La astilla
Capítulo VII
Fuera lo que fuese, podrían superarlo, ahora que él estaba dispuesto a hablar de ello. Probablemente, la maldita diferencia de edad.
Kay se duchó y se arregló para parecer fascinante, de treinta y cinco años, como máximo. Se puso pantalones blancos, zapatos planos, el pullover color melocotón y el corazón con la cadenita. Florence Leary Winthrop telefoneó, maniática, para que le diera su opinión sobre algunas ideas. Necesitó cinco minutos para aplazarlo hasta el lunes a primera hora de la mañana. Conectó el contestador automático y cogió las llaves. Dejó en el suelo comida fresca y agua, y le dijo a Felice que la vería más tarde.
Los ascensores estaban en el 15 y el 6, los dos bajando. Se dirigió a las escaleras, y descendió a saltos los medios tramos, iluminados por fluorescentes en los descansillos numerados. Sus pisadas resonaban abajo, en el hueco de cemento. Kay esperaba que se tratase de la diferencia de edad, no de una esclerosis múltiple, ni de un cáncer, ni de cualquier otra cosa parecida en aquel edificio de la mala suerte.
En el 13 volvió a salir.
Él estaba atareado en la cocina, vestido con una camisa a cuadros y tejanos. La puerta del apartamento abierta de par en par, y los Beatles cantando Hey Jude. Él se volvió, con su sonrisa explosiva.
—Dos vodkas con tónica —anunció, secándose las manos en un paño que colgaba de la cocina—. Pero lo siento, señorita, tendrá usted que enseñarme su carnet de identidad.
Se besaron mientras finalizaba Hey Jude y empezaba Eleanor Rigby.
Kay entró en el salón, peinándose el cabello con los dedos. La persiana estaba echada, y conos de luz brillaban en las guías cromadas del techo y en la lámpara. La sala, enmoquetada de color tostado, habría parecido ligeramente aséptica de no ser por la capa de prendas y objetos que había por allí. Pero resultaba agradable: el sofá de cuero tostado casi en el centro de la estancia, frente al televisor, con el tocadiscos a la izquierda, el escritorio y el ordenador contra la pared de la derecha, la mesa y las sillas junto al paso a la cocina. Todo de color tostado, blanco y cromado, a excepción de algunos almohadones amarillos y anaranjados, las centelleantes luces rojas del estéreo y el negro televisor.
—Se ve fantástico —exclamó ella—. Tenías razón, no lo habría reconocido.
—He sacado una tonelada de porquería —explicó él, acercándose al sofá con dos vasos, los cubitos de hielo tintineando—. De repente, he vuelto a tener vasos.
Kay examinó el anaquel junto a la mesa escritorio: libros técnicos y de texto, algunos con la cubierta de la Carnegie-Mellon. Entre ellos estaba El gusano en la manzana.
Los Beatles enmudecieron cuando él apagó el estéreo.
Kay sonrió, acercándose a él.
Se sentaron en el blando sofá, rodilla contra rodilla, cogidos de la mano. Brindaron.
Bebieron, sonriéndose mutuamente con los ojos.
Pete le cogió ambas manos y la miró directamente a los ojos.
—En primer lugar, quiero que sepas que te quiero. —Pete se inclinó y la besó en los labios, que correspondieron a su beso—. Por eso voy a contártelo. Tenlo presente, por favor. Vas a enfadarte. Mucho, te lo aseguro. Así que recuerda que si te lo digo es porque te quiero. En una ocasión me dijiste que podía contarte cualquier cosa: ahora te cojo la palabra.
—Si tienes esposa e hijos, te haré papilla. Lo digo en serio.
—No, no —protestó él, moviendo la cabeza—. No.
Pete respiró hondo, bajó la mirada. Kay le observó.
—En segundo lugar, te he dicho un montón de mentiras. —Pete alzó la cabeza para mirar a Kay—. De hecho, sólo mentiras.
—Como por ejemplo…
Pete suspiró.
—No soy programador de informática —explicó—. Me refiero a que no me dedico a ello profesionalmente. Puedo diseñar programas, de hecho diseñé los juegos cuando estaba en la escuela superior. Pero lo de trabajar por mi cuenta, lo de Price Waterhouse y la ABC era mentira.
—Y tampoco eres el dueño del edificio…
—Lo soy. Ésta es una de las verdades, junto con lo de mi familia y el dinero. Escucha, Kay. —Sus ojos azules lanzaban destellos, mientras le cogía las manos con fuerza—. Supón que te digo que estoy relacionado con el tráfico de drogas. No lo estoy, pero imagina que te lo dijera. Sinceramente, ¿tú qué opinarías si te dijera eso?
Kay se lo quedó mirando.
—¿Qué dirías? —insistió él—. Se trata tan sólo de una suposición. Te lo juro.
—Diría: déjalo inmediatamente. No está bien, es un delito, una locura. Puedes dar gracias a tu estrella de la suerte de que no te hayan atrapado.
—Imagina que lo hago. Que lo dejo. ¿Y entonces?
—¿Qué quieres decir con «y entonces»?
—¿Qué harías si lo dejara?
Kay suspiró, profundamente.
—Intentaría ayudarte a encontrar un trabajo que estuviera dentro de la legalidad. Intentaría comprender, y ayudarte a que tú comprendieras, por qué habías cometido esa estupidez tan arriesgada. Y te ayudaría a que no volvieras a reincidir.
—¿Me denunciarías? —preguntó él.
—Por supuesto que no. No seas tonto. Yo también te quiero, ¿lo has olvidado?
Pete la besó en los labios.
Kay retrocedió, liberando sus manos.
—Pete, cariño, ve al grano, por favor. Ya no sé qué diablos esperar.
—Pues vamos a ello.
Pete cogió un mando a distancia y pulsó las luces rojas del televisor y del vídeo que había al lado.
—¿Un ejemplo práctico? —inquirió ella.
—Tú lo has dicho.
Se iluminó la pantalla del televisor. Una pelota de golf deslizándose por un césped verde. Cayó pesadamente en el hoyo y se oyeron aplausos. La pantalla se oscureció, otro destello rojo en el vídeo.
Kay cogió su vaso.
—Me gustaría que me… —empezó a decir.
Apareció una sala de estar en blanco y negro, vista desde arriba, y un hombre andando de un lado para otro, recogiendo papeles que crujían y platos que entrechocaban.
Kay dejó el vaso. Miró atentamente.
Él.
En aquella misma habitación, recogiendo vasos de la mesita. Pete levantó la cabeza y le sonrió: «Hola, Kay», le dijo, y le lanzó un beso.
Kay se volvió hacia él, que permanecía a su lado, con sus ojos azules observándola.
—Hola, Kay —le dijo, y la besó.
Ella se volvió, alzando la vista hacia la lámpara Art Déco de centro cromado. Luego le miró a él.
—No veo nada —le dijo.
—Hay una cámara entre los pisos —le explicó él, pulsando el mando a distancia que tenía junto a sí, y el televisor se apagó—. Y un tubo de cristal que baja por el cañón de la lámpara.
Kay le miró, entornando los ojos.
—¿Por qué? —inquirió—. ¿Eres de la CÍA o del FBI?
—No, pero este material es el que usan ellos. Takai, japonés, el mejor del mundo. Un excoronel de la CÍA me ayudó a instalar el sistema, me lo consiguió todo.
—¿El «sistema»? —preguntó Kay, volviéndose hacia él.
Pete asintió.
—Eso es lo que es, Kay —aclaró él—. Un sistema completo. Todas las lámparas están conectadas a una cámara. Incluida la tuya.
Kay se lo quedó mirando.
—Te he estado observando desde el día de tu llegada —le explicó—. Y te he escuchado. También tus conversaciones por teléfono. Lo que tú decías, y lo que decían las personas con las que hablabas. Por eso me he mostrado tan intuitivo y perspicaz.
Kay lo traspasó con la mirada.
—Ya te advertí que te enfadarías. He violado tu intimidad, y de tal modo que es casi como si te hubiese violado. Pero de no haberlo hecho, ¿estaríamos ahora aquí? ¿Habríamos disfrutado de los maravillosos ratos que hemos pasado? Y en todo caso, ¿no he llegado a conocer más facetas tuyas que cualquier otro, a pesar de haber pirateado algunos de los datos?
Kay le miró asombrada.
—Simplemente, pensaba dejar que la relación se extinguiera, pero no he podido —explicó Pete—. Es demasiado importante para mí, te quiero demasiado. Y lo estaba estropeando el hecho de tener que mentir todo el rato, el no poder compartir las cosas. —Pete se encogió de hombros y sonrió—. De modo que…, ahora estoy en tus manos, ya que puedes denunciarme y ponerme en serios aprietos.
Kay le miró desconcertada.
Luego desvió los ojos, descubrió el vaso y lo cogió. Le temblaba la mano.
Al beber, se oyó el tintineo del hielo en el vaso.
Él la observó, mientras dejaba a un lado el mando a distancia.
Kay dejó el vaso y miró a Pete.
—¿Y observas a todo el mundo?
Él asintió.
—¿Guiado por la luz? —inquirió—. ¿En busca del mañana?
Pete asintió, ruborizándose. Sonrió.
—Qué rápida eres —comentó—. Yo necesité varios años para caer en la cuenta de eso. En efecto, así es como empezó todo, pero ahora es algo muy distinto, que va mucho más allá.
Kay sacudió la cabeza.
—No lo entiendo. —Miró hacia el televisor apagado—. ¿Cómo? ¿Cómo has logrado…? —Giró las manos hacia afuera.
Pete se incorporó.
—Ven, te lo voy a enseñar. Es en la puerta de al lado. —Se agachó para coger el vaso y bebió.
—¿En la puerta de al lado? —preguntó ella.
Pete dejó el vaso y se pasó el dorso de la mano por la boca.
—También tengo el trece B —explicó—. Los Johnson son otra mentira. —Dio un paso hacia atrás y aguardó.
Kay se lo quedó mirando.
Se levantó, apoyando una mano sobre el respaldo del sofá.
Le siguió hacia el apartamento.
Pasaron al otro lado del pasillo.
Pete abrió la puerta del 13 B y la sujetó para que ella pasara.
—Si pensabas que ahí está todo en desorden, mira aquí dentro.
La cocina era la cocina, medio iluminada por la luz del pasillo y el resplandor verde que penetraba por el paso de comunicación.
El vestíbulo recibía una pálida luz verdosa. Una lámpara verde colgaba del techo en el salón, frente a un colosal monstruo marino que iba de pared a pared, cubierto de escamas grises, yacente sobre un saliente curvo de color tostado.
Pantallas de televisión, una hilera formando un muro curvo, dos pantallas gigantes en el centro. Un centenar o más de pequeñas pantallas oscuras, cada una con un resplandor verde moviéndose en diagonal a medida que ella se acercaba, y la luz haciéndose más brillante.
Pete manipulaba el reductor de la intensidad de la lámpara a sus espaldas.
Hileras de teclas y palancas asomaban sobre la consola también curva.
Al frente, un sillón negro, de respaldo regulable.
Kay se detuvo a un par de metros de distancia, examinando la media docena de hileras de pantallas, los pálidos números que había en la parte superior: 4 A, 5 A, 6 A; y en el medio: 6B, 7B, 8B…
Pete se dirigió al extremo izquierdo de la consola. Se volvió hacia ella, observándola, con una mano en el borde curvo.
—Tres para cada apartamento —explicó—, excepto en éste. También las cámaras de seguridad en el vestíbulo, los ascensores, etcétera, etcétera. Ciento treinta en total. Puedo conectarlas a cada una de las pantallas gigantes. La distorsión se corrige electrónicamente; ni siquiera noto lo que se pierde. El objetivo se ajusta con bastante rapidez.
Kay volvió la cabeza y le miró.
—¿Tres? —preguntó.
Pete asintió.
—Ya te lo he dicho. En todas las lámparas.
Kay lo traspasó con la mirada.
—Ya sé, es un poco exagerado. Tendría unos diez u once años cuando se me ocurrió la idea por primera vez; sólo era algo en lo que solía fantasear. Luego, al ver que empezaban este edificio y comprender que realmente podía conseguirlo, en ningún momento se me ocurrió la idea de no incluir los cuartos de baño. —Sonrió—. Eran cruciales. En ellos tienen lugar muchas conversaciones interesantes.
Kay lo miró fijamente y respiró hondo.
—Debes comprender que esto es la más…, la más horrenda y monstruosa invasión de la intimidad que pueda perpetrarse. ¡Y no sólo contra mí! —Kay se golpeó el pecho con las manos, inclinándose hacia él—. Por el amor de Dios, decirle a alguien que la amas y estar todo el tiempo… Ni siquiera puedo…
—Pero yo te quiero —dijo Pete, acercándose a ella.
—¡Contra mí y contra todos los demás! —exclamó Kay—. ¿Cómo puedes hacerle eso a la gente? ¡Es espantoso! —Se volvió hacia las pantallas—. ¡Dios mío!
—Pero ellos no lo saben.
—¡Y eso qué importa! —gritó Kay.
—Pues claro que importa —se defendió Pete—. ¿Te dolió el hecho de que yo te observara?
—¡Me duele ahora!
—¡Porque ahora lo sabes! Escucha. —La sujetó por los hombros—. No discutamos, sabía que ibas a sentirte así. Voy a terminar con esto para siempre. —La retuvo, mirándola fijamente—. Si tengo que elegir entre eso y tú, te elijo a ti. Voy a dejarlo. Abandono. Nunca más.
Se miraron fijamente.
—Será lo mejor —dijo ella—. Eso debe ir en contra de una docena de leyes. Y si los demás inquilinos se enteran, te demandarán hasta el último centavo, por mucho dinero que tengas.
—A eso me refería con lo de ponerme en serios aprietos. —Pete suspiró profundamente, con los ojos fijos en ella—. Siento haberte hecho daño. Nunca te he visto haciendo algo que no sea hermoso, ni diciendo necedades.
—¿Viste la caída de Hubert Sheer? —preguntó ella.
—No, no lo vi. Y tampoco lo vi después. No se puede ver en el interior de las duchas; el ángulo no es bueno. Hay un reflejo en la puerta, y las paredes negras lo dificultan aún más. Míralo.
Pete la soltó y se inclinó por encima del respaldo del sillón.
—No —rehusó Kay.
Con la mano tendida sobre la consola, Pete se volvió hacia ella, con la cabeza rozando la pantalla verde de la lámpara.
—Verás mi cuarto de baño, no el otro.
—Creo en tu palabra.
Pete se incorporó y se volvió hacia ella.
—A él apenas lo observaba —explicó, los destellos verdes agitándose sobre los monitores—. Por lo general siempre estaba leyendo. Pensé que se había marchado de viaje, tal como planeaba, y que por descuido se había dejado las luces encendidas. Es algo que suele ocurrir. —Respiró hondo—. La única muerte que vi fue la de Billy Webber, debida a una sobredosis. Con él había dos chicas; por eso los estaba observando. Ellas llamaron a una ambulancia en cuanto empezó a tener convulsiones. Yo no estaba en casa cuando murieron Brendan Connahay y Naomi Singer, y no hay ninguna cámara donde sufrió el accidente Rafael, el superintendente que había antes de Dmitri.
—¿También observas a Sam? —preguntó Kay.
—Sí, pero tampoco lo sabe. Mira, da la casualidad de que también hago mucho bien por aquí, y no sólo a él. Ayudo a la gente, tanto económicamente como mediante otros sistemas. A veces a través de la fundación, y a veces enviándoles dinero por correo. A la familia de la gente. La sobrina de Maggie Hoffman precisaba de un trasplante de hígado, en Shreveport. La madre es una mujer estupenda, animosa, sola y sin recursos. Hace dos semanas le mandé el dinero. Y a los Kestenbaum, que estaban en tu apartamento, también los ayudé.
Kay negó con la cabeza.
—No está bien —dijo—. No está bien.
—Por eso voy a terminar con este asunto para siempre. —La cogió por la cintura y sonrió—. Mami dice que no, y yo me comporto como un buen muchacho, ¿vale? — La besó en la mejilla—. No puedo tirarlo todo a la basura, porque sería un poco difícil explicar de dónde ha salido, pero lo que podemos hacer es traer a un cerrajero, que cambie la cerradura y tú guardas las llaves. También hay una puerta falsa entre los armarios. Te lo digo como prueba de mi buena voluntad; tú nunca te habrías dado cuenta. Puedes ponerle un candado con combinación. Y eso es todo. Yo me dedicaré a hacer programas, o quizá finalice mis estudios.
Kay le miró detenidamente.
—¿Es esto peor que traficar con drogas? —preguntó él.
—¿Lo dices realmente en serio?
—¿Te refieres a lo de las cerraduras? Sí. Ya te he dicho que te prefiero a ti.
Se estudiaron mutuamente. Luego se abrazaron y besaron.
Kay le apretó con fuerza. Sacudió la cabeza, suspirando, mientras miraba las pantallas por encima del hombro de Pete.
—¿También espías al doctor Palme? —inquirió.
—Sí. ¿Comprendes ahora lo que quería decir con lo de tener que mentir todo el tiempo?
—¡Dios mío! —Kay observó el brillo verdoso de las pantallas—. Eso de espiar a la gente durante las sesiones de terapia es monstruoso.
—Ellos no lo saben.
Kay observó las pantallas y luego lo miró a él.
—¿Y eso es lo que has estado haciendo durante tres años?
—Es lo más fascinante que te puedas imaginar, Kay. Dramático, divertido, desgarradoramente doloroso, erótico, intrigante, formativo.
Kay le acarició la mejilla, moviendo la cabeza.
—Folletines en directo —concluyó ella.
—No, es la vida —protestó él—. La realidad, los seriales que sigue Dios. O en todo caso un trozo de vida. No hay actrices, ni actores, ni directores. No hay guionistas ni montadores. No hay anuncios. Y la parte más insignificante es real, no la versión de alguien sobre la realidad, como en los libros que tú lees.
Kay se liberó de los brazos de Pete.
—¡Pero es que estás intentando venderme el producto…! —exclamó llena de enojo.
—Sólo quiero que lo mires durante una hora —dijo, tendiéndole los brazos.
Kay los apartó de un manotazo y se encaminó hacia el recibidor.
—¡Mañana llamas al cerrajero!
—¿Mañana? —preguntó Pete, acercándose a ella.
—Mañana —insistió Kay, abriendo la puerta—. Esa gente trabaja los domingos.
Salió al pasillo y se arregló el cabello en el espejo. Pete salló, ajustando la puerta.
—Eres lo que no hay —añadió Kay—. Don Sincero, el señor Ahora-estoy-en-tus-manos empuñando su cámara de espía. Cuando pienso en las conversaciones que has escuchado… Y no hablemos ya del maldito cuarto de baño.
—Ya te he pedido disculpas. ¿Qué más quieres que haga, que me arrastre? Tengo algo fantástico que quiero enseñarte.
—Ya me lo has enseñado —dijo ella, tironeando del cuello del pullover—. ¿Y cuánto has gastado en esto?
—Con los sobornos, y sin contar el edificio, poco más de seis millones.
Kay le miró a través del espejo.
—Esto sí que es un auténtico pecado.
—El edificio pasa de los diez millones —añadió—. Yo sigo adelante con el trato.
—Eso es lo peor. Pero el hecho de cerrar esto hace que me sienta mejor. —Dio media vuelta, se acercó a los ascensores, y pulsó los botones del centro. Luego se volvió a mirarlo—. No quiero que me espíes esta noche.
—No lo haré —dijo Pete, levantando una mano.
—Ni a nadie.
—Oh, vamos —protestó él—. La última oportunidad. ¿Un sábado por la noche?
Se miraron fijamente.
—Pensándolo bien, quizá sea mejor que te mantenga vigilado. Venga, apaga las luces. Te quedarás en mi apartamento.
Pete se encaminó hacia el 13 A, sonriendo.
—No estés tan satisfecho. De verdad que estoy enfadada contigo.
—Todavía existe un vacío legal —explicó él, acostado detrás de ella, cogiéndole los pechos, la mejilla apoyada en su cabello—. Sobre todo en los casos en que la cámara se halla fuera del local alquilado, como ocurre en esta ocasión. Estoy muy bien informado sobre los temas relacionados con la intimidad de las personas; la pareja del diez B pertenece a la Asociación de Derechos Civiles.
—¿También espías a la Asociación?
—Por eso aprobé su solicitud. Supuse que ellos me mantendrían al corriente. La verdad es que han resultado bastante peculiares para ser abogados.
—Buenas noches, Pete.
—Buenas noches, Kay —dijo, besándola en la nuca y apretándole los pechos.
Permanecieron muy juntos, en silencio.
Felice se revolvió contra sus pies, cubiertos con la manta.
—Por cierto —añadió—, éste es el tercer edificio de apartamentos en que trabajó el coronel. Y también preparó la instalación de un hotel.
Permanecieron tendidos, en silencio.
—¿Aquí, en Nueva York? —preguntó Kay, finalmente.
—No quiso hacer comentarios al respecto.
—Me alegro de que fuera un hombre con un gran sentido de la ética.
—Sólo me dijo que el sistema del hotel funciona por ordenador; únicamente muestra las habitaciones cuando algo se mueve en ellas. Incluso es capaz de discernir si se trata de una persona o de dos. Esto de aquí es algo sin importancia.
—Pero inmoral.
Continuaron en silencio.
—Venga —insistió él—. Media horita, y luego llamamos al cerrajero. Nada de cuartos de baño. Y tampoco a Sam, si eso es un problema.
—Buenas noches, Pete.
Una pausa.
—No se trata únicamente de observar —prosiguió Pete—, sino de conjuntar distintas cosas, una junto a la otra, o el sonido de un apartamento con las imágenes de otro. Se consiguen todo tipo de contrastes y armonías. A veces es como tocar un órgano. Un órgano humano.
—¿Quieres hacer el favor de callarte y dormir?
—Buenas noches —dijo él, y la besó en la nuca.
Permanecieron en silencio.
Un ruido enorme hizo vibrar el techo.
—¡Dios mío! —exclamó Kay—. ¿Qué habrá sido eso?
—No es asunto tuyo.
—¡Vete a la mierda!
Pete la besó en la nuca.