La estafadora
Capítulo 11
ME SIENTO A LA VENTANA DEL SALÓN DE STONEHAVEN y espero para dar la bienvenida a la pareja que avanza por el crepúsculo hacia mí. Las lluvias torrenciales de la mañana han menguado y se han convertido en una ligera llovizna que brilla como purpurina en las luces del camino. Estoy alterada como una adolescente con un chute de Ritalin, ansiosa ante la perspectiva del contacto humano (¡emocionada!, ¡casi desquiciada!). Estoy bastante segura de que llevo un par de semanas sin hablar con nadie aparte de decirle a la criada en mal español que no puede seguir ignorando el pasarles el plumero a los marcos de las ventanas.
Cuando me desperté esta mañana vi que la negra depre que he estado cargando la mayor parte de este año había desaparecido. En su lugar, un conocido crepitar, como si se hubiese encendido un fuego dentro de mí y estuviera despertando a la vida. Volvía a verlo todo con gran claridad.
Me pasé la mañana lavándome el pelo y tiñéndome las raíces de nuevo a rubio con una botellita de Clairol que he encontrado en la tienda cutre del pueblo (es lo que hay). Me hice una mani-pedi (ídem), tres máscaras faciales coreanas y después me pasé una hora rebuscando en cajas hasta desenterrar el perfecto conjunto «Descansando en la mansión»: vaqueros y una camiseta negra de diseño, una chaqueta de terciopelo granate y debajo una sudadera gris con capucha. Chic pero asequible. Me hice un selfi y lo subí para mis seguidores de Instagram. ¡Esto es lo que se entiende en la montaña por «ponerse elegante»! #vidadelago #modademontana #miumiu.
Pasé por las habitaciones recogiendo copas de vino abandonadas y platos pegajosos con migas, escondí el montón de ropa para lavar en el dormitorio, junté las revistas de moda que tenía tiradas por todo el salón.
Hice y deshice y rehíce un pequeño bodegón de snacks en la cocina, hasta que casi me eché a llorar por el estrés (para calmar los nervios releí mi
propio post del día en Instagram, una frase de Maya Angelou que había encontrado en internet: «Nada puede apagar la luz que brilla desde dentro»).
Después me senté a la ventana con una botella de vino y esperé.
Para cuando veo sus luces por el camino ya casi me he acabado la botella.
Al levantarme de un salto me doy cuenta de que estoy un poco alegre ( déclassé, como decía maman mientras se servía medio vaso exacto en la cena). Pero soy bastante buena en disimularlo. Cuatro años de documentar online cada movimiento me han enseñado el arte de parecer sobria (feliz/pensativa/emocionada/contemplativa) cuando en realidad no lo estoy para nada.
Corro a la puerta, respiro hondo para combatir el mareo, me doy a mí misma un cachete —fuerte— y salgo al porche a darles la bienvenida. Me arde la mejilla.
El aire es frío, invernal, con una capa de humedad que se pega a las piedras de la casa. He adelgazado tanto que hasta las tallas cero me quedan sueltas —cocinar para una sola es deprimente, y la tienda está tan lejos…
—, así que siento como si el frío me penetrase hasta los huesos. Me quedo en la sombra, temblando, mientras el coche avanza con cuidado por el resbaladizo camino. Es un BMW vintage con matrícula de Oregón llena de barro de la carretera. A cien metros frena. Resulta difícil distinguir los rostros de sus ocupantes entre la niebla y las sombras, pero sí distingo que han asomado la cabeza para examinar el lugar. Por supuesto. Los pinos, el lago, la mansión…, todo resulta abrumador, y es por eso que hay días en que me duele incluso mirar por la ventana (esos días me vuelvo a la cama y me tomo tres Ambien y escondo la cabeza debajo de la manta, pero esa es otra historia).
El coche vuelve a ponerse en marcha y aparca, y de repente los veo a la perfección por el parabrisas. Se toman su tiempo, se ríen, y eso despierta algo en mi interior. Incluso después de conducir juntos un día entero, no tienen ninguna prisa en separarse. Entonces ella se acerca a él y lo besa, un beso largo y apasionado. Parece no acabar nunca. No deben de haber visto
que estoy aquí, y de repente siento que los estoy espiando como si fuera un mirón de Hitchcock.
Doy un paso atrás, adentrándome entre las sombras, y pienso en volver adentro y esperar a que llamen al timbre. Pero entonces la puerta del acompañante se abre y ella sale.
Ashley.
Es como si el helado bosque cobrase vida a su alrededor. El estruendo de la música que sale del estéreo parte el silencio al que tanto me he acostumbrado (es el aria climática de alguna ópera; seguro que maman sabría cuál). Hasta desde seis metros de distancia casi puedo sentir el aire de la calefacción del coche, que sigue pegado a su piel, como si se hubiese traído su propio ecosistema. Se incorpora de espaldas a mí y hace un pequeño estiramiento de yoga con las palmas hacia el cielo; entonces se da la vuelta y me ve observarla. Si eso la molesta, no lo muestra, sino que me sonríe con un rastro de placer, como si estuviera acostumbrada a que la miren. (¡Por supuesto que sí, es profesora de yoga! Su cuerpo es su raison d’être. Supongo que tenemos eso en común).
Hay algo felino en ella, algo que observa y vigila: sus ojos oscuros estudian el espacio que la rodea, como si calculara la distancia para saltar.
Su pelo brilla y lo lleva recogido en una larga cola, y su piel es de un color oliva suave que absorbe la luz (¿será latina?, ¿o quizá judía?). Es de una belleza desconcertante. La mayoría de las mujeres guapas que he conocido todos estos años le sacarían el máximo provecho a ese pelo, ese rostro, ese cuerpo; los mejorarían artificialmente, los disfrazarían, los amplificarían y lo expondrían todo. Pero Ashley lleva su belleza con la naturalidad de los vaqueros gastados que se agarran a sus curvas. Es como si no le pudiese importar menos el que la miren.
Así que, por supuesto, yo la miro. («¡Para de mirar! —Oigo la voz de maman en mi cabeza—. Cuando te quedas así de embobada pareces una trucha»).
—Tú debes de ser Vanessa.
Está a medio camino y extiende una mano hacia mí. De repente me veo envuelta en un abrazo y me queda enterrada la cara en su pelo, que huele a vainilla y naranja en flor. El calor de su cuerpo al apretarse contra el mío
resulta embriagador. Se me ocurre preguntarme cuándo fue la última vez que me dieron un abrazo (y, para el caso, ¿cuándo fue la última vez que alguien me tocó? Estos últimos meses casi ni me he masturbado). El abrazo dura medio segundo más de lo que esperaba —¿se supone que tengo que apartarme yo? Por Dios, ¿cuál es el protocolo?—, y cuando finalmente se suelta yo estoy ruborizada y calurosa y hasta un poco mareada.
—Ashley, ¿verdad? ¡Maravilloso! ¡Genial! ¡Habéis venido! —mi voz suena aguda, casi como un chillido, y demasiado efusiva—. Debe de haber sido horrible conducir hasta aquí. Toda esta lluvia… No ha parado.
Levanto una mano por encima de nosotras, como para protegerla del agua.
—A mí me encanta la lluvia —dice con una sonrisa. Cierra los ojos e inspira, abriendo las aletas de la nariz—. Huele muy fresco. Llevo nueve horas sentada en el coche. La verdad es que ya me vendría bien un buen lavado.
—¡Ja, ja! —trino («¡Por Dios, para de una vez!», me digo)—. Pues de eso no te faltará por aquí. Lluvia, quiero decir. No lavados. Aunque por qué no las dos cosas, supongo.
Parece extrañarse un poco por el comentario. La verdad es que yo tampoco estoy muy segura de qué he querido decir.
Oigo un ruido en el camino, el de maletas arrastradas sobre las piedras y dejadas en los escalones de la entrada. Miro por encima del hombro de Ashley y de repente veo los ojos de su novio.
Michael.
La forma en que me mira me sobresalta. Sus ojos son de un azul claro tan pálido y transparente que parece que esté observando más allá de ellos, a un lugar en su mente donde hay algo que brilla. Me sonrojo. ¿Ya estoy mirando demasiado otra vez? Sí. Pero él también lo hace, como si viera en mi interior, dejando al descubierto cosas que no deseo mostrar (¿sabrá que acabo de pensar en la masturbación?). El sonrojo se eleva por mi cuello; debo de tener el color de la sopa de langosta. Ojalá me hubiese puesto un suéter de cuello alto.
Me recupero y le ofrezco una mano, muy formal.
—¿Y tú eres Michael? —Él la acepta, responde con una ligera reverencia y una risita irónica muy pegadiza.
—Vanessa. —Es una afirmación, no una pregunta, y de nuevo tengo la extraña sensación de que acaba de identificarme, que sabe algo de mí que no es en absoluto público. ¿Lo conozco? Parece improbable. ¿No es un profesor de inglés de Portland?
¿Y él, me conoce a mí? Es muy posible. A fin de cuentas soy un poquito famosa, y la fama de internet es al revés que la tradicional: en vez de que me coloquen en un pedestal, como a una estrella del rock o del cine, tengo que estar al alcance de mis fans. Especial, sí, pero no distante; crear la ilusión de que cualquiera podría vivir como yo si es lo bastante ambicioso.
Esa es la mitad del encanto. En Nueva York, a menudo me vienen desconocidos en los restaurantes y me hablan como si fuésemos viejos amigos, como si un puñado de Me gusta en fotos y un par de comentarios significasen que somos íntimos (por supuesto, yo siempre me mostraba amistosa y agradable, no importaba lo enervante que fuera el encuentro: hay que ser accesible).
Pero Michael, en vaqueros y franela, ligeramente despeinado, no parece de los que siguen la moda en las redes. De hecho, cuando lo busqué en Instagram no encontré su cuenta. Es académico, eso decía el correo de Ashley, así que supongo que eso no debe sorprenderme. A los académicos no les van mucho esas cosas. En persona tiene un aire de intelecto sobrio, así que tendré que controlarme, no quiero parecer demasiado frívola.
(¿Y si le digo que estoy leyendo Anna Karénina?).
Pero… los años me han enseñado a esperarme a ver lo que hay bajo la superficie de otros seres humanos antes de juzgar. ¿Cuántas veces he posado alegremente ante la cámara, desmelenándome como si tuviera un ventilador industrial delante y con la sonrisa de un jefe de pista del circo, cuando en realidad solo me apetecía tomarme una botella de detergente?
Simular autenticidad quizá sea la cualidad más necesaria para mi generación. Y la imagen que transmites ha de ser atractiva, tu marca ha de ser positiva, cohesiva, no importa lo fracturado que esté tu diálogo interior; de no ser así, tus fans te verían como un fraude. El año pasado di una charla sobre eso en un seminario de redes sociales llamado FreshX, y doscientos
cincuenta aspirantes a influencers (todos parecían variaciones de mí misma) lo apuntaron diligentemente; al verlo me sentí como si estuviese presenciando mi propia destrucción.
Michael y Ashley están frente a mí en los escalones, expectantes.
Vuelvo a mi papel de elegante anfitriona y sonrío.
—Pasad —les digo—. Debéis de estar muertos de hambre. Tengo algunas cosillas en la cocina. Después os muestro la cabaña.
Abro las puertas de Stonehaven y doy la bienvenida al interior a mis invitados.
De inmediato noto que Stonehaven les ha impresionado por la forma en que se quedan parados en cuanto entran y miran el techo a seis metros de altura (decorado a mano con un viejo escudo familiar, como acostumbraba a señalar la abuela Katherine a los visitantes). La escalera de caracol muestra su alfombra escarlata como una lengua enfebrecida, la lámpara de cristal tintinea por encima de nosotros, mis antepasados Liebling observan con frialdad desde los retratos al óleo de la pared. Michael deja las maletas en el suelo de caoba con un pequeño bump, y yo me preocupo por las marcas que eso pueda dejar en la madera.
—Tu casa… —empieza a decir Ashley con la emoción al descubierto en el rostro. Hace un gesto con un dedo, como rodeando el recibidor con un círculo—. En la descripción no decía nada de esto. Guau.
Me vuelvo y sigo su mirada hasta las escaleras, como si también yo la viera por primera vez.
—Bueno, ya sabes, no quería anunciarlo mucho. Podría atraer a la clase de gente equivocada.
—Ah, claro. En internet hay mucha gente rara y muchos pirados —dice ella con una sonrisa.
—Y yo he conocido a unos cuantos —replico. Y entonces me doy cuenta—. Oh, espero que no creas que me refiero a vosotros.
—Bueno, ciertamente nosotros somos la clase de gente equivocada. —
Michael se limpia las manos en los vaqueros cuidadosamente y se apoya en los talones de las deportivas. Ashley le aprieta un brazo con suavidad.
—Para, Michael, no la asustes.
Acabo de notar otra cosa.
—Eres inglés —le digo a Michael.
—En realidad soy irlandés —contesta—. Pero llevo mucho tiempo en Estados Unidos.
—¡Me encanta Irlanda! El año pasado estuve en Dublín. —¿O fue en Escocia? A veces todo es como una mancha borrosa—. ¿De dónde es tu familia?
Él hace un gesto de quitarle importancia al asunto.
—De un pueblecito que seguro que no habrás oído nombrar.
Les muestro el camino desde el recibidor hasta el salón principal. La vista de Ashley se posa sin mucho interés en los objetos, como si no le importara la opulencia de lo que la rodea, aunque noto algo alerta en sus ojos. Me pregunto qué le parecerá Stonehaven, cómo fue el sitio donde creció ella. Seguramente una vivienda modesta, a juzgar por sus zapatillas de tenis sucias y la lana de marca genérica que lleva. ¿O será una de esas hippies ricas cuya apariencia bohemia no delata la cantidad de ceros en sus cuentas corrientes? No se queda con la boca abierta, lo cual sugiere que el dinero no la incomoda (la verdad, eso es un alivio). No acabo de decidirme sobre cómo es, y aun así, cada vez que miro en su dirección veo que me sonríe, y eso es lo más importante.
Posa suavemente los dedos en una rinconera, una vieja monstruosidad que mi abuela siempre me decía que era el mueble más valioso de la mansión.
—Cuántas antigüedades —murmura.
—Sí, son muchas cosas, ¿verdad? Acabo de heredarla. A veces es como vivir en un museo. —Me río, como si la casa fuera un trasto cutre que no debería abrumarlos.
Ashley se vuelve y me mira.
—Es alucinante. Deberías sentirte muy afortunada por vivir entre cosas tan bonitas. Qué glorioso privilegio. —Noto en su voz que me está contradiciendo, pero a la vez no ha dejado de sonreír, así que no sé qué pensar del contraste entre sus palabras y su cara.
Yo no creo que nada en esta casa sea bonito. Valioso, sí, pero en general feísimo. A veces sueño con vivir en una caja blanca, minimalista, con ventanas del suelo al techo y nada a lo que sacarle el polvo. Intento mostrar el entusiasmo adecuado.
—Muy cierto. No sé qué son la mitad de estas cosas, pero me da miedo sentarme en la mayoría.
Michael se queda un poco atrás y lo estudia todo con curiosidad antropológica. Examina el óleo de una de mis tatarabuelas lejanas, una gran dama de blanco que posa con sus galgos.
—¿Sabes qué, Ash? Esta casa me recuerda un poco al castillo. Esta del cuadro hasta se parece a mi bisabuela Siobhan.
Eso me hace detenerme.
—¿Qué castillo?
Ashley y Michael se miran.
—Ah, Michael viene de la antigua aristocracia irlandesa —explica ella
—. Su familia tenía un castillo. Odia hablar de eso.
Me vuelvo hacia él.
—¿En serio? ¿Dónde? ¿Es posible que yo lo conozca?
—No, a menos que tengas un conocimiento enciclopédico de los treinta mil castillos que hay en Irlanda. Es una pila de piedras llenas de musgo, en el norte. Mi familia lo vendió cuando yo era pequeño; mantenerlo salía carísimo.
Eso explica mi sensación de antes, como si hubiese una cuerda invisible que nos une. Es aún más de dinero viejo que yo. Me alivia, como si hubiese estado llevando un vestido formal y por fin pudiera quitármelo y ponerme unos pantalones de cachemir de estar por casa.
—Bueno, pues entonces ya sabes lo que es vivir en un lugar como este.
—Desde luego. Una maldición y un privilegio a la vez, ¿eh? —Me ha sacado las palabras de la boca. De nuevo, qué alivio. Nos miramos e intercambiamos una pequeña sonrisa de comprensión.
—Sí, exacto —murmuro.
Entonces Ashley posa una mano en mi brazo, con ese estilo suyo extrañamente íntimo. ¿Es que es costumbre tocarse mucho entre los profesores de yoga? No quiero sacar conclusiones, pero creo que eso me
gusta. Sus dedos son cálidos a través del terciopelo de mi chaqueta. Frunce el ceño.
—¿De verdad es tan horroroso vivir aquí?
—La verdad es que no está tan mal. —No quiero parecer ingrata, y menos con una profesora de yoga, por Dios; no con una mujer que ha escrito en su foto de Facebook «Sin paz exterior, la paz interior es imposible». (Pensé en ponerla en mi Instagram, pero ¿y si me busca ella a mí y ve que se la he robado? Al final decidí usar una cita de Helen Keller).
—¿Vives sola? ¿No echas de menos tener compañía? —Sus ojos son profundos lagos de comprensión y atraviesan la capa de felicidad que yo creía estar proyectando.
—Bueno, sí, un poco. A veces mucho —digo—. Pero espero que ya no, ahora que vosotros estáis aquí. —Suelto una risita, aunque esto quizás haya estado demasiado cerca de la verdad. Tendría que callarme, pero las palabras salen de mí como agua de un grifo que no puedo controlar.
No debería haberme tomado ese vino.
Mis ojos no dejan de ir a parar a Michael, y cada vez saco algo de información que añadir al retrato que estoy dibujando en mi mente. La forma en que el pelo se le riza alrededor del cuello, un poco más crecido de lo normal para sugerir que tiene cosas más importantes en qué pensar que en cortárselo; sus labios resecos que parecen colgar lánguidos cuando sonríe; las erres marcadas de su acento, que se envuelve como una serpiente en las consonantes que salen de su lengua. Juraría que está haciendo un esfuerzo consciente por no mirarme. Vuelvo a concentrarme en Ashley.
Ella no parece notar nada de esto. Pasa un dedo por el borde de mármol de un aparador.
—No puedo dejar de pensar en la limpieza —dice—. Debe de ser un trabajo a jornada completa. Para tres personas. ¿Tienes servicio que viva en la casa? ¿Lo que vi ahí fuera eran viviendas para ellos?
—Solo una mujer que viene una vez por semana. No lo limpia todo, solo las habitaciones que uso por el momento. No voy a la tercera planta, y hace años que en las cabañas no vive nadie. La mitad de las habitaciones también están cerradas. La verdad, ¿para qué molestarse en limpiar los trofeos de caza del tatarabuelo? Son viejas reliquias que nadie quiere, y se
supone que yo tengo que cuidarlas solo porque alguien en mi familia le pegó un tiro una vez a un oso. —¿Estoy hablando demasiado? Creo que estoy hablando demasiado, aunque ellos me miran como si estuvieran interesados, así que sigo. Stonehaven está helada, pero yo tengo tanto calor que siento el sudor bajo los brazos, bajando por los lados de la camiseta—.
Me voy a quitar todo eso de encima. Igual lo doy a caridad, que sirva para dar de comer a los niños pobres.
De repente estamos en la cocina, donde he sacado uno de los servicios de té preferidos de mi madre y lo he colocado en la mesa de al lado de la ventana. Forma un bonito bodegón (de hecho, ya colgué una foto en Instagram: Té para tres #tradición #queelegante), pero me pregunto si no me he pasado: las flores, la porcelana, comida como para un pequeño ejército. Pero nos sentamos sin más ceremonias y Ashley se echa a reír cuando le pega un mordisco a un bizcochito, y Michael da vueltas en su mano a la taza de té de mi madre y examina con interés la marca en la parte de abajo. No paran de tocarse entre ellos y conmigo se muestran habladores y próximos; ni siquiera tengo que pensar en cómo mantener en marcha la conversación, ellos hacen todo el trabajo.
Siento que Stonehaven se llena de vida, como el vino que Michael me ha servido hasta el borde; y mientras lo sorbo y me río con sus chistes siento que la desesperación me va abandonando.
«Ya no estoy sola ya no estoy sola ya no estoy sola», pienso, las palabras al ritmo de mi corazón acelerado.
Pero entonces, con el ruido de las maletas y una corriente de aire frío, se van a dejar sus cosas en la cabaña del jardinero y de repente sí estoy sola otra vez. No he conseguido hacer planes con ellos. Tendría que haberlos invitado a cenar. Tendría que haberlos invitado a ir de excursión. Un paseo por el Tahoe, ver películas una noche… ¿Por qué he dejado que desaparezcan y me dejen aquí sola? ¿Por qué no me han invitado ellos?
(¡Pues vaya con la luz que brilla en mi interior!).
Después de que se vayan me paso tres horas viendo fotos de perritos en Instagram y sollozando.
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