La encantadora de Florencia
Capítulo II
arrolladora fuerza del amor. Si la frontera entre los mundos podía cruzarse en una dirección, comprendió Akbar, podía cruzarse también en la otra. Un soñador podía convertirse en su sueño.
–Añadid de nuevo la cenefa -ordenó Akbar-, y permitamos al pobre hombre disfrutar de cierta paz.
Una vez hecho esto, dejaron que la historia de Dashwanth permaneciera en el lugar donde le correspondía, los márgenes de la historia. En el centro de la escena estaban, frente a frente, la protagonista redescubierta y su nuevo amante: la princesa oculta, señora Ojos Negros o Qara Kóz o Angelica, y el sha de Persia.
II
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ALLÍ DONDE UN AHORCADO
DEJE SU SIMIENTE
–«Allí donde un ahorcado deje su simiente -leyó Il Machia en voz alta-, brotará la mandrágora de repente.»
Cuando Nino Argalia y su mejor amigo, Niccoló -«il Machia»-, eran niños en Sant'Andrea in Percussina, en el estado de Florencia, soñaban con poseer poderes ocultos sobre las mujeres. En algún lugar del bosque de la región, un hombre debía de haber sido ahorcado en un momento u otro, decidieron,
y durante muchos meses buscaron mandrágoras en la heredad de la familia de Niccoló, el robledal de Caffagio y la arboleda de la vallata próxima a Santa Maria dell'Impruneta, y también en el bosque en torno al castillo de Bibbione, a cierta distancia de allí. Encontraron solo setas y una misteriosa flor oscura que les provocó un sarpullido. Llegado un punto, decidieron que el semen para la mandrágora no tenía por qué proceder de un ahorcado, y después de mucho restregarse y jadear consiguieron derramar unas cuantas gotas estériles del suyo propio en la tierra indiferente. Y un buen día, el domingo de Resurrección de su décimo año de vida, el Palazzo della Signoria amaneció adornado con una guirnalda de muertos pendulantes, ochenta hombres acusados de participar en la sofocada conjura de los Pazzi, a quienes Lorenzo de Médicis mandó colgar de las ventanas, incluido el arzobispo con todas sus galas, y dio la casualidad de que Argalia estaba en la ciudad con Il Machia y su padre Bernardo en la casa de la familia al otro lado del Ponte Vecchio, solo a tres o cuatro manzanas, y cuando vieron correr a todo el mundo, no hubo quien los frenara.
Bernardo corrió con los dos niños, sobrecogido y exaltado al mismo tiempo, igual que ellos. Era un hombre muy leído, vital, considerado, y la sangre le desagradaba, pero un arzobispo ahorcado era harina de otro costal, algo digno de verse. Los niños llevaban tazas de hojalata en previsión de algún goteo provechoso. En la Piazza se toparon con su compinche Agostino Vespucci, que hacía sonoras pedorretas y obscenos gestos masturbatorios a aquellos muertos sanguinarios a la vez que gritaba: «¡ Jodeos! ¡Que se joda vuestra hija! ¡Que se joda vuestra hermana! ¡Que se joda vuestra madre y vuestra abuela y vuestro hermano y vuestra mujer y el hermano de vuestra mujer y su madre, y la hermana de su madre también», mientras los cadáveres giraban e impregnaban la brisa con su hedor. Argalia e 11 Machia hablaron a Ago de la rima sobre la mandrágora, y él cogió una taza y fue a plantarse bajo el cipote del arzobispo. Después, en Percussina, los tres niños enterraron las dos tazas y recitaron lo que, en su imaginación, eran versos satánicos y, convencidos de que florecerían las plantas del amor, iniciaron una larga e infructífera espera.
–Lo que empieza con traidores suspendidos -dijo el emperador Akbar a Mogor dell'Amore- será un relato traicionero.
En un origen eran tres amigos, Antonino Argalia, Niccoló Machia y Ago Vespucci. Ago, el de los cabellos de oro, el más locuaz del trío, era uno entre una multitud, una barahúnda, una marimorena de Vespucci que vivían como sardinas en cuba en el hacinado barrio florentino de Ognissanti, comerciando con aceite de oliva, vino y lana al otro lado del Arno, en el gonfalone del drago, el barrio del dragón, y había salido deslenguado y vocinglero porque en su familia había que ser así para hacerse oír por encima del guirigay de tantos Vespucci, todos malhablados, gritándose unos a otros como boticarios o barberos en el Mercato Vecchio. El padre de Ago trabajaba de notario para Lorenzo de Médicis, así que, después de aquella Semana Santa de puñaladas y ahorcamientos, respiró de alivio al quedar en el bando vencedor. «Pero ahora el ejército del puto Papa vendrá a por nosotros porque matamos al puto cura -masculló Ago-. Y también el ejército del puto rey de Nápoles.» Al primo de Ago, el desenfrenado Amerigo o Alberico Vespucci, de veinticuatro años, no tardaron en despacharlo, en compañía de su tío Guido, con la misión de pedir ayuda para el gobierno Médicis al rey de Francia. Por la luz en los ojos de Amerigo cuando partió rumbo a París, saltaba a la vista que le interesaba más la expedición que el rey. Ago era poco viajero. «Ya sé qué seré de mayor -dijo a sus amigos en Percussina, en los bosques de mandrágora donde no había mandrágoras-. Seré un puto vendedor de ovejas o un mercader de alpiste o bien, si consigo meterme a funcionario, seré un puto tenedor de libros, un covachuelista sin futuro ni esperanza ni provecho.»
Pese a lo poco halagüeño de su futuro administrativo, Ago siempre tenía una historia que contar. Sus historias eran como las aventuras de Marco Polo, eran viajes fantásticos, y nadie se creía una sola palabra de lo que decía, pero todo el mundo quería escucharlas, en especial los cuentos rocambolescos acerca de la muchacha más hermosa en la historia de la ciudad, o posiblemente desde la formación de la Tierra. Hacía solo dos años que Simonetta Cattaneo, que casó con Marco Vespucci, primo de Ago, conocido a sus espaldas como Marco el Cornudo o Marco el Necio de Amor, murió de tisis y sumió a toda Florencia en un duelo, porque Simonetta poseía una belleza pálida y rubia tan intensa que ningún hombre podía mirarla sin caer en un estado de adoración delicuescente, tampoco
mujer alguna, y lo mismo cabía decir de la mayoría de los gatos y perros de la ciudad, y acaso también la amaran las enfermedades, razón por la cual murió antes de cumplir los veinticuatro años. Simonetta Vespucci casó con Marco, pero él tuvo que compartirla con toda la ciudad, cosa que al principio hizo con resignado buen ánimo, y que solo sirvió para demostrar la cortedad de sus alcances a los ciudadanos de esa población de gente artera y maquinadora. «Tal belleza es un recurso público -decía él con estúpida inocencia-, corno el río, o el oro del erario, o la delicada luz y el aire de Toscana» El pintor Alessandro Filipepi la retrató muchas veces, antes y después de muerta, la retrató vestida y desnuda, como la Primavera y la diosa Venus, e incluso como ella misma. Cuando posaba para él, lo llamaba «mi tonelete», porque siempre lo confundía con su hermano mayor, a quien la gente llamaba «Botticelli» («Toneletes») por su contorno bulboso. Filipepi el menor, el pintor, no se parecía en absoluto a un tonel, pero si Simonetta quería llamarlo así, por él no había inconveniente, y empezó por tanto a atender a ese nombre.
Tal era el efecto de los poderes hechicerescos de Simonetta. Convertía a los hombres en lo que a ella se le antojaba, dioses o perros falderos o toneletes o escabeles o, naturalmente, amantes. Habría podido ordenar a cualquier muchacho que muriese para demostrarle su amor y él habría obedecido gustosamente; pero era demasiado bondadosa para eso, y jamás puso sus inmensos poderes al servicio del mal. El culto a Simonetta fue en aumento hasta que la gente empezó a rezarle en secreto en la iglesia, musitando su nombre como si fuera una santa viva, y se propagaron los rumores de sus milagros: un hombre se quedó ciego ante su hermosura al cruzarse con ella por la calle; un ciego recobró la vista cuando ella, en un súbito gesto de compasión, tocó su atribulada frente con las tristes yemas de sus dedos; un niño lisiado se puso en pie y echó a andar tras ella; otro muchacho padeció una repentina parálisis al hacer gestos obscenos a sus espaldas. Tanto Lorenzo como Juliano de Médicis estaban locos por ella y celebraron unas justas en su honor -Juliano portó un estandarte con su retrato, pintado por Filipepi, que incluía la leyenda en francés la sans pareille, dando así a conocer que había derrotado a su hermano en la pugna por ella- y la instalaron en unas habitaciones del palacio, momento en el que hasta el cretino de Marco cayó en la cuenta de que algo no iba bien en su
matrimonio, pero le advirtieron que si protestaba, le costaría la vida.
Después de eso, Marco Vespucci era ya el único hombre de la ciudad capaz de resistirse a la belleza de su esposa. «Es una ramera -decía en las tabernas que comenzó a frecuentar para ahogar la desazón de saberse un cornudo-, y para mí es tan fea como la Medusa.» Los que no sabían quién era le daban una paliza por poner en entredicho la belleza de la sans pareille y al final tuvo que quedarse en casa, en Ognissanti, y beber solo. Entonces Simonetta enfermó y murió, y en las calles de Florencia se dijo que la ciudad había perdido a su hechicera, que una parte del alma florentina había muerto con ella, e incluso arraigó en el acervo popular la creencia de que un día resucitaría, de que los florentinos nunca volverían a ser los de antes hasta su segundo advenimiento, cuando ella los redimiría a todos, como un segundo Salvador.
«Pero no os imagináis -dijo Ago con voz sibilante en el bosque de la vallata lo que hizo Juliano para intentar mantenerla con vida: la convirtió en vampiro.»
Según un primo político de Simonetta, Juliano emplazó en su alcoba al mejor cazavampiros de la ciudad, un tal Domenico Salcedo, y le dio orden de encontrar a un miembro de los muertos vivientes bebedores de sangre.
Al otro día, entrada ya la noche, Salcedo le llevó el vampiro a la habitación del palacio donde yacía la muchacha enferma, y el vampiro la mordió. Pero Simonetta se negó a hacer frente a una eternidad integrada en esa tribu taciturna y pálida.
«Cuando se dio cuenta de que era un vampiro, se tiró desde lo alto de la torre del Palazzo Vecchio y se empaló en la pica de un centinela de la puerta. Ya os podéis imaginar lo que tuvieron que hacer para echar tierra sobre una cosa como esa.» Así, según su primo político, pereció la primera hechicera de Florencia, pereció sin la menor esperanza de regresar de entre los muertos.
Marco Vespucci enloqueció de dolor. («Marco era un necio -dijo Ago con crueldad-. Si yo me hubiese casado con semejante bombón, la habría encerrado en la torre más alta, donde nadie pudiera hacerle daño.») Y
Juliano de Médicis murió apuñalado por un conspirador el día de la conjura de los Pazzi, mientras Filipepi el tonelete seguía pintándola, una y otra vez, como si pintándola pudiera resucitarla.
–Igual que Dashwanth -se maravilló el emperador.
–Esa bien podría ser la maldición de la especie humana -respondió Mogor-.
No que seamos tan distintos unos de otros, sino que seamos tan parecidos.
Ahora los tres niños pasaban casi todos los días en el bosque, trepando a los árboles y masturbándose por las mandrágoras y contándose historias delirantes sobre sus familias y quejándose del futuro para esconder su miedo, porque justo después de aplastarse la conspiración de los Pazzi llegó a Florencia la peste, y enviaron a los tres amigos al campo por su seguridad.
Bernardo, el padre de Niccoló, permaneció en la ciudad y contrajo el mal, y cuando se convirtió en una de las pocas personas que se contagió y sobrevivió, su hijo contó a sus amigos que fue gracias a la magia de su madre Bartolomea con la harina de maíz. «Cada vez que enfermamos nos cubre de gachas -declaró con actitud solemne, en susurros para que las lechuzas no lo oyeran-.
Según la enfermedad, usa la polenta amarilla dulce normal y corriente, pero si es grave, compra la blanca de Friuli. Para algo así, seguramente añade también col rizada y tomate, y no sé qué otras cosas mágicas. Pero da resultado. Nos obliga a desnudarnos y nos echa gachas calientes a cucharones por todo el cuerpo sin miedo al pringue. Las gachas absorben la enfermedad, y listo. Por lo que se ve, ni siquiera la peste pudo con la polenta dulce de mi madre.» A partir de entonces, Argalia empezó a llamar a la familia de locos de Il Machia los «Polentini» y se inventó canciones sobre una amada imaginaria, a quien bautizó con el nombre de Polenta. «Si fuese un florín, me la habría gastado -entonaba-, y si fuese un libro, la habría prestado.» Y Ago se sumaba al canto:
«Si fuese un arco, la habría doblado, y si fuese una cortesana, la alquilaría, a mi dulce Polenta». Al final, Il Machia dejó de molestarse y se sumó
también. «Si fuese un mensaje, la habría enviado. Si fuese una expresión, la habría expresado.» Pero cuando llegó la noticia de que los padres de Nino Argalia se habían apestado, ni toda la polenta mágica del mundo sirvió de nada. Argalia quedó huérfano antes de cumplir los diez años.
El día que Nino fue al robledal para contar a Il Machia y Ago que sus padres habían muerto coincidió con el día que encontraron la mandrágora.
Se hallaba oculta bajo una rama caída, como un animal asustado.
–Ahora lo único que necesitamos -dijo Ago con pesar- es el conjuro que nos convierta en hombres, porque sin eso, ¿qué sentido tiene que las damas se enamoren de nosotros?
Entonces llegó Argalia y vieron en sus ojos que había encontrado el conjuro de la hombría. Le enseñaron la mandrágora y él hizo un gesto de indiferencia.
–Esas cosas ya no me interesan -contestó-. Voy a escaparme a Génova para unirme a la Banda de Oro.
Era el ocaso de los condottieri, los mercenarios con ejércitos personales pagados que ofrecían sus servicios a cambio de dinero a las ciudades estado de Italia, demasiado cicateras para mantener ejércitos regulares. Toda Florencia conocía la historia de su propio Giovanni Milano, nacido en Escocia con el nombre de sir John Hauksbank cien años antes. En Francia era «Jean Aubainc», en los cantones suizos de habla alemana era «Hans Hoch», y en Italia era Giovanni Milano -«Milano», porque un mílan era un halcón-, al mando de la Compañía Blanca, antes general de Florencia, y vencedor, al servicio de Florencia, en la batalla de Polpetto contra los aborrecidos venecianos. Paolo Uccello había pintado su fresco funerario, que permanecía aún en el Duomo.
Pero la era de los condottieri tocaba a su fin.
El mayor guerrero mercenario que quedaba, según Argalia, era Andrea Doria, jefe de la Banda de Oro, dedicado por aquel entonces a liberar
Génova del dominio francés.
–Pero tú eres florentino, y nosotros somos aliados de los franceses -exclamó Ago, acordándose de la misión de sus parientes en París.
–Cuando eres mercenario -respondió Argalia mientras se palpaba el mentón para comprobar si le crecía algún pelo-, dejas de lado las alianzas de nacimiento.
Los soldados de Andrea Doria iban provistos de «armas de garfio» -
arcabuces o alcabuces- que había que apoyar en un trípode al disparar, como pequeños cañones portátiles. Muchos de ellos eran suizos, y los mercenarios suizos eran las peores máquinas de matar, hombres sin cara ni alma, invencibles, terroríficos. Cuando Doria acabó con los franceses y obtuvo el mando de la flota genovesa, se decidió a emprenderla con los turcos por su cuenta. A Argalia le atraía la idea de las batallas navales.
–En todo caso, nunca hemos tenido dinero -dijo-, y las deudas de mi padre devorarán nuestra casa en la ciudad y nuestra pequeña hacienda aquí en el campo, así que puedo mendigar por las calles como el perro de un pobre, o morir intentando amasar fortuna. Vosotros dos os engordaréis de poder y colmaréis de hijos a un par de desdichadas, a quienes dejaréis en casa para que escuchen el griterío de los cabronzuelos mientras vosotros os vais al burdel de La Zingaretta o de alguna otra fulana de clase alta bien mullida capaz de recitaros poesías mientras la montáis y entontecéis a fuerza de joder, y entretanto yo agonizaré en una carabela en llamas frente a Constantinopla con una cimitarra turca clavada en las tripas. ¿O quién sabe?
Puede que me haga turco yo mismo. Argalia el Turco, Portador de la Lanza Hechizada, con cuatro enormes gigantes suizos, musulmanes conversos, en mi séquito. Mahometanos suizos, sí. ¿Por qué no? Cuando eres mercenario, lo que cuenta es el oro y el botín, y para eso hay que marcharse a Oriente.
–Eres solo un niño como nosotros -adujo Il Machia para hacerlo entrar en razón-. ¿No quieres crecer antes de que te maten?
–Yo no -contestó Argalia-. Yo me voy a tierras paganas a combatir contra
dioses extraños. A saber a qué rinden culto por esos pagos, si a escorpiones, a monstruos o a gusanos. En cualquier caso, morirán igual que nosotros, de eso no hay duda.
–No vayas a la muerte con la boca llena de sacrilegios -previno Niccoló-.
Quédate con nosotros. Mi padre te quiere al menos tanto como me quiere a mí. O piensa cuántos Vespucci hay ya en Ognissanti. Ni siquiera notarán la presencia de uno más si prefieres vivir en casa de Ago.
–Me voy -insistió Argalia-. Andrea Doria ya casi ha expulsado a los franceses de la ciudad, y yo quiero estar allí para ver el día de la libertad cuando llegue.
–Y vos, con vuestros tres dioses, un carpintero, un padre y un espíritu, y un cuarto que es la madre del carpintero -preguntó el emperador a Mo gor con cierta irritación-, vos que sois de esa tierra santa que ahorca a sus obispos y quema a sus sacerdotes en la hoguera, mientras su sumo sacerdote comanda ejércitos y actúa con la misma brutalidad que cualquier general o príncipe,
¿cuál de las barbáricas religiones de esta tierra pagana consideráis más atractiva? ¿O para vos son todas iguales en su vileza? A ojos del padre Acquaviva y el padre Monserrate somos, de eso estamos seguros, lo que vuestro Argalia pensaba que éramos, es decir, cerdos impíos.
–Mi señor -dijo Mogor dell'Amore con toda calma-, me atraen los grandes panteones politeístas, porque las historias son mejores, más numerosas, más dramáticas, más humorísticas, más maravillosas; y porque los dioses no nos dan buen ejemplo, son entrometidos, vanidosos, irascibles y díscolos, lo cual, admito, resulta más interesante.
–Somos del mismo parecer -convino el emperador, recobrando la compostura-, y nuestro afecto por estos dioses arbitrarios, coléricos, traviesos y cariñosos es muy grande.
Hemos creado un cuerpo de ciento un hombres para contarlos y darles nombre a todos, a cada una de las deidades veneradas en el Indostán, no solo a los dioses célebres e importantes, sino también a los menores, los
pequeños espíritus locales, de las arboledas nemorosas y los cantarines torrentes. Los hemos obligado a abandonar sus casas y familias y emprender un viaje sin fin, un viaje que solo terminará cuando mueran, ya que la tarea que les hemos encomendado es imposible, y cuando un hombre asume lo imposible, anda todos los días con la muerte, aceptando el viaje como una purificación, una magnificación del alma, de modo que pasa a ser un viaje no hacia el nombre de los dioses, sino hacia el propio Dios. Apenas han iniciado su labor, y sin embargo han reunido ya un millón de nombres.
¡Qué proliferación de divinidad! Creemos que existen en este reino más entidades sobrenaturales que personas de carne y hueso, y nos complace vivir en un mundo tan mágico. Aun así, debemos ser lo que somos. Ese millón de dioses no son nuestros dioses; la austera religión de nuestro padre será siempre la nuestra, tal como el credo del carpintero es el vuestro.
Ya no miraba a Mogor, y se había sumido en una ensoñación. Los pavos reales danzaban en las piedras de Sikri por la mañana y a lo lejos el gran lago rielaba como un espectro. La mirada del emperador viajó más allá de los pavos y el lago, más allá de la corte de Herat y las tierras del feroz turco, y se posó en los chapiteles y cúpulas de una remota ciudad italiana.
–Imaginad unos labios de mujer -susurró Mogor-, fruncidos y prestos a dar un beso. Así es la ciudad de Florencia, estrecha en los bordes, hinchada en el centro, atravesada por las aguas del Arno, que separa los dos labios, el superior y el inferior. La ciudad es una hechicera. Cuando os besa estáis perdido, seáis plebeyo o rey.
Akbar paseaba por las calles de esa otra ciudad de piedra donde nadie parecía querer quedarse nunca bajo techo. En Sikri, la vida se desarrollaba detrás de cortinas corridas y verjas atrancadas. En esta ciudad extranjera, la vida se vivía bajo la bóveda catedralicia del cielo. Los hombres comían allí donde los pájaros podían compartir con ellos su alimento y apostaban donde cualquier descuidero les podía birlar las ganancias, besaban a la vista de los desconocidos e incluso jodían en las sombras si les venía en gana. ¿Qué significaba ser hombre tan plenamente entre hombres, y también entre mujeres? Cuando se eliminaba la soledad, ¿se convertía uno más en sí mismo o menos? ¿Realzaba la muchedumbre la identidad o la borraba? El