La astilla
Capítulo XII
Ella se detuvo junto a la mesita de centro, mirando directamente a la lámpara.
—Ya basta —dijo a su imagen cabeza abajo, con bambas, tejanos y camiseta granate de cuello de cisne—. Son las ocho y media, y tengo claustrofobia. Salgamos a tomar unas hamburguesas o cualquier otra cosa. No te molestes en llamar, basta con que cojas tu…
Se volvió hacia la puerta del pasillo, que se abría. Pete entró con Felice, que miró en torno suyo y maulló, colgada de su brazo.
—Hola —dijo él, soltando a Felice en el suelo del recibidor.
Kay cerró los ojos y respiró hondo.
Cuando los abrió, Felice se dirigía hacia la cocina.
—Eh, ingrata, espera —le gritó, yendo tras ella.
Felice se detuvo y se volvió, mirándola fijamente. Kay la cogió y se la puso en el hombro. Restregó la nariz contra los pelos atigrados y la besuqueó.
Luego entró en la cocina y la dejó en el suelo.
—¿Cuándo le diste de comer por última vez? —preguntó, encendiendo la luz.
—Había comida abajo.
—¿Qué cosa? ¿Un bollito? —Kay abrió el armario y sacó una lata. Felice maulló a su lado—. Paciencia —le dijo, sacando un abrelatas del cajón. Miró de reojo a Pete, cuando éste apareció en el umbral—. Hola.
—Hola. —Él le sonrió y miró a su alrededor, las manos en los bolsillos de los tejanos, una abultada chaqueta de tweed verdosa, abrochada en la cintura sobre una camisa de color azul claro—. Se parece a mi cocina —comentó.
Había platos sucios en el fregadero, útiles y recipientes en el mármol, un paño de cocina sobre la percha de los cuchillos.
—Aunque no te lo creas, estas últimas treinta horas no me he sentido con ánimos de hacer gran cosa —dijo Kay, dedicando su atención al abrelatas—. Es bonita esa chaqueta.
—Antigua.
—¿Has hablado con tu abogado?
Kay se agachó y puso la comida en el cuenco mientras Felice la observaba.
Levantó la vista hacia él, y Pete negó con la cabeza. Kay removió la comida con la cuchara.
—Entonces, ¿qué has decidido?
—Hablemos allí dentro.
Kay tiró la lata a la basura y dejó la cuchara en el fregadero.
—¿Y qué tal unas hamburguesas en Jackson Hole? Tengo claustrofobia.
—Hablemos primero, ¿vale?
Kay llenó el cuenco de agua después de aclararlo y lo dejó en el suelo.
Se acercó a él con una sonrisa y le besó los labios.
—¿Te apetece una copa? —preguntó.
Negó con la cabeza y la besó en los labios.
Se dirigieron al salón, cogidos de la mano. Se separaron al llegar junto al sofá y pasaron al otro lado. Ella se sentó, en tanto que él se dirigía hacia la ventana.
Pete separó con un dedo los visillos y miró por la rendija.
—Ya vuelve a empezar —comentó.
—Aun así, me gustaría salir.
Lo observó, sentada contra el brazo derecho del sofá, con una pierna doblada sobre la tapicería y una mano sobre la rodillera de dril.
Pete se dirigió al otro extremo del sofá. Se detuvo junto a la mesita de centro, la miró y soltó un suspiro.
—Cariño, te dejaría hacer cualquier cosa si pudiera confiar en ti. Lo digo en serio. Pero no creo que puedas olvidarte de los asesinatos, sobre todo porque conocías a uno de los muertos; aunque sólo fuera superficialmente.
—Tú no sabes cuánto significas para mí —dijo ella, mirándolo—, ni el terror que me invade cuando pienso en la publicidad. No quiero decir que vaya a sentirme dichosamente feliz, que a veces no me sienta preocupada. —Se encogió de hombros —. Pienso que es la mejor elección, tanto desde mi punta de vista como desde el tuyo. A menos que no quieras casarte con una mujer de mi edad.
—Oh, vamos —exclamó él, sentado en el borde del sillón mientras negaba con la cabeza—. No, tú temías que me enfureciese y que no te devolviera a Felice.
Felice cruzó la alfombra ante él, meneando su cola de punta negra.
—Gatita buena, cola arriba —dijo él—. He estado entrenándola.
Se quedaron mirando a Felice, que se acomodaba sobre el cojín junto a la ventana, se lamía una pata y luego se la pasaba por la cara.
—La verdad es que he disfrutado en su compañía —comentó él.
Se miraron a los ojos.
—¿Cómo puedo convencerte de que hablo en serio?
—No puedes —sentenció, desabrochándose la chaqueta; luego cruzó las manos entre las rodillas y se la quedó mirando.
—¿Vas a entregarte? —preguntó ella.
—¿Y pasar mi vida en una celda de locos, con un poco de suerte?
—No será toda tu vida.
—Viendo la tele oficial en la sala de estar, durante todo el día. —Le sonrió—. Discutiendo con los otros internos sobre qué canal poner. No.
Pete negó con la cabeza gacha, pasándose las manos por el cabello castaño rojizo.
Kay permanecía sentada, apoyando una mano sobre la rodilla, observándolo.
—Pete, tú sabes que si me pasara algo, aunque pareciera un accidente, un suicidio, un atraco o cualquier otra cosa…, ahora, habiendo transcurrido tan poco tiempo desde la muerte de Sheer…
—Lo sé, yo sería el principal sospechoso.
Kay se inclinó hacia él.
—Hazme caso, cariño. Con un buen abogado podrías salir en menos tiempo del que imaginas, y tú puedes permitirte los mejores abogados, ¿no? Luego está el bien que has hecho, el dinero que has enviado a la gente. Eso también se tendría en cuenta. Y, repito, el hecho de que te entregaras sería un punto a tu favor, de eso estoy segura. Te hablo con toda sinceridad, cariño.
Pete levantó la cabeza y la miró fijamente.
—No sería tan terrible —prosiguió ella, sonriéndole—. Recibirías cartas de amor, de mujeres de todas las edades.
—Va a venir Sam —la interrumpió.
Kay se lo quedó mirando.
Pete metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.
—Esto es suyo. Mi padre contrató a alguien para que lo liquidara al morir mi madre, y entonces él la compró. Es una Beretta de nueve milímetros.
Kay contempló la pistola que Pete sostenía en su mano.
—Va a ser un asesinato seguido de suicidio —dijo él—. Ha estado haciendo algunas llamadas inoportunas; nada importante. No creo que se lo hayas comentado a nadie, aparte de mí. —Pete apoyó la muñeca en la rodilla, y la pistola que sostenía en la mano apuntó hacia el suelo—. Interpretó erróneamente algunas cosas que tú le dijiste en el parque hace algún tiempo. Pretendía que dejaras de verme. Ya sabes lo celosos que pueden volverse los viejos. Encontrarán una nota al respecto junto a su máquina de escribir. La redacté anoche, mientras estabas en la bañera. —Le sonrió—. No todo el tiempo que duró el baño, sólo los primeros veinticinco minutos, o así…
—¿Y para qué va a venir? —preguntó ella.
—Para una fiesta sorpresa: es tu cumpleaños. —Echó un vistazo a su reloj, luego apoyó la mano sobre la pistola que colgaba entre sus rodillas, y con los dedos acarició el cañón—. Lo divertido del asunto es que era a él a quien quería cargarme desde el principio. Por eso le traje aquí; pensaba vigilarlo y hacerlo cuando lo creyera seguro. Thea, mi madre, iba a su encuentro para quedarse con él cuando… Mi padre y ella tuvieron una pelea por este motivo antes de la fiesta. Ella no cayó por las escaleras, sino que él la empujó. Yo lo vi. —Respiró hondo—. La culpa fue más de Sam que de mi padre. Pero entonces tuve que… ocuparme de Billy Webber. Y al cabo de poco murió Brendan Connahay. Así que Sam consiguió una nueva tregua. Y también por lo de su apartamento. Dio la casualidad de que resultó bastante interesante, con sus clases de interpretación, tanto las auténticas como las otras. No voy a decirte cuál era la tarifa…
Pete levantó la pistola, deslizó hacia atrás la pieza superior y la soltó. Luego apuntó el arma hacia ella, con el dedo en el gatillo.
—¿Tienes un cuchillo debajo del almohadón? —le preguntó.
Kay permaneció sentada, mirándolo.
—Tienes mucha sangre fría. No he visto que lo escondieras ahí. Sácalo. Lentamente, sólo con dos dedos, pero de forma que no puedas tirármelo. Y déjalo encima de la mesita. Ahora mismo.
Kay metió la mano debajo del almohadón, y con el pulgar y el índice sacó el cuchillo de unos treinta centímetros de longitud, de mango negro y ancho y punta afilada. Se lo pasó al pulgar y el índice de la otra mano y lo dejó sobre la mesita de centro.
Kay se irguió en el asiento y cruzó las manos. Miró fijamente a Pete, que seguía apuntándola con el arma.
Entonces la bajó.
—Se trata de ti o de mí, Kay —dijo, mirando el reloj.
—¿A qué hora es la fiesta?
—A las nueve.
—¿Y si no viene?
—Vendrá. Ha dejado en la estacada a un cuarteto de cuerda con los que toca, y, ha comprado un regalo para ti. Cuando salí, se estaba planchando los pantalones.
—¿Por qué tuviste que «ocuparte» de Billy Webber? —preguntó Kay.
—Descubrió que los teléfonos estaban intervenidos —explicó él—. Me estaba haciendo chantaje.
—¿Y cómo lo averiguó? —preguntó Kay, separando las manos.
Pete sonrió.
—Se dedicaba al tráfico de drogas, y estaba obsesionado con la seguridad. Una noche trajo a casa lo último en tecnología de detección de micrófonos ocultos, y obtuvo una señal positiva. Casi me caí de culo. Hacía tan sólo unas pocas semanas que la gente empezaba a residir aquí, y yo aún estaba muy excitado y nervioso por todo.
—¿Y qué hiciste?
—Bajé inmediatamente. Él estaba en el seis A. Le dije que yo era el propietario y que había recibido una señal de que él utilizaba un detector. Le expliqué que había intervenido los teléfonos por puro placer. Llegamos a un acuerdo. —Sostenía la pistola con las manos, entre las rodillas, con la boca del cañón hacia abajo—. Creo que la primera vez le entregué dos mil dólares. Yo mantendría la boca cerrada sobre las drogas y él sobre lo de los micrófonos. Luego él exigió más dinero, cada vez más, como hacen los chantajistas. Así que un día entré en su apartamento y cambié su mercancía. Fue algo muy sencillo. —Soltó un suspiro y echó un vistazo al reloj—. Rafael, el superintendente, creó una extraña situación. Podría haber sido cualquiera de esas que aparecen en las comedias de la tele. La extraña pareja. Sintió curiosidad por el apartamento trece B, y un día que yo había salido abrió la puerta con una ganzúa. No sabía que yo tuviera nada que ver con aquello. Sólo quería que yo no estuviera por allí, no fuera caso de que le viera. Cuando regresé, allí estaba él, ante la consola.
—¿Y también te hizo chantaje? —preguntó ella.
—Un poco. Dos billetes de cien a la semana. El problema fue que empezó a gustarle observar, como a ti. Le tenía allí metido cuatro o cinco horas cada día, y al menos dos noches a la semana, manipulándolo todo por su cuenta, descuidando sus obligaciones, y yo sin poder hacer nada para solucionarlo. Luego quiso traer a su esposa. Pronto habría querido traer a los niños. —Suspiró, encogiéndose de hombros —. Ella obtuvo una buena indemnización. La señora Ortiz.
—Ya lo sé —dijo ella, observándolo, con las manos entre las rodillas.
—¿Qué habrías hecho tú? —inquirió él—. ¿Esperar a que todo se solucionara?
Kay asintió.
—Claro —dijo él.
—¿Y Naomi? ¿También se enganchó? —preguntó Kay.
Él negó con la cabeza. La miró fijamente.
—No me lo habría permitido —explicó—. Era la típica liberal, obsesionada por los derechos civiles, en contra de todo tipo de violación. No se lo dije; lo adivinó por su cuenta. En el Canal Trece habían realizado un especial sobre la vigilancia electrónica, y yo cometí algunos errores estúpidos. —Volvió a comprobar la hora en su reloj—. Pequeños detalles como saber dónde guardaba los manteles individuales. Sí, mantuvimos una aventura, pero sólo nos veíamos una vez a la semana más o menos. Ella estaba muy tensa con lo nuestro. —Sonrió—. Debido a nuestra diferencia de edad. Siete años. Yo tenía entonces veinticuatro, y ella treinta y uno.
—¿Y pensaba denunciarte?
Pete asintió.
—Así que le hiciste escribir la carta.
—No, la escribí yo —dijo él, sonriendo—. Pegué recortes de varias líneas de su cuadernos de notas y saqué fotocopias de contraste. Luego la repasé unas cincuenta veces, hasta que logré escribirla con fluidez; ya sabes. Disponía de mucho tiempo. Entregué cien mil dólares a Greenpeace, y a cambio ella me concedió un mes de plazo para que me deshiciera de los monitores. —Volvió a mirar el reloj.
—Supongo que al principio tú…
Pete se levantó, apuntándola con la pistola.
—Ahora tenemos que entrar ahí dentro —le indicó—. Si intentas gritar, perderás el tiempo. Tanto Vida como Phil han salido. —Dio una patada sobre la alfombra—. Y los Ostrow celebran realmente una fiesta. Por eso he esperado hasta tan tarde.
Kay siguió sentada, mirándolo.
—Por favor, cariño… —suplicó.
Pete se inclinó hacia ella.
—No hay otra solución. Créeme, he estado en vela toda la noche, intentando encontrar una. Eres como Rocky, como Sheer. Aunque me juraras que te conformas con dinero, no te creería. Venga, vamos. —Con el arma le indicó que se levantara.
Kay respiró hondo, giró bruscamente y se incorporó al tiempo que cogía el cuchillo y lo lanzaba contra la cabeza de Pete. Aprovechando el instante en que Pete se agachaba, se lanzó contra él por encima de la esquina de la mesita de centro. Chocaron contra el brazo del sillón, que se ladeó, haciéndolos caer sobre la alfombra. Felice lanzó un maullido y huyó corriendo.
Rodaron por el suelo, ella encima, sujetándole la muñeca con la pistola. La otra mano de él oprimía la garganta de Kay, empujándola hacia atrás. Ella le agarró el brazo y él aprovechó para colocarse encima. Se desembarazó de ella y se levantó, sin soltar el arma. Permaneció de pie, jadeando mientras ella se ponía de rodillas, apoyándose en la mesita de centro y frotándose la garganta.
—También puedo hacerlo aquí mismo —jadeó él—. Soy bastante adaptable.
Kay le lanzó el tomo de Magritte a la entrepierna, le agarró de la muñeca con las manos aprovechando el momento en que él se inclinó, le retorció el brazo por encima de su hombro, y, girando, empujó con la cadera. Pete la golpeó en el otro hombro. Kay le arrancó la pistola de entre los dedos y dio media vuelta, agachándose. Retrocedió hasta la ventana, sujetando el arma con las dos manos, apuntándole mientras él permanecía en cuclillas, sosteniéndose el hombro y frotándose el brazo, sus ojos azules fijos en ella. Felice se puso a maullar, en el paso de comunicación con la cocina.
Estaban jadeantes y se vigilaban mutuamente.
—He disparado una pistola como ésta en el campo de tiro de Siracusa —dijo ella —. Ponte contra la pared.
Sin dejar de vigilarla, Pete avanzó un paso de lado.
—Kay…
—¡Venga! —le interrumpió ella—. Cállate. No quiero oírte ni una palabra más.
Pete se quedó quieto.
—¿Qué te parece si te digo adiós? —inquirió, y dando media vuelta echó a correr.
Kay le siguió con el punto de mira, sin apretar, viendo cómo escapaba, pero no hacia el pasillo sino al dormitorio. Cerró de un portazo.
Kay bajó el arma.
Vigiló detenidamente la puerta cerrada.
Corrió hacia ella.
Se detuvo. Un aire frío le rozó los tobillos.
Un copo de nieve pasó volando por debajo de la puerta, transformándose en una manchita húmeda sobre el parqué. Kay cerró los ojos y respiró profundamente.
Empujó la puerta contra la fuerza del viento. La abrió hasta que ésta chocó contra la pared.
Las cortinas oscilaron y se enrollaron en el dormitorio iluminado por la lámpara, el panel izquierdo de la ventana abierto al viento, a la nieve y a la oscuridad.
Kay quedó de pie, mirando. Tragó saliva.
Apoyándose contra el quicio de la puerta, cerró los ojos, el arma colgando a lo largo del cuerpo.
Respiró hondo.
Lanzó el aire con un suspiro. Entró en la habitación y dejó caer el arma sobre la cama. Permaneció de pie, abrazándose los sudorosos brazos, los ojos llenos de lágrimas.
Se los restregó con los nudillos mientras se acercaba a la ventana. Apartó a un lado las cortinas ondulantes, abrió los brazos y apoyó las manos sobre el frío armazón de bronce. Inclinándose contra el impulso del viento y la nieve, miró a lo lejos, a la blanca superficie de abajo. Cesó el viento al tiempo que se plegaban las puertas de acordeón. Kay se volvió en redondo cuando él iba a empujarla por la cintura. La lanzó de espaldas contra la ventana.