La astilla

Ira Levin · Capítulo 13 de 13

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La astilla

Capítulo XIII

La tela rozó la mano de Kay, que la cogió bruscamente y sintió como si las cortinas tiraran de ella. Las agarró con la otra mano y empezó a girar; colgaba de un manojo de chintz y de muselina, pateando en el aire. Su hombro golpeó contra la pared de ladrillos, y su pie metido en la zapatilla deportiva resbaló contra el cristal. Levantó los ojos hacia él, que la miraba asomándose por la ventana. Las cortinas sufrieron un estremecimiento y Kay dirigió la vista hacia la parte superior de la ventana.

En un extremo saltó uno de los ganchos de la guía donde colgaba la muselina; luego saltó otro gancho, y el siguiente. La hilera de ganchos fue saltando mientras Kay trepaba a sacudidas, hasta que pudo sujetarse con una mano a la guía de la ventana, y luego con la otra. Tiró de sí misma ayudándose con las rodillas en los ladrillos; empujó con las rodillas y los muslos, tirando con los brazos y los dedos. El viento a su espalda y las cortinas revoloteando en la ventana mientras la puerta del dormitorio se cerraba de golpe.

—¡Mierda! —exclamó él, moviendo la cabeza y haciendo una mueca—. ¡Mierda!

Colgando de la guía metálica, Kay levantó los ojos hacia él.

—¡No puedo! —gritó Pete—. ¡Tengo que pensar en mí! —exclamó, apartándose de la ventana.

Mirando los oscuros y húmedos ladrillos, con las rodillas magulladas por el roce contra un saliente de argamasa, los brazos y los dedos doloridos, Kay deslizó los dedos de la mano izquierda hacia el panel de la ventana, que se encontraba a unos centímetros. Sólo con que pudiera agarrarse con mayor seguridad allí donde se juntaba con la guía, escalar los ladrillos… Y no pensar en que estaba colgando a una altura de veinte pisos, azotada por el viento y la nieve, en la parte trasera de un edificio en forma de astilla. Un hilillo helado resbaló por su espalda, produciéndole un estremecimiento. Sujetándose con los brazos y los dedos, empujó con los muslos y las rodillas mientras deslizaba los dedos de la mano izquierda por la guía de metal, helada y húmeda, sin mirar hacia abajo. Era tan sólo un ejercicio más de fortalecimiento. En el Vertical Club…

—Todavía va a funcionar.

Kay le miró.

Pete se sentó en el alféizar, los ojos entornados contra los copos de nieve, las manos relucientes por los guantes de plástico, sacando la pistola.

—Será con él contra quien has luchado… Después de perseguirte por ahí y de haberte empujado fuera, se disparará un tiro. Ocurrirá dentro de cuatro minutos, y ruego a Dios que no se retrase…

Metió la pistola en el bolsillo de su chaqueta y entornó los ojos contra el viento, frunciendo las cejas.

—Quizá debiera empujarle a él…

Kay metió los dedos detrás del panel y tiró con los doloridos brazos. Subió la rodilla derecha —entumecida bajo la húmeda tela de dril— hasta el reborde del siguiente ladrillo; luego la rodilla izquierda. Empujó con las dos rodillas y deslizó los dedos de la mano derecha en la guía interna de la ventana.

Él se incorporó y cogió el telescopio, sujetando el extremo delgado con su mano enfundada en plástico. Se agachó y metió el borde de la parte ancha bajo los dos dedos centrales de la mano con que ella se sujetaba en la guía. Hizo palanca debajo para levantarlos.

—¡Nunca te olvidaré! —le gritó contra el impulso del viento—. Tengo las cintas. Las de la última noche, y las de la noche en que llegaste. Éstas no tienen mucha claridad. Pero las de aquel sábado… Hace ahora seis semanas, casi al minuto. —Le sonrió, agachado, alzándole la punta de los dedos con el telescopio: suavemente, como si no quisiera dejarles marca—. No hay duda de que hemos recorrido toda la escala, ¿verdad? ¡Cómo me gustaría no tener que terminar así! Voy a estar visionándote mientras viva… ¡Lárgate, Felice!

Felice apareció paseando a lo largo del alféizar.

—¡Fuera! —le gritó.

Felice se detuvo, lo miró… y siguió paseando hasta los dedos engaritados en la esquina del panel exterior. Los olisqueó.

La gata retrocedió, resoplando, con el pelo erizado.

Pete se levantó.

—¡Lárgate! —le ordenó—. Mami está ocupada, cayéndose.

Felice olisqueó los dedos fuertemente sujetos y resopló. Avanzó otro paso, asomó la cabeza en torno al panel, y dio un respingo ante el soplo del viento y de la nieve. Miró hacia abajo, al rostro que también la estaba mirando.

Retrocedió, olisqueando los dedos.

Se volvió, bufando. Retrocedió a lo largo del alféizar de la ventana.

—Tranquila… —aconsejó él—. Soy yo. Papi.

Felice le lanzó un bufido, entrecerrando los ojos. Resopló, le enseñó los dientes, meneó la grupa, con la cola tiesa.

—¡Lárgate ya, Felice! —exclamó, empujando la punta del telescopio en dirección a ella—. ¿O prefieres…?

Felice lanzó un bufido, saltó de su brazo a su cara, le atrapó la nariz con los dientes y clavó las garras en sus párpados. El telescopio cayó al suelo mientras él intentaba agarrarla, pero sus relucientes manos resbalaron. Pete lanzó un chillido contra el pelo de Felice, y cayó hacia atrás.

No se veía ni un alma en el pasillo de la planta 20. Comprobó la hora en su reloj mientras la puerta del ascensor se cerraba a sus espaldas: las nueve en punto, las manecillas formando un perfecto ángulo recto.

Se preguntó cuál sería exactamente la complicada estrategia de Pete Henderson. Revisó su imagen en el espejo: ojos enrojecidos, aspecto desaliñado. Se ajustó el cuello de la chaqueta para ocultar la parte rozada, al menos momentáneamente.

Avanzó hasta la puerta del 20 B. Escuchó. Ni un ruido de gente. Pulsó el botón y sonó el timbre.

Examinó la pequeña cajita de muñecas antiguas, atada con una cinta. Confió en que no pareciera excesivamente pretenciosa. Demasiado tarde ya.

¿Se había oído un grito dentro?

Probó el pomo de la puerta, y éste giró.

Abrió la puerta un palmo. Las luces estaban encendidas.

—¡Hola! —saludó hacia el salón—. ¿Hay alguien ahí?

Un gemido gutural procedente del dormitorio.

Abrió del todo la puerta. La cocina estaba hecha un desastre; había imaginado que Kay sería más ordenada. Un pájaro herido, un cuadro torcido, con un halcón, un gavilán, o algo parecido, colgaba entre la cocina y el baño. La puerta del dormitorio estaba cerrada.

—¡Hola! —repitió, entrando.

Dejó la caja sobre un estante de un paragüero victoriano, y enderezó la vacilante repisa de mármol. Saltó a un lado cuando desde ella cayó un cuchillo.

Lo examinó en el suelo: un puntiagudo cuchillo de cocina, de unos veinte centímetros, con el mango negro.

Lo recogió y lo examinó. Luego lo dejó sobre el estante, junto a la caja.

Se acercó a la puerta del dormitorio. Por debajo soplaba un aire muy frío. Dio unos golpecitos a la puerta.

—¿Kay? —llamó—. Soy Sam Yale. ¿Estás bien?

Un gemido.

Empujó la puerta contra el viento. Un gato salió corriendo hacia el salón: naranja, rojo y blanco, con la cola de punta negra erizada.

Abrió del todo la puerta. Miró dentro y el corazón le dio un vuelco.

Un hombre con el rostro ensangrentado permanecía sentado en el suelo, con la espalda apoyada en un lateral de la cama, junto a los pies, gimiendo al tiempo que le tendía sus manos llenas de sangre. Pete Henderson. En sus ojos había unos surcos rojos y negros, como un actor haciendo la entrada final en Edipo rey. Un trozo de cortina, derribada y retorcida, se dirigía hacia la ventana abierta, donde… ¡Dios mío! Alguien que colgaba afuera asomaba su oscura cabeza, mirándolo. Pasó veloz junto a Henderson, y se arrodilló frente a ella, el corazón latiéndole con fuerza. Agarró a Kay por la parte trasera del cinturón, y le pasó un brazo por la axila. Estaba helada, temblando, con sólo una camiseta de cuello de cisne. La ayudó a subir al alféizar de la ventana. Kay levantó las piernas, rodó sobre su costado y dio un respingo. Las deshilachadas rodilleras de sus tejanos estaban ensangrentadas.

—¡Dios mío! —exclamó él, al tiempo que Henderson lanzaba un gemido.

Sam ayudó a Kay a sentarse y a girar las piernas para apoyarlas en el suelo. Tiró del panel de la ventana a sus espaldas, y se levantó para cerrarla del todo. Se desabrochó la chaqueta.

—¡Ahora mismo llamo una ambulancia! —gritó.

—Oigo perfectamente —dijo Henderson.

Kay permanecía sentada en el alféizar, jadeando, temblorosa, mirando a Henderson, los brazos cruzados y tensos, las manos bajo las axilas. Tenía el cabello enmarañado y húmedo, y los labios azules. Se volvió a mirar a Sam cuando éste le colocó su chaqueta sobre los hombros.

—¿Y Felice? —le preguntó—. Mi gata.

—Salió corriendo hacia la sala de estar —le dijo.

Kay descruzó los brazos, apoyándolos sobre el alféizar de la ventana.

—La ducha… —balbuceó.

Sam la ayudó a levantarse.

—Por el amor de Dios, ¿qué ha sucedido? —preguntó.

Avanzó con Kay, sobre las cortinas, sosteniéndola. Observó cómo jadeaba, tiritando. Henderson soltó un gemido. Kay se mantuvo cerca de los armarios, mirando al frente. Sam la sostuvo por la cintura y el hombro de la chaqueta.

—Él iba…, él iba a matarnos. A los dos.

—¿Por qué? —preguntó Sam.

—Fue el que mató a los otros —explicó—. El edificio está lleno de videocámaras ocultas.

—¿Qué?

Kay se quitó la chaqueta de Sam al llegar junto a la puerta del cuarto de baño.

—Es el propietario del edificio. Allí está el teléfono. Vete con cuidado; tiene tu pistola. —Le entregó la chaqueta, y le miró directamente a los ojos—. Es el hijo de Thea Marshall.

—Ya me lo había imaginado. Pero… ¿videocámaras? Oh, perdona; anda, entra.

Kay se metió en el cuarto de baño y encendió la luz al entrar. Cerró la puerta y puso el pestillo.

Con la punta del pie se quitó las zapatillas deportivas, luego se metió bajo la ducha.

Dio la vuelta a la llave Art Déco y salió el agua caliente.

Se desnudó bajo el chorro de agua, examinando los arañazos de las rodillas, manos y dedos, y seguidamente se dio masaje a los brazos.

Aumentó la temperatura del agua.

Permaneció allí de pie, abrazándose, sollozando.

Cuando salieron del coche patrulla frente al Rascacielos del Horror, poco después de las dos según el reloj de Sam, brotaron destellos de las luces halógenas apoyadas sobre trípodes a ambos lados de la marquesina. Había furgonetas aparcadas en doble fila, y otra patinó al girar por la esquina de la calle 92. Unas cámaras oscuras se precipitaron hacia ellos, cabalgando sobre los hombros de unos hombres. Sam las evitó levantando el dedo medio, a izquierda y derecha. Walt blandió hacia ellos una pala quitanieve.

Entraron en el vestíbulo, donde una veintena de inquilinos se concentraban alrededor de transistores, unidos con vistas a una acción legal.

—¿De veras está vigilado todo el edificio? —inquirió Vida.

—Sí —contestó ella.

—¿Mató a Rafael y a todos los demás? —pregunto Dmitri.

—A Brendan Connahay, no —explicó ella.

—La policía se ha llevado algunas cintas —intervino Stefan—. ¿Las había nuestras?

Kay asintió.

—¿Se ha quedado ciego? —preguntó alguien.

—Sí —contestó Sam—. Amigos —añadió, levantando las manos, de espaldas a los ascensores—, ya hemos hablado con la prensa en la comisaría. Podrán leerlo todo en los periódicos de mañana. No quisiera parecer descortés, pero hemos tenido una noche muy dura, sobre todo la señorita Norris. Peter Henderson está en el hospital Metropolitano, custodiado por la policía. Nunca más podrá espiar a nadie. Si tienen alguna pregunta que hacer, diríjanse al detective Wright, en la comisaría del distrito 19. Comprobarán que se trata de un hombre muy agradable y educado. Gracias.

Kay y Sam subieron en el ascensor de la derecha.

Ella hizo café cargado. Lo tomaron en el sofá, con Felice dormida en su regazo, hecha un ovillo.

—Va a convertirse en la gata más famosa del país —comentó Sam—. No sería extraño que Morris, el de las siete vidas, le pidiera una cita.

Kay se llevó la taza a los labios.

—A los dos les irá muy bien —comentó.

Sam le sonrió. Luego tomó un sorbo y miró hacia la lámpara del techo.

—Es increíble —exclamó—. Un loco por la tele… Supongo que era inevitable que más pronto o más tarde alguien lo descubriera.

—Pete no es el único —dijo ella—. También hay un hotel en el que se instaló este sistema de vigilancia, y otro par de casas de apartamentos. Al menos eso es lo que él me contó. —Kay le miró fijamente—. Sam, quiero que sepas una cosa. A ti nunca te he observado. Fue una condición desde el principio: ni a ti ni los cuartos de baño.

—Me alegro de que fueras tan considerada.

—No puedes imaginarte lo absorbente que es —comentó ella—. Es imposible dejar de mirar. Siempre está pasando algo, e incluso las cosas más prosaicas resultan interesantes, porque son auténticas y una nunca sabe lo que va a suceder después.

Bebieron un poco más de café.

—Voy a bajar ahí —dijo Kay—. Hay algunas cintas que no creo que las hayan encontrado, y de las que quiero librarme. Grabaciones mías. Y puede que también estén allí las que ellos estaban buscando. Puede que él las borrara. Aunque tengo la sospecha de que no lo hizo; no, si esta noche estaba grabando…

—Ahora ya me he perdido.

—No te preocupes —dijo ella—. Lo importante es que voy a bajar al trece B. ¿Quieres venir?

Se miraron.

—Quiero decir a echar un vistazo, no a mirar.

—¿No estará sellado?

—Supongo que con una tira adhesiva. Tengo una llave. No te preocupes, voy a decirle al detective Wright exactamente lo que he hecho, y por qué, incluso aunque no encuentre las otras cintas. Estoy segura de que lo entenderá. Y si no, toda la responsabilidad será mía.

Sam se rascó una oreja.

—En fin, supongo que estoy obligado. Sólo por la remota posibilidad de que termine dirigiendo la miniserie.

—¿Qué quieres decir con «la remota posibilidad»? —preguntó Kay, inclinándose para dejar la taza sobre la mesita—. Eso forma parte de nuestro trato. —Kay cogió a Felice entre sus brazos, se levantó, y al volverse dio un respingo, levantando un pie del suelo—. ¡Oh, Dios! ¡Mis rodillas!

—Ahhh —exclamó él, haciendo una mueca, sin dejar de mirarla mientras se levantaba.

Kay dejó a Felice sobre el hueco de la tapicería. Inclinándose, la besó en la cabeza.

—Gatita buena —le susurró—. ¡Qué gatita más buena! —La besó en el hocico—. A partir de hoy, filete de atún.

Felice se acurrucó sobre el terciopelo de color albaricoque y ronroneó, cerrando los ojos. Los bigotes se movieron espasmódicamente.

Se encaminaron al recibidor.

—Estoy segura de que todos los del edificio aún estarán comentando lo sucedido.

Sam abrió la puerta del pasillo para que pasara.

—La verdad es que no me importaría mirar un poco —dijo, saliendo detrás de Kay.

 

FIN

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