La astilla
Capítulo V
Kay se puso los tejanos negros, el suéter beige de cuello de cisne y zapatos negros sin tacón.
Se cepilló el pelo y, dadas las circunstancias, se aplicó lápiz de labios y colorete, al tiempo que se preguntaba qué sería aquello tan importante como para que no se pudiera hablar por teléfono y que tenía que ver con el edificio. ¿Algo relacionado con las muertes? Confiaba en que no; no quería que le recordaran… Apagó la luz del cuarto de baño, canturreando Strike Up the Band, encendió la luz del recibidor y luego las lámparas que había en el extremo de la mesa del salón.
El ambiente estaba impregnado del pulverizador de Dmitri. Se acercó a la ventana y abrió el panel de la derecha, sujetándolo al ver que se deslizaba excesivamente — buen trabajo, Dmitri—, y tiró de él hasta que quedó abierto unos centímetros. El cielo estaba oscuro. El tráfico en miniatura, menos denso que en días laborables, fluía y se paraba bajo el resplandor rosa dorado de las farolas de la calle.
Pendiente de la puerta del ascensor, volvió a entrar en el dormitorio y abrió el panel izquierdo de la ventana. Una fría corriente de aire pasó por su lado cuando regresó al recibidor. Felice la miró desde la cocina, de pie sobre sus patas traseras mientras arañaba el poste.
—Vaya, vaya… Gatita buena —exclamó, cambiando de dirección.
Sacó del armario la caja de golosinas, agitó una lata y la vertió. Devolvió la caja a su sitio y extrajo de la nevera un pequeño tomate para ensalada. Mientras se lo comía, se enjuagó los dedos bajo el grifo y se los secó con el paño de cocina.
Se dirigió al salón. Colocó cuidadosamente los libros y el bol sobre la mesita de centro. Subió por completo la persiana y la aseguró.
Se detuvo a contemplar un largo camión de mudanzas que maniobraba en la calle 92; su número de identificación negro destacaba sobre el techo rosa dorado. Se movía a sacudidas, atrás y adelante, obstruyendo el tráfico de la avenida. Los cláxones mugían. Felice maullaba.
Estaba maullando ante la puerta del pasillo, junto a la rendija de abajo.
Cuando Kay se dirigía a la puerta sonó el timbre. Se acercó a la mirilla, dio vuelta a la llave y abrió la puerta.
—Hola —saludó sonriente, ofreciéndole la mano.
—Hola —le dijo Pete, estrechándosela sonriendo.
Entró, con su suéter amarillo canario sobre una camisa blanca, pantalones de algodón color tostado, con la raya marcada, mocasines blancos completamente nuevos. Felice los olisqueó. Pete se agachó a su lado y le pasó una mano por la cabeza, las orejas y el lomo.
—Así que ésta es la famosa gata saltarina —comentó, frotándole el lateral del cuello—. Es un encanto.
Felice alzó la cabeza, blanca y anaranjada, los ojos entornados, al tiempo que él le deslizaba un dedo por debajo de la barbilla. En el húmedo cabello castaño rojizo de Pete estaban las huellas recientes del paso de un peine.
—¿Qué edad tiene? —preguntó.
—Va para los cuatro —repuso Kay sonriendo mientras cerraba la puerta.
—¿Cómo se llama?
—Felice.
—¿Por el gato Félix? —preguntó él, alzando hacia Kay sus ojos azules.
—Sí —contestó ella, sonriéndole—. Es usted el segundo que lo ha captado en las últimas veinticuatro horas, lo cual no deja de ser sorprendente. A la mayoría de la gente le pasa desapercibido.
—¿De veras?
Pete sonrió a Felice, que empujó su cabeza contra la mano que la estaba acariciando.
—Anoche vinieron unos amigos, y uno también hizo la misma observación — explicó—. Uno que la conoce desde hace casi un año.
—Es un buen nombre para una gata.
—Suena a feliz en español —comentó Kay—. Pero no pensé en ello cuando se lo puse.
—Feliz, claro —repitió él, incorporándose. Menudo cuadro. Es fantástico.
—Lo pintó mi mejor amiga.
—¿De veras? Seguro que no es una simple aficionada.
—No, ha hecho exposiciones aquí y en Toronto. Roxanne Arvold.
Pete entornó los ojos para mirar.
—Es sorprendente la forma en que ha captado su… gracia —comentó—, la delicadeza de su plumaje y de todo lo demás, sin permitir que uno olvide que se trata de un ave de presa.
—Eso era lo que ella pretendía —dijo Kay, mirándole fijamente.
Pete se volvió hacia el salón.
—Esto ha quedado muy bien. Lo ha amueblado con mucho gusto. Colores armoniosos.
—Todavía hay cosas que no han llegado —explicó Kay, entrando tras él y Felice.
Pete se detuvo ante el cuadro de Zwick.
—Éste también me gusta. Tiene un toque de Hopper. ¿Es de otro amigo?
—No. De la exposición de artistas en Washington Square.
Pete dio una vuelta por todo el salón.
—Muy bonito. —Se detuvo ante el sofá—. ¿Cómo llama a este color?
Kay se volvió a mirar, inclinando la cabeza.
—Albaricoque.
—Albaricoque —repitió mientras lo observaba—. Es un hermoso color.
Kay le dirigió una sonrisa, y luego se volvió hacia el sofá.
—Y también un hermoso sofá…, antes de que Felice se apoderara de él — comentó—. Mandaré que le den un repaso y que lo tapicen de nuevo en cuanto ella aprenda a utilizar el poste de arañar. Sospecho que en cuanto entro en el ascensor, se pone a arañar de nuevo los brazos.
—Y yo sospecho que está usted en lo cierto —dijo él, sonriente, inclinándose a un lado para rascar la cabeza de Felice, que se restregaba contra sus pantalones—. Los gatos son así. —Pete miró a su alrededor a la vez que se incorporaba—. ¡Menuda diferencia entre el trece y el veinte! —Se dirigió a la ventana y miró hacia fuera, a través del panel de la derecha—. Esto es fantástico. Yo sólo tengo el tejado del Wales, y la parte posterior de aquel edificio.
—Tenga cuidado —le avisó ella, acercándose a la ventana—. Ahora se deslizan sin esfuerzo. Dmitri engrasó las guías esta mañana.
—¿Aquello es Queens o Brooklyn?
—Queens —repuso ella, mirando a través del panel de la izquierda.
Pete lanzó un silbido.
—¡Vaya vista! —exclamó, combando la cola de Felice cuando ésta pasó por el alféizar de la ventana.
Contemplaron los resplandecientes rascacielos, las luces azules y doradas de los puentes reflejándose en el agua, los lejanos campos iluminados. Las estrellas brillaban en la oscuridad del cielo; algunas se movían, rojas y blancas.
—El aeropuerto está por allí —dijo él.
—¿De qué quería usted hablarme? —preguntó Kay.
Pete se volvió hacia ella, respiró con fuerza. La preocupación se reflejó en sus ojos azules.
—Me sentía culpable —dijo—. El otro día, en la lavandería, me preguntó si yo sabía quién era el propietario de este edificio, y le dije que no. He pensado que quizá seguía interesada en ello, debido a su comentario de por qué habría decidido alquilarlo, después de haber invertido el dinero. —Le sonrió—. Tengo la impresión de que es usted de esas personas que no renuncian a abandonar un rompecabezas hasta que lo han resuelto. —Se encogió de hombros—. Y tampoco me gustaba pensar que eso podía distraerla innecesariamente de su trabajo.
—¿Sabe a quién pertenece? —inquirió Kay.
Él asintió.
—¿A quién?
Pete se tocó el pecho del suéter amarillo canario, golpeándoselo con un dedo.
—A mí —dijo—. Yo soy el propietario.
Kay se lo quedó mirando.
—Medio me crié en este barrio —explicó él—. Mis padres tenían un apartamento en Park Avenue, además de la casa en Pittsburgh. Y la casa en Palm Beach… —Pete suspiró, sonriendo—. Heredé una gran suma de dinero cuando cumplí los veintiuno. Siempre me ha gustado vivir en esta zona. Así que me trasladé al Wales mientras decidía qué hacer. De eso hace cinco años. Mira, Kay… ¿Puedo tutearte?
—Por supuesto —contestó ella.
—¿Te importa si cierro la ventana? —preguntó Pete—. Hace un poco de frío, aquí de pie.
—Claro que no. Y siéntate, por el amor de Dios.
Pete cerró la ventana.
Kay se sentó en el extremo del sofá que tenía más próximo, con una pierna doblada debajo.
Él lo hizo en un sillón que había al lado, cruzó las piernas, y la planchada pernera del pantalón quedó colgando.
—Como te decía —prosiguió él, inclinándose hacia Kay con un codo sobre el brazo del sillón, las manos entrelazadas—, estaba en el Wales. En el sexto piso, con vistas a la calle. Vi cómo demolían los edificios de piedra caliza que antes había aquí; los dos. Cómo excavaban y levantaban los cimientos. Entonces se me ocurrió que podía ser agradable poseer una casa de apartamentos y vivir en ella, dado que me lo había pasado tan bien cuando vivía en el mil ciento ochenta y cinco. Ahí es donde yo viví, en ese edificio grande, con la rampa para coches en el patio delantero.
Kay asintió.
—Y la propiedad inmobiliaria es una buena inversión, ¿no te parece? Así es como empezó Donald Trump. —Pete le sonrió—. De modo que di orden a mis abogados para que lo compraran. Si me decidí a ponerlo en alquiler fue por temor a que, en caso de venderlo, me saliera algún vecino incordiante, de esos que celebran fiestas ruidosas cada noche, o algo por el estilo, y con el que me vería obligado a discutir. De esta forma dispondría de cierta flexibilidad. Y tanto si te lo crees como si no, no quise que nadie supiera que yo era el propietario, ni siquiera la gente de MacEvoy-Cortez, porque no deseaba que me importunaran con los detalles ni tener a la gente todo el tiempo tocándome los cojones, y perdona la expresión.
—¿Vives aquí todo el año? —preguntó Kay.
Él asintió.
—Yo soy un tipo dedicado a la informática. No me interesan los yates ni las grandes mansiones. Bueno, espero tener algún día un sitio más grande donde vivir, con una sala para juegos y quizás una piscina, pero por ahora me va muy bien con un pequeño apartamento. Puedo cuidar perfectamente de mí mismo sin nadie que me revuelva los papeles ni mis cosas.
—¿Por qué no te quedaste con toda la última planta? —preguntó ella, sonriendo —. Eso es lo que yo habría hecho.
Él le devolvió la sonrisa.
—Ya te lo he dicho. Soy un tipo dedicado a la informática. Me paso el día ante una pantalla, y también la mayor parte de la noche. Sería como desperdiciar la vista. Por eso estoy en el trece. Es el piso más difícil de alquilar. Te sorprendería ver lo supersticiosa que es la gente.
—En especial ahora —concluyó Kay.
—En especial ahora —repitió Pete, suspirando.
—Debe ser un momento difícil para ti. ¿Se ha devaluado el edificio?
Pete se encogió de hombros.
—Puede que un poco. Pero ya volverá a subir.
Kay le sonrió.
—Tenías razón —le dijo—, he seguido haciendo averiguaciones. Incluso pregunté a la señora MacEvoy, al día siguiente de nuestra charla.
—¿De veras?
—Ahora me siento un poco… mezquina.
—No, no seas tonta. Está bien que hayas sentido esa especie de curiosidad. Me refiero a que yo lo haya intuido.
Se sonrieron.
—¿Te apetece un trago? —preguntó Kay.
—Bueno, ¿por qué no? Gracias. ¿Puedes prepararme un gin-tonic?
—¿Vodka? —preguntó ella, poniéndose en pie.
—Vale —repuso él, mirando al otro lado de la sala—. Tienes muchos libros. ¿Cuántos de éstos has editado tú?
Kay se detuvo al otro lado del sofá.
—Pete —le dijo, volviéndose—, Dmitri me contó que le avisaron de que tuviera conmigo una atención especial. Cuando firmé el contrato. ¿Por qué motivo? —Kay permaneció allí de pie, mirándole.
Pete respiró hondo. Descruzó las piernas y se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en las rodillas.
—Muchas gracias, Dmitri —murmuró Pete—. Dio la casualidad de que cuando viniste a ver el apartamento, yo me hallaba en el cuartito de los buzones. Te vi un momento.
—¿Un momento? —inquirió Kay, sonriendo.
—¿Has oído hablar alguna vez de una actriz de la televisión llamada Thea Marshall?
Kay le miró fijamente.
Pete se irguió en su asiento, y la contempló con sus electrizantes ojos azules.
—Ahora me doy cuenta. Claro que has oído hablar de ella. La gente te habrá dicho montones de veces que te pareces a ella. No he caído en la cuenta hasta hace un momento. —Pete sacudió la cabeza y se incorporó sonriendo—. Te lo han dicho, ¿verdad? —Se aproximó a Kay—. ¿Te lo han dicho? Supongo que no muy a menudo últimamente.
—Algunas veces.
—También tu voz es como la suya.
Pete se inclinó hacia ella, por encima del sofá, apoyado sobre el respaldo en forma de arco de Cupido, sonriéndole con su sonrisa explosiva.
—Así que bastó un momento para que me sintiese atraído. Estoy seguro de que te has dado cuenta. El doctor Palme dice que se trata de algo universal, que no hay excepciones. Me refiero al complejo de Edipo. Ella fue mi madre. Thea Marshall. — Pete asintió, sonriendo—. Mi madre. —Asintió de nuevo—. Thea Marshall. — Parpadeó, sonriente—. En una ocasión oí que él lo comentaba, en el ascensor. El doctor Palme está en el dos A. Es psiquiatra, muy bueno. Pertenece a la plantilla del Mount Sinai.
Kay le miró, alzando dos dedos.
—Dos vodkas con tónica.
Entró en la cocina.
Respiró hondo.
Sacó los vasos del armario.
Pete se acercó al paso de comunicación, se inclinó a través de él y apoyó los brazos en el mostrador. La observó mientras ella dejaba caer los cubitos de hielo en los vasos.
—Era una actriz maravillosa —comentó él—. Tan natural que no te lo creerías. Trabajó en todas las grandes series de la edad de oro: La hora de U. S. Steel, El teatro de Kraft, La obra de Philco, Estudio Uno… En el Museo de la Radiotelevisión tiene el original de tres de sus obras. Me refiero a originales televisivos. Paul Newman hacía un breve papel en dos de ellas. ¡Eh, Felice, tranquila!
Felice se puso a maullar, acercándose al cuenco del agua.
Kay vertió vodka sobre el hielo.
—Ella estuvo en En busca del mañana la mayor parte del tiempo en que yo era pequeño —comentó Pete—. La producción dramática se había trasladado a la costa Oeste, y mi padre no dejó que ella se fuera, así que tuvo que hacer seriales. Luz que guía, y más tarde En busca del mañana. Menudo trabajo aquél. Ensayo por la mañana, grabación, preparación del programa para el día siguiente, vuelta a casa y a estudiar sus intervenciones. Ensayo, grabación, preparación, estudio… Un ciclo interminable. ¡Casi no la veía más que por televisión! Aun así, era una actriz fantástica. Tan natural… Un año en Luz que guía, y seis en En busca del mañana.
Kay vertió la tónica.
—¿Y tu padre qué hacía? —preguntó.
—Era el presidente de U. S. Steel.
Kay le miró fijamente, y él sonrió.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo Pete—. Que quizás él influyera para que mi madre consiguiese su papel en la serie. Pero no influyó, ni en La hora de U. S. Steel ni en El teatro de Kraft. Mi padre también poseía parte de Kraft. Pero él no influyó. Siempre mantuvo una estricta política de no intervención en lo referente a la carrera de mi madre. Los dos lo habían acordado así. Ella nunca necesitó ayuda para obtener buenos papeles; era realmente una actriz fantástica.
Kay cortó unas rodajas de limón.
—¿Tienes hermanos o hermanas? —preguntó.
—No. ¿Y tú?
—Un hermano más joven. —Felice dio unos arañazos en el poste mientras la miraba—. Gatita buena —dijo Kay, volviéndose al armario.
—No le digas eso —intervino él—. Haz que rasque con más fuerza. Te está engañando.
Kay sostuvo la puerta del armario y miró a Felice, erguida sobre las patas traseras, las garras apoyadas en el poste y su cara hacia ella. Dio un arañazo para complacerla.
—Tienes razón —admitió Kay, cerrando la puerta.
—Lo siento, Felice —dijo él.
Felice le miró. Después a ella, y de nuevo a él.
Los dos rieron entre dientes.
Felice saltó del poste y entró en el recibidor, meneando la punta negra de su cola.
—Creo que me he ganado una enemiga —comentó él.
—Ya se le pasará —dijo ella, sonriendo—. Tenías razón, he sido una completa estúpida. Y ella muy inteligente. —Le tendió el vaso.
—Muchas gracias. —Levantó el vaso hacia ella—. Salud.
—Salud —le correspondió, chocando su vaso con el de él.
Los dos se sonrieron mutuamente y bebieron.
Kay se dirigió hacia la puerta, hablando en voz alta:
—No puede ser una simple coincidencia que Sam Yale esté en este edificio.
El vaso cayó al suelo, y el líquido lo salpicó todo. Kay se detuvo.
—¡Mierda, qué torpe soy!
—No te preocupes —dijo ella, dejando el vaso, y fue en busca de servilletas de papel—. Ésta es otra cosa que eres el segundo en hacer en estas últimas veinticuatro horas.
El líquido había mojado el borde de la alfombra y el dobladillo de sus pantalones. Enjuagaron el parqué con las servilletas de papel y recogieron las astillas de cristal que había en medio del charco. Felice hizo acto de presencia y los observó.
—Siento lo del vaso —dijo él.
—Lo deduciré del alquiler.
Sonrieron.
—No, no es una coincidencia el hecho de que Sam Yale viva aquí. ¿Sois amigos?
—Conocidos —aclaró ella—. Iba detrás de mí en la cola de la caja en Murphy’s, el día de mi traslado.
—Debí figurarme que tarde o temprano llegaríais a conoceros.
—Más pronto ya no podía ser —comentó ella, mirándole—. ¿Fue tan sólo una casualidad que estuvieras presente para darme la bienvenida?
Pete sonrió.
—Sin comentarios. —Cogió del suelo una astilla de cristal y la depositó sobre una servilleta de papel—. Hay algunos factores relacionados con su estancia aquí en los que no creo correcto entrar ahora.
—Me habló de que era un alcohólico en recuperación, y de la fundación.
Pete la miró.
—Ésa que le paga los gastos —prosiguió ella—. Carnegie Hill no sé qué más. Tú debes conocerla.
—¿Y todo esto sólo en Murphy’s?
—Otro día en el parque.
—Ah.
Secaron el suelo entre los dos.
—Bueno, en tal caso, no veo razón para que no te cuente toda la historia.
Llevaron a la cocina las servilletas empapadas y los cristales envueltos. Pete sacó la basura y la tiró por el vertedero mientras ella le preparaba otra bebida.
Luego se encaminaron al salón.
Se sentaron el uno frente al otro en los dos extremos del sofá, ambos con una pierna doblada sobre la tapicería. Luego levantaron los vasos y brindaron, sonrientes.
Pete se quedó contemplando el vaso después de beber.
—Creo que los dos eran amantes —explicó—. Pero no le culpo. Si la hizo feliz, pues mejor. Mi padre se lo buscó. Era un auténtico cabrón, y además tuvo numerosas aventuras.
Kay le observó mientras él respiraba profundamente, y bebió un poco de su vaso.
—Luego ella murió —prosiguió Pete—, y Sam desapareció de la circulación durante casi diez años; o al menos su nombre no apareció por ninguna parte. Lo primero que supe de él fue pocos meses después de que yo comprara el edificio. Estaba dando conferencias en la New School: «Dirigir durante la edad de oro de la televisión». Fui a escucharle, por supuesto. Resultó bastante embarazoso. Estaba medio borracho y divagaba todo el rato, sin recordar la pregunta que debía contestar.
Kay, suspiró, haciendo oscilar la cabeza.
—Hice algunas averiguaciones —continuó él—. Vivía en un agujero miserable de Bleecker Street, dando clases de interpretación. Pero le habían despedido de una escuela de por allí. Pensé que quizá no quisiera aceptar nada si se enteraba de que el dinero procedía de mi padre, así que pedí a mis abogados que idearan lo de la fundación. No es nada del otro mundo. Ellos contrataron a alguien para que se pusiera en contacto con él y lo metiera en el Smithers Treatment Center, justo al doblar la esquina. Cuando se finalizó el edificio, la fundación alquiló un apartamento para él.
—Fue un acto muy sensible y generoso por tu parte —dijo ella—, y lo sigue siendo.
Pete se encogió de hombros.
—Él dirigió algunas de las mejores actuaciones de Thea Marshall. Sé que a ella le habría gustado ayudarle, incluso aunque no llegaran a ser amantes. Y si lo fueron, ya he dicho que no le culpo de nada.
—Es evidente que no tienes nada en contra suya —comentó Kay.
Se sonrieron mutuamente y tomaron un trago.
—En fin —prosiguió él—, nos hemos desviado del tema, pero eso es lo que quería decirte, que yo soy el propietario, y que puedes dejar de hacer averiguaciones. También te dije otra mentira allí abajo. Sabía que tenías un gato por tu solicitud; yo no estaba en Murphy’s con nadie el sábado por la mañana. Supuse que era ese día cuando solías hacer la compra, y que comprarías virutas.
Kay le sonrió.
—Pues eres muy bueno suponiendo. Perdonadas las dos mentiras. Gustosamente.
Bebieron otro trago.
Felice saltó sobre el sofá, entre los dos. Avanzó sobre el blando terciopelo color albaricoque y olisqueó los dedos que él le tendía. Pete le acarició la cabeza.
—Todo el mundo me perdona —comentó.
—¿No temes que se lo diga a los demás inquilinos? —preguntó ella, mirándole.
—No —dijo, negando con la cabeza—. No lo harás. Tú… protegerás mi intimidad.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió.
Pete se encogió de hombros.
—Lo sé, simplemente. —Se la quedó mirando con sus luminosos ojos azules—. Tú eres de ese tipo de personas. ¿Me equivoco?
Kay negó con la cabeza, mirándole fijamente.
—No —dijo—. No te equivocas.
Los dos bebieron.
Felice se curvó contra la rodilla de Pete, quien le frotó la oreja y le acarició la cabeza.
—¡Qué preciosidad!
—¿Tienes hambre? —preguntó Kay—. Tengo la nevera llena de pollo al estragón y ensalada, y un poco de una exquisita mousse de fresas.
—Eso suena muy bien —dijo él, sonriendo—. Yo tengo una botella de champán Dom Perignon Vintage, el que solía beber su majestad James Bond. ¿Voy abajo a buscarla?
Kay le sonrió.
—¿Por qué no…?
—Alex tiene dieciséis años más que yo. Enseña historia de la arquitectura en la universidad de Nueva York. Él estudiaba en la facultad de Siracusa cuando empezamos a salir. Yo estaba en segundo año.
—¿Más caliente?
—Sí.
Él aflojó el brazo con que la rodeaba, buscó a tientas y encontró el mando de la ducha. Le dio la vuelta y el agua salió más caliente.
—No nos casamos hasta que yo cumplí los veintinueve —dijo ella—. Hummm, eso es fantástico. Jeff es doce años mayor que yo. Como ves, no eres el único con fijaciones paternas.
Kay le besó en el cuello al tiempo que él le lamía el agua de una ceja.
—Al menos tú ya lo has superado…
Se besaron, riendo.
Volvieron a besarse.
—¡Oh, Dios!
Se volvieron, besándose otra vez.
—Vamos a salir en el Libro Guinness de los récords.
—Échate atrás.
—Aguarda un seg…
Ella separó un brazo con el que le ceñía, buscó a tientas y halló el mando de la ducha. Aumentó la temperatura del agua.