo eso:

La primera edición impresa del texto griego del nuevo testamento

texto autorizado. El mismo Jerónimo se había referido a la plétora de traducciones

disponibles, y asumió la tarea de resolver el problema. Tras escoger una de las

mejores traducciones latinas que había entonces y compararla con los mejores

manuscritos griegos a su disposición, Jerónimo creó una nueva edición latina de los

evangelios. Y es posible que él o uno de sus seguidores fuera también responsable de

la nueva edición latina de los demás libros del Nuevo Testamento[5].

Conocida como la Vulgata, la traducción latina de Jerónimo se convertiría en la

Biblia de la cristiandad latina y sería copiada y vuelta a copiar una y otra vez a lo

largo de los años. La Vulgata fue la Biblia de la Iglesia occidental hasta la época

moderna, el libro que durante siglos leyeron los cristianos, estudiaron los expertos y

usaron los teólogos. En la actualidad el número de copias conservadas de la Vulgata

latina casi duplica el número de manuscritos griegos del Nuevo Testamento.

 

LA PRIMERA EDICIÓN IMPRESA DEL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO

 

Como he señalado, el texto del Nuevo Testamento se copió de una forma bastante

estandarizada a lo largo de la Edad Media, tanto en Oriente (el texto bizantino) como

en Occidente (la Vulgata latina). Después, la invención de la imprenta en el siglo XV

por Johannes Gutenberg (1400-1468) cambió por completo la reproducción de los

libros en general y de los libros de la Biblia en particular. Al imprimir libros mediante

tipos móviles, era posible garantizar que las páginas de una copia fueran exactamente

iguales a las páginas de las demás copias, sin que las palabras del texto variaran de

una a otra. La época en la que los copistas podían producir cada uno copias diferentes

del mismo texto debido a errores accidentales o a la introducción de alteraciones

voluntarias era ahora parte del pasado. Lo que se imprimía quedaba escrito en piedra.

Además, en vista de que ya no era necesario copiar una letra cada vez, los libros

pudieron producirse con mayor rapidez y en mayor número y, en consecuencia, se

volvieron más baratos. Difícilmente hay otro invento que haya tenido un impacto más

revolucionario que la imprenta en el mundo moderno; lo que más se le acerca (y

quizá llegue finalmente a sobrepasar su significado) es la aparición del ordenador

personal.

La primera gran obra que se imprimió en la imprenta de Gutenberg fue una

magnífica edición de la Vulgata latina, cuya producción se prolongó de 1450 a

1456[6]. En la segunda mitad del siglo XV, se realizaron unas cincuenta ediciones de

la Vulgata en diversas imprentas europeas. Aunque puede parecer extraño que en esos

primeros años de la imprenta nadie se haya sentido impulsado a imprimir una copia

del texto griego del Nuevo Testamento, la razón no es difícil de encontrar y ya antes

hemos aludido a ella. Después de casi mil años, los estudiosos de toda Europa, y entre ellos los expertos en los estudios bíblicos, se habían acostumbrado a pensar que

la Vulgata de Jerónimo era la Biblia de la Iglesia (algo similar a lo que ocurre hoy en

algunas comunidades cristianas modernas de lengua inglesa, que dan por sentado que

la Biblia del rey Jacobo es la «verdadera» Biblia). En el Occidente latino, la Biblia

griega no se consideraba relevante para la teología y el conocimiento, y se pensaba

que pertenecía a los cristianos ortodoxos griegos, a los que, por su parte, se veía

como unos cismáticos que se habían separado de la Iglesia auténtica. Además, en

Europa occidental eran pocos los estudiosos que podían leer griego. Y, por tanto, en

un primer momento, nadie sintió la necesidad de imprimir la Biblia griega.

El primer estudioso occidental al que se le ocurrió la idea de producir una versión

del texto griego del Nuevo Testamento fue al cardenal español Francisco Jiménez de

Cisneros (1437-1517). Bajo su dirección, un grupo de eruditos, entre ellos Diego

López de Zúñiga (Stunica), emprendieron la realización de una edición de la Biblia

en varios volúmenes. El objetivo era realizar una edición políglota, esto es, reproducir

el texto de la Biblia en varias lenguas. Y así, el Antiguo Testamento se presentaba en

tres versiones, el original hebreo, la Vulgata latina y la Septuaginta griega, en

columnas paralelas. (Que los editores consideraban superior la Vulgata se evidencia

en sus comentarios a propósito de este diseño en el prefacio de la obra, donde lo

relacionan con la imagen de la crucifixión, con Cristo, representado por la Vulgata,

entre dos ladrones, los falaces judíos representados por el texto hebreo y los

cismáticos griegos representados por la Septuaginta).

La obra se imprimió en Alcalá y se la conoce como la Biblia Políglota

Complutense, por el nombre latino de la ciudad, Complutum. El volumen del Nuevo

Testamento, el quinto, fue el primero en ser impreso (se terminó en 1514); contenía el

texto en latín, el texto griego, y un diccionario griego-latín. No obstante, no había

ningún plan de publicar este volumen por separado: los seis volúmenes (el sexto

incluía una gramática hebrea y un diccionario para facilitar la lectura de los primeros

cuatro volúmenes) habían de publicarse juntos y eso requería bastante tiempo. La

obra no se terminó en su totalidad hasta 1517; pero tratándose de una empresa

católica, requería de la autorización del papa León X antes de poder ponerla en

circulación. La autorización se obtuvo finalmente en 1520, pero, debido a otras

complicaciones, los libros no se distribuirían hasta 1522, unos cinco años después de

la muerte de Cisneros.

Como hemos visto, para esta época, las iglesias y los estudiosos cristianos de

Oriente contaban con centenares de manuscritos griegos a su disposición. Cabría

entonces preguntarse cómo Zúñiga y los demás editores del proyecto decidieron qué

manuscritos debían usar e, incluso, con cuáles contaban. Por desgracia, se trata de

preguntas que los expertos nunca han conseguido responder de forma satisfactoria.

En la dedicatoria de la obra, Cisneros expresa su gratitud al papa León X por las

copias que le había facilitado «la Biblioteca Apostólica», lo que significa que los

manuscritos utilizados en la edición probablemente provenían de los fondos del Vaticano. Sin embargo, algunos estudiosos sospechan que también se emplearon