La astilla
Capítulo VIII
—Sólo media hora —dijo ella.
Pete abrió la puerta del 13 B, metió la mano en el interior y dio la luz del recibidor.
—Confío en que haya algo bueno —comentó, sujetando la puerta para que pasara Kay—. Lo más seguro es que sólo haya unos cuantos seguidores de los Jets.
—Tenía entendido que esto era una fascinación permanente —replicó Kay, entrando.
—Las espléndidas tardes de domingo no son el momento más idóneo. Y no te olvides de que es el puente de Acción de Gracias. Mucha gente ha ido a pasar la fiesta con la familia.
Kay se detuvo al borde de la oscuridad del salón y su mano buscó el interruptor. Lo pulsó y la lámpara de la pantalla verde iluminó la consola y las pantallas grises.
—Te traeré una silla.
Kay contempló la curva de pantallas con su brillo verdoso, que iba de pared a pared: seis hileras arriba, desde la consola hasta casi el techo, y una sola hilera encima y debajo de las dos gigantescas pantallas centrales; seis hileras a cada lado, con sus pálidos números en la parte superior y en el centro (del 2 al 11 ala izquierda, del 12 al 21 ala derecha, las letras «A» arriba y las letras «B» abajo).
Kay se acercó, con las manos en los bolsillos de los tejanos.
Se detuvo detrás del sillón con respaldo regulable y contempló los múltiples interruptores de palanca aparejados, los botones rotulados con una etiqueta de plástico indicando los monitores. En el centro había un conjunto de botones y palancas más grandes, y más atrás, dentro de unos estuches de color tostado, dos grabadoras de vídeo.
Un reloj incrustado con la esfera hacia arriba —números azules que marcaban las 12:55—, un teléfono, un bloc pegado a una tablilla. Un bol con peladillas de llamativos colores.
La puerta se cerró a sus espaldas.
Kay observó el reflejo nacarado de Pete en la 1 y la 2 —las pantallas centrales—, aproximándose tras una silla blanca y alta, que dejó a su izquierda.
—¿Me grabaste? —preguntó Kay, volviéndose hacia él.
Pete dejó en el suelo una de las sillas de cuero blanco que tenía en el comedor, mantuvo la mano apoyada en el puntiagudo respaldo y la miró.
—Sí —admitió—. La noche que llegaste, en la bañera. Pero estaba tan oscuro que apenas pude ver nada. Y a nosotros dos la primera noche, aquel sábado.
Kay desvió la mirada.
—No me lo creo.
—Lo programé cuando bajé a buscar el champán —dijo, sonriéndole—. Sólo por si acaso. No hay que dejar perder un gran acontecimiento. No me pidas que lo borre. Está más que seguro, y pienso lo divertido que puede ser cuando los dos seamos unos ancianos. Probablemente somos la única pareja en el mundo con una grabación de la primera vez que estuvieron juntos.
Kay se volvió a mirarlo y respiró con fuerza.
—No lo pongo en duda —dijo, y se sentó.
Pete colocó la silla de cara a las pantallas, se inclinó sobre Kay y le besó la cabeza.
Amortiguó la intensidad de la lámpara de la pantalla verde y la bajó un poco más.
—Por ahí tengo refrescos y algo para picar. ¿Te apetece algo?
Kay negó con la cabeza, bajó la vista y se rascó el dorso de una mano.
Pete se sentó en su sillón y lo hizo rodar cerca de la consola. Pulsó una lucecita roja y se oyó un ronroneo en la parte posterior del apartamento.
Kay se puso erguida en su silla de respaldo recto y cruzó las piernas y luego los brazos.
—Sólo tardará unos segundos —explicó él—. Voy a desconectar los cuartos de baño y el apartamento de Sam.
Bajo la pálida luz, vio la mano de Pete cabalgando sobre su propia sombra, manipulando a lo largo de la hilera de palancas próxima a ella.
—¿Qué es ese ronroneo? —preguntó Kay.
—El suministro de energía —contestó él, manipulando una hilera de palancas más alejada—. Hay que reducir el voltaje y convertirlo de corriente alterna a continua. Haría demasiado calor y ruido aquí, con un transformador individual para cada pantalla. Instalé uno grande al fondo, conectado directamente con la entrada principal. —Manipuló los interruptores de la derecha—. Puedo cerrar la puerta, si te molesta.
—Así está bien —dijo, observando cómo giraba la cabeza—. Sería realmente fantástico que dedicaras todos estos esfuerzos y aplicación a algo que valiera la pena.
—Dame tiempo. Tengo otros proyectos en mente. Ya está. —Se colocó de frente y pulsó varios interruptores—. Bienvenida a la auténtica edad de oro de la televisión.
El azul y blanco de las pantallas mostró hileras de habitaciones en ambos lados. La tercera fila siguió a oscuras, así como la hilera de abajo, excepto las pantallas que había debajo de las grandes: la entrada al edificio, el vestíbulo, el cuartito de los buzones y los dos ascensores.
—Veamos qué hace Felice —dijo él, pulsando varios botones.
Las pantallas del centro se iluminaron con una vista general de la sala y el dormitorio de Kay.
—Dios mío —murmuró ella.
Pete tocó algunas palancas de la consola.
Kay observó sus muebles, el dibujo de las alfombras, su Times esparcido por el dormitorio, sus libros, sus plantas, sus adornos.
—Tendrás que acostumbrarte a la perspectiva —le advirtió él—. Ahí está. Hola, Felice.
Felice pasó junto a la cama en la pantalla de la derecha. Las hojas del periódico crujieron bajo sus pisadas. Se dirigió hacia la ventana en la parte superior de la pantalla y saltó al alféizar. Se tumbó al sol, levantó una pata trasera y se la lamió.
Kay sonrió frente a la luz azul y blanca.
—¡Mierda, lo había olvidado! —exclamó Pete—. Tendremos que esperar hasta las tres. Ruby va a celebrar una sesión, y puede ser muy interesante. Ruby Clupeida, la del perfume. —Pete pulsó un botón delante de ella, y otro delante de él—. Está metida en todo lo relacionado con el espiritismo. —En la pantalla de la izquierda, Giorgio, con su echarpe negro, acercaba una silla a una mesa redonda—. Hay una médium que la está engañando desde hace meses; la he visto consultando sus notas en el cuarto de baño. Por fin ella ha empezado a sospechar, y va a traer a un experto. El hombre va a fingir que es el socio del padre de ella. El padre ha muerto, y van a establecer comunicación.
—Tiene unos muebles preciosos —comentó Kay—. De estilo jacobeo.
—Herencia de familia. Su madre le ha puesto una demanda por ellos. Sostiene que Ruby se los llevó sin su permiso.
—Me parece que no se trata de un travesti.
—No. —Pete sonrió, examinando los monitores—. Me hizo gracia cuando comentaste que lo parecía, porque acababas de preguntarme por Vida, que sí lo es, más o menos.
—¿Cómo?
—Es un transexual a punto de operarse. Siguió un tratamiento de hormonas, pero cuando llegó el momento de la operación se lo pensó mejor. Por este motivo lleva casi un año discutiendo con su amante. Nunca sospecharías lo… Oh, qué bien, aquí tenemos a Jay y Lisa. —Pulsó varios botones—. Los Fisher, del cuatro A. Ella ha tenido una aventura con su jefe, y su hermana se lo contó a él la semana pasada. Pero ella lo niega.
En un salón amueblado muy moderno, que apareció en la pantalla de la derecha, una atractiva mujer de cabello oscuro —que ella había visto varias veces en el ascensor—, en pijama, permanecía de pie ante la ventana, mirando hacia afuera. Un hombre, también en pijama, estaba acuclillado frente al televisor, ajustándolo.
—Hace un día precioso ahí afuera —comentó Lisa Fisher.
—Pues sal a dar un paseo —replicó Jay Fisher—. Llama a Ben; a mí no me importa.
—Si vamos a empezar otra vez… —se quejó Lisa Fisher.
En la pantalla de la izquierda, el hombre del 12 con cara de chivo permanecía sentado ante el escritorio, en el salón a medio amueblar. Descolgó el teléfono.
—David Hoenenkamp —explicó Pete, mientras los Fisher discutían—. Se trata de un excura. Ahora anda metido en publicidad. Tiene su propia agencia, pequeña pero próspera. Está separado de la mujer por la que se salió de cura.
Escucharon a David Hoenenkamp explicándole a un cliente por qué renunciaba a su cuenta.
Los Fisher seguían discutiendo.
—Se ve sorprendentemente claro, ¿verdad? —preguntó Pete, ofreciéndole peladillas.
Kay asintió, cogiendo un par.
—Takai —explicó él—. Es japonés. Lo mejor del mundo.
Pete dejó el bol sobre la esfera con el 13.07 azul, y cogió varias peladillas.
Observaron a los Sweringen en la 1 y a los Fisher en la 2. Pete iba cambiando alternativamente el sonido.
—Te aseguro que no es cuestión de dinero —decía Stefan en la 1, dirigiéndose a la cocina—. Lo importante es el tiempo. ¿Te das cuenta de lo que cuesta encontrar a las partes?
—¡Eh!, ¿qué hora es? —preguntó Kay.
Pete retiró el cuenco que tapaba las 15:02.
—¡Caramba!
—¡Dios mío! —exclamó ella.
Pete apagó el sonido y giró el sillón hacia Kay.
Se miraron fijamente.
—Y eso no es nada, Kay. Hoy no hay casi nadie por aquí. Ni el doctor Palme. Y ni siquiera ha habido sexo.
—En ningún momento pensé que pudiera ser aburrido.
—Deberías verlo dentro de unas horas, cuando todo el mundo haya regresado a casa.
Kay se inclinó hacia él y le cogió las manos.
—Pete, eso no está bien, por muy interesante y… conmovedor que sea. Puede convertirse en un gran problema si alguien lo descubre. Puede arruinar toda tu vida. Nuestras vidas…
Se miraron detenidamente.
—Tienes que abandonar esto, no sólo por nosotros, sino por tu propio bien.
Pete asintió.
—Supongo que sí.
Kay le soltó las manos.
Él hizo girar el sillón, abrió un cajón y sacó el listín de las páginas amarillas. Abrió el grueso volumen sobre el regazo y volvió a girar el sillón. Suspiró, y se volvió a Kay.
Ella lo miró.
Pete fue pasando las páginas bajo la luz blancoazulada, hasta que encontró a los cerrajeros.
—¡Caramba! Mira cuántos hay —le dijo, volviendo las páginas.
—¿Cómo piensas hacerlo? —preguntó ella—. ¿Va a permitir Terry que suba un cerrajero, sin que los Johnson estén presentes?
Pete se volvió a mirarla.
—Y si llamas a alguien al trece A, ¿accederá a cambiar la cerradura aquí?
—No había pensado en eso.
—Maldito embustero.
—Kay, te juro que no se me había ocurrido. Estaba tan ansioso porque lo vieras un rato. —Se inclinó hacia ella—. Pero eso no tiene ninguna importancia. Todo lo que tenemos que hacer es inutilizar la puerta para que no pueda abrirse desde fuera, meter una cuña o algo en la rendija de abajo, y tú poner un candado a la puerta trasera. El resultado será el mismo. —Le sonrió—. Incluso podremos jugar a ver si consigo que me digas la combinación. Si lo logro, entonces la cambias.
Ella permaneció sentada, mirándole. Negó con la cabeza.
—No. He cambiado de idea. No pienso hacer de mamá que cuida a su niño todo el tiempo. Éste no es el tipo de relación que yo quiero. Eres una persona adulta, Pete. Tendrás que hacerte responsable de tus propios actos. Ya sabes qué pienso de todo esto. Si realmente deseas seguir adelante con nuestra relación, tendrás que clausurarlo tú mismo.
Pete suspiró.
—¿Recurriendo a mi sentido del honor?
—Así es.
Él asintió, cerró el listín telefónico, hizo girar el sillón y dejó el volumen sobre la consola.
—Tienes razón. —Volvió a girar hacia ella, sonriéndole—. No hay duda de que vas a reformarme. —Le cogió las manos y se las besó; luego la miró fijamente: sus ojos parecían más azules bajo la luz azulada—. Voy a tener que empezar con esos otros proyectos. En realidad ya he empezado uno. Pero aquí hay algunos asuntos en marcha, en los cuales estoy muy involucrado: un par de pacientes del doctor Palme, las dos mujeres del once B, y los Ostrow, que están justo encima de ti. Así que no puedo jurarte que lo vaya a abandonar todo de repente, pero progresivamente voy a dejar de mirar y de grabar. Te lo prometo.
—Eso espero, Pete —dijo ella—. De veras.
Se acercaron y besaron.
—Y a ti no voy a espiarte nunca más —le dijo, soltándole una mano y volviéndose a la consola.
Pete movió varias palancas y se apagaron los monitores del 20 B, que se hallaban junto a los últimos de las hileras más bajas. Luego se volvió sonriente hacia Kay.
—El tuyo y el de Sam —dijo—. Simétricos.
Kay se volvió a mirar las oscuras pantallas de las hileras más bajas de la izquierda. Al volverse se dio cuenta de que había nuevos movimientos en el 8B.
—Ésta es la médium —explicó Pete, pulsando unas teclas.
Cogidos de la mano, observaron las pantallas principales. Ruby y otra mujer hacían pasar al salón a un hombre fornido, vestido de negro. Jay se estaba poniendo el abrigo y gritaba a Lisa, que hablaba por teléfono con un dedo en el otro oído.
—Conecta la voz —pidió Kay—. Sólo un minuto.
Lo primero que hizo Kay el lunes por la mañana fue llamar al departamento de asuntos legales. Wayne ya estaba allí. Le preguntó por Sandy y los niños. Estaban bien.
—Necesito información sobre las leyes relacionadas con la invasión a la intimidad de las personas —le dijo—. Específicamente sobre el caso de alguien que ha colocado una videocámara en un apartamento y luego lo alquila. El clásico alquiler, aquí, en Nueva York.
—Y el inquilino ignora lo de la cámara.
—Exacto —asintió ella—. El teléfono también está intervenido. Tengo un original basado en esta situación, y según el autor hay un vacío legal en estos temas. Si él está en lo cierto, y es así, ¿hasta qué punto no existe delito?
—Así, de pronto, no puedo decírtelo. Ésta no es mi especialidad, pero lo voy a averiguar gustosamente. De todos modos, puedo decirte que un micrófono oculto en el teléfono, sin la debida autorización, es un delito federal.
—Me lo figuraba.
—Y probablemente también estatal. Te llamo luego por lo de la videocámara. No me llevará mucho tiempo.
—Está instalada fuera del apartamento —puntualizó Kay—. El dice que eso es importante. Hay un tubo de cristal que baja por la lámpara del techo.
—¿Se utiliza para asuntos de negocios?
—No, sólo para mirar.
—Ajá. Y la heroína se traslada a vivir a ese apartamento.
—¿Cómo lo has adivinado?
Le pidió a Sara que le pusiera con Florence Leary Winthrop, y que no le pasara ninguna llamada, excepto la de Wayne.
Media hora más tarde le dijo a Florence que aguardara un momento.
—¿Wayne?
—Sí. Tu escritor tiene razón. No existe ninguna ley federal ni estatal contra la vigilancia electrónica visual. El casero puede verse metido en una demanda civil si la inquilina lo averigua, pero, aparte de la intervención del teléfono, que por cierto es un delito castigado con cinco años, la única acusación en la que basarse es la de la ley estatal en contra de los mirones. Algo realmente insignificante. E incluso esto podría impugnarse.
—Me sorprende.
—Y a mí también. Sin duda debe de haber alguna legislación pendiente. El sitio donde podrías obtener una información más precisa es en la Asociación de Derechos Civiles.
Kay le dio las gracias, y pidió disculpas a Florence.
—Ya te lo había dicho —dijo Pete aquella noche, sonriendo—. Los dos están muy enterados y no dejan de parlotear. Son abogados.
—La pena por la intervención del teléfono son cinco años —puntualizó Kay.
—Ya lo sé.
Se hallaban en Table d’Hôte, una pequeña tienda restaurante en la calle 92. Excepto una de las ocho viejas mesas, todas estaban ocupadas por parejas o por grupos de cuatro. El tono de las conversaciones y del ruido de los cubiertos era bastante elevado. Los dos estaban en un rincón, ante una mesa redonda, rodilla contra rodilla, bebiendo vino y untando mantequilla en trocitos de pan.
—No puedo desconectarlos a estas alturas —explicó él—, a menos que rompiera el techo del sótano. Pero nadie lo descubrirá nunca. Hoy no he mirado ni una vez. Claro que los lunes no son muy interesantes. Me refiero durante el día. Por la noche sí. Todo el mundo se queda en casa.
—¿Qué has estado haciendo?
—Un proyecto para el trabajo de informática. Y quiero decirte ya desde ahora que es algo de lo que prefiero no hablar, hasta que tenga solucionados ciertos detalles. Sé que lo comprenderás.
—Por supuesto —dijo ella—. No te estaba poniendo a prueba. Era sólo curiosidad por saber cómo pasas el día. Debe de haberte sido muy difícil no mirar. No dejo de pensar en ello, en lo absorbente que resulta.
—Porque es real. Es como la diferencia entre ver coches chocando entre sí en el cine y presenciar un accidente en plena calle.
—Y no saber nunca lo que va a ocurrir después.
—En efecto, esto es lo más inquietante de todo —asintió él—. La total imposibilidad de predecirlo, y su variedad.
Kay suspiró, y tomó un sorbo de vino.
—Querría con todas mis fuerzas que no fuera algo tan malo.
—Se considera malo, pero no hace daño a nadie. Estoy seguro de que a todo el mundo le encantaría mirar durante un rato.
Kay levantó los ojos hacia él.
—Se acabó.
—Lo sé. Ya te he dicho que no he mirado en todo el día, y eso que uno de los pacientes más interesantes del doctor Palme viene los lunes.
El camarero dejó ante ellos unos platos victorianos primorosamente guarnecidos: emperador a la plancha y salmón escalfado.
Deliciosos. Intercambiaron sabores.
Pete le explicó cosas de los pacientes del doctor Palme.
La pareja alta del 17 entró en el restaurante. Uno de los camareros los saludó, indicándoles la mesa vacía, separada de la suya por otras dos.
—Los Cole, del diecisiete A —murmuró Pete—. Los reyes del edificio en lo que a gustos extraños se refiere.
—¿Y nosotros no?
—¿Nosotros? En absoluto. Nosotros somos los quintos o los sextos.
—Y subiendo.
De regreso a casa, se detuvieron en la tienda con jardineras de flores que había en la esquina, compraron zumo de naranja y manzanas para Kay, leche, uvas y café para él. Pete dejó el cambio en el vaso de papel que tenía el mendigo de afuera.
Cruzaron la calle 92 y esperaron a que cambiara el semáforo. Miraron hacia arriba, al alto edificio iluminado de rosa: las hileras gemelas de las ventanas resplandecían, brillaban hasta su oscuro tejado.
—Produce una sensación extraña conocer a la gente que hay detrás de las ventanas —comentó ella, apretándole el brazo mientras miraba hacia arriba.
—Yo pienso que es lo mismo que regresar a casa —dijo Pete, observándola sonriente.
—Desde luego; exactamente lo mismo.
Sonrieron y se besaron.
Cruzaron la avenida.
Walt, vestido de marrón oscuro, les abrió la puerta cuando vio que se acercaban.
—Hola, Walt —lo saludaron.
—Señorita Norris, señor Henderson.
Cuando cruzaban el vestíbulo, Pete le dijo a Kay al oído:
—Tiene una aventura con Denise Smith, del cinco B.
—¿De veras?
—Walt tiene mucho éxito con las mujeres. —Pete pulsó el botón para subir, y observaron a Walt que abría la puerta de un taxi—. Es su voz lo que las cautiva. Antes cantaba en la Ópera Municipal, en el coro. Él y Ruby tuvieron un asunto el año pasado, pero él lo estropeó. Ella se dio cuenta de que iba detrás de Ginger todo el tiempo.
La pareja negro-blanca entró con bolsas de regalos navideños de Lord & Taylor. Todos se saludaron con una inclinación de cabeza, sonrientes.
—Ya se acercan las fiestas —comentó Pete.
—Así es —replicó el hombre, sonriendo.
Llegó el ascensor número uno.
Subieron en silencio.
Cuando la puerta se hubo cerrado en la séptima planta, Pete le dijo:
—Bill y Carol Wagnall. Muy interesantes.
—Te creo.
Bajaron en el 13 para dejar las compras de Pete.
—¿Sólo un poquito? —preguntó él.
—Pete, ya sabes lo que ocurrirá.
Se miraron a los ojos.
—No niego que me gustaría —añadió Kay.
—Ellos no lo van a saber.
—¡Dios mío! —exclamó ella, moviendo la cabeza.
—Vamos —suplicó Pete—. Señalaremos un tiempo razonable y nos atendremos a él. Ya te dije que no iba a dejarlo de golpe, ¿no? Una horita. Pero de verdad. Pondremos el despertador.
Kay suspiró.
—De acuerdo, pero sólo una hora.
Pusieron el despertador.
Sudaron un poco en el Vertical Club, batallando con las máquinas de flexiones el uno junto al otro. Nadaron varios largos en la piscina.
Fueron con Roxie y Fletcher a ver una obra de éxito en el Off Broadway. No les entusiasmó. Sin embargo Roxie y Fletcher disfrutaron con el espectáculo. Roxie les invitó a tomar una copa en casa, pero rehusaron.
Un niño de cinco años podía manejarlo. Bastaba con pulsar el botón superior marcado con el 10 A, luego el botón 1 en la banda central, y de pronto la sala del 10 A aparecía en la 1. Anne Stangerson tapándose las orejas, negándose a escuchar a una anciana que le leía una hoja de papel: su madre, leyendo su testamento en vida.
Estuvieron observando unos minutos mientras en la 2, los Gruen, del 14B, desnudos en la cama, con un libro y una calculadora, estudiaban el mejor momento para que Daisy quedase embarazada.
Kay trasladó los monitores de la izquierda a la 1, y Pete los de la derecha a la 2, descubriendo fuertes contrastes y armonías.
Interpretaron dúos en un órgano humano.
De pie ante la ventana de su despacho, Kay juntó las manos mientras contemplaba la brillante caravana del tráfico entre la lluvia, lejos, allí abajo. Suspiró, mirando al frente. Una mujer apartó la vista, en una ventana al otro lado de la calle.
—Kay, ¿algo anda mal? —le preguntó Sara.
Ella se volvió, sonriendo.
—Lo de siempre. Gente sin hogar, la delincuencia y la droga, la deuda nacional…
El día en que se quedó a trabajar en casa, bajó a echar un vistazo al doctor Palme. Frente a la consola había dos sillones negros de respaldo regulable.
—Lo que se conoce hay que compartirlo —comentó Pete.
Observaron al doctor Palme y a Nina.
Y a Dick.
Y a Joanna.
Diadem había reservado una mesa en la cena de gala que organizaba Literacy Volunteers of America en el auditorio de Celeste Bartos, en la Biblioteca de la calle 42. En el interior del taxi, cuando se dirigían allí, vestida con pieles de imitación y envuelta en terciopelo color granate, Kay le dijo:
—De veras, quiero que estés preparado para las miradas sucias, y posiblemente también para los comentarios. Lo he visto en otras ocasiones. Los hombres viejos pueden ser muy groseros, en especial cuando la mujer no es un ser deforme. Es algo intrínsecamente animal, como las astas en los venados.
—¿Quieres dejar de preocuparte? —exclamó él—. Por todos lados se pueden ver mujeres mayores que los hombres que las acompañan. Mira a Babette y Alian.
—¡Pero sólo hay cinco años de diferencia! —protestó ella.
—Relájate. Todo el mundo será amable. Te apuesto un masaje.
—Estás avisado —dijo Kay, mirando por la ventanilla.
El tráfico avanzaba. En Rockefeller Center, el árbol de Navidad.
Seguía siendo imponente cuando pasaron por delante; las deslumbrantes luces de colores al otro extremo de la plaza, las hileras de ángeles de malla levantando sus doradas trompetas.
En el vestíbulo que había frente al auditorio, Kay le cogió de la mano:
—Venga, vamos.
Le arrastró hacia una pareja de cabello gris que había al final de una de las colas en el guardarropa.
—¡Hola! —los saludó—. ¡Éste es Peter Henderson! Pete, June del Vecchio, Norman del Vecchio.
—¡Hola! —saludó June, estrechando la mano a Pete, sonriente.
—Hola —dijo Norman, estrechando la mano a Pete, y también sonriéndole.
—Es un placer conoceros —les dijo—. Kay me ha contado que sois activistas de Civitas. Mi padre también lo era; no sé si llegasteis a conocerle. John Henderson.
—¿De la U. S. Steel? —preguntó Norman.
—Sí.
—En efecto, le conocimos —dijo Norman, sonriéndole.
—¡Era un hombre encantador! —exclamó June—. Tú tienes sus mismos ojos y su sonrisa.
—¡Y vaya negociante! —añadió Norman—. ¡Nos conseguía dinero de los constructores contra los que luchábamos!
—Kay, será mejor que vayas con cuidado, si Peter está cortado con el mismo patrón —bromeó June.
Kay sonrió.
—Gracias por avisarme.
—¿En qué trabajas, Peter? —preguntó Norman.
—He estado haciendo algo de programación de ordenadores —explicó—. Ahora estoy pensando en cambiar.
—Quizá puedas echar un vistazo a nuestro sistema de facturación, que necesita ser reestructurado. Eh, Jim, ven a saludar a Peter Henderson, el hijo de un viejo amigo.
Primero se tomó un aperitivo en el Astor Hall. Todo el mundo estuvo muy amable.
Stuart había recibido el material de Sam, y dio las gracias a Kay por habérselo enviado.
—Es del tipo de temas que me encantan —dijo—. Va a venir a verme la semana que viene. Si llegamos a un acuerdo, le voy a ofrecer un pequeño anticipo.
—¡Qué bien! —exclamó ella—. Me alegro.
—Es fantástico —dijo Pete.
—¿Tú también le conoces? —preguntó Stuart.
—Sólo de saludarlo en el ascensor. Todos vivimos en el mismo edificio.
—¿No serás tal vez el misterioso propietario? —preguntó Wendy, sonriendo.
—No —contestó Pete, al tiempo que sonreía a Kay—. Todavía no hemos averiguado quién puede ser. Los candidatos principales son una pareja de abogados.
La cúpula de cristal del auditorio —una nervadura de acero silueteada con bombillas, una especie de nave espacial a lo H. G. Wells— estaba iluminada desde abajo con tonos rosas, tirando a violeta. Las mesas que había debajo estaban puestas con tonos púrpura y violeta, cubiertos blancos y dorados, arreglos florales rosa y violeta, y altos candelabros de color rosa. Un conjunto musical de cuatro instrumentos interpretaba piezas de Sondheim y Porter.
Las conversaciones en la mesa de Diadem versaban sobre el tráfico y la ruinosa estructura de la ciudad, las estrategias de las inversiones japonesas, la alimentación sana y los testamentos en vida.
Después de la danza de la gallina de Cornualles, Norman le preguntó a Kay:
—¿Bailamos?
Ésta sonrió a Pete y siguió a Norman a la pista de baile. Saludaron a varias personas y bailaron Let’s Do It sin juntarse del todo.
—Es extraordinariamente perspicaz —comentó Norman—. Y además posee grandes conocimientos.
—¿Verdad que sí?
—Confío en que sea emocionalmente más estable que su padre. Estuvo casado cuatro veces, creo. Siempre con actrices. Me pregunto si…
Seguían bailando, con otras parejas en torno a ellos.
—¿Qué cosa? —preguntó Kay.
—Una de ellas murió a causa de una caída —prosiguió Norman—. Por las escaleras de su dúplex. Me pregunto si sería la madre de Peter.
—Lo fue. Thea Marshall.
—Por una escalera curva de mármol, según se rumoreó.
—¿Se rumoreó? —Kay sonrió a Pete, que le guiñó un ojo por encima del hombro de June, un par de parejas más allá.
—Eh, hola —saludó Norman a alguien—. Bueno, hubo ciertos cotilleos por aquel entonces. ¿Cuándo fue? Hará unos doce o trece años. Se celebraba una fiesta cuando ocurrió. Ella llevaba unas maletas, y por ese motivo tropezó. Al parecer iba con prisas para coger el avión: en el último momento había decidido pasar las Navidades en casa de sus padres. Eso es lo que Henderson dijo después. Ella era de Canadá. En fin, la cerradura de una de las maletas se abrió al rodar por las escaleras, y alguien vio trajes de baño y ropa de verano.
—¿Te parece que hagamos un intercambio? —preguntó Pete a su lado, con June sonriendo entre sus brazos.
—Naturalmente —exclamó Norman, soltando a Kay y cogiendo a June—. Un agradable intercambio.
Pete le pasó un brazo por la cintura, sonriéndole.
—Qué galantes estamos todos esta noche —comentó June, al tiempo que Norman la guiaba bailando entre las otras parejas.
—¿Qué decía de trajes de baño y ropa de verano? —preguntó Pete, atrayéndola hacia sí, cogida de la mano, y girando con el ritmo de la música.
Kay le miró detenidamente: atractivo con su traje de gala y sus ojos azules, sonriéndole.
—Eso es lo que me pareció oír —insistió él.
—No sé. No estaba escuchando.
Pete la apretó con más fuerza, apoyó su mejilla contra la suya y la hizo girar.
—¿Quién le debe un masaje a quién? —inquirió.
Bailaron entre la multitud de bailarines, Easy to Love, bajo la cúpula de cristal con nervadura de acero, iluminada con tonos violáceos.