La encantadora de Florencia

Salman Rushdie · Capítulo 5 de 25

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La encantadora de Florencia

Capítulo 5

En cuanto al emperador, nunca volvió a referirse a sí mismo en singular en presencia de otra persona. Era plural a los ojos del mundo, plural incluso a juicio de la mujer que amaba, y plural seguiría siendo. Había aprendido la lección.

5

SUS HIJOS, A GALOPE TENDIDO

Sus hijos, a galope tendido, apuntando sus lanzas a las estaquillas clavadas en la tierra; sus hijos, todavía a caballo, luciéndose en el juego del chaugan, blandiendo largos bastones con el extremo curvo y golpeando una pelota para introducirla en una meta con red; sus hijos jugando al polo de noche con una pelota luminosa; sus hijos en plena montería, iniciados en los misterios de la caza del leopardo por el maestro cazador; sus hijos participando en el «juego del amor», el ishqbazi, un pasatiempo con palomas de carreras… ¡Qué hermosos eran, sus hijos! ¡Con qué brío jugaban! Ahí estaba Salim, el príncipe heredero, a sus catorce años y ya tan diestro en el manejo del arco que las reglas del deporte se reescribían para adaptarlas a él. Ay, Murad, Daniyal, mis jinetes, pensó el emperador.

¡Cuánto los quería, y sin embargo qué zánganos eran! Bastaba con verles los ojos: ya estaban ebrios. Tenían once y diez años y ya estaban ebrios, ebrios empuñando las riendas del caballo, los muy necios. El emperador había dado rigurosas instrucciones al servicio, pero ellos eran príncipes de pura sangre, y ningún criado se atrevía a llevarles la contraria.

Les había puesto espías, naturalmente, y estaba por tanto informado de la adicción al opio de Salim y sus gestas nocturnas de pervertida lascivia.

Quizá fuera comprensible que un joven, en el súmmum de su potencia, desarrollase cierta afición por sodomizar mozas, pero pronto habría que susurrarle unas palabras al oído, porque las bailarinas, esas putillas, se quejaban de que, con los traseros maltrechos, los capullos de granada mortificados, les era más difícil ejecutar sus danzas. ¡Ay, ay, ay, aquellos licenciosos hijos suyos, carne de su carne, herederos de todos sus defectos y ninguna de sus virtudes! De momento la dolencia del príncipe Murad, el mal caduco, había podido mantenerse oculta al populacho, pero ¿hasta cuándo sería posible esconderla? Y Daniyal parecía no valer para nada, parecía carecer de personalidad, pese a haber heredado la buena presencia de la familia, un logro del que él no podía enorgullecerse legítimamente, y sin embargo, en su hinchada vanidad, lo hacía. ¿Era demasiado severo juzgar así a un niño de diez años? Sí, claro que lo era; pero estos no eran niños. Eran pequeños dioses, los déspotas del futuro, nacidos, lamentablemente, para reinar. Él los quería. Ellos lo traicionarían. Eran la luz de su vida. Irían a por él mientras dormía. Esos cabronzuelos. Esperaba sus maniobras.

El rey deseaba, aquel día como todos los días, poder confiar en sus hijos.

Confiaba en Birbal y Jodha y Abul Fazl y Todar Mal, pero mantenía a los muchachos bajo estrecha vigilancia. Anhelaba confiar en ellos para que fueran el firme sostén de su vejez. Su sueño era poder contar con sus seis hermosos ojos cuando los suyos se apagaran, y con sus seis fuertes brazos cuando los suyos se debilitaran, contar con que actuaran al unísono a instancias de su padre, para que él se convirtiera realmente en un dios de múltiples cabezas y extremidades. Quería confiar en ellos porque consideraba la confianza una virtud y deseaba cultivarla, pero conocía la historia de su casta, sabía que los suyos no tenían por costumbre ser dignos de confianza. Sus hijos, de mayores, llegarían a ser héroes rutilantes con magníficos bigotes y se volverían contra él, lo veía ya en sus ojos. Entre los de su estirpe, entre los Chagatai de Fergana, los hijos tenían el hábito de conspirar contra sus progenitores coronados, intentar destronarlos, encarcelarlos en sus propias fortalezas o en islas en medio de lagos, o ejecutarlos con sus propias espadas.

El bueno de Salim, ese bribón sanguinario, soñaba ya con ingeniosos métodos para matar. «Si alguien me traiciona, padre, sacrificaré un asno y ordenaré que metan al traidor dentro de la piel del animal recién desollado y la cosan. Luego lo montaré a lomos de un burro, mirando hacia atrás, y lo pasearé por las calles a mediodía, y que el sol abrasador haga su trabajo.»

El sol cruel que secaría el pellejo, y así este se encogería lentamente, y así dentro, lentamente, el enemigo moriría de asfixia. ¿De dónde has sacado una idea tan repugnante?, preguntó el emperador a su hijo. «Me la he inventado -mintió el muchacho-. ¿Y quién sois vos para hablar de crueldad, padre? Yo mismo os he visto desenvainar la espada y rebanar los pies a un hombre que había robado un par de zapatos.» El emperador reconocía una verdad nada más oírla.

Si había algo tenebroso en el príncipe Salim, lo había heredado del mismísimo rey de reyes.

Salim era su hijo predilecto, y el más firme candidato a asesinarlo.

Cuando él ya no estuviera, estos tres hermanos se pelearían corno perros en la calle por el jugoso hueso de su poder. Cuando cerraba los ojos y escuchaba los cascos al galope durante los juegos de sus hijos, veía a Salim encabezar una revuelta contra él, y fracasar como el triste mequetrefe que era. «Lo perdonaremos, claro está, le dejaremos vivir, a nuestro hijo, tan buen jinete, tan radiante, de risa tan regia.» El emperador suspiró. No confiaba en sus hijos.

El problema del amor resultaba aún más misterioso por estas cuestiones.

El rey amaba a los tres muchachos que galopaban ante él en la maidan. Si tenía que morir a manos de ellos, amaría el brazo que asestara el golpe fatal.

Ahora bien, no estaba dispuesto a dejarse eliminar por esos jóvenes canallas, no mientras le quedara un soplo de vida en el cuerpo. Antes los vería en el Infierno. Él era el emperador, Akbar. No permitiría que ningún hombre jugara con él.

Había confiado en el místico Chishti, cuya tumba se hallaba en el patio de

la Mezquita del Viernes, pero Chishti estaba muerto. Confiaba en los perros, la música, la poesía, en un cortesano ingenioso y una esposa a la que había creado de la nada. Confiaba en la belleza, la pintura y la sabiduría de sus antepasados. En otras cosas, en cambio, empezaba a perder la confianza; por ejemplo, en la fe religiosa. Sabía que no se debía confiar en la vida, que no se debía contar con el mundo. En la puerta de su gran mezquita había hecho labrar su lema, que no era suyo, sino que pertenecía, o eso le habían contado, a Jesús el Nazareno. «El mundo es un puente.

Crúzalo pero no construyas una casa sobre él.» No se creía siquiera su propio lema, se reprendió, ya que no solo había construido su propia casa, sino toda una ciudad. «Quien concibe la esperanza de una hora concibe la esperanza de la eternidad. El mundo es una hora. Lo que viene a continuación es invisible.» Es verdad, admitió en silencio, yo concibo demasiadas esperanzas. Yo espero la eternidad. No me basta con una hora.

Espero la grandeza, que es más de lo que deberían desear los hombres. (Ese

«yo» le sabía bien cuando lo pronunciaba para sí, le hacía sentir una mayor intimidad consigo mismo, pero seguiría siendo algo privado, un asunto resuelto.) Espero tener una larga vida, pensó, y paz, y concordia, y una buena comida por la tarde. Por encima de todas estas cosas, espero contar con un joven en quien confiar. Ese joven no será mi hijo, pero lo convertiré en algo más que un hijo. Lo convertiré en mi martillo y mi yunque. Lo convertiré en mi belleza y mi verdad. Se alzará en la palma de mi mano y llenará el cielo.

Ese mismo día el joven de cabello amarillo fue conducido ante su presencia envuelto en un ropón absurdamente largo hecho de rombos de cuero multicolores, y con una carta de la reina de Inglaterra en la mano.

***

A primera hora de la mañana Mohini, la ramera insomne del burdel de Hatyapul, despertó a su huésped extranjero. Él salió al instante del sueño y,

estrechándola bruscamente entre sus brazos, hizo aparecer un cuchillo de la nada y acercó la hoja a su cuello.

–No seáis tonto -dijo ella-. Esta noche habría podido mataron un centenar de veces, y no penséis que no lo he pensado cuando roncabais de tal modo que habríais podido despertar al emperador en su palacio.

Mohini le había ofrecido dos tarifas, una por un único acto, la otra, un poco más alta, por toda la noche. – ¿Qué sale más a cuenta? – preguntó él.

–La gente siempre dice que la tarifa por toda la noche -contestó ella muy seria-, pero la mayoría de mis visitantes son tan viejos o incapaces, o están tan borrachos o aturdidos por el opio, que incluso hacerlo una sola vez queda fuera de su alcance, así que casi con toda seguridad la tarifa por uno solo os ahorrará dinero.

–Te pagaré el doble de la tarifa por toda la noche -dijo él- si me prometes quedarte toda la noche a mi lado. Hace mucho tiempo que no paso una noche entera con una mujer, y tener el cuerpo de una mujer tendido a mi lado me endulza los sueños.

–Podéis malgastar vuestro dinero si os viene en gana, no seré yo quien os lo impida -repuso ella con frialdad-, pero yo perdí la dulzura hace años.

Tan flaca era que entre las rameras se la conocía como Esqueleto, y los clientes que podían permitírselo a menudo la contrataban junto con su antítesis, la ramera obesa llamada Colchón, con el propósito de gozar de los dos extremos que podían ofrecer las formas femeninas: primero el inflexible predominio del hueso y después la carne envolvente. Esqueleto comía como un lobo, vorazmente y deprisa, y cuanto más comía, más engordaba Colchón, hasta que se sospechó que ambas rameras habían hecho un pacto con el Diablo, y en el Infierno sería Esqueleto la grotescamente gruesa para toda la eternidad, mientras que Colchón iría de un lado a otro acompañada de un traqueteo de huesos y los pezones de su pecho plano semejarían minúsculos tapones de madera.