La encantadora de Florencia

Salman Rushdie · Capítulo 12 de 25

Páginas del PDF

La encantadora de Florencia

Capítulo 11

emperador se sintió como Harún al-Rashid, el califa de Bagdad, paseándose de noche por su ciudad para ver cómo vivían sus súbditos. Pero las telas empleadas para tejer el manto de Akbar. eran el tiempo y el espacio, y esa no era su gente. ¿Por qué, pues, experimentaba una sensación tan intensa de afinidad con los moradores de aquellos bulliciosos callejones? ¿Por qué comprendía su impronunciable lengua europea como si fuera la suya?

–Las cuestiones del reinado -dijo el emperador al cabo de un rato nos interesan cada vez menos. Nuestro reino tiene leyes que lo guían, y funcionarios dignos de confianza, y un sistema tributario que recauda dinero suficiente sin crear más infelicidad entre el pueblo de la que es prudente. Cuando hay enemigos que derrotar, los derrotamos. En pocas palabras, en ese terreno, tenemos las respuestas que necesitamos. La cuestión; del Hombre, por el contrario, sigue desconcertándonos, y casi en igual medida el problema afin de la Mujer.

–Es en mi ciudad, mi señor, donde la cuestión del Hombre ha encontrado explicación desde siempre-dijo Mogor-. Y en cuanto a la Mujer, en fin, ahí está el quid de mi historia. Ya que, muchos años después de la muerte de Simonetta, la primera hechicera de Florencia, llegó en efecto la anunciada segunda hechicera.

11

TODO AQUELLO QUE AMABA LO

TENÍA

A TIRO DE BALLESTA

Todo aquello que amaba lo tenía a tiro de ballesta, en opinión de Ago Vespucci; no era necesario irse a la aventura por esos mundos y morir entre extranjeros de habla gutural para satisfacer el mayor de sus anhelos. Hacía ya mucho tiempo, en la penumbra octogonal del Battistero di San Giovanni, había sido bautizado dos veces, según la costumbre, una como cristiano y otra como florentino, y para un bribón irreligioso como Ago, fue el segundo bautismo el que contó. La ciudad era su religión, un mundo tan perfecto como cualquier cielo. El gran Buonarroti había llamado a la entrada del baptisterio «las puertas del Paraíso», y cuando Ago, recién nacido, salió de allí con la cabeza mojada, comprendió de inmediato que había accedido a un Edén con murallas y puertas. En la ciudad de Florencia había quince puertas y por dentro todas tenían representaciones de la Virgen y diversos santos. Los viajeros tocaban las puertas para que les dieran suerte, y nadie se ponía en camino a través de esas puertas sin consultar con los astrólogos.

A juicio de Ago Vespucci, lo absurdo de tales supersticiones era solo una prueba más del desatino de los viajes largos. La casa solariega de los Machiavelli, en Percussina, era el límite exterior del universo de Ago. Más allá empezaba la nebulosa de lo ignoto. Génova y Venecia estaban tan lejos y eran tan ficticias como Sirio y Aldebarán en el cielo.

La palabra «planeta» significaba «vagabundo». Ago no veía con buenos ojos los planetas y prefería los astros estáticos. Aldebarán y Venecia, Génova y el Gran Can se hallaban tan lejos que acaso no fuesen del todo reales, pero al menos tenían la decencia de quedarse en su sitio.

Al final el Papa y el rey de Nápoles no atacaron Florencia tras la frustrada conjura de los Pazzi, pero cuando Ago contaba poco más de veinte años, sí se presentó el rey de Francia, y entró en ciudad triunfalmente: un homúnculo pelirrojo, diminuto, tan insufriblemente francés que Ago de buena gana habría vomitado En lugar de eso, se fue a un prostíbulo y se afanó allí por mejor su humor. En el umbral de la edad viril, Ago había coincidid con su amigo Niccoló il Machia en una cosa: fueran cuales fuesen las penalidades que el tiempo les deparase, una buena noche de actividad en compañía femenina lo arreglaría todo.

–Hay pocos males en este mundo, querido Ago -había afirmado Il Machia cuando tenía solo trece años-, que el plumero de una mujer no cure.

Bajo la pose de galopín deslenguado, Ago era un chico serio de buen corazón. – ¿Y las mujeres? – preguntó-. ¿Adónde van ellas a curar s males?

Il Machia se quedó perplejo, como si nunca se lo hubiese planteado o, quizá, para indicar que un hombre no debía mal gastar el tiempo en reflexiones de esa índole.

–Se los curan entre sí, no te quepa duda -afirmó con una rotundidad adolescente que Ago interpretó como la última palabra sobre el tema. ¿Por qué no iban las mujeres a buscar consuelo mutuo en u época en que la mitad de los jóvenes varones de Florencia hacía precisamente eso? La generalizada popularidad de la sodomí entre la flor y nata de los hombres florentinos había valido a ciudad la fama de capital mundial de dicho acto.

La «Sodoma Renacida», rebautizó a su ciudad Niccoló a los trece años. Ya a esta temprana edad fue capaz de convencer a Ago, para tranquilidad suya, de que a él le interesaban más las mujeres, «así que no tienes que preocuparte de que vaya a abalanzarme sobre ti en el bosque». Sin embargo, muchos de sus contemporáneos mostraban la disposición opuesta -por ejemplo, sus compañeros de clase Biagio Buonaccorsi y Andrea di Romolo-, y en respuesta al, problema de la creciente moda de las prácticas homosexuales, la municipalidad, con el pleno apoyo de la Iglesia, fundó una Regiduría de la Decencia, cuya función era construir y financiar burdeles y reclutar prostitutas y chulos de otras partes de Italia y Europa como complemento de las fulanas locales. Los Vespucci de Ognissanti, viendo al vuelo la oportunidad, diversificaron sus actividades comerciales y empezaron a ofrecer mujeres en venta, amén de aceite de oliva y lana.

–Quizá ni siquiera llegue a tenedor de libros -dijo Ago lúgubremente a Niccoló a los dieciséis años-. Más fácil es que acabe regentando una casa de mala fama.

Il Machia le aconsejó que viera el lado bueno.

–Los tenedores nunca joden -señaló-, y en cambio tú serás la envidia de todos nosotros.

Tampoco a Ago le atrajo nunca el camino de Sodoma, y la verdad era que, detrás de su vocabulario procaz, Ago Vespucci era un joven de un recato exagerado. Il Machia, por el contrario, parecía la reencarnación del dios Príapo, siempre presto a la acción, siempre en pos de las mujeres, tanto profesionales como aficionadas, y arrastraba a Ago a la perdición varias veces por semana.

En los primeros tiempos de su potencia adolescente, cuando Ago acompañaba a su amigo en una noche de jarana prostibularia, siempre elegía a la ramera más joven del establecimiento preferido de Il Machia, que se hacía llamar «Escándalo» pero ofrecía una imagen casi pudorosa: una criatura esquelética del villorrio de Bibbione, que jamás hablaba y parecía tan asustada como él.

Durante mucho tiempo, en realidad, Ago le pagó por quedarse sentada en el borde de la cama mientras él se tendía y fingía dormir hasta que Il Machia dejaba de corcovear y gruñir en la habitación contigua. Después intentó ilustrarla leyéndole poesía, lo que ella, por consideración, fingía agradecer, aunque en sus adentros la aburría hasta tal punto que temía morir, e incluso experimentaba cierta repugnancia por lo que le sonaba a la clase de palabrerío empleado por los hombres cuando mentían descaradamente.

Un día decidió cambiar las cosas. Mudó la solemnidad de su semblante en una sonrisa tímida y, acercándose a Ago, le puso una mano en la boca llena de Petrarca y la otra en otro sitio. Cuando la muchacha sacó a la luz la virilidad de Ago, este se ruborizó y, acto seguido, empezó a estornudar.

Estornudó durante una hora sin parar, y al final le manaba sangre de la nariz. La ramera esquelética pensó que estaba al borde de la muerte y corrió en busca de ayuda.

Regresó con la mujer desnuda más voluminosa que Ago había visto en la vida, y su nariz, nada más olerla,. desistió de su mal comportamiento. «Ya lo entiendo -declaró la. giganta, que atendía al nombre de La Matterassina-,

te crees que. te gustan flacas, pero la verdad es que te tira la carne.» Se volvió hacia su huesuda compañera de trabajo y le dijo, sin rodeos, que se esfumara; tras lo cual, de improviso, la nariz de Ago reventó de nuevo.

«¡Madre de Dios! – exclamó la giganta-. O sea, que detrás de tanto terror eres un cabrón insaciable. No te darás por satisfecho a menos que nos tengas a las dos.»

A partir de ese momento, Ago fue imparable, e incluso Machia no pudo por menos de aplaudirle. «Quien despacio empieza con fuerza acaba -dijo en tono aprobatorio-. Para ser tan poca cosa, tienes instinto de campeón.»

Cuando Ago contaba veinticuatro años, su amor por la ciudad se vio puesto a prueba como nunca antes. La familia Médicis fue expulsada, los burdeles se clausuraron, y el hedor de la mojigatería religiosa impregnó el aire.

Fue la época en que accedió al poder la secta de los Plañideros, unos fanáticos de miras estrechas sobre quienes Ago diría a Il Machia, en voz queda, que por muy florentinos de nacimiento que fueran, cuando el agua bautismal tocó sus cabezas, debió de hervir antes de ungirlos, porque todos estaban que ardían por el fuego del infierno. «Demonio nos envió a estos demonios para prevenirnos contra el demonismo -dijo el día que las prolongadas tinieblas llegaron a su fin-. Y hemos padecido esta plaga cuatro endemoniados años.

La sotana de la santidad cubre la bragueta del mal, una y. otra vez.»

El día que dijo esto ya no necesitaba hablar en susurros, porque su adorada ciudad natal acababa de renacer, corno la legendaria ave fénix, gracias a un fuego purificador. El Plañidero Mayor, el monje Girolamo que había convertido en un infierno la vida de todos, se asaba tan ricamente en medio de la Piazza della Signoria, justo en el lugar donde su lacrimosa panda había intentado convertir la belleza en ceniza varios años antes, arrastrando cuadros y adornos femeninos e incluso espejos hasta allí y prendiéndolos, en la errónea idea de que era posible destruir la atracción de los seres humanos por lo atractivo, e incluso la Vanidad misma, en el fuego de la hipocresía. «Arde, capullo de mierda -gritó Ago, brincando en torno al

monje en llamas de una manera poco acorde con su inminente y serio empleo de tenedor de libros municipal-. ¡De aquella hoguera sacamos la idea para esta otra!» El hedor almizcleño de la carne chamuscada de Girolamo Savonarola no le agrió el humor a Ago. Tenía veintiocho años, y volvían a abrirse los burdeles.

***

«Mercatrice, meretrice.» La ciudad de los ricos comerciantes era también, según la tradición, una cuidad de fabulosas rameras. Ahora que había terminado el tiempo de los Plañideros, se reafirmó la verdadera naturaleza de esa ciudad de sensualistas libidinosos. El mundo prostibulario volvió con fuerza. El gran burdel de Macciana, en el centro de la ciudad, cerca del Mercato Vecchio y el Battistero, retiró sus postigos y ofreció descuentos a corto plazo para reinstaurar su preeminencia, y en la Piazza del Frascato, en el centro del burdel, reaparecieron los osos bailarines y los enanos malabaristas, los monos vestidos de uniforme adiestrados para «morir por la patria» y las cotorras que recordaban los nombres de los clientes del burdel y los vociferaban para dar la bienvenida a sus dueños cuando aparecían. Y

también regresaron las mujeres, claro está, las desenfrenadas putas eslavas, las melancólicas fulanas polacas, las escandalosas meretrices romanas, las gruesas furcias alemanas, las mercenarias suizas, tan feroces en la cama como sus equivalentes masculinos en el campo de batalla, y las lugareñas, que eran las mejores de todas. Ago no creía en los viajes, ni siquiera en la cama. Volvió a encontrar a sus chicas preferidas, a las dos, buena mercancía toscana; y además de la tal Escándalo y su colega La Matterassina, se aficionó a cierta Beatrice Pisana, que adoptó el nombre de Pantasilea, la reina de las Amazonas, porque había nacido con un solo pecho que, en compensación, era el pecho más hermoso de la ciudad, o lo que es lo mismo, por lo que se refería a Ago, de todo el mundo conocido.

Al declinar la luz del día y apagarse el fuego en la Piazza, bien cumplida ya su misión, empezó a sonar la música en la Macciana y la zona de placer rival, el Chiasso de'Buoi o Callejón de las Va cas, y bendijo a la ciudad como un ángel proclamando el renace de la alegría. Esa noche Ago e 11

Machia decidieron celebrarlo una gran noche que también sería la última noche de su juventud desenfadada, porque, mientras Savonarola ardía aún, el nuevo Consejo de los Ochenta, ahora al frente de la ciudad, había emplazado a Niccoló en el Palazzo y lo había nombrado secreta rio de la Segunda Cancillería, responsable de los asuntos extranjeros de la República de Florencia.

Niccoló anunció a Ago inmediatamente que le daría también un empleo. –

¿Por qué a mí? – preguntó Ago-. Odio a los putos extranjeros -En primer lugar, furbo -contestó Il Machia-, porque yo m dedicaré a joder con las extranjeras y te dejaré a ti el tedioso papeleo. En segundo lugar, porque tú eres quien profetizó esto, as que no te quejes ahora que tu sueño se hace realidad.

–Joder, bugiarone, eres un verdadero gilipollas -dijo Ago, disgustado, y, groseramente, le hizo una higa a su amigo con 1 mano izquierda, sacando el pulgar por entre los dedos índice medio-. Vamos a celebrar mi clarividencia con unas copas.

Un furbo era un individuo con astucia callejera. Un bugiarone era un término menos halagüeño y, en el caso de Niccoló, también un apelativo menos certero. La realidad seguía siendo que ni Ago ni Il Macchia eran sodomitas, o no muy a menudo, pe esa noche, mientras los Plañideros huían para salvar la vida o, no huían lo bastante deprisa, eran ahorcados en callejones y establos, la verdadera Florencia surgía de sus escondrijos, y eso sigficaba que los hombres volvían a cogerse de la mano casi e cualquier rincón donde uno posara la vista.

–Por fin ya no hace falta que Buonaccorsi y Di Romolo escondan su amor -

dijo II Machia-. A propósito, creo que también voy a contratarlos a ellos, para que puedas verlos en acción en la oficina mientras yo estoy fuera en

misión oficial.

–A mí esos dos maniacos sexuales no pueden enseñarme nada que no haya visto ya -repuso Ago-, y eso incluye las do patéticas ciruelas que esconden en los calzones.

Renuevo, regeneración, renacimiento. En la iglesia parroquial de Ago en Ognissanti, edificio en el que solo entraba de buen grado cuando corría la voz de que alguna gran cortesana acudía allí a exhibir sus encantos, la feligresía juraba que toda esa noche la severa Madonna de Giotto había lucido una sonrisa en la cara. Y al atardecer de aquel día, frente a la iglesia de Orsanmichele, donde rezaban otra vez las más célebres cortesanas, de nuevo ataviadas con sus mejores galas milanesas y las joyas de sus protectores, se acercó a Niccoló y Ago una ruffiana, Giulietta Veronese, la representante enana y, según algunos, también la amante sálica de la más renombrada dama de la noche de toda Florencia, Alessandra Fiorentina. La Veronese los invitó a la soirée con motivo de la reinauguración de la Casa de Marte, el principal salón de la ciudad, así llamado por la estatua perdida del dios de la guerra que se alzaba antes en la margen del río, hasta que las aguas desbordadas del Arno se la llevaron. La casa estaba en la orilla norte, cerca del Puente de las Gracias. Esta invitación fue un acontecimiento extraordinario. La red de informadores de La Fiorentina era sin lugar a dudas excelente y rápida, pero aun si había llegado ya a sus oídos el nombramiento de Il Machia, el rango de secretario de la Segunda Cancillería no merecía ni mucho menos su inclusión entre tan selecta y exclusiva compañía, y en cuanto a arrastrar consigo a Ago Vespucci, más insignificante todavía, era un privilegio sin precedentes.

Habían visto el retrato de Alessandra, cómo no; habían babeado ante su imagen en un volumen de miniaturas, con aquella larga melena rubia que evocaba a la difunta Simonetta, tras cuya muerte su desquiciado marido, Marco el Cornudo, había suplicado en vano acceso al salón de La Fiorentina. Este había contratado al principal agente mezzano de la ciudad para negociar con la ruffiana de Alessandra. El agente había escrito cartas de amor en nombre de Marco el Cornudo, y cantado serenatas bajo la ventana de Alessandra al anochecer, e incluso encargado un soneto de

Petrarca escrito en caligrafía dorada a modo de regalo especial de Reyes. La puerta del salón permaneció cerrada a cal y canto para él. «Mi señora -dijo Giulietta Veronese al mezzano no está interesada en ser la fantasía necrófila de un cornudo majara. Decid a vuestro señor que haga un agujero en un retrato de su difunta esposa y fornique con él.»

Una semana después de este rechazo definitivo Marco Vespucci se ahorcó.

Su cuerpo quedó suspendido del Puente de las Gracias, pero Alessandra Fiorentina no llegó a verlo. Se hizo largas trenzas doradas junto a la ventana y fue como si Marco el Necio de Amor fuera invisible, porque Alessandra había perfeccionado hacía mucho el arte de ver solo lo que le apetecía ver, que era una habilidad esencial si uno aspiraba a ser amo del mundo y no su víctima. Viendo, construía la ciudad. Si ella no lo veía a uno, uno no existía.

Marco Vespucci, que murió invisiblemente frente a su ventana, murió una segunda muerte bajo su mirada borradora.

En cierta ocasión, una década atrás, Niccoló y Ago habían venerado a Alessandra en el esplendor de su juventud mientras reposaba en un balcón abierto, contemplando el Arno e inclinada hacia delante sobre un cojín de terciopelo rojo para que el mundo entero pudiera admirar su noble décolletage, fingiendo en todo momento leer un libro que probablemente era el Decamerón de Boccaccio. Los años de puritanismo no parecían haber hecho mella en su belleza ni su posición. Ahora tenía su propio palazzo, era la reina de la llamada Casa de Marte, y esa velada recibiría en el piano nobile.

–La plebe -dijo Giulietta Veronese- puede entretenerse en el casino de la planta baja.

Durante los nueve años de gobierno plañidero, Giulietta la enana se había visto obligada a malvivir con lo poco que ganaba haciendo de peluquera, adivina y preparadora de filtros amorosos. Se rumoreaba que había profanado tumbas y robado cordones umbilicales de recién nacidos muertos, y cortado los hímenes de vírgenes muertas, y sacado los ojos de las cuencas de los muertos, para usarlos en sus nefarios sortilegios. Ago quiso decirle que ella no era quién para andar hablando de la puta plebe,

pero Il Machia lo pellizcó justo a tiempo, con fuerza suficiente para inducirlo a olvidar lo que tenía ya en la punta de la lengua y decidir, en cambio, matar a Niccoló Machiavelli. También esto lo olvidó pronto, porque la arpía Veronese les daba instrucciones.

–Traedle poesía. La poesía es lo que le gusta, no las flores. Ya tiene flores de sobra. Traedle lo último de Sannazaro o Cecco d'Ascoli, o aprendeos bien uno de los madrigales de Parabosco y ofreceos a cantárselo. Es una mujer temible. Si cantáis mal, os abofeteará. No la aburráis, o alguno de sus caballeros predilectos puede tiraros por la ventana como un juguete del que se ha cansado. No la importunéis, o su protector ordenará que os claven un puñal en el corazón en alguna callejuela antes de que lleguéis a casa mañana. Se os invita solo por una razón. No invadáis el territorio que no os corresponde pisar. – ¿Por qué se nos invita, pues? – preguntó Il Machia.

–Ella os lo dirá -respondió la bruja Veronese con desdén-, si le viene en gana.

***

Akbar el Grande fue informado del rápido ascenso de las trabajadoras del sexo conocidas como Esqueleto y Colchón, que habían pasado de fulanas de medio pelo en la puerta de Hatyapul a cortesanas de pleno derecho con una villa en propiedad a orillas del lago. «La gente ve su éxito como señal del predicamento alcanzado por el favorito de las damas, el extranjero Vespucci, que prefiere el conflictivo título de Mogor dell'Amore -le dijo Abul Fazl-. En cuanto a la procedencia del capital necesario para acometer tal empresa, no podemos más que especular.» Omar el Ayyar, por su lado, confirmó la popularidad de la llamada Casa de Skanda, nombre que le venía de la diosa de la guerra hindú, «porque -se decía en las mansiones de los nobles de la Baja Sikricuando uno lidia con esas damas, es más como librar una batalla que como hacer el amor». Omar contó que el genio musical de

la corte, Tansen, había llegado al extremo de crear un raag en honor de las dos cortesanas, el raag deepak, llamado así porque cuando lo interpretó por primera vez en la Casa de Skanda, la magia de la melodía encendió las llamas de candiles apagados.

En sueños, el propio emperador visitó el burdel, que en el país de la noche se hallaba en las márgenes de un río extranjero desconocido y no a orillas de su propio lago. Era obvio que Mogor dell'Amore también se hallaba sumido en una ensoñación, porque era él quien, en su relato, había trasladado a las dos rameras al Arno en la otra punta del mundo. «Todos los hombres mienten sobre las rameras», pensó Akbar, y lo perdonó. Tenía cosas más serias de que preocuparse.

Soñar con la búsqueda del amor era señal inequívoca de que se había perdido un amor, y el emperador, al despertar, se sintió perturbado. La noche siguiente fue en busca de Jodha y la poseyó con una furia que había estado ausente en sus apareamientos desde su retorno de las guerras.

Cuando él se marchó a escuchar la historia del extranjero, ella se preguntó si esa pasión desenfrenada era una señal de su regreso o un gesto de despedida.

***

–Para que una mujer complazca a un hombre -dijo el emperadores necesario que sepa cantar. Debe tocar instrumentos musicales, y bailan y hacer estas tres cosas cuando se le pida: cantar, bailar y tocar una flauta o tañer una cuerda para arrancarle una melodía.

Debe escribir bien, dibujar bien, ser experta en la realización de tatuajes, y estar dispuesta a tatuarse en la parte del cuerpo que el hombre elija. Debe

conocer el lenguaje de las flores cuando decora camas o canapés, o incluso cuando decora la tierra: el cerezo representa la lealtad; el narciso, la alegría; el loto, la pureza y la verdad. El sauce es la mujer y la peonia el hombre.

Los capullos de granada traen la fertilidad; las aceitunas traen honor, y las piñas propician la longevidad y la riqueza. La campanilla debe evitarse siempre porque remite a la muerte.

En el harén del emperador, las concubinas vivían encerradas en cubículos de piedra roja, suavizados por gruesos cojines. En torno a un patio central, bajo una marquesina de espejuelos que protegía al harén del sol y. las miradas indebidas, los cubículos formaban apretadas filas, como un ejército del amor, o como ganado. Un día se concedió a Mogor el privilegio de acompañar a Akbar a este mundo oculto. Lo seguía un esbelto eunuco de cuerpo impoluto, sin un solo pelo que lo desluciera. Era Omar el Ayyar; no tenía cejas, su cabeza refulgía como un yelmo, su piel era tersa y suave. Era imposible calcularle la edad, pero Mogor intuyó al instante que ese muchacho mórbido mataría a un hombre sin el menor reparo, decapitaría a su mejor amigo, si así lo deseara el emperador. Las mujeres del harén giraban en torno a ellos con un movimiento que recordó a Mogor la trayectoria de los astros, los bucles y remolinos de los cuerpos celestes desplazándose -¡sí!– en torno al sol. Habló al emperador del nuevo modelo heliocéntrico del universo, en voz baja, porque era un concepto que en su tierra aún podía llevar a un hombre a la hoguera acusado de herejía. No era algo que comentar a voces, aun cuando allí, en el harén del Gran Mogol, el Papa difícilmente lo oiría.

Akbar se echó a reír.

–Eso se sabe desde hace cientos de años. Por lo que se ve, vuestra re-nacida Europa está muy atrasada; es como un niño que tira un sonajero desde su moisés porque no quiere que el sonajero haga ruido.

Mogor aceptó el correctivo y cambió de tema.

–Solo pretendía decir que Vuestra Majestad es el sol y estos vuestros satélites -aclaró.

El emperador le dio una fuerte palmada en la espalda.

–Al menos en el terreno de la adulación sí podéis enseñarnos un par de cosas. Le diremos a nuestro campeón de aduladores, Bhakti RamJain, que venga para que le deis alguna que otra idea.

En silencio, despacio, como criaturas de la imaginación en un sueño, las concubinas trazaban círculos y se cimbreaban. Agitaban el aire en torno al emperador creando un caldo mágico sazonado con las especias de la excitación. No había prisa. El emperador reinaba sobre todas las cosas. El mismísimo tiempo podía dilatarse y detenerse. Tenían todo el tiempo del mundo.

–En las artes del entintado, el teñido, la coloración y el pintado de sus dientes, su ropa, sus uñas y su cuerpo, una mujer debe ser incomparable -

dijo el emperador con la voz empañada por efecto de la concupiscencia.

Les sirvieron vino en jarras de cristal dorado, y él bebió a tragos grandes e imprudentes. Trajeron una pipa y al cabo de un momento tenía humo de opio en las pupilas.

Ahora las concubinas estaban más cerca, estrechaban el círculo, rozaban ya sus cuerpos, el del emperador y el de su huésped. En compañía del emperador, uno era emperador por un día. Sus privilegios se convertían en los de uno mismo.

–Una mujer debe saber producir música con copas llenas en distinta medida de diversos líquidos prosiguió el emperador, arrastrando las palabras-. Debe saber colocar cristales de colores en un suelo. Debe saber hacer, adornar y colgar una pintura; confeccionar un collar, un rosario, una guirnalda o una corona de flores; y almacenar o recoger agua en un acueducto o cisterna.

Debe entender de fragancias. Y de ornamentos para la oreja. Y debe saber actuar, y ofrecer espectáculos teatrales, y debe usar las manos con agilidad y seguridad, y saber guisar y preparar limonada o sorbetes, y enjoyarse, y enrollar el turbante de un hombre.

Y, naturalmente, debe saber magia. Una mujer que sepa estas pocas cosas está casi a la altura de un hombre zafio e ignorante.

Las concubinas se habían fundido en una única Mujer sobrenatural, una Concubina compuesta, y Esta rodeaba a los dos hombres por los cuatro costados, asediándolos con su amor. El eunuco se había escabullido del círculo de los planetas del deseo. La única mujer de múltiples brazos e infinitas posibilidades, la Concubina, acalló sus lenguas, tocando la dureza de ellos con su blandura. Mogor se abandonó a ella. Pensó en otras mujeres de lugares y tiempos lejanos, en Simonetta Vespucci y Alessandra Fiorentina, y en la mujer cuya historia había ido a contar a Sikri. También ellas formaban parte de la Concubina.

–En mi ciudad -dijo mucho más tarde, reclinándose en los cojines, entre la melancolía de las mujeres después del amor-, una mujer de buena cuna debe ser prudente y casta, y no debe dar pie a habladurías. Dicha mujer tiene que ser recatada y serena, sincera y benévola. Cuando baila, no debe hacer movimientos enérgicos, y cuando toca un instrumento, debe evitar la estridencia del metal y la percusión del tambor. Debe usar afeites discretos y peinados sencillos.

El emperador, pese a estar casi traspuesto, dejó escapar un resoplido de aversión.

–Siendo así, vuestros hombres de buena cuna deben de morirse de aburrimiento -declaró.

–Ah, pero la cortesana -añadió Mogor- cumple todos vuestros ideales, excepto, seguramente, eso de los cristales de colores.

–Nunca hagáis el amor con una mujer poco ducha con los cristales de colores -dijo solemnemente el emperador, sin dar la menor señal de intención jocosa-. Esa mujer es una arpía ignorante.

***

Esa fue la noche que Agostino Vespucci se enamoró por vez primera, y comprendió que también la adoración era un viaje, que, por decidido que estuviera a no salir de su ciudad natal, estaba condenado, como todos sus amigos libres de ataduras, a recorrer caminos que desconocía, los senderos del corazón que lo obligarían a entrar en lugares peligrosos, a enfrentarse con demonios y dragones, y a arriesgarse a perder no solo la vida, sino también el alma. A través de una puerta indolentemente abierta, alcanzó a ver a La Fiorentina en su sanctasanctórum, reclinada en un diván dorado en medio de un corrillo de hombres, lo más granado de la ciudad, y permitiendo indolentemente a su protector, Francesco del Nero, besarle el pecho izquierdo mientras un perrito faldero blanco y peludo le lamía el pezón derecho, y en ese instante quedó prendado, y supo que era la única mujer que existía para él.

Francesco del Nero era pariente de Il Machia y quizá por eso los habían invitado, pero eso a Ago, a la sazón, le daba igual; habría estrangulado a aquel canalla allí mismo, sí, y también al puto perrito. Para conquistar a La Fiorentina tendría que vencer a muchos rivales como ese, sí, y también labrarse una fortuna, y al desplegarse ante él el camino de su futuro como una alfombra, sintió que se le escapaba el desenfado de la juventud. En su lugar nació una nueva determinación, tan afilada y bien templada como cualquier acero toledano.

–Será mía -musitó a Il Machia, y su amigo lo encontró gracioso.

–El día que me elijan Papa, Alessandra Fiorentina te invitará a su cama.

Mírate. No eres un hombre del que vayan a enamorarse mujeres hermosas.

Eres un hombre que les hace recados y en el que se limpian los pies.

–Vete al infierno -repuso Ago-. Es tu cruz ver el puto mundo con demasiada claridad, y sin una pizca de benevolencia, y encima eres incapaz de callártelo, tienes que soltarlo, y los sentimientos de los demás te traen al fresco. ¿Por qué no vas y masturbas a una cabra enferma?

Como para admitir que se había pasado de la raya, Il Machia enarcó aquellas cejas suyas, semejantes a alas de murciélago, y besó a su amigo en las mejillas.

–Discúlpame -dijo contrito-. Tienes toda la razón. Un joven de veintiocho años que no es especialmente alto, que ya está quedándose calvo, cuyo cuerpo es una colección de blandas almohadas embutidas en una funda que es un poco demasiado pequeña para contenerlas, que no recuerda ningún verso salvo los soeces y cuya lengua es sinónimo de obscenidad… ese es precisamente el individuo que separará las piernas de la reina Alessandra.

Ago movió la cabeza en un gesto de disgusto.

–Para que veas lo capullo que soy: No solo quiero su carne; quiero también su puto corazón.

En el salón de techos altos de Alessandra Fiorentina, bajo una bóveda decorada con frescos de querubines voladores en un cielo azul atentos al colchón de nubes donde Ares y Afrodita hacían el amor, escuchando la música celestial del alemán Heinrich Zink, el mayor intérprete de cornetto curvo de toda Italia, Ago Vespucci se sintió como si un rayo de sol lo hubiese iluminado en plena noche, y se convirtió de nuevo en aquel muchacho virgen que años atrás, sentado en la cama de una ramera flaca, muerto de miedo, le leía los versos de los grandes poetas del momento y que, cuando ella decidió ir al grano, se sonrojó y rompió a estornudar. A La Fiorentina no se la veía por ningún lado y en su ausencia él permaneció inmóvil con el sombrero en la mano junto a una pequeña fuente, incapaz de unirse a la orgía que se desarrollaba alrededor. Il Machia lo abandonó durante un rato y se adentró en un bosque trompe-l'oeil con un par de dríadas desnudas. A Ago le pesaba el cuerpo. Era un fantasma en un banquete. Era el único hombre vivo en una casa de espectros orgiásticos. Se

sentía torpe, triste y solo.

Esa noche no durmió nadie en la ciudad renacida. La música henchía el aire, y las calles, las tabernas, las casas de mala fama, y también las de buena reputación, los mercados, los conventos, todo rebosaba amor. Las estatuas de los dioses bajaron de sus hornacinas adornadas con flores y se sumaron al jolgorio, arrimando su desnudez marmórea y fría a la carne humana caliente.

Incluso los animales y las aves captaron la idea y se entregaron a ella con fruición. Las ratas copulaban en las sombras de los puentes, y los murciélagos en sus campanarios hacían lo que sea que les guste hacer a los murciélagos. Un hombre corría por las calles desnudo y tañía una alegre campanilla. «Secaos los ojos y desabotonaos las calzas -vociferaba-, pues el tiempo de las lágrimas ha terminado.» En la Casa de Marte, Ago Vespucci oyó a lo lejos el repiqueteo de la campanilla y lo invadió un temor inexplicable. Al cabo de un momento comprendió que era el miedo de ver escapársele la vida, de ver escurrírsele la vida entre los dedos mientras estaba allí, paralizado y solo. Sintió como si veinte años pudieran pasar en ese instante, corno si la música pudiera transportarlo lejos de allí, arrastrarlo contra su voluntad a un futuro de parálisis y fracaso, cuando el propio tiempo se detendría por completo, aplastado bajo el peso de su dolor.

Entonces, por fin, la ruffiana Giulietta Veronese le hizo una seña.

–Eres un fulano con suerte. Pese a que ha tenido una noche extraordinaria, una noche magnífica, La Fiorentina dice que te verá ahora, y también a ese amigo tuyo obsesionado con el sexo.

Ago Vespucci irrumpió con un grito en la alcoba del bosque pintado, apartó a Il Machia a rastras de sus dríadas, le lanzó su ropa y tiró de él, aún a medio vestir, hacia la cámara encantada donde aguardaba Alessandra la Bella.

En el sanctasanctórum de la gran cortesana, los próceres de la ciudad, saciados, en déshabillé, dormían en canapés de terciopelo, posadas

laxamente las extremidades sobre los cuerpos yacentes de hetairas desnudas, la troupe juvenil de Alessandra, su número telonero, que habían bailado desnudas para los dignatarios hasta que estos olvidaron su dignidad y se transformaron en lobos aulladores. Sin embargo, el lecho de La Fiorentina estaba vacío, sus sábanas inmaculadas, y a Ago el corazón le dio un pequeño brinco de absurda esperanza. «No tiene amante. Te espera.»

Pero la radiante Alessandra no pensaba en el sexo. Yacía perezosamente en su lecho intacto comiendo uvas de un cuenco, sin más indumentaria que su cabello dorado, y apenas dio señales de haber advertido la entrada de ambos en el tocador en compañía de la enana, su perro guardián. Inmóviles, esperaron. Al cabo de un momento, ella habló, en voz queda, como si se contase a sí misma un cuento para dormir.

–En un origen -dijo distraídamente- eran tres amigos, Niccoló il Machia, Agostino Vespucci y Antonino Argalia. El mundo de su infancia era un bosque mágico. De pronto, la peste se llevó a los padres de Nino. Él partió en busca de fortuna y los otros nunca más lo vieron.

Al oír estas palabras, ambos olvidaron el presente y se sumieron en el recuerdo. La propia madre de Niccoló, Bartolomea de'Nelli, que curaba las enfermedades con la ayuda de las gachas, había muerto repentinamente no mucho después de marcharse a Génova el huérfano Argalia, a sus nueve años, en busca de empleo en la milicia armada de arcabuces bajo el mando del condottiere Andrea Doria. El padre de Niccolò, Bernardo, hizo cuanto estuvo en sus manos para improvisar un remedio a base de polenta, pero Bartolomea murió de todos modos, ardiendo de fiebre y tiritando, y Bernardo ya nunca volvió a ser el mismo. Ahora estaba siempre en la casa solariega de Percussina, ganándose la vida a duras penas y maldiciéndose por carecer de la destreza culinaria que habría salvado la vida de su esposa.

«Si hubiese prestado más atención -se lamentaba un centenar de veces al día-, habría aprendido la receta. En lugar de eso, no hice más que cubrir su pobre cuerpo con un pringue caliente e inútil, y ella me dejó, asqueada.» Y

mientras Il Machia pensaba en su madre muerta y su padre arruinado, Ago recordaba el día que Argalia los abandonó con el aspecto de un vagabundo desposeído, sus pertenencias en un hatillo colgado de un palo que llevaba al hombro.

–El día que se fue -dijo en voz alta- fue el día que dejamos de ser niños.

Pero no era eso lo que pensaba, o al menos no todo. «Y fue el día que encontramos la raíz de mandrágora», añadió en silencio, y una fantasía comenzó a cobrar forma en su cabeza, un plan que convertiría a Alessandra Fiorentina de por vida en su esclava de amor.

Su distracción irritó a Alessandra, pero tan digna era que no lo exteriorizó.

–Sois un par de inútiles sin sangre en las venas -los reprendió la cortesana sin levantar aquella voz grave, sensual e indiferente-. ¿Es que el nombre de vuestro mejor amigo, el amigo que perdisteis, no significa nada para vosotros, pese a que no habéis sabido de él en diecinueve años?

Ago Vespucci, cohibido, no pudo contestar, pero diecinueve años eran en verdad mucho tiempo. Habían querido a Argalia y lo habían perdido, y durante meses, incluso años, esperaron noticias suyas. Al final, dejaron de mencionarlo, convencidos, cada uno por su lado, de que el silencio de Argalia debía interpretarse como que su amigo había muerto. Ninguno de los dos deseaba afrontar esa verdad. Por tanto, ocultaron a Argalia dentro de sí mismos, ya que mientras fuera un tema tabú, tal vez seguiría vivo. Pero crecieron y Argalia se perdió dentro de ellos, se desvaneció, y pasó a ser solo un nombre no pronunciado. Era difícil traerlo de nuevo a la vida.

En un origen eran tres amigos, y cada uno se fue por su camino. Ago, que detestaba viajar, estaba destinado a recorrer el pedregoso sendero del amor.

Il Machia era mucho más deseable que él, pero le interesaba sobre todo la búsqueda del poder, que era un afrodisíaco más eficaz que cualquier raíz mágica. Y Argalia, Argalia se había perdido en el firmamento, era su estrella fugaz.. – ¿Es una mala noticia? – preguntaba Niccoló a Alessandra-.

Perdonadnos. Hemos temido este momento durante casi toda nuestra vida.

Alessandra señaló una puerta lateral.

–Acompáñalos hasta ella -dijo a Giulietta Veronese-. Ahora estoy demasiado cansada para contestar a cualquiera de esas preguntas.

Dicho esto, se abandonó al sueño, apoyando la cabeza en el brazo derecho extendido, y de su nariz perfecta surgió el más leve asomo de ronquido.

–Ya la habéis oído -dijo sin miramientos Giulietta la enana-. Es hora de marcharse. – A continuación, ablandándose un poco, añadió-: Aquí recibiréis todas vuestras respuestas.

Detrás de la puerta había otra alcoba, pero allí la mujer no estaba ni desnuda ni yacente. La iluminación era exigua -una única vela ardía con llama débil en el candelero sujeto a la pared-, y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, vieron, de pie ante ellos, a una odalisca de porte regio y cintura descubierta, las manos cruzadas ante el pecho, luciendo un corpiño ceñido y holgados bombachos.

–La muy estúpida -dijo Giulietta Veronese-, quizá se cree que está aún en el harén otomano y no se ha hecho todavía a la realidad. – Se acercó a la odalisca, que casi le doblaba la estatura, y le gritó desde, aproximadamente, la altura del ombligo-. ¡Te capturaron los piratas! ¡Piratas! Hace ya dos semanas… il y a déjà deux semaines… ¡Te vendieron en un mercado de esclavos de Venecia! Un marché des esclaves! ¿Oyes lo que te digo! – Se volvió hacia Ago e Il Machia-. Su amo nos la ofrece a prueba, y aún no nos hemos decidido. Está de muy buen ver, eso desde luego, los pechos, el culo… por ese lado, bien -en este punto la enana acarició a la mujer inmóvil lascivamente-, pero anda que no es rara. – ¿Cómo se llama? – preguntó Ago-. ¿Por qué le hablas en francés? ¿Por qué da la impresión de que se ha convertido en piedra?

–Hemos oído la historia de una princesa de Francia raptada por el turco -

respondió Giulietta Veronese, dando vueltas como un depredador en torno a la muda-. Pero no es más que una leyenda, hemos pensado. Podría ser esta.

O podría no serlo. Habla francés, eso está claro. Sin embargo, no atiende a un auténtico nombre. Cuando le preguntas cómo se llama, dice: «Soy el

palacio de la memoria». Preguntadle vosotros mismos. Adelante. ¿Por qué no? ¿Os da miedo?

–Qui étes-vous, mademoiselle? – preguntó II Machia con su voz más amable.

Y la mujer pétrea contestó:

–Je suis le palais des souvenirs. – ¿Lo veis? – dijo Giulietta con un graznido triunfal-. Como si ya no fuera una persona. Como si fuera más bien un lugar. – ¿Qué tiene ella que ver con Argalia? – quiso saber Ago. La odalisca se agitó, como si se dispusiera a hablar, pero enseguida se quedó inmóvil otra vez.

–La cosa fue así -explicó Giulietta Veronese-. Cuando llegó aquí, no hablaba ni una palabra. Un palacio con todas las puertas y ventanas cerradas, eso era. Un día la señora dijo: «¿Sabes dónde estás?». Yo lo repetí, obviamente, est-ce que tu sais oú tu es, y cuando la señora añadió: «Estás en la ciudad de Florencia», fue como girar una llave. «Hay una habitación en este palacio que contiene ese nombre», dijo, y empezó a hacer movimientos leves e incomprensibles con el cuerpo, como una persona que camina sin avanzar, como si fuera a algún sitio en su cabeza. Y entonces dijo lo que empujó a mi señora a mandarme en busca vuestra. – ¿Qué dijo?

– preguntó Ago.

–Escuchadlo con vuestros propios oídos -contestó Giulietta Veronese. Acto seguido, volviéndose hacia la misteriosa mujer, dijo-: Qu'est-ce que tu connais de Florence? Qu'est-ce que se trouve dans cette chambre du palais?

Al instante la esclava empezó a moverse, como si recorriera pasillos, doblara recodos, cruzara puertas, sin abandonar el lugar donde estaba.

Finalmente, habló.

–En un origen -dijo en perfecto italiano- eran tres amigos, Niccoló il Machia, Agostino Vespucci y Antonino Argalia. El mundo de su infancia

era un bosque mágico.

Ago empezó a temblar. – ¿Eso cómo lo sabe? ¿Cómo puede haberse enterado? – preguntó, atónito.

Pero Il Machia había adivinado la respuesta. Parte de ella se hallaba en los libros de la pequeña y muy preciada biblioteca de su padre. (Bernardo no era un hombre rico y adquirir libros siempre representaba un esfuerzo, de manera que la decisión de comprar un volumen no la tomaba a la ligera.) Al lado del libro preferido de Niccoló, el Ab Urbe Condita de Tito Livio, estaba De Oratore de Cicerón, y al lado de este se encontraba la Rhetorica ad Herenníum, un delgado volumen de autor anónimo.

–Según Cicerón -dijo Niccoló, recordando-, esta técnica la inventó un griego, Simónides de Ceos, que acababa de abandonar una cena con gran concurrencia de hombres importantes cuando se derrumbó el techo y todos perecieron. Cuando le preguntaron quién había allí presente, logró identificar a todos los muertos recordando el lugar que ocupaban a la mesa.

– ¿Qué técnica? – preguntó Ago.

–En la Rhetorica se llama igual, el palacio de la memoria -contestó Il Machia-. Construyes un edificio en tu cabeza, aprendes a orientarte en él, y entonces empiezas a asignar recuerdos a sus distintos elementos: los muebles, los adornos, lo que quieras. Si asignas un recuerdo a un espacio concreto, puedes recordar un sinfín de cosas paseándote por allí en tu cabeza.

–Pero esta mujer se considera a sí misma el palacio -objetó Ago-.

Como si su propia persona física fuera el edificio al que se han asignado esos recuerdos.

–Eso significa que alguien se ha tomado muchas molestias -comentó Il Machia- para construir un palacio de la memoria del tamaño de todo un cerebro humano. A esta joven le han extraído sus propios recuerdos, o los han relegado a un alto desván del palacio de la memoria erigido en su