La encantadora de Florencia

Salman Rushdie · Capítulo 16 de 25

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La encantadora de Florencia

Capítulo 15

–Yo le di codazos, le di empujones hasta que casi se cayó, y ella era mayor que yo. No la honré, y ahora se ha ido.

Akbar reconfortó a su madre:

–Sabía que la queríais. Sabía que una mujer puede ser mala en sus empujones y buena en su amistad.

Pero la reina madre era inconsolable.

–Tenía siempre un aspecto tan joven… El ángel se equivocó. Soy yo quien esperaba la muerte.

Después de los cuarenta días de luto por Gulbadan, Akbar mandó llamar a Mogor dell'Amore al Lugar de los Sueños.

–Lo alargáis demasiado. No podéis continuar con esto eternamente, ya lo sabéis. Es hora de proseguir el relato. Contad ya esa maldita historia lo más deprisa posible, y hacedlo, os lo ruego, sin volver a revolucionar a las damas.

–Refugio del Mundo -dijo Mogor con una profunda reverencia-, nada deseo más que contar toda mi historia, pues es lo que anhelan los hombres por encima de todas las cosas. Pero para llevar a la señora Ojos Negros a los brazos de Argalia el Turco, antes debo explicar ciertos acontecimientos militares en los que intervinieron las tres grandes potencias que hay entre Italia y el Indostán, es decir, el caudillo uzbeco Ajenjo Kan, el sha Ishmael o Ismail, rey safávida de Persia, y el sultán otomano.

–Caiga una maldición sobre todos los narradores de cuentos -dijo Akbar, irritado, y bebió un largo trago de una copa de vino roja y dorada-. Y un rayo a vuestros hijos.

15

JUNTO AL MAR CASPIO, LAS

VIEJAS BRUJAS

DE LA PATATA

Junto al mar Caspio, las viejas brujas de la patata se sentaron a llorar.

Sonoros fueron sus sollozos y desesperados sus lamentos. Toda Transoxiana estaba de duelo por el gran Shaibani Kan, el poderoso señor de Ajenjo, soberano del ancho Jorasán, potentado de Samarcanda, Herat y Bujara, descendiente de la auténtica línea de sangre de Gengis Kan, en otro tiempo vencedor de Babur, el mogol arribista…

–Probablemente no es buena idea -dijo el emperador con delicadeza- repetir en nuestra presencia las baladronadas de ese granuja sobre nuestro abuelo.

…Shaibani, ese bribón abominable y salvaje, que cayó en la batalla de Marv y perdió la vida a manos del sha Ismail de Persia, quien engarzó su cráneo en una copa de vino roja y dorada con incrustaciones de piedras preciosas, y repartió trozos de su cuerpo por todo el mundo para demostrar que había muerto. Así pereció ese guerrero de sesenta años, fogueado aunque también brutal, inculto y bárbaro: decapitado y desmembrado, una muerte merecida y humillante, por un joven bisoño de solo veinticuatro años.

–Eso ya nos gusta más -dijo el emperador, contemplando su propia copa de vino con satisfacción-. Pues no puede considerarse destreza matar a los conciudadanos de uno, traicionar a los amigos, vivir sin fe, sin misericordia, sin religión: por tales medios uno puede adquirir poder, pero no gloria.

–Niccola Machiavelli de Florencia no lo habría expresado mejor -convino

el narrador.

***

La brujería de la patata nació en Astracán, a orillas del río Atil, después llamado Volga, concebida por la apócrifa Bruja Madre Olga I, pero sus adeptas llevaban tanto tiempo escindidas como llevaba escindido el mundo, así que ahora, en la costa occidental del mar Caspio, que llamaban Jazar, cerca de Ardabil, donde se originó el misticismo sufí de la dinastía safávida del sha Ismail, las brujas eran chiíes y celebraban los triunfos del nuevo Imperio Persa Duodecimano, mientras que en la costa oriental, donde vivían los uzbecos, eran -¡algunas de ellas, y qué equivocadas estaban, las pobres!– partidarias de Ajenjo Kan. Después, cuando el sha Ismail sufrió en su propia carne la derrota ante el ejército otomano, estas brujas de la patata suníes establecidas al este del mar de Jazar sostuvieron que sus maldiciones habían sido más poderosas que la magia de sus hermanas chiíes en el oeste.

«Porque la patata jorasaní es omnipotente -clamaron muchas veces, en palabras de su credo más sagrado-, y con ella todo puede lograrse.»

Mediante el uso adecuado de sortilegios uzbeco-suníes basados en la patata, era posible encontrar marido, ahuyentar a una rival amorosa más atractiva o provocar la caída de un rey chií. El sha Ismail había sido víctima de la Gran Maldición Uzbeca Antichií del Esturión y la Patata, rara vez usada, que requería unas cantidades de patata y caviar difíciles de reunir, y una unidad de propósito entre las brujas suníes que tampoco se alcanzaba fácilmente.

Cuando conocieron la derrota de Ismail, las brujas de la patata orientales se enjugaron los ojos, pusieron fin a sus lamentos y bailaron. Una bruja jorasaní en rotación es una imagen poco común y muy peculiar, y entre quienes han visto esa danza, casi nadie la ha olvidado. Y la Maldición de la Patata y el Caviar provocó una escisión en la hermandad de las brujas de la patata que hasta el día de hoy no se ha superado.

Aun con eso, es posible que el desenlace de la batalla de Chal-dirán se debiera a razones más prosaicas: que el ejército otomano tenía una gran superioridad numérica sobre el persa; o que los soldados otomanos portaban fusiles, que los persas consideraban armas poco viriles y se negaban a usar, con lo cual fueron enviados en tropel a una muerte inevitable pero indiscutiblemente viril; o que al frente de las fuerzas otomanas estaba el invencible general jenízaro, verdugo de Vlad el Empalador, el Dragón-Demonio de Valaquia, a saber, Argalia, el turco florentino. Por grande que se creyera el sha Ismail -y nadie lo aventajaba en su elevada opinión de sí mismo-, no pudo resistir mucho tiempo ante el Portador de la Lanza Hechizada.

El sha Ismail de Persia, autoproclamado representante en la tierra del Duodécimo Imán, era conocido por su arrogancia, egotismo y proselitismo fanático del Ithna Ashari, es decir, el islam chií duodecimano. «Romperé los mazos de polo de mis adversarios -se jactó, usando las palabras del santo sufí Shaij Zahid- y entonces el campo será mío.» Acto seguido, hizo una declaración aún más pretenciosa, esta vez con sus propias palabras:

«¡Soy el Dios Verdadero, el Dios Verdadero, el Dios Verdadero! ¡Ay, hombre ciego que te has apartado del buen camino, contempla la Verdad!

Soy el Hacedor Absoluto de quien hablan los hombres». Lo llamaban Vali Allah, el vicario de Dios, y para sus soldados qizilbash pelirrojos era ciertamente divino. Modestia, generosidad, bondad: no eran las características por las que se distinguía. Así y todo, cuando marchó hacia el sur desde el campo de batalla de Marv, acompañado por la cabeza de Shaibani Kan en un tarro de miel, y entró triunfalmente en Herat, esas fueron las palabras que empleó para describirlo la princesa olvidada por la historia, la señora Ojos Negros, Qara Köz. El sha Ismail fue el primer hombre del que se enamoró. Tenía diecisiete años.

–Conque es verdad, pues -exclamó el emperador-. El extranjero por el que ella se negó a volver con Janzada a la corte de mi abuelo, la razón por la que mi noble abuelo la borró de los anales de la historia, el seductor del que habló nuestra querida tía Gulbadan, no fue vuestro Arcalia o Argalia, sino el mismísimo sha de Persia.

–Fueron dos capítulos distintos de su historia, oh, Refugio del Mundo -

repuso el narrador-. Uno detrás de otro, el vencedor y luego el hombre que derrotó al vencedor. Las mujeres no son perfectas, hay que reconocerlo, y parece que la joven tenía cierta debilidad por ponerse del lado ganador.

Herat, perla de Jorasán, lugar de residencia del pintor Behzad, creador de miniaturas sin parangón, y del poeta Jami, el inmortal filósofo del amor, y última morada de la patrona de la belleza, la gran reina Gauhar Shad, es decir, Joya Feliz o Resplandeciente! «Ahora perteneces a Persia -dijo el sha Ismail mientras recorría a · caballo sus calles conquistadas-. Tu historia, oasis, baños, puentes, canales y minaretes son todos míos.» Observándolo desde una alta ventana del palacio, estaban las dos princesas capturadas de la casa mogol.

«Ahora moriremos o nos pondrán en libertad», dijo Janzada, sin permitirse el menor temblor en la voz. Shaibani Kan la había hecho su esposa y ella le había dado un hijo. Janzada contempló la urna sellada, detrás del caballo del conquistador, suspendida de una lanza corriente, y supo qué contenía.

«Si el padre ha muerto -anunció-, mi hijo está también condenado.» Acertó en su análisis: para cuando el sha Ismail se presentó ante la puerta de las princesas, el niño ya había ido a reunirse con su padre. El rey persa inclinó la cabeza ante la princesa Janzada.

–Sois las hermanas de un gran hermano, y por eso os dejo en libertad.

Tengo la intención de devolveros, junto con muchos regalos en muestra de amistad, a mi señor Babur, que está en Qunduz, y vosotras, señoras, seréis el mayor de todos los regalos.

–Hasta ahora -contestó Janzada-, no solo era hermana, sino también madre y esposa. Puesto que habéis destruido dos tercios de mí, la última parte ya puede volver a casa.

Después de nueve años como reina de Ajenjo Kan y ocho corno madre de un príncipe, tenía el corazón hecho trizas. Pero en ningún momento Janzada

Begum permitió que su rostro o su voz delataran sus auténticas emociones, por lo que el sha Ismail la consideró una mujer fría e insensible. A sus veintinueve años, era una gran belleza, y el persa se sintió muy tentado de mirar detrás del velo, pero, conteniéndose, se volvió hacia la muchacha más joven.

–Y vos, señora -dijo con toda la cortesía de la que fue capaz-, ¿qué tenéis que decir a vuestro liberador?

Janzada Begum cogió a su hermana por el codo como para llevársela consigo.

–Gracias, mi hermana y yo somos del mismo parecer -afirmó.

Pero Qara Köz se zafó de la mano de su hermana, se apartó el velo y miró al joven rey a la cara.

–Me gustaría quedarme.

A los hombres les sobreviene cierta debilidad después de la batalla; cuando toman conciencia de la fragilidad de la vida, la estrechan contra su pecho como una fuente de cristal que a punto ha estado de caérseles, y el tesoro de la vida ahuyenta su valentía. En tales ocasiones, todos los hombres son cobardes, y no son capaces de pensar en nada más que en los abrazos de las mujeres, en nada más que en las palabras curativas que solo las mujeres pueden susurrar, en nada más que en el goce de perderse en los laberintos fatales del amor. Cuando dicha debilidad se adueña de un hombre, este hará cosas que den al traste con sus planes mejor fraguados, puede formular promesas que cambien su futuro. Fue así como el sha Ismail de Persia se ahogó en los ojos negros de la princesa de diecisiete años.

–Quedaos, pues -contestó.

–La necesidad de una mujer que cure la soledad del asesinato -dijo el emperador, rememorando-. Que borre la culpabilidad de la victoria o la vanagloria de la derrota, aquiete el temblor de los huesos, enjugue las

lágrimas calientes del alivio y la vergüenza. Que nos abrace mientras sentimos la marea menguante de nuestro odio y esa forma de bochorno aún mayor a la que da paso. Que nos rocíe con lavanda para ocultar el olor de la sangre en las yemas de los dedos y el hedor de la matanza en la barba. La necesidad de una mujer que nos diga que somos suyos y que aleje la muerte de nuestros pensamientos. Que sofoque nuestra curiosidad sobre cómo será hallarse ante el Trono del Juicio, que elimine nuestra envidia de quienes han ido antes que nosotros a ver al Todopoderoso tal como es, y aplaque las dudas que se retuercen en nuestro estómago, sobre la existencia de la vida después de la muerte e incluso del propio Dios, porque los caídos están absolutamente muertos, y ya no parece existir ningún cometido superior.

Después, cuando la perdió para siempre, el sha Ismail habló de brujería.

Había un hechizo en su mirada que no era del todo humano, dijo; un demonio habitaba en ella, y lo había arrastrado a la condenación. «Que una mujer tan hermosa no sea tierna -dijo a su criado sordomudo-, eso no me lo esperaba.

No esperaba que se apartara de mí con tal despreocupación, como si, cambiara de zapato. Esperaba ser amado. No esperaba ser un majnun-Layla, enloquecido a causa del amor. No esperaba que' me partiera el corazón.»

Cuando Janzada Begum regresó a Qunduz junto a Babur sin su hermana, fue recibida con una gran celebración de soldados y bailarinas, de trompetas y cantos, y el propio Babur se acercó a pie a ella para abrazarla al descender de la litera. Pero en privado estaba hecho una furia, y fue entonces cuando ordenó borrar a Qara Köz de los anales históricos. Aun así, durante un tiempo permitió al sha Ismail creer que eran amigos. Acuñó monedas con la cabeza de Ismail en ellas para demostrarlo, e Ismail envió tropas para ayudarlo a expulsar a los uzbecos de Samarcanda. Un día, de pronto, no aguantó más y dijo a Ismail que cogiera sus tropas y se marchara.

–Eso es interesante -dijo el emperador-. Ya que la decisión de nuestro abuelo de mandar a casa al ejército safávida después de recapturar Samarcanda siempre ha sido un misterio. Fue en esas fechas cuando dejó de

escribir el libro de su vida, labor que no reanudó hasta pasados once años, así que su propia voz calló a ese respecto. Tras marcharse los persas, volvió a perder Samarcanda en el acto y se vio obligado a huir hacia Oriente.

Creíamos que el rechazo de la ayuda persa se debió a la prosopopeya religiosa del sha Ismail: las interminables proclamas de su propia divinidad, sus engrandecimientos de chií duodecimano. Pero si la verdadera razón era la lenta ira de Babur por la princesa oculta, ¡cuántos asuntos importantes se han derivado de la decisión de Qara Köz! Porque la pérdida de Samarcanda fue la razón por la que Babur vino al Indostán y estableció aquí su dinastía, y nosotros somos los terceros en esa línea. Así que si vuestra historia es cierta, el nacimiento de nuestro imperio es consecuencia directa del capricho de Qara Köz. ¿Debemos condenarla o encomiarla? ¿Fue una traidora, que merece nuestro desprecio eterno, o nuestra genetrix, la que dio forma a nuestro futuro?

–Era una muchacha bella y caprichosa -dio Mogor dell'Amore-. Y poseía tal poder sobre los hombres que acaso al principio ni siquiera ella fuese consciente de la fuerza de sus hechizos.

Qara Köz: veámosla ahora en la capital safávida de Tabriz, acariciada por las exquisitas alfombras del sha, tal como Cleopatra se envolvió en la alfombra de César. En Tabriz incluso los montes estaban alfombrados, ya que extendían a secar al sol en las laderas los grandes tapices. En sus aposentos reales, la señora Ojos Negros se revolcaba en los tapices persas como si fueran cuerpos de amantes. Y en un rincón humeaba siempre un samovar. Comía con avidez -pollo relleno de ciruelas pasas y ajo, o gambas con pasta de tamarindo, o kebabs acompañados de fragante arroz-, y sin embargo su cuerpo permanecía esbelto y alargado. Jugaba al backgammon con su criada Espejo, y se convirtió en la mayor jugadora de la corte persa.

También compartía otros juegos con Espejo; detrás de las puertas cerradas con llave de su alcoba, las dos muchachas reían y gritaban, y muchos cortesanos las tomaban por amantes, pero nadie, ni hombre ni mujer, osó decirlo, porque la cabeza del chismoso habría rodado.

Cuando Qara Köz veía al joven rey jugar al polo, dejaba escapar un suspiro

de éxtasis erótico cada vez que él descargaba un golpe de mazo y la gente empezó a creer que esos gruñidos y exclamaciones en realidad hechizaban la pelota, que inevitablemente encontraba el camino hacia la portería mientras los mazos de los defensores se agitaban patéticamente en el aire vacío. Se bañaba en leche.

Cantaba como un ángel. No leía libros. Tenía veintiún años. No había concebido a ningún hijo. Un día, cuando su Ismail habló de la creciente fuerza de su rival en el oeste, el sultán otomano Bayezid II, le dio en susurros un consejo letal.

–Enviadle esa copa vuestra, la que está hecha con el cráneo de Shaibani Kan, para advertirle de lo que ocurrirá si no recuerda, su lugar.

A Qara Köz le seducía la vanidad de Ismail. Estaba enamorada de sus defectos. Un hombre que se creía dios era quizá el hombre ideal para ella.

Quizá no le bastaba con un rey. «¡El Verdadero Dios! – exclamaba cuando la hacía suya-. ¡El Hacedor Absoluto!» A él eso le gustaba, naturalmente, y como era sensible al elogio, no se paró a pensar en la autonomía de su gran belleza, que ningún hombre podía poseer, que se poseía a sí misma, y que soplaría en la dirección que le viniera en gana, como el viento. Si bien ella lo había abandonado todo por él, había decidido cambiar de mundo tras solo una mirada, dejando a su hermana, a su hermano y a su clan para viajar hacia el oeste en compañía de un apuesto forastero, el sha Ismail, en la inmensidad de su amor a sí mismo, consideró este acto tan radical lo más normal del mundo, pues, al fin y al cabo, lo había hecho por él. No vio, pues, el lado errante de ella, el desarraigo. Si una mujer se desentendía tan fácilmente de una lealtad, bien podía desentenderse también de la siguiente.

Había días en que ella deseaba la maldad: la maldad de él y la suya propia.

En la cama, le susurraba que ella tenía otro ser dentro de ella, un ser malvado, y cuando ese ser se imponía, ya no era responsable de sus actos, podía hacer cualquier cosa, cualquier cosa. Esto a él lo excitaba hasta límites insoportables.

En el amor, ella era más que su igual. Era su reina. En cuatro años no le había dado un hijo. No importaba. Era un festín para los sentidos. Era aquello por lo que los hombres mataban. Era su adicción y su maestra.

–Quieres que envíe a Bayezid la copa de Shaibani -dijo con la voz empañada, como embriagado-. Que le envíe el cráneo de otro hombre.

–Para vos, beber en el cráneo de vuestro enemigo es una gran victoria -

susurró-. Pero cuando Bayezid beba de la cabeza del rival derrotado por su enemigo, se le meterá el miedo en el corazón.

Ismail comprendió que ella había hechizado la copa para infundir terror.

–Muy bien. Haremos lo que propones.

***

El cuadragesimoquinto aniversario de Argalia llegó y pasó. Era un hombre alto y pálido, y pese a los años de guerra, tenía la tez tan blanca como una mujer; hombres y mujeres se maravillaban por igual de la suavidad de su piel. Adoraba los tulipanes, y se los hacía bordar en sus túnicas y capas, creyéndolos portadores de buena suerte, y de las mil quinientas variedades de tulipán de Estambul, seis en concreto abundaban en sus aposentos del palacio.

La Luz del Paraíso, la Perla Incomparable, el Aumentador del Placer, el Instilador de Pasión, la Envidia del Diamante y la Rosa del Alba: estos eran sus preferidos, y mediante ellos se revelaba como un sensualista tras su apariencia de guerrero, una criatura del placer oculta bajo la piel de un matador de hombres, un ser femenino dentro de otro masculino. Poseía

asimismo el gusto de una mujer por las galas: cuando no vestía de campaña, se recreaba en las alhajas y las sedas y sentía gran debilidad por las pieles exóticas, el zorro negro y el lince de Moscovia que llegaban a Estambul a través de Feodosia, en Crimea. Tenía el pelo largo y negro como el mal y los labios carnosos y rojos como la sangre.

La sangre, y su derramamiento, habían sido el centro de su vida. Bajo el reinado del sultán Mehmed II, había librado una docena de campañas y vencido todas las batallas en las que colocó el arcabuz en posición de disparo o desenvainó la espada. Se había rodeado de un escuadrón de jenízaros leales, corno un escudo, con los gigantes suizos Otho, Botho, Clotho y D'Artagnan corno lugartenientes, y aunque la corte otomana estaba plagada de intrigas, había frustrado siete atentados contra su vida. Después de la muerte de Mehmed, el imperio estuvo a punto de sumirse en la guerra civil entre sus dos hijos, Bayezid y Cem. Cuando Argalia descubrió que el Gran Visir, a despecho de la tradición musulmana, se había negado a sepultar el cuerpo del difunto sultán durante tres días a fin de dar tiempo a Cem para llegar a Estambul y apoderarse del trono, llevó a los gigantes suizos a los aposentos del visir y lo mató. Encabezando el ejército de Bayezid, se enfrentó al pretendido usurpador y lo mandó al exilio. Hecho esto, pasó a ser comandante en jefe del nuevo sultán. Combatió contra los mamelucos de Egipto por tierra y por mar, y cuando derrotó a la alianza entre Venecia, Hungría y el papado, su prestigio corno almirante igualó a su fama como guerrero en tierra firme.

Después, los mayores problemas procedieron de los pueblos qizilbash de Anatolia. Se tocaban con gorros rojos de doce pliegues para demostrar su adhesión al chiísmo duodecimano y, a resultas de ello, se sentían atraídos por el sha Ismail de Persia, el sedicente Verdadero Dios. El tercer hijo de Bayezid, Selim el Severo, quiso aplastarlos completamente, pero su padre fue más comedido. A causa de ello, Selim el Severo empezó a ver a su padre como un pacificador y un blando. Cuando la copa del sha Ismail llegó a Estambul, Selim se lo tomó como un insulto mortal. «Habría que enseñar modales a ese hereje que se hace llamar Dios», declaró. Cogió la copa como un duelista recoge el guante arrojado a la cara. «Beberé sangre safávida en esta copa», prometió a su padre. Argalia el Turco dio un paso al frente. «Y

yo serviré ese vino», afirmó.

Cuando Bayezid se negó a autorizar la guerra, las cosas cambiaron para Argalia. Pocos días después, sus jenízaros y él se habían unido a las fuerzas de Selim el Severo, y Bayezid abandonó el poder por la fuerza. El viejo sultán fue obligado al retiro forzoso y desterrado a su Didimoteicho natal, en Tracia, y murió de pena por el camino, y casi mejor así. En el mundo no había lugar para hombres que perdían el temple. Selim, con Argalia a su lado, dio caza y estranguló a sus hermanos Ahmed, Korkud y Shahinshah, y mató también a los hijos de estos. Así, se restauró el orden y se eliminó el riesgo de revuelta. (Muchos años después, cuando Argalia contó a Il Machia estas hazañas, las justificó diciendo: «Cuando un príncipe toma el poder, debe hacer lo peor de inmediato, porque luego sus súbditos verán todas sus hazañas como una mejora respecto a los comienzos», y al oír esto Il Machia se quedó callado y pensativo y, pasado un rato, movió la cabeza en un lento gesto de asentimiento. «Terrible -dijo-, pero cierto.») Llegó entonces la hora de hacer frente al sha Ismail. Argalia y sus jenízaros fueron enviados a Rum, en el norte de la franja central de Anatolia, arrestó a miles de residentes qizilbash y masacró a otros miles. Así hizo callar a esos canallas mientras el ejército cruzaba su reino para entregar la carta de Selim el Severo al sha. En este mensaje Selim decía: «Ya no respetáis los mandamientos y las prohibiciones de la ley divina.

Habéis incitado a vuestra abominable facción chií a una unión sexual no sancionada. Y habéis derramado sangre inocente». Cien mil soldados otomanos acamparon a orillas del lago Van, en la Anatolia oriental, dispuestos a hacer tragar estas palabras al blasfemo sha Ismail. En sus filas había doce mil mosqueteros jenízaros bajo el mando de Argalia. Contaban también con quinientos cañones, encadenados entre sí para formar una barrera infranqueable.

El campo de batalla de Chaldirán estaba al noreste del lago Van, y allí tomaron posiciones las fuerzas persas. El ejército del sha Ismail contaba con unos efectivos de solo cuarenta mil hombres, casi todos ellos de caballería, pero al examinar su disposición de combate, Argalia supo que la superioridad numérica no siempre decidía una batalla. Al igual que Vlad

Drácula en Valaquia, Ismail había usado una estrategia de tierra quemada.

Anatolia había quedado calcinada y yerma, y los otomanes que marchaban desde Sivas hasta Arzinján apenas encontraron bebida y comida en su avance. El ejército de Selim estaba cansado y famélico cuando acampó a orillas del lago después de la larga marcha, y un ejército en tales condiciones siempre es eluctable. Después, cuando Argalia estaba con la princesa oculta, ella le explicó por qué su antiguo amante había sido derrotado.

«La caballerosidad. La absurda caballerosidad, y por escuchar a un estúpido sobrino suyo, y no a mí.»

Lo extraordinario es que la hechicera de Persia, junto con su esclava Espejo, se hallaba presente en el puesto de mando, en lo alto de un otero por encima del campo de batalla, agitándose el fino velo contra su rostro y sus pechos de una manera tan sugerente que cuando se plantó ante la tienda del rey, la belleza de su cuerpo apartó la guerra por completo del pensamiento de los soldados safávidas.

–Debe de estar loco para traeros aquí -le dijo Argalia cuando, sucio de sangre y ahíto de matar, la encontró abandonada al final de aquel día colmado de muerte.

–Sí -contestó ella con naturalidad-. Lo volví loco de amor.

Sin embargo, en lo que se refiere a estrategia militar, ni siquiera con sus hechizos consiguió que él la escuchara.

«Fijaos -exclamó ella-, aún están construyendo sus fortificaciones defensivas. Atacad ahora, que no están preparados.» Y exclamó también:

«Fijaos, tienen quinientos cañones encadenados en fila y doce mil fusileros detrás. No galopéis derechos hacia ellos u os abatirán como a tontos». Y:

«¿No tenéis armas de fuego? Conocéis las armas de fuego. Por amor de Dios, ¿por qué no traéis armas de fuego?». A lo que el sobrino del sha, Durmish Kan, contestó, el muy cretino: «Sería poco deportivo atacarlos

cuando aún no están preparados para el combate». Y: «No sería noble enviar a nuestros hombres a atacarlos por la retaguardia». Y: «El arma de fuego no es propia de hombres. El arma de fuego es para cobardes que no se atreven a luchar de cerca. Aun así, por más armas de fuego que tengan, llevaremos el combate hasta ellos, cuerpo a cuerpo. Al final del día habrá ganado el valor, y no, ¡ja!, esos "arcabuces" y "mosquetes"». Ella se volvió hacia el sha Ismail con una especie de desesperación al borde de la risa.

«Decid a este hombre que es idiota», ordenó la princesa. Pero el sha Ismail respondió: «No soy un jefe de caravana para andar acechando en las sombras. Será lo que Dios quiera».

Negándose a ver la batalla, la princesa se sentó en la tienda real, sin mirar hacia la puerta. Espejo tomó asiento a su lado y le cogió la mano. El sha Ismail encabezó una carga por la derecha que aplastó el flanco izquierdo otomano, pero la hechicera había vuelto la cara. Los dos ejércitos sufrieron grandes pérdidas. La caballería persa abatió a lo más florido de los jinetes otomanos, los ilirios, los macedonios, los serbios, los epirotes, los tesalios y los tracios. En el bando safávida, los comandantes cayeron uno tras otro y, mientras morían, la hechicera, en la tienda, musitaba sus nombres.

«Muhammad Kan Ustajlu, Husain Beg Lala Ustalju, Saru Pira Ustajlu», y así sucesivamente. Como si pudiera verlo todo sin mirar. Y Espejo reflejaba sus palabras, de modo que los nombres de los muertos parecían un eco en la tienda real. «Amir Nizam al-Din Abd al-Baqi… al-Baqi…», pero el nombre del sha que se creía Dios no fue pronunciado. El centro de las fuerzas otomanas resistió, pero el ánimo de la caballería turca rayaba en el pánico cuando Argalia ordenó intervenir a la artillería. «Canallas -gritó a sus propios jenízaros-, si alguno intenta huir, volveré los putos cañones contra vosotros.» Los gigantes suizos, armados hasta los dientes, recorrieron a paso veloz la línea de combate otomana para recalcar las amenazas de Argalia. Entonces las armas empezaron a atronar. «Ha comenzado la tormenta», dijo la hechicera, sentada en su tienda. «La tormenta», repitió Espejo. No hacía falta mirar mientras moría el ejército persa. Era el momento de entonar una triste canción. El sha Ismail estaba vivo, pero la derrota era un hecho.

Había abandonado del campo de batalla, herido, sin ir a buscarla. Ella lo

sabía.

–Se ha ido -dijo a Espejo.

–Sí, se ha ido -asintió la otra.

–Estamos a merced del enemigo -afirmó la hechicera.

–A merced -contestó Espejo.

Los hombres apostados frente a la tienda para protegerlas habían huido también. Eran dos mujeres solas por encima de un horrendo campo de sangre.

Fue así como las encontró Argalia, allí sentadas, sin velo, erguidas y solas, mirando en dirección contraria a la puerta de la tienda real y entonando una triste canción, concluida ya la batalla de Chaldirán. La princesa Qara Kóz se volvió hacia él, sin intentar siquiera ocultar la desnudez de sus facciones, y a partir de ese momento solo se vieron el uno al otro, ajenos al resto del mundo.

Él parecía una mujer, pensó ella, una mujer alta y pálida de cabello negro que se había saciado de muerte. Qué blanco era, blanco como una máscara.

En la que destacaban, como una mancha de sangre, aquellos labios rojos, muy rojos. Una espada en la mano derecha y un arma de fuego en la izquierda. Era tanto lo uno como lo otro, espadachín y tirador, hombre y mujer, él mismo y también su sombra. La princesa abandonó al sha Ismail como él la había abandonado a ella y eligió de nuevo. Aquel hombre-mujer de rostro pálido.

Más tarde, él las reclamaría a ella y a su Espejo como botín de guerra y Selim el Severo se las concedería, pero ella lo había escogido ya mucho antes, y fue su voluntad la causa de todo lo que ocurrió después.

–No temáis -dijo él en persa.

–Nadie en este lugar conoce el significado del miedo -repondió ella, primero en persa y luego otra vez en chagatai, su lengua materna túrquica.

Y por debajo de estas palabras, las verdaderas palabras «Seréis mio. Sí.

Soy vuestra»

***

Después del saqueo de Tabriz, Selim quiso pasar el invierno en la capital safávida y conquistar el resto de Persia en primavera, pero Argalia le dijo que el ejército se amotinaría si insistía en eso. Habían logrado la victoria y se habían anexionado buena parte de la Anatolia oriental y el Kurdistán, duplicando casi la extensión del imperio otomano. Con eso bastaba. La línea trazada en Chaldirán sería la nueva frontera entre las potencias otomana y safávida.

Además, Tabriz estaba vacío. No había comida para los hombres ni para las monturas de la caballería o los camellos de carga. El ejército quería volver a casa. Selim entendió que se había llegado a un final. Ocho días después de la entrada del ejército otomano en Tabriz, Selim el Severo sacó a sus hombres de la ciudad y se dirigió hacia el oeste.

Un dios derrotado deja de ser divino. Un hombre que abandona a su consorte en el campo de batalla deja de ser un hombre. El sha Ismail regresó deshecho a su ciudad deshecha y pasó sus últimos diez años de vida sumido en la melancolía y la bebida. Vestía túnica negra y turbante negro, y los pendones safávidas se tiñeron también de negro. Nunca volvió a entrar en combate y osciló entre la pena y el libertinaje a tal escala que demostró a todos su debilidad y el alcance de su desesperación. Cuando se emborrachaba, corría de habitación en habitación en su palacio buscando a

alguien que ya no estaba allí, que nunca volvería a estar. Al morir, no había cumplido los treinta y siete años.

Era sha de Persia desde hacía veintitrés, pero había perdido todo lo que le importaba.

***

Cuando ella desvistió a Argalia y encontró tulipanes bordados en su ropa interior, comprendió que era adicto a sus supersticiones, que, como cualquier hombre cuyo trabajo es la muerte, hacía cuanto podía para postergar la última hora. Cuando le quitó la ropa interior y los encontró tatuados en los omóplatos y nalgas e incluso en el grueso tallo del pene, supo con toda certeza que había encontrado al amor de su vida.

–Ya no necesitas esas flores -le dijo, acariciándolas-. Ahora yo seré tu talismán.

«Sí, te tengo a ti -pensó Argalia-, pero solo hasta que deje de tenerte.

Solo hasta que decidas abandonarme como abandonaste a tu hermana, para cambiar de caballo otra vez como cambiaste al sha Ismail por mí.» Al fin y a la postre, un caballo solo es un caballo. Ella le leyó el pensamiento, y viendo que necesitaba más garantías, dio una palmada. En la alcoba colmada de flores, entró Espejo.

–Dile quién soy -ordenó Qara Kóz.

–Es la mujer que os ama -dijo Espejo-. Puede encantar a las serpientes en la tierra y a los pájaros en los árboles y hacer que se enamoren, y se ha enamorado de vos, así que ahora podéis tener cuanto deseéis.

La hechicera levantó ligeramente la ceja, y Espejo dejó caer su ropa y se metió en la cama.

–Es mi Espejo -dijo la hechicera-. Es la sombra que brilla. Quien me conquista, también la obtiene a ella.

En ese momento Argalia el gran guerrero reconoció la derrota. En vista de tan arrollador asalto, el único camino que le quedaba a un hombre era la rendición incondicional.

Fue él quien le puso el nombre de «Angelica». Derrotado por «Qara Kóz», con su oclusión glótica y su progresión de sonidos poco habituales para él, le dio el nombre seráfico por el que la conocerían sus nuevos mundos. Y

ella, a su vez, transmitió el nombre a Espejo.

–Si yo he de ser Angelica, este ángel de la guarda mío será también Angelica.

Durante muchos años, Argalia había tenido el honor, como beneficiario del favor del sultán, de residir en la Morada de la Dicha, el Topkapi, en lugar de ocupar un espartano alojamiento en los barracones de los jenízaros. Ahora que sus habitaciones tenían el encanto añadido del toque de una mujer, empezó a sentirse como en casa. Pero para hombres como Argalia permitirse creer en la idea de una casa era siempre un problema y un peligro. Podía atraparlos como un lazo. Selim el Severo no era Bayezid ni Mehmed, y no veía a Argalia como su mano derecha indispensable, sino como un rival probable, y peligroso, en la lucha por el poder, un general popular que podía penetrar con sus jenízaros en el sanctasanctórum del palacio, como ya había hecho antes, cuando mató al gran visir. Un hombre capaz de asesinar al visir era también capaz del regicidio.

Un hombre así quizá hubiera dejado ya de serle útil. En cuanto regresaran a Estambul, aunque públicamente prodigase elogios a su comandante italiano por su participación en la famosa victoria de Chaldirán, empezaría a urdir en secreto la eliminación de Argalia.

Argalia se enteró de su precaria posición gracias a la decisión de Qara Köz de seguir satisfaciendo su amor por los tulipanes. La Morada de la Dicha estaba rodeada de jardines, jardines tapiados y jardines en hondonadas, zonas boscosas donde los ciervos corrían libremente y herbosas pendientes que descendían hasta las orillas del Cuerno de Oro. Los arriates de tulipanes se hallaban en el Cuarto Patio y en la colina de baja altura en el extremo septentrional del recinto del Topkapi, el punto más alto de toda la Morada de la Dicha, donde había pequeños pabellones de recreo de madera llamados quioscos. Los tulipanes crecían alrededor en abundancia y creaban un fragante entorno de paz y serenidad. La princesa Qara Köz y su Espejo, recatadamente veladas, acostumbraban pasear por estos jardines y descansar en los quioscos, bebiendo dulces zumos, hablando amablemente con los numerosos bostancis del palacio, los jardineros, a fin de pedirles que recogieran flores para el señor Argalia y charlar ociosamente, como es propio de las mujeres, sobre los inocentes cotilleos del día. Pronto, toda la servidumbre del jardín, desde el más humilde expurgador de malas hierbas hasta el bostancí-basha, el mismísimo jefe de jardineros, se había enamorado profundamente de las dos damas, y por tanto se iban de la lengua como solo puede ocurrirles a los verdaderos amantes.

Muchos de ellos observaron lo pronto que las dos damas extranjeras habían empezado a dominar el idioma turco, casi de la noche a la mañana, o esa impresión daba. Como por arte de magia, decían los jardineros.

Pero las verdaderas intenciones de Qara Köz distaban mucho de ser inocentes. Sabía, como no tardaba en descubrir todo nuevo residente en la Morada de la Dicha, que los mil y un bostancis no solo eran los jardineros del sultán, sino también sus verdugos oficiales. Si se condenaba a una mujer por un delito, era un bostanci quien la arrojaba al Bósforo, todavía viva, dentro de un saco cosido y lastrado con piedras. Y si había que matar a un hombre, un grupo de jardineros lo agarraba y lo eliminaba mediante un estrangulamiento ritual. Kara Qöz, pues, entabló amistad con los bostancis, y se enteraba de lo que ellos, con tétrico humor, llamaban las noticias de los tulipanes. Y pronto el tufo a traición empezó a imponerse al aroma de las flores. Los jardineros la avisaron de que su señor, el gran general, servidor

de tres sultanes, corría peligro de ser juzgado por acusaciones amañadas y condenado a muerte. Se lo dijo el jardinero jefe en persona. El bostanci-basha de la Morada de la Dicha era el verdugo mayor, elegido no solo por su destreza horticultora sino también por su rapidez en la carrera, ya que cuando un prócer de la corte era condenado a muerte, se le daba una oportunidad no concedida a los hombres corrientes. Si ganaba en una carrera al bostanci-basha, se le permitía vivir; la pena se conmutaba por el ostracismo. Pero el bostanci-basha tenía fama de correr como el viento, así que la «oportunidad» no era en realidad tal. Con todo y con eso, al jardinero esta vez no le entusiasmaba lo que se vería obligado a hacer.

–Me avergonzaría tener que ejecutar a tan gran hombre -declaró.

–Siendo así -contestó la hechicera-, debemos encontrar, si es posible, una salida a la situación.

Volvió a casa y dijo a Argalia:

–Pronto te matará. Los jardines son un hervidero de rumores. – ¿Con qué pretexto, quisiera yo saber? – contestó Argalia muy serio.

La princesa cogió su pálido rostro entre las manos.

–El pretexto soy yo -respondió-. Te has quedado con una princesa mogol como botín de guerra. Eso él no lo sabía cuando te dio licencia, pero ahora sí lo sabe. Capturar a una princesa mogol fue una acción de guerra contra el rey mogol, y el sultán dirá que, poniendo en tal posición al imperio otomano, has cometido traición y debes pagar el precio. Esta es la noticia que traen los tulipanes.

Prevenido, Argalia tuvo tiempo de hacer planes, y el día que fueron a por él, ya había sacado de allí, al amparo de la noche, a Qara Köz y Espejo, amén de numerosos cofres con los tesoros que había amasado en sus muchas campañas militares victoriosas, protegidas por los cuatro gigantes suizos y los jenízaros más leales, unos cien hombres en total, con la orden de que lo esperaran en Bursa, al sur de la capital.

–Si huyo contigo, Selim nos dará caza y nos matará como a perros. En lugar de eso, debo comparecer en el juicio y, una vez condenado, debo ganar la carrera al jardinero.

Era lo que Qara Köz sabía que diría.

–Si estás empeñado en morir, tendré que consentirlo, supongo.

Con lo cual quiso decir que tendría que salvarle la vida, y no sería fácil, porque ella no se hallaría presente en el lugar de la gran carrera.

En cuanto Selim el Severo, en la sala del trono de la Morada de la Dicha, dictó la sentencia de muerte contra el traidor Argalia, el guerrero, conocedor de las reglas, giró sobre sus talones y se echó a correr. Desde la sala del trono hasta la Puerta de la Casa del Pez había algo menos de un kilómetro a través de los jardines del palacio, y él tenía que llegar allí antes que el bostanci-basha, quien, con su casquete rojo, su calzón blanco de muselina y el pecho desnudo, lo perseguía ya como un rayo y ganaba terreno a cada zancada. Si lo atrapaba, moriría en la Casa del Pez y sería arrojado al Bósforo, adonde iban a parar todos los cadáveres. Mientras corría entre los arriates de flores, vio al frente la Puerta de la Casa del Pez, oyó los pasos del bostanci-basha cerca de él, y supo que no lograría correr tanto como para escapar. «La vida es absurda -pensó-. Sobrevivir a tantas guerras y morir luego estrangulado por un jardinero.

Cierto es, como dicen, que todo héroe descubre el vacío del heroísmo antes de morir.» Recordó cuando, de niño, conoció lo absurda que era la vida, solo a bordo de un pequeño bote de remos, envuelto en bruma, en medio de una batalla naval. «Tantos años después -pensó-, tengo que volver a aprender la lección.»

Nadie ofreció nunca una explicación satisfactoria de por qué el jardinero jefe de pies ligeros al servicio del sultán Selim el Severo cayó de pronto, llevándose las manos al vientre, a solo treinta pasos del final de la Carrera del Jardinero, ni por qué después sucumbió a un ataque de flatulencia,

soltándose los pedos más pestilentes que nadie hubiera olido jamás, ventosidades tan sonoras como detonaciones de arma, y gritando de dolor como una mandrágora desarraigada, mientras Argalia atravesaba la meta en la Puerta de la Casa del Pez, montaba en el caballo que lo aguardaba y partía al galope hacia el exilio. – ¿Has hecho algo? – preguntó Argalia a su amada cuando se reunió con la princesa en Bursa. – ¿Qué habría podido yo hacerle a mi querido basha? – contestó ella, con los ojos muy abiertos-.

Enviarle un mensaje dándole de antemano las gracias por matarte, a ti, mi vil raptor, junto con una jarra de vino de Anatolia en señal de gratitud, eso es posible, sí; pero calcular el tiempo exacto que determinada poción mezclada con el vino tardaría en hacer efecto en su estómago… en fin, eso sería totalmente imposible, desde luego.

Cuando él la miró a los ojos, no vio el menor asomo de subterfugio, ningún indicio de que ella, o Espejo, o las dos juntas, hubieran podido hacer algo para convencer al jardinero de que incumpliera su obligación, quizá incluso de que bebiera el vino a una hora previamente especificada, a cambio de un momento de dicha que a un hombre como aquel le duraría toda la vida.

No, se dijo Argalia, mientras los ojos de Qara Köz lo arrastraban a lo más hondo de su hechizo, no era posible nada por el estilo. Contemplad los ojos de mi amada, qué cándidos, qué llenos de amor y verdad.

***

Cuando estaba en tierra firme, el almirante Andrea Doria, capitán de la flota genovesa, vivía en el barrio de Fassolo, extramuros, frente a la puerta de San Tommaso, en la bocana noroeste del puerto. Había comprado una villa allí a un noble genovés llamado Jacobo Lomellino porque en aquel lugar se sentía como los antiguos romanos que vivían, con sus togas y sus coronas de laurel, en suntuosas villas junto al mar, como la que describió Plinio el Joven en Laurentinum, y también por la vista del puerto, que le permitía

vigilar quién entraba y salía de la ciudad en todo momento. Tenía sus galeras atracadas justo frente a la casa por si se requería una acción rápida.

Así las cosas, fue naturalmente uno de los primeros en ver el barco procedente de Rodas que traía a Argalia de vuelta a Italia, y por el catalejo distinguió a bordo el gran número de hombres fuertemente armados con el uniforme de los jenízaros otomanos. Cuatro de ellos eran en apariencia gigantes albinos. Envió a un mensajero desde la terraza donde se encontraba para dar orden a su lugarteniente, Ceva, de zarpar a recibir la nave de Rodas y averiguar qué pretendían los nuevos visitantes. Fue así como Ceva el Escorpión volvió a encontrarse cara a cara con una persona a la que había abandonado en aguas enemigas.

El hombre a quien Ceva aún no había identificado como Argalia se había plantado ante el mástil del buque de Rodas ataviado con el amplio turbante y las desahogadas vestiduras de brocado propias de un rico príncipe otomano.

Detrás de él estaban sus jenízaros, con todas sus armas y en actitud alerta, y a su lado, como si atrajeran hacia sí toda la luz del sol de modo tal que el resto del mundo parecía frío y oscuro, se hallaban las dos mujeres más hermosas que Ceva había visto en la vida. Su belleza descubierta, a la vista de todos, sus bucles negros y sueltos agitándose en la brisa como trenzas de diosas. Cuando Ceva subió a bordo del buque de transporte de Rodas, seguido por un destacamento de la Banda de Oro, las mujeres se volvieron hacia él, y sintió que la espada se le caía de la mano. A continuación, notó en ambos hombros una presión descendente, suave pero inexorable, una presión a la que, advirtió, no sintió el menor deseo de resistirse, y de pronto él y todos sus hombres estaban postrados de rodillas a los pies de los visitantes y de su boca brotaban desacostumbradas palabras de acogida.

«Sed bienvenidas, señoras mías, vosotras y cuantos velan por vosotras.»

–Ten cuidado, Escorpión -dijo el príncipe otomano en un italiano florentino perfecto, y luego, imitando la manera de hablar de Ceva-: porque si un hombre no me mira a los ojos, le arranco el hígado y se lo doy de comer a las gaviotas.

Ceva sí supo entonces a quién tenía enfrente e hizo ademán de levantarse, buscando a tientas el arma; pero se encontró con que por alguna razón estaba pegado al suelo, de rodillas, al igual que todos sus hombres.

–Aunque, la verdad -prosiguió Argalia, pensativo-, ahora mismo, a esa altura, solo puedes mirarme la puta verga.

El gran condottiere Doria, con la barba y el bigote cayendo de la cara en poderosas olas, posaba para el escultor Bronzino como Neptuno, el dios del mar, de pie y desnudo en la terraza de su villa, sosteniendo un tridente en la mano derecha, mientras el artista bosquejaba su desnudez, cuando, para notable consternación suya, un grupo de granujas fuertemente armados llegó desde su atracadero particular para encararse con él. Encabezaba la marcha, asombrosamente, su propio hombre, Ceva, el Escorpión, comportándose como un servil cobista, y en el centro del grupo, envueltas en capas con capucha, iban lo que parecían dos personas de sexo femenino, cuya identidad y condición no pudo establecer de inmediato.

–Si creéis que una panda de maleantes y sus rameras van a someter a Andrea Doria sin pelea -bramó, asiendo la espada con una mano y blandiendo el tridente en la otra-, veamos cuántos salís de aquí con vida.

En ese momento la hechicera y su esclava se quitaron las capuchas y el almirante Doria quedó reducido de pronto a un abochornado tartamudeo.

Retrocedió, apartándose del grupo que se acercaba, en busca de sus calzones, pero las mujeres no parecieron prestar la menor atención a su desnudez, lo que fue, si acaso, aún más degradante.

–El niño que disteis por muerto ha regresado a reclamar lo que se le debe -

anunció Qara Köz.

Hablaba un italiano perfecto, eso Doria lo advirtió, aunque saltaba a la vista que la muchacha no era italiana. Era una visita por la que un hombre daría la vida. Era una reina a quien venerar, y su acompañante, que semejaba una

imagen especular de la regia dama, solo ligeramente inferior al original en hermosura y encanto, era también una beldad digna de adoración. Era imposible pensar en refriegas en presencia de tales prodigios. El almirante Doria, ciñéndose una capa, permaneció boquiabierto mientras los forasteros se aproximaban, un dios del mar subyugado por las ninfas surgidas de las aguas.

–Ha regresado -dijo Qara Köz-, como se prometió a sí mismo, convertido en príncipe, con una fortuna en su haber. Se ha purgado del deseo de venganza, así que vuestra seguridad no está en peligro. No obstante, os pide esa recompensa que, a luz del servicio prestado y de su presente misericordia, sin duda se le debe. – ¿Y eso a cuánto asciende? – preguntó Andrea Doria. – A vuestra amistad -contestó la hechicera-, y una buena cena, y un salvoconducto para recorrer estas tierras. – ¿Un salvoconducto en qué dirección? – preguntó el almirante-. ¿Adónde se propone ir con esa banda sanguinaria?

–A casa vuelve el marinero -dijo Argalia el Turco-. A casa vuelve el hombre de guerra. He visto el mundo, me he hartado de sangre, traigo la bolsa bien llena, y ahora voy a descansar.

–No habéis dejado de ser niño -repuso Andrea Doria-. Todavía pensáis que

«casa», al final de un largo viaje, es el lugar donde un hombre encuentra la paz.

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