La estafadora

Janelle Brown · Capítulo 26 de 38

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La estafadora

Vanessa

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Semana uno

¡ME DESPIERTO CASADA!

Me despierto casada y al principio ni me doy cuenta; el cerebro me arde y mi boca es de tiza y aún siento el sabor del tequila en la garganta. Anoche me olvidé de echar las cortinas, así que es el sol de la mañana lo que me despierta, demasiado temprano, demasiado brillante por el reflejo contra la nieve fresca. Hacía mucho (¿fue en Copenhague, en Miami?) que no me despertaba en este estado, y me cuesta un minuto orientarme; estoy en la cama de postes de la habitación principal de Stonehaven, donde dormían mis padres, y mis abuelos y bisabuelos antes y así durante más de cien años.

Me pregunto si alguno de ellos se habrá levantado así, cegado por el dolor, aún borracho, sin ningún recuerdo de la noche anterior.

Aunque sí, algo sí que conservo.

Abro los ojos. Los recuerdos ascienden a la superficie, sorprendentes criaturas que nadan en la oscuridad. Me vuelvo a un lado para ver si lo que creo es correcto. Y ahí está él, desnudo en la cama, a mi lado, despierto y sonriéndome como si yo fuera un café que él fuera a tomarse.

Mi marido. El señor Michael O’Brien.

Me despierto casada, y me pregunto qué diablos he hecho.

—Buen día, mi amor —dice él con una voz aún llena de sueño—. Mi mujercita.

Un recuerdo del momento de anoche en que nos dijimos «Sí, quiero»; hasta ahí llego. Y también sé lo que contesté yo.

—Maridito —susurro. La palabra suena desconocida en mi boca, pero también confortante, un edredón de plumas sobre mis extremidades. Y

entonces suelto una risita, porque de todas las cosas impulsivas que he hecho en mi vida esta se lleva la palma. La risa parece la respuesta apropiada.

Oh. Sonreír duele.

Hago un gesto de dolor y él me pasa un pulgar por la frente.

—¿Estás bien? —me pregunta—. Anoche me mostraste una parte nueva de ti, una que no me imaginaba. Y no me quejo en absoluto.

Así que es verdad. Anoche nos emborrachamos de tequila y champán y me pidió que me casara con él y llamamos a un taxi para que nos llevara a la frontera con Reno, donde nos casamos en un lugar llamado La Capilla entre los Pinos, justo antes de medianoche. Había un oficiante con una túnica de nailon de color púrpura y una testigo profesional que tejía calcetines de bebé durante la ceremonia. Creo recordar que nos reímos mucho.

¡Me pidió que me casara con él!

¿O nos lo pedimos los dos a la vez?

No me acuerdo.

¿Tenemos fotos de anoche? Palpo a ciegas en busca de mi móvil —

¿bajo la almohada?, ¿al lado de la cama?—; pienso que mis feeds de las redes sociales van a ayudarme a llenar los huecos (¿Cuántos nombres y caras y momentos «inolvidables» habría perdido de no ser por los hashtags?). Pero entonces recuerdo que Michael me hizo dejar el móvil en Stonehaven antes de subirnos al taxi; dijo «Quiero que esto solo sea para nosotros dos» y me lo quitó suavemente de las manos. Una pequeña burbuja de pánico: si no hemos documentado la boda, si no está entre mis fotos públicas, ¿sucedió de verdad?

Miro más allá del borde de la cama y veo un montón de ropa en el suelo. Por lo visto me casé en vaqueros y una sudadera Yeezy manchada (en

cuyo caso, mejor que no haya fotos). Y eso a pesar de que en alguna de las cajas de la mudanza que aún están contra las paredes de este dormitorio hay un vestido de novia, un Ralph & Russo a medida que aún está por estrenar.

Y también creo que avancé por el pasillo de la iglesia al compás de Love Me Tender. No es así como creía que sería mi boda; el plan fue siempre Halo.

¿Me importa?

—Estás muy callada, ¿no? —Se recuesta para examinar mi rostro—.

Oye, que ya sé que lo que hemos hecho es una locura, pero no me arrepiento. ¿Y tú?

Niego con la cabeza, de repente tímida.

—Claro que no. Pero igual tendríamos que hablar de qué significa todo esto.

—Significa lo que queramos que signifique. Ya lo iremos viendo.

Sus ojos son de un azul tan claro, tan traslúcido, que son incapaces de ocultar nada, mientras me observa con una expresión que me deja completamente desnuda. Lleva la boca a mi oído y me susurra versos de sus poemas con esa pronunciación tan irlandesa que hace que por dentro me tiemblen los huesos.

—Siempre estaremos solos, siempre seremos tú y yo los únicos habitantes de la Tierra, listos para empezar nuestra vida común.

Pienso para mí misma si tiene alguna importancia quién se lo pidió a quién. El resultado es el mismo: que nunca volveré a estar sola. Tengo treinta y dos años y un marido. Voy a comenzar una nueva familia. No me lo imaginaba. Pero aquí estoy. Amada, para mal o para bien. Algo aletea indómito en mi interior, como palomas liberadas de repente, hasta que me siento a punto de estallar.

Y pienso en mis amigas de Nueva York y me pregunto qué dirán cuando sepan que me he casado con un intelectual y escritor y poeta, y encima, de una antigua familia de la aristocracia irlandesa. Un hombre al que conozco desde hace tan solo dieciocho (¡no, ahora diecinueve!) días. Van a alucinar.

Ah, y Saskia: toma línea narrativa inesperada. Más que nada pienso en Victor con un agradable regusto de venganza. «Creías que era superficial y predecible. Bueno, pues mírame ahora».

Fuera la nieve vuelve a caer, cubriendo las piñas que veo a través de la ventana. Stonehaven está fría y silenciosa excepto por nuestra habitación forrada de terciopelo en la primera planta. Unas pocas semanas atrás este lugar era una tumba. Ahora, con Michael en la cama a mi lado, es el principio de una nueva vida. Creo que a fin de cuentas sí que podré ser feliz aquí. ¡Ya soy feliz!

Michael me rodea con sus brazos y tira de mí hacia su pecho lleno de pelo; me acomodo, esperando a que los latidos que siento en la cabeza se sincronicen con el lento y tranquilo palpitar de su corazón. Sus labios en mi frente, sus manos en mi pelo, como si toda yo ahora le perteneciera. Y así es, así es, así es.

—Te quiero —le digo, y lo digo muy en serio.

Me despierto casada y casi desbordada de alegría.

Hay algo nuevo y pesado en mi anular izquierdo. Cuando levanto la mano para mirar veo un anillo antiguo de compromiso, diamantes de talla baguette que rodean una gran esmeralda. De unos cinco quilates, diseño déco, muy recargado, como sucede con tantas antigüedades. El anillo se desliza por el dedo y uso la punta del meñique para empujarlo arriba y abajo y que las piedras reflejen la luz. Es bonito, aunque yo hubiese elegido algo más sencillo. Otro recuerdo que asciende del lodo de anoche: los dos dando tumbos y entrando en el despacho de mi padre con una botella de Don Julio en la mano, Michael detrás de mí en equilibrio precario mientras yo abro la caja fuerte y saco un anillo que estaba guardado en sus adentros.

Michael que hinca una rodilla en el suelo y me lo pone. O quizá no se arrodillara, quizá me lo puso mientras me miraba fijamente a los ojos.

O quizá me lo puse yo misma, sin ni siquiera pedirle permiso. Es posible.

Michael cierra su mano sobre la mía.

—En cuanto pueda te conseguiré otro anillo, uno que no tenga tanta historia. Iremos a un joyero de San Francisco a que nos haga uno a medida.

Todo lo grande que quieras. Diez quilates. Veinte.

Y recuerdo ver por primera vez este anillo en la mano de ella, agarrado como si fuese la cuerda que iba a levantarla y sacarla de su pequeña vida sin interés. Se veía que significaba mucho para ella, pero ahora lo tengo yo. Así que, aunque para el estándar de los Liebling sea una joya de lo más modesta, sé que es justo lo que quiero. Maman lo hubiese aprobado por lo que significa.

—Es herencia de tu familia y me encanta. No me importa que ella lo haya llevado antes. —Entonces pienso en la palabra que él ha usado,

«historia»—. Mientras no te recuerde demasiado a… ella. —No consigo pronunciar su nombre. Ni siquiera sé qué nombre usar.

Examino el rostro de Michael en busca de lamento o arrepentimiento, pero lo que veo resulta inescrutable. Quizá sea ira. Quizá sea rendición.

Quizá sea solo amor. Se adelanta y me besa, tan fuerte que casi me duele.

—Ni lo más mínimo —susurra.

Me despierto casada y pienso: «He ganado».

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