La astilla

Ira Levin · Capítulo 10 de 13

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La astilla

Capítulo X

Observaron a los Wagnall, a los Baker, a los Ostrow, al hombre de la semana de la Yoshiwara Company y a sus invitados.

Ella lo observaba mientras él miraba.

Pete la miró de soslayo.

Ella le sonrió.

—¿Sabes a qué me gustaría echarle una ojeada?

—¿A qué? —preguntó él.

—A nosotros.

Pete sonrió entre dientes.

—Pensaba que nunca me lo pedirías. —Se inclinó hacia ella y se besaron—. No te vayas.

Pete se levantó del sillón y se dirigió al recibidor.

Kay hizo rodar el suyo hacia un lado, y tropezó con el de Pete. Le observó cruzar el recibidor y entrar en el cuarto trasero. La luz se encendió mientras él pasaba entre cajas de cartón y todo lo demás. Luego dobló a la izquierda y desapareció de su vista.

Kay alargó la mano, pulsó el botón de la parte central perteneciente al 13 A, y luego la tecla 2.

Observó en la 2 que él avanzaba en medio de la oscuridad, hacia el ángulo inferior izquierdo de la pantalla. Pete encendió la luz en aquel desordenado dormitorio funcional y cerró la puerta. Se volvió hacia la pared y se agachó entre la puerta y la primera sección del armario de puertas de acordeón, haciendo un movimiento como si levantara algo.

Su cabeza y sus hombros bloqueaban y ensombrecían lo que estaba haciendo.

Pete se levantó y se volvió. Tenía en la mano la borrosa forma de una cinta de vídeo.

Kay pulsó otro botón, y luego el de la 2. Le temblaba la mano; tuvo que sujetarla con la izquierda. Observó a los Gruen jugando al bridge con dos hombres.

Echó un vistazo a los monitores. Vio a Denise discutiendo con Kim en la sala del 5B, y lo pasó al 1.

—… Trabajo. ¡No pienso arriesgarlo por quinientos miserables dólares!, —decía Denise, lanzando una servilleta sobre la mesa. Después se dirigió a la ventana—. ¿Crees que soy idiota?

—Ahora viene el material de primera —dijo Pete, entrando.

Kay levantó una mano.

—Denise, ¿quieres utilizar la cabeza, aunque sólo sea por una vez? —pidió Kim, sirviéndose crema en el café.

Pete se sentó, hizo girar el sillón y sacó la cinta del estuche negro.

—Conseguirías de cuatro a cinco mil —insistió Kim—. Incluso más. Y sin impuestos. ¿Y ahora puedo por fin fumarme un maldito cigarrillo?

Observaron a Denise y a Kim.

A los Baker, a los Cole.

Kay vio que él pulsaba una tecla en el vídeo de la derecha, metía la cinta dentro de la ranura y la empujaba. Después pulsó otros botones, y luego una palanca en el bloque central.

Se contemplaron a sí mismos en la 2.

—¡Madre mía, qué gorda estoy! —comentó ella.

—No es cierto, estás fantástica.

—Ay, cariño, cómo me gusta eso —susurró ella, tendida de través sobre la cama, mientras la mano de él le acariciaba el pecho de la derecha y su cabeza permanecía apoyada en el otro.

Pete la cogió del brazo y ella se levantó, sin dejar de observar. Se acercó a él y se sentó en sus rodillas.

Continuaron observándose.

Kay decidió pasar en casa el día siguiente, que era viernes. No lo había planeado así, pero estaba demasiado cansada para levantarse temprano.

—Yo tengo que salir esta tarde —le anunció él.

Estaba apoyado con un codo sobre el mármol, vigilando un panecillo en el microondas mientras Felice permanecía sobre su espalda, olisqueando los armarios.

—Mejor así —comentó ella, sirviendo el café—. Es urgente que trabaje un poco. ¿Adónde vas?

—Al centro —contestó él, sonriendo—. Asuntos navideños. Nada relacionado con alguien que conozcas.

Pete la ayudó a limpiar. Luego se besaron ante la puerta.

—Llámame antes de irte —le pidió ella.

Pete sonrió.

—Te quiero.

—Y yo a ti, Pete —dijo, mirándole a los ojos.

Volvieron a besarse.

Kay llamó a Sara y le pidió que hiciera las cancelaciones necesarias y que pidiera disculpas, además de concertar nuevas citas.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente —contestó—. Pero bastante más atrasada de lo que pensaba.

Por no decir que se estaba volviendo paranoica.

Y sin haber hecho las compras de Navidad.

Se sentó ante el escritorio y empezó a leer. Felice se quedó dormida en la cama.

Él telefoneó a las 13:37.

—¿Qué tal va?

—Bien. La verdad es que he adelantado un poco.

—Malas noticias. A Allan lo han despedido.

—Maldita sea. Esos cabrones…

—Prácticamente, a todo el departamento.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—Está bien. La que se ha puesto histérica ha sido Babette. Ahora voy a salir. Estaré de vuelta alrededor de las cinco.

—Estaba pensando en que quizá podría bajar un momento a mirar, mientras me tomo un yogur.

—¿De veras te apetece? Te dejaré la llave detrás del espejo.

—Bajaré dentro de un rato.

—Ya sabes cómo ponerlo en marcha, ¿verdad?

—Sí.

—Te veré luego. —Le mandó un beso.

Ella se lo devolvió.

—Te quiero —le dijo.

—Yo también. —Un beso y otro beso.

Kay colgó el teléfono.

Permaneció sentada, mirando la página que tenía ante sí.

Intentó pensar de nuevo en un regalo para Pete. Quizá algo para aquellas paredes desnudas.

Estuvo leyendo unos minutos, luego apagó la lámpara y conectó el contestador automático. Se lavó en el cuarto de baño y después cogió las llaves.

Le dijo a Felice que volvería al cabo de un rato.

Se dirigió a las escaleras para bajar al 13.

Después de todo, no tenía tan mal aspecto. Retiró la esquina inferior del marco dorado del espejo que se apoyaba contra la pared de cuadros blancos y negros. La llave rebotó en sus dedos curvados, cayó sobre la mesa, y una pequeña señal en forma de media luna apareció sobre la superficie barnizada, de color tostado, en el lugar donde había golpeado la punta redondeada de la llave. Se mojó la punta de un dedo con la lengua y frotó el barniz, pero no desapareció la señal.

Abrió la puerta del 13 B y entró.

Encendió la luz del recibidor mientras cerraba la puerta y se metió la llave en el bolsillo. Miró hacia las pantallas grises que brillaban en la sala de estar, luego a la cocina, a las puertas medio abiertas que daban al oscuro baño y al cuarto trasero en penumbras.

Se acercó a la puerta del cuarto trasero. El sol se colaba por las delgadas rendijas de la persiana, iluminando el banco de trabajo y las herramientas, los monitores desmontados, la caja metálica que contenía el transformador, en un rincón junto a la ventana, el aparato de remar, cajas de cartón, trozos sueltos de materiales inútiles.

Kay se dirigió al armario del centro y descorrió las puertas en forma de acordeón. Metió la mano en el interior y empujó la puerta de contrachapado. Apartó las prendas de vestir, puertas en acordeón y pasó al otro lado, al soleado dormitorio de color azul y tostado. La persiana estaba completamente levantada y la ventana abierta un par de centímetros a cada lado.

Kay observó las prendas esparcidas por la habitación.

—¿Pete? —llamó.

Se dirigió a la puerta.

Miró al otro lado del recibidor, al interior del salón: un lateral del sofá de cuero tostado, el cielo azul sobre un edificio al otro lado de Park Avenue.

Kay cerró la puerta. Se volvió hacia la pared y se agachó.

Tanteó el suelo de parqué frente a ella. Las piezas de madera eran lisas y encajaban perfectamente. Hizo presión, pero no se deslizó ni cedió.

Lo intentó con el zócalo —siete o diez centímetros de alto y unos ochenta de largo—. Tiró de él. Se mantuvo firme, aunque una rendija del grosor de un cabello lo separaba de la blanca pared. Presionó en un extremo de la tabla, y luego en el otro.

Recordó el movimiento que había hecho Pete. La levantó.

La tabla salió hacia arriba. Una ranura en cada extremo se deslizaba por las lengüetas metálicas que había en los bastidores de la puerta y del armario.

Dejó la tabla en el suelo, junto a ella, y cogió un asa metálica de color gris que había en el hueco, tirando de un cajón ancho y plano de metal gris. En su interior había billetes de cien y de quinientos dólares, cinco montones sujetos con fajas de papel: tres de billetes de cien, y dos de billetes de quinientos. Una caja de cuero marrón, del tamaño de una caja de habanos, sobres de papel manila. Cintas de vídeo.

Había tres estuches negros junto a los demás.

Cogió uno. La etiqueta del lomo tenía una K.

La siguiente cinta, rotulada con K2, era la que habían contemplado la noche anterior. La cogió. La cinta de al lado llevaba la etiqueta R. ¿Rocky?

En el fondo del cajón había otras cuatro cintas: N, N2, N3, y B.

Esta última la dejó intrigada, pero luego recordó que a William G. Webber, de 27 años, le llamaban Billy Webber.

Kay permaneció en cuclillas, contemplando las cintas que tenía en sus manos.

Se preguntó si no se estaría volviendo paranoica.

Tratándose de un viernes, a poco más de una semana de Navidad, él no tendría que haber invertido más de veinte minutos. Pero estaban tan sólo en la calle 72, y el reloj marcaba ya las 13:55.

De todos modos, aquél era un taxi Checker, una reliquia del pasado, muy amplio y con un asiento de respaldo abatible sobre el que apoyar los pies. Música suave en la radio. Así que llegaría con retraso; tendrían que esperarle.

Se dirigía a la Pace Gallery para elegir entre dos cuadros de Hopper. Luego iría a Tiffany’s.

Sonrió, los pies sobre el asiento abatible y las manos juntas.

Resultaba agradable pensar allí en Kay, mirando por su cuenta. Su amor disfrutando de su otro amor.

¿Quién habría podido imaginar que encontraría a una mujer con la que podría compartirlo, a quien podría confiárselo? Una mujer tan perfecta, tan encantadora. Había sido un acierto arriesgarse a enseñárselo a Kay. Suspiró profundamente. ¿Había alguien más afortunado?

Y precisamente la otra noche, gracias a aquel hijo de puta de Sam, él había estado al borde del precipicio. Menudo mal rato había pasado cuando Kay le pidió de pronto que le hablara de Naomi…

Por suerte había podido convencerla de que no le ocultaba nada. Y la noche pasada habían remachado el clavo cuando ella se mostró tan abiertamente interesada y deseosa por verlos a ellos, tan concentrada mientras hacían…

Dos primicias para ella: observarlos a ellos, y ahora mirar por su cuenta.

Bajó los pies del asiento abatible y se irguió.

Hacía frío dentro del taxi.

Se volvió y miró afuera. Un doberman le observaba por la ventanilla abierta de una limusina que había al lado, las garras apoyadas sobre el color negro resplandeciente.

Pete se volvió al otro lado. Observó cómo el Museo Frick desaparecía de su vista.

¿Podía haberle observado ella cuando sacó la cinta?

Pues claro que pudo, bobo.

¿Fue por eso por lo que ella le pidió ver la cinta? ¿Había intuido de alguna manera la verdad sobre Naomi, sobre todo lo…? ¿Habría sospechado también — condenadamente lista que era— que lo había grabado todo, y que había ocultado la cinta de ellos en el mismo lugar que las otras?

Kay estaba observando a solas un viernes que trabajaba en casa: otra primicia. Y él lo tenía anotado en la tablilla: la dirección, la hora. No había escrito «Pace Gallery» precisamente porque ella podía leerlo y suponer lo que él iba a comprarle.

¡Mierda! Dos segundos antes se encontraba en la cumbre del mundo y, ¡pataplaf!, de nuevo paranoico.

Miró al frente, inclinándose hacia adelante. Entornó los ojos, y a través de la ahumada división de plástico y el parabrisas observó los cuatro carriles llenos de taxis y autobuses que parecían lava bajando por la Quinta Avenida.

—¡Menudo follón se está organizando!

—Es el tapón de la hora punta —explicó el taxista.

Pete respiró hondo y sopló con fuerza.

—Esta maldita ciudad…

Se sentó hacia atrás.

Apoyó los pies en el asiento abatible.

Estudió sus Reebok por un lado y por el otro.

Jugueteó con los flecos de la bufanda de lana, escuchando la música suave.

Allí dentro helaba.

La forma en que ella le había mirado las manos cuando él metió la cinta y conectó…

¿Estaría ella metiendo una cinta en aquel preciso momento? ¿La N3?

Sonaban los cláxones. El tráfico estaba parado.

—¿Quiere que cortemos por Park Avenue? —preguntó el taxista.

Kay pasó la cinta a alta velocidad. El baño estaba vacío detrás de unas rayas blancas. El bastón permanecía apoyado en la puerta de la ducha. En la parte superior de la pantalla había alguien que desaparecía.

Kay detuvo la cinta, rebobinó.

Volvió a pasarla.

El baño estaba vacío, el bastón apoyado en la puerta de la ducha. Se oía el ruido del agua. Unas piernas con tejanos y bambas pasaron ante el umbral del recibidor, de derecha a izquierda.

Volvieron, se agacharon.

Kay congeló la imagen de Pete.

Estaba acuclillado ante el umbral, con su camisa de rugby a rayas, una mano baja ante él, como si dejara caer una moneda.

Kay lo observó y dejó que él se moviera. Pete dejó caer algo y se incorporó. Avanzó a un lado y desapareció.

Kay observó el baño vacío. No podía distinguir la cosa pequeña que él había dejado caer sobre el suelo negro, a medio metro de la puerta, junto a la estera de baño. Fuera lo que fuese, Pete estaba en el apartamento de Hubert «Rocky» Sheer. A punto de asesinarlo.

Pete, su amado, su amor.

Cerró los ojos.

Los abrió de nuevo. Observó que se abría la puerta de la ducha y que Sheer cogía una toalla del gancho.

Pasó rápidamente la cinta hasta que él salió cojeando con una toalla en torno a la cintura, levantó su brillante pie enyesado por encima de la guía, cogió el bastón y se lo cambió a la mano derecha. Avanzó un paso y se detuvo junto a la estera, con la cabeza gacha. Se inclinó apoyándose en el bastón y en su pierna izquierda, con el resplandeciente pie alzándose tras él y la mano izquierda bajando. Volvió la cabeza hacia el umbral en el instante en que Pete, con ambas manos, descargaba un fuerte golpe con una porra reluciente. Kay desconectó el sonido, cerró los ojos y se apartó haciendo girar el sillón.

Permaneció sentada con el puño en alto, mordiéndose el nudillo del pulgar.

Él también había asesinado a los otros, no podía ser de otro modo.

Había temido que Sheer, que estaba atando cabos, lo descubriera todo.

Abrió los ojos hacia el resplandor azulado de los monitores de la izquierda. Chris y Sally, Pam, Jay, Lauren. Un hombre al que nunca había visto, en el sofá del doctor Palme.

Respiró hondo.

Echó una ojeada a la 2. Él estaba inclinado sobre la cabeza y hombros de Sheer, a horcajadas sobre su espalda, mientras éste yacía con los brazos y piernas extendidos en el suelo. Brillaba una especie de aureola formando destellos en torno a la cabeza de Sheer: un recipiente metálico que había debajo.

Lo estaba ahogando.

Kay hizo correr el sillón, alargó el brazo, detuvo la cinta y abrió el compartimiento del vídeo.

Sacó la cinta y la metió en la funda.

Observó la otra media docena de cintas que tenía sobre la consola.

Los números azules indicaban las 14:06. Le quedaba mucho tiempo para mirar algo de la N3 y de la B; él apenas habría concluido lo que iba a hacer en la calle 57.

Pero también podría suceder que regresara y la sorprendiera con lo que estaba haciendo, como sucedía en muchas novelas de intriga: su cita podía haberse anulado por algún motivo, podía haberse estropeado alguna parte del plan. Ya dejaría que la policía viera más tarde las cintas N3 y B. Ahora había llegado el momento de marchar y de llevarse las cintas, fuera de allí y fuera del edificio. Dejarle una nota de lo más normal para que no le asaltara el pánico y huyera, o hiciese algo peor.

Tenía que estar loco. No podía ser otra cosa. Un psicópata a pesar de su encanto, de su sentido del humor, del amor que sentía por ella; y la había amado, de eso estaba segura. Los asesinatos habían nacido de su necesidad de mantener el secreto de las cámaras, de su necesidad de proteger su juguete de seis millones de dólares, que ella se había apresurado a compartir.

Kay agachó la cabeza y se la frotó.

Luego se peinó el cabello hacia atrás con las manos y respiró profundamente.

Contempló las cintas de vídeo.

Empujó el sillón hacia atrás, chocando con el de él. Abrió el cajón de abajo y cogió varios estuches —siete— de las hileras de vídeos que había dentro.

Intercambió las cintas de los dos juegos de estuches, al tiempo que intentaba pensar en lo que iba a poner en la nota y dónde se hallaba la comisaría de policía, y no sobre el arresto de él ni el ataque que seguiría por parte de los medios de comunicación, los titulares, los micrófonos, el juicio público. Puso nuevas etiquetas sobre las cintas marcadas con K y K2; esas cintas no caerían en manos de la policía; las ocultaría arriba y luego las abriría y destruiría. Cogió el rotulador y marcó las nuevas fundas.

Llevó el montón de cintas falsas dentro de las cajas correctas por el recibidor, luego por el cuarto trasero, y a través del armario al dormitorio de Pete.

En cuclillas, ordenó el cajón gris, tal como lo había encontrado: las cintas N y la B abajo, las K y R arriba, junto a la caja de cuero marrón, los sobres y los fajos de billetes de cien y de quinientos dólares.

Miró dentro de la caja: monedas de oro, apiladas formando cartuchos. La cerró y empujó el cajón en su escondite. Volvió a poner el zócalo y lo deslizó hasta nivelarlo con el suelo.

Se incorporó y abrió la puerta, empujándola hasta la pared al tiempo que se preguntaba hasta qué punto el dinero de Pete —que él nunca mencionaba— había empañado su juicio, no dejándola ver cosas que de lo contrario habría percibido.

Retrocedió dentro del armario, corrió las puertas de acordeón que daban al dormitorio, cerró la puerta de contrachapado, y corrió las puertas plegables en el cuarto trasero.

Pasó por el recibidor y la sala de estar hasta la consola. Apiló las cintas buenas con sus estuches falsos. Acercó el bloc pegado a la tablilla, pasó la cubierta amarilla y cogió una pluma. Se quedó con la cabeza inclinada sobre la consola, mirando concentrada el bloc. ¿Una reunión a la que de pronto la habían convocado y en la que se requería urgentemente su presencia? Sospechoso.

Miró hacia arriba, entornando los ojos en busca de algo mejor, y lo descubrió en el ascensor número 2, con su abrigo y su bufanda a rayas; iba una mujer con él. Se lo quedó mirando fijamente. Lo pasó a la 2, pero ésta siguió en blanco. Encontró la palanca.

Pete permanecía de pie en el ascensor, con expresión afligida, frotándose la nuca, con el abrigo entreabierto. La criada de los Stangerson se adelantó, preparándose para salir. En el 10.

Kay dejó caer el rotulador, abrió el cajón inferior de la derecha, agarró la pila de cintas y las metió abajo, junto con las demás. Cerró el cajón, puso bien los sillones, la tablilla con el bloc, pasó el doctor Palme a la 1, conectó el sonido y se dirigió al recibidor. De pronto dio media vuelta, se inclinó, cerró de golpe el vídeo y lo desconectó antes de volver al recibidor. Abrió la puerta cuando él salía del ascensor.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

Pete hizo una mueca, frotándose la nuca.

—Mi taxi ha sufrido un accidente —dijo con voz temblorosa.

—¡Dios mío! —exclamó Kay—. ¿Te encuentras bien? —preguntó adelantándose un paso.

—No lo sé. —Pete avanzó hacia ella al tiempo que se cerraba la puerta del ascensor—. Supongo. La cabeza me daba vueltas y ha habido un momento en que he visto doble, pero ahora todo está más claro. —Pestañeó un par de veces.

—¿Te has hecho daño en el cuello?

—Sí, un poco.

Kay le obligó a darse la vuelta, y él se quitó la bufanda mientras ella le daba masajes en la nuca.

—Te tiemblan las manos.

—Ya pude ver en el ascensor que algo no marchaba bien, simplemente por el hecho de que regresaras tan temprano. ¿Cómo ha ocurrido?

—Un tipo salió de un aparcamiento sin mirar y chocamos contra él. En la Quinta, cerca de la calle Setenta y Nueve. Un conductor de Nueva Jersey, naturalmente. Era un taxi Checker, de modo que me vi lanzado. —Sacudió una pierna y respiró con un sonido sibilante.

—Menudo silbido —exclamó ella, presionándole en el cuello y frotándoselo.

—El coche era un Mercedes último modelo.

—¿Ha habido algún herido grave?

—Una mujer; iba en el asiento junto al conductor. La pierna le quedó chafada.

—Deberías ir al médico para que te eche un vistazo.

Pete se volvió hacia ella.

—Ya iré mañana si sigue doliéndome.

—¿Hay alguno aquí? —preguntó Kay.

Pete asintió.

Se miraron fijamente. Kay le acarició la solapa del abrigo sin abrochar.

—Pobre Pete —musitó, sonriéndole.

Le ciñó por la cintura y Pete la abrazó.

—Debería haberme quedado un rato en algún sitio —dijo él—. Ha sido una estupidez volver.

—No. Has hecho bien en venir.

Se sonrieron y besaron.

Entraron en el 13 B, y Pete cerró la puerta.

—¿Todavía no te has tomado el yogur? —preguntó él, haciendo una mueca al quitarse el abrigo.

—Aún no —dijo ella ayudándole desde atrás—. Acabo de bajar. Me telefoneó Norman cuando te fuiste. Dentro de un rato tengo que pasar a verle.

—¿De veras? —inquirió él, volviéndose para coger el abrigo.

—Iba a dejarte una nota —explicó ella—. Espera la visita de Anne Tyler a las cuatro, y quiere que yo esté presente. Parece que no está contenta donde ahora publica.

—Estaría muy bien tenerla en la lista —comentó Pete, frotándose el hombro cubierto por el suéter.

—Pero lo cierto es que no la tenemos. Norman piensa que ésta es una gran oportunidad. Él y June la conocen de hace años.

Kay entró en la cocina.

—Saca uno también para mí, cariño.

Kay miró dentro del frigorífico.

—¿De limón o de moras? —preguntó.

—De moras. Hay un nuevo paciente con el doctor Palme.

—Ya lo he visto.

Kay sacó dos yogures, empujó la puerta con el codo y cogió cucharitas y servilletas.

Cuando entró en la sala, Pete estaba sentado en su sillón, con el teléfono en la mejilla. Le sonrió mientras ella depositaba ante él un yogur, una cucharilla y una servilleta.

—Aquí Peter Henderson —dijo—. Tenía una cita a las dos… Exacto.

Ella se sentó, colocó ante sí la cucharilla y la servilleta y observó las pantallas gigantes.

—Acabo de sufrir un accidente —prosiguió él, sujetando el teléfono con el hombro—. Cuando acudía a verlos. He quedado un poco magullado… ¿Podríamos posponerla para el lunes, a la misma hora?

Abrieron los yogures, mirando las pantallas centrales.

—Pues si carece de importancia, ¿por qué ha venido usted? —preguntó el doctor Palme.

—Ha sido idea de Linda —replicó el hombre tendido en el sofá.

—Mejor aún —dijo Pete—. Lamento lo de hoy. Adiós. —Pete colgó y anotó algo en la tablilla—. Un sitio donde venden pinturas sobre terciopelo.

Kay lanzó un silbido.

Tomaron los yogures mientras observaban al doctor Palme, a Lauren, a Jay, a los Hoffman.

—Tengo que irme ya —dijo ella, poniéndose en pie; recogió los envases con las cucharitas, las tapas y las servilletas dentro—. ¿Seguro que te encuentras bien?

—Perfectamente —replicó él, retirando la mano de la nuca, sin dejar de observar las pantallas.

—¿Y los ojos también?

Pete asintió.

—Estaré de vuelta a las seis, a menos que vayamos a tomar unas copas.

Kay se inclinó y le besó en la cabeza. Pete volvió el rostro hacia ella. Se besaron en los labios.

Kay se fue a la cocina, echó los envases y las servilletas a la basura, lavó las cucharillas y las puso en el escurridor. Entró en el recibidor y abrió la puerta.

—Oh, la llave —exclamó.

—Quédatela, cariño —dijo él, girando en su sillón—. Tengo una copia.

Con la mano en el bolsillo, Kay le contempló sentado a oscuras ante las pantallas azuladas, la lámpara verde colgando sobre él.

—Merci —dijo ella—. Un detalle por tu parte, teniendo en cuenta que tienes una de mi apartamento.

—Eso es lo que he pensado. —Le mandó un beso—. Espero que todo vaya bien.

—Gracias. —Le devolvió el beso—. Deberías tomar un baño caliente. Un buen rato, porque si no después te vas a sentir dolorido.

—Tienes razón; me voy a bañar. Sólo quiero ver cómo reacciona Jay.

Se sonrieron. Kay abrió la puerta y salió.

Se dirigió a los ascensores, pulsó el botón para subir. Respiró profundamente.

¿Le había vuelto a mentir? ¿Había regresado por temor a dejarla allí a solas? Pero de ser así, no le habría dejado la llave, y tampoco se la habría dado ahora. Resultaba bastante fácil para un campeón de la mentira inventar excusas.

«Parecía» alterado, y regresar a casa con su mami encajaba psicológicamente. Gracias a Dios no se había entretenido demasiado contemplando las cintas y había podido cerrar el cajón del zócalo. Las cintas, las auténticas, estarían a salvo donde estaban; era muy poco probable que Pete quisiera ver alguna.

Probablemente había ocurrido cuando él se dirigía a alguna galería de arte. La calle 57 estaba repleta de galerías. Sin duda para comprarle un Hopper o un Magritte. Suspiró, balanceando la cabeza.

Dedicó una sonrisa a la cámara del ascensor.

Lo que tenía que hacer era conservar la calma y actuar con naturalidad, como si tuviera que encontrarse con Norman y Anne Tyler. No hacer nada que pudiera intranquilizarle, si estaba observándola. Descartó telefonear al 911; Pete podía estar allí antes de que ellos contestaran al teléfono. Y un enfrentamiento directo era lo último que deseaba.

Felice se restregó en su tobillo cuando Kay dio vuelta al pestillo de la puerta.

—Hola, preciosa.

La cogió, la besó en el hocico y se la colocó en el hombro, acariciándola mientras se dirigía al dormitorio. La lucecita roja del contestador automático lanzaba destellos. Visible en las pantallas, si él estaba mirando.

Soltó a Felice sobre la cama y se acercó al escritorio. El contestador automático indicaba que había un mensaje. Pulsó el botón de rebobinado, rezando para que no fuera Sara diciendo algo que no debía.

Era una mujer de Bloomingdale’s, anunciándole que la mesita de centro se retrasaría aún dos semanas más. Lo sentía mucho.

Puso la radio y se acercó a la ventana. Echó una ojeada al cielo gris sobre el parque marrón. Felice había subido al alféizar de la ventana y husmeaba en su rodilla; le acarició las orejas. Un locutor informaba de un tiroteo en el metro. Se acercó a los armarios, desabrochándose la blusa. Descorrió las puertas de acordeón.

Eligió el vestido de lana azul: adecuado para Anne Tyler, bueno para la policía. Lo tendió sobre la cama y apartó a Felice. Sacó unos pantys del cajón, unas diminutas braguitas y un sujetador.

¿Una ducha?

¿Se daría cuenta él, si no la tomaba? ¿Le extrañaría? ¿Se preguntaría por qué de repente ella se saltaba la maldita ducha?

Si la estaba observando…

¿Se sentiría tan intrigado como para ir a comprobar sus cintas de vídeo? Era poco probable. Pero, si lo hacía, podría detener el ascensor en el 13 cuando ella saliera.

Se desvistió. El locutor hablaba de una nevada procedente del oeste de Pennsylvania, de diez a veinte centímetros de espesor. Apagó la radio.

Entró en el baño y se puso el gorro para la ducha. Felice arañaba en el pequeño cajón de las virutas.

Se inclinó dentro de la ducha, aferró la llave Art Déco y la hizo girar. Sin duda su gemela del 13 A o del 13 B había provocado el destello en aquella porra, o bate, o lo que fuera, al golpear. Probablemente la policía pudiera encontrar huellas en aquella llave, arañazos microscópicos.

Probó la temperatura y giró la llave del agua caliente.

Entró en el cubículo de cristal negro y cerró la puerta.

Tomaría una ducha rápida. Mientras se secaba, se sorprendió de que el Pete a quien había amado —que aún amaba, odiaba, compadecía— pudiera ser el mismo Pete que había asestado aquel golpe tan brutal, que había ahogado a Sheer allí, en el suelo.

Habría pasado horas arreglándolo todo y limpiando, y todo estaba grabado. Un gran acontecimiento. Precisamente la noche anterior a aquella espléndida mañana que salió a pasear en torno al estanque y se encontró con Sam. Y él había fingido sorpresa ante la noticia. ¿Un cambio en la luz al otro lado de la puerta empañada?

La frotó con una mano y miró afuera: no había nadie en el baño.

Imaginaciones suyas.

Se aclaró. Tranquilamente. Como si fuera a reunirse con Norman y Anne Tyler. Y también con June, por supuesto.

Abrió la puerta y cogió la toalla del gancho.

Se secó, se quitó el gorro, lo colgó del tirador de la puerta y salió. No había nada en el suelo, junto a la estera del baño.

Terminó de secarse ante el lavabo, mirándose en el espejo, no a la lámpara que tenía encima.

Entró en el dormitorio, se sentó en la cama y se puso los pantys. De pie, tiró de ellos hacia arriba, acomodándolos. Se puso el sujetador. Luego se acercó a la ventana, abrochándose el tirante en la espalda.

Se quedó mirando el cielo gris mientras se ajustaba el sostén. En efecto, se acercaba una nevada. El agua del estanque estaba rizada por el viento. Había unas cuantas personas que hacían jogging al otro lado.

Avanzó hacia el extremo de la ventana y corrió las cortinas. Las tiras de chintz verde y blanco se juntaron, rozando el borde del alféizar: totalmente vacío, a excepción del telescopio.

Se dirigió al cuarto de baño y se puso un mínimo de maquillaje. Debería haber dicho que iba a ayudar a Roxie a cambiar los muebles de sitio.

Pensó en el caos que le aguardaba, el proceso, las pirañas de los medios de comunicación alimentándose frenéticamente, cebándose no sólo en Pete sino también en ella, la mujer madura engañada por un hombre mucho más joven que ella. Pensó también en las simpatías hipócritas que recibiría de hombres y mujeres, las risitas a sus espaldas. Deseaba poder hablar con Roxie («tengo un problema, Rox: Peter es un asesino»). A lo lejos sonaron con fuerza unas sirenas, subiendo por Madison.

Los aullidos eran cada vez más fuertes, sonaban los cláxones, justo allí fuera. Luego decrecieron los aullidos y gemidos, y los motores ronronearon.

Entró en el salón, cepillándose el pelo. Se acercó a la ventana, de pie cerca del alféizar, con una mano apoyada en el marco de bronce de la derecha, la cabeza inclinada hacia el cristal.

Unas luces rojas lanzaban destellos a lo lejos, coches de bomberos frente al Wales. A su alrededor bullían figuras diminutas.

Examinó la fachada del hotel barrida por las luces rojas, su tejado. No había señales de humo ni de llamas.

Ojalá fuera una falsa alarma. Mejor, eso distraería a Pete.

Se acercó al extremo de la ventana y corrió las cortinas. Los visillos blancos se juntaron, rozando contra el borde del alféizar.

Volvió a cruzar la sala de estar, se detuvo en la cocina para cerrar el grifo con más fuerza y entró en el baño.

Mientras terminaba de peinarse cayó en la cuenta de que se escribirían libros sobre el caso, y Diadem, qué lástima, sin un escritor realmente especializado en novela negra. Pero tanto si lo quería como si no, como protagonista destacada estaría en una posición privilegiada para negociar. Si pudiera persuadir a uno de los nombres más famosos…

Y hablando de brillantes protagonismos…

Se dirigió al dormitorio y cogió las braguitas. Sonó el teléfono. Kay cogió el supletorio de la mesita de noche.

—¿Diga? —contestó, dispuesta a no dejar hablar a Sara.

—Hola.

—Hola. Menudo jaleo en la calle.

—Una falsa alarma.

—¿Qué hay? —preguntó.

—Kay, no puedo dejar que te vayas ni que llames a nadie.

Permaneció de pie, con el teléfono en la mano.

—¿Qué quieres decir?

—Vamos, cariño, por favor. Tú ya lo sabes. Las cintas… Escucha.

Kay prestó atención.

Oyó un ronroneo.

Miró hacia las cortinas, a la puerta.

No había visto a Felice desde antes de la ducha. Respiró hondo. Se sentó en el lateral de la cama.

—Pete, no le hagas daño —pidió.

—Está aquí, en mi regazo, y le estoy haciendo cosquillas en la oreja con un cúter. Ya sabes cómo son, ¿verdad? Con una hoja muy afilada en la punta. Lo utilizo para recortar las etiquetas. La oreja naranja, fuera. La oreja blanca, fuera.

—Pete, por favor…

—No quiero utilizarlo contra ella, pero me veré obligado si tú no haces exactamente lo que yo te diga. Necesito un poco de tiempo. Para pensar en una salida.

—Perfecto. Puedes disponer de todo el tiempo que quieras. —Se volvió, miró hacia arriba, a la lámpara que había más allá de los pies de la cama—. Sólo te pido que no le hagas daño. Sé que no lo harás; tú la quieres.

Miró el iris cromado de la lámpara, su propio reflejo sentado sobre la cama, sosteniendo la manchita blanca del teléfono.

—Se lo haré si tú me lo haces a mí, Kay. Te lo juro.

—Puedes disponer de todo el tiempo que quieras —repitió a la lámpara.

—Ibas a ir a la policía. De haber vuelto cinco minutos más tarde, esas sirenas de antes habrían sido las suyas.

—No es cierto. Ignoraba qué iba a hacer. Quería salir a alguna parte y reflexionar, sin sentirme vigilada.

—No me jodas, Kay. Tú ibas a llevar las cintas a la policía; por eso las has cambiado.

—Iba a esconderlas aquí arriba. No sabía qué hacer… Quería hablar contigo, saber por qué habías hecho lo que habías hecho, intentar comprender, pero tenía miedo. Pensaba que si tenía las cintas en mi poder, me daría cierta seguridad. Las quería por eso.

—Harás lo que yo te diga, de lo contrario me cargaré a Felice. Sé qué cinta viste y hasta dónde, porque no la rebobinaste. Así que sabes perfectamente que lo haré si me veo obligado a ello, ¿verdad?

—Sí, lo sé.

—Necesito tiempo para pensar. Puedes vestirte y trabajar, si quieres. En la cama, donde pueda verte mejor. Si suena el teléfono no descuelgues. Deja que el contestador recoja el mensaje. Cógelo sólo si soy yo. ¿Entendido?

—Sí.

—¿Está puesto el contestador de modo que puedas oír quién llama?

—Sí —dijo ella.

—Y hablaremos más tarde. Es necesario. Ahora ponte unos tejanos o lo que quieras.

—¿De verdad has tenido un accidente?

—No. De pronto me di cuenta de lo que pretendías. ¿Sabes adónde me dirigía? A comprar un Hopper. Y ahora míranos.

—No me eches a mí la culpa —replicó ella, hacia la lámpara.

—¿Por qué no? Tú has invadido mi intimidad, ¿no? Qué ironía, ¿verdad? Supongo que eso nos iguala, más o menos. Anda, vístete. Y recuerda, no te acerques al teléfono como no sea yo. Y no te levantes sin pedírmelo. No hagas nada que pueda hacer zozobrar el bote. Te estaré vigilando continuamente.

Más o menos igual.

Excepto unos cuantos asesinatos por su parte, y amenazando a Felice con el cúter. Si es que no le estaba mintiendo otra vez…

No era probable, después de lo que le había hecho a Sheer.

Kay se estremeció. Confió en que pareciera una reacción ante el libro que tenía abierto ante sí. Tranquila.

Mientras Pete se mostrara dispuesto a dialogar, mientras él estuviera reflexionando, todo podría finalizar pacíficamente, sin que nadie resultara herido: ni Felice, ni ella, y tampoco él. Pete no podía pensar en matarla y hacerlo pasar por un accidente o un suicidio, más ahora cuando había transcurrido tan poco tiempo desde la muerte de Sheer. Y en cuanto se pensara en un nuevo asesinato, él, su amor, sería el primer sospechoso. Se descubriría que era el propietario del edificio, las pantallas del 13 B, las cámaras, y volverían a investigarse todas las muertes. Sin duda Pete lo comprendería, tenía que hacer que lo comprendiera. Su mejor salida, la única, era que se entregara, contratar a uno de aquellos abogados superestrellas, alegar enajenación mental.

Pero ¿y si puesto que era un loco se negaba a comprenderlo?

Si ella intentaba escapar, él la liquidaría, en las escaleras o en los ascensores. Y si llamaba a la policía o tiraba una silla por la ventana, él sería el primero en llegar, con su llave maestra.

Y Felice ronroneando en su regazo.

Maldito sea. Tenía que haber un medio de engañarle, si no entraba en razón.

Piensa en las novelas de intriga.

Pete la observaba mientras ella fingía leer.

Apostaría cualquier cosa a que Kay estaba pensando en cómo convencerle para que la acompañara a la comisaría del distrito 19 y se entregara. Alegando enajenación mental.

¿Por qué coño había tenido que meter la nariz donde no la llamaban? Los dos lo tenían todo, o podían haberlo tenido, y de pronto, plaf, nada.

No hacía falta preguntarse qué podía hacer ahora, tanto si lo quería como si no.

Lo cierto es que ella no le había dejado otra elección.

Pero… ¿ahora?

No tenía ni una posibilidad entre un millón de fingir un nuevo accidente o un suicidio, teniendo en cuenta el poco tiempo transcurrido desde lo de Rocky. Y en el momento en que los polis empezaran a husmear un asesinato, él se convertiría en el principal sospechoso. El novio o el marido siempre lo eran. Y con razón, ¿verdad? Todo saldría a la luz, todo.

A menos que los polis pensaran que otra persona la había asesinado, a menos que estuvieran convencidos de que otro había…

Dirigió la mirada a la izquierda.

Pulsó la tecla superior del 3 B y la de la 1.

Felice se revolvió en su regazo y él levantó la mano. La gata saltó al suelo, y se alejó husmeando.

Pete dejó el cúter en la consola. Cogió algunas peladillas.

Se retrepó en el asiento y masticó una mientras observaba las pantallas centrales.

Sam en la 1, ella en la 2.

Tardó poco más de un minuto en planearlo. El conjunto, no los detalles.

Se le planteaban dos grandes interrogantes. ¿Podría dejarla a ella sin vigilancia durante quince o veinte minutos aquella noche, mientras Sam estaba fuera viendo la obra de Candace? ¿Y podría mantenerla quieta y bajo control hasta el día siguiente por la noche, que era lo antes que podía tenerlo todo a punto?

Sería su salvación, si podía manejarlo todo con éxito. Y también limpio. En los dos sentidos: limpiamente controlado y limpiamente realizado. Dos pájaros de un tiro.

Los estuvo observando.

Sam en la 1, tecleando en su vieja máquina portátil. Kay en la 2, pasando páginas.