La astilla
Tercera parte
Capítulo XI
Kay cerró el libro. Se quitó las gafas y miró hacia la lámpara.
—Me gustaría ir a la cocina y prepararme un poco de café.
Permaneció sentada, mirando la lámpara.
Luego el libro, la cubierta, la contracubierta.
Sonó el teléfono.
Se volvió hacia la mesita de noche: el reloj marcaba las 16:22. Volvió a sonar el teléfono.
Dejó las gafas sobre la mesita y el libro sobre el montón que había debajo, y se incorporó. Sonó de nuevo el teléfono. El contestador automático se puso en marcha. Kay se peinó el cabello con las manos. «Hola —dijo su propia voz—. En estos momentos no puedo ponerme al teléfono, pero si me dejas un mensaje cuando escuches la señal, te llamaré lo antes posible. Gracias».
El contestador emitió un pitido.
—Soy yo —dijo la voz de Pete.
Kay descolgó el teléfono.
—¿Puedo?
—Espera a que se desconecte el contestador.
Kay lanzó un suspiro. Permaneció sentada mirando las cortinas, el escritorio, la lámpara, una Kay pequeñita sosteniendo el teléfono.
Se oyó el pitido del contestador.
—Sí, puedes hacerte café. Pero no cuelgues; deja el teléfono sobre la cama. Allí no podré verte pero mantendré vigilado el vestíbulo. Si descuelgas el teléfono interno del edificio, veré a Terry cuando lo coja y conteste. En cuanto diga «¿Sí, señorita Norris?», Felice recibirá un corte, y si él…
—Olvídalo —le interrumpió ella—. Cogeré agua caliente del baño. Supongo que esto me estará permitido.
—Si quieres café, hazte café. Pero no se te ocurra coger el intercomunicador. Eso es todo.
—No pensaba hacerlo —replicó ella.
—Pues adelante.
Kay dejó el teléfono en la cama y se levantó.
Se dirigió a la cocina y dio la luz. Mientras los fluorescentes parpadeaban hasta encenderse, contempló los cuencos del agua y de la comida en el suelo, el poste para arañar junto a la pared.
El teléfono en la pared, el intercomunicador.
Vertió agua en el cazo y lo colocó sobre un fogón, prendiendo la llama debajo. Puso una cucharada de café instantáneo en la taza con el dibujo marrón de una gran K.
Se quedó mirando el humeante cazo. Echó un vistazo a la hilera de los cuchillos.
Llevó la taza al dormitorio. Cogió el teléfono, se sentó en el borde de la cama y se puso el auricular en la oreja.
—Yo también me he hecho un poco.
—¡Qué estupendo! —comentó ella—. Aquí reunidos para tomar café.
Bebió un sorbo.
—Lo siento, cariño, pero necesito un poco de tiempo. No sé qué diablos hacer.
Kay cambió de posición, colocando un pierna doblada sobre la cama. Miró hacia la lámpara. Movió la cabeza. Suspiró.
—¡Por Dios, Pete! —exclamó—. ¿Lo hiciste porque temías que Sheer fuera a descubrir lo de las cámaras? —Continuó sentada, mirando la lámpara—. ¿Lo hiciste por eso, Pete?
Un suspiro.
—Sí. Sheer iba a visitar la exposición de Takai. Habría visto una de las lámparas allí, o alguna foto, y me habría denunciado.
—Con lo cual se habría vuelto a investigar lo de las otras muertes.
Kay se sentó, mirando la lámpara, sosteniendo la taza y el teléfono.
—Prefiero no seguir hablando sobre eso. Al final acabarás repitiéndolo en el juzgado.
Kay tomó otro sorbo y se volvió hacia la lámpara.
—Pete, sabes que no puedes seguir haciendo… lo que has estado haciendo. Tarde o temprano te atraparán, y cuanto más tarde, peor.
—¿Quieres que me entregue?
—Sí, creo que es lo más sensato. Eso redundaría considerablemente en tu favor. Estoy segura. Y tú puedes permitirte un abogado de prestigio. Todos se disputarán tu defensa; todos están ansiosos por hacerse un poco de publicidad.
—Oh, claro, sin duda habrá un gran despliegue publicitario. ¿Te lo imaginas?
Kay suspiró, encogiéndose de hombros.
—Aun así, pienso que es lo mejor que puedes hacer. Lo único que puedes hacer. —Kay tomó un poco más de café, mirando hacia la lámpara.
—Puedo saltar.
—Oh, no digas eso, cariño —se apresuró a contestar, inclinándose hacia delante y sacudiendo la cabeza—. Si todo lo que has hecho ha sido por las cámaras… En el fondo ha sido por eso, ¿no es así? —Kay miró fijamente la lámpara—. ¿Verdad?
—Sí.
—Cariño, estoy segura de que teniendo en cuenta quién era tu madre y todo lo demás, un buen abogado podría presentar un argumento convincente para… Un eximente por enajenación mental.
—¿Te refieres a pasar toda mi vida en un hospital? ¿Tener a un chiflado por compañero de habitación?
—Toda la vida, no —insistió ella—. Puede que sólo unos años si te entregas. Tú eres joven, aún te queda futuro por delante. Y seguirás con vida. No pienses en saltar; eso sería una auténtica estupidez.
—¡Mierda! Tengo que pensarlo. Es una decisión difícil.
—Por supuesto que sí. Tómate tiempo. No pensaba en salir esta noche —dijo sonriendo—. ¿Por qué no subes a Felice ahora? Estará hambrienta. —Permaneció sentada, sonriéndole a la lámpara.
—No. Voy a retenerla aquí. Así que no decidas nada por mi cuenta. Quiero tomar mis propias decisiones.
—De acuerdo —accedió ella—. Lo comprendo.
—Aquí tengo algo para que coma. Se entretiene con una pelota, husmea por todos lados. Y le he puesto papeles en la ducha.
—Puede hacerse daño en el cuarto trasero.
—He cerrado la puerta. Felice estará bien… mientras tú no me obligues, Kay. Hablo en serio.
—De acuerdo —dijo hacia la lámpara, asintiendo.
—No es necesario que te quedes en la cama. Basta con que te mantengas alejada de los teléfonos, las ventanas y la puerta. Te llamaré más tarde. Espera mis noticias.
Se oyó un clic, y el tono de marcar.
Kay colgó y permaneció sentada, mirando la taza.
Había empezado a nevar. La gente entraba en el vestíbulo sacudiéndose la nieve de los hombros.
Observó a Sam poniéndose el abrigo acolchado. Kay, sentada contra el brazo derecho del sofá, se abrazaba las rodillas, con los pies desnudos sobre la tapicería. Mordisqueaba una pata de las gafas, y el manuscrito que había estado leyendo yacía abandonado a su lado.
Pete abrió una galletita de la fortuna, sacó la tirita de papel y la sostuvo ante la luz azulada. «Gran parte de la inspiración reside en el esfuerzo».
Tienes razón una vez más, Jolly Chan. Arrugó el papelito y lo lanzó al plato.
Mordisqueó un trozo de galleta mientras observaba a Sam, que salió por la puerta de la escalera y atravesó el oscuro suelo enmoquetado del vestíbulo, diciendo algo a Walt desde la puerta principal.
Kay alargó el brazo y dejó las gafas sobre la mesita de centro. Le miró directamente, abrazada a sus rodillas.
—Llámame, ¿quieres? —le pidió—. Creo que ya conoces el número.
La observó mientras ella le miraba. Descolgó el teléfono, pulsó las teclas de marcaje automático y la 1.
Escuchó los zumbidos y obtuvo la señal de que estaba comunicando. Sonó el teléfono. Kay tendió la mano hacia el aparato, pero interrumpió el gesto y le miró.
Pete respiró profundamente. Volvió a colgar el teléfono y conectó la clavija del teléfono de ella.
Kay volvió a sentarse mientras sonaba el teléfono. Se puso a juguetear con un botón de la blusa. Un buen ángulo para la hendidura entre los pechos… «Hola. En estos momentos no puedo ponerme al teléfono, pero si me dejas un mensaje…». Y buena luz también.
Sonó el pitido del contestador.
—Hola, soy Roxie. ¿Estás ahí?
Kay se irguió en el asiento, con la mano apoyada en el respaldo del sofá, e inclinó la cabeza hacia el recibidor.
—Se ha suspendido el patinaje. Fletcher ha tenido que irse a Atlanta. A menos que vosotros lo queráis, muchachos. Si persistís en lo que habíamos planeado en un principio, hacédmelo saber. Adiós.
Un beso. El clic del contestador.
Kay levantó la mirada.
—¿Pete?
Él descolgó el teléfono y pulsó el botón de marcaje automático.
Kay bajó la cabeza y siguió sentada, sin moverse.
Sonó el teléfono.
Ella volvió a sentarse con la espalda apoyada contra el brazo del sofá. Estiró las piernas, cruzándolas por los tobillos. Jugueteó con el botón mientras sonaba el teléfono y se disparaba el mensaje. Los tejanos le moldeaban las caderas, los muslos, la «V» entre…
Se oyó el pitido del contestador.
—Soy yo —le dijo.
Kay alargó el brazo, cogió el teléfono y volvió a sentarse, apoyando la espalda.
Esperaron. Ella jugueteó con el botón de la blusa, tendida sobre el sofá en forma de arco de Cupido, con las piernas cruzadas por los tobillos, sosteniendo el teléfono.
Se oyó de nuevo el pitido del contestador.
—Hola —dijo ella, mirándolo.
—Hola —dijo él, observándola.
Kay suspiró.
—He estado pensando en lo que sucedería —comenzó ella—. En la publicidad. En las pirañas. Un largo proceso durante meses, y después… Las risitas a mis espaldas de todo el mundo en la oficina, de todos mis conocidos. Y tantos años lejos de ti, probablemente. —Kay suspiró—. Cuanto más pienso en ello, peor me parece todo. —Kay lo miró, y él la observó—. Cariño, se me ha ocurrido una idea que puede ser la mejor salida a todo esto.
—¿De qué se trata?
—Agárrate. Va a sorprenderte, pero creo que debemos considerarla seriamente.
—Ya estoy agarrado.
—¿Qué te parece si nos casamos?
Peter la miró mientras ella lo observaba.
—Tenías razón. Me ha sorprendido.
—Entre otras cosas, esto me permitiría liberarme de esta sensación de que debo contarlo todo. Como los casados no pueden testificar contra el otro cónyuge, tampoco se esperaría que uno denunciase al otro, ¿verdad? No es lo mismo que si tú fueras una especie de loco asesino que mata por placer, o por compulsión, y que puede volver a hacerlo. Tú te viste amenazado, te estabas defendiendo, así que tenías motivos racionales. Al menos eso es lo que yo pienso que fue lo que siempre te impulsó a hacerlo. Corrígeme si me equivoco.
—Adelante —le dijo, observándola.
—Naturalmente, tendría que establecer algunas condiciones previas, del todo concluyentes. En primer lugar, la absoluta desconexión del sistema; inmediatamente, sin evasivas. Eso también va por mí. Debemos pensar que siempre habrá alguien que lo descubrirá, y que de un modo u otro se convertirá en una amenaza.
Pete la observó.
—¿Y en segundo lugar? —inquirió.
—No sé. Todavía no lo he pensado muy bien, pero, por el amor de Dios, ¿vamos a encontrar cualquiera de los dos a alguien tan adecuado? Lo bien que nos lo hemos pasado juntos, lo fantástico de nuestra relación sexual… A pesar de todo, tú aún eres tú; no puedo cambiar así de pronto mis sentimientos. Además, he hecho un poco de examen de conciencia. No pienses que soy del todo indiferente al dinero, porque no es así, créeme. La condición número dos sería probablemente un piso grande en Park Avenue, con dos o tres empleados a nuestro servicio. —Sonrió—. ¿Qué opinas?
—Parece muy buena idea. Pero ¿cómo sé yo que dices la verdad? A lo mejor me estás engañando. A lo mejor en cuanto salgamos fuera empiezas a gritar llamando a la policía.
Kay suspiró, sin dejar de juguetear con el botón de la blusa.
—Supongo que estás obligado a considerar tal posibilidad. La verdad es que mi primera reacción fue… pensar algún tipo de maniobra. Pero cuanto más pienso en los medios de comunicación, en el proceso… Dios mío, Pete, sería el más sonado en muchos años… Y en cómo saldrían a la luz trozos de tu vida… ¿Para qué? Lo que está hecho, hecho está, y nada puede cambiarlo. Si yo no estuviese obligada a denunciarlo… —Movió la cabeza, suspirando—. No, no te estoy engañando, cariño. No todas las mujeres somos actrices. ¿Por qué no consideras seriamente mi oferta? En el peor de los casos, probablemente tendrías que conformarte con gatos en vez de críos.
—Eso carece de importancia.
Kay descruzó los tobillos, levantó la rodilla y le miró, el teléfono contra la mejilla.
—¿Qué ibas a comprarme? —le preguntó—. ¿Un dibujo?
—Una pintura —contestó él, observándola—. Tienen dos para que les eche un vistazo.
Kay suspiró, negando con la cabeza.
—Yo iba a comprarte un cuadro —le dijo, jugando con el botón de la blusa—. O alguna fotografía gigante.
—¿Tienes comida suficiente? —preguntó él, mientras la observaba.
—Estoy a dieta.
—Felice tiene gambas con salsa de langosta.
—La vas a convertir en una gata consentida.
—En este momento está durmiendo debajo de la consola. Junto al cerdo.
Kay sonrió. Se frotó el cuello e hizo una mueca.
—Uff. —Exclamó—. Todo esto me ha puesto enormemente tensa.
—¿Por qué no tomas un baño?
Kay lo miró, sonriendo.
—Es una buena idea.
—Después hablaremos.
—De acuerdo.
Pete observó que ella lo miraba.
Colgaron.
Lo dejó todo listo mientras ella tomaba el baño.
Volvió a leer la nota, cambió «amante» por «semental», y la dobló. Se la puso en el bolsillo trasero de la derecha. Ella dejaba correr el agua, llenando la bañera de espuma.
Pete abrió el cajón inferior de la izquierda y encontró la caja con los guantes de plástico. Arrancó dos del rollo y se los puso en el bolsillo lateral de la izquierda. Comprobó las llaves, el juego de recambio en el bolsillo lateral de la derecha.
Ella puso una cinta en el casete del dormitorio. La guitarra de Andrés Segovia inició sus acordes.
La observó mientras se desnudaba.
No levantó los ojos hacia él. Ni una mirada, como si nadie pudiera estar observándola, allí, en su confortable dormitorio.
Igual que en los viejos tiempos. Sólo que ahora ella lo sabía.
Una indiscutible excitación.
¿También para ella?
¿Era posible —sólo posible— que no le estuviese engañando, con aquellas fabulosas tetas?
Sin duda los medios de comunicación se cebarían en ella debido a la diferencia de edad. ¿Y quién no prefería ser rico?
Vamos, no seas bobo.
Sacó el plástico de una funda, metió la cinta en el vídeo y empezó a grabar cuando ella apareció en la puerta del baño, manteniendo cerrada su corta bata de raso. Se quedó allí de pie, mirándolo, con una mano en el interruptor. Decreció la intensidad de la luz.
Volvió a aumentar un poco mientras ella seguía mirándolo. Sonriendo Kay se dirigió a la bañera de espuma y cerró la llave del agua. Se acercó al lavabo y empezó a recogerse el cabello atrás, con la bata abierta frente al espejo.
Pete comprobó los monitores del 3 B y del 3 A. La loca de Susan estaba en el salón, comiendo de una bandeja que sostenía en su regazo, mirando la tele.
Examinó las hileras de monitores azulados. Nada importante.
Observó cómo Kay dejaba caer la bata a sus espaldas, levantaba una pierna y metía un pie en la espuma.
La observó.
Comprobó la hora de su reloj en el de la consola: las 19:50. Dio media vuelta y se dirigió al recibidor. Abrió la puerta, salió. Tiró de la puerta y la cerró.
Abrió la puerta que daba a la escalera y salió al rellano, con su 13 negro y el fluorescente blanco.
Se quedó allí de pie, con una mano apoyada en la barandilla, mirando hacia arriba, a través del hueco que había entre las rampas inferiores de la escalera.
Ella pretendía engañarle, de eso no había duda.
Se apresuró a bajar los zigzagueantes tramos de la escalera, bajo la estructura de cemento gris.
Pete descorrió las puertas en forma de acordeón, se dirigió al otro extremo de la estancia y observó las escasas prendas que colgaban del armario: zapatos y maletas en el suelo, cajas y bolsas alineadas en los estantes superiores, pilas de libros de bolsillo.
«Guardo una en el armario —había dicho Sam, barajando las cartas en torno a la mesa, pocas semanas después de que se trasladara allí—. Un marido celoso contrató a un tipo para que me liquidara. De verdad, no bromeo. Un viudo celoso: ella ya estaba muerta. Una actriz a la que llevaba años tirándome. Pero aun así, soy partidario de su prohibición».
Aún lo recordaba.
La encontró al segundo intento, en un neceser cerrado con cremallera, envuelta con la toalla blanca de un motel oliendo a grasa: una automática de acero azulado en cuyo lateral tenía grabado «Beretta USA». La empuñadura acanalada estaba vacía. En la bolsa había dos cargadores, uno lleno y el otro con dos espacios vacíos en el fondo.
Sopesó la pistola con la mano cubierta por el guante de plástico. En cierto modo, otro legado de su viejo. Se la metió en la cintura de los tejanos, tiró del suéter para taparla y le dio un golpecito. El cargador lleno se lo metió en el bolsillo lateral de la izquierda.
Cerró la cremallera del neceser, con la toalla y el otro cargador en su interior, y lo devolvió al estante del armario. Ya lo volvería a abrir cuando bajara para poner la nota en la máquina de escribir.
Cerró las puertas en forma de acordeón, dejando algo abierta la más próxima al recibidor, tal como la había encontrado.
Sentado ante la mesa de la sala de estar, comprobó la hora en su reloj —las 19:57 — y estudió la mecanografía de Sam en las últimas páginas de la abultada carpeta. La escritura, no las palabras. El nombre de Thea aparecía entre ellas. Después ya se llevaría aquellas páginas; nadie iba a notar la desaparición.
Algunas letras eran más oscuras que las otras debido a una pulsación más fuerte, sobre todo la «B», la «N» y la «H». Algunas tenían una «S» superpuesta.
Sacó el borrador de la nota y enrolló en la vieja Remington una de las hojas que utilizaba Sam.
Con los dedos enfundados en los guantes de plástico, tecleó al estilo de Sam sobre las teclas redondas y negras.
El cuarto intento le pareció satisfactorio:
A quien pueda interesar:
Kay Norris me hizo ciertas promesas que ha decidido no cumplir. Voy a
concederle otra oportunidad para que deje a su joven semental. Si está usted
leyendo esto, eso significa que ella se ha negado. Se lo prometí a Kay, y yo
mantengo mis promesas.
S. Y.
La llevó a los estantes de los libros, se agachó, sacó uno de los gruesos tomos colocados horizontalmente en el estante de abajo: Clásicos del cine mudo, y metió en su interior la hoja de papel, junto a una foto de Pauline, o de quien fuera, atada a las vías del tren. Volvió a poner el libro en su sitio.
Se frotó las manos y comprobó la hora: 20:06. Dieciséis minutos desde que había salido. Tranquilo. Ella necesitaría media hora como mínimo: Andrés Segovia, la espuma…
Dobló el borrador de la nota y los tres primeros intentos y se los metió en el bolsillo. Bajó la tapa de la máquina, puso el diccionario sobre la carpeta, la lámpara y la silla tal como estaban, y apagó la lámpara.
Se detuvo en el umbral del recibidor, con una mano en el interruptor y la otra en la pistola metida en la cintura, cubierta con el suéter. Echó una última ojeada a la habitación: el mobiliario barato no tenía mejor aspecto en directo que a través de la pantalla.
Apagó el interruptor de la luz, se acercó a la puerta y se asomó al exterior.
Esperó mientras un hombre aguardaba ante el 3 A.
Esperó mientras se abría la puerta y Susan contaba unos billetes, decía algo y cerraba la puerta.
Esperó mientras el hombre aguardaba el ascensor.
Se apresuró escaleras abajo, al tiempo que se quitaba los guantes: las 20:11.
Pulsó el botón del ascensor en el sótano y se dirigió a la sala de la lavandería. Denise y Alian se volvieron junto a una de las lavadoras. Los saludó con una inclinación de cabeza y se acercó a las máquinas expendedoras.
¿Denise y Alian? Estaba totalmente desconectado. Ellos se retiraron a un lado mientras él metía unas monedas en la ranura. Compró una bolsa de patatas fritas y una caja de comida para gatos. Se apresuró hacia la puerta abierta del ascensor número 2.
Subió al 13.
Abrió la puerta.
Ella seguía en la bañera, bajo islotes de espuma, la cabeza apoyada en el borde, junto a la pared, con los ojos cerrados.
Se sentó en el sillón, sin dejar de observar. Se sacó la pistola y la dejó sobre la consola.
Permaneció sentado, observando.
Felice saltó sobre la consola. Olisqueó la pistola. Pasó por encima del arma y olisqueó el cúter. Pete se fijó en él.
—Gracias —dijo, cogiéndolo.
Dejó la bolsa de patatas fritas y cortó el plástico que envolvía la caja de comida para gatos. Arrancó la pestaña y la tendió hacia Felice, que la husmeó. Tiró la cajita sobre su hombro, y la gata saltó de la consola.
Pete subió un poco el brillo de la pantalla.
Metió el cúter en un cajón.
Se retrepó en el asiento, sin dejar de observar. Tanteando con un pie debajo de la consola, arrastró el taburete en forma de cerdo.
—Soy yo.
Kay descolgó el teléfono y lo sujetó con el hombro. Estaba sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas y un pijama de color claro. Metió la cuchara dentro del recipiente, sacó una cucharada de helado y la tendió hacia él, sonriendo.
Sonó el pitido del contestador.
—No, gracias —rechazó él—. Tengo vodka con tónica.
Pete sacudió el vaso para que tintineara el hielo y bebió.
Sin dejar de mirarlo, Kay se metió en la boca la cucharada de helado.
—¿Lo estamos celebrando? —preguntó.
—No lo sé —replicó él, observándola—. Necesito tiempo para pensar. Te lo diré por la mañana.
Kay metió la cuchara en el recipiente.
—Me parece una tontería perder una buena noche. —Le miró fijamente, comiéndose el helado.
Él sonrió.
—Yo no creo que esté totalmente perdida. Ya hablaremos por la mañana.
—Te quiero, cariño —le dijo ella, sin dejar de mirarlo—. No hagas ninguna tontería.
—Tú tampoco.
Por la mañana, él le dijo que necesitaba más tiempo.
—No veo por qué.
—Porque aún sigo pensando que pretendes engañarme; por eso.
—Pues no es así —protestó ella, tendida de espaldas, mirando hacia la lámpara mientras jugueteaba con el cordón del teléfono entre los pechos.
—Entonces confía en mí. Sólo hasta esta noche. Luego te subiré a Felice, te lo prometo. Sana y salva. Tengo que hablar con mi abogado sobre ciertos asuntos, y me cuesta dar con él. Está en Vail, Colorado.
—Quiero salir a hacer la compra.
—Ya irás mañana. De todos modos está nevando fuerte. No hay nadie en la calle.
—Quiero llamar a Roxie, a Wendy…
—Ten cuidado con lo que dices.
—¡No quiero que escuches!
—¡Pues espera hasta mañana!
Kay colgó y se sentó en la cama. Hizo una mueca a la lámpara, sacándole la lengua.
Se acercó a la ventana y tiró del cordón de la cortina.
Con los brazos cruzados, contempló los giros de los blancos copos, el blanco parque, el blanco acolchado de los tejados, los blancos jardines.
En el alféizar, el solitario telescopio.
—Hola, señor Yale. Soy Pete Henderson; un amigo de Kay Norris. El viernes asistiremos a su fiesta.
—Oh, sí —dijo Sam en la 2, de pie ante la mesa de la sala de estar, con el teléfono apoyado en la mejilla—. Hemos hablado en el ascensor.
—En efecto, yo vivo en el trece A. Le voy a explicar cuál es el motivo de mi llamada. Anoche mismo me enteré de que hoy es el cumpleaños de Kay.
—¿De veras?
—Su amiga Roxie y yo le estamos preparando una pequeña fiesta sorpresa. —En la 2 observó cómo Kay pasaba el aspirador por el dormitorio—. Esta noche, a las nueve, en el apartamento de ella. Me refiero al de Kay. Sé que a ella le gustará que usted esté presente.
—Me encantará —contestó Sam—. Muchas gracias.
—Es el apartamento veinte B. Ah, por favor, venga lo más cerca de las nueve que le sea posible. En este caso la estrategia es muy complicada.
—A las nueve en punto —dijo Sam.
—Gracias —contestó Pete—. Le veré luego.
—Gracias a usted. Será estupendo poder hablar de algo que no sea el tiempo.
—Tiene usted razón —dijo Pete, sonriendo—. El veinte B, a las nueve.
Colgaron.
Pete respiró hondo.
Acarició a Felice, que dormía en su regazo.
Observó que Sam descolgaba el teléfono.
Se oyó el sonido de llamada.
—Hola, Jerry, soy Sam. Al final no podré asistir hoy. Confío en no estropear demasiado tus planes. Quizá Milt pueda. Cuídate —dijo, y colgó.
Se acercó a la ventana.
De pie ante ella, observó una máquina quitanieves que arrastraba sus cadenas por la avenida, lanzando una muralla de nieve contra los coches aparcados al otro lado. Se pondrían buenos los conductores cuando regresaran…
Intentó pensar en el regalo que podía comprarle, algo que sin ser demasiado caro ni personal exteriorizara la suficiente imaginación y buen gusto para eclipsar cualquier cosa que el joven Pete Henderson pudiera regalarle.
¿Por qué le resultaba tan familiar aquel nombre?
Claro…, Henderson era el apellido del marido de Thea. ¿Y no habían tenido un hijo que se llamaba Peter? Sí…
Pero Peter Henderson era un nombre bastante común. El que le acababa de llamar parecía tener aproximadamente la edad adecuada. Y también el color adecuado: el cabello castaño rojizo y los ojos azules de John Henderson.
Menuda coincidencia sería aquélla, el hijo de Thea… Saliendo con mujeres que se parecían mucho a ella, naturalmente. Kay bastante, Naomi Singer un poco.
¿Sería posible? ¿Lo sabría Kay? ¿Sería Pete Henderson quien le había hablado a ella de los trajes de baño y de las prendas de verano?
Se lo preguntaría a Kay en cuanto finalizara la fiesta sorpresa.