La encantadora de Florencia
Capítulo 61
Mohini era una prostituta dolí-arthi de Hatyapul, lo cual significaba que, según las condiciones de su empleo, estaba literalmente casada con el oficio y solo podía abandonarlo en el arthi o andas fúnebres. Había tenido que someterse a una parodia de ceremonia nupcial, llegando, para jolgorio de la chusma callejera, en una carreta tirada por un burro en lugar del habitual doli o palanquín. «Disfruta del día de tu boda, Esqueleto, es el único que tendrás», gritó un gañán, pero las demás prostitutas vertieron sobre él un bacín lleno de orina caliente desde un balcón del piso de arriba, y bastó con eso para que no volviera a decir ni pío. El «novio» era el propio burdel, simbólicamente representado por la madama, Rangili Bibi, una ramera tan vieja, desdentada y bizca que era ya digna de respeto, y con tan mal genio que todos la temían, incluso los policías cuya misión era, teóricamente, cerrarle el negocio, pero no
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se atrevían a actuar contra ella por si, con un mal de ojo, los condenaba a toda una vida de mala suerte. La otra explicación, más racional, de la supervivencia del burdel era que tenía por dueño a un influyente noble de la corte, o no un noble sino un sacerdote, como sostenían con convicción las malas lenguas de la ciudad, quizá incluso uno de los místicos que oraban ininterrumpidamente en la tumba de Chishti. Pero los nobles tanto ganaban el favor como podían perderlo, igual que los sacerdotes. La mala suerte, en cambio, es para siempre: así pues, el miedo a los ojos cruzados de Rangili Bibi era al menos tan poderoso como un invisible protector santo o aristocrático.
El resentimiento de Mohini no se debía a su oficio de ramera, que era un trabajo como cualquier otro y le proporcionaba techo, sustento y ropa, sin los cuales, dijo, no sería mejor que un perro salvaje y con toda probabilidad
moriría como un perro en una cuneta. Iba dirigido contra una sola mujer, su anterior ama, la señora Man Bai de Amer, de catorce años, en la actualidad vecina de Sikri, una fresca que recibía ya, en secreto, las impetuosas atenciones de su primo, el príncipe heredero Salim. La señora Man Bai tenía cien esclavas, y Mohini la Esqueleto era una de sus predilectas.
Cuando el príncipe llegaba sudoroso del arduo trabajo de galopar de un lado a otro matando animales bajo un sol de justicia, Mohini encabezaba el séquito cuya tarea consistía en despojarlo de todas sus vestiduras y masajearle la pálida piel con aceites refrescantes y aromáticos. Mohini era la que elegía el perfume, sándalo o almizcle, pachuli o rosa, y Mohini era quien llevaba a cabo la privilegiada función de masajear su miembro viril en preparación para su señora. Otras esclavas lo abanicaban y le frotaban las manos y los pies, pero solo Esqueleto podía tocar el órgano regio. Eso se debía a su pericia en la elaboración de los ungüentos necesarios para avivar el deseo sexual y prolongar el ayuntamiento carnal. Preparaba las pomadas de tamarindo y cinabrio o jengibre seco y pimienta que, mezcladas con la miel de una abeja grande, proporcionaban a la mujer un placer intenso sin necesidad de grandes esfuerzos por parte del hombre, y asimismo permitían al hombre experimentar sensación de calor y una especie de palpitación constrictora que eran en extremo placenteras. A veces aplicaba las pomadas en la vagina de su señora, a veces en el miembro del príncipe, por lo común a los dos. Los resultados, afirmaban ambos, eran excelentes.
Su dominio de las drogas masculinas conocidas como «aquellas que convierten a los hombres en caballos» fue su perdición. Un día ordenó la castración de un macho cabrío e hirvió sus testes en leche, tras lo cual los salpimentó, los frió en ghee y por último, triturándolos, los redujo a un picadillo de delicioso sabor. El preparado debía ingerirse, no restregarse en el cuerpo, y se lo dio a comer al príncipe en una cuchara de plata, explicando que era un remedio que le permitiría hacer el amor como un caballo, cinco, diez o incluso veinte veces sin perder el vigor. En el caso de hombres jóvenes y especialmente viriles, podía propiciar un centenar de eyaculaciones consecutivas. «Delicioso», dijo el príncipe, y comió con fruición. A la mañana siguiente salió del tocador de su querida, dejándola a las puertas de la muerte. «¡Ja, ja! – gritó a Mohini al marcharse-. ¡Qué bien me lo he pasado!»
Transcurrirían cuarenta y siete días y sus noches antes de que la señora Man Bai pudiese siquiera pensar en volver a tener trato carnal, y durante ese tiempo el príncipe, cuando la visitaba, plenamente consciente del daño causado, se comportaba de un modo contrito y a la par solícito, y no jodía con el ama sino con las esclavas, pidiendo, las más de las veces, los favores de la descarnada criatura que lo había dotado de una potencia sexual tan sobrehumana. La señora Man Bai no podía negárselo, pero en sus adentros ardía de celos. Cuando, después de la tristemente famosa noche de las ciento y una cópulas, se puso de manifiesto que la tolerancia al sexo de Mohini la Esqueleto era infinita y que el príncipe era incapaz de quebrantarla como casi había quebrantado a su querida, el destino de la esclava quedó sentenciado. Al final, los celos de la señora Man Bai eran implacables, y Mohini fue expulsada de la casa, marchándose sin nada más que sus conocimientos acerca de los preparados que enloquecían a los hombres de deseo. Grande fue su caída, del palacio al burdel, pero sus poderes hechicerescos le prestaron un buen servicio y se convirtió en la mujer más solicitada de la casa de lenocinio de Hatyapul.
Sin embargo, acariciaba la esperanza de vengarse.
–Si alguna vez quiere el destino que esa pequeña arpía caiga en mis manos, la untaré con una pomada tan poderosa que hasta los chacales vendrán a joderla. La joderán los cuervos y las serpientes y los leprosos y los búfalos de agua, y al final no quedarán de ella más que unos cuantos mechones de pelo húmedos, que quemaré, y ahí se habrá acabado la historia. Pero va a casarse con el príncipe Salim, así que no me hagáis caso. Para una mujer como yo, la venganza es un lujo inasequible, como las perdices, o la infancia.
Por alguna razón, hablaba al recién llegado del cabello amarillo corno nunca había hablado a ninguno de sus clientes, quizá por su exótico aspecto, su cabello amarillo, su purificadora extranjería.
–Seguro que me habéis hechizado -dijo Mohini, inquieta-, porque nunca he consentido a ninguno de mis visitantes siquiera verme a la luz del día, y
menos aún me he dignado contarle la historia de mi vida.
A los once años le había arrebatado la virginidad el hermano de su padre, y el hijo nacido de esa unión fue un monstruo que su madre se llevó y ahogó sin enseñárselo por miedo a que, si lo veía, empezara a odiar el futuro.
–No tenía por qué preocuparse -prosiguió Mohini-, pues casualmente Dios me ha dado una disposición ecuánime y una afición por el acto sexual que ni siquiera aquel saqueador, aquel buey con la polla como un dedal, pudo alterar. Pero nunca he sido una persona afectuosa y desde la injusticia por mí padecida a manos de la señora Man Bai ha redoblado el frío en mis inmediaciones. En verano a los hombres les gusta el efecto refrescante de mi proximidad, pero en invierno no tengo tanto trabajo.
–Prepárame -dijo el hombre del cabello amarillo-. Porque hoy debo ir a la corte por un asunto importante, y tengo que dar lo mejor de mí o pereceré.
–Si podéis pagarlo -contestó ella-, conseguiré que desprendáis un olor tan deseable como el de cualquier rey.
Mohini empezó a transformar el cuerpo del forastero en una sinfonía para el olfato, y el precio, le dijo, sería de un mohúr de oro.
–Como es natural, os cobro de más -le previno, pero él se limitó a sacudir el antebrazo izquierdo, y ella ahogó una exclamación al ver las tres monedas de oro entre cuatro dedos de su mano.
–Haz un buen trabajo -dijo el hombre, y le dio las tres.
–Por tres mohúres de oro -contestó ella-, la gente creerá que sois un ángel del paraíso, si eso es lo que queréis que piense, y cuando hayáis acabado con lo que sea que tenéis que hacer, podéis poseernos a mí y a Colchón juntas, satisfaciendo vuestros más descabellados sueños durante una semana sin pago extra.
Mandó traer una bañera metálica y la llenó ella misma, mezclando agua
caliente y fría en una proporción de un cubo por cada tres. A continuación, lo enjabonó completamente con un jabón de aloe, sándalo y alcanfor, «para refrescar y abrir los poros antes de daros aires reales». Luego sacó de debajo de la cama su caja mágica de fragancias, envuelta con cuidado en un paño.
–Antes de llegar a presencia del emperador tendréis que persuadir a otros muchos hombres -explicó-. Por tanto, al principio el perfume para el emperador estará oculto bajo las fragancias destinadas a complacer a personajes inferiores, que se desvanecerán cuando lleguéis a presencia imperial.
Dicho esto, puso manos a la obra, ungiéndolo de algalia y violeta, magnolia y azucena, narciso y calambac, así como gotas de otros fluidos ocultos cuyos nombres él prefirió no preguntar siquiera, fluidos extraídos de la savia de árboles turcos, chipriotas y chinos, así como cera del intestino de una ballena. Cuando hubo terminado, él estaba convencido de que olía a prostíbulo barato, que era donde estaba, al fin y al cabo, y se arrepintió de haber solicitado ayuda a Esqueleto, pero por pura cortesía se guardó el arrepentimiento. Sacó de su pequeño maletín ropas de tal finura que Esqueleto ahogó una exclamación. – ¿Habéis asesinado a alguien para conseguirlas o resulta que vos mismo de verdad sois alguien? – preguntó admirada.
Él no contestó. En los caminos, exhibir la apariencia de una persona de fuste equivalía a atraerse las atenciones de hombres violentos; en la corte, exhibir la apariencia de un vagabundo era una idiotez de otra índole.
–Debo marcharme -dijo.
–Volved después -indicó ella-. Recordad mi ofrecimiento gratuito.
Él se vistió el inevitable ropón pese al incipiente calor de la mañana y partió dispuesto a hacer lo que tenía que hacer. Milagrosamente, los perfumes de Esqueleto lo precedieron y le allanaron el camino. En lugar de obligarle a dar media vuelta y decirle que fuera a la puerta del otro extremo de la
ciudad, que guardara cola hasta recibir licencia para entrar en el Patio de la Audiencia Pública, los centinelas se desvivieron por ayudarlo, olisqueando el aire como si trajera buenas nuevas y obsequiándolo con inverosímiles sonrisas de bienvenida. El jefe del retén envió a un mensajero en busca de un adjutor real, que llegó al parecer irritado por la llamada. Cuando se acercó al visitante, se produjo un movimiento en la brisa, y un aroma totalmente nuevo impregnó el aire, un aroma cuya sutileza era demasiado delicada para las vulgares narices de los centinelas, pero indujo al adjutor a pensar de pronto en la primera muchacha que amó. Se ofreció a ir personalmente a la casa de Birbal para organizarlo todo, y regresó para comunicar que se habían concedido todos los permisos necesarios, y ahora estaba autorizado a invitar al visitante a entrar en el recinto palaciego.
Inevitablemente, preguntaron al visitante cómo se llamaba, y él contestó sin titubeos.
–Podéis llamarme Mogor -dijo en un impecable persa-. Mogor dell'Amore, para serviros. Un caballero de Florencia, actualmente en misión para la reina de Inglaterra.
Lucía un sombrero de terciopelo con una pluma blanca, sujeta mediante una alhaja de color mostaza, y, destocándose, hizo una profunda reverencia que demostró a cuantos observaban (ya que había atraído a una considerable multitud, cuyos rostros sonrientes, de mirada ensoñadora, dieron fe una vez más del poder omniscio de la labor de Esqueleto) que poseía las aptitudes, la gentileza y el donaire de un cortesano.
–Señor embajador -dijo el adjutor, inclinándose a su vez-. Por aquí, si sois tan amable.
Y aún había desprendido una tercera fragancia al disiparse los aromas anteriores, y esta llenó el aire de fantasías de deseo. Mientras atravesaba el mundo rojo de los palacios, el hombre que se hacía llamar Mogor dell'Amore advirtió la agitación detrás de las cortinas de las ventanas y de las celosías. En la oscuridad de las ventanas imaginó que distinguía un sinfín de radiantes ojos almendrados. Llegó a ver una mano enjoyada dirigirle un gesto ambiguo que acaso fuera una invitación. Había
infravalorado a Esqueleto. Era, a su modo, una artista comparable a cuantos existían en esta legendaria ciudad de pintores, poetas y cantos. «Veamos qué ha reservado Esqueleto para el emperador -pensó-. Si es tan seductor como estos primeros aromas, será pan comido.» Se aferró al pergamino de la Tudor y alargó el paso conforme aumentaba su aplomo.
En el centro de la sala principal de la Casa de la Audiencia Privada se alzaba un árbol rojo de arenisca del que pendía lo que, a los ojos desavisados del visitante, semejaba un gran racimo de estilizados plátanos de piedra.
Anchas «ramas» de piedra roja se extendían desde lo alto del tronco hacia los cuatro rincones de la estancia. Entre aquellas ramas colgaban palios de seda, bordados de oro y plata; y bajo los palios y los plátanos, de espaldas al grueso tronco del árbol de piedra, se hallaba el hombre más temible del mundo (con una excepción): un hombre menudo, almibarado, de intelecto y cintura enormes, amado por el emperador, odiado por rivales envidiosos, lisonjeador, adulador, devorador de treinta libras de comida al día, un hombre capaz de ordenar a sus cocineros que preparasen mil platos distintos para la cena, un hombre para quien la omnisciencia no era una fantasía sino una necesidad elemental de la vida.
Era Abul Fazl, el hombre que lo sabía todo (salvo los idiomas extranjeros y el gran número de ordinarias lenguas de la India, todas inaccesibles para él, de tal modo que constituía una rara figura monóglota en la Babel plurilingüe que era la corte). Historiador, jefe de espías, el más fulgurante de los Nueve Astros, y el segundo en la confianza del hombre más temible del mundo (sin excepciones), Abul Fazl conocía la verdadera historia de la creación del mundo, que había oído, según él, de labios de los propios ángeles, y sabía, también, cuánto forraje se permitía comer al día a los caballos de las cuadras imperiales, y la receta aprobada de biryani, y por qué los esclavos habían recibido el nuevo nombre de «discípulos», y la historia de los judíos, y el orden de las esferas celestes, y los Siete Grados del Pecado, las Nueve Escuelas, los Dieciséis Predicamentos, las Dieciocho Ciencias y las Cuarenta y dos Cosas Impuras. También estaba enterado, por medio de su red de informantes, de todo aquello que sucedía en todas las
lenguas entre las murallas de Fatehpur Sikri, todos los secretos susurrados, todas las traiciones, todas las flaquezas, todas las promiscuidades, y por tanto, intramuros, todas las personas se hallaban también a su merced, o a la merced de su pluma, que, según había dicho el rey Abdulá de Bojara, daba más pavor incluso que la espada de Akbar: exceptuando solo al hombre más temible del mundo (sin excepciones), que no tenía miedo a nadie. y que era, naturalmente, el emperador, su señor.
Abul Fazl estaba de perfil como un rey y no se volvió para mirar al recién llegado. Permaneció callado durante tanto rato que quedó claro que la intención era el insulto. El embajador de la reina Isabel entendió que esa era la primera prueba que debía superar. También él permaneció callado y en ese atroz silencio ambos llegaron a conocerse muy bien mutuamente.
«Creéis que no me decís nada -pensó el viajero-, pero veo en vuestra magnificencia y descortesía, en vuestra corpulencia y severo semblante, que sois el modelo de un mundo en que el hedonismo coexiste con el recelo, la violencia (ya que el silencio es una forma de agresión violenta) va de la mano con la contemplación de la belleza, y que la debilidad de este universo de concupiscencia y afán de venganza es la vanidad. La vanidad es el encantamiento que os tiene a todos cautivos, y el conocimiento de esa vanidad es lo que a mí me permitirá alcanzar mi objetivo.»
El hombre más temible del mundo (con una excepción) habló por fin, como en respuesta a los pensamientos del otro.
–Su Excelencia -dijo con sarcasmo-, percibo que os habéis perfumado con la fragancia concebida para seducir a los reyes, y deduzco que estáis en antecedentes de nuestras costumbres; de hecho, antecedentes no os faltan.
Me habéis inspirado desconfianza tan pronto como me han llegado noticias vuestras hace un momento, y ahora que os he olido, me inspiráis aún más.
Mogor dell'Amore, el del cabello amarillo, intuyó que Abul Fazl era el autor original del libro mágico de ungüentos cuyas fórmulas Mohini la Esqueleto aplicaba de manera tan experta, así que esos encantamientos olfativos no ejercían efecto alguno sobre él, y por consiguiente perdían también su influencia en todos los demás. Los guardias de estúpida sonrisa
apostados en los cuatro accesos a la Casa de la Audiencia Privada volvieron de repente a la realidad; las esclavas de rostro velado que aguardaban para servir a la augusta compañía perdieron su apariencia de etéreo erotismo, y el recién llegado comprendió que era como un hombre desnudo bajo la mirada que todo lo veía del favorito del rey, y que ahora solo la verdad, o algo tan convincente como la verdad, podría salvarlo.
–Cuando el embajador del rey Felipe de España vino a visitarnos -
reflexionó Abul Fazl en voz alta-, trajo todo un séquito, y elefantes cargados de regalos, y veintiún caballos de la mejor raza árabe de obsequio, y joyas. No se presentó ni mucho menos en una carreta tirada por un buey ni pasó la noche en un lupanar con una mujer tan flaca que uno llega a dudar si de verdad es una mujer.
–Mi señor, lord Hauksbank de Ídem fue por desgracia a reunirse con Dios y sus ángeles cuando atracamos en Surat -contestó el recién llegado-.
En su lecho de muerte me pidió que cumpliera con el deber encomendado a él por Su Majestad. Desdichadamente, el barco era un nido de rufianes, y no se había enfriado aún su cuerpo cuando empezaron a saquear y desvalijar sus aposentos en busca de todo aquello de valor que mi buen señor pudiera poseer. Debo decir que solo gracias a la buena fortuna escapé con vida y también con la carta de la reina, pues, sabiendo que yo era un honrado servidor de mi señor, me habrían degollado si me hubiese quedado a defender las propiedades de lord Hauksbank. Ahora temo que sus restos no reciban cristiana sepultura, pero me enorgullezco de haber llegado a vuestra gran ciudad para descargarme de su responsabilidad, que ha pasado a ser la mía.
Abul Fazl continuó con sus cavilaciones:
–La reina de Inglaterra no ha sido, creo, amiga de nuestro amigo el ilustre rey de España.
–España es un país de matones y filisteos -improvisó el otro de inmediato-, en tanto que Inglaterra es sede del arte y la belleza y de la propia Gloriana.
No os dejéis cegar por los halagos de Felipe el Soso. Los iguales deben hablar entre ellos, y es Isabel de Inglaterra el verdadero reflejo de la grandeza y el estilo del emperador.
Entrando en materia, explicó que la lejana reina pelirroja no era sino el espejo occidental del propio emperador, era Akbar en forma femenina, y podía decirse que él, el Shahanshah, el rey de reyes, era una Isabel oriental, con bigote, no virginal, pero en la esencia de su grandeza eran iguales.
Abul Fazl se tensó.
–Osáis situar a mi señor a la altura de una mujer -dijo en voz baja-.
Suerte tenéis de llevar en la mano ese pergamino con, veo, el sello auténtico de la corona inglesa, que me obliga a daros el salvoconducto. De lo contrario mi deseo sería recompensar tamaña insolencia arrojándoos al elefante solitario que tenemos amarrado en un jardín cercano para deshacernos de los canallas inaceptables.
–El emperador es célebre en todo el mundo por su generoso concepto de las mujeres -dijo Mogor dell'Amore-. Tengo la certeza de que, en tanto joya de Oriente, no verá como insulto que lo comparen con otra gran joya, sea cual sea su sexo.
–Los sabios nazarenos enviados a esta corte por los portugueses de Goa hablan mal de vuestra joya. – Abul Fazl hizo un gesto de indiferencia-.
Dicen que va contra Dios y es una soberana endeble que sin duda pronto será aplastada. Dicen que la suya es una nación de ladrones y vos sois con toda probabilidad un espía.
–Los portugueses son piratas -afirmó Mogor dell'Amore-. Son bucaneros y granujas. Ningún hombre sensato debería confiar en sus palabras.
–El padre Acquaviva de la Compañía de Jesús es italiano como vos -replicó Abul Fazl-. Y el padre Monserrate, su compañero, es de España.
–Si han venido aquí bajo la bandera de los insidiosos portugueses -insistió el otro-, es porque se han convertido en perros piratas portugueses.
Alguien prorrumpió en carcajadas por encima de sus cabezas, corno si un dios se burlara de él.
–Tened compasión, gran munshi -atronó una enorme voz-. Dejad vivir al joven, al menos hasta que hayamos leído el mensaje que trae.
Los palios de seda cayeron hacia los rincones de la sala y allí, encima de ellos, sentado en la copa cubierta de cojines del árbol de arenisca en la Posición de Relajación Real, y deshaciéndose en alegres risotadas, estaba Abul-Fath Jalaluddin Muhammad Akbar, el Gran Mogol en persona, mostrándose a la vista, como un loro gigante en una percha descomunal.
***
Había amanecido con un ánimo extrañamente inquieto, y ni siquiera las más hábiles atenciones de su amada le habían devuelto la serenidad. En plena noche, un cuervo desorientado había irrumpido, a saber cómo, en la alcoba de la reina Jodha, despertando a la pareja real con sus graznidos de terror, que el emperador, soñoliento, interpretó como un augurio del fin del mundo. Por un pavoroso instante, un ala negra le rozó la mejilla. Para cuando los criados ahuyentaron al cuervo, el emperador tenía los nervios a flor de piel. Después de eso, los malos presagios plagaron sus sueños. En cierto punto creyó ver el pico negro de ese cuervo apocalíptico hundirse en su pecho y arrancarle el corazón para devorarlo, como Hind de La Meca había devorado el corazón de Hamza, el tío del profeta, caído en el campo de batalla de Uhud. Si ese poderoso héroe pudo ser abatido por una cobarde jabalina, también él podía sucumbir en cualquier momento a una flecha lanzada desde la oscuridad, volando como vuela el cuervo, siniestra,
mortífera y negra. Si un cuervo podía atravesar todas las defensas de su guardia y aletear en su cara, ¿acaso no podría hacer lo mismo un asesino?
Así, poseído de premoniciones de muerte, estaba indefenso ante el advenimiento del amor.
***
La llegada del tunante que se hacía pasar por embajador inglés lo había intrigado, y después de ordenar a Abul Fazl que se refocilase un rato a costa de ese individuo, empezó a animarse. Abul Fazl, en realidad el más cordial de los hombres, fingía la ferocidad mejor que cualquier otra persona en Sikri, y mientras el emperador escuchaba la diversión que tenía lugar debajo de él, oculto como estaba sobre las cabezas de los dos hombres, el interrogador y el interrogado, las nubes de la noche por fin se disiparon y cayeron en el olvido.
«El charlatán se ha desenvuelto bien», pensó. Cuando tiró de los cordones con borlas que desprendían los palios de seda y reveló su presencia a los hombres de abajo, estaba del mejor de los humores, pero en absoluto preparado para la emoción que lo asaltó al cruzarse su mirada con la del visitante de cabello amarillo.
Fue amor, o esa impresión tuvo. Al emperador se le aceleró el pulso como a una jovencita enamorada, se le agitó la respiración y le subió el color a las mejillas. ¡Qué apuesto era aquel joven! ¡Qué seguro de sí mismo! ¡Qué orgulloso! Y había algo en él que escapaba a la vista: un secreto que lo hacía más interesante que un centenar de cortesanos. ¿Qué edad tendría? El emperador no sabía juzgar las caras de los farangi. Podría haber tenido solo veinticinco años, o ya treinta, «mayor que nuestros hijos -pensó el
emperador- y demasiado mayor para ser hijo nuestro», y de inmediato se extrañó de que tal pensamiento asomara a su cabeza. ¿Sería el forastero una especie de brujo?, se preguntó. ¿Estaría hechizándolo mediante un ensalmo arcano? Pues bien, le seguiría la corriente, no había nada de malo en ello; él era demasiado astuto para que lo sorprendiera un cuchillo oculto o para beber de una copa envenenada. Se dejaría llevar por sus sentimientos para ver qué los había causado. La falta de sorpresa es el inevitable castigo de la vida en el poder; el emperador había creado complejos sistemas y maquinarias para asegurarse de que nunca lo sorprendiera nada, y sin embargo este Mogor dell'Amore lo había cogido con la guardia baja, ya fuera por azar o aposta. Solo por eso merecía conocérselo más a fondo.
–Leednos la carta de la reina -ordenó Akbar, y el «embajador» hizo una reverencia absurdamente profunda, con teatrales floreos de muñeca, y cuando volvió a erguirse, el pergamino colgaba desenrollado pese a que ni Akbar ni Abul Fazl le habían visto romper el sello.
«Un prestidigitador -pensó Akbar-. Eso nos gusta.» El charlatán leyó la carta en inglés y luego la tradujo fluidamente a la lengua persa.
–«Muy invencible y muy poderoso príncipe» -escribía la reina Isabel-,
«señor Zelabdim Echebar, rey de Cambaya, os saludo.»
Abul Faz! soltó una carcajada como un bufido de caballo. – ¿«Zelabdim»?
– se mofó-. ¿Y quién será ese «Echebar»?
Encima de él, el emperador, regocijándose, se dio una palmada en el muslo.
–Somos nosotros -dijo entre risas-. Nosotros somos el padishah Echebar, señor del quimérico reino de Cambaya. Ay, pobre Inglaterra, que vives en la inopia: compadecemos a tu pueblo porque tu reina es una necia ignorante.
El lector de la carta se interrumpió para dejar que las risas se apagaran.
–Adelante, adelante. – El emperador lo instó a continuar con un gesto-. El rey «Zelabdim» lo ordena.
Más risas, y la aparición de un pañuelo para enjugar las lágrimas.
El «embajador» hizo otra reverencia, aún más exagerada que la anterior, y prosiguió; y para cuando hubo terminado, se había tejido ya un segundo hechizo.
–«En asuntos de Comercio y otras finalidades, buscamos alianzas para beneficio mutuo» -leyó-. «Ha llegado a nuestro conocimiento que Vuestra Majestad se ha declarado Infalible, y os aseguramos que no ponemos en tela de juicio la auctoritas de esa poderosa Afirmación. Sin embargo, hay Otro que afirma lo mismo respecto a su propia persona, y no dudéis que nosotros tenemos la certeza de que ese Otro es el Falso. Nos referimos, gran Monarca, a ese indigno sacerdote, el Obispo de Roma, el decimotercer Gregorio de la ignominiosa Secuencia, cuyas intenciones para con Oriente no os conviene pasar por alto. Si envía a sacerdotes a Cambaya, China y Japón, no es por simple santidad, os lo aseguro. Este mismo Obispo prepara en estos momentos una Guerra contra nosotros, y sus servidores católicos son presencias traicioneras en vuestra corte, porque maquinan sus futuras conquistas. »¡Guardaos de esos lacayos de vuestro Rival! Aliaos con nosotros, y derrotaremos a todos los enemigos. Ya sé que poseo el cuerpo de una débil mujer, pero poseo el corazón y el estómago de un rey, y de un rey de Inglaterra por si fuera poco, y considero un vil desprecio que un Papa de Roma ose deshonrarme, a mí o a mis aliados. Pues no solo tengo mi propia auctoritas, sino también potestas, y esa fuerza me dará la victoria en la lucha. Y cuando todos queden aniquilados y dispersos en desbandada, os alegraréis de haber hecho causa común con Inglaterra.»
Cuando el «embajador» concluyó la lectura, el emperador cayó en la cuenta de que se había enamorado por segunda vez en el transcurso de unos minutos, porque ahora se había adueñado de él un intenso deseo por la autora de la carta, la reina de Inglaterra.
–Abul Fazl -exclamó-, ¿no debemos casarnos con esta gran dama sin demora? ¿Esta reina virgen, la rani Zelabat Giloriana Pehlavi? Creemos que ha de ser nuestra de inmediato.
–Una idea excelente -convino el «embajador» Mogor dell'Amore-. Y aquí en este guardapelo está su retrato, que os envía con afecto, y os hechizará con su belleza, que sobrepasa incluso la belleza de sus palabras.
Con un floreo del puño de encaje de su muñeca, extrajo el dije de oro, que Abul Fazl cogió con expresión de profundo recelo. Se había apoderado de él la convicción de que estaban metiéndose en honduras, y que las repercusiones de la presencia de este tal Mogor entre ellos serían inmensas, y no necesariamente beneficiosas, pero cuando intentó prevenir a su señor contra esta nueva relación, el hombre más temible del mundo (sin excepciones) quitó importancia a sus inquietudes.
–La carta es encantadora, como lo es quien la trae -dijo Akbar-.
Acompañadlo a nuestros aposentos privados mañana para que sigamos hablando.
La audiencia había terminado.
***
El repentino enamoramiento del emperador Zelabdin Eche-bar, prendado de su imagen especular femenina, la reina Zelabat Giloriana I, dio pie a una sucesión de cartas de amor llevadas a Inglaterra por acreditados mensajeros reales, y jamás contestadas. Estas cartas rapsódicas tenían el sello personal del emperador y eran de una intensidad emocional y una explicitud sexual insólitas en la Europa (y el Asia) de la época. Buena parte de dicha correspondencia no llegó a su destinataria porque los mensajeros eran atacados en el camino, y desde Kabul a Calais estas efusiones interceptadas proporcionaron gran diversión a los nobles y príncipes, que se deleitaban con las descabelladas misivas del emperador de la India, donde declaraba
un afecto imperecedero por una mujer a la que ni siquiera conocía, a la par que exponía sus megalómanas fantasías de crear un imperio global conjunto que uniría los hemisferios este y oeste. Las cartas que sí llegaron al palacio de Whitehall fueron consideradas falsificaciones, u obra de un demente con seudónimo, y sus portadores recibieron un trato desdeñoso, acabando muchos de ellos en prisión a modo de triste recompensa por un viaje largo y peligroso. Al cabo de un tiempo simplemente les negaron la entrada, y aquellos que, a trancas y barrancas, consiguieron regresar a Fatehpur Sikri solo tenían palabras de rencor. «Esa reina es virgen porque ningún hombre desearía yacer con un pez así de frío», informaron, y transcurrido un año y un día, el amor de Akbar se esfumó tan deprisa y misteriosamente como había nacido, quizá a causa de la revuelta de sus reinas, que por una vez se unieron a espaldas de su amada inexistente para amenazar con retirarle sus favores a menos que dejara de mandar extravagantes cartas a esa inglesa cuyo silencio, después de suscitar el interés del emperador con sus propios halagos iniciales, demostraba la insinceridad de su carácter y la locura de tratar de comprender a un personaje tan ajeno y poco atractivo, máxime cuando había tantas damas afectuosas y deseables mucho más a mano.
Cerca del final de su largo reinado, muchos años después de los tiempos del charlatán Mogor dell'Amore, el anciano emperador recordó con nostalgia aquel raro asunto de la carta de la reina de Inglaterra y pidió que se la enseñaran otra vez. Cuando se la llevaron y se la tradujo un intérprete distinto, gran parte del texto original había desaparecido. El documento conservado, como se descubrió, no incluía alusión alguna a su infalibilidad ni a la del papa, ni solicitaba una alianza contra enemigos comunes. De hecho, no era más que una simple petición de buenas condiciones comerciales para los mercaderes ingleses, acompañada de unas cuantas expresiones de respeto formularias.
Cuando el emperador conoció la verdad, comprendió de nuevo lo audaz que era el hechicero con quien se había topado aquella lejana mañana después del sueño del cuervo. Sin embargo, para entonces, saberlo ya no le servía de nada, salvo para recordarle lo que nunca debería haber olvidado: que la brujería no requiere pociones, espíritus familiares ni varitas mágicas. Con