La encantadora de Florencia
Capítulo 17
el saco de tordos muertos se le cayó de la mano-. Creo que acabo de redescubrir el sentido de la vida humana.
17
EL DUQUE HABÍA CERRADO SU
PALACIO
A CAL Y CANTO
El duque había cerrado su palacio a cal y canto, temeroso de una invasión de la turbamulta, porque esos días, después de la elección del primer papa Médicis en la historia, se había adueñado de la ciudad una euforia rayana en la violencia. «La gente enloqueció -contó Argalia a Il Machia después-, independientemente de la edad y el sexo.» Las campanas de las iglesias tocaban a gloria con un tañido incesante y ensordecedor, y las hogueras amenazaban barrios enteros de la ciudad. «En el Mercato Nuovo -informó Argalia-, jóvenes petimetres arrancaban paneles y tablones de las sederías y los bancos.
Cuando las autoridades intervinieron para impedirlo, incluso el tejado del gremio de comerciantes de paños, la antigua Calimala, había sido destruido para usarlo como leña. Ardían hogueras, me contaron, en lo alto del campanario de Santa Maria Fiore. Este delirio se prolongó durante tres días.»
El ruido y el humo sofocaban las calles. Había gente jodiendo y sodomizándose en todos los callejones y a nadie le importaba un ardite.
Cada noche, un carro de la victoria enguirnaldado, tirado por bueyes, iba desde los jardines de los Médicis en la Piazza San Marco hasta el palacio de los Médicis en la Via Larga. Fuera del palacio cerrado, la ciudadanía entonaba cantos de encomio al papa León X y luego prendía fuego al carro y las flores. Desde las ventanas del piso superior del palacio de los Médicis, los nuevos soberanos arrojaron obsequios a la multitud, quizá unos diez mil ducados de oro y doce piezas de hilo de plata que los florentinos trocearon.
En las calles de la ciudad había toneles de vino y cestas de pan, a la libre disposición de todos. Se indultó a los presos, y las rameras se enriquecieron, y los varones recién nacidos recibieron los nombres de Juliano y su sobrino Lorenzo, o el de Juan, que se había convertido en León, y las niñas fueron bautizadas Laudamía o Semíramis por las grandes mujeres de la familia.
En un momento así era imposible entrar en la ciudad con cien hombres armados y solicitar audiencia con el duque Juliano. El sibaritismo y los incendiarios dominaban las calles. En la puerta de la ciudad, Argalia enseñó sus papeles a los centinelas y descubrió con alivio que tenían aviso de su llegada.
«Sí, el duque os recibirá -dijeron-, pero, como comprenderéis, no ahora mismo.» La fuerza de jenízaros acampó al pie de las murallas hasta el cuarto día, cuando la celebración florentina por el Papa finalmente perdió fuelle. Ni siquiera entonces se permitió a Argalia entrar en la ciudad. «Al anochecer -dijo el capitán de la guardia-, debéis esperar a un noble visitante.»
Argalia sabía hacer el amor como una mujer y sabía matar a hombres como un hombre, pero nunca se había enfrentado a un duque Médicis con toda su pompa. Aun así, cuando esa noche Juliano de Médicis entró a caballo en su campamento, encapuchado para mantener el anonimato, Argalia comprendió de inmediato que el nuevo soberano de Florencia era un pelele, y también lo era aquel joven sobrino suyo, que cabalgaba a su lado. Se sabía que el papa León era un hombre de gran presencia, un Médicis de la vieja escuela, heredero de la autoridad de Lorenzo el Magnífico, su padre.
¡Qué preocupado debió de quedar al dejar Florencia en manos de esos otros mediocres! Ningún auténtico duque de Médicis habría salido a hurtadillas
como un ladrón de su propia ciudad solo para reunirse con un posible empleado. El hecho de que el duque Juliano hubiese decidido hacerlo era prueba de que necesitaba a un hombre fuerte a su lado para darle aplomo.
Un militar. Un general de los tulipanes que defendiera la Ciudad de las Flores. Indudablemente había allí un puesto vacante.
En su tienda, Argalia examinó a los nobles a la vacilante luz amarilla del candil. Este descendiente menor de Lorenzo de Médicis, el duque Juliano, contaba alrededor de treinta y cinco años, tenía un rostro alargado y triste, y parecía mal de salud. No llegaría a viejo. Sin duda era aficionado a la literatura y el arte. Sin duda era un hombre de cultura e ingenio. Un lastre, pues, a la hora del conflicto. Más valdría que se quedara en casa y dejara la batalla a quienes eran aptos para combatir, a aquellos para quienes combatir era su cultura, matar su arte. El sobrino, otro Lorenzo, era de tez morena, semblante fiero y actitud arrogante; uno más del millar de fanfarrones florentinos en torno a los veinte años, decidió Argalia. Un muchacho, rebosante de sexo y de sí mismo.
No un hombre en quien se pudiera confiar ni remotamente.
Argalia había preparado su argumentación. Al final de sus largos viajes, diría, había llegado a la siguiente conclusión: que Florencia estaba en todas partes y todas partes estaban en Florencia. En todas partes, en todo el mundo, había príncipes omnipotentes, Médicis que mandaban porque siempre habían mandado, y que podían convertir en verdad aquello que quisieran con un simple decreto. Y también había en todas partes Plañideros (Argalia no estaba en Florencia en la época de los Plañideros, pero las noticias del monje Savonarola y sus seguidores habían llegado lejos), Plañideros que querían mandar porque tenían la certidumbre de que una Instancia Superior les había mostrado cuál era la auténtica verdad. Y en todas partes había también personas que se creían que mandaban cuando en realidad no era así, y este último grupo era tan numeroso que casi podía considerarse una clase social, la clase de los Machias, quizá, de los sirvientes que se creían amos hasta que se les mostraba la amarga verdad.
Esta clase no era digna de confianza, y las mayores amenazas para el príncipe procedían invariablemente de ella. El príncipe, pues, debía
asegurarse de su capacidad tanto para sofocar los alzamientos de los servidores como para imponerse a los ejércitos extranjeros, para detener tanto las agresiones del enemigo interior como los ataques del exterior. En todas partes sobre la faz de la tierra un Estado que deseara sobrevivir a estas dos amenazas necesitaba a un poderoso caudillo. Y él, Argalia, representaba perfectamente la unión de Florencia con el resto de la creación, porque era ese caudillo necesario, capaz de garantizar la calma y la seguridad de su propia ciudad, como había hecho en otras ciudades, al servicio de otros amos en tierras lejanas.
Los Médicis habían vuelto al poder pocos meses antes con la ayuda de mercenarios españoles, «moros blancos», bajo el mando de un tal general Cardona. En los aledaños de la hermosa ciudad de Prato, se habían enfrentado a la milicia florentina, el orgullo de Il Machia, que en realidad era superior en número pero inferior en valentía y calidad de mando. La milicia florentina rompió filas y huyó, y la ciudad cayó el primer día, después de tan solo un amago de lucha. A continuación, los «moros blancos» saquearon la ciudad con tal brutalidad que Florencia, aterrorizada, desmanteló su república, postrándose de rodillas e invitando a volver a los Médicis. El saqueo de Prato siguió y siguió, durante tres semanas. Murieron cuatro mil hombres, mujeres y niños, quemados, violados, cortados por la mitad. Ni siquiera los conventos se libraron de la lascivia de los hombres de Cardona. En Florencia, cayó un rayo en la puerta de Prato de la ciudad, y fue imposible pasar por alto el augurio. No obstante -y este era el quid de la argumentación de Argalia-, los españoles eran ahora tan odiados por todos los italianos que, para los Médicis, no sería sensato volver a contar con ellos. Lo que necesitaban era un cuadro de guerreros fogueados que controlase la milicia de Florencia y la dotase de la entereza y la organización de las que obviamente carecía, del espíritu de lucha que Niccoló, burócrata por naturaleza y no hombre de guerra, no había sabido infundirles, y a la vista estaba.
Distanciándose así, cautamente, de su viejo amigo caído en desgracia, Argalia el Turco accedió con buenas razones al cargo de condottiere de Florencia.
Le sorprendió gratamente oír que se le ofrecía un contrato de servicio permanente, no uno de unos cuantos meses de duración. En la época del declive de los condottieri, a otros guerreros los contrataban durante períodos tan breves como tres meses, y su paga dependía del éxito en las empresas militares.
En contraste, la paga de Argalia era buena para lo que corría en esos tiempos.
Además, el duque Juliano proporcionó a su nuevo jefe de armas una amplia residencia en la Via Porta Rossa, con servidumbre completa y una espléndida asignación doméstica.
–El almirante Doria debe de haberme recomendado encarecidamente -dijo al duque Juliano, aceptando de inmediato las generosas condiciones.
–Dijo que sois el único bárbaro hijo de puta a quien no le gustaría enfrentarse ni por tierra ni por mar aunque estuvierais tan desnudo como un recién nacido sin circuncidar y no tuvierais más que un cuchillo de cocina en la mano -contestó elegantemente el duque.
***
Según la leyenda, la familia Médicis poseía un espejo mágico cuya finalidad era revelar al duque reinante la imagen de la mujer más deseable en el mundo conocido, y fue en este espejo donde el anterior Juliano de Médicis, el tío del actual soberano, que fue asesinado el día de la conjura de los Pazzi, vio por primera vez el rostro de Simonetta Vespucci. Sin embargo, tras la muerte de esta, el espejo se oscureció y dejó de funcionar, como si se negara a empañar el recuerdo de Simonetta mostrando en su lugar bellezas inferiores.
Durante el exilio de la familia, el espejo permaneció por un tiempo en su sitio en la pared de lo que había sido la alcoba del tío Juliano en la vieja casa de la Via Larga, pero dado que se resistía porfiadamente a ejercer su función, ya fuera como instrumento de revelación, o como espejo corriente, al final lo descolgaron y lo guardaron en un pequeño trastero, no mucho más que un simple armario para las escobas, oculto en la pared de la alcoba.
Y de pronto, tras la elección del papa León, el espejo había empezado a brillar de nuevo, y se contaba que una sirvienta se desmayó cuando abrió el armario de las escobas y encontró la cara de una mujer mirándola desde un rincón cubierto de telarañas, una forastera que parecía una visitante de otro mundo. «En toda la ciudad de Florencia no existe tal cara -dijo el nuevo duque Juliano cuando le mostraron el milagro, y su salud y su porte mejoraron visiblemente al contemplar el cristal mágico-. Volved a colgar el espejo en la pared, y daré un ducado de oro al hombre o mujer que traiga ante mí a esta primorosa visión.»
Llamaron al pintor Andrea del Sarto para que mirase el espejo mágico y pintase el retrato de la hermosa mujer, pero no era tan fácil engañar al espejo; un espejo mágico que permitía que se reprodujeran sus imágenes ocultas no tardaría en quedarse sin trabajo, y cuando Del Sarto miró el cristal, solo se vio a sí mismo. «¡Tanto da! – dijo Juliano decepcionado-.
Cuando la encuentre, podréis pintarla del natural.» Al marcharse Del Sarto, el duque se preguntó si el problema sería acaso que el espejo no tenía un buen concepto del genio del artista; pero era el mejor del que disponía, porque Sanzio estaba en Roma, peleándose con Buonarrotti en el Vaticano, y el viejo Filipepi, que en su día estuvo tan enamorado de la difunta Simonetta que pidió que lo enterraran a sus pies -deseo que no fue respetado, obviamente-, estaba muerto él mismo, y en todo caso, mucho antes de morir se había empobrecido y convertido en un inútil, incapaz de sostenerse en pie sin la ayuda de dos bastones. Filippino Lippi, el discípulo de Filipepi, gozaba de gran predicamento entre los festaiuoli que organizaban los desfiles de la ciudad y los carnavales callejeros, un pintor condescendiente con las masas, pero poco apto para el encargo que el duque Juliano tenía en mente. Con lo cual solo quedaba Del Sarto, pero todo eso eran disquisiciones académicas, porque en adelante el espejo mágico solo
funcionó cuando el duque Juliano estaba a solas en la habitación. Durante los días siguientes empezó a buscar pretextos para retirarse a su cámara varias veces al día y poder así contemplar aquella belleza sobrenatural, y sus cortesanos, ya de por sí preocupados por su mala salud general y sus aires neurasténicos, empezaron a temer un deterioro y a mirar en dirección a su probable sucesor, Lorenzo, con creciente adulación y alarma. Un buen día la encantadora criatura entró a caballo en la ciudad al lado de Argalia el Turco, y se inició así la época de l'ammaliatrice.
***
Ella solo tenía veintidós años, casi un cuarto de siglo menos que él, y cuando le preguntó a Il Machia si quería ir a pasear con ella por su bosque, él se levantó de un brinco con la presteza de un joven alunado. Ago Vespucci también se puso en pie de un brinco, lo que irritó a Niccoló:
¿Cómo? ¿Seguía allí aquel individuo indolente? ¿Y pretendía acompañarlos en su excursión?
Vaya una lata, una auténtica lata, pero, dadas las circunstancias, probablemente era inevitable. Se dio entonces el primer indicio de que la princesa poseía dotes excepcionales. Marietta, la esposa de Niccoló, normalmente la más celosa de las arpías, aceptó la propuesta con entusiasmo, en un tono que asombró a su marido. «Pero claro que debes enseñarle a la muchacha los alrededores», arrulló dulcemente, y en un abrir y cerrar de ojos preparó una cesta de picnic y una bota de vino para aumentar el placer de la excursión. Il Machia, atónito, enseguida se convenció de que su esposa debía de estar bajo algún hechizo, y las palabras «brujas extranjeras» se formaron en su pensamiento, pero recordando el refrán del caballo regalado, desechó tales especulaciones y se regocijó de su buena suerte. Al cabo de media hora, partió con Ago a rastras, seguido a una distancia discreta por Konstantin el Serbio y su
destacamento de guardias, y acompañó a la joven princesa y su dama de compañía al robledal de su infancia.
–Aquí, hace tiempo -explicó Ago, e Il Machia vio que, a su patética manera, intentaba impresionarla-, encontré una raíz de mandrágora, la legendaria planta mágica. ¡Aquí la encontré, sí, como lo oís! Por aquí, en algún lugar. –
Miró alrededor con actitud enérgica, sin saber muy bien en qué dirección debía señalar.
–Ah, ¿la mandrágora? – contestó Qara Kóz con su impecable italiano florentino-. Mirad allí, hay todo un bancal. ¡Que preciosidades!
Y antes de que nadie pudiera detenerlas, antes de que nadie pudiera prevenirlas de que debían primero taparse los oídos con barro, las dos damas se precipitaron hacia la muchedumbre de increíbles plantas y empezaron a arrancarlas de raíz.
–Los gritos -vociferó Ago, agitando con desesperación sus ineptas manos-.
¡Alto, alto! ¡Nos enloquecerán a todos! ¡O nos ensordecerán! O acabaremos todos…
«Muertos», iba a decir, pero las dos damas lo miraban con expresión de perplejidad, y no se oía el menor alarido mortífero.
–Es venenosa si se toma en exceso, claro está -dijo Qara Kóz pensativamente-, pero no hay nada que temer.
Cuando los dos hombres vieron que se hallaban en presencia de mujeres por quienes la raíz de la mandrágora renunciaba a su vida sin protestar, se quedaron absolutamente maravillados.
–Bueno, pues no la uséis conmigo -contestó Ago a modo de bravata, intentando disimular el miedo de segundos antes-, o tendré que enamorarme de vos para siempre, o al menos hasta que uno de los dos muera.
Al instante se puso como la grana, llegándole el rubor hasta el cuello de la
camisa y asomando también por debajo de las mangas para cambiarle el color de las manos; lo que vino a demostrar, claro, que estaba ya perdida y eternamente enamorado. No hacía falta el poder de ninguna planta arcana para garantizar su amor.
***
Cuando Argalia y los gigantes suizos volvieron para escoltar a Qara Kóz a su nuevo hogar en el Palazzo Cocchi del Nero, toda la aldea de Sant'Andrea in Percussina había caído bajo su hechizo, hasta el último hombre, mujer y niño. Incluso las gallinas parecían más felices, y desde luego ponían más huevos. A decir de todos, la princesa no hizo nada para fomentar esta creciente adoración; sin embargo, creció. En los seis días de su estancia en la casa de los Machiavelli, se paseó por el bosque con Espejo, leyó poesía en distintas lenguas, conoció y entabló amistad con los niños de la casa y no se dio a menos por ofrecer ayuda en la cocina, ofrecimiento que Marietta rechazó. Por las noches se complació en sentarse con Il Machia en su biblioteca y permitirle que le leyera fragmentos de las obras de Pico della Mirandola y Dante Alighieri, y también muchos cantos del poema épico Orlando enamorado, de Matteo Boiardo de Scandiano. – ¡Ay! – exclamó ella al conocer las muchas vicisitudes de la heroína de Boiardo-. ¡Pobre Angelica! Tantos perseguidores, tan poca fuerza para resistirse a ellos, o para imponerles su voluntad.
Entretanto, en la aldea empezaron a encomiarla todos como un solo hombre. El leñador Gaglioffo ya no aludía groseramente a Qara Kóz y Espejo como «brujas» a quienes «joder», sino que hablaba de ellas con un respeto deferente y encandilado que sencillamente no le permitía siquiera soñar con relaciones carnales entre él y las grandes damas. Los hermanos Frosino, los galanteadores de la aldea, tuvieron la osadía de declarar que pretendían su mano, pues no había quedado claro si ella y Argalia el Turco
estaban legalmente casados -y de ser así, los dos molineros se avendrían, por supuesto, y no pondrían en tela de juicio los derechos de Argalia al respecto-, pero en caso de que ella fuese soltera, desde luego estaban interesados, e incluso habían acordado, en interés del amor fraterno, que se prestarían a compartirlas, por turno, a ella y su dama de compañía. No había nadie más tan necio como Frosino Uno y Due, pero en general la gente tenía una elevada opinión de Qara Kóz, y tanto mujeres como hombres se declararon «hechizados».
Pero si eso era brujería, era de la clase más benévola. Todos los florentinos conocían bien los perniciosos procedimientos de las hechiceras oscuras de la época, que invocaban a los demonios para obligar a hombres castos a participar en actos libidinosos, que utilizaban efigies y alfileres para atormentar a sus enemigos, que eran capaces de conseguir que hombres buenos abandonasen su hogar y su trabajo solo para convertirse en sus esclavos serviles. En la casa de Il Machia, por el contrario, ni Qara Kóz ni su dama de compañía dieron señal alguna de practicar la magia negra, o al menos, por alguna razón, las señales que dieron no se consideraron problemáticas. A las brujas les gustaba vagar por el bosque, todo el mundo lo sabía, pero el nemoroso deambular de Qara Kóz y Espejo era solo, en opinión de las buenas gentes de Percussina, «encantador». El incidente del bancal de mandrágoras no se difundió y, curiosamente, Il Machia nunca volvió a encontrarlo, ni las damas les mostraron nunca las plantas arrancadas, con lo que a Niccoló y Ago les fue fácil dudar que el incidente hubiese ocurrido.
Estaba muy extendida la idea de que las brujas tenían marcadas inclinaciones sáficas, pero nadie, ni siquiera Marietta Corsini, se alteró en lo más mínimo por la decisión de las dos damas de compartir el lecho.
«Bah, es solo por hacerse compañía», dijo Marietta a su marido arrastrando las palabras, y él asintió cansadamente, como bajo el soporífero influjo de un exceso de vino a media tarde. En cuanto al famoso entusiasmo de las brujas por copular con el demonio, pues en Percussina sencillamente no había demonios, y ninguno subió del infierno para carcajearse en las chimeneas o sentarse como gárgolas en los tejados de la taberna o la iglesia.
Corrían tiempos de caza de brujas, y en los tribunales de la ciudad se oía a
las mujeres confesar actos espantosos: capturar los corazones y las mentes de buenos ciudadanos mediante el uso de vino, incienso, menstruo y agua, bebido todo ello del cráneo de un muerto.
Pero si bien era cierto que en Percussina todos estaban enamorados de la princesa Qara Kóz, la adoración que inspiraba -excepto, quizá, en los gemelos Frosino, dos obsesos sexuales- era por completo casta. Ni siquiera Ago Vespucci, el romántico embobado que estaba dispuesto a amarla, como había dicho, «hasta que uno de los dos muera», concebía en ese momento intención alguna de ser su amante carnal. Venerarla era ya delicia suficiente.
Aquellos que más tarde estudiaron y analizaron la trayectoria de la hechicera de Florencia, en particular Gian Francesco Pico della Mirandola, sobrino del gran filósofo Giovanni y autor de La strega ovvero degli inganni dei demoni («La bruja, o el engaño de los demonios»), concluyó que el miasma de aprobación que creó Qara Kóz en Percussina y que se propagó rápidamente por las inmediaciones, por San Casciano y Val di Pesa, Impruneta y Bibbione, Faltignano y Spedaletto, fue fruto de un hechizo intencionado de inmensa potencia, cuyo propósito era poner a prueba sus poderes -esos mismos poderes que posteriormente pasó a utilizar con tan notable efecto en y sobre la propia ciudad de Florencia- y allanarse el camino de acceso a lo que, de otro modo, habría sido un entorno hostil.
Según recoge Gian Francesco, cuando Argalia el Turco regresó con los gigantes suizos, encontró a una nutrida multitud congregada frente a la residencia de los Machiavelli, como si se hubiese obrado un milagro, como si la Virgen hubiera aparecido en Percussina ' y todos hubiesen acudido allí para verla. Y cuando Qara Kóz y Espejo salieron de la casa, ataviadas con sus más exquisitos brocados y alhajas, el populacho reunido se postró de rodillas, pidiéndole al parecer la bendición; cosa que, sin palabras, con una sonrisa y el brazo un poco levantado, les concedió. Acto seguido, se marchó, y Marietta Corsini, como si despertara de un sueño, ordenó a grito limpio a quienes pisoteaban sus tierras que se largaran a ocuparse de sus asuntos. En palabras de Gian Francesco, «los campesinos volvieron en sí y, atónitos, descubrieron dónde se hallaban. Rascándose la cabeza de asombro, regresaron a sus casas, campos, molinos, bosques y hornos».
Andrea Alciato, convencido de que las brujas y sus adeptos debían ser tratados con remedios herbales, atribuyó el misterioso «suceso de Percussina» a los malos hábitos alimenticios de los lugareños, que los hacían vulnerables a fantasías y alucinaciones, en tanto que Bartolomeo Spina, autor de De Strígibus, escrito una década después de tales manifestaciones, llegó al extremo de insinuar que Qara Kóz acaso había inducido a los aldeanos a un desenfreno satánico y celebrado con ellos una Misa Negra orgiástica a gran escala, una suposición difamatoria de la que no existe prueba alguna en los anales históricos de la época.
***
La llegada a Florencia del nuevo condottiere de la ciudad y comandante de la milicia florentina, Antonino Argalia, alias «el Turco», fue recibida con las celebraciones hedonistas y excesivas por las que la ciudad era famosa.
Se construyó un castillo de madera en la Piazza della Signoria y se escenificó un simulacro de asedio, con cien hombres defendiendo el edificio y trescientos atacándolo. Nadie usó armadura, y combatieron tan ferozmente, clavándose lanzas y arrojándose ladrillos sin cocer a la cabeza, que muchos de los participantes tuvieron que ir al hospital de Santa Maria Nuova, donde algunos, lamentablemente, murieron. Se organizó asimismo una caza de toros en la Piazza, y también los toros mandaron a muchos juerguistas al hospital. Soltaron dos leones para dar caza a un corcel negro, pero el caballo respondió tan noblemente al ataque del primer león, enviándolo de una coz desde delante de la Mercantantia, sede del Tribunal del Gremio de Mercaderes, hasta el centro de la Piazza, que el rey de los animales huyó a todo correr y se escondió en un rincón umbrío de la plaza, y después de eso ninguno de los dos leones se sintió con ánimos de reanudar la pelea. Eso se interpretó como un extraordinario augurio, siendo el caballo Florencia, naturalmente, y los leones sus enemigos de Francia, Milán o cualquier otro aborrecible lugar.
Después de estos preliminares, entró en la ciudad el desfile. Ocho 'dfici, o plataformas rodantes, encabezaron la marcha, con actores en lo alto interpretando escenas de las victorias del gran guerrero de la antigüedad, Marco Furio Camilo, censor y dictador, el llamado Segundo Fundador de Roma, mostrando al gran número de prisioneros que había capturado en el sitio de Veyes hacía casi dos mil años y dando idea de lo extraordinarios que habían sido los despojos de guerra, las armas, la ropa y la plata. Y los seguían hombres cantando y bailando por las calles, y cuatro escuadrones de caballería, los animales engualdrapados y los hombres con las lanzas en ristre. (Los gigantes suizos, Otho, Botho, Clotho y D'Artagnan, habían asumido el adiestramiento de los piqueros, ya que todo el mundo temía la destreza de la infantería suiza con las picas, y los progresos de los lanceros de la milicia, incluso después de solo una o dos sesiones de instrucción preliminares, saltaban ya a la vista.) Por último, entró por la gran puerta Argalia, flanqueado por los cuatro chismosos suizos, con Konstantin el Serbio inmediatamente detrás de él, a caballo entre las dos damas extranjeras, seguidos por los cien jenízaros cuyo aspecto llenó de miedo los corazones de cuantos los vieron. «Ahora nuestra ciudad está a salvo -
exclamaban-, porque han llegado nuestros protectores invencibles.» Ese fue el nombre, «Invencibles», con que se quedaron los nuevos guardianes de la ciudad. El duque Juliano, saludando desde el balcón del Palazzo Vecchio, parecía complacido de que el nombramiento fuese tan bien aceptado por el público; a Lorenzo, su sobrino, se lo veía, por el contrario, ceñudo y molesto.
Argalia, alzando la vista para mirar a los dos potentados Médicis, comprendió que debía permanecer atento al más joven.
El duque Juliano identificó de inmediato en Qara Kóz a la mujer del espejo mágico, objeto de su incipiente obsesión, y el corazón le brincó de alegría.
Lorenzo de Médicis la vio también, y en su concupiscente corazón empezó a soñar al instante con poseerla. En cuanto a Argalia, conocía los peligros de llevar a su amada a Florencia con tal ostentosidad, justo bajo las narices del duque, cuyo tocayo y tío, descaradamente, había arrebatado la anterior gran belleza de la ciudad a su marido, Marco Vespucci el Cornudo, y la
personalidad de este quedó tan erosionada por la pérdida que cuando ella murió, envió toda la ropa y todos los retratos de la difunta que poseía al palacio de los Médicis para que el duque pudiera tener lo que conservaba de ella, tras lo cual bajó al Puente de las Gracias y se ahorcó. Pero Argalia no era un suicida, y calculó que el duque no querría provocar al jefe militar recién nombrado por él mismo y cuya entrada en la ciudad celebraba en ese momento. «Y si intenta quitármela -pensó Argalia-, me encontrará con todos mis hombres, y para capturarla con semejante oposición, tendrá que ser Hércules o Marte, cosa que, como puede verse, esta alma sensible no es.»
Entretanto, era para él una satisfacción exhibirla.
Cuando la multitud vio a Qara Kóz, un susurro comenzó a propagarse por la ciudad, convirtiéndose en un murmullo que tuvo el efecto de acallar todos los sonidos estridentes del día, hasta tal punto que cuando Argalia y las damas llegaron al Palazzo Cocchi del Nero, reinaba un silencio extraordinario, mientras el pueblo de Florencia contemplaba la llegada a ellos de la perfección física, una belleza morena para llenar el hueco dejado en sus corazones por la muerte de Simonetta Vespucci. Momentos después de su aparición, la ciudad la había acogido en su corazón como su rostro especial, el nuevo símbolo de sí misma, la encarnación en forma humana de esa belleza insuperable que la propia ciudad poseía. La Dama Morena de Florencia: los poetas echaron mano a sus plumas, los artistas a sus pinceles, los escultores a sus escoplos. La gente común, las cuarenta mil almas más ruidosas y baladronas de toda Italia, la honraron a su manera, quedándose inmóviles y calladas a su paso. Debido a ello, todos oyeron lo que aconteció cuando el duque Juliano y Lorenzo de Médicis recibieron al grupo de Argalia en la entrada de su nueva casa de cuatro plantas, tres altas puertas rematadas en arco en una fachada de pietra forte. Sobre el umbral, en el centro de la fachada, estaba el escudo de armas de la familia Cocchi del Nero, que atravesaba tiempos difíciles y había vendido el edificio a los Médicis. Era la mayor obra maestra de la arquitectura en aquella calle de obras maestras, que también hacía gala de las grandes residencias de algunas de las familias más antiguas de la ciudad, los Soldanieri, los Monaldi, los Bostichi, los Cosi, los Bensi, los Bartolini, los Cambi, los
Arnoldi y los Davizzi. El duque Juliano quiso dejar claro a Argalia y a todos los demás la medida exacta de su gran generosidad, y decidió hacerlo con muchos floreos e incluso una pequeña reverencia, no a Argalia, sino a Qara Kóz.
–Me complace entregar a esta joya exquisita un engaste digno de sus encantos.
«¡Mongol! ¡Mogol!» Estas palabras extranjeras, fascinantes, se propagaron por la multitud generando una combinación casi erótica de excitación y terror.
Fue Lorenzo de Médicis, enrojecido de autosuficiencia, quien expresó lo que algunos sentían, confirmando así la opinión de Argalia: era un muchacho vanidoso y de poca talla.
–Argalia, necio -clamó Lorenzo-, raptando a esta insolente hija del Mogol conseguirás que las Hordas Doradas se echen sobre nuestras cabezas.
–Eso sería ciertamente todo un logro -contestó Argalia con tono solemne-, sobre todo porque las Hordas fueron derrotadas y su poder disgregado para siempre por el propio antepasado de la princesa, Tamerlán, hace más de cien años. Además, señores míos, no he raptado a nadie. La princesa era prisionera del sha Ismail de Persia, y yo la liberé después de nuestra victoria sobre ese señor en la batalla de Chaldirán. Ha venido aquí por propia voluntad con la esperanza de forjar una unión entre las grandes culturas de Europa y Oriente, a sabiendas de que tiene mucho que aprender de nosotros y convencida asimismo de que tiene mucho que enseñar.
Esta declaración fue bien acogida por la muchedumbre que escuchaba -muy impresionada asimismo por la noticia de que su nuevo protector había formado parte del bando vencedor en esa ya legendaria batalla- y clamorosos vítores se elevaron en honor de la princesa, imposibilitando cualquier otro reparo a su presencia. El duque Juliano, recobrándose hábilmente de su sorpresa y turbación, levantó una mano para pedir silencio.
–Cuando un visitante de esta envergadura llega a Florencia -exclamó-, Florencia debe estar a la altura de las circunstancias, y Florencia lo estará.
***
El Palazzo Cocchi del Nero poseía uno de los grands salons más magníficos de la ciudad, una sala de siete metros por dieciséis con un techo de seis metros de altura, iluminada por inmensos ventanales de cristal emplomado, una sala para recibir invitados con la mayor prodigalidad posible. El dormitorio principal, también llamado Cámara Nupcial, exhibía una cenefa pintada al fresco en lo alto de las cuatro paredes ilustrando un poema romántico de Antonio Pucci basado en una historia de amor provenzal, y era una habitación en la que dos (o incluso tres) amantes podían pasar días enteros y sus noches sin sentir en ningún momento la necesidad de levantarse o abandonar la casa.
En otras palabras, esta era una mansión en la que Qara Kóz podría haberse comportado como cualquier gran dama de Florencia, alejada del común de las gentes, aislada de todos salvo la flor y nata de la ciudad. Sin embargo, no fue así como la princesa decidió pasar el tiempo.
Saltaba a la vista que tanto ella como Espejo disfrutaban de su nueva existencia sin velo. De día, la princesa salía a pasear por las concurridas calles, yendo al mercado o sencillamente visitando los lugares más interesantes, acompañada por Espejo y sin más protección que Konstantin el Serbio, dejándose ver intencionadamente como nunca había hecho ninguna gran dama de Florencia. Eso despertó la adoración de los florentinos. «Simonetta Due», la apodaron al principio, Simonetta Segunda, y luego, tras oír el nombre con que Espejo y ella se llamaban, de manera intercambiable, pasó a ser «Angelica Primera». Lanzaban flores a sus pies
allí adónde iban. Y poco a poco su temeridad avergonzó a las jóvenes de buena cuna de la ciudad, que se sintieron obligadas a seguir su ejemplo.
Apartándose de la tradición, empezaron a salir a pasear a última hora de la tarde en grupos de dos y de cuatro, para deleite de los jóvenes caballeros de la ciudad, que por fin encontraron una buena razón para mantenerse apartados de los burdeles. Los lupanares de la ciudad comenzaron a vaciarse y se inició el llamado «eclipse de las cortesanas». El Papa de Roma, viendo con buenos ojos este repentino cambio en la moralidad pública de su Florencia natal, se preguntó en voz alta ante el duque Juliano, en una visita a la Ciudad Eterna, si la princesa morena, que afirmaba no ser cristiana, podía ser en realidad la nueva santa de la Iglesia. Juliano, hombre religioso, repitió esto a un cortesano y luego los panfletistas de Florencia contaron la anécdota por toda la ciudad. En cuanto León X especuló de este modo sobre la posible naturaleza divina de Qara Kóz, empezó a hablarse de sus milagros.
Muchos de quienes la veían pasear por las calles afirmaban haber oído, sonando alrededor de ella, la música cristalina de las esferas. Otros juraban haber visto un halo de luz en torno a su cabeza, tan brillante que se veía incluso en la intensa luminosidad del día. Mujeres estériles acudían a Qara Köz y le pedían que les tocara el vientre, y luego contaban al mundo entero que habían concebido hijos esa misma noche. Los ciegos veían, los cojos andaban; solo faltaba una resurrección verdadera entre los muertos en los relatos de sus hazañas mágicas. Incluso Ago Vespucci se incorporó a las filas de los milagreros, declarando que la bendición de Qara Kóz a sus viñedos, que ella gentilmente había visitado, propició la mejor cosecha jamás producida por su familia; y se comprometió a entregar al Palazzo Cocchi del Nero un cargamento de vino sin coste alguno una vez al mes.
En pocas palabras, Qara Kóz sin velo -en el papel de «Angelica»-había alcanzado la plenitud de sus poderes femeninos y ejercía la plena fuerza de esas dotes sobre la ciudad, empañando el aire con una benévola bruma que henchía el pensamiento de los florentinos de imágenes de amor paterno, materno, filial, carnal y divino. Panfletistas anónimos la declararon la reencarnación de la diosa Venus. Sutiles fragancias de reconciliación y armonía impregnaron el aire. La gente trabajó con mayor ahínco y mejor
rendimiento, la calidad de la vida familiar mejoró, el índice de la natalidad aumentó, y todas las iglesias se llenaron. Los domingos, en la basílica de San Lorenzo, el clan de los Médicis escuchaba homilías que ensalzaban las virtudes no solo de los principales miembros de su poderosa familia, sino también de su nueva visitante, «la princesa no solo de la remota India o Cathay, sino también de nuestra propia Florencia». Eran los días radiantes de la hechicera. Pero pronto llegarían las tinieblas.
A la sazón, la gente tenía la cabeza llena de hechiceras imaginarias; por ejemplo, Alcina, la malvada hermana del Hada Mor-gana, con quien se alió para perseguir a su tercera hermana, la bruja buena Logistilla, la hija de Amor; y Melissa, la hechicera de Mantua; y Dragontina, la captora del caballero Orlando; y Circe, de la antigüedad, y la Sortílega de Siria, sin nombre pero temible. La bruja en forma de monstruo feo y viejo, la arpía, había dado paso, en las fantasías florentinas, a estas criaturas preciosas, denotando su pelo alborotado una moral relajada, con un poder de seducción casi irresistible, empleada su magia a veces al servicio del bien y otras veces para hacer daño.
Tras la llegada de Angelica a la ciudad, se asentó firmemente la idea de la hechicera buena, el ser benefactor y sobrenatural, que era a la vez diosa del amor y guardiana de las personas. Al fin y a la postre, allí estaba en el Mercato Vecchio, tan real como la propia vida -«¡Probad estas peras, Angelica!… ¡Angelica, estas ciruelas son suculentas!»-, no fruto de la imaginación, sino una mujer de carne y hueso. Así pues, la veneraban, y la creían capaz de grandes obras. Con todo, la distancia entre la «hechicera» y la «bruja» seguía sin ser demasiado grande. Aún se oía a quienes insinuaban que esta nueva encarnación de la Mujer-maga por mediación de la cual se desataban los poderes ocultos de todas las mujeres era un disfraz, y que los rostros verdaderos de tales féminas seguían siendo las caras temibles de antaño, de la lamia, la jorguina.
Los escépticos que en virtud de su temperamento atrabiliario se oponen a una interpretación sobrenatural de los acontecimientos quizá prefieran explicaciones más convencionales para la época de dorada satisfacción y prosperidad material de que gozó Florencia por aquel entonces. Bajo la
égida benévolamente tiránica del papa León X, el auténtico señor de Florencia, y hombre de genio o necio majadero, según se viera, las fortunas florecieron, sus enemigos se retiraron, etcétera, etcétera, así, tal cual. Si uno era un negativista de esta resentida tendencia, la reunión del Papa con el rey de Francia después de la batalla de Marignano, sus alianzas y tratados, los nuevos territorios que arrebató o compró y puso en manos florentinas, de los que la ciudad obtuvo gran beneficio; o el nombramiento de Lorenzo de Médicis como duque de Urbino; o la boda concertada entre Juliano de Médicis y la princesa Filiberta de Saboya, tras lo cual el rey de Francia, Francisco 1, le cedió el ducado de Nemours, y quizá le susurró al oído que también Nápoles sería pronto suya… todo eso lo tendría uno muy presente.
Una cosa sí hay que reconocer a estos picajosos desabridos: sí, sin duda el poder del papado era muy grande. Como también lo era el poder del rey de Francia, y del rey de España, y del ejército suizo, y del sultán otomano, y todos ellos andaban siempre enzarzados en conflictos, bodas, reconciliaciones, repudios, victorias, derrotas, maquinaciones, diplomacias, compra y venta de favores, recaudaciones de impuestos, intrigas, concesiones, vacilaciones y sabe el demonio qué más. Actividad toda ella que, por suerte, no viene al caso.
Pasado un tiempo, Qara Kóz dio señales de debilitamiento físico y espiritual. Quizá fue Espejo la primera en advertir estas señales, ya que observaba a su señora todos los minutos de todos los días: debió de notar, pues, una leve tirantez en las comisuras de aquellos labios sensuales, ver la tensión que atenazaba los músculos de sus brazos de bailarina, atender los dolores de cabeza, padecer sin rechistar los momentos de irritabilidad. O
quizá fue Argalia el Turco el primero en preocuparse por ella, ya que por primera vez en su idilio ella empezó a rechazar sus proposiciones, pidiéndole a Espejo que lo complaciera por ella. «No me apetece. Estoy muy cansada. Mi apetito sexual ha declinado.
No te lo tomes de manera personal. Por qué no puedes entenderlo. Tú ya eres quien eres, el más poderoso de los caudillos, no tienes nada que demostrar. Mientras que yo solo intento llegar a realizar las posibilidades que llevo dentro de mí. Cómo puedes amarme y no entenderlo. Eso no es
amor, es egoísmo.» El banal declive del amor hacia su final de riña en riña.
Argalia no quería creer que el amor de ambos pudiera estar malográndose.
No lo creía. Se lo quitó de la cabeza. La suya era la gran historia de amor de la época. No podía acabar con mezquindad.
El duque Juliano también advirtió que sucedía algo raro en su espejo mágico, que todavía miraba a diario para intensa irritación de su esposa, Filiberta de Saboya. Su unión con Filiberta había sido exclusivamente política. La dama saboyana no era joven; tampoco era hermosa. Después de su enlace, Juliano siguió adorando a Qara Kóz a distancia, aunque debía decirse, para ser justos con ese hombre frágil y devoto, que nunca intentó seducirla para apartarla de su gran general, conformándose con organizar, en su honor, una festa comparable solo a las celebraciones con motivo de la visita del Papa a Florencia. Al llegar a Florencia, Filiberta oyó la leyenda de los festejos por la princesa mogor y exigió que su reciente esposo hiciera como mínimo eso mismo por la novia, a lo que Juliano contestó que semejante carnaval sería más apropiado cuando le diera un heredero. Sin embargo, él rara vez visitaba su alcoba, y su único hijo sería un bastardo, Hipólito, que llegó a cardenal, como ocurre a veces con los bastardos.
Después de esa respuesta negativa, Filiberta odió profundamente a Qara Kóz, y cuando se enteró de la existencia del espejo mágico, también a este lo odió. Cuando un día oyó a Juliano lamentarse de la mala salud de la princesa morena, Filiberta vio colmada su paciencia.
–No se encuentra bien -dijo él lastimeramente cuando ella lo encontró embelesado ante el espejo mágico, como de costumbre-. Mira a la pobre muchacha. Está enferma.
–Ahora sí que va a estar enferma -vociferó Filiberta, y lanzó un cepillo de plata contra el espejo mágico, haciendo añicos el cristal-. La que no está bien soy yo. Para serte del todo sincera, nunca me he sentido tan mal en la vida. Muéstrate tan solícito con mi salud como con la de ella.
La verdad era que Qara Kóz estaba pasándose de la raya, que ninguna mujer podía soportar un esfuerzo tan grande durante tanto tiempo. Mantener hechizados a cuarenta mil individuos, un mes tras otro, un año tras otro, era