La encantadora de Florencia

Salman Rushdie · Capítulo 14 de 25

Páginas del PDF

La encantadora de Florencia

Capítulo 13

que afrontar el profundo absurdo de la condición humana. Aunque solo fuera por esa razón, la habría amado. Pero tuvo además otras razones.

La bruma se espesó en torno a él, en torno a sus ojos, su nariz, su garganta.

Empezó a sentir ahogo. Quizá muriese, pensó. Su voluntad se había quebrado. Aceptaría lo que el Destino le deparase. Se tendió en la pequeña barca y se acordó de Florencia, vio a sus padres tal corno eran antes de deformarlos la peste, recordó las escapadas de su infancia al bosque con sus amigos Ago e II Machia, se hinchó de amor con estos recuerdos y, un momento después, se desmayó.

Cuando despertó, la bruma había desaparecido, y también los ocho trirremes del almirante Andrea Doria. El gran condottiere de Génova sencillamente había dado media vuelta y huido, y el cuerno en el bote no había sido más que una simple medida de distracción. La pequeña embarcación de Argalia se mecía indefensa frente a la armada otomana reunida, como un ratón acorralado por media docena de gatos hambrientos.

Se puso en pie en el bote e hizo señas con los brazos a sus conquistadores y tocó el cuerno del almirante tan fuerte como pudo.

–Me rindo -gritó-. Venid a buscarme, turcos, cerdos impíos.

13

EN EL CAMPO DE NIÑOS CAUTIVOS

DE USKÜB

En el campo de niños cautivos de Usküb (dijo el palacio de la memoría) había muchas lenguas pero un solo Dios. Cada año las partidas de leva erraban por el imperio en expansión para recaudar el devshirmé, el tributo en niños, y hacían esclavos a los chiquillos más fuertes, más listos y más apuestos, para transformarlos en instrumentos de la voluntad del sultán. El principio del sultanato era el gobierno mediante la metamorfosis. «Os arrebataremos a vuestros mejores vástagos y los transformaremos por completo. Los obligaremos a olvidaros y los convertiremos en la fuerza que os mantiene sometidos. Estaréis bajo el dominio de vuestros propios hijos perdidos.» En Usküb, donde se iniciaba este proceso de cambio, había muchas lenguas pero solo un uniforme, el holgado bombacho del recluta otomano. Despojaron al héroe de sus andrajos y lo lavaron y le dieron alimento y agua limpia para beber. Después lo despojaron también de su cristianismo y se vio obligado a vestirse el islam como un pijama nuevo.

Había griegos y albanos en Usküb, bosnios y croatas y serbios, y había niños mamlúk, esclavos blancos, de una punta a otra del Cáucaso, georgianos y mingrelianos, circasianos y abjasios, y había también armenios y sirios. El héroe era el único italiano. Florencia no pagaba el tributo en niños, aunque eso, en opinión de los osmanlíes, cambiaría con el tiempo. Sus captores fingieron tener dificultades para pronunciar su nombre: al-ghazi, el «conquistador», lo llamaban en broma, o al-khali, el

«vacío», la «vasija». Pero su nombre daba igual. Argalia, Arcalia, Argalia, Al-Khaliya.

Palabras sin sentido. No importaban. Era su alma, como las de todos los demás, la que se hallaba bajo una nueva autoridad. En la plaza de armas, con su nuevo atuendo, aquellos niños hoscos formaban fila ante un hombre que vestía hábito, un hombre cuyo gorro blanco era tan alto como larga su blanca barba, elevándose el uno un metro por encima de su frente y cayendo la otra igual distancia bajo el mentón, con lo que en apariencia poseía una longitud inmensa. Era un hombre santo, un derviche de la orden Bektashi, y estaba allí para convertirlos al islam. Con sus muchos acentos, los niños, rabiosos y asustados, repetían como loros la necesaria frase árabe sobre el Dios único y su Profeta. La metamorfosis se había iniciado.

***

Mientras viajaba al servicio de la república, Il Machia no hacía más que pensar en el palacio de la memoria. En julio fue al galope de Rávena a Forli para convencer a la condesa Caterina Sforza Riario de que permitiera a su hijo Ottaviano luchar del lado de las fuerzas florentinas por una suma de dinero considerablemente menor de la que pedía, pues si se negaba, perdería la protección de Florencia y quedaría a merced del terrible duque Cesare Borgia de Romagna, el hijo del papa Borgia, Alejandro VI. La

«Madonna de Forli» era una mujer tan hermosa que incluso Biagio Buonaccorsi, el amigo de Il Machia, dejó de sodomizar por un momento a Andrea di Romolo para pedirle a Niccoló que le trajera un dibujo de ella.

Pero Niccoló pensaba en la francesa sin nombre, de pie como una estatua de mármol en su tocador de la Casa de Marte de Alessandra Fiorentina. «Eh, Machia -escribió Ago Vespucci-, necesitamos que vuelvas aquí cuanto antes, porque sin ti no hay nadie que organice nuestras veladas de bebida y cartas, y además esta cancillería tuya está plagada de los mayores cabrones de Italia, y todos intentan despedirnos, así que estos paseos a caballo tuyos son también malos para el negocio.» Pero Niccoló no pensaba en intrigas ni en la vida airada, o, más bien, era el cuerpo de una única mujer el que esperaba corromper, si conseguía encontrar la llave de su identidad secreta, la personalidad reprimida oculta bajo el palacio de la memoria.

Il Machia a veces veía el mundo de una manera demasiado analógica, interpretando una situación como si fuera análoga a otra muy distinta. Así, cuando Caterina rechazó su propuesta, él lo vio como un mal augurio. Tal vez también fracasaría con el palacio de la memoria. Poco después, cuando Cesare Borgia atacó y conquistó Forli tal como había pronosticado Niccoló, Caterina se plantó en lo alto de la muralla y, enseñándole al duque de Romagna los genitales, le dijo que se jodiera. Acabó prisionera del Papa en

el Castel Sant'Angelo, pero para Il Machia su destino era una buena señal.

El hecho de que Caterina Sforza Riario fuera prisionera en el castillo del papa Alejandro la convertía en una especie de espejo de la mujer encerrada en una habitación a oscuras en la Casa de Marte de la reina Alessandra. El hecho de que se hubiera exhibido ante Borgia significaba que quizá el palacio de la memoria accedería a hacer lo mismo ante él.

Regresó a la Casa de Marte, donde la ruffiana Giulietta, mal de su grado, consintió en darle libre acceso al palacio de la memoria, porque también ella albergaba la esperanza de que fuera capaz de despertar a la sonámbula, para que esta empezara a actuar como una auténtica cortesana y no como una estatua parlante. E Il Machia acertó en su interpretación de los augurios.

Cuando se quedó a solas con ella en su tocador, la cogió de la mano y, con delicadeza, la llevó a la cama, provista de dosel y colgaduras de seda azul pálido, oportunamente francesas, con flores de lis bordadas en hilo de oro.

Era una mujer alta. Todo sería más fácil si estaba tendida. Tumbado junto a ella, le acarició el cabello dorado y, susurrando, le hizo preguntas al oído mientras le desabrochaba el característico corpiño que vestía como miembro del serrallo.

Tenía los pechos pequeños. Eso a Il Machia ya le parecía bien. Con las manos firmemente entrelazadas en la cintura, la mujer no puso reparo alguno a los movimientos de la mano de Il Machia. Y conforme recitaba los recuerdos enterrados en su memoria, parecía desahogarse, y conforme disminuía el peso de los recuerdos, más se aligeraba su ánimo.

–Cuéntamelo todo -le susurró Il Machia al oído mientras le besaba los senos recién desvelados-, y serás libre.

***

Una vez recaudado el tributo en niños (dijo el palacio de la memoria), los llevaron a Estambul y los distribuyeron entre las buenas familias turcas para servirlas y para aprender la lengua turca y las complejidades de la fe musulmana. Luego siguió la instrucción militar. Al cabo de un tiempo, los niños o bien entraban en el serrallo imperial como pajes y recibían el título de Ich-Oghlán, o bien se incorporaban al cuerpo de jenízaros en calidad de AjémOghlán. Reclutas novatos. A los once años, el héroe, el poderoso guerrero, el Portador de la Lanza Hechizada y el hombre más apuesto del mundo, se convirtió, alabado sea Dios, en jenízaro, el mejor combatiente jenízaro de la historia del cuerpo. ¡Ay, los temidos jenízaros del sultán osmanlí, que su fama se propague por todo lo largo y ancho de este mundo!

No eran turcos, pero sí eran los pilares del imperio turco. No se admitía a judíos, porque tenían la fe demasiado arraigada para alterársela; ni a gitanos, porque eran escoria; y a los moldavos y valacos de Rumania nunca los incluían en las levas. Pero en los tiempos del héroe hubo que luchar contra los valacos, que estaban bajo el mando de Vlad Drácula, el Empalador, su rey.

Mientras el palacio de la memoria le hablaba de los jenízaros, Il Machia había desplazado la atención hacia sus labios. Ella le contó que inspeccionaban a los cadetes desnudos cuando llegaban a Estambul, y él solo pensaba en la belleza de su boca cuando formaba la palabra francesa nus. Ella le habló de la preparación que recibían en los oficios de carnicero y jardinero, y él dibujó los contornos de sus labios en movimiento con el índice mientras ella pronunciaba las palabras. Ella dijo que los despojaban de sus nombres y también de sus apellidos, y se convertían en Abdulás y Abdulmomíns o cualquier otro nombre empezado por abd, que significaba esclavo e indicaba su posición en el mundo.

Pero en lugar de preocuparse por la deformación de las vidas de estos jóvenes, Il Machia solo pensaba que no le complacía la forma que adoptaban sus labios al articular esas sílabas orientales. Le besó las comisuras de la boca cuando ella le habló del Jefe Blanco Eunuco y el Jefe

Negro Eunuco, que preparaban a los niños para el servicio imperial, y le contó que el héroe, su amigo, había comenzado como cetrero mayor, rango insólito en un cadete. Il Machia sabía que su amigo perdido, el niño sin infancia, se hacía mayor mientras ella hablaba, se hacía mayor en su relato acerca de él, y tenía lo que quiera que tengan los niños en lugar de infancia cuando no tienen infancia, se transformaba en hombre, o en lo que quiera que se convierta un niño sin infancia cuando se hace mayor, quizá en un hombre sin madurez. Sí, Argalia adquiría habilidades marciales que despertaban admiración y temor en otros hombres, reunía en torno a sí a un círculo de jóvenes guerreros, cadetes procedentes del tributo en niños exigido en las lejanas fronteras de Europa, así como los cuatro gigantes albinos suizos, Otho, Botho, Clotho y D'Artagnan, mercenarios capturados en combate y subastados en los mercados de esclavos de Tánger, y un serbio salvaje llamado Konstantin, que había sido capturado en el asedio de Novo Brdo. Pero, a pesar de la importancia de esta información, Il Machia quedó absorto en los leves movimientos que se producían en el rostro del palacio de la memoria mientras hablaba. Sí, Argalia se había hecho mayor en algún sitio, y había realizado diversas hazañas, y todo eso era información que él debía poseer, pero entretanto allí estaban esas lentas ondulaciones de los labios y las mejillas, esos movimientos articulados de la lengua y la mandíbula, el resplandor de aquella piel alabastrina.

A veces en el bosque, cerca de la casa solariega de Percussina, yacía en la tierra, sobre la capa blanda de hojas, y escuchaba el canto bitonal de los pájaros, agudo grave agudo, agudo grave agudo grave, agudo grave agudo grave agudo. A veces, junto a un torrente del bosque, observaba correr el agua por encima del lecho pedregoso, las nimias modulaciones de la corriente al saltar y fluir. El cuerpo de una mujer era así. Si se lo observaba con la debida atención, se lo veía moverse al ritmo del mundo, el ritmo profundo, la música debajo de la música, la verdad debajo de la verdad. Él creía en esta verdad oculta, tal como otros hombres creían en Dios o el amor; creía que la verdad, de hecho, siempre estaba oculta, que lo aparente, lo manifiesto, era invariablemente una especie de mentira. Como era un hombre inclinado a la precisión, quería capturar la verdad oculta precisamente, verla con claridad y establecerla, la verdad más allá de toda idea de lo correcto e incorrecto, toda idea del bien y el mal, toda idea de la

fealdad y la belleza, que eran aspectos de los engaños superficiales del mundo, sin relación apenas con la mecánica real de las cosas, desconectados de la quiddidad, los códigos secretos, las formas ocultas, el misterio.

Allí, en el cuerpo de esa mujer, se veía el misterio. Ese ser en apariencia inerte, su identidad borrada o enterrada debajo de esa historia interminable, ese laberinto de habitaciones-historia en el que se habían escondido más relatos de los que a él le interesaba oír. Esa apetecible sonámbula. Ese espacio en blanco. Las palabras memorizadas que brotaban de ella mientras él seguía mirándola, y mientras desabrochaba y acariciaba. Dejó al descubierto su desnudez sin ningún reparo, la tocó sin culpabilidad, la manipuló sin el menor remordimiento. Era el científico del alma de esa mujer. En el más insignificante movimiento de una ceja, en la contracción de un músculo de su muslo, en la súbita y mínima curva de la comisura izquierda del labio superior, Il Machia deducía la presencia de la vida. La identidad de ella, ese soberano tesoro, no había sido destruida. Dormía y era posible despertarla. Le susurró al oído:

«Esta es la última vez que contarás esa historia. Mientras la cuentas, despréndete de ella». Lentamente, frase a frase, episodio a episodio, él desmantelaría el palacio de la memoria y liberaría a un ser humano. Le mordisqueó la oreja y vio en respuesta un ligero ladeo de la cabeza. Le apretó un pie y un dedo se movió agradecido. Le acarició el pecho y, levemente, tan levemente que solo lo habría visto un hombre que buscara la verdad más profunda, ella arqueó la espalda. No había nada malo en lo que 11 Machia hacía. Era su rescatador. A su debido tiempo, ella se lo agradecería.

En el asedio de Trebisonda llovió todo el día. Los montes eran un enjambre de tártaros y otros paganos. El camino que descendía de las montañas se convirtió en un barrizal, tan hondo que llegaba al vientre de los caballos.

Destruyeron los carromatos de provisiones y llevaron los sacos a lomos de los camellos. Un camello cayó y un cofre del tesoro se rompió y se abrió, desparramándose sesenta mil monedas de oro por la ladera a la vista de todos. Al instante el héroe, con los gigantes suizos y el serbio, desenvainó

la espada y montó guardia en torno a la riqueza caída del sultán hasta que él, el emperador, llegó al lugar.

Después de eso, el sultán depositó su confianza en el héroe más que en su propia familia.

***

Por fin la rigidez abandonó los miembros de la mujer. Su cuerpo, distendido sobre las sábanas de seda, lo invitaba. Las historias que contaba ahora eran de fecha reciente. Argalia se había hecho mayor y tenía casi la misma edad que Il Machia y Ago. Sus cronologías volvían a unirse. Pronto ella habría terminado y entonces él la despertaría. La ruffiana Giulietta, una criatura impaciente, lo empujo a poseerla mientras dormía. «Tú métesela. Venga.

No hay por qué andarse con contemplaciones. Dale de lo lindo. Así, abrirá los ojos.» Pero Il Machia había decidido no forzarla y esperar a que despertase por propia iniciativa, y en eso obtuvo la aprobación de Alessandra Fiorentina. El palacio de la memoria era de una belleza excepcional y había que tratarla con delicadeza. Puede que no fuera más que una esclava en la casa de una cortesana, pero ese respeto lo recibiría.

Contra Vlad III el voivode de Valaquia -Vlad «Drácula», el «dragón demonio», el Príncipe Empalador, Kazikli Bey-, no habría triunfado un poder ordinario. Había empezado a correr la voz de que el príncipe Vlad bebía la sangre de sus víctimas empaladas mientras estas, agonizantes, se retorcían en las estacas, y que beber la sangre viva de hombres y mujeres le confería extraños poderes sobre la muerte. No podía morir. No era posible matarlo. Era, además, una bestia entre las bestias. Cortaba la nariz a los hombres que mataba y se la enviaba al príncipe de Hungría para jactarse de su proeza. Estas historias atemorizaban al ejército y la marcha hacia Valaquia no fue feliz. Para alentar a los jenízaros, el sultán repartió treinta

mil monedas de oro y dijo a los hombres que si vencían, les otorgaría derechos de propiedad y recuperarían el uso de sus apellidos. Vlad el Demonio había quemado ya toda Bulgaria y empalado a veinticinco mil personas en estacas de madera, pero sus efectivos eran inferiores a los del ejército otomano. Se retiró y dejó la tierra arrasada a sus espaldas, envenenando pozos y sacrificando el ganado. Cuando el ejército del sultán quedó aislado, en plena desolación, sin alimento ni agua, el rey demonio lanzó ataques sorpresa. Murieron muchos soldados y sus cuerpos acabaron clavados en puntiagudos garrotes.

Después Drácula se retiró a Tirgoviste, y el sultán declaró: «Esta será la última parada del demonio».

Pero en Tirgoviste vieron un espectáculo horrendo. Veinte mil hombres, mujeres y niños habían sido empalados en una cerca de estacas en torno a la población solo para enseñar al ejército enemigo lo que le esperaba. Había recién nacidos aferrados a sus madres empaladas en cuyos pechos putrefactos se veían los nidos de los cuervos. Ante este bosque de empalados, el sultán sintió repugnancia y retiró a sus tropas conturbadas.

Daba la impresión que la campaña acabaría en catástrofe, pero el héroe dio un paso al frente con su grupo leal.

«Haremos lo que debe hacerse», dijo. Al cabo de un mes, el héroe regresó a Estambul con la cabeza del demonio en un tarro de miel. Resultó que, a fin de cuentas, Drácula sí podía morir pese a los rumores en sentido contrario.

Su cuerpo había sido empalado como él había empalado a tantos otros y abandonado allí para que los monjes de Snagov lo enterrasen como les viniese en gana. Fue entonces cuando el sultán comprendió que el héroe era un ser sobrehumano cuyas armas poseían poderes hechicerescos y cuyos compañeros eran también más que humanos. Le concedieron los mayores honores del sultanato osmanlí, el rango de Portador de la Lanza Hechizada.

Además, volvió a ser un hombre libre.

–En adelante -le dijo el sultán-, serás mí mano derecha como lo es mi mano derecha, y un hijo para mí como lo son mis hijos, y tu nombre no es el nombre de un esclavo, pues ya no eres el mamlúk o abd de nadie, tu nombre

es pachá Arcalia, el Turco.

Un final feliz, pensó 11 Machia con ironía. A la postre resultó que nuestro viejo amigo hizo fortuna. Un punto tan bueno como cualquier otro para que el palacio de la memoria concluyera su relato. Tumbado junto a ella, Il Machia intentó representarse a Nino Argalia como un pachá oriental abanicado por eunucos nubios de torso desnudo y acosado por las preciosidades del harén. Sentimientos de asco se despertaron en él ante la imagen de ese renegado, un cristiano converso al islam, disfrutando de los antros de corrupción de la perdida Constantinopla, la nueva Konstantiniyye o la Estambul de los turcos, o rezando en la mezquita de los jenízaros, o caminando despreocupadamente junto a la estatua caída y rota del emperador Justiniano, y relamiéndose con el creciente poder de los enemigos de Occidente. Tan traicionera transformación podía impresionar a un hombre cándido y de buen carácter como Ago Vespucci, que veía el viaje de Argalia como la clase de aventura emocionante por la que él personalmente no sentía ningún interés, pero, en opinión de Niccolò, aquello rompía los lazos de su amistad, y si alguna vez se encontraban cara a cara, sería como enemigos, ya que la deserción de Argalia era un crimen contra las verdades más profundas, las verdades eternas del poder y el parentesco que impulsaban la historia de los hombres. Se había vuelto contra los suyos, y una tribu nunca era indulgente con esa clase de hombres.

Así y todo,. Il Machia no pensó en ese momento, ni hasta pasados muchos años, que volvería a ver al compañero de su infancia.

La enana Giulietta Veronese asomó por la puerta. – ¿Y bien?

Niccoló movió la cabeza en un sensato gesto de asentimiento.

–Creo, signora, que pronto despertará y será otra vez ella misma. En cuanto a mí, por la pequeña parte que me toca en la renovación de su personalidad, de esa Dignidad humana, que, según el gran Pico, reside en el corazón mismo de nuestra humanidad, admito que me invade cierto orgullo.

La ruffiana soltó un soplido por la comisura de los labios.

–Ya era hora -dijo, y se retiró.

Casi de inmediato el palacio de la memoria empezó a susurrar en sueños.

Su voz cobró fuerza, y Niccoló comprendió que contaba la última historia, la historia incrustada en la mismísima puerta del palacio de la memoria que le había colonizado el cerebro, el relato que debía narrarse al cruzar ella esa puerta y volver a despertar a la vida corriente: su propia historia, que se desplegaba en sentido inverso, como si el tiempo corriese marcha atrás. Con creciente horror, Il Machia vio surgir ante él la escena de su adoctrinamiento, vio al nigromante de Estambul, al sufimístico del largo sombrero y la larga barba de la orden Bektashi, experto en artes mesméricas y construcción de palacios de la memoria, al servicio de cierto pachá recién acuñado para encomendar a la memoria de esa cautiva las hazañas de dicho pachá, para borrar la vida de ella y dejar espacio a la versión de sí mismo concebida por Argalia, sin duda engrandecedora. El sultán le había obsequiado con aquella beldad esclavizada, y ese era el uso que él había hecho de ella. ¡Bárbaro! ¡Traidor! Debería haber muerto de peste junto con sus padres. Debería haberse ahogado cuando Andrea Doria lo arrojó al bote de remos. Acabar empalado en una estaca por Vlad Drácula de Valaquia no habría sido un castigo demasiado severo para tales fechorías.

Estos y otros pensamientos iracundos se agolpaban en la cabeza de 11

Machia cuando surgió de la nada una imagen no deseada del pasado: el niño Argalia burlándose de él por los remedios para las enfermedades elaborados por su madre a base de gachas. «No sois los Machiavelli, sino los Polentini.» Y la vieja canción de Argalia sobre una imaginaria niña de las gachas. Si fuese un pecado, me arrepentiría de ella. Si se muriese, la lloraría. Il Machia descubrió lágrimas en sus mejillas. Cantó la canción para sí: «Y si fuese un mensaje, la habría enviado», cantando en voz baja para no perturbar a la damisela de carne y hueso que había rescatado del palacio de la angustia. Estaba solo con el recuerdo de Argalia, sin más compañía que su nueva indignación y el viejo y dulce recuerdo de la infancia, y lloró.

Me llamo Angélique y soy la hija deJacques Coeur de Bourges, mercader de Montpellier. Me llamo Angélique y soy la hija de Jacques Coeur. Mi

padre era comerciante y traía a Narbona frutos secos y sedas y alfombras de Damasco. Fue acusado falsamente de envenenar a la querida del rey de Francia y huyó a Roma. Me llamo Angélique y soy la hija de Jacques Coeur, que recibió honores del Papa. Fue nombrado capitán de las dieciséis galeras papales y enviado a liberar Rodas, pero enfermó en el camino y murió. Me llamo Angélique y soy de lafamilia deJacques Coeur. Mientras mis hermanos y yo comerciábamos con el Levante, me raptaron los piratas y me vendieron como esclava al sultán de Estambul.

Me llamo Angélique y soy la hija de Jacques Coeur. Me llamo Angélique y soy la hija de Jacques. Me llamo Angélique y soy la hija. Me llamo Angélique y soy. Me llamo Angélique.

Esa noche Il Machia durmió a su lado. Cuando ella despertara, le contaría lo sucedido, sería considerado y amable, y ella le daría las gracias como la dama que en otro tiempo fue, una muchacha de una distinguida familia de mercaderes. La compadeció por su mala suerte, dos veces capturada por los piratas berberiscos, la primera arrebatada a los franceses, la segunda a los turcos; a saber qué agresiones había padecido, cuántos hombres la habían poseído, o qué recordaría de todo eso, y ni siquiera ahora era libre. Se la veía tan refinada como a cualquier aristócrata, y sin embargo no era más que una muchacha en una casa de placer. Pero si sus hermanos vivían, sin duda se alegrarían de su regreso, su hermana oculta, su amada Angélique perdida. Se la comprarían a Alessandra Fiorentina y ella volvería a casa, donde quiera que estuviese su casa, Narbona o Montpellier o Bourges.

Quizá podía joder con ella antes de eso. Hablaría del tema con la ruffiana por la mañana. La Casa de Marte estaba en deuda con él por aumentar el valor de su mercancía, antes dañada. La adorable Angélique, Angélique la de los pesares. Había hecho algo bueno y casi desinteresado.

Esa noche tuvo un sueño extraño. Un padishah o emperador oriental, sentado al atardecer bajo una pequeña cúpula en la quinta y última planta, el vértice, de un edificio piramidal de arenisca roja, contemplaba un lago dorado.

Detrás de él había criados con grandes abanicos de plumas, y a su lado, de

pie, un hombre o una mujer europeo, una figura de largo cabello amarillo con un ropón de cuero hecho de rombos de colores, contando un relato sobre una princesa perdida. El soñador solo vio a esta silueta de cabello amarillo desde detrás, pero el padishah estaba bien a la vista: un hombre corpulento, de tez clara y poblado bigote, apuesto, muy enjoyado, y tirando a gordo. Obviamente eran criaturas oníricas que él había concebido, ya que sin duda ese príncipe no era el sultán turco, y el cortesano de cabello amarillo no parecía el nuevo pachá italiano.

–Habláis solo del amor de los amantes -dijo el padishah-, pero nosotros pensamos en el amor del pueblo por su príncipe. Ya que tenemos un gran deseo de ser amados.

–El amor es voluble -contestó el otro hombre-. Hoy os aman, pero quizá mañana no.

Y entonces qué? – preguntó el padishah-. ¿Deberíamos ser un tirano cruel?

¿Deberíamos actuar de manera tal que engendre odio?

–Odio no, miedo -contestó el hombre de cabello amarillo-. Ya que solo el miedo perdura.

–No seáis necio -dijo el padishah-. Todo el mundo sabe que el miedo casa bien con el amor.

***

Despertó con los gritos y la luz y las ventanas abiertas, con mujeres corriendo de un lado a otro mientras la enana Giulietta le chillaba al oído:

«¿Qué le has hecho?». Cortesanas sin sus galas, el cabello enmarañado, las

caras sin pintar y sucias, los camisones torcidos, vociferaban y corrían de habitación en habitación. Todas las puertas estaban abiertas de par en par y la luz del día, el antídoto de todo hechizo, inundaba brutalmente la Casa de Marte. Qué viejas brujas eran aquellas mujeres, qué roedores infames y vulgares con mal aliento y voces desapacibles. Il Machia se incorporó y se vistió atropelladamente. «¿Qué has hecho?» Pero él no había hecho nada.

La había ayudado, le había depurado la mente, liberado el espíritu, y apenas le había puesto un dedo encima. Ciertamente, no le debía ningún dinero a la ruffiana. ¿Por qué lo acosaba así? ¿A qué venía tal conmoción? Debía marcharse de inmediato. Debía encontrar a Ago y a Biagio y a Di Romolo y desayunar algo.

Y sin duda había trabajo que hacer. «Pedazo de necio -gritaba Giulietta Veronese-, ¿cómo se te ocurre entrometerte en lo que no entiendes?» Allí había ocurrido algo. Ya presentable, con toda la dignidad de que pudo hacer acopio, recorrió la Casa de Marte, ahora despojada de su magia. Las cortesanas callaban a su paso. Algunas lo señalaban. A una o dos las oyó mascullar con voz sibilante. Había una ventana rota en el grand salon, en el lado que daba al Arno. Necesitaba saber qué había ocurrido. De pronto, la señora de la casa, La Fiorentina, aún hermosa sin una pizca de auxilio cosmético se plantó ante él.

–Señor secretario -dijo con gélida formalidad-, nunca más seréis bien recibido en esta casa.

Acto seguido, lo dejó en medio de un revuelo de enaguas y empezaron los llantos y lamentaciones.

–Maldito seas -dijo Giulietta la ruffiana-. Ha sido imposible detenerla. Ha salido corriendo de esa habitación donde tú dormías como un cadáver en descomposición y nadie ha podido interponerse en su camino.

***

Mientras estabas anestesiada a la tragedia de tu vida, pudiste sobrevivir.

Cuando se te devolvió la claridad, cuando te fue restaurada concienzudamente, te enloqueció. Tus recuerdos reavivados te desquiciaron, el recuerdo de la humillación, de tanta manipulación, de tantas intrusiones, el recuerdo de los hombres. No un palacio, sino un burdel de la memoria, y detrás de los recuerdos la conciencia de que aquellos a quienes amaste estaban muertos, de que no había escapatoria. Tal conciencia te permitió ponerte en pie, recobrarte y echar a correr. Si corrías deprisa tal vez lograras escapar de tu pasado y del recuerdo de todo lo que te habían hecho, y también del futuro, la inexorable desventura que se extendía ante ti. ¿Existían hermanos capaces de rescatarte?

No, tus hermanos estaban muertos. Quizá el mismísimo mundo estaba muerto.

Sí, lo estaba. Para formar parte del mundo de los muertos, era necesario que murieras también. Era necesario que corrieses tan deprisa como te fuera posible hasta alcanzar el límite entre los mundos, y allí no te detuviste, atravesaste la frontera como si no estuviese, como si el cristal fuese aire y el aire fuese cristal, haciéndose añicos el aire en torno a ti como el cristal mientras caías. Rebanándote el aire en pedazos como si fuera la hoja de un cuchillo. Era agradable caer. Era agradable caerse de la vida. Era agradable.

***

–Argalia, amigo mío -dijo Niccoló al fantasma del traidor-, me debes una vida.