La encantadora de Florencia

Salman Rushdie · Capítulo 9 de 25

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La encantadora de Florencia

Capítulo 8

El extranjero carraspeó y empezó de nuevo.

–De que yo, mi señor, no soy otro que… -¿Qué?

–Mi señor, me siento incapaz de decirlo.

–Pero debéis hacerlo.

–Muy bien, pero temo vuestra respuesta.

–Aun así.

–Pues sabed, mi señor, que soy, de hecho… -¿Sí? (Respiró hondo. Luego se lanzó.) Vuestro pariente consanguíneo. En concreto, vuestro tío.

8

CUANDO LA VIDA SE COMPLICABA

DEMASIADO

PARA LOS HOMBRES

Cuando la vida se complicaba demasiado para los hombres de la corte mogol, acudían a las ancianas en busca de respuestas. Tan pronto como

«Niccoló Vespucci», que se había presentado como «Mogor dell'Amore», anunció, para asombro de todos, su relación de parentesco, el emperador envió mensajeros a los aposentos de su madre, Hamida Bano, y su tía, Gulbadan Begum.

–Que sepamos -dijo a Birbal-, no hay ningún tío del que no tengamos constancia, y por si eso fuera poco este aspirante al título tiene diez años menos que nosotros, el cabello amarillo y, según puede verse, ni un ápice de sangre Chagatai; pero antes de dar el siguiente paso, preguntaremos a las damas, las Guardianas de las Historias, que nos lo confirmarán con toda certeza.

Akbar y su ministro se enfrascaron en un intenso coloquio en un rincón de la sala, tan ajenos al posible impostor que este tuvo la sensación de que empezaba a flaquearle el sentido de la propia existencia. ¿Estaba realmente allí, en presencia del Gran Mogol, reivindicando un lazo de sangre, o era aquello una alucinación, efecto del opio, de la que más le convendría despertar? ¿Había escapado a una muerte elefantíaca para suicidarse un rato después?

–El guerrero Argalia o Arcalia que este individuo ha mencionado -dijo Birbal a Akbar- posee un nombre que desconozco, y «Angelica» es un nombre propio del pueblo del extranjero, no del nuestro. Tampoco se nos ha informado del papel de ambos en este cuento rocambolesco, esta «fábula».

Pero no descartemos a estas personas por sus nombres, ya que un nombre, como sabemos, puede cambiarse.

Al principio de su vida, el rajá Birbal era un brahmán pobre llamado Mahesh Das, y fue Akbar quien lo llevó a la corte y lo convirtió en príncipe.

Mientras los dos amigos aguardaban a las grandes damas, se abandonaron a sus reminiscencias, y volvieron a ser jóvenes, y Akbar cazaba, y se había extraviado.

«¡Eh, zagal! ¿Cuál de estos caminos va a Agra?», preguntó a gritos el emperador, y Birbal, otra vez una criatura de seis o siete años, contestó con toda seriedad: «Señor, ninguno de estos caminos va a ninguna parte». «Eso es imposible», replicó Akbar, y el pequeño Birbal sonrió. «Los caminos no se mueven, así que no van a ningún sitio. Pero la gente, cuando viaja a

Agra, suele ir por este.» Esta chanza llevó al niño a la corte y le procuró un nuevo nombre, y una nueva vida. – ¿Un tío? – dijo Akbar pensativamente-.

¿El hermano de nuestro padre? ¿El hermano de nuestra madre? ¿El marido de nuestra tía?

–O -añadió Birbal por mor de la imparcialidad-, yendo aún un poco más lejos, el hijo del hermano de vuestro abuelo.

Se traslucía cierto tonillo jocoso bajo la aparente gravedad de ambos, y el forastero comprendió que estaban divirtiéndose a su costa. El imperio se solazaba mientras decidía su destino. Las cosas no pintaban bien.

En la amplia zona ocupada por las residencias imperiales, una red de pasadizos con cortinas permitía a las damas de la corte desplazarse sin ser vistas por quienes no debían. En uno de estos corredores, la reina Hamida Bano y la princesa Gulbadan, reina madre y dama mayor de la corte respectivamente, se deslizaban como dos poderosas embarcaciones a lo largo de un estrecho canal, seguidas de cerca por la confidente íntima de la reina, Bibi Fatima.

–Jiu -dijo la reina (era el apodo afectuoso que daba a su cuñada, mayor que ella)-, ¿qué locura se trae ahora entre manos el pequeño Akbar? ¿Necesita más familia de la que ya tiene?

–La que ya tiene -repitió Bibi Fatima, que había contraído la mala costumbre de convertirse en el eco de su señora.

La princesa Gulbadan cabeceó.

–Sabe que el mundo aún entraña misterios, y la historia más rara puede ser verdad.

Tan inesperado fue este comentario que la reina guardó silencio y las dos mujeres y la criada flotaron hasta los aposentos del emperador sin volver a cruzar palabra.

Ese día soplaba una brisa y las afiligranadas telas que las ocultaban a la vista de los hombres tremolaban corno velas inquietas. El aire agitaba asimismo sus exornadas prendas: las amplias faldas, los largos blusones, las tocas del recato con que su cubrían la cabeza y la cara. Cuanto más se acercaban a Akbar, más arreciaba el viento. «Acaso esto sea un augurio -

pensó la reina-. Todas nuestras certezas se las lleva el viento y debemos vivir en el universo del misterio y la duda de Gulbadan.» Hamida Bano, una mujer imperiosa y ríspida, no se sentía atraída por la idea de la duda. En su opinión, ella sabía bien que tres y dos son cinco, había sido educada para saberlo, y era su deber transmitir esos conocimientos a todos con la mayor claridad posible.

Si el emperador había olvidado que tres y dos son cinco, su madre se disponía a recordárselo. Pero, extrañamente, Gulbadan parecía verlo de otra manera.

Desde su peregrinación a La Meca, Gulbadan estaba menos segura de las cosas que antes, o esa impresión daba. Era como si, con ese trascendental viaje, su fe en las verdades establecidas e inmutables del cosmos divino se hubiese debilitado en lugar de fortalecerse. A entender de Hamida Bano, el hajj de mujeres, organizado por Gulbadan y compuesto casi íntegramente por las damas más ancianas de la corte, era en sí mismo una muestra del carácter indeseablemente revolucionario del estilo monárquico de su hijo.

¿Un hajj de mujeres?, había preguntado Hamida Bano a su hijo cuando Gulbadan planteó el tema por primera vez. ¿Cómo podía Akbar consentir tal cosa? No, le había dicho la reina, ella no participaría bajo ningún concepto, eso por descontado.

Pero su correina Salima sí había ido, y la sultana Begum, la esposa de Askari Kan, que había salvado la vida a Akbar cuando sus padres lo abandonaron y se marcharon al exilio -la sultana que había sido una madre para el pequeño Akbar, más que la propia Hamida-, y la esposa circasiana de Babur, y las primastras de Akbar, y la nieta de Gulbadan, y varias criadas y demás. ¡Tres años y medio de viaje por los lugares sagrados! En cuanto a la reina, por lo que se refería a viajar, el largo exilio persa había colmado sobradamente sus deseos, y la sola perspectiva de pasar fuera tres años y

medio la horrorizaba. Si Gulbadan quería irse a La Meca, allá ella. La reina madre seguiría reinando en casa.

Huelga decir que, durante esos tres años y medio de paz y silencio sin tener que aguantar el interminable parloteo de Gulbadan, la influencia de Hamida Bano en el rey de reyes no encontró rival ni obstáculo alguno. Cuando se requería la mediación de una mujer en un casamiento o una reconciliación, ella era la única gran dama disponible. Las reinas de Akbar no eran más que muchachas, a excepción del Fantasma, claro, esa espectral suripanta que había memorizado todos los libros obscenos, y en ella no había por qué pensar más de la cuenta. Pero Gulbadan regresó, y ahora era Gulbadan la Peregrina, y se había producido un cambio en la correlación de fuerzas.

Razón por la cual era aún más irritante que en la actualidad la vieja princesa hablara tan poco acerca de Dios y tanto sobre las mujeres, sus facultades desaprovechadas, su capacidad para hacer cuanto se propusieran, y la idea de que ya no debían aceptar las limitaciones impuestas por los hombres, sino organizarse ellas mismas la vida. Si podían llevar a término el hajj, podían escalar montañas y publicar poesía y gobernar el mundo solas. Era un escándalo, obviamente, pero al emperador le encantaba, cualquier novedad le complacía; era como si nunca hubiese dejado atrás la infancia y se prendase de cualquier idea nueva, como si esta fuera un sonajero de plata en el cuarto de juego, no los asuntos serios de una verdadera vida adulta.

Así y todo, la princesa Gulbadan era mayor que ella, y la reina madre siempre la trataría con el debido respeto. Y sí, desde luego era imposible sentir antipatía por Gulbadan; siempre sonreía y contaba anécdotas graciosas sobre tal o cual prima chiflada, y su corazón era un corazón bueno y afectuoso, por más que tuviera la cabeza llena de todas esas ideas sobre la independencia. Los seres humanos no eran criaturas singulares, decía Hamida Bano a Gulbadan; eran plurales, sus vidas se componían de fuerzas interdependientes, y si uno se empecinaba en sacudir una rama de ese árbol, a saber qué fruta podía caerle en la cabeza. Pero Gulbadan se limitaba a sonreír y seguía en sus trece. Y todos la apreciaban. También la reina madre la apreciaba. Eso era lo más irritante. Eso, y el hecho de que Gulbadan conservaba el cuerpo de una joven, tan esbelta y flexible en la vejez como lo fuera en su juventud. El cuerpo de la reina madre había sucumbido

cómoda y tradicionalmente al paso de los años, expandiéndose al mismo ritmo que el imperio de su hijo, y ahora también era una especie de continente, un reino con montañas y bosques y, por encima de todo, la capital de su mente, que no se había venido abajo ni mucho menos. Mi cuerpo es lo que debe ser el cuerpo de una vieja, pensaba Hamida Bano. Es normal. La insistencia de Gulbadan en conservar un aspecto juvenil era una prueba más de su peligrosa falta de respeto por las tradiciones.

Entraron en los aposentos del emperador por la puerta de las mujeres y, como de costumbre, se sentaron detrás del biombo de nogal con filigrana y taracea de mármol, e inevitablemente la vieja Gulbadan fue de buenas a primeras por donde no debía. No tenía que haber hablado directamente al forastero, pero enterada ya de que él conocía su lengua, insistió en ir derecha al grano. – ¡Eh, extranjero! – exclamó con voz aguda y potente-.

¡Vamos a ver! ¿Cuál es ese cuento de hadas que habéis venido a contarnos, recorriendo para ello medio mundo?

***

Esta era la historia tal como se la habían contado, juró el extranjero. Su madre era una princesa de auténtica sangre Chagatai, descendiente directa de Gengis Kan, miembro de la casa de Timur, y hermana del primer emperador mogol de la India, a quien ella llamaba «el Castor». (Al oír esto, Gulbadan Begum se irguió detrás del biombo.) Él nada sabía de fechas ni de lugares; conocía solo el relato tal como se lo habían contado, y lo repetía fielmente. Su madre se llamaba Angelica y era, insistió, una princesa mogol, y la mujer más hermosa jamás vista, y una hechicera sin par, una maestra de pociones y sortilegios cuyos poderes todos temían. Cuando era joven, su hermano, el rey Castor, fue sitiado en Samarcanda por un caudillo uzbeco, el señor de Ajenjo, quien, a cambio de que ella le fuese entregada, ofreció al Castor un salvoconducto para salir de la ciudad tras la rendición.

Después, para injuriarla, el señor de Ajenjo la entregó durante un breve

tiempo, a modo de obsequio, a su joven aguador Bacha Saqaw, para que la utilizara a su antojo. Al cabo de dos días, Bacha Saqaw tenía pústulas por todo el cuerpo, bubones pestíferos le colgaban de las axilas y las ingles, y cuando estos reventaron, murió. Después de eso, a nadie se le ocurrió ponerle un dedo encima a la bruja, hasta que por fin ella cedió a las torpes pretensiones amorosas de Ajenjo. Transcurrieron diez años. El señor de Ajenjo fue derrotado por el rey persa Ishmael, en la batalla de Marv, a orillas del mar Caspio. La princesa Angelica volvió a ser botín de guerra.

(Ahora también Hamida Bano sintió que se le aceleraba el pulso.

Gulbadan Begum se inclinó hacia ella y le susurró una palabra al oído. La reina madre asintió, y se le arrasaron los ojos en lágrimas. Su criada Bibi Fatima lloró también, por pura solidaridad.) El rey persa, a su vez, fue derrotado por el sultán osmanlí, u otomano…

Detrás del biombo, las mujeres ya no podían contenerse. La reina Hamida Bano no estaba menos alterada que su cuñada, mucho más alterable.

–Hijo mío, acercaos a nosotras -ordenó en voz alta.

–A nosotras -repitió Bibi Fatima, y el rey de reyes obedeció.

Gulbadan le susurró al oído, y él se quedó inmóvil. Luego se volvió hacia Birbal con expresión de sincera sorpresa.

–Las damas corroboran -informó- que una parte de esta historia ya se conocía. «Babor», o sea «Babur», es en chagatai una forma antigua de la palabra «castor», y el tal «Ajenjo» se traduce análogamente como Shiban o Shaibani Kan, y la hermana de mi abuelo Babur, famosa por ser la mayor belleza de sus tiempos, fue capturada por Shaibani tras la derrota de Babur ante ese caudillo en Samarcanda; y una década más tarde Shaibani fue vencido por el sha Ismail de Persia cerca de la ciudad de Marv, y la hermana de Babur cayó en manos persas.

–Disculpad, Jahanpanah -dijo Birbal-, pero si no me equivoco, esa fue la

princesa Janzada, ¿no es así? Y la historia de la princesa Janzada es sin duda conocida. Como yo mismo he podido saber, el sha Ismail la devolvió al sha Babur en un gesto de amistad, y vivió con gran respeto en el seno de la familia real hasta su triste fallecimiento. Es ciertamente extraordinario que este extranjero conozca su historia, pero no puede ser su descendiente.

Verdad es que dio un hijo a Shaibani, pero el niño pereció el mismo día que su padre, a manos del sha persa. Queda, pues, desmentida la historia de este individuo.

Al oírlo, las damas reales gritaron a la par desde detrás del biombo: -¡Había una segunda princesa! – ¡… cesa! – repitió la criada.

Gulbadan se apaciguó.

–Oh, radiante rey -dijo-, en la historia de nuestra familia hay un capítulo oculto.

El hombre que se había hecho llamar «Mogor dell'Amore» permaneció callado en el centro del imperio mogol mientras sus mujeres, exaltadísimas, recitaban la genealogía de su linaje.

–Permitidme que os recuerde, oh, rey omnisciente, que varias princesas nacieron de varias esposas y otras consortes -aclaró Gulbadan.

El emperador dejó escapar un leve suspiro; cuando Gulbadan empezaba a ascender por el árbol de la familia como una cotorra nerviosa, no había manera de saber en cuántas ramas necesitaría posarse brevemente antes de decidir dónde descansar. Pero esta vez su tía fue de una concisión casi desconcertante.

–Estaban Mihr Banu y Shahr Banu y la sultana Yadgar. – -Pero Agha, la madre de Yadgar, no era reina -la interrumpió la reina Hamida con altanería-. Era solo una concubina. – …ncubina -dijo Bibi Fatima, diligente.

–Sin embargo -añadió la reina-, justo es decir que si bien Janzada aventajaba a las demás en años, no las aventajaba a todas en belleza ni

mucho menos, pese a ser esta la versión oficial. Algunas hijas de las concubinas eran más guapas con diferencia.

–Oh, el más luminoso de los reyes -prosiguió Gulbadan-, debéis saber que Janzada, por desgracia, fue siempre más bien celosa.

Esta era la historia que la vieja Gulbadan había guardado en secreto durante mucho tiempo.

–La gente decía que Janzada era la guapa porque era la mayor, y no convenía contrariarla de ninguna manera. Pero la auténtica beldad era la princesa más joven, que tenía una compañera de juegos y criada también muy guapa, una esclava que era tan hermosa y tan parecida a su señora que la gente empezó a llamarla «el espejo de la princesa». Y cuando Janzada fue capturada por Shaibani, también lo fueron la pequeña princesa y Espejo, y cuando el sha Ismail liberó a Janzada y la envió a la corte de Babur, la princesa oculta y Espejo se quedaron en Persia. Por eso se la borró de la historia de nuestra familia: prefirió la vida entre extranjeros a un lugar de honor en su propia casa.

–La Specchia -dijo de pronto el extranjero-. La palabra «espejo» es un nombre masculino, pero la convirtieron en femenino por ella. La specchia, la pequeña «espeja».

La historia se precipitaba tan rápidamente que se olvidó el protocolo y nadie amonestó al forastero por su intervención. Fue Gulbadan quien contó la historia con su voz acelerada y aguda. El relato de la princesa oculta y su Espejo insistía en ser contado.

Pero Hamida Bano estaba absorta en sus recuerdos. La reina volvía a ser joven y, con un recién nacido en brazos y con su marido Humayún en la hora de la derrota, huía de los hombres más peligrosos del mundo: los hermanos de él. En las tierras baldías de Kandahar hacía tanto frío que cuando servía sopa de una olla, se congelaba en el cuenco de inmediato y no podía tomarse. Un día, estaban tan famélicos que mataron un caballo y tuvieron que descuartizarlo para poder guisar los trozos de carne en el

yelmo de un soldado, que era su única olla. Y entonces los atacaron, y ella tuvo que huir, y dejar a su niño atrás, su niño, abandonado a su suerte en zona de combate, su niño, para que lo criase otra mujer, la esposa de Askari, el hermano y enemigo de su marido, la sultana Begum, que hizo lo que Hamida Bano no pudo hacer por su hijo, el emperador, su hijo.

–Perdonadme -susurró («… me», dijo Bibi Fatima), pero el emperador no atendía; se adentraba ya en aguas ignotas arrastrado por la princesa Gulbadan.

–La princesa oculta no regresó con Janzada porque… sí, en efecto… estaba enamorada.

Enamorada de un extranjero, tan perdidamente enamorada que estuvo dispuesta a desafiar a su hermano el rey y despreciar su corte, que era el lugar que le correspondía, como tendrían que haberle recordado su sentido del deber y un amor superior. En su cólera, Babur el Castor expulsó a su hermana menor de la historia, decretando que su nombre debía eliminarse de los anales y que en el reino nadie volvería a pronunciarlo. La propia Janzada Begum obedeció la orden al pie de la letra a pesar del gran amor que sentía por su hermana, y poco a poco se desvaneció el recuerdo de la princesa oculta y su Espejo. Quedaron, pues, reducidas a un mero rumor, una leyenda oída a medias entre una multitud, un murmullo en el viento, y desde ese día hasta hoy nada más se había sabido de ella.

–El rey persa, a su vez, fue derrotado por el sultán osmanlí u otomano -

prosiguió el extranjero-. Y al final la princesa llegó a Italia en compañía de un poderoso guerrero. Argalia y Angelica, se llamaban. Argalia portaba armas hechizadas, y en su séquito había cuatro gigantes aterradores, y a su lado cabalgaba Angelica, la princesa de Catay y la India, la mujer más hermosa del mundo, y hechicera sin par. – ¿Cómo se llamaba en realidad? –

preguntó el emperador, sin prestar atención al forastero.

La reina madre negó con la cabeza.

–Nunca llegué a saberlo.

–Se la conocía por un apodo -dijo la princesa Gulbadan- y lo tengo en la punta de la lengua, pero su verdadero nombre se ha borrado por completo de mi memoria.

–Angelica -dijo el extranjero-. Angelica, se llamaba.

A continuación, al otro lado del biombo, oyó decir a la princesa Gulbadan:

–Es una buena historia, y deberíamos averiguar cómo es que este hombre la conoce, pero hay un problema, y no sé si él podrá resolverlo a nuestra satisfacción.

Birbal lo había entendido, por supuesto.

–Es una cuestión de fechas -dijo-. De fechas, y edades de personas.

–Si hoy Janzada Begum aun viviera -continuó la princesa Gulbadan-, tendría ciento siete años. Su hermana menor, ocho años más joven que Babur, tendría quizá unos noventa y cinco. Este extranjero aquí presente, este que nos cuenta la historia de nuestro pasado escondido, no tiene más de treinta o treinta y uno. Así pues, si la princesa oculta llegó a Italia, como afirma este hombre, y si él es su hijo, como también sostiene, lo habría alumbrado aproximadamente a los sesenta y cuatro años. Si ese parto milagroso de verdad ocurrió, él sería en efecto tío de Vuestra Majestad, el hijo de la hermana de vuestro abuelo, y merecería el reconocimiento de príncipe de la casa real. Pero obviamente es imposible.

El extranjero sintió abrirse la fosa a sus pies y supo que no lo escucharían durante mucho más tiempo.

–Ya os he dicho que no sé nada de fechas ni de lugares -exclamó-, pero mi madre era hermosa, y joven. No era un carcamal sexagenario.

Detrás del biombo las mujeres callaron. El destino del forastero se decidía en ese silencio. Finalmente Gulbadan Begum volvió a hablar.

–Es un hecho que nos ha contado cosas que estaban muy profundamente enterradas. Si él no hubiera hablado, nosotras las viejas nos habríamos llevado la historia a la tumba. Merece, pues, el beneficio de cierto grado de duda.

–Pero como nos habéis demostrado -objetó el emperador-, no queda ninguna duda concebible.

–Muy al contrario -corrigió la princesa Gulbadan-. Existen dos explicaciones posibles.

–Siendo la primera -apuntó sin pensar la reina madre, la reina Hamida Bano- que la princesa oculta fuera realmente una hechicera suprema, y aprendiera los secretos de la eterna juventud, de manera que fuese aún una mujer joven de cuerpo y mente cuando dio a luz, pese a tener casi setenta años.

El emperador descargó un golpe de puño contra la pared.

–O tal vez habéis perdido todos la razón, y por eso dais crédito a tan absoluto sinsentido -bramó.

La princesa Gulbadan lo mandó callar como quien manda callar a un niño pequeño.

–No habéis oído mi segunda explicación.

–Muy bien, pues -gruñó el emperador-. Hablad, tía.

–Supongamos -dijo Gulbadan Begum con doctoral énfasis -que la historia de este hombre es cierta, y que la princesa oculta y su guerrero fueron a Italia hace mucho tiempo. También puede ser cierto, pues, que la madre de este hombre no fuera la dama real del guerrero… -… sino la hija de la princesa -dedujo Akbar-. Pero entonces, ¿quién fue el padre?