La astilla
Capítulo IV
Lógicamente, Edgar telefoneó:
—¡Qué espantosa mala suerte!
—No es posible, me cuesta creerlo —dijo él, quitando el sonido a la televisión que tenía a los pies de la cama—. He hablado con él varias veces, en el ascensor. Parecía un tipo muy agradable.
Dejó el mando a distancia sobre la mesita de noche y cogió la taza con el Yo-Corazón-New-York. Sostuvo el teléfono con el hombro mientras colocaba los almohadones en la espalda.
—Y tenía que ocurrir precisamente en un día sin grandes noticias.
—Ya pasará —dijo él, poniéndose cómodo—. Ocurrió lo mismo con lo de Rafael. —Tomó un sorbo de café.
—Permítame que discrepe. Ésta es la quinta, no la cuarta, y se trata de un escritor en cierto modo conocido, no de un superintendente. Forzosamente, el edificio resultará ahora menos… recomendable. Lamento tener que decírselo, pero ¿recuerda lo que le advertí en contra de ese tipo de arrendamiento? Si se hubiese limitado a hacer pisos independientes, ahora tendría menos preocupaciones. Hasta cierto punto.
—Ya lo sé —admitió, mientras contemplaba un anuncio de detergente, sin sonido —. Ahora lamento no haberle hecho caso. —Tomó un sorbo de café.
—Sospecho que no ha visto los periódicos.
—Todavía no; aún estoy acostado. Anoche estuve levantado hasta muy tarde.
Dejó la taza y cogió el mando a distancia.
—En la portada del Post sale «El Rascacielos del Horror» con letras gigantes, y una foto del edificio enfocado desde abajo hacia la cumbre. El News opta por «Horror en el rascacielos», con la misma foto. El Times… Aquí está. En la página tres publica: «Un escritor es la quinta víctima en un edificio de la parte alta del East Side». Tienen a Connahay trabajando para Merril Lynch, así que imagino que mañana rectificarán.
—Ya pasará —dijo, pulsando el mando y haciendo desfilar niños en pañales, detergentes y gorilas en la selva—. Sólo que esta vez tardará un poco más, eso es todo.
—Los teléfonos no dejan de sonar. «¿Quién es el propietario de esa compañía? ¿Cómo se siente?».
—Mal. ¡Qué se piensan!
—Sugiero encarecidamente, y todos aquí están de acuerdo, que debemos hacer intervenir en seguida a un experto en relaciones públicas.
—¿Para hacer qué? —preguntó, sin dejar de pulsar el mando—. ¿Para convocar una rueda de prensa? Eso sólo contribuiría a mantener candente la noticia.
—No, no, no. Para enfriarla. Un especialista que… influya en los medios de comunicación, para que dirijan su atención a otro lado, y cuanto antes mejor.
—¿Conoce usted a alguien? —preguntó él, incorporándose.
—Me han hablado de dos personas. Las dos muy caras, y no necesariamente deducibles de los impuestos, aunque creo que disponemos de una justificación bastante persuasiva para Hacienda.
—Que se vaya a la mierda Hacienda —exclamó—. Adelante con ello. Es una idea estupenda, Edgar. ¡Madre mía, qué mundo éste!
—Me alegro de que lo apruebe.
—Tranquilo, y manos a la obra.
Colgó, permaneció un momento sentado, sonriendo. Apagó violentamente el televisor. Retiró la manta y se levantó.
Se acercó a la ventana y abrió por completo el panel derecho. Aspiró tanto aire como su pecho pudo contener, y se estiró de puntillas.
Luego lo expulsó, golpeando su pecho desnudo con los puños.
Lógicamente, Alex telefoneó:
—No sabes el impacto que me ha producido leer la noticia. ¿Conocías a ese tipo?
—No —contestó Kay.
—Hay opiniones para todos los gustos: un suicidio, una sobredosis de cocaí…
—Alex, estoy trabajando.
—Lo siento. Sólo quería saludarte y saber cómo te encuentras.
—Perfectamente —replicó—. Ristras de ajos en las ventanas y crucifijos a mano.
—¿Qué quieres decir?
—No te preocupes.
Roxie telefoneó:
—¡Qué desgracia! —dijo para animarla—. Según parece le gustaba desafiar el peligro.
Vida Travisano llamó a la puerta, perfectamente maquillada y perfumada, sosteniendo con sus dedos de uñas rosadas la parte superior de un vestido de raso color marfil con adornos bordados. Llevaba sólo parte de la espalda abrochada, y la pintura de uñas había empezado a despegársele.
Kay la hizo pasar a la blanca luminosidad de la cocina y, medio inclinada, con los ojos entornados, empezó a pasar presillas por encima de botones de raso que parecían guisantes. Vida permanecía de pie, haciendo presión sobre sus uñas. Felice, después de olisquear las medias que cubrían los pies de Vida, y de recibir unos golpecitos cariñosos con los dedos, se agazapó ante su banquete de mariscos.
—Unos bordados preciosos… ¿De la India?
—De China. Mierda. ¿Tienes pegamento Krazy?
—No, lo siento. —Por fin consiguió pasar la presilla por encima de un botón—. ¿Adónde vas?
—A una cena en el Plaza. Un montón de discursos. Asistirá el gobernador. Lo de Sheer es horrible. Yo hablé con él en el ascensor, hace un par de meses. Llevaba una planta enorme, que había comprado en el mercado ambulante de la Tercera Avenida… —Tomó aliento dando un suspiro—. Pensar en él tendido allí todo ese tiempo, como un huevo escalfado. Así es como lo dijeron en el Canal Cinco, escalfado. —Giró la cabeza, adornada con la peluca rubia—. Espero que no fuese amigo tuyo o algo por el estilo…
Kay sonrió, abrochando un botón.
—No, no lo era.
—¡Pobre hombre!
Felice se dirigió al recibidor, se sentó y empezó a limpiarse.
—Yo conocí a Naomi Singer —comentó Vida, apretándose una uña.
Kay abrochó otro botón y frunció el ceño.
—Coincidimos en un cursillo en la Asociación de Jóvenes Hebreos. Un cursillo sobre defensa contra violadores. Regresamos andando un par de veces. ¿Has estado allí? En la avenida Lexington.
—He asistido a algunos conciertos —dijo Kay.
—Dan todo tipo de cursillos. Es un centro judío pero puede ir todo el mundo.
—Debía de sentirse muy desgraciada —comentó Kay.
—Pues se comportaba como si no lo estuviera —replicó Vida—, aunque imagino que no siempre lo hacen… Era muy bulliciosa por fuera. Su aspecto era muy parecido al tuyo, cabello oscuro, rostro ovalado. No era tan bonita. Más baja. De «Boooston». ¿De dónde eres tú?
—De Wichita.
—Yo no soy de ninguna parte —explicó Vida—. Mi padre es general de división en las Fuerzas del Aire.
—El Times no ponía lo que ella escribió en la nota —comentó Kay, abrochando un botón.
—El Post publicó algo —comentó Vida—. Se sentía deprimida. Por todo. El medio ambiente, el racismo, las armas nucleares, ya sabes. Y luego había un tío en Boston con el que había roto. Él también tuvo algo que ver. —Suspiró—. Seguro que Dmitri se lo hizo en los pantalones.
—¿A qué te refieres?
—Ella estuvo a punto de caérsele encima. Dmitri se encontraba limpiando la… Ya sabes, esas barras que sostienen el toldo. En esa época era el portero, y Rafael el superintendente. Ella aterrizó justo a su lado. Le manchó de sangre. El edificio le regaló una semana en Disneylandia, con su mujer y su hijo. Todos los gastos pagados.
—No está mal —comentó Kay, abrochando otro botón.
—Aquí no son tacaños. Es mejor que no lo sean, con tanta gente diñándola. ¿Quién querría renovar el contrato? —Sacudió la cabeza, suspirando—, «El Rascacielos del Horror»… ¡Uau! Me siento como si estuviera en una película de Jamie Lee Curtis.
Kay pasó la presilla por el último botón, y sonrió.
—Muy bien, Jamie Lee —dijo, retrocediendo—. Ya puedes ir a saludar al gobernador. Estás espléndida.
En el mostrador del cuarto de los buzones había un paquete envuelto en tela estampada, con su dirección escrita a mano, procedente de un lugar llamado Victoriana, en la calle 89 East. Tenía un tamaño aproximado al de una caja de zapatos, era bastante pesado y llevaba impresa la cara etiqueta de Art Nouveau. Kay se preguntaba quién se lo habría enviado y qué sería, mientras subía en el ascensor en compañía del hombre de cara de chivo que vivía en el 12 y de una pareja japonesa de mediana edad, que bajó en el 16.
El «quién» era Norman y June. La letra grande y redonda de Norman aparecía sobre la gruesa tarjeta de color crema, con el anagrama de Diadem grabado en relieve: Cielos claros, luminosas estrellas y buena suerte. Cariñosamente, Norman y June.
El «qué» —envuelto en un rollo de plástico con burbujitas de aire y papel de seda intensamente azul— consistía en un espléndido telescopio de bronce, dos secciones que se alargaban entre cuarenta y cinco y cincuenta centímetros, con una Campana de la Libertad grabada cerca de la pieza ocular, junto al nombre Sinclair y el año 1893.
Sintiéndose como Ahab, observó el remolcador que arrastraba una barcaza río arriba y un yate blanco que bajaba. Los coches avanzaban por el Triboro Bridge. Observó también las ventanas de los rascacielos, en algunas de las cuales había telescopios montados sobre trípodes. Algo le rozó la rodilla: era Felice, que ronroneaba sobre el alféizar.
Fue con Roxie y Fletcher al mercadillo de la calle 26, donde compró un par de candelabros de peltre; luego al reestreno de Annie Hall y de Manhattan, y a un restaurante chino.
Leyó un buen manuscrito. Se hizo un corte de pelo y un lavado. Almorzó con Florence Leary Winthrop en el Four Seasons. Había otro hombre sentado en donde había estado Sheer. Asistió a una reunión de producción.
El miércoles, su día en casa aquella semana, fue un fiasco: la lluvia cayendo sobre el parque embarrado y el estanque color bronce, sobre el techo de pizarra del Museo Judío, sobre los oscuros jardines entre los negros tejados que convergían en el centro de las manzanas de edificios de piedra caliza. Un día ideal no obstante para quedarse en casa: aunque esto implicara arrastrarse a través de las páginas de Florence, repletas de flechas, texto mecanografiado y ondulante caligrafía.
También un día ideal para hacer la colada, comprendió cuando Susannah empezó a restregar las manchas de sangre de la chaqueta de montar de Derek, sin acudir a la lavadora. El reloj señalaba las 15:25. Dejó a Susannah restregando preocupada, sacó del armario el cesto repleto de ropa sucia —Felice se asomó al recibidor para ver qué estaba haciendo—, cogió las toallas del baño y de la cocina, el detergente Tide de debajo del lavadero y monedas de veinticinco centavos de la jarrita de Mickey Mouse.
Cuando entró con el cesto desbordante y la caja de detergente en la sala de baldosas blancas donde estaba instalada la lavandería, Pete-como-se-llamara, el del pelo castaño rojizo, se volvió ante una de las secadoras que había frente a la puerta y se la quedó mirando. Algo amarillo resbaló de su mano y cayó en el cesto de la colada.
—Hola —le saludó Kay, dirigiéndose a un lateral de la sala donde depositó la cesta sobre la última lavadora.
Cerca del otro extremo de la fila brillaban las luces rojas de una lavadora ronroneante, encima de la cual había una cesta vacía.
—¡Hola! —la saludó él, la voz afilada por las baldosas—. ¿Qué tal?
—Bien —contestó Kay, lamentando no haberse arreglado un poco; a pesar de que él sólo tuviera veintisiete años, como máximo—. ¿Y usted?
—Bien —contestó Pete… Henderson—. ¿Ya lo ha ordenado todo?
—Más o menos. —Devolvió la sonrisa a aquella sonrisa explosiva con polo verde y tejanos, se volvió a un lado y abrió la tapa de dos lavadoras—. Este equipo es fantástico. Aquí todo es de primera clase —comentó mientras sacaba los filtros.
—En un principio, parece que tenía que haber sido un edificio de pisos independientes —dijo Pete, volviendo a su secadora.
—Pues mejor para mí.
—Y para mí también.
Kay dejó a un lado la caja de detergente y empezó a sacar la ropa de la cesta: las prendas de color en una lavadora, y la ropa blanca en la otra.
—Me pregunto por qué cambiarían de idea.
—Cosa de la demanda.
—Sin embargo, hecha la inversión… ¿Quién es el propietario? —preguntó Kay —. ¿Lo sabe usted?
—No. Sólo conozco a MacEvoy-Cortez, que es adonde van los cheques. —Pete lanzó un suspiro que resonó contra las baldosas—. No podrá quejarse del recibimiento…
—Y que lo diga.
—Estos periodistas son increíbles. Imagino que en el fondo son tipos decentes, pero acaban convirtiéndose en pirañas. Como en las películas de James Bond. Lo devoran todo.
—Él iba a escribir un libro sobre la televisión —dijo ella, poniendo unos tejanos en la lavadora de prendas de color—. Los distintos aspectos que influyen en nuestra existencia. Me pregunto si pensaría incluir este hecho de que los periodistas se convierten en pirañas.
—¿Le conocía usted? —preguntó Pete, volviéndose hacia ella.
Kay desenredaba un pañuelo que se había liado con un botón.
—Un poco. Alguien nos presentó.
—Podría ser un tema interesante —comentó él—. Yo solía mirarla a todas horas, cuando era un crío. Ahora sólo alquilo películas de vídeo, de vez en cuando. ¿Iba a incluir lo mucho que los vídeos han cambiado nuestras vidas?
—Creo que sí —dijo ella—. No entró en detalles. Sólo estuvimos hablando un par de minutos.
—De todos modos, lo ocurrido debe de haberla afectado más a usted; me refiero al hecho de que lo conociera.
—Claro, por supuesto. Sin duda…
Kay metió la blusa en una lavadora y el pañuelo en la otra.
—Yo hablé con él un par de veces sobre el tiempo. Ya sabe, en el ascensor. Y leí su libro sobre los ordenadores.
—Yo también —exclamó Kay, volviéndose—, ¿qué le pareció?
Pete permaneció en silencio, con el ceño fruncido.
—No estaba mal. Pensé que estaba bien escrito, pero me aburrió. —Se volvió a mirarla—. Yo trabajo en ordenadores. No hay motivo para ponerse paranoico por lo que respecta a esos aparatos. Son máquinas, nada más; máquinas que procesan datos a gran velocidad.
—Él no estaba obsesionado —protestó Kay—. Existen auténticos peligros inherentes a los ordenadores.
—Pero él los exageraba multiplicándolos por diez.
Kay empezó a introducir las sábanas de flores amarillas en la lavadora de ropa blanca.
—¿En qué trabaja? —le preguntó.
—Soy programador independiente. Hago trabajos para diversas empresas, sobre todo de tipo financiero, y he diseñado algunos juegos que se han comercializado. — Cerró la trampilla de la secadora—. ¿Y usted?
—Soy editora —contestó Kay—. En Diadem Press.
—¿Le apetece algo? ¿Una barrita de chocolate?
Pete se dirigía hacia las máquinas expendedoras en el otro extremo de la sala, y la miró por encima del hombro.
—No, gracias —contestó Kay, sonriente, disponiéndose a clasificar las últimas toallas y paños de cocina.
Echó unas monedas en la ranura.
—Hay comida para gatos aquí. ¿Lo sabía?
—¿De veras? No tenía ni idea.
Kay abrió la pestaña de la caja de detergente.
—Y también pienso para perros. ¿Por qué no pondrán alpiste para periquitos?
Una máquina emitió un zumbido, y cayó algo.
Kay vertió los polvos alrededor de la ropa de color, se detuvo a mitad de la operación y enderezó la caja. Al volverse vio que él regresaba desde el otro lado de la sala, con una bolsita en la mano. Pete le sonrió.
—La vi comprando virutas en Murphy’s —le dijo—. El sábado por la mañana.
—Oh —exclamó Kay.
—Yo estaba con otra gente, así que no la pude saludar.
Ella le sonrió, y luego se volvió para verter más detergente.
Pete se apoyó contra la lavadora ronroneante, separada de la de Kay por otras dos.
—¿Macho o hembra? —preguntó.
—Hembra. Es una gata manchada.
Pete abrió de un tirón la bolsa de patatas fritas.
—¿De dónde es usted? —le preguntó Kay, trazando un círculo con la caja sobre la ropa blanca.
—De Pittsburgh. Hace cinco años que vivo aquí. Me refiero a Nueva York. Tres en este edificio. —Le tendió la bolsa, ofreciéndole patatas. Sus ojos vivaces la miraron fijamente.
—No, gracias —rehusó ella, sonriendo, mientras bajaba la pestaña de la caja para cerrarla; luego se volvió para dejarla en la cesta—. Yo soy de Wichita. Llevo aquí… Caramba, hace ya dieciocho años.
—Sabía que tenía que ser del Medio Oeste —aseguró él—. Por su forma de hablar. Es muy agradable.
Kay le observó mientras él pellizcaba una patata de la bolsa.
—Gracias.
Puso los filtros en las lavadoras y cerró las trampillas.
—Póngase la máscara de gas —murmuró Pete, mirando por encima de ella.
Kay olió a Giorgio nada más volverse.
La corpulenta mujer de los flequillos negros, que vivía en el octavo piso, se había detenido en el umbral, debajo de la cámara de vídeo, con sus gafas de sol, su collar de cuentas ambarinas y un vestido negro de manga larga. Tras ella, un hombre metía su bicicleta en uno de los ascensores.
Ambos la saludaron con una inclinación de cabeza.
—Hola.
Ella correspondió al saludo. Luego se dirigió a una de las máquinas expendedoras. Los negros tacones resonaban sobre el suelo de vinilo. Giorgio desafió el olor a detergente y a suavizante.
Pete olisqueó el aire, sonriendo a Kay. Ella le devolvió la sonrisa, colocando monedas en las bandejas apropiadas. Pete se separó de la lavadora, cuyas luces se habían apagado, y se encaminó hacia las secadoras. Unas monedas cayeron en las ranuras del otro extremo de la sala. Las máquinas ronronearon y cayó algo.
Kay colocó las bandejas en su sitio y estudió los luminosos botones de selección de programa.
Entró una mujer, y olisqueando y frunciendo el entrecejo se aproximó a la lavadora donde Pete se había apoyado. Era regordeta, de cabello negro. Vestía blusa roja y una falda de color morado, y calzaba zapatillas. Quitó la cesta de encima de la lavadora y abrió la trampilla.
—Ha calculado el tiempo a la perfección. Acaba de apagarse.
—¿Cómo dice? —inquirió la mujer, volviéndose hacia Kay.
—Acaba de apagarse —le repitió—. Ahora. —Hizo un corte con la mano—. Acabó. —Señaló la lavadora.
—Ah, sí —contestó la mujer, sonriendo, mientras tiraba de la ropa enmarañada y la depositaba en la cesta—. Sí, veinticinco minutos. Exactamente veinticinco
minutos[1].
—¿Veinticinco?
—Sí.
—Muchas gracias.
Kay pulsó los botones y las lavadoras cobraron vida. Cogió la caja que había dejado dentro de la cesta.
—Aguarde un momento —le pidió Pete, deteniéndose junto a ella con el cesto de ropa limpia, mirando hacia el pasillo.
Kay hizo como si buscara algo por allí, hasta que Giorgio, vencedor del detergente y el suavizante, se metió en uno de los ascensores y la puerta se cerró.
—Debe de tener una manguera conectada directamente con la fábrica —comentó Pete cuando entraron en el pasillo de color tostado.
—Es Giorgio —explicó Kay—. Es un buen perfume.
Kay pulsó el botón, entre las dos puertas. El indicador de arriba mostró el 2 bajando a la PB, el 4 subiendo al 5.
Se abrió la puerta de la escalera, situada a la derecha de los ascensores, y Terry, cubierto con un impermeable negro, entró en el pasillo. Después de sonreírles, se encaminó hacia la sala de la lavandería. Del cuarto de las motocicletas salió un hombre con un poncho amarillo y mojado, y un casco en la mano. Cerró la puerta metálica y los saludó con una inclinación de cabeza.
Ellos le devolvieron el saludo.
Se pasó la mano por los mojados rizos rubios y luego la sacudió hacia el suelo.
—¿Aún sigue lloviendo? —preguntó Pete.
—Más que antes —contestó el hombre. Era un tipo rollizo, a mitad de la treintena.
Se abrió la puerta del ascensor de la izquierda.
—¿Le importaría? —pidió Pete, entrando detrás de ella con su cesta de la colada —. El trece.
Kay pulsó el 20 y el 13. El hombre del poncho pulsó el 16.
La puerta se abrió en el vestíbulo y entró una anciana de cara redonda, con impermeable y sombrero náutico. Después de saludar se volvió a la puerta y pulsó el 10.
Todos subieron en silencio. La mujer bajó.
—Me alegro de haberla visto otra vez —dijo Pete, sonriente, cuando la puerta se abrió en el 13.
—Lo mismo digo —contestó Kay, sonriéndole.
El hombre del poncho bajó en el 16.
Kay permaneció de pie, con la caja de Tide.
Se quedó mirando la cámara de vídeo que colgaba del rincón.
Sacó las llaves cuando el 19 de encima de la puerta se transformó en el 20.
El viernes por la noche, Kay recibió la visita de unos cuantos amigos: gente de Diadem, y Roxie y Fletcher. Todos elogiaron el apartamento, a Felice y al halcón de Roxie; se turnaron para mirar con el telescopio, bebieron vodka, soda y vino blanco; hablaron de los rumores sobre una posible absorción de la empresa, de la crisis del Oriente Medio, del catálogo de primavera.
—Es una lámpara preciosa —comentó June, mientras cenaban—. ¿Es tuya?
Los diez o doce comensales, y ella también, levantaron la mirada hacia la lámpara del techo.
—Es del edificio —dijo Kay, sentada sobre un almohadón, junto a la mesita de centro—. Aquí todo es de primera. Se había programado para venderlo por pisos, pero el misterioso propietario prefirió alquilarlo. Nadie sabe quién es. Se esconde tras una firma de abogados del centro de la ciudad. Al parecer es un incordio de hombre, pero en mi agenda figura al lado de Santa Claus.
—La cocina es fantástica —comentó Norman.
—Es de Petak’s —aclaró Kay.
—Alguien debe saber quién es —dijo Gary.
Kay bebió un poco de vino.
—La agencia que lleva el edificio no lo sabe —dijo—. Sólo tratan con los abogados.
—Bueno, la verdad es que no me sorprende —intervino Tamiko—. Bien mirado, el edificio no disfruta de una excelente publicidad.
—Esto se remonta a cuando él lo compró —explicó Kay.
—A Barry Beck —dijo June—. Nunca imaginé que un día estaría sentada aquí. ¿Y tú, Norman? Los dos luchamos contra este edificio.
—Los dos participamos activamente en Civitas —explicó Norman—. Se trata de una organización que intenta conservar la zona e impedir que se edifique incontroladamente. Antes había aquí dos hermosos edificios de piedra caliza. Perdimos la batalla pero ganamos la guerra contra los edificios astilla. Un mes después de que se aprobara la construcción de éste, se declararon ilegales.
—No cabe duda de que es una obra de primera —comentó Stuart—. No he oído ni un solo ruido en el apartamento de al lado, y eso que también había gente que entraba en él. Mi casa es de nueva construcción, y oigo a los vecinos cuando pulsan las teclas del teléfono.
—Si lo construyeron pensando en venderlo por pisos, ¿por qué lo transformaron en apartamentos de alquiler? —inquinó Tamiko.
—Eso es lo que yo me pregunto —dijo Kay, llenando de nuevo todos los vasos de vino—. Me tiene intrigada. Hablé con Jo Harding, de contabilidad, que invierte en bienes inmuebles, y me contó que el mercado de alquiler de apartamentos en esta zona es mucho más flexible que el de pisos. Así que llamé a la mujer que me enseñó el apartamento y le di un poco de coba. Fue ella quien me comentó que era un incordio de tío, y sólo sabe que es un hombre porque los abogados dicen que es un hijo de puta. ¡Felice! ¡Aparta de ahí! ¡Ahora mismo! Se ve que no los deja en paz con el mantenimiento, y que rechaza a inquilinos sin razón aparente. ¿Fletcher? ¿Sólo un trocito? Se comporta como si viviera aquí, pero ¿para qué iba a vivir en un apartamento de sólo tres habitaciones? Seguro que está valorado en cincuenta millones, como mínimo. ¿Wendy?
—Puede que lo utilice como alojamiento temporal —insinuó Stuart—, y que viva en otros seis lugares.
—Es posible —admitió Kay, sirviendo vino en el vaso de Wendy—, pero ella dio la impresión de que incordia continuamente.
—Es posible que Barry Beck sepa quién es —dijo June.
—O el contratista, un tal Michelangelo —añadió Norman—. Beck lo vendió cuando aún no se había terminado.
—No me interesa demasiado el asunto —dijo Kay, volviendo a llenar el vaso de Gary—. Daré por sentado que es un excéntrico, y le dejaré que disfrute de su anonimato. En el fondo le estoy agradecida. ¿A alguien le apetece un poco más de pollo?
Él permanecía sentado, observando. Hizo oscilar la cabeza, con la mandíbula floja.
Intentó reír.
Pensó que era mejor no perder el sentido del humor.
Que ella fuera la primera en mucho tiempo que mirara los dientes del caballo regalado e hiciera averiguaciones, que sus jefes la mandaran instantáneamente a Michelangelo… En alguna parte tenía que haber algo gracioso.
«Un incordio» y «un hijo de puta».
Ja, ja, ja.
Observó a Kay, que traía la mousse de fresas y la dejaba en la mesa del comedor. Se preguntó si algún día alguien sería capaz de atraparle.
Por supuesto que sí. ¿Cómo no había considerado antes tal posibilidad? Una imitación de Colombo en la puerta: «Odio tener que molestarle, pero ¿podría concederme un poco de tiempo? Tengo algunas preguntas que hacerle sobre las muertes que se han producido en este edificio…».
Relájate. Tranquilo. Ella no piensa continuar. ¿No es eso lo que ha dicho?
Michelangelo estaba en Bimini, pescando peces espada y follando a su nueva y joven esposa, y no soltaría prenda sobre nada relacionado con el edificio aunque fuera el mismo Papa quien se lo preguntase. Así que no nos volvamos paranoicos.
Se levantó y se sirvió más gaseosa. Encontró un resto de pollo.
Se sentó a comer, observándolos mientras tomaban descafeinado y cucharaditas de mousse de fresas, acompañándolas de ohhhh y ahhhh, para indicarle a ella que estaba deliciosa.
Observó la pequeña fiesta de Vida, y a los Stangerson.
A Chris, informando de las novedades a Sally.
A Stefan, suplicándole a Hank.
A Kay, dirigiéndose al recibidor con los buenos de Norman y June.
Tranquilo. No te preocupes.
¿No había dicho ella que le permitiría conservar su anonimato?
—Lamento mucho no haber podido venir antes de la fiesta —dijo Dmitri.
—No se preocupe —contestó Kay, haciéndole pasar al dormitorio—. Largo, Felice. ¡Venga, fuera!
—Ayer hubo una inundación en la sala de las calderas —explicó Dmitri, sacudiendo un bote pulverizador con la tapa verde, a la altura del hombro.
—¡Dios mío! —exclamó ella, siguiéndole.
—Ahora ya está arreglado. Pronto se secará. ¡Hummm, qué día más bonito!
Dmitri dejó el bote en el alféizar, en un extremo, junto al escritorio, y con las dos manos tiró del panel interno de la derecha de la ventana, hasta que logró separarlo unos diez centímetros. Pasó al otro lado y tiró del panel externo de la izquierda, hasta que se abrió la misma distancia.
—No hay problema —dijo.
Con las manos juntas, frotándoselas en el aire helado, Kay contempló a Dmitri, con su camisa gris y su brillante pantalón marrón, mientras agitaba el bote y luego tiraba de la tapa. ¿Se acordaría Dmitri, mientras arreglaba las ventanas, del salto del ángel de Naomi Singer y de que casi había estado a punto de caérsele encima? Aquella estúpida… Si tenía que hacerlo, ¿por qué no saltó desde su dormitorio?
Dmitri parecía tranquilo, encorvado, lanzando lentamente el chorro del pulverizador a lo largo de la guía interna, en dirección a ella. Kay se apartó a un lado y retrocedió junto a la pared del armario.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Silicona —contestó Dmitri, lanzando el chorro en la otra dirección.
Felice saltó sobre el alféizar y se inclinó hacia abajo, levantando los cuartos traseros y meneando la punta negra de la cola blanca mientras Dmitri dejaba el bote y agarraba el panel.
Kay avanzó unos pasos y acarició el lomo de Felice.
—No…
La cogió con ambas manos, la levantó, le dio la vuelta y la sostuvo en el aire, las patas abiertas y el rostro blanco y anaranjado cerca del suyo.
—No —repitió, mirando fijamente la hendidura verde de la pupila de sus ojos—. Ene, o. Aquí no podemos asomarnos a la ventana. Si no, adiós a las siete vidas. Eso significa un no rotundo. ¿Entendido?
Felice se la quedó mirando, y Kay se volvió a Dmitri.
Parecía tan tranquilo como antes, tirando del panel hacia ella. Kay retrocedió, colocó a Felice sobre su hombro, besándola y haciéndole mimos.
—He oído decir que el propietario de este edificio es un incordio.
Felice ronroneó.
Dmitri roció la mitad más alejada de la guía.
—Conozco a Meals —dijo—, pero no al dueño.
—¿A Meals?
—El señor Meals, el director. Usted conoce al señor Meals… —Se la quedó mirando con sus ojos oscuros.
—Me envió una carta. ¿Le gustó el mármol del vestíbulo?
—Da! Sorpresa. El mármol sirvió. —Dejó el bote a un lado, tiró del panel, y lo deslizó de un lado a otro—. ¿Ve? No hay problema.
Deslizó fácilmente el panel en su guía, de un lado a otro, varias veces.
—Es fantástico.
Felice ronroneó en su hombro. Mientras la acariciaba, Kay observó a Dmitri, que rociaba la parte más alejada de la guía externa.
—Dmitri… —llamó su atención—. Me pregunto si… ¿Alguna vez le ha pedido el señor Meals que dedique especial atención a alguno de los inquilinos, escuchar lo que pueda decir, hacer lo que él le pida?
Dmitri asintió.
—Da —dijo—. Ella…
—¿Una mujer?
—Usted.
—¿Yo?
Dmitri asintió. Dejó el pulverizador a un lado.
—Cuando firmó el contrato.
Dmitri tiró hacia sí del panel exterior.
—¿Cuando yo firmé el contrato?
Dmitri hizo correr el panel interno. Se volvió a mirarla.
—¿No conoce usted al señor Meals? —inquirió, con sus oscuros ojos brillando sobre sus mejillas de manzana.
—No.
Dmitri se encogió de hombros.
—Me dijo: «Asegúrate de que está a gusto. Cuídala con especial atención».
Dmitri cogió el bote y lo agitó.
Kay se quitó a Felice del hombro, la dejó sobre la alfombra y miró a Dmitri.
—¿Está seguro de que se refería a mí? —preguntó.
—«A la señorita Norris» —dijo, rociando a lo largo de la guía exterior que estaba más próxima—. «Va a venir al veinte B. Asegúrate de que está a gusto. Cuídala con especial atención».
—¿Y nunca había dicho algo parecido respecto a…?
—No —Dmitri negó con la cabeza—. Nunca. Sólo de usted.
—No comprendo por qué.
Dmitri hizo correr los dos paneles, de un lado al otro.
También arregló la ventana del salón.
Se apartó de la mano con el dinero que ella le tendía, levantando las palmas, sin soltar el pulverizador.
—No, no, por favor. Gracias, pero no.
Kay no insistió.
Regresó para limpiar.
Wendy la telefoneó para darle las gracias. Hablaron de cómo había mejorado el aspecto de June. De lo que ocurría entre Tamiko y Gary.
Llamó Tamiko. Hablaron de Stuart y de Wendy.
June. Después de charlar un rato, Kay le dijo:
—June, me interesa averiguar quién es el propietario de este edificio. ¿Podrías facilitarme el teléfono del constructor, del contratista, o de los dos?
—Claro. Seguro que los tienen en Civitas.
—El lunes voy a llamar al director, pero está en la misma oficina que la mujer con quien hablé; lo más probable es que no sepa más de lo que ella sabe. Y no creo que la firma de abogados se muestre dispuesta a colaborar. Ya te informaré el lunes. No hagas nada hasta que te diga algo.
—¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de idea?
Se lo explicó.
—¡Me encanta! Es igual que en El casero de Lydia.
—El casero de Olivia —la corrigió—. El médico de Lydia.
—Da lo mismo. ¿Quieres venir a jugar al Scrabble mañana por la tarde? Al parecer va a llover. Va a venir Paul.
Lo dejaron pendiente.
Muchas gracias, Dmitri.
No, gracias a ti mismo por decirle a Edgar que tuvieran una atención especial con ella. Como si de lo contrario alguien pudiera insultarla, o empujarla por las escaleras.
No cabía duda sobre lo que tenía que hacer a continuación, tanto si quería como si no. Y antes del lunes por la mañana.
Después de que Edgar se cerrara en banda, de que Barry Beck le dijera que en realidad no sabía nada, ella telefonearía inmediatamente a Dominic Michelangelo. Puede que él se hiciese el tonto, pero también era posible que ella le inspirara algunas de sus ocurrencias de macho chistoso. «¿No la he visto en la tele? Pues parece tan atractiva como para…». En especial si ella le encontraba con una copa en la mano, lo cual últimamente era lo más probable. «¿Está segura de que nunca ha salido por la tele?».
Y ella querría saber por qué se había retirado y vivía en Bimini, con sólo cuarenta y pico de años…
Tendría que hacerlo antes de mañana. Porque mañana ella podía estar fuera toda la tarde, jugando a Scrabble, y quizá se quedara allí a cenar.
Había una parte de él que quería hacerlo, de eso era consciente. Y también sabía qué parte de él lo quería. No se podía observar a un psiquiatra del calibre del doctor Palme durante tres años sin experimentar algunas intuiciones sobre uno mismo.
Pero la verdad era que ella no le dejaba otra elección. En cuanto descubriera lo de las cámaras, iría con el cuento a diestro y siniestro: y ni pensar en sobornar a una tía decente como ella. Sería su fin… Le acusarían incluso del ataque al corazón que había sufrido Brendan. Aunque una acusación más, o una acusación menos, no cambiaría las cosas.
Era cuestión de prudencia, no de paranoia.
Se tranquilizó. Ensayó algunas aproximaciones mientras ella terminaba de limpiar y salía a hacer la compra. El famoso padre de Daisy llamaba desde Washington, y les daba a Glenn y a Daisy una noticia de primera mano sobre la crisis de Oriente Próximo, antes de que ésta se hiciese pública. Pero a él le resultaba difícil concentrarse; ni siquiera había conectado la grabadora.
Después de decidir la mejor manera de llevar el asunto, se dispuso a urdir los detalles. Se esforzó por mantener la tranquilidad.
Finalmente salió e hizo algunas compras, apresurando el paso al cruzar Madison Avenue, por temor a encontrarse con Kay.
Comprobó si ella había regresado ya.
Kay permanecía sentada en su escritorio, preparándose para trabajar en el mismo manuscrito que había estado revisando toda la semana.
Él puso la botella en el frigorífico.
La estuvo vigilando. Aguardó.
La llamó cuando sus respectivos relojes señalaban las 17:08, al ver que terminaba una página corta a final de capítulo. Felice dormitaba en el centro de la cama. Las tenía a ambas en la 1, y nada en la 2.
Cuando le dijo quién era, ella estaba vuelta hacia el teléfono situado en el extremo del escritorio que rozaba la ventana; no podía verle la cara, pero tampoco le dio tiempo para que dijera algo.
—Lamento importunarla —le dijo—, pero hay algo que me gustaría comentarle. Se trata de algo demasiado importante para decirlo por teléfono. Está relacionado con el edificio. ¿Puedo subir un momento, por favor?
—¿Ahora mismo? —preguntó ella, girando en su silla y haciendo girar las gafas en el aire mientras contemplaba a Felice, que se había incorporado y arqueaba el lomo.
—Si no es un mal momento para usted.
—No, en absoluto.
—¿Puedo subir? —preguntó él.
Kay hizo correr la silla cerca de la cama mientras Felice se acercaba a ella paso a paso.
—Dentro de diez minutos —dijo ella, al tiempo que Felice saltaba a su regazo—. ¡Uf! —exclamó, volviendo a girar en la silla—. Acaba de saltar un gato encima mío.
—Hay toda una jungla ahí fuera —replicó él, sonriendo—. Ahí arriba, quiero decir. Gracias.
—Hasta ahora.
Colgaron.
Él respiró profundamente. Luego expulsó el aire mientras observaba cómo Kay imprimía un giro completo a su silla, depositaba las gafas sobre el escritorio y acariciaba el lomo de Felice.
—Humm… —murmuró ella—. Interesante…
—Y que lo digas —replicó él.
Kay apagó la lámpara y cerró la brillante tapa corredera del escritorio. Se levantó, haciendo que Felice cayera sobre la alfombra. Se dirigió al armario, desabrochándose la blusa.
Se cambiaba para él. No estaba mal.
Bajó la mirada hacia sus tejanos llenos de manchas. Sería mejor que también se los cambiara.