La estafadora

Janelle Brown · Capítulo 6 de 38

Páginas del PDF

La estafadora

Capítulo 4

SOY UNA TIMADORA. PUEDE DECIRSE QUE DE TAL PALO tal astilla: vengo de un largo linaje de ladrones, carteristas y unos pocos criminales a conciencia, aunque la verdad es que a mí no me educaron para eso. Yo tenía futuro… o eso es lo que me decía mamá cuando me pillaba de noche leyendo Orgullo y prejuicio bajo las sábanas, con una linterna: «Tienes Futuro, cariño, eres la primera en la familia». O cuando me hacía actuar para sus visitantes masculinos y hacer largas divisiones en la cabeza mientras tomaban martinis con mucho vodka en nuestro ajado sofá: «¿Veis qué lista es mi niña? Tiene Futuro». O cuando le dije que quería ir a la universidad pero sabía que no podíamos permitírnoslo: «No te preocupes por el dinero, querida. Se trata de tu Futuro».

Por un tiempo hasta me lo creí. Me convencí del gran mito americano, la ética puritana de que si te matas a trabajar acabas triunfando. Eso fue cuando pensaba que todos tenemos las mismas oportunidades, antes de ver que de «mismas», nada, que la verdad es que la mayoría de los que no hemos nacido en una familia privilegiada transitamos el camino hacia el triunfo con piedras en los tobillos.

Y es que mi madre tenía la capacidad de hacerte creer que cualquier cosa era posible. Ese era su don, su engaño. Con sus ojos inocentes, grandes y azules como un lago en primavera, podía convencer a cualquier hombre de lo que quisiera: de que el cheque estaba de camino, de que el collar había aparecido en su bolso por error, de que le quería como nadie antes le había querido.

Pero la única persona a la que de verdad quería era a mí. Yo lo sabía bien. Nosotras dos contra el mundo; era así desde que había echado a papá de casa. Y por eso yo siempre creí que era imposible que mi madre me mintiera, y mucho menos sobre cuál era mi destino.

Seguramente no me mentía. No intencionadamente. Creo que a quien estaba engañando era a sí misma.

Mi madre sería una estafadora, pero no era cínica. Creía de verdad que la vida ofrece oportunidades. Siempre estábamos a punto de alcanzar el éxito, aunque mientras tanto tuviera que pegarme los zapatos con cinta adhesiva o lleváramos tres semanas cenando una patata asada. Y cuando las oportunidades llegaban por fin, cuando ganaba mucho a las cartas o conseguía apañarse a alguien con dinero, vivíamos como reinas. Cenas en restaurantes de hoteles, un descapotable rojo a la puerta, la casa de Barbie con todos los complementos. Y si no miraba demasiado al futuro, si no ahorraba para evitar que un día vinieran a llevarse de nuevo el descapotable,

¿quién iba a culparla? Confiaba en que la vida cuidaría de nosotras, y así era… hasta que dejaba de hacerlo.

Era guapa pero no un bellezón; lo que era en realidad resultaba aún más peligroso. Tenía una especie de inocencia muy sexual, la complexión de una niña, grandes ojos azules y pelo rubio casi del todo natural. Su cuerpo tenía carne en abundancia, que había aprendido a exhibir de la mejor forma posible (una vez oí a un joven en Las Vegas llamarla Miss Tetas, aunque después de que yo le diera un puñetazo dejó de hacerlo).

Su nombre real es Lilla Russo, aunque casi siempre se hacía llamar Lily Ross. Era italiana y su familia estaba relacionada con la mafia, o al menos eso decía. Yo no lo sé; no conocí a mis abuelos, que cortaron con ella del todo cuando tuvo un bebé (yo) fuera del matrimonio con un jugador de cartas colombiano. No sé cuál fue el pecado imperdonable: la bebé, el que no hubiera anillo o el país de procedencia del padre. Una vez me dijo que mi abuelo había sido un mafioso de a pie en Baltimore y que había matado a más de una docena de personas. No parecía tener más ganas de estar con su familia que ellos.

Los primeros años de mi vida fueron dictados por mi padre, cuya carrera en el juego nos hizo más viajeros que un pájaro migratorio; cambiábamos de residencia con la estación o cuando se le acababa la suerte.

Al pensar en él, lo que más recuerdo es el olor a limón de su loción de afeitado y cómo me cogía y me lanzaba al aire tan alto que mi pelo tocaba

el techo y se reía ante mis gritos de miedo y los chillidos de protesta de mamá. No era tanto un timador como un matón.

Por entonces mi madre tenía trabajos temporales, más que nada como camarera, aunque su principal ocupación era defenderme de él: encerrarme en mi habitación cuando volvía a casa borracho, interponerse en el camino de sus puños para que no me dieran a mí. Una noche, cuando yo tenía siete años, no consiguió apartarme lo suficiente y él me tiró contra la pared tan fuerte que perdí un rato la consciencia. Cuando me recuperé vi a mamá con sangre en la cara, apuntando la escopeta de mi padre a su paquete. Su voz suave y meliflua se había convertido en algo afilado y letal: «Como la toques de nuevo, te juro que te vuelo los huevos. Ahora lárgate de aquí y no vuelvas».

Y eso hizo él; se retiró como un perro con la cola entre las piernas.

Antes de que saliera el sol mi madre había metido todas nuestras cosas en el coche. Mientras salíamos de Nueva Orleans con destino a Florida, donde tenía «un amigo que tenía un amigo», se volvió, me miró en el asiento del acompañante y me cogió de la mano. «Solo nos tenemos la una a la otra —

susurró con voz grave—. Nunca, nunca más voy a permitir que nadie te haga daño. Te lo prometo».

Así fue. Cuando un niño de nuestro siguiente apartamento me robó la bici, ella fue directa y lo empujó contra la pared hasta hacerlo llorar y que le dijera dónde la había escondido. Cuando las niñas de mi clase se reían de mi peso ella iba a sus casas, llamaba al timbre y empezaba a pegarles gritos a sus padres. Ningún profesor podía suspenderme sin enfrentarse a la ira de mi madre en el aparcamiento del colegio.

Y si el enfrentamiento no solucionaba el problema recurría a la medida definitiva: «Vale —me decía—. Vámonos a otra ciudad e intentémoslo de nuevo».

Echar de casa a mi padre tuvo consecuencias inesperadas. Mi madre ya no pudo pagar las facturas solo con sus trabajos de camarera, así que decidió pasarse a la única otra profesión que conocía, el crimen.

Su especialidad era la coacción suave. Usaba la seducción para conseguir acceso: a una tarjeta de crédito, a una cuenta corriente, a algún pardillo que pagara el alquiler por un tiempo. Su objetivo era los hombres casados, desgraciados traviesos demasiado asustados de que los pillaran sus esposas como para poner una denuncia cuando de repente les faltaban cinco mil dólares en la cuenta. Hombres poderosos, demasiado dominados por sus egos como para admitir que una mujer los había timado. Creo que esa era su venganza respecto a todos los hombres que la habían minusvalorado en su vida: el profesor de lengua que se propasaba con ella en el instituto, el padre que me había rechazado, el marido que le había puesto un ojo morado.

Cuando no tenía pardillo iba a los casinos, jugaba a las cartas y esperaba una oportunidad para darse a conocer. A veces me hacía ponerme mi mejor vestidito —terciopelo azul, tafetán rosa, aquel de encaje amarillo que tanto me picaba, comprados en tiendas de ofertas— y me llevaba a los lujosos palacios donde ofrecía sus servicios. Me dejaba en el mejor restaurante del casino con un libro gordo y un billete de diez; las camareras me llenaban de almendras y bebidas de naranja con burbujas mientras ella se trabajaba el lugar. Si una noche no había mucho movimiento, me llevaba con ella y me enseñaba cómo coger billetes del bolsillo de una chaqueta o hacerse con el monedero de un bolso colgado del respaldo de una silla, mientras me impartía pequeñas lecciones: «Un bolsillo trasero abultado promete más que un monedero abierto. Los hombres miden su ego por el grueso de su billetera, pero, para las mujeres, llevar dinero encima resulta incómodo», o

«No seas impulsiva. Espera siempre a tener la oportunidad, pero no lo hagas hasta que vayas tres pasos por delante».

«No es una millonada —susurraba mientras contaba un fajo en el lavabo del casino—, pero basta para pagar el recibo del mes del coche. No está mal, ¿eh?».

De joven, todo aquello me parecía lo más normal del mundo. Solo era el trabajo de mi madre. Los padres de otros limpiaban casas o sacaban la placa de los dientes o se sentaban en un despacho y tecleaban en sus ordenadores; ella iba a los casinos y les sacaba el dinero a los desconocidos. A fin de cuentas, no era tan diferente a lo que hacían los propios dueños de los casinos, o al menos eso era lo que me decía. «El mundo se puede dividir en

dos tipos de personas: los que esperan a que les den las cosas y los que cogen lo que quieren. —Me abrazaba y sus pestañas postizas me hacían cosquillas en la frente, su piel olía a miel—. Yo sé que no hay que esperar».

Mi mundo era mi madre, y su cuerpo el único hogar que nunca tuve, mi único lugar fijo en un mundo en el que todo lo demás estaba siempre en flujo, donde las amigas eran niñas a las que acababa dejando atrás, nombres en postales. Nunca, ni aun hoy, la he culpado por mi incapacidad de encajar durante la infancia. Nos movíamos tanto no porque no intentara ser una buena madre sino porque lo intentaba demasiado. Siempre creía que el siguiente destino sería mejor, tanto para ella como para mí. Por eso no nos hablábamos con sus padres, por eso dejamos atrás al mío: porque me estaba protegiendo.

De adolescente sobrellevé el instituto a base de hacerme invisible, siempre sentada al fondo de la clase, leyendo una novela escondida entre las páginas de un libro de texto. Tenía sobrepeso, el pelo teñido de varios colores y vestía conjuntos emo agresivos que mantenían alejados a los amigos potenciales, evitando la decepción de que acabaran rechazándome.

Sacaba notas perfectamente mediocres, no lo bastante malas como para que nadie al mando reparase en mi existencia ni lo bastante buenas como para llamar la atención. Pero, durante mi primer año en un instituto enorme y de cemento agrietado en Las Vegas, un profesor de lengua se fijó por fin en mi

«potencial desaprovechado» y llamó a mi madre para concertar una reunión. De repente empezaron a mandarme a hacer test misteriosos cuyos resultados mi madre no podía enseñarme pero que la hacían ir por el apartamento con los labios apretados, muy decidida. Empezaron a apilarse folletos encima de los muebles, y ella pegaba sellos en sobres muy gordos con gesto triunfal. Estaban planeando un nuevo Futuro para mí.

Una noche de primavera, hacia el final de curso, mi madre entró en mi habitación justo antes de apagar las luces. Se sentó en el borde de la cama con su vestido de cóctel, me quitó con cuidado el libro de las manos y empezó a hablar con su voz suave y susurrante:

—Nina, cariño, es hora de que empecemos a concentrarnos en tu futuro.

Me reí.

—¿Quieres decir, si de mayor quiero ser astronauta o bailarina? —

Intenté volver a hacerme con mi libro, pero ella no me dejó.

—Te lo digo muy en serio, Nina Ross. Tú no vas a acabar como yo,

¿vale? Y eso es lo que va a pasar si no empezamos a aprovechar las oportunidades que se te presentan.

—¿Qué tiene de malo ser como tú?

Pero, incluso mientras lo decía, lo sabía. Sabía que se supone que las madres no salen toda la noche y duermen todo el día, que no rebuscan en los buzones de los vecinos a ver si encuentran una tarjeta de crédito o un talonario nuevo, que no hacen las maletas de un día para otro y se van porque las autoridades locales se han interesado en ellas. Yo quería a mi mamá, se lo perdonaba todo, pero, mientras estaba sentada en la cama de nuestro último apartamento de alquiler infestado de cucarachas, me admití a mí misma que no quería ser como ella. Ya no. Reconocí que lo que sentía cuando iba con ella por los pasillos del instituto, con los profesores mirando sus vestidos ajustados como vendas de hospital y sus largos tacones, su mata de pelo oxigenado y sus labios como manchados de cereza, era el deseo de ser como fuera menos como ella.

Pero ¿qué es lo que quería ser yo?

Miró el libro que tenía entre manos, confusa por el título. Estaba leyendo Grandes esperanzas, que me había dado el profesor de lengua poco después de mandarme a hacer los test.

—«Inteligencia muy superior». Eso es lo que decían los test de CI.

Puedes ser lo que quieras. Cualquier cosa que sea más que una timadora del tres al cuarto.

—Entonces, ¿puedo ser bailarina?

Me dedicó una mirada triste.

—Yo nunca tuve oportunidades decentes y tú sí, así que, maldita sea, vas a aprovecharlas. Vamos a irnos. Sí, ya sé: otra vez. Pero hay una escuela preparatoria en el lago Tahoe, en Sierra Nevada, que nos ofrece ayuda económica. Vamos a ir allí y tú vas a concentrarte en tus estudios y yo voy a tener un trabajo.

—¿Un trabajo de verdad?

Asintió.

—Un trabajo de verdad. He conseguido uno como camarera en un casino.

Y, aunque sentí que algo dentro de mí saltaba y temblaba al oír aquellas palabras —quizá acabaríamos convirtiéndonos en una familia normal—, la quinceañera cínica que había en mí no acababa de creérselo.

—¿Qué pasa, que porque he hecho un test crees que un día iré a Harvard? ¿Que seré la primera mujer presidenta de Estados Unidos? Venga ya.

Me miró fijamente con sus ojos azules y sinceros, redondos como monedas de un dólar de plata y tranquilos como una noche de verano.

—¿Y por qué coño no, cariño?

No hace falta decir que no he sido la primera presidenta de los Estados Unidos. Ni astronauta. Ni siquiera bailarina.

No, lo que hice fue ir a la universidad (al final no fue Harvard ni nada parecido) y sacarme el título de Historia del Arte. Acabé con una deuda de seis cifras y un trozo de papel que no me calificaba para hacer nada de nada que fuera útil de verdad. Creí que ser lista y trabajar duro iba a abrirme camino a una vida diferente.

Visto así, no es raro que yo también haya acabado de estafadora.

OceanofPDF.com