La encantadora de Florencia
Capítulo 18
excesivo, incluso para ella. Cada vez eran menos las noticias de sus milagros, y al final cesaron por completo. El Papa ya no hizo más alusiones a su santidad.
Y sobre la vida y la muerte, a diferencia de Alanquwa, la diosa solar, ella no tenía el menor poder. Tres años después de la llegada de Qara Kóz a Florencia, fue Juliano de Médicis quien enfermó y murió. Filiberta cargó sus pertenencias, incluido todo su ajuar, de un valor inmenso, y regresó de inmediato, sin más ceremonias, a Saboya. «Florencia ha caído bajo el influjo de una ramera sarracena -dijo al llegar a su tierra natal-, y no es lugar para una buena cristiana.»
18
EL INCIDENTE DE LOS LEONES Y
EL OSO
El incidente de los leones y el oso había ocurrido durante la festa en honor de Qara Kóz. El primer día tuvieron lugar la carrera del palio y los fuegos de artificio. El segundo día soltaron bestias salvajes en la Piazza della Signoria, toros, búfalos, ciervos, osos, leopardos y leones, y hombres a caballo y lanceros a pie, así como hombres ocultos dentro de una tortuga gigante de madera, y también de un puerco espín de madera, lucharon con ellos. Un hombre resultó muerto por un búfalo.
En cierto momento el león macho más grande cogió a un oso por la garganta, y estaba a punto de matarlo cuando, para asombro de todos, una leona intervino en favor del oso y mordió al león con tal fuerza que este
soltó al oso. Después el oso se recuperó, pero los otros leones y leonas excluyeron a la leona que lo había salvado, y esta vagó desconsoladamente por la plaza abarrotada sin atacar a nadie, haciendo caso omiso a las provocaciones y los gritos de los cazadores, en apariencia acongojada. En los días y meses posteriores, el significado de este extraño suceso fue objeto de muchas discusiones. Según la opinión unánime, la leona representaba a Qara Kóz, pero ¿quién era el oso y quién el león? Al final, la explicación que encontró más partidarios, y se convirtió en verdad establecida, se hizo circular en un panfleto anónimo, cuyo autor, conocido solo por unos cuantos florentinos, era Niccoló Machiaveli, dramaturgo popular, hombre poderoso caído en desgracia. La leona se había mostrado dispuesta a interponerse entre su propia especie y otra en la causa de la paz, escribió el panfletista. Así, también la princesa Qara Kóz había llegado a ellos con el propósito de reconciliar fuerzas en apariencia irreconciliables, aun si para ello tenía que enfrentarse a los suyos. «Pero, a diferencia de la leona en la Piazza, esta leona humana no está sola. Tiene, y siempre tendrá, muchos amigos de verdad entre los osos.»
Para gran número de gente, pues, Qara Kóz pasó a ser símbolo de la paz, del sacrificio propio en nombre de la paz. Se habló mucho de su «sabiduría oriental», cosa a la que ella quitó importancia cuando llegó a sus oídos. «En Oriente no existe una sabiduría especial -dijo a Argalia-. Todos los seres humanos son necios en igual medida.»
***
Cuando Qara Kóz y Espejo abandonaron la casa de Il Machia, este sintió nacer en él una amarga tristeza que lo acompañaría durante los trece años que le quedaban de vida. Los amigos habían desaparecido cuando el poder le prohibió el paso a sus mansiones, y la gloria era un recuerdo remoto, pero ver apartarse de su vida aquella gran belleza fue la gota que colmó el vaso.
Ahora que se había roto el sortilegio de la hechicera sobre Percussina,
volvió a ver a su esposa como un pato anadeante y a sus hijos como una carga económica.
Siguió haciendo esporádicas excursiones en pos de otras mujeres, no solo la cantante Barbera, sino también otra dama de los alrededores, cuyo marido se había largado sin siquiera una palabra de despedida. Estas visitas no le levantaban el ánimo. Más de una vez pensó con envidia en ese marido fugitivo y se planteó seriamente la posibilidad de esfumarse él mismo una noche y dejar que su familia lo diese por muerto. Si hubiese sido capaz de formarse alguna idea clara de qué hacer con su vida después de la deserción, quizá incluso la hubiese llevado a cabo. En lugar de eso, vilmente, volcó los pensamientos y el saber de toda una vida en el breve libro que estaba escribiendo con la esperanza de recuperar el favor de la corte, su opúsculo reflejo de príncipes, un reflejo tan lúgubre que incluso él temía que no gustase. Pero sin duda la sabiduría sería más valorada que la frivolidad, y la lucidez más preciada que la adulación, ¿o no? Dedicó el libro a Juliano de Médicis, escribiendo el texto íntegro de su puño y letra, y cuando Juliano murió, volvió a repetirlo todo para Lorenzo. Pero en el fondo de su alma lo que más le preocupaba era que la belleza lo había abandonado para siempre, que la mariposa no se posaba en la flor marchita.
Él la había mirado a los ojos y ella lo había visto marchitarse, y le había dado la espalda. Para él, fue como una condena a muerte.
Pasó veinte minutos solo con Argalia en su biblioteca antes de que el nuevo general de Florencia fuera en busca de su amada.
–Toda mi vida -dijo Argalia-, desde niño, mi lema ha sido: haz lo que tengas que hacer para llegar a donde tengas que ir. He sobrevivido porque he descubierto qué me convenía más y he seguido esa estrella, al margen de la lealtad, al margen del patriotismo, al margen de los límites del mundo conocido. Yo, yo, siempre yo y únicamente yo. Así ha de actuar el superviviente. Pero ella me ha amaestrado, Machia. Sé lo que ella es, porque aún es como yo era antes. Me amará hasta que ya no le sirva amarme. Me adorará, hasta que llegue el momento de no adorarme. A mí me corresponde, por tanto, procurar que ese momento tarde en llegar.
Porque yo no la amo así.
El amor que yo siento por ella sabe que el bienestar de la persona amada importa más que el de la amante, porque el amor es desinteresado. Ella eso no lo sabe, creo. Yo moriría por ella, pero ella no moriría por mí.
–Pues en ese caso espero que no tengas que morir por ella -dijo Niccoló-, porque sería desperdiciar ese buen corazón tuyo.
También se quedó un momento a solas con ella, o a solas con ella y su Espejo, de quien era inseparable, y quien acaso fuera, sospechaba Il Machia, su verdadero amor. No le habló de asuntos del corazón. Habría sido impropio, descortés. Prefirió decir:
–Esto es Florencia, señora mía, y aquí viviréis bien, ya que los florentinos saben vivir bien. Pero si sois sensata, siempre sabréis dónde está la puerta de atrás. Planearéis vuestro camino de huida y lo mantendréis siempre en buenas condiciones. Pues cuando se desborda el Arno, quienes no tienen barco se ahogan.
Miró por la ventana y vio la cúpula roja de la catedral más allá de los campos donde trabajaba su aparcero. Una lagartija tomaba el sol en un murete medianero. Oyó el canto de una oropéndola dorada: uilá-uiló.
Robles y castaños, cipreses y pinos piñoneros salpicaban y organizaban el paisaje. A lo lejos, en el cielo, a gran altura, un buitre volaba en círculo, escorado. La belleza natural permanecía, eso era innegable; pero para él esa bucólica escena parecía el patio de un presidio.
–Para mí, por desgracia -dijo a Qara Köz-, no hay huida.
***
Después de ese día le escribió a menudo, pero nunca envió las cartas, y solo la vio una vez más antes de morir. En cambio, Ago -Ago, que aún contaba con la libertad de la ciudad- la visitaba una vez al mes en el Palazzo Cocchi del Nero, y ella le concedió el favor de recibirlo en la llamada Sala de las Oropéndolas, contigua al grand salan, así llamada por las aves pintadas en la formal decoración boscosa de sus paredes. Enviaba el carromato con el vino a la entrada de mercaderes por el estrecho callejón de la parte de atrás de la casa, pero él no entraba allí como un mercader. Se vestía sus mejores galas, sus galas de cortesano, a las que por entonces daba poco uso, y recorría a zancadas la Via Porta Rossa como un galán entrado en años que visitaba a su enamorada, con el cabello, en otro tiempo amarillo, ahora blanco y ralo, pegado a la cabeza, y flores en la mano. Ofrecía un aspecto un tanto ridículo, lo veía reflejado en la mirada en exceso franca de ella, pero era lo máximo que podía hacer. No esperaba nada de ella, pero ella sí le pidió algo a él, un secreto. «¿Lo haréis por mí?», preguntó, y él contestó:
«Cuando queráis». Solo Espejo y las oropéndolas sabían lo que se había dicho.
Juliano de Médicis murió; Lorenzo de Médicis se convirtió en soberano de Florencia con el nombre de Lorenzo II, y las cosas empezaron a cambiar.
Durante tres años, no obstante, el cambio no se notó. Lorenzo necesitaba a Argalia tan desesperadamente como su tío. Fue Argalia quien acaudilló a los hombres de Florencia en la batalla contra Francesco Maria, el duque de Urbino, a quien León X se disponía a traicionar. En el período de exilio de los Médicis, fue Francesco Maria quien les dio cobijo, pero ahora se habían vuelto contra él para arrebatarle el ducado. Era un hombre poderoso al frente de fuerzas bien adiestradas, y aun con todos los jenízaros de Argalia, fueron necesarias tres semanas para derrotarlo. Al final de esta conflagración, nueve de sus fogueados guerreros otomanos habían muerto.
D'Artagnan, uno de los cuatro gigantes suizos, se contaba entre los caídos, y el lastimero dolor de Otho, Botho y Clotho fue un espectáculo terrible.
Después, Argalia sofocó las revueltas de unos cuantos barones leales a Francesco Maria en las Marcas de Ancona; y después de eso, el poder de Argalia el Turco era tal que Lorenzo sencillamente no podía actuar contra él
a las claras.
Fue en esta época cuando Il Machia presentó su opúsculo a la corte de Lorenzo. Nunca oyó una palabra de agradecimiento, encomio, crítica o ni siquiera un simple acuse de recibo, ni se encontró ejemplar alguno entre los efectos personales de Lorenzo a su muerte. Corrió brevemente el rumor de que Lorenzo se rió con desdén cuando le entregaron el libro y lo tiró a un lado. «El fracasado tiene la presunción de enseñar al príncipe cuál es el camino del triunfo para el príncipe -dijo con notable sarcasmo-.
Obviamente, este es un libro que debo encomendar a la memoria de inmediato.» Luego, tras amainar las risas de sus cortesanos, añadió, arrancando un segundo estallido de deferentes carcajadas: «De una cosa podemos estar seguros. Si el nombre de este Niccoló Mandragola es mínimamente recordado, será como comediante, no como pensador». El rumor llegó a oídos de Ago Vespucci, pero, bondadoso como era, no se lo repitió a su amigo. Por tanto, Niccoló esperó respuesta durante muchos meses. Cuando quedó claro que no recibiría respuesta alguna, Il Machia entró en una decadencia aun más pronunciada. En cuanto al opúsculo, lo apartó y no lo dio a publicar en toda su vida.
En la primavera de 1519, Lorenzo inició su maniobra. Mandó a Argalia en persecución de los franceses a Lombardía, donde el Turco de Florencia entabló combate con las tropas de Francisco I en distintas zonas de la provincia de Bergamo. En ausencia de Argalia, Lorenzo organizó unas magníficas justas en la Piazza di Santa Croce, acontecimiento concebido a imagen de las justas en honor de Simonetta Vespucci, en las que el primer Juliano de Médicis había portado un estandarte ensalzando la belleza de la sans pareille. Qara Kóz fue invitada a ocupar el lugar de honor en el estrado real, bajo un baldaquín azul decorado con lirios de oro, y Lorenzo cabalgó hasta ella y desplegó un nuevo estandarte, este con el retrato de Qara Kóz pintado por Del Sarto; pero el texto era el mismo: La sans pareille.
–Dedico estos faustos a la reina de la belleza de nuestra ciudad, Angelica de Florencia y Cathay -proclamó Lorenzo.
Qara Kóz permaneció impasible, negándose a lanzarle un pañuelo o
cualquier cosa por el estilo para que él la luciese como prenda, y el subido color en las mejillas del duque delató su ira, fruto de la humillación.
Participaban unos dieciséis justadores, soldados que se habían quedado para proteger la ciudad, y los premios eran dos, un palio de brocado de oro y otro de plata. El duque no entró en liza, sino que fue a sentarse al lado de Qara Kóz y no le dirigió la palabra hasta después de asignarse los premios.
Concluidos los juegos, se celebró un banquete en el palacio de los Médicis, donde se sirvió zuppa pavese para beber, y faisanes de Chiavenna, y perdices toscanas, y ostras de Venecia. Se sirvió pasta hecha a la manera árabe, con mucho azúcar y canela, y se evitaron todos los platos a base de carne de cerdo, tales como los fagiolí con cortezas de cerdo, por consideración a las sensibilidades de la invitada de honor. Se sirvió dulce de membrillo de Reggio, mazapán de Siena y unos buenos caci marzolini de Florencia, es decir, queso de marzo. Grandes montañas de tomates creaban la más exquisita de las decoraciones de mesa. Después del festín, poetas e intelectuales pronunciaron alocuciones sobre el tema del amor, igual que en el banquete de Agatón, que quedó registrado en El simposio de Platón.
Lorenzo puso fin a esta parte de las celebraciones recitando cierta selección de fragmentos del propio Simposio.
–A causa del amor, los hombres osarán morir por sus amadas, solo a causa del amor -declamó-, y las mujeres en igual medida que los hombres.
De esto, Alcestis, hija de Pelias, es un monumento a toda Hélade, pues ella estuvo dispuesta a morir en lugar de su marido cuando nadie más lo habría hecho.
Cuando se sentó ruidosamente, Qara Kóz le preguntó el motivo de su elección. – ¿Por qué hablar de la muerte cuando estamos en medio de una vida placentera?
Lorenzo la sobresaltó dirigiéndose a ella en los términos más ásperos posibles. Había bebido copiosamente, y tenía fama de aguantar mal el vino.
–La muerte, señora, nunca está tan lejos como imagináis. ¿Y quién sabe qué
se os exigirá a corto plazo?
Ella se quedó muy quieta y callada, comprendiendo que su destino estaba a punto de hablarle por mediación del joven grosero que tenía por anfitrión.
–Antes de morir una flor, se desvanece su perfume. Y vuestro aroma, señora, se ha desvanecido notablemente, ¿o no es así? – No era una pregunta-. Ya no se habla de la música celestial que suena en vuestras inmediaciones, ni de las curaciones extraordinarias, ni de los embarazos prodigiosos en vientres estériles. Ni siquiera nuestros ciudadanos más crédulos, ni siquiera los famélicos que comen pan sazonado con hierbas que causan alucinaciones solo para dejar de pensar en el hambre, ni siquiera los mendigos que se alimentan de comida putrefacta y plantas venenosas tan a menudo que ven demonios todas las noche, hablan ya de vuestros poderes mágicos. ¿Dónde están ahora vuestros sortilegios, señora? ¿Dónde están ahora esos perfumes embriagadores que insuflaron pensamientos amorosos en la mente de todos los hombres? Por lo visto, incluso los hechizos de la mujer más hermosa pueden desvanecerse con… ¿cómo decirlo?… con la edad.
Qara Kóz tenía entonces veintiocho años, pero padecía un agotamiento que había apagado su luz, y también una tensión por razones íntimas que Lorenzo identificó acertada y brutalmente.
–Incluso en casa -susurró con tono teatral- las cosas pueden haber menguado, eh. Seis años juntos en Florencia y unos cuantos antes, y sin embargo no tenéis hijos. La gente empieza a preguntarse si no seréis vos misma estéril. Curaos vos misma, médico.
Qara Kóz hizo ademán de levantarse. Lorenzo II la agarró de la muñeca, inmovilizándosela en el brazo de la silla. – ¿Cuánto tiempo os protegerá vuestro protector si no le dais un hijo? – preguntó-. Y eso si es que vuelve de las guerras.
En ese momento Qara Kóz comprendió que se había maquinado una traición, que algún individuo o grupo bajo el mando de Argalia había
accedido a traicionarlo a cambio de una prerrogativa, que a su vez podía convertirse en una cuchillada secreta en las costillas o una ejecución pública. Una traición a menudo merecía otra.
–Nunca lo mataréis mientras esté rodeado de sus hombres -dijo con un hilo de voz, y entonces se alzó ante su mirada, como una profecía, el rostro de Konstantin el Serbio-. ¿Qué le habéis prometido para que después de tantos años de amistad acceda a acto tan vil?
Lorenzo se inclinó para susurrarle al oído.
–Todo lo que pueda imaginar -contestó cruelmente.
Así que ella había sido el soborno, y Konstantin, que la había vigilado tan de cerca durante tanto tiempo, se había dejado corromper por esa proximidad hasta anhelar una cercanía más íntima, y allí estaba. Ella era la condena de Argalia.
–No lo hará.
Lorenzo le apretó la muñeca aún con más fuerza.
–Aunque lo haga, princesa, no es necesario que reciba su recompensa.
Sí, Qara Kóz lo comprendió. Ese era, pues, su destino.
–Supongamos que los hombres vuelven de la batalla con su comandante muerto sobre su escudo -musitaba el hombre a su lado-. Una tragedia horrenda, desde luego, un entierro entre los héroes de la ciudad y un mes de duelo como mínimo. Pero supongamos que en el momento de su regreso, os hayamos trasladado a vos y a vuestra dama de compañía y todas vuestras pertenencias de la Via Porta Rossa a la Via Larga. Supongamos que estuvierais aquí, como huésped mía, buscando consuelo en vuestro momento de profunda aflicción. Imaginad lo que yo haría al cobarde que asesinó al campeón de Florencia, vuestro amado, mi amigo. Podríais describirme las torturas que prefirieseis utilizar, y yo os garantizaría que se
lo mantendría con vida hasta que las hubiese experimentado todas plenamente.
Empezó a sonar la música. Ahora tocaba el baile. Ella tenía que bailar una pavana con el asesino de sus esperanzas.
–Debo pensar -dijo, y Lorenzo inclinó la cabeza.
–Naturalmente, pero pensad deprisa, y antes de pensar, os llevarán a mis aposentos privados esta noche, para que entendáis en qué tenéis que pensar.
Ella dejó de bailar y se quedó inmóvil frente a él.
–Señora, por favor -la reprendió Lorenzo, tendiéndole las manos hasta que volvió a moverse al compás-. Sois una princesa de la sangre real de la casa de Tamerlán y Gengis Kan. Sabéis cómo son las cosas.
Esa noche Qara Kóz volvió a casa con Espejo después de demostrar que, en efecto, comprendía cómo eran las cosas.
–Angelica, lo que tenía que hacerse se ha hecho.
–Ahora, Angelica, preparémonos para morir -contestó Espejo.
Esta era la frase en clave que la princesa y ella habían acordado mucho tiempo antes, y significaba que había llegado el momento de dar el siguiente paso, de despojarse de una vida y buscar la siguiente, utilizar el plan de huida y desaparecer. Para poner el plan en marcha, Espejo, envuelta en una capa larga con capucha, tendría que escabullirse por la entrada de mercaderes después de dormirse la ciudad y recorrer el estrecho callejón que discurría por detrás del Palazzo Cocchi del Nero, y luego atravesar el laberinto de calles de la ciudad hasta el barrio de Ognissanti, y plantarse ante la puerta de Ago Vespucci. Pero, para su sorpresa, Qara Kóz negó con la cabeza.
–No nos marcharemos. Hasta que mi marido vuelva a casa vivo.
No tenía poder sobre la vida y la muerte, y en lugar de eso contaba con un poder en el que no había confiado hasta entonces: el del amor.
***
Al día siguiente el río se había secado. Por la ciudad corrió la noticia de que Lorenzo de Médicis estaba mortalmente enfermo, y aunque nadie lo dijo en voz alta, todo el mundo sabía que la enfermedad era el terrible morbo gallico, o lo que es lo mismo, la sífilis. La falta de agua en el Amo se vio como un mal augurio. Los médicos de Lorenzo lo atendían las veinticuatro horas, pero habían muerto tantos florentinos de esa enfermedad desde que empezó a propagarse por Italia veintitrés años antes que pocos esperaban que el duque sobreviviera. Como de costumbre, media ciudad achacaba la enfermedad a los soldados franceses, mientras la otra media sostenía que la habían traído los marinos de Cristobal Colón de sus viajes, pero a Qara Kóz no le interesaban esas habladurías. «Esto ha sucedido antes de lo que me esperaba -dijo a Espejo-, y por tanto es solo cuestión de tiempo que las sospechas recaigan sobre mí.» Este comentario habría extrañado a mucha gente, porque Qara Kóz no era sifilítica, como habría demostrado un examen médico, ni contrajo la sífilis en fecha posterior. Pero el hecho fue que tampoco había sospechado nadie que Lorenzo II se hubiese contagiado, por lo que la repentina aparición de la enfermedad fue aún más inexplicable. Y el caso era, pues, digno de sospecha, y en casos así, había que buscar a un sospechoso, o al menos un chivo expiatorio. A saber cuál habría sido el desenlace si Argalia el Turco no hubiese vuelto vivo.
La noche anterior a su regreso, Qara Kóz durmió mal, pero cuando por fin la venció el sueño, soñó con su hermana. Sentada en una alfombra azul con una orla roja y dorada y un rombo rojo y dorado en el centro, en un gran pabellón de tela roja y dorada, Janzada Begum miraba a un hombre a quien
no reconocía, ataviado con ropa de seda de color crema, amén de un mantón rosa y verde sobre los hombros, y tocado con un turbante azul celeste y blanco con un poco de oro. Soy tu hermano Babur, dijo el desconocido. Ella lo miró a la cara pero su hermano no estaba allí. No lo creo, dijo. El hombre se volvió hacia un segundo hombre sentado a un lado, muy cerca de él.
Kukultash, dijo, ¿quién soy? Mi señor, dijo el segundo hombre, sois Zahiruddin Muhammad Babur, tan seguro como que estamos en Qunduz.
Janzada Begum contestó, ¿por qué habría de creerle a él más que a vos? Yo no conozco a ningún Kukultash. Los hermanos siguieron sentados en ese pabellón, ella atendida por sus doncellas, él protegido por soldados con lanzas y arcos. No había la menor muestra de emoción. La dama no conocía a su hermano. Hacía diez años que no lo veía. Qara Kóz entendió incluso mientras soñaba que ella era todas las personas del sueño. Era su hermana que, tras ser apartada de su familia, no encontraba los caminos de la memoria y el amor que le permitirían regresar.
Era su hermano Babur, fiero y patético a la vez, capaz de decapitar a hombres y ensalzar la belleza de un claro en un bosque en la misma tarde, pero sin reino, ni territorio que considerara suyo, vagando aún por el mundo, combatiendo por un espacio, ocupando lugares, perdiéndolos, tan pronto entrando triunfalmente ora en Samarcanda, ora en Kandahar, como viéndose expulsado de una y de otra; Babur corriendo, corriendo, buscando una tierra sobre la que detenerse. Y era Kukultash, el amigo de Babur, y las damas de compañía, y los soldados; salía flotando de sí misma y contemplaba su propia historia como si le ocurriese a otra persona, sin sentir nada, sin permitirse sentir. Era a la vez su espejo y ella misma.
Entonces el sueño cambió. Las marquesinas y las cúpulas del pabellón se endurecieron y convirtieron en piedra roja. Lo que era transitorio, portátil, mudable de pronto se volvió permanente y fijo. Un palacio de piedra en un monte y su hermano Babur relajándose en un estrado de piedra en el centro de un estanque rectangular, un estanque hermoso, un estanque sin par. Era tan rico que cuando se sentía generoso podía vaciar el estanque y llenarlo de dinero y permitir a su pueblo acercarse y servirse de su prodigalidad a manos llenas.
Era rico, y estaba en calma, y no solo tenía un estanque, sino un reino. Pero no era Babur, no era su hermano. No lo reconocía. No sabía quién era ese hombre.
–He visto el futuro, Angelica -dijo a Espejo cuando despertó-. El futuro está labrado en piedra, y el descendiente de mi hermano es un emperador sin parangón. Somos agua, podemos convertirnos en aire y desvanecernos como el humo, pero el futuro es riqueza y piedra.
Aguardaría a que llegase el futuro. Entonces regresaría a su antigua vida, se reincorporaría a ella, y volvería a ser un todo. Actuaría mejor que Janzada.
Ella sí reconocería al rey.
En el sueño había una mujer, vista desde detrás, una mujer de cabello largo y amarillo, suelto sobre los hombros, sentada frente al rey, hablando, envuelta en una prenda larga confeccionada con rombos de muchos colores distintos. Y otra mujer en un espacio interior, una mujer que nunca había visto la luz del sol, que erraba por los pasillos del palacio como una sombra, ahora desdibujándose, ahora cobrando forma con nitidez, ahora desdibujándose otra vez. Esta parte del sueño no estaba clara.
***
Qara Kóz sabía reprimir las emociones. Desde el momento en que la condujeron a los aposentos privados de Lorenzo II no se había permitido sentimiento alguno. Él había hecho lo que se proponía y también ella había llevado a cabo sus intenciones, a sangre fría. Después de regresar al Palazzo Cocchi del Nero conservó la calma y la serenidad. Apresuradamente, Espejo llenaba un par de cassoni, los grandes baúles en los que por lo general las mujeres guardaban su ajuar, preparándose para una marcha precipitada, aun cuando su señora tuviese la firme determinación de
quedarse. Qara Kóz aguardó junto a la ventana abierta del grand salon, dejando que las murmuraciones de la ciudad le llegasen arrastradas por la brisa. No tardó en oír la palabra que, como sabía, acabaría pronunciándose, la palabra por la que sería peligroso quedarse. Aun así, no hizo el menor intento de marcharse.
«Bruja. Lo ha hechizado. Se acostó con la bruja y enfermó y murió.
Antes no estaba enfermo. Brujería. Le contagió la enfermedad del diablo.
Bruja, bruja, bruja.»
Lorenzo II ya había muerto cuando la milicia regresó victoriosa de Cisano Bergamasco, marchando en orden pese a la consternación causada en las filas por el atentado de Konstantin el Serbio contra la vida del general Argalia, el gran condottiere, en el fragor de la batalla. Junto con seis de sus jenízaros, armado de mosquetes de serpentín, picas y espadas, Konstantin atacó cobardemente la posición del general desde la retaguardia. La primera bala alcanzó a Argalia en el hombro y lo desarzonó, salvándole accidentalmente la vida, porque el capitán caído quedó rodeado de caballos y fuera del alcance de los insurrectos. Los tres gigantes suizos restantes dieron la espalda al enemigo en el frente para enfrentarse a los traidores, detrás de ellos, y después de un extenuante combate cuerpo a cuerpo, sofocaron la sublevación.
Konstantin el Serbio estaba muerto, con el corazón traspasado por una pica suiza, pero también Botho había caído. Al anochecer, la batalla contra los franceses se había ganado, pero Argalia no obtuvo el menor placer en la victoria. De su banda original, quedaban con vida menos de setenta hombres.
Cuando se acercaban a la ciudad, vieron elevarse llamas por doquier, corno el día de la elección del Papa, y Argalia envió por delante a un jinete al galope para averiguar qué ocurría. El batidor regresó con la noticia de que el duque había muerto y los ciudadanos, sin nadie al frente, tendían a culpar
a Qara Kóz de haberle hecho un maleficio de tal potencia que había devorado su cuerpo como un animal hambriento, empezando por los genitales y propagándose de ahí hacia fuera. Argalia ordenó a Otho, uno de los dos hermanos suizos restantes, ambos desolados, que condujera a la milicia de regreso a los barracones a paso ligero. Rodeándose de Clotho y el resto de los jenízaros, e indiferente al brazo derecho herido en cabestrillo, galopó a casa empujado por el viento. Porque sin duda esa noche soplaba el viento, y vieron olivos arrancados de raíz, y robles tumbados corno si fuesen arbustos, castaños, cerezos y alisos, de modo tal que mientras cabalgaban parecía que un bosque volaba por el aire con ellos; y cuando se aproximaron a la ciudad, oyeron un gran tumulto, grande corno solo los florentinos eran capaces de hacerlo. Sin embargo, aquel no era un tumulto de júbilo. Era como si todos los hombres de la ciudad se hubiesen convertido en lobos y aullasen a la luna.
***
Qué corta distancia de «hechicera» a «bruja». Apenas ayer era la santa patrona no oficial de la ciudad. Ahora había una turbamulta ante su puerta.
–La puerta de atrás sigue abierta, Angelica -dijo Espejo.
–Angelica, esperaremos.
Sentada en una silla de respaldo recto junto a una ventana en el grand salon, miraba oblicuamente, viendo sin ser vista. La invisibilidad era su destino.
Conservaba la calma. De pronto oyó los cascos de los caballos y se puso en pie.
–Aquí está.
Y allí estaba.
Frente al palacio Cocchi del Nero, la Via Porta Rossa se ensanchaba para formar una pequeña plaza en torno a la que también se alzaban el palacio de los Davizzi y las torres de los Foresi. Argalia y los jenízaros, camino de la plaza, vieron entorpecida su marcha por la creciente muchedumbre de cazadores de brujas. Pero su determinación era firme, e iban fuertemente armados, y el gentío les abrió paso. Cuando llegaron ante la fachada del palacio, los jenízaros despejaron un espacio, y cuando se aseguraron de que no había peligro, se abrieron las puertas. En la multitud se elevó una voz: -
¿Por qué protegéis a la bruja?
Argalia no le prestó atención. Acto seguido, la misma voz gritó: -¿A quién servís, condottiere, al pueblo o a vuestra propia lujuria? ¿Servís a la ciudad y su duque aojado, o estáis sometido a la arpía que lo aojó?
Argalia revolvió su caballo para colocarse de cara a la multitud.
–La sirvo a ella, como siempre la he servido y siempre la serviré.
Luego, acompañado de unos treinta hombres, penetró en el patio interior, dejando fuera a Clotho al mando de las operaciones. Los jinetes se detuvieron en torno al pozo en el centro del patio, y el palacio silencioso se llenó de ruidos, los relinchos de los animales, el traqueteo de las armas y el vocerío de los hombres al cruzar órdenes y respuestas. Los sirvientes de la casa se apresuraron a salir para ofrecer alimento y bebida a los jinetes y sus monturas. Y Qara Kóz, como una mujer al despertar, comprendió de repente el peligro que corría. Se detuvo en lo alto de la escalera que subía desde el patio y Argalia se detuvo al pie, mirándola. Tenía la piel blanca como la muerte.
–Sabía que vivías -dijo ella. No mencionó su brazo herido.
–Y tú debes vivir también. La multitud es cada vez más numerosa.
Nada dijo del dolor de la herida en su brazo derecho, ni de la llama que irradiaba y se extendía por todo su cuerpo. Nada dijo de los latidos acelerados de su corazón cuando la miró. Le faltaba el aliento después de la larga cabalgada. Tenía la pálida piel caliente al tacto. No empleó la palabra
«amor».
Por última vez en la vida se preguntó si había malgastado su amor en una mujer que solo daba su amor hasta que llegaba el momento de retirarlo.
Apartó el pensamiento de su cabeza. Había entregado su corazón esta única vez en la vida y se consideraba afortunado de haber tenido ocasión de hacerlo. La cuestión de si ella era digna de su amor carecía de sentido. Su corazón había contestado a esa pregunta hacía mucho tiempo.
–Me protegerás -dijo ella.
–Con la vida -contestó él. Había empezado a temblar un poco. Al caer en el campo de batalla de Cisano Bergamasco, al dolor por la traición de Konstantin el Serbio siguió de inmediato la toma de conciencia de su propia necedad. Se había visto sorprendido exactamente de la misma manera que él había sorprendido al sha Ismail de Persia en la batalla de Chaldirán. El espadachín siempre caería ante el hombre provisto de un arma de fuego. En la era del mosquete de serpentín y del cañón ligero y de rápida movilidad, no había cabida para los caballeros con armadura. Él era una figura del pasado.
Había merecido esa bala como lo viejo merece ser aniquilado por lo nuevo.
Sintió un ligero mareo.
–No podía marcharme -dijo ella. Había un tono de sorpresa en su voz, como si hubiese descubierto algo extraordinario sobre sí misma.
–Debes marcharte ya -instó él con la respiración un tanto entrecortada. No avanzaron el uno hacia el otro. No se abrazaron. Ella se fue en busca de Espejo.
–Ahora, Angelica, preparémonos para morir.
***
La noche era una hoguera. Las llamas se elevaban por doquier hacia el cielo resplandeciente. La luna llena, suspendida a baja altura en el horizonte, se veía enorme, teñida de rojo. Parecía el ojo frío y demente de Dios. El duque había muerto y reinaban los rumores. Según dichos rumores, el papa había condenado a «Angelica» calificándola de ramera asesina y mandaba a un cardenal a asumir el mando de la ciudad y ocuparse de su bruja desaforada.
El recuerdo de la quema en la hoguera de los tres Plañideros principales, Girolamo Savonarola, Domenico Buonvicini y Silvestro Maruffi, en la Piazza della Signoria no se había borrado, y había quienes anhelaban el hedor de la carne femenina incandescente. Pero la impaciencia es propia de la turba. A medianoche, la muchedumbre se había quizá triplicado, y su talante se había vuelto más virulento. Lanzaron piedras al palacio Cocchi del Nero. La falange de jenízaros bajo las órdenes de Clotho el Suizo defendía aún la entrada, pero incluso los jenízaros se cansan, y algunos no se habían recuperado todavía de sus heridas. Luego, ya de madrugada, mientras la multitud clamaba, llegó una mala nueva fatídica. La milicia florentina, inducida por la noticia infundada del decreto papal contra la bruja Angelica, se había alzado para unirse a la masa enardecida y marchaba, completamente armada, hacia la Via Porta Rossa.
Cuando Clotho se enteró, supo que sus tres hermanos habían muerto, y decidió que estaba preparado para el final.
–Por los suizos -gritó, y arremetió contra la muchedumbre con todas sus fuerzas, blandiendo una espada en una mano y un mangual en la otra.
Sus compañeros jenízaros lo miraron atónitos, porque lo más dañino que
llevaban los hombres de la multitud eran palos y piedras, pero fue imposible detener a Clotho. La nebulosa homicida se había adueñado de él. La gente caía bajo los cascos de su caballo y moría pisoteada. La muchedumbre se conmocionó de miedo y rabia, y al principio todos retrocedieron ante el gigante albino enloquecido a caballo. De pronto, se produjo una extraña circunstancia, una circunstancia de esas que determinan el destino de las naciones, porque cuando una multitud pierde el miedo a un ejército, el mundo cambia.
Súbitamente, el gentío dejó de retroceder, y justo entonces Clotho, a lomos de su caballo con la espada en alto para golpear, supo que estaba perdido.
«Jenízaros, a mí!», gritó, y entonces la multitud se abalanzó sobre ellos como un aluvión, millares y millares de voces que se alzaban y manos que agarraban y puños que golpeaban, una lluvia de piedras cayó sobre los soldados, y los hombres saltaron sobre ellos como gatos, derribándolos de las monturas, muriendo bajo las hirientes armas de los guerreros, y aun así, avanzando, clavando las uñas, arrastrando, aferrando, tirando, hasta que todos los soldados estuvieron desarzonados, y todavía entonces siguieron adelante las firmes pisadas de la gente, la fuerza arrolladora de la turba crecida y creciéndose, y el mundo entero era sangre.
Incluso antes de llegar la milicia y apartarse la muchedumbre como el mar para permitir el paso de los hombres armados, los jenízaros frente al Palazzo Cocchi del Nero habían dejado de existir, y con las hachas arrebatadas a los guerreros caídos, la multitud atacaba las tres grandes puertas de madera del palacio. En el patio detrás de esas puertas, Argalia el Turco y los soldados que le quedaban, montados en sus caballos y con armadura de combate completa, se habían preparado para su última defensa.
«La mayor deshonra es morir a manos de hombres a quienes uno ha capitaneado en la guerra -pensó Argalia-, pero al menos mis más antiguos compañeros morirán conmigo, y en eso hay honor.» Entonces las cuestiones del honor y la vergüenza desaparecieron de su mente, porque Qara Kóz se marchaba, y había llegado el momento de pronunciar las últimas palabras.
–Es una suerte que la turba sea tan estúpida -dijo ella-, de lo contrario, Ago
y Espejo no habrían podido llegar a la puerta trasera por el callejón. Es una suerte que escuchase el consejo de tu amigo Niccoló, o no habría plan, y no habría nadie fuera con toneles de vino vacíos para escondernos ni una carreta ni caballos descansados para sacarnos de aquí.
–En un origen eran tres amigos, Niccoló il Machia, Agostino Vespucci y Antonino Argalia. Y también al final eran tres. Il Machia tendrá caballos más rápidos aguardándoos. Id.
La fiebre ya se había apoderado de él, y el dolor de la herida era extremo.
Había empezado a temblar. El final no llegaría despacio. Le sería difícil permanecer mucho tiempo más en la montura.
Ella guardó silencio por un momento.
–Te amo -dijo ella. «Muere por mí.»
–Y yo a ti -contestó él. «Ya estoy muriendo, pero moriré por ti.»
–Te he amado como a ningún otro hombre -dijo ella. «Muere por mí.»
–Has sido el amor de mi vida -repuso él. «Casi se me ha ido ya la vida, pero lo que queda te lo entrego a ti.»
–Permite que me quede -dijo ella-. Entrégame. Así terminará todo.
Una vez más, en su voz, el tono de sorpresa por lo que se permitía decir, ofrecer, sentir.
–Ahora ya es tarde para eso.
La última lucha de los Invencibles de Florencia, su derrota y destrucción definitivas en los disturbios de la Via Porta Rossa, se produjo en el patio de lo que más tarde se conocería como el Palacio Ensangrentado. Para cuando terminó la contienda, la bruja y su ayudante se habían ido hacía rato, y
cuando el pueblo de Florencia descubrió su huida, su cólera pareció evaporarse, y como hombres que despertaban de una pesadilla, perdieron su sed de sangre.
«Volvieron en sí», y ya no eran una turbamulta, sino un conjunto de entidades independientes y soberanas, y todas ellas regresaron a sus casas farfullando, aparentemente avergonzadas y arrepentidas de tener las manos manchadas de sangre. «Si ha huido -dijo alguien-, adiós muy buenas.» No intentaron perseguirla. Solo sentían vergüenza. Cuando el regente del Papa llegó a Florencia, el Palazzo Cocchi del Nero se cerró a cal y canto, y se precintó con el sello de la ciudad, y nadie vivió allí durante más de cien años. Y cuando Argalia el Turco hubo caído, perdiendo el conocimiento a causa de la septicemia que invadía su cuerpo, cuando la pica innoble de un hombre de la milicia le hubo traspasado el cuello mientras yacía moribundo por la infección, la era de los grandes condottieri tocó a su fin.
Y el río Arno, como si estuviese bajo la maldición de una bruja, se secó durante un año y un día.
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–No tuvo ningún hijo -observó el emperador-. ¿Qué decís a eso? – Hay más
-contestó el otro.
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Niccoló vio a Ago a lo lejos al romper el alba, Ago a las riendas de la carreta con los dos toneles de vino detrás, y abandonó su plan de cazar tordos, dejó las jaulas y fue a preparar él mismo los caballos. No podía permitirse el lujo de regalar dos caballos, pero lo haría a pesar de todo, y sin lamentarlo.
Quizá sería así como lo recordasen, como el hombre que ayudó a huir de sus perseguidores a la Señora del Mogor, la princesa de sangre real de la casa de Tamerlán y Gengis Kan, la antigua hechicera de Florencia. A voces, ordenó a su mujer, en el piso de arriba, que prepararse comida y vino de inmediato, y que pusiese más de lo que podía comerse en un día; y ella, al percibir el tono de crisis en la voz de su marido, saltó de la cama e hizo lo que le pedía sin rechistar, pese a que no era agradable que la despertasen a una de un sueño anormalmente profundo y le diesen órdenes sin ningún miramiento. Entonces Ago se acercó ruidosamente hasta la casa de los Machiavelli, sin aliento, asustado. No lo acompañaba Argalia. En silencio, Il Machia interrogó con las cejas a Ago Vespucci, que se deslizó un dedo por la garganta, y acto seguido rompió a llorar de miedo, emoción y dolor.
–Abre los toneles, por el amor de Dios -dijo Marietta Corsini al salir por la puerta-. Deben de estar ahí dentro medio muertas por las magulladuras.
Ago había puesto cojines y almohadones dentro de los toneles y colocado portezuelas con bisagras en los costados, y abierto pequeños respiraderos, pero, a pesar de sus esfuerzos, las dos mujeres salieron de sus escondrijos en mal estado, rojas, jadeantes y laceradas. Aceptaron agua agradecidas, pero rehusaron alimento por los efectos del viaje en sus estómagos. Acto seguido, sin más ceremonias, pidieron una habitación donde cambiarse, y Marietta las acompañó a la alcoba principal. Espejo siguió a Qara Kóz, cargada con una pequeña bolsa, y cuando las dos mujeres salieron media hora después, eran hombres, vestidos con casacas -roja y dorada para Qara Kóz, verde y blanca para Espejo-, correas en torno a la cintura, y calzas de lana para montar, y botas de gamuza. Se habían cortado el pelo y se lo habían remetido bajo ceñidos casquetes. Marietta respiró hondo al ver sus piernas con las ceñidas calzas, pero no dijo nada. «¿No comeréis algo antes
de marchar?», preguntó, pero ellas no quisieron. Le dieron las gracias por el morral con pan, queso y fiambres que les había preparado. Luego salieron de la casa y encontraron a Il Machia y Ago esperando. Ago seguía sentado en su carreta.
Los toneles ya no estaban allí, pero sí los baúles con las pertenencias de las damas, y un talego, que contenía la ropa de Ago y todo el dinero que había podido reunir, incluidos unos pagarés.
–Conseguiré más cuando lleguemos a Génova. Tengo mis cheques. – Miró a Qara Kóz a los ojos-. Vos, señoras, no podéis viajar solas.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
–Así -preguntó-, sin previo aviso, cuando se os pide ayuda, y viendo nuestra apurada situación, ¿estáis dispuesto a abandonar vuestra casa, vuestro trabajo, vuestra vida, y huir con nosotras hacia un futuro incierto, salir de un peligro y, quién sabe, meterse en muchos otros?
Ago Vespucci asintió.
–Sí, lo estoy.
Ella se acercó a él y le cogió las manos.
–En ese caso, señor, ahora somos vuestras.
Il Machia se despidió de su viejo compañero.
–En un origen eran tres amigos -dijo-, Antonino Argalia, Niccoló il Machia y Ago Vespucci. A dos de los tres les gustaba viajar, al tercero le gustaba quedarse en casa. Ahora, de los dos viajeros, uno se ha ido para siempre, y el otro está inmovilizado. Mis horizontes se han encogido y solo me quedan por escribir desenlaces. Y eres tú, mi querido Ago, tú, el hogareño, quien parte en busca de un nuevo mundo. – A continuación, alargó la mano y puso tres sueldos en la palma de Ago-. Te los debía.