La astilla

Ira Levin · Capítulo 3 de 13

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La astilla

Capítulo III

Con paredes de madera veteada y cortinas formadas por tiras de ondulante cadena, que colgaban desde los tres pisos de altura, el grill de Four Seasons era donde almorzaban los editores y directores de las editoriales —aquellos que no se habían trasladado al centro de la ciudad—, con sus escritores más mimados, si es que no lo hacían con los escritores de otra editorial. Al mediodía, en aquel precioso escenario (suspendido en lo alto a la derecha, con una nube de barras de bronce), hombres de traje oscuro y mujeres multicolores se sentaban por parejas o en pequeños grupos en las mesas buenas y en las menos buenas, en los niveles buenos y en los menos buenos, como los pájaros que se reunían en la estructura metálica del colegio de Hitchcock. Todos picoteaban sobre quién está con quién, quién parece qué, quién se cambia a dónde, quién compra qué. Los camareros subían y bajaban con los platos artísticamente preparados, y con raciones excesivamente abundantes para unos pájaros.

Al sentarse en uno de los niveles buenos, ante una de las mesas menos buenas, Kay divisó, en uno de los niveles menos buenos, unas enjutas mejillas con un bigote color arena. El hombre sentado de perfil se parecía al hombre del chándal del 9 A, pero ella sólo le había echado un vistazo hacía una semana, y había unos nueve metros entre ellos. Estaba con un hombre de pelo blanco, un editor cuyo nombre y el de la empresa donde trabajaba no lograba recordar.

Su barbudo invitado, Jack Mulligan, había escrito con seudónimo dieciséis novelas de intriga romántica. Ella le había supervisado las cuatro últimas, éxitos en ventas. Su estilo era muy recargado: selvas de prosa florida y enmarañada. Kay había trazado senderos a través de metafóricas ramificaciones, cercenando lianas de oraciones adverbiales, transformando el exceso de verdoso follaje en grupos de hojas verdes. Él la había seguido de Random a Putnam, y de ahí a Diadem. El negocio editorial se jugaba como el ajedrez.

Últimamente se había convertido en una celebridad en los medios de comunicación. La gente se paraba en la mesa para felicitarle y estrechar su mano.

—¡Bien hecho, Jack! ¡Ya era hora de que alguien se desquitara!, —le decían.

—No, no, de veras —protestaba, radiante.

Hacía más o menos un mes que había reclamado, y luego negado, su responsabilidad sobre un virus informático, indestructible a la larga, que había filtrado en un conocido periódico, destruyendo todos los nombres y palabras de los centros de datos que contenían las letras «F» e «Y». La crítica que el periódico había publicado de su novela El amante de Vanessa, aunque era un elogio entre comillas, había desvelado irreflexivamente una de las sorpresas del libro. Mediante fax, él había enviado cuatro páginas furibundas al diario, pero se publicó tan sólo una breve nota de protesta en la habitual sección de cartas al director.

Cuando el periódico aulló por la herida recibida, los amigos de Mulligan creyeron en sus llamadas telefónicas de jura-que-no-se-lo-dirás-a-nadie. Él tenía tres hijos especialistas en informática, precursores en programación, que se habían formado y trabajaban en los medios de la inteligencia artificial y del diseño de sistemas de seguridad. Además, al mismo tiempo que el periódico perdía las palabras que contenían la «F» y la «Y», el autor de la irreflexiva crítica desaparecía de más de la mitad de ordenadores comerciales que hasta entonces le tenían en cuenta y confiaban en él. Sin embargo, Mulligan —apoyado por Paul, Weiss, Rifkind y otros— aseguró a los representantes de la oficina del fiscal y del FBI que no, que lo había dicho en broma, que dijo que deseaba haberlo hecho, que deploraba el vandalismo, etcétera, etcétera. A continuación, su guiño había aparecido en «En directo en el Circo», en «Un tema actual» y en la sección de «Línea nocturna» sobre los riesgos en informática.

El resultado final del asunto —mientras el periódico y el autor de la crítica se esforzaban por reordenar sus vidas— fue exactamente el que cabía esperar: El amante de Vanessa había sido un éxito en ventas, y el agente de Mulligan pedía una cifra astronómica como anticipo por un resumen de dos párrafos de El padrastro de Marguerite. Si Kay almorzaba con Mulligan en el Four Seasons, con el sincero beneplácito de su jefe, era con la débil esperanza de rebajar la petición.

—¿Conoces al hombre de pelo blanco que hay en el entresuelo? —preguntó Kay, cuando por fin los dejaron solos—. Solía trabajar para Essandess, pero no puedo recordar su nombre ni con quién está ahora.

Jack se rascó la oreja, examinó las paredes y el techo, y luego se volvió hacia ella.

—Es la misma mesa donde Bill Eisenbud sufrió el ataque al corazón —comentó —. ¿No crees que era un gran tipo? Es una verdadera pena. Tuvimos una casa junto a la suya en Vineyard, durante el verano del setenta y tres. No, en el setenta y cuatro. Una casa preciosa, con un gran porche con persianas. Toda cubierta de enredadera.

—¿Le conoces? —insistió ella.

—No, fue en el setenta y tres. En el setenta y cuatro fuimos a Sudamérica. No — dijo, negando con la cabeza—. Me pregunto si Sheer estará escribiendo otro libro. Dijo que no preparaba nada. Es muy curioso por lo que se refiere al dinero. Luego compartimos un taxi, y cuando bajé le di un billete de cinco; el taxímetro marcaba unos siete. Pero él insistió en devolverme lo que había puesto de más, hasta el último centavo.

Se les acercó el camarero, inclinándose para tomar nota de lo que pedían, y luego se fue.

—¿Sheer? —inquirió Kay—. ¿Conoces al hombre que está con él?

Él la observó al otro lado de la mesa.

—Creía que habías dicho que veías «Línea nocturna» —comentó.

—Lo veía.

—¿Dónde? ¿En aquel viejo televisor portátil? ¿Quieres decir que aún no tienes otro aparato?

—¿Él también participó en el debate?

—Era el sombrío juez —aclaró Jack—. El que escribió el libro sobre ordenadores, haciéndonos vulnerables a todo tipo de desastres. Como por ejemplo castigar a alguien por haber echado a perder una historia.

—Hubert Sheer… —murmuró ella—. Claro, ahora lo recuerdo. Pero él estaba contra ti.

Jack se echó a reír entre dientes.

—Pues no lo estaba —dijo—. Se mostró totalmente correcto en el taxi. Se disculpó sinceramente por aquel arrebato de «mentalidad juvenil». Le llamaron en el último minuto para asistir al programa; al parecer había fallado alguien. A él no le gusta salir en la tele, aunque a Koppel le resultó difícil interrumpirle cuando se lanzó. Hace años que escribió el libro.

—Creo que vive en mi nuevo edificio.

—Sí, es posible; él siguió por Madison.

Se pusieron a estudiar el menú.

Kay levantó los ojos y vio que Hubert Sheer la estaba mirando. Sentado allí, sonriendo, las mejillas y la frente coloradas, con su escaso pelo de color arenoso, como el bigote.

Le correspondió con una leve sonrisa y una inclinación de cabeza.

Él también asintió, enrojeciendo aún más.

El camarero dejó sobre la mesa Perrier y lima para ella, y Glenlivet para Jack.

Pidieron la comida: ternera con verduras y salmón a la plancha.

Jack levantó su vaso para brindar.

—Por El padrastro de Marguerite.

Kay chocó su vaso con el de Jack.

—Por la solvencia de Diadem.

—No seas agorera.

Hablaron sobre un nuevo best-seller —bueno, aunque no tanto—, el último escándalo de Washington y el escaso atractivo de la temporada en Broadway.

El hombre del pelo blanco se les acercó sonriente. Tras él, a pocos metros, Hubert Sheer cojeaba apoyándose en un bastón.

—¡Kay! —la llamó el hombre—. ¿Qué tal estás?

—¡Martin! —exclamó ella—. ¡Me alegra mucho volver a verte!

El hombre se inclinó y la besó en la mejilla.

—¡Estás maravillosa!

—Tú también estás muy bien. Jack Mulligan, Martin Sugarman.

—¡Es un placer! —dijo Sugarman, estrechando entre sus manos la de Jack, sacudiéndola—. ¡Ya era hora de que alguien se desquitara!

—No, no; de veras —protestó Jack, radiante.

Hubert Sheer se acercó renqueante, el rostro colorado, vestido con tweed color tostado, camisa marrón y corbata color ladrillo. Sus ojos grises, bajo cejas de color arena, brillaron de contenida excitación. Le sonrió, apoyado en su bastón.

—Kay, éste es Hubert Sheer, que acaba de firmar para hacer un libro con nosotros. Kay Norris.

—Enhorabuena —le dijo ella, sonriente, tendiéndole la mano.

Él le cogió el dorso de la mano con su izquierda, caliente y húmeda.

—Muchas gracias. Somos vecinos.

—Lo sé.

Los ojos grises de Sheer se dilataron. Le soltó la mano y estrechó la de Jack.

—Hola —le saludó.

—Hola —contestó Jack—. ¿Qué te ha pasado?

—Me rompí el tobillo —explicó Sheer—. Anteayer. —Sonrió a Kay—. La bicicleta quedó destrozada cuando me dirigía a sacar fotocopias del guión. ¿Crees que Dios querría decirme algo?

—Quizá «rómpete una pierna».

Sheer sonrió. Sugarman lanzó una carcajada.

—Creía que habías terminado con los libros —comentó Jack.

—Yo también, pero Marty me llamó al día siguiente de «Línea nocturna», con una idea que realmente me apasionó. —Sus ojos grises se volvieron de nuevo hacia ella, penetrantes—. Televisión. Una visión completa sobre cómo ha influido en la sociedad hasta ahora, y el impacto que provocará en los próximos años. Todos sus aspectos. Desde los seriales hasta las cámaras ocultas, pasando por el efecto que las cámaras grabadoras producen en el mundo de los negocios. Incluso tengo planeado…

—Rocky… —le interrumpió Sugarman.

Sheer miró primero a él y luego a ella. Se puso rojo y sonrió.

—Por favor, que esto no salga de aquí —les pidió Sugarman—. Todavía está en sus comienzos.

—Parece fascinante —comentó Jack—. Y justo en la línea de tu libro anterior.

—Sí —admitió Sheer—. Me siento realmente entusiasmado. He asistido a un curso intensivo de japonés. Me voy para allá la semana próxima, para visitar industrias y entrevistarme con fabricantes y proyectistas.

—Ha sido el destino —dijo Sugarman—. Tuve la idea por la mañana, y aquella noche aparecía él en «Línea nocturna», el escritor ideal para el proyecto. Oh, mira. — Tocó a Sheer en el hombro—. Sigue tú, Rocky; yo te alcanzaré abajo.

Sheer se volvió hacia ella.

—¿Tú montas en bicicleta? —le preguntó.

—Sí —contestó ella—. Pero no tengo.

—Y yo tampoco —le dijo sonriendo—. Se la cargó un autobús. Pero las alquilan en el parque, junto al embarcadero. ¿Puedo llamarte cuando vuelva?

—Claro —le contestó, sonriente—. Espero que sea un viaje provechoso.

—Gracias —le contestó él, sonriendo, con el rostro colorado.

Sheer se despidió de Jack y se alejó cojeando.

Sugarman se inclinó para acercarse.

—Es extraordinariamente perspicaz —dijo—. Hace todo tipo de contactos sorprendentes. ¿Habéis leído El gusano en la manzana?

—No —contestó ella—. Pero me gustaría.

—Esta tarde te enviaré un mensajero con un ejemplar —le dijo—. Por cierto, me pidió que os presentara, por si te interesa saberlo. Tiene cuarenta y tres años; está divorciado y es un tipo extraordinariamente encantador. Bueno, de todos modos pensaba acercarme a saludar. Ha sido maravilloso volver a verte, y conocerte a ti, Jack. Felicidades. ¡En todos los sentidos! —Dio media vuelta y se encaminó hacia las mesas mejores.

Kay sonrió tras él, y con la mano le devolvió el saludo a Joni.

—¿Rocky? —inquirió Jack, cortando su ternera.

—A Hubert no le va —comentó ella.

Kay giró la cabeza y, por encima del hombro, a través del cristal con malla dorada, contempló la espalda de color tostado de Sheer, que bajaba lentamente más allá del borde de la amplia escalera, cerca de la barandilla de la izquierda. Poco a poco fue desapareciendo de su vista.

Kay llevó las medidas de las ventanas al departamento de telas para tapicería de Bloomingdale’s, y encargó visillo blanco para el salón, y chintz con rayas blancas y verdes para el dormitorio. De paso por la sección de mobiliario moderno descubrió un poste de alto diseño que podía servir para que Felice se afilara las uñas: unos círculos en forma de «donut» de corcho marrón metidos en una enorme base cromada. Una exclusiva de Bloomie’s…

Se cansó en el Vertical Club, sudando mientras batallaba con la máquina para hacer bíceps, la pesa para las piernas y la tabla de estomacales. Durante un rato pedaleó en la bicicleta de ejercicio.

Salió del ascensor para encontrarse con los maullidos de Felice, y el pasillo lleno de atestadas maletas de cuero rosa. Había un montón bloqueando su puerta y haciendo de tope en la del 20 A, donde, al otro lado del recibidor, en la cocina abierta de par en par, una joven vestida con un abrigo blanco hablaba por teléfono:

—¡No! ¡Y he querido decir exactamente lo que he dicho!

Al ver a Kay, levantó una mano, con un anillo en cada dedo. Imitó un gemido, miró al cielo, a Kay y se encogió de hombros lastimeramente. Era vistosa como una modelo, delgada, con poco más de veinte años, y llevaba una peluca de cabello lacio y rubio. El abrigo blanco, ceñido con un cinturón, había aparecido en Elle.

—¡Iros los dos a tomar por el culo! —gritó con voz gangosa, y estrelló el teléfono contra la pared—. Ahora mismo voy a quitar todo esto de tu camino. —Acudió a la puerta y la abrió del todo, empujando la maleta con la rodilla para que la aguantara—. Lo siento, pero parece que tu gato se ha vuelto loco. Supongo que hasta ahora nunca había olido India.

Empezó a recoger maletas de color rosa.

—¿Cuándo te has mudado? —le preguntó.

—Hace una semana —contestó Kay, apartándose al otro lado de la puerta.

—Déjalo salir —le aconsejó V. Travisano, lanzándole una sonrisa—. Dale ese gusto. Yo también tengo algo de gato.

—Es una gata.

Kay dejó en el suelo su maletín y la bolsa de Bloomingdale’s, retiró una maleta y abrió la puerta.

Felice salió corriendo y empezó a merodear en torno a una lámpara fosforescente en forma de hoja de trébol, en donde el cuero se unía con la moqueta, sin dejar de husmear.

—¡Oh, es preciosa! Me encantan los gatos manchados. ¿Cómo se llama?

—Felice.

—Es un bonito nombre. Felice. El mío es Vida Travisano.

—También es bonito.

Se echó a reír.

—Gracias —dijo—. Me lo inventé yo.

—El mío es Kay Norris.

—Es bonito.

—Lo inventaron mis padres. —De un tirón recogió a una Felice enloquecida por India.

Vida Travisano arrastró la última maleta.

—Eres una gran mejora, en comparación con los Kestenbaum. —Sonrió desde el umbral, envuelta en su abrigo blanco de Elle, una mano lanzando destellos en el quicio de la puerta, y botas blancas que se cruzaban en los tobillos—. ¿Conocías a los Kestenbaum? —preguntó.

—¡Para ya, Felice! No —contestó Kay—, no sé quiénes son.

—Formaban una pareja curiosa —explicó Vida Travisano—. Él era americano y ella coreana. Muy hermosa; podría haber sido modelo. No mencionaron nunca cuál era su trabajo. Eran muy divertidos. Luego él desarrolló esclerosis múltiple. Empezó a desintegrarse. Y ella lo sacaba y lo entraba con la silla de ruedas. Se te partía el corazón, era tan deprimente… Luego se mudaron a ese sitio de California donde realizan investigaciones experimentales sobre esa enfermedad. Parece que lo tenían bastante difícil; ella estuvo llorando por eso hace unos meses. El tratamiento cuesta una fortuna, y su seguro médico no lo cubría. Pero, gracias a Dios, el dinero les llegó de alguna parte. Si alguna vez te apetece un poco de chismorreo, llama al timbre. Voy a estar por aquí hasta el nueve de noviembre, luego… —Empezó a sonar el teléfono —. ¡Mierda! Me voy pronto para el sol de Portugal. Hasta la vista. —Retrocedió al interior del piso y saludó a Felice con la mano—. ¡Adiós, Felice! —Cerró la puerta mientras el teléfono seguía sonando.

Felice saltó a la moqueta husmeando huellas de maleta, enloquecida.

Apareció Dmitri y le colocó los estantes para la librería en la sala, además de perforar las «X» que ella había marcado en la parte inferior de la cocina. Montó el poste para arañar y le mostró a Felice cómo funcionaba, frotando sus patas delanteras contra los donuts de corcho. Ojalá hubiera suerte.

Colgó el halcón de Roxie en el recibidor: tanto este cuadro como el de Zwick quedaban mucho mejor separados. Ordenó los libros en los estantes mientras Claire Bloom leía Al faro. Se presentó en la librería de la esquina con la calle 93: nunca estaría de más conseguir espacio en el escaparate.

Telefoneó a sus padres y les dio las gracias por el bol, que tenía adornos Art Déco, y que quedaría muy bien sobre la nueva mesita de centro cuando llegara. Como de costumbre, discutió con papá cuando éste le dijo que tratara de convencer en Bob para que telefoneara.

Leyó los cuatro primeros capítulos de la edición en rústica de El gusano en la manzana, de Hubert Sheer. Telefoneó a Roxie.

—Hasta ahora es fantástico; es un escritor muy bueno.

—¿Y cuál es la historia?

—No hay historia —dijo, tendida sobre la cama y jugando con la oreja blanca de Felice—. Tenemos una especie de cita para ir a montar en bicicleta cuando vuelva de su viaje. Ni siquiera sé cuánto tiempo va a estar fuera, en Japón. Se marcha un día de esta semana.

—Todo esto me suena muy vago.

—Lo es —admitió, contemplándose en miniatura, junto con su diminuta gata, en la lámpara del techo—. Ya te he dicho que no hay ninguna historia entre nosotros. Pero es muy atractivo, y su libro es muy bueno. ¿Qué tal os va a ti y a Fletcher?

Se probó vestidos de invierno sosteniéndolos contra el cuello frente al espejo del dormitorio. Pero la cosa no le entusiasmó.

Colocó libros en el estante superior, subida sobre la escalerita de mano, estirándose.

Felice, en la cocina, vigilaba la base del armario que había sobre el fregadero.

¿Quién hubiera pensado nunca que con todos los restaurantes que había en la ciudad —los había a miles—, ella y como se llamara el editor de Rocky coincidirían en él a la hora del almuerzo? Increíble. A menos que el Four Seasons se hubiese convertido en una especie de lugar de encuentro para escritores y editores desde que él había estado allí. Pero aún conservaba cierta clase: los Stein iban a llevar allí a los padres de Lesley para celebrar sus bodas de plata, y Vida y Lauren lo recomendaban a sus clientes. No, se trataba de otra de las sorprendentes coincidencias que depara la vida.

Era una pena que a ella le gustara Rocky. Habrían hecho una buena pareja, considerando lo mucho que tenían en común.

Pero no iba a dejar que eso cambiara sus planes lo más mínimo, precisamente cuando el martes de la semana siguiente Rocky tenía una cita, a las ocho de la mañana hora de Osaka, en la sala de exposiciones de la Takai Company, donde probablemente habrían fabricado un par de lámparas extra para su sala de exhibición, o al menos tendrían algunas ampliaciones en papel brillante para el álbum. Si lo hacía cualquier fabricante, ¿por qué no iba a hacerlo un astuto japonés ansioso por incrementar sus negocios?

Tranquilízate. Reflexiona. No es momento para el pánico. Es domingo por la noche. No, lunes de madrugada. El avión de Rocky despega del aeropuerto J F K el viernes por la mañana, a las once.

Reflexiona.

Puede que lo de la bicicleta no haya sido del todo inútil. Mira el lado positivo. Ha dejado a Rocky con un pie enyesado, cojeando por el 9 A con un bastón.

Ella acostumbraba a trabajar en casa un día a la semana —el martes o el miércoles, dependiendo de sus citas y del calendario de reuniones—, y, con el mínimo de llamadas por parte de Sara, le cundía tanto como dos días en la oficina. También trabajaba la mayoría de las noches, y tres o cuatro horas los fines de semana; además, cada mañana, de seis a ocho, leía manuscritos en la cama.

Aquella semana, su día en casa era el martes 24 de octubre, un día que, al finalizar, los meteorólogos de todos los canales de televisión habían coincidido en que había sido el día más espléndido de aquella espléndida estación. Sus afirmaciones se verían respaldadas por grandes extensiones de cielos turquesa, árboles de un rojo encendido y rostros vueltos hacia arriba: extensiones tornasoladas en la mayor parte de Central Park.

Permanecer sentada en aquella espléndida mañana, con un trozo de parque flamígero y el estanque turquesa por encima de su hombro izquierdo, y tener que revisar un libro —incluso un libro tan bueno como aquel en el que tanto le gustaba trabajar—, significaba trabajo. En especial para una muchacha campesina.

Kay volvió la cabeza y se levantó las gafas. Contempló la bandada de gansos que bajaban volando hacia el color turquesa. Se inclinó para ver la inmersión de aquellos gansos al tiempo que otros subían volando desde abajo, cubriendo de plumas el agua entre unos y otros.

Volvió a bajarse las gafas y reanudó la lectura.

Hizo algunas anotaciones.

Respiró profundamente mientras los papeles se agitaban junto a la ventana, abierta unos centímetros.

Kay prosiguió hasta finalizar aquella parte.

Se puso las Adidas, los tejanos, la camiseta granate con el cuello de cisne y el suéter de lana irlandesa. Felice, que haraganeaba en el centro de la cama, se la quedó mirando.

Cuando había recorrido más de la mitad del camino de tierra que circundaba la valla de alambre del estanque, dando grandes zancadas tras sus gafas de sol, que apuntaban hacia el cielo turquesa, los árboles flamígeros, el aire cortante, la gente multicolor, las intrépidas ardillas (debería haber traído cacahuetes) y las aves en vuelo, sintiéndose mejor de lo que se había sentido en los dos últimos años, o quizá en los siete u ocho, giró por la curva de la izquierda y, en el sendero que tenía enfrente, vio a Sam Yale, en dirección hacia ella y entre la gente que no hacía caso de las flechas, con aspecto tan arrobado como el de ella ante aquella espléndida mañana. Caminaba haciendo oscilar los brazos, con la cabellera gris ondulando en el aire, resplandeciente por el reflejo del agua a su derecha. Kay aflojó el paso a medida que él se le acercaba, entornados los ojos hacia arriba.

—¡Sam! —le llamó.

Se detuvo y la miró con ojos de mapache. Un tipo que hacía jogging se desvió para pasarle. Kay se apartó a un lado del sendero, levantándose las gafas.

—Kay —le dijo—, Kay Norris.

Sam le sonrió.

—¡Hola!

Siguió sonriendo mientras le pasaban tres hombres que hacían marcha, los pies planos, pantalón corto y codos en vaivén.

Kay se quitó las gafas mientras él cruzaba hacia el borde del sendero donde ella aguardaba: vestía tejanos y mocasines negros, un pasamontañas gris unido con una cremallera al cuello de su camisa de franela roja.

—¡Vaya día! —comentó él, frotándose las manos.

—Muy bueno, ¿verdad?

—Y que lo diga.

—No quiero pararme. Venga, caminemos siguiendo las flechas, que eso no le hará daño.

—¿Flechas? —inquirió él, siguiéndola por el camino.

—En la base de la valla —dijo ella, poniéndose de nuevo las gafas—. De trecho en trecho.

—¡Eh, no corra tanto! —le gritó, tras ella y a su izquierda—. Yo he venido aquí por placer.

Kay fue más despacio. Le sonrió cuando él se colocó a su lado y siguió su paso. No estaba mal su rostro gastado para tener sesenta y seis años. En la foto tamaño carnet que aparecía en La edad de oro de la televisión resultaba un tipo conmovedor, con su ondulado cabello oscuro y sus ojeras incluso más pronunciadas.

—¿Ha declarado festivo este día la industria del libro? —preguntó con voz ronca, sonriéndole.

—A veces trabajo en casa.

—Un buen empleo.

—Elegí un mal día —comentó ella—. El día menos indicado, quiero decir. ¿Cómo sabe que trabajo en una editorial?

Sam se situó tras ella para permitir el paso a un cochecito con un bebé amordazado por el chupete, al que empujaba una adolescente con chaqueta de piel de borrego y unos cascos de radio. Luego volvió a colocarse a su lado.

—Pasé junto al camión el día de su mudanza —explicó—. Había montones de cajas de cartón con el anagrama de Diadem.

—Oh.

—Tiene un magnífico escritorio con tapa enrollable. ¿Es muy antiguo?

—Ochenta, ochenta y cinco años.

—¿A qué se dedica?

—Soy editora; preparo textos —explicó ella—. Mire, allí hay una flecha.

—Seguro que la pintaron cuando McKinley era presidente. Casi no se ve. No esperarán que nadie las siga.

—¿Qué quiere usted decir? —inquirió ella, al tiempo que un grupo de corredores pasaban saltando por su lado—. Están ahí. ¿Quiénes no esperarán que las sigan?

—Es de sentido común —concluyó, poniéndose detrás de ella para dejar paso a un par de monjas.

Por el camino de herradura que había a la derecha apareció una yegua a medio galope, trazando un espléndido arco. Era un hermoso ejemplar de color castaño, montada por un hombre con chaqueta a cuadros, botas negras y pantalones de equitación.

—¡Vaya día! —exclamó Sam, situándose a su izquierda.

—¿Es fiesta para los directores?

—Cada día lo es para los que estamos retirados. ¿Se ha fijado en el horizonte?

Kay volvió los ojos hacia la fila de rascacielos blancos y acerados que asomaban por el extremo sur del parque, la cubierta achaflanada del Citicorp Building, la punta del Empire State contra el cielo turquesa.

—Es fantástico —exclamó.

—Ya no estás en Kansas, Dorothy.

Le miró de reojo sin interrumpir la marcha.

—¿Qué tiene que ver Kansas en todo esto? —inquirió. Sam sonrió.

—Nada —dijo—. Está en sus labios.

—Yo no tengo acento —protestó ella, deteniéndose—. Trabajé mucho para quitármelo.

—Perdone. Soy muy observador.

Se desviaron para sortear un equipo de la televisión que apuntaba sus minicámaras con el anagrama en forma de pavo real hacia el rojo flamígero de los árboles.

—Olvida usted que soy director —dijo cuando regresaron al sendero que se curvaba a la izquierda—. Mi oído está muy habituado. —Se dio unos golpecitos en la oreja—. No, para la gente corriente usted no tiene acento. Sólo en expresiones como «Hola» o «¿Qué tal?».

—No es cierto.

—Muy leve —insistió él, sonriendo—. De veras, muy leve. Sólo podría captarlo un profesional extremadamente dotado.

Sam se situó tras ella para dar paso a una carretilla de mano llena de cenizas oscuras, a la que empujaba un hombre con uniforme marrón.

Cuando volvió a colocarse a su lado, Kay le dijo:

—Me traje un libro que publicamos hace algunos años, La edad de oro de la televisión.

—¡Uau! Menudo título. ¿Quién lo escogió? Confío en que no fuera usted.

—Pues da la casualidad de que es un gran título —protestó ella—. Informa de un modo claro e inteligible de qué trata el libro.

—Acepto la corrección.

—Y no lo escogí yo —añadió Kay.

Se dirigieron hacia la entrada del extremo sur del estanque. Los corredores pasaban saltando por su lado.

—Así que se sintió impresionada —comentó él.

—Mucho. Y también intrigada.

—¿Por cómo finalizó todo? Es muy sencillo. Soy un alcohólico en vías de recuperación.

—Lo siento —dijo Kay, volviéndose hacia él—. Me alegro de que se esté recuperando. Pero no me refería a eso. Lo siento, no debería haber sacado el tema. Seguro que no desea usted hablar de ello.

—¿Se refería a las iniciales T. M.? —preguntó Sam.

Kay suspiró, asintiendo.

—Tom Mix. Siempre fue uno de mis favoritos.

Kay sonrió.

—Veo que se ha leído mi historial —comentó él.

—Sí. Ella intervino en unas veinte obras de las que usted dirigió.

—Al público le gustaba en Steel y en Kraft.

—Usted ganó dos premios de la Asociación de Directores, y un Emmy — comentó ella—. Y de pronto su carrera se interrumpió, el mismo año en que ella murió.

—¿Qué edita usted? ¿Besos con castillos al fondo?

—También.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra —aclaró Sam—. Llevábamos dos o tres años sin vernos cuando ocurrió. Nuestros caminos se habían separado, en todos los aspectos. Yo estaba en la costa, haciendo una película por semana. Ella hacía series.

Cruzaron la terraza frente a la casa de piedra de la entrada, pasaron junto a la gente en las fuentes, gente que hacía flexiones con la pierna apuntalada en el respaldo de los bancos, una multitud de adolescentes con chándal rojo y un hombre de rojo que los animaba dando palmadas.

—Si quiere que le diga la verdad —prosiguió Sam—, ella no era una actriz demasiado buena.

—Ya me di cuenta.

—Ni una persona muy buena. Era presuntuosa y posesiva. Totalmente egocéntrica. Rencorosa. Desconsiderada. Mezquina. Yo estaba loco por ella.

—¿Por qué?

—He dicho «loco». ¿Quién puede explicar la locura? —Sam dirigió la mirada hacia el sendero que tenía ante sí y suspiró—. ¿Quién podría decir por qué? Ocurrió durante una mañana encantada. Al fondo de un estudio de televisión atestado de gente.

Los adolescentes con chándal rojo pasaron por su lado, solos y por parejas, siguiendo la curva que seguía por la derecha del estanque.

—¿Se ha retirado del todo? —preguntó Kay.

—Doy algunas clases. Interpretación, dirección…

—¿Cuánto hace que vive en el edificio?

—Desde que se inauguró. Tres años.

Siguieron paseando.

Los que hacían jogging pasaban por su lado.

Un adolescente vestido de rojo.

—Si se pregunta qué hago yo en ese sitio donde vivimos, debo decirle que soy un caso de beneficiencia.

—No sea tonto, no pensaba eso —dijo ella—. Todo el mundo vive donde quiere hoy en día. Es fantástico. Es una de las mejores cosas que tiene esta ciudad.

—Gracias a la Carnegie Hill Cultural Enrichment Foundation. ¿Hace falta que le explique cuál es su objetivo en esta vida? Una de las formas con que piensan conseguirlo consiste en sembrar todo el barrio de artistas pobres y pretenciosos. Obtuve gratis el alquiler del apartamento, además de una remuneración. Y su situación es ideal para mí. —Sonrió—. Smithers está a la vuelta de la esquina, en la noventa y tres. Me refiero al Smithers Treatment Center. Acudí a él durante una temporada, mientras se construía el edificio.

Sam se situó detrás de ella para dejar paso a un par de corredores, un hombre y un muchacho, con camisetas en las que había grabado «CIEGO» y «GUÍA».

Llegaron a la explanada de la calle 90, y bajaron los amplios escalones de guijarros. Un equipo de televisión se apostaba en el camino de herradura, apuntando su minicámara a los paseantes que levantaban los ojos hacia los árboles flamígeros.

—¡Qué bien! —exclamó ella—. Saldremos en las noticias de las seis. Mañana me gastarán bromas en la oficina.

—¿Tan mal estoy?

—Ya sabe a qué me refiero.

—No se asuste. Siempre hay una solución.

Al pasar ante la cámara con el anagrama del ojo, Sam levantó el puño con el dedo medio apuntando al aire.

Cruzaron el sendero de entrada al parque y la Quinta Avenida. Avanzaron a lo largo de la calle 90, pasando junto a la verja de hierro por la parte trasera del museo Cooper-Hewitt.

—Ésta fue la casa de reposo de Andrew Carnegie —explicó Sam.

—No lo sabía —dijo ella, observando la mansión de estilo Palladio, en piedra y ladrillo.

—Por eso estamos en Carnegie Hill. Esto era una granja cuando él lo compró. Su compañía de aceros se convirtió luego en U. S. Steel. Realicé tantos programas de «La hora de Steel» que por aquí me siento como en casa. Ésta es la casa donde vivió Robert Chambers.

—Me suena el nombre.

—El estudiante de escuela preparatoria que estranguló a una muchacha en el parque.

—Oh.

—Por aquí vivimos gente muy diversa.

Giraron en la esquina y subieron por Madison Avenue.

—La televisión debía de ser muy diferente al comienzo —dijo ella.

—Y que lo diga. Todo se hacía en directo; no se grababa ni se hacían segundas tomas. Cada programa era una noche de estreno. Se saltaban frases y no aparecían los accesorios, pero era en vivo, electrizante, y los actores lo daban todo.

Los decorados se pintaban en distintos tonos de gris; el color carecía de importancia.

—¿Por qué no escribe sus memorias? —preguntó Kay—. O las graba en una cinta. Podría ser muy interesante.

—¿Mis memorias? —inquirió Sam, sonriendo.

—Sí. Piénselo. ¿Conoce usted a Hubert Sheer? Vive en nuestro edificio, en el nueve A.

Sam negó con la cabeza.

—Es un escritor —dijo ella—. Es bueno. Está escribiendo un libro sobre la televisión, y probablemente le gustaría hablar del tema con usted. Tengo que presentárselo. Pero a ver si hace usted algo por su cuenta. De veras, puede venderse muy bien. Si quiere tratarlo seriamente, como un material propio, perfecto. Pero si lo prefiere, puede abordarlo con un tono desenfadado y divertido; estoy convencida de que es capaz de hacerlo. Lo que le resulte más cómodo.

—Me lo pensaré —dijo sonriendo, y señaló hacia Jackson Hole al pasar ante el local—. ¿Le apetece un café?

—¿Qué tal si lo aplazamos? —preguntó Kay—. Tengo que ir al banco, y luego he de volver a mi trabajo.

Cruzaron la calle 91. Kay se quitó las gafas de sol.

—Encantada de haberle conocido —le dijo, ofreciéndole la mano.

—Lo mismo digo —contestó Sam, estrechándosela al tiempo que le sonreía.

—Piense en mi proposición. No se lo he dicho simplemente por quedar bien.

—De acuerdo, me lo pensaré —dijo, y luego dio media vuelta y se alejó—. Oiga —la llamó, volviéndose otra vez—. Bromeaba cuando le dije lo del acento. El otro día, en el cuarto de la correspondencia, vi el remite en un paquete que le habían enviado. Los Norris, de Wichita.

—Gracias por decírmelo —exclamó Kay, sonriente.

—No quería que pensara que ha perdido usted el tiempo. No tiene ningún acento, ni pizca.

Sam le sonrió, volvió a dar media vuelta y se fue.

Kay se puso las gafas y esperó a que cambiara la luz del semáforo. Se irguió de puntillas y sonrió hacia el cielo turquesa.

El miércoles, Kay presentó tres libros en la reunión que precedía a la distribución. Al departamento de ventas le gustaron dos, y el tercero no desagradó tanto como ella y todo el departamento de redacción habían esperado. Pasó una hora en Saks, donde compró un vestido de seda color púrpura y algo de ropa interior.

Por la noche mantuvo largas conversaciones con Bob y con Meg Hunter, que telefoneó desde el aeropuerto JFK, entre dos vuelos con destino a Londres. Durante una hora revivieron la época de Siracusa. Luego se depiló las piernas mientras Claire Bloom leía la última parte de Al faro, y Felice se lamía y rascaba sobre la estera del cuarto de baño.

La mayor parte del jueves se lo pasó trabajando con una mujer de Newark, a cuya primera novela, una especie de sátira en ciencia ficción, le sobraban doscientas páginas. Asistió a la fiesta de la Warner con motivo de la presentación de una biografía sobre Catalina la Grande, arriba, en el salón de té: todo el mundo estaba allí, tomando champán y tostaditas con caviar.

Al bajar del taxi que le conducía hasta casa, se encontró con la luz cegadora de los reflectores y a una mujer de expresión acongojada, con un micrófono en la mano:

—¿Vive usted aquí?

—¿Conocía a Hubert Sheer? —preguntó un hombre.

—¿Sabe que a ese edificio lo llaman el Rascacielos del Horror? —inquirió la mujer.

Walt los apartó, acompañándola hacia la puerta.

—¡Me ha dado una patada! ¿Le han visto ustedes? ¡Eh, usted! ¡Portero! ¡Vas a tener problemas, gilipollas!

Walt miró a través de la puerta de cristal mientras la cerraba.

—La escoria de la tierra —murmuró con su voz de barítono—. Ha sido como antes, cuando se acercaba la hora de la comida en el zoo. Ha tenido usted suerte llegando tarde.

—¿Hubert Sheer? —preguntó.

Walt se volvió hacia ella y la miró a través de sus gafas. Asintió. Apartó la mirada y regresó a la puerta, abriéndola de par en par. La gente se retiró, y él volvió a cerrar la puerta.

—¿Qué ha sucedido? —inquirió ella.

Walt respiró profundamente y se quitó las gafas. Se la quedó mirando con sus ojos claros y su rostro pálido y arrugado.

—Se cayó en la ducha —explicó él—. Llevaba un pie enyesado, metido en una bolsa de plástico para que no se mojara. Resbaló y se golpeó en la cabeza.

—¿Está… muerto?

Walt asintió al tiempo que abría la puerta. Entró un hombre.

—¡Dios mío! —exclamó.

Walt cerró la puerta y se volvió hacia Kay.

—¿Le conocía usted, señorita Norris?

Kay asintió.

—¿Quiere usted sentarse?

Ella no sabía qué hacer.

Walt le indicó el banco cerca de donde estaban los monitores, y le cogió el maletín mientras ella se sentaba. Volvió a ponerse las gafas y sostuvo el maletín con ambas manos, inclinándose hacia ella.

—Ha llamado alguien del despacho de su agente para saber qué ocurría —le contó Walt—. No contestaba al teléfono, y no había acudido a una cita.

—¿Cuándo ha ocurrido? —preguntó Kay, levantando los ojos hacia él.

Walt respiró con fuerza y apartó los ojos. Sacudió la cabeza, suspirando.

—Todavía no lo saben con certeza. —Volvió a mirarla, pestañeando al otro lado de sus gafas de montura metálica—. Se hallaba en el suelo, bajo la ducha. El agua estaba muy caliente, así que no pueden saberlo con exactitud. Fue visto por última vez el lunes por la noche.

—¡Dios mío!