La astilla
Primera parte
Capítulo I
De entrada había sido un buen lunes por la mañana —los Hoffman volvían a darse una paliza, el doctor Palme se hallaba al teléfono con un expaciente suicida, la criada de los Cole se ponía a gusto con uno de los consoladores de la pareja, Lesley y Phil se habían encontrado en la sala de las lavadoras—, pero luego incluso mejoró. MacEvoy entró en el vestíbulo con una mujer que se parecía a Thea Marshall: el mismo rostro ovalado, el mismo pelo oscuro. Evidentemente se encontraba allí para echar un vistazo al 20B, al que habían repintado la semana anterior.
Él las observó mientras subían en el ascensor número dos. La mujer tenía buen tipo. Era alta y de pecho generoso, y lucía un elegante vestido oscuro. Lanzó una ojeada hacia él, luego se irguió, con una mano en el bolso que le colgaba del hombro, mientras escuchaba a MacEvoy, que ensalzaba el sistema central de aire acondicionado y la cocina Poggenpohl. Treinta y cinco o treinta y seis años. Un extraordinario parecido.
Conectó el salón y el dormitorio del 20 B a las pantallas principales y observó a la mujer que entraba en el recibidor y luego en la sala vacía, con los tacones repiqueteando sobre el parqué. Por detrás también tenía buen tipo, según pudo ver cuando se acercó a la ventana y se detuvo a observar los edificios más bajos que había al otro lado de Madison Avenue.
—La vista es magnífica —comentó la mujer, y su voz, armoniosa y gutural, sonó idéntica a la de Thea Marshall.
No podía distinguir si llevaba anillo de casada, pero era probable que lo estuviera, o que viviese con alguien. En cualquier caso, era indudable que le daría su aprobación, suponiendo que ella estuviera interesada en el apartamento. Cruzó los dedos.
La mujer se apartó de la ventana, miró a su alrededor sonriendo. Se aproximó, lo miró fijamente —Thea Marshall lo miraba del mismo modo— y le dejó sin aliento.
—¡Qué hermosa lámpara! —comentó ella.
La tulipa de cristal que había en el techo tenía las curvas características del Art Déco, y en su centro cromado colgaba cabeza abajo el pequeño reflejo de la mujer vestida de color frambuesa, observándola.
—¿Verdad que sí? —inquirió MacEvoy, acercándose—. Las hay en todo el edificio. Lo cierto es que no escatimaron gastos. En un principio se diseñó para vender individualmente los apartamentos. Si lo piensa bien, el alquiler es una ganga.
El alquiler era elevado, pero no prohibitivo. Se aproximó de nuevo al recibidor, dio media vuelta y observó la habitación, recién pintada de blanco, seis por siete, la ventana grande y alargada, el suelo de parqué, y un paso que comunicaba con la cocina. Si el resto del apartamento era similar, tendría que tomar una decisión en aquel mismo momento, pues era el primero de la lista. ¿Quería realmente largarse de la calle Bank? ¿Quería pasar por el engorro del traslado?
Entró en el recibidor.
La cocina era preciosa: láminas de color canela, y acero inoxidable. Fluorescentes debajo de los armarios, electrodomésticos ordenados armoniosamente en fila. Amplias encimeras de mármol.
El cuarto de baño que venía a continuación era centelleante pero curioso. Paredes de cristal negro, sanitarios negros, metales cromados; una bañera grande, ducha independiente, luces tubulares en torno al armario sobre el lavabo; otra tulipa cromada Art Déco, centrada en el techo de cristal negro, más pequeña que la de la sala de estar.
El dormitorio, al final del recibidor, era casi tan grande como la sala. También estaba recién pintado de blanco, y la pared de la izquierda se hallaba cubierta de armarios con puertas plegables, como un acordeón. Otra gran ventana al fondo, y otra gran vista: un trozo del parque que amarilleaba, parte del estanque y el tejado de una casa de estilo gótico en la Quinta Avenida. Espacio más que suficiente para el escritorio en la pared de la derecha, junto a la ventana, y la cama, por supuesto, al otro lado de la habitación, y de cara a la ventana. Sonrió a su imagen al revés, en la lámpara del techo, y luego a la señora MacEvoy, que aguardaba en el rincón, junto a la puerta.
—Éste es el primer apartamento que visito —le informó.
La señora MacEvoy le devolvió la sonrisa.
—Es una joya. Yo no dejaría que se me escapara.
Volvieron a entrar en el recibidor. La señora MacEvoy abrió el armario para la ropa de casa.
Ella echó otro vistazo a su alrededor, mientras pensaba en su hermoso apartamento de la calle Bank, en sus techos altos y en la chimenea en perfecto estado. Pero también en el club de rockeros de la esquina, en las cucarachas, en los dos años con Jeff y en los seis con Alex.
—Me lo quedo —dijo.
La señora MacEvoy sonrió.
—Entonces volvamos a mi oficina. Así podrá rellenar la solicitud, y yo la cursaré.
Él aguardó ansioso la llamada de Edgar. Pero ésta no llegó hasta última hora de la tarde del miércoles.
—Hola, Edgar —saludó, desconectando las dos pantallas—. ¿Qué tal se encuentra?
—Me lo monto bastante bien. ¿Y usted?
—Estupendamente.
—La liquidación de septiembre está en camino. Teniendo en cuenta el comportamiento del mercado, no creo que pueda quejarse. Por lo que se refiere al edificio, he dicho a Mills que hable de nuevo con Dmitri sobre lo del vestíbulo.
—Pues dígale que lo intente en ruso —replicó—. Esa pieza de mármol aún sigue allí. Mejor dicho, las dos piezas.
—Tengo la seguridad de que la nueva pieza está bien. Voy a ver qué ocurre y luego le informo. La señora MacEvoy tiene una solicitud para el veinte B. ¿Le dije que quedaba vacante?
—Sí, ya me informó.
—Kay Norris. Treinta y nueve años, divorciada. Trabaja como editora en Diadem, así que debe de ser una persona educada y tranquila. Un historial que inspira confianza, y referencias de primera. La señora MacEvoy dice que es atractiva. Tiene un gato.
—¿Kay es su nombre, o son iniciales? —preguntó.
—Su nombre.
—Kay Norris.
—Sí.
Lo apuntó en el bloc de la tablilla para anotaciones.
—Parece ideal —comentó—. Dígale a Mills que haga cuanto esté en su mano para que todo el mundo la trate bien.
—Lo haré. De momento no hay nada más.
—Entonces no le entretengo —dijo, y colgó.
Lo subrayó: KAY NQRRIS.
Treinta y nueve. Mayor de lo que había pensado.
Thea Marshall tenía cuarenta cuando murió. Suspiró profundamente.
Conectó las pantallas principales y puso la sala en la 1 y el dormitorio en la 2, como el lunes por la mañana. El dormitorio deslumbraba debido al sol que penetraba por la ventana sin cortinas. Bajó el brillo y lo subió un poco en la sala de estar.
Con las manos sobre la consola, observó las dos estancias vacías en las pantallas gemelas. Los monitores se extendían a lo largo de las múltiples hileras de bastidores, con destellos azulados y movimientos revoloteando aquí y allá.
Llamó a Alex el jueves por la noche y le dijo que pasara a recoger todos sus libros.
—Kay, ya sé que siempre digo lo mismo, pero te aseguro que éste es el peor momento, a primeros de semestre. Tendrías que conservarlos; sólo unos meses más.
—Lo siento pero no puedo —replicó ella—. Me cambio de hoy en ocho días. Así que pasas a recogerlos o te los dejo fuera. He perdido todo interés en la arquitectura medieval. A saber por qué.
Alex ignoraba que se hubiese separado de Jeff. Pareció sincero al lamentarlo.
—Me parece una idea estupenda que cambies de domicilio, que empieces de nuevo. ¿Qué has encontrado?
Se lo explicó.
—Y está en el último piso. Desde la sala puede verse parte del East River, y desde el dormitorio un trozo de Central Park. Es muy luminoso. Y el barrio es encantador, con muchos edificios antiguos bien conservados, y el museo Cooper-Hewitt a una manzana de distancia.
—Trece… Dos ceros… Madison… —recitó en el tono que utilizaba antes de dejarla—. ¿Un edificio muy alto y estrecho que parece una astilla?
Kay respiró hondo.
—Sí.
—Kay, es la casa donde el invierno pasado apareció un hombre decapitado por la maquinaria del ascensor. ¿No te acuerdas? Creo que era el superintendente. Ha habido dos o tres muertes más en el edificio, y se inauguró hace sólo unos años. Recuerdo que pensé que era una lástima que su número fuera el trece y dos ceros, ya que eso da pábulo a la superstición. En la televisión decían: «El trece y dos ceros es un número de mala suerte para Madison Avenue», o algo por el estilo. Por supuesto, tú…
—Ya lo sé, Alex —le interrumpió—. ¿Crees que soy supersticiosa? ¿Qué pretendes diciéndome eso?
—Te iba a decir que tú no eres supersticiosa, por supuesto. Pero he pensado que de todos modos te interesaría saberlo, si no estabas enterada.
—Los libros, Alex —le recordó.
Acordaron que él iría a empaquetar el domingo por la tarde, y que se los iría llevando durante la semana. Se despidieron, y ella colgó.
Digno de confianza. Negativo, negativo y negativo.
Era una lástima lo del superintendente; pero aun así el piso era precioso. Y estaba decidida a no permitir que Alex o cualquier presentador de una emisora sensacionalista se lo estropeara. Tres o cuatro muertes en tres años no era nada extraordinario. Dos apartamentos por planta suponían un total de cuarenta, seguramente con una pareja en la mayoría: unas sesenta o setenta personas. Sin contar con los cambios de inquilinos. Y el personal.
Felice se restregó contra su tobillo. La cogió, se la puso sobre el hombro y metió la nariz entre su pelo manchado.
—¡Vas a llevarte una sorpresa, Felice! Un mundo completamente nuevo. Sin cucarachas con las que jugar. Pobrecita. Al menos eso espero. Pero nunca se sabe.