La estafadora

Janelle Brown · Capítulo 27 de 38

Páginas del PDF

La estafadora

Capítulo 25

DURANTE UN TIEMPO, ASHLEY ME PARECIÓ MUY REAL. La mañana en que nos sentamos en la biblioteca creí en la empatía que vi en sus ojos, la forma en que me cogió de la mano mientras yo lloraba, cómo se vino abajo cuando me habló de la muerte de su padre. Cuando desnudé mi alma ante ella, en el sofá («¿Cómo es ser una sanadora?») me miró a los ojos y me dijo que dormía bien por la noche. ¡Y me abrazó! Me aseguró que éramos amigas.

Vaya falsa. Vaya mentirosa.

Y, ah, la ironía de que me sintiera intimidada por ella. Su tranquilidad, su pose serena, la forma en que parecía flotar por Stonehaven, por encima de todo, de vez en cuando obsequiándome con su sonrisa sabihonda.

Aquella mañana, después de llorar en su hombro sobre papá y maman, me sentí avergonzada. Me quedé junto a la ventana y la miré volver a la cabaña del jardinero, la esterilla de yoga bajo su brazo, y me convencí de que, de alguna forma, lo había estropeado todo, porque había notado sus dudas sobre si abrazarme en el pasillo. Mientras se alejaba pensé que sentía repulsión por mi desorden, mis necesidades, por cómo había presumido de mi fama de Instagram.

Me convencí a mí misma de que ella era mejor que yo.

Qué tonta.

Durante unos días después de nuestra conversación en la biblioteca deambulé por Stonehaven, sin dejar de sentir la presencia de Michael y Ashley pero dudando demasiado de mí misma como para llamar a su puerta. Estaba convencida de haberlo estropeado todo. Apenas salía de la cama, de nuevo entre las garras del negro mal que se había precipitado sobre mí y me había cubierto con su capa de autodesprecio. De vez en

cuando veía a Ashley hacer yoga en el jardín o a los dos paseando por los terrenos, envueltos en sus parkas, entrechocándose mientras caminaban, y deseaba ir con ellos.

Me forcé a quedarme dentro. La piel se me abría con picores ansiosos y me rascaba hasta que quedaba pelada y sangrienta.

Me dije que sabría seguro que me apreciaban si venían a mí.

Pero no lo hicieron.

Durante su cuarto día en la cabaña —dos después de que Ashley y yo habláramos—, me quedé en la cama casi toda la mañana, mirando cómo las sombras se movían por la habitación mientras el sol avanzaba. Me vi reflejada en el espejo de las puertas del armario gigante que se elevaba en la otra punta, y la imagen de esa especie de espectro de pelo grasiento, tan pálida y débil que podía desaparecer en cualquier momento, me hizo venir deseos de romper algo. Un rato después me levanté y abrí las puertas del mueble solo para que los malditos espejos desaparecieran.

¡Oh!, y los jerséis de mi madre. Había olvidado que seguían allí, pilas de cachemir de colores pastel dobladas en pulcros rectángulos (Lourdes era fantástica con la colada, ¡cuánto la apreciábamos!). Mi padre nunca había sacado las cosas de los armarios de Stonehaven, y yo no me había molestado en abrir las cajas de la mudanza, así que ahí seguían los últimos vestigios de maman, llenando el viejo mueble. Toqué uno, fino y suave, la propia esencia de ella.

Saqué un cárdigan de color rosa pálido de una estantería y me lo llevé esperanzada a la nariz, pero ya no olía a su perfume. Olía mustio. Y cuando lo abrí había agujeros de polilla delante y una mancha en el cuello, cosa que maman nunca hubiese tolerado. Una punzada de frustración. Pero, a fin de cuentas, era solo un trozo de cachemir. Tiré el primer jersey al suelo y cogí otro, uno azul y no en mejor estado, y después otro, y cuando fui a por el siguiente algo duro y cuadrado salió volando con él.

Me puse en cuclillas para recogerlo. Era un diario con tapas de cuero rojo y bordes de oro en las páginas.

Un diario. ¿Cómo es que yo nunca supe que mi madre escribía uno? Lo abrí por la primera página y el corazón me pegó un salto dentro del pecho al ver la letra cursiva de colegio de mi madre, tan limpia y simétrica («Se

puede distinguir a una mujer bien educada por la belleza de su letra», me decía siempre. Por supuesto, eso era antes de que los ordenadores volvieran irrelevante la caligrafía). La primera entrada estaba fechada el 12 de agosto, justo después de que se vinieran a Stonehaven para el tercer curso de Benny.

Esta propiedad es mi albatros. William quiere que lo vea como una oportunidad, pero, por Dios, solo veo trabajo. Pero hemos venido por Benny, y la verdad es que no soportaba cómo empezaban a mirarnos todos en San Francisco, especulando sobre sus problemas a nuestras espaldas, casi contentos por vernos sufrir. Así que voy a sonreír y comportarme como una buena esposa, aunque por dentro no pare de gritar. Este lugar va a matarme.

Pasé rápido las páginas. Algunas entradas eran cortas y como escritas por compromiso, otras eran largas y se iban por las ramas, y muchas parecían acabar a medio pensamiento, como si no estuviera segura de si plasmarlas en papel. Las notas de Benny están mejorando en la academia, pero sigue desinteresado por nada que no sean esos macabros cómics y no dejo de preguntarme si. O Le he dejado tres mensajes a la nueva secretaria de William pero él no me ha llamado así que o se acuestan y ella me intenta demostrar su poder o él me evita por alguna otra razón lo que significaría.

Me senté en el suelo, mareada, rodeada por un nido de jerséis abandonados, la presencia de mi madre muerta por todas partes. Sabía que no debería leer su diario. ¿Acaso no era una violación de su confianza, su intimidad? Pero, claro, no podía parar. Seguí pasando las páginas. De vez en cuando veía mi nombre. Parece que a Vanessa le va bien en Princeton, tal como sabíamos que sucedería (¡Me gustó leer eso!) y Vanessa ha venido a pasar las vacaciones. Es fantástico, pero no puedo evitar notar que es muy insegura y busca validación desesperadamente, mía, de su padre, del resto del mundo (Esto no me gustó tanto) y Ojalá Vanessa nos visitara más a menudo, pero supongo que esto es lo que pasa cuando los hijos de una van a la universidad: acaban olvidándote (¡El espasmo de culpabilidad que sentí al leer eso!).

Pero, más que nada, el diario hablaba de Benny y mi padre y ella misma.

Benny ha empezado a venir a escondidas con una chica. Se llama Nina Ross y es bastante educada pero rara y no es de calidad. Madre soltera (¡hace de camarera en los casinos, por Dios!), sin padre a la vista (¿podría ser mexicano?). Se viste como esos chicos que hicieron una matanza en su escuela de Colorado, y la verdad es que estoy preocupada. No nos vinimos a vivir aquí para que Benny cayera en garras de una mala influencia. No sé qué es lo que le atrae de ella, pero no puedo dejar de pensar que es un desplante hacia mí, como si se riera de lo mucho que me importa mi hijo. Cada tarde se pasan horas en la cabaña. Temo llamar a la puerta a ver qué hacen porque no creo que fuera capaz de decírselo a William si se tratase de algo malo; me echaría a mí la culpa. Los fracasos de Benny son míos, nunca de William. Es muy injusto, pero, claro, ya estoy acostumbrada; todo nuestro matrimonio es así.

Unas páginas después:

El médico me ha dado Depakote para mis cambios de humor pero lo he tomado y he aumentado más de un kilo en dos semanas así que voy a tirar lo que queda. Y la mayoría de días estoy bien excepto cuando solo quiero borrarme del mundo. Quizá debería tomar las pastillas solo esos días o como ejemplo para Benny —¡ser una buena madre!— pero me da miedo que si engordo eso también me deprima así que para qué. William cree que las estoy tomando y yo siempre le digo que estoy bien porque eso es lo que quiere oír y a fin de cuentas estamos acostumbrados a simular.

Y más adelante:

El otro día me pareció oler a porro en la ropa de Benny y miré en su habitación cuando estaba en la escuela y encontré una bolsa con marihuana bajo su cama y no sé qué hacer porque la droga es muy mala para su enfermedad. Eso es lo que dicen los médicos y quiero matar a esa tal Nina por darle drogas. Está claro que se las ha dado ella. Esto no es lo que le conviene y menos ahora que parecía estar mejorando tanto. He prohibido a Benny que vuelva a ver a Nina y él me dijo que me odiaba y ahora no me habla. Me hace sentir fatal pero puedo aguantarlo porque sé que es por su bien aunque él ahora no lo entienda.

Después, un vacío de tres meses —supongo que cuando se fue a un spa en Malibú— y apenas dos entradas más. Primero una corta y horrible: Benny ha vuelto de Italia y no está bien y me da miedo que sea demasiado tarde.

Y, por fin (sé que no debería estar leyendo, y menos este trozo, pero no puedo dejarlo), una entrada larga y aún más terrible: Como si la vida no fuese lo bastante insoportable, resulta que William tiene una aventura. Llegó un sobre a Stonehaven dirigido a él, y en cuanto vi que era letra de mujer, lo supe. No es la primera vez, claro. Lo abrí y resultó ser una carta de chantaje; decía que si no pagábamos

medio millón de dólares iba a contárselo a los diarios. Incluyó unas fotos horribles de los dos desnudos, haciendo cosas. En cuanto las vi tuve que correr al baño a vomitar. Lo peor fue que deduje quién era la mujer: la horrible madre de la horrible chica de la que Benny se había hecho amiga la pasada primavera. Lily Ross, camarera en uno de los casinos donde William ha estado despilfarrando nuestra fortuna. ¿Cómo pudo ser tan estúpido y liarse con una estafadora así?

Mientras, Benny sigue destrozado por culpa de la hija drogadicta de ella, y me gustaría matarlas a las dos, madre e hija. Las dos están consiguiendo ARRUINARNOS y no entiendo qué es lo que tienen contra los Liebling. William ni siquiera está aquí para arreglar el asunto, así que todo queda de mi mano, y a fin de cuentas no puedo hacer nada porque no tengo tanto dinero a mano para pagar el chantaje porque William ha sido tan inconsciente. Me siento totalmente humillada.

Para qué todo lo que he hecho, venir aquí y hacer como si las cosas aún tuviesen arreglo cuando en realidad todo está roto, más roto que nunca. Si esas fotos acaban en los diarios, será mortal para mí, convertida en el hazmerreír de la Costa Oeste, de todo el país. Casi mejor acabar yo misma con todo antes de que se encargue Lily Ross y Dios sabe que aquí no estoy haciendo nada útil y hasta Vanessa y Benny estarán mejor sin mí.

Y después… nada.

No podía respirar. Cerré el diario y lo lancé contra la pared con manos temblorosas. Lily Ross. No una mujer-trofeo de San Francisco sino una camarera local y ¿estafadora? ¿La madre del amour fou de Benny? Y, por Dios, chantaje. No era de extrañar que mi madre estuviera tan afligida.

Exponerse al público era algo que no podía soportar: que el mundo entero supiera lo mal que estaba su matrimonio, lo barata que era la zorra que le había quitado a su marido. Sí, hasta entonces era inestable; pero esto, esto, sin duda la había llevado al extremo. Para el caso, Lily Ross podía haberla tirado por la borda del Judybird.

Pensé en las palabras de mi padre: «Somos Liebling. Nadie ve lo que hay en nuestro sótano y nadie debe verlo nunca; ahí fuera hay lobos que esperan a atacarnos en cuanto mostremos el menor signo de debilidad». Se ve que por entonces ya había visto a los lobos, y se llamaban Lily y Nina Ross.

Intenté rememorar las caras de la madre e hija que había conocido aquel día en la cafetería, pero ya se habían desdibujado; solo recordaba la pinta amargada de la hija, y que su madre era una rubia hortera. ¿Por ellas?

¿Cómo pudieron mi padre y mi hermano verse tan atraídos por ellas?

¿Cómo pudieron ese par de don nadies destruir toda mi familia de forma tan rápida y efectiva?

Volví a coger el diario de donde había aterrizado, cerca de la cama, y lo abrí de nuevo por la última página. Releí la entrada una y otra vez. Doce años de preguntas y por fin tenía las respuestas. Tenía un chivo expiatorio (¡dos!) a los que culpar por todos los problemas de mi familia. Ellas eran la fuerza que había desequilibrado mi mundo (el suicidio de mi madre, la esquizofrenia de mi hermano, nada de eso era culpa mía sino de ellas).

Lily y Nina Ross. Algo violento afloró en mi interior al ver sus nombres en la elegante letra de mi madre. Era todo demasiado. Cogí un bolígrafo y taché sus nombres con trazos furiosos, pero su presencia en el diario de mi madre seguía siendo una afrenta. Arranqué esa última entrada e hice una bola con el papel, cogí un zapato del armario y lo usé como martillo, golpeando con todas mis fuerzas, aplastándola, hasta que el talón empezó a agrietarse. Llevé los restos de la bola a la biblioteca y los tiré al fuego.

La rabia se había adueñado de mí y no quería dejarla ir. Durante el resto del día fui por Stonehaven presa de una furia ígnea y destructora. Tiré libros al suelo, rompí vasos contra el fregadero; me imaginaba que cada crac era la cara de las mujeres a las que de verdad quería destrozar. Fui en círculos por la casa, una y otra vez, como si dar vueltas la suficiente cantidad de veces pudiera atrasar el reloj doce años.

Entonces me vine abajo. Porque, claro, hay emociones buenas y emociones malas, y la ira pertenece a las segundas, ya lo sabía. ¿No había una cita sobre eso en la web de Ashley? «Buda dice: no serás castigado debido a tu ira, serás castigado por ella». Me sentí avergonzada, hasta humillada, como si Ashley pudiese verme desde la cabaña y supiese que yo no había estado a la altura.

Volví a meterme en la cama, bajo la colcha roja, y como penitencia me puse a leer frases inspiradoras, cosa que no me ayudó mucho. Por fin me tomé tres Ambien y dormí el resto de la noche.

Para cuando me desperté a la mañana siguiente casi estaba tranquila de nuevo, siempre que no pensara mucho en que el Judybird estaba aún en el garaje junto a la orilla.

Michael y Ashley seguían sin venir.

Durante su quinta tarde en la cabaña vi desde la ventana de mi habitación que el BMW iba camino de la entrada. Ashley al volante, la

ventanilla bajada, la brisa agitando su pelo. Me pregunté adónde iba. Una corta espera después y oí que llamaban a la puerta trasera. ¿Michael? Me abofeteé las mejillas hasta que cobraron un poco de color, me recogí el pelo sin lavar en una cola y corrí a abrir.

Ahí estaba, balanceándose sobre las puntas de los pies, las manos en los bolsillos. Del lago soplaba el viento de tarde, que le hacía volar los rizos alrededor de la cabeza como formando un halo.

—No sabía si aún estabas viva —dijo. Posó sus hipnóticos ojos azules en mi rostro, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Estás bien?

Lo estaba. Bueno, ahora lo estaba. No se me escapó que eso significaba que Michael había estado pensando en mí. Y tampoco que había esperado a que Ashley se fuera para llamar a mi puerta.

—Solo estaba un poco resfriada. Ya se me está pasando.

—Pensamos que a lo mejor intentabas evitarnos. Ashley, especialmente, estaba preocupada por si había hecho algo que te molestase.

—Oh, no, para nada. —El alivio floreció en mi pecho. Cuánto tiempo perdido en autoflagelaciones innecesarias. ¿Por qué me hacía siempre esas cosas a mí misma?

—¿Y Ashley está enfadada?

—No. Es que creía que ibas a hacer yoga con ella. Le sorprendió un poco que no fueras.

—Dile que mañana iré.

Parpadeó y sonrió nervioso mientras miraba hacia la cocina por encima de mi hombro.

—¿Me invitas a pasar? Ashley ha ido a por víveres y estoy desesperado por hacer una pausa en mi trabajo.

—¡Oh! ¡Claro! ¿Quieres sentarte unos minutos? Puedo hacer té. —Lo acompañé hasta la mesa de la cocina.

Él dudó. Miró un plato de huevos cubiertos de gelatina que llevaban allí desde el día anterior.

—Muéstrame otra habitación. Es una casa muy grande. Siento curiosidad por verla toda.

Examinó la media docena de puertas que llevaban a diferentes partes y fue hasta la más lejana, aparentemente al azar. Lo seguí mientras la abría;

entonces puso cara de sorpresa y se echó a reír.

—¿Y esto qué es?

—La sala de juegos.

Entramos y encendí la luz. Aquella era una de las habitaciones que yo nunca usaba. ¿Para qué una sala de juegos si no tienes con quién jugar? No hay nada más triste y desesperado que una partida de solitario. Miré el tablero de ajedrez con piezas de plata lleno de polvo a un lado y la mesa de billar; me pregunté si sugerirle una partida. Pero Michael ya iba derecho hacia la pared opuesta, donde había un par de pistolas de oro y madreperla colgadas sobre el hogar. Se acercó a examinarlas.

—¿Están cargadas?

—No. —La munición está bajo llave en uno de los armarios. Creo que las armas fueron de Teddy Roosevelt, o quizás de Franklin Roosevelt.

—Pero funcionan, ¿no?

—Sí. Recuerdo que una vez mi tío le disparó a una ardilla en un árbol.

—El mismo tío que después intentó hacerle un golpe de estado a mi padre en su consejo de administración; quizá tuvimos que haberlo imaginado—.

Mi hermano se puso como loco. Era vegano. —Corregí—: Es vegano.

Michael apartó la vista de las pistolas y me miró.

—No sabía que tenías un hermano. ¿Os veis mucho?

—Sí, aunque no, no lo veo demasiado. Vive en una… institución.

Esquizofrenia.

—Ah. —Asintió, como si se guardara el dato para futura referencia—.

Eso debe de ser duro.

—Mucho.

El viento golpeó contra las ventanas, haciéndolas temblar.

—«Sopla, sopla, viento invernal; no eres peor que la ingratitud del hombre». —Me sonrió—. Esto me recuerda a Irlanda. El castillo de mi familia estaba cerca del mar, y el viento que llegaba de los acantilados era tan fuerte que si estabas en una de las almenas podía hacerte caer.

—¿Dónde vive ahora tu familia?

—Por todas partes. Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo era joven. Mis hermanos y yo nos fuimos cada uno por su lado.

Hubo algunas cuestiones desagradables con la herencia. —Fue hasta el

tablero, cogió un peón y lo sopesó en la mano—. Por eso me fui de Irlanda.

Las peleas por dinero no me gustan nada. Decidí que prefería vivir por mis propios medios en algún lugar donde mi apellido no fuera tan conocido.

Quería hacer el bien, enseñar a los niños que no tenían nada, ¿entiendes?

Me apoyé contra la mesa de billar, ligeramente mareada.

—Sí.

—Sí, claro, seguro que sí. —Me miró de lado—. Tú y yo somos muy parecidos, ¿verdad?

¿Verdad? Pensé en la idea y me resultó agradable. No tener que explicarme, ser comprendida, ¿no es eso lo que desea todo el mundo?

—¿Dónde estaba el castillo de tu familia? De pequeña hice un tour por Irlanda. Debimos de visitar cientos de castillos. Quizá lo haya visto.

—Lo dudo. —De repente dejó el peón y fue donde están montadas las espadas, al otro lado de la sala. Son al menos una treintena, dejadas por algún antepasado con un fetiche militar. Levantó una (pesada, de plata con un grabado en la empuñadura) y la sopesó con una mano. Me apuntó con ella y dio un paso de esgrima—. En garde!

La punta cortó el aire y se detuvo peligrosamente cerca de mi pecho.

Solté un chillido y me eché atrás; el corazón estaba a punto de salirme por la boca. Michael abrió los ojos de par en par; la espada tembló en su mano y por fin apuntó al suelo.

—Mierda. No quería asustarte. Hace mucho practiqué la esgrima. Lo siento, no he pensado. —Devolvió el arma a su lugar, me cogió por una muñeca y apretó. Sentí que con el pulgar me estaba tomando el pulso—.

Eres delicada, ¿verdad? Eres nerviosa y sensible. Llevas las emociones escritas en la frente.

—Lo siento. —Me salió como un susurro entre gravilla. ¿Por qué le estaba pidiendo perdón? Sentí toda la fuerza de su pulgar en mi muñeca mientras lo frotaba contra mi piel.

—No tienes nada de lo que disculparte. —Bajó la voz. Me miró muy fijamente—. Me gusta. Hay mucho en tu interior. Ashley… bueno… no…

No acabó la frase; sus ojos descendieron hasta la alfombra y ahí se quedaron. El espacio que nos separaba estaba peligrosamente lleno de electricidad estática. Yo sentía el calor de su cuerpo a través de la franela de

su camisa, olía el punto especiado de su sudor. De repente me di cuenta de lo extraña que era la pareja de Michael y Ashley: ¿una profesora de yoga y un académico?, ¿una americana de clase media y un aristócrata irlandés?

¿Cómo debía de ser eso en la vida real?

Quizá su conexión fuera sexual. Pensé en la intensidad de su beso en el coche, el primer día, y sentí que me ruborizaba. Y ahora tenía el pulgar de Michael en mi muñeca y el recuerdo de llorar en brazos de Ashley y el aturdidor golpeteo del viento contra las ventanas. De repente todo era demasiado intenso y confuso. Tenía un gusto seco y acre en la boca; el sabor de la traición.

Por entre los árboles más allá de las ventanas vi un brillo metálico. Un coche se acercaba por el camino. El BMW. Di un paso atrás y le solté la muñeca.

—¡Ashley ha vuelto! Querrá que la ayudes a entrar las compras,

¿verdad?

Corrí hacia la puerta. Michael dudó y por fin me siguió, aunque lentamente. Iba por un lado de la sala, deteniéndose para examinar los trofeos de golf y de navegación y coger fotos y mirarlas con detalle antes de volver a dejarlas. Seguía teniendo el pulso muy acelerado; pero si él se sentía tan culpable como yo, si estaba de acuerdo en que acabábamos de compartir un «momento», no lo mostraba para nada.

A la puerta del porche trasero se detuvo para mirar el lago a lo lejos, inquieto, frío y gris.

—Bueno, pues ven cuando quieras, ¿vale? —Mantuvo la sonrisa tan inocente como pudo, pero entonces, justo antes de bajar los escalones, se llevó dos dedos a los ojos y después los apuntó hacia mí—. Te veo —dijo en voz baja.

¿Me veía? Sentí que aquella era una situación peligrosa, pero, por Dios, muy tentadora.

Entre la emoción y el desaliento, apenas dormí aquella noche. Cuando por fin lo conseguí, soñé que era una pluma de oca atrapada en el viento del lago, sin conseguir tomar tierra nunca. Me desperté y me quedé tumbada a

oscuras, odiándome a mí misma. No quería ser esa clase de mujer; él tenía novia, y una a la que yo admiraba. Y aun así, ¿debía ignorar lo que sentía cuando él estaba cerca?

«Quizá nuestra mayor fuerza como seres humanos es también nuestra mayor debilidad —pensé—. La necesidad de amar y ser amados».

Para cuando salió el sol estaba decidida a verme con Ashley y devolver el equilibrio a la extraña ecuación. A las siete tenía puesto el chándal y esperaba en la ventana. Pero la temperatura había caído en picado por la noche y el jardín estaba cubierto por una capa de escarcha. Ashley no llegó a aparecer.

Me pasé la mañana dando vueltas por la casa, pergeñando excusas para llamar a la puerta de la cabaña.

Me presenté justo después del almuerzo, mochila en mano, hecha un manojo de nervios. Pero cuando Ashley abrió se le iluminó el rostro, como si llevara toda la semana esperándome (y ahora supongo que así era, aunque no de la forma en que yo creía en aquel momento). Me dio un abrazo.

—Aquí estás. Te he echado de menos —me dijo, cariñosa. La calidez de su mejilla contra la mía silenció el recuerdo del pulgar de Michael sintiéndome el pulso, por más que vi perfectamente cómo él me observaba desde el sofá de la sala de estar. Cerré los ojos y me entregué a la seguridad del abrazo.

«Hoy voy a compensárselo a Ashley —me dije a mí misma—. Hoy le demostraré que soy su amiga, no su enemiga». Así estaría más contenta conmigo misma; así era como quería ser.

De haber sabido la verdad no me hubiese molestado.

Pero no la sabía, así que levanté la mochila.

—¿Qué os parece ir de excursión? —pregunté.

Fue Ashley a quien le dediqué mis energías mientras conducíamos al sur siguiendo la orilla, Ashley quien pareció interesarse más por las historias locales que les iba contando nerviosa y desordenadamente, Ashley quien cantó conmigo un tema de Britney Spears (¡me encantó que le gustara la música pop!). No presté mucha atención a Michael, que se quejaba desde el

asiento trasero de los gustos musicales de Ashley. De hecho, me sorprendió que se apuntase (¿o no? «Te veo». De vez en cuando pensaba en esas palabras y me daban temblores).

Para cuando llegamos, comenzaba a sentir que el equilibrio había quedado restaurado. Iniciamos el ascenso hasta Vista Point. Michael se había quedado atrás y Ashley iba a mi lado, tarareando para sus adentros y con expresión pensativa. «Parece estar a gusto por aquí —pensé—. Más que yo misma». Como una idiota, lo achaqué a su forma física, a lo cómoda que se sentía en su cuerpo, a su paz con el mundo (¡Dios, qué ironía!).

Desde que había vuelto al Tahoe no había estado en Vista Point. Quizá lo había evitado porque era nuestro lugar, el de Benny y mío, nuestro destino preferido para las excursiones cuando mi familia venía a visitar a nuestros abuelos durante las vacaciones de verano. Y no es que nos gustara tanto lo de las excursiones; ir a Vista Point era más que nada una forma de escapar de la claustrofóbica casa en la que mi madre y mi abuela daban vueltas una alrededor de la otra como leonas, vigilándose entre ellas. Arriba del todo había una roca lisa con vistas al lago; me tumbaba en ella con mi bikini y escuchaba el walkman mientras Benny, sentado, dibujaba en sus cuadernos. Nos quedábamos allí hasta que el sol bajaba peligrosamente cerca del horizonte, y entonces regresábamos sin ninguna prisa a la casa y la cena formal que nos esperaba: el servicio con sus uniformes almidonados, la vichyssoise en boles de porcelana, mi padre tomando demasiados gin-tonics mientras mis abuelos ponían cara muy seria ante los monogramas en los cubiertos de plata.

Me encantaban esas excursiones con mi hermano. Ahí arriba, mientras contemplábamos en silencio las cimas de las montañas, era como si Benny y yo estuviésemos momentáneamente sintonizados en el mismo canal y, por una vez, experimentásemos las mismas cosas simultáneamente. Esos momentos no eran habituales, sobre todo después de que él empezase a tener problemas.

El camino no ha cambiado desde la última vez que estuve, años atrás.

Seguía marcado con carteles de madera astillados y gastada pintura amarilla. Pero los pinos se habían acercado y las rocas parecían más

pequeñas, como si con el tiempo yo hubiera pasado a ocupar más espacio en el mundo. Con Michael y Ashley me sentía más grande, me sentía viva.

A mi lado, Ashley estaba quedándose sin aliento, sus pasos eran menos seguros. Quizás en ese momento debí darme cuenta y sospechar, pero estaba muy decidida a ser su amiga. Cuando llegamos a un claro antes de la cima se detuvo y apoyó una mano contra un árbol.

Esperé y me volví; Michael había desaparecido muy por detrás de nosotras.

—¿Va todo bien?

Ella pasó la mano arriba y abajo por la corteza del árbol, mirando las ramas. Su sonrisa plácida se convirtió de repente en algo mucho más parecido a un rictus.

—Estoy absorbiendo todo esto. Creo que voy a parar un minuto para meditar.

Cerró los ojos y me borró de su mente. Esperé y contemplé el paisaje.

Había cada vez más nubes de tormenta; una particularmente ominosa estaba empalada en la cima de la montaña justo enfrente, más allá del lago. El viento había transportado manchas blancas hasta la superficie del agua y seguía hacia el sur, camino de la orilla de Nevada.

¿Cuánto tiempo iba a quedarse ahí? ¿Esperaba que yo también me pusiera a meditar? Tanta quietud me ponía nerviosa; sin pensar saqué el móvil y lo levanté para enfocar su silueta contra el lago. Tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo, las pestañas temblorosas. Qué guapa. Le saqué una foto y le pasé unos cuantos filtros. Estaba tecleando el texto, Mi nueva amiga Ashley, cuando el móvil voló de repente de mi mano.

—¡No!

Ella apareció delante de mí, su cara de color púrpura mientras pulsaba demasiado fuerte los botones del aparato (¡mi teléfono!).

—Perdona que sea tan exagerada, pero soy muy celosa de mi intimidad.

Ya sé que lo tuyo son las redes sociales, pero preferiría que no cuelgues fotos de mí. —Me devolvió el móvil. Había borrado la foto.

Parpadeé para apartar las lágrimas que se me habían formado en los ojos. Hacía siglos que no había estado con nadie que no quisiera que le sacaran fotos; aparecer en el feed de otro es la mejor clase de validación,

una pica que marca tu lugar en un mundo que no es el que tú misma controlas. Pero a Ashley no pareció hacerle mucha gracia.

—Lo siento —dije en un murmullo.

—No, es culpa mía, tenía que haberte dicho algo antes. No te preocupes, ¿vale? —Sonrió, pero con los labios apretados contra los dientes. Estaba claro que yo había cometido un faux pas terrible.

Se apartó de mí y miró hacia abajo de la colina.

—Vamos a buscar a Michael. Empiezo a temerme que lo hayamos perdido para siempre.

Asentí, aunque pensaba en la foto de Ashley haciendo yoga en el jardín que ya había colgado unos días antes. «Tengo que borrarla antes de que la vea y se moleste».

—Adelántate tú —le dije—. Yo me quedo un momento más. Ya os atraparé.

En cuanto la perdí de vista volví a sacar el móvil y abrí Instagram. La foto de Ashley seguía siendo la primera en aparecer en mi cuenta.

Tenía 18 023 Me gusta y 72 comentarios. Era un gran retrato, uno de los mejores que había hecho desde mi regreso al Tahoe, y dudé un instante sobre qué hacer. ¿Tan identificable era? Deslicé mi dedo rápidamente por los comentarios, solo para ver qué decían mis seguidores. Qué idílico;

¿Quién es esta preciosidad del yoga?; Parece divertido pero cuándo vas a volver a poner fotos de moda???; Harta de fotos de naturaleza, unfollow.

Y así fue como, cerca del final de la página, di con un comentario de un antiguo seguidor, BennyElPirado. El nombre nunca me había hecho la menor gracia. Estaba claro que en el Instituto Orson habían vuelto a dejar que mi hermano usara el teléfono; era un privilegio que le concedían cuando estaba a salvo de sufrir otro episodio paranoide (sino acabaría en una espiral de teorías de la conspiración en Reddit). Era una indicación positiva sobre su estado mental. Distraída por eso, y por la sensación que aún tenía de haber cometido un error crítico, me llevó un minuto absorber lo que Benny había escrito bajo la foto. Entonces sentí como si la montaña entera fuera a hundirse a mis pies. Rocas temblando, arrancadas de la tierra y cayendo todas por la colina, aplastándolo todo a su paso.

VANESSA WTF QUÉ HACES CON NINA ROSS SIN MÍ?

Me quedé demasiado tiempo allí en la cima, intentando comprender el alcance del mensaje de mi hermano. ¿Nina Ross? Otra vez ese nombre. Al principio creí que era fruto de mi imaginación, un resto de la lectura del diario de mi madre unos días atrás. Pero volví a leer el comentario, y el nombre NINA ROSS seguía allí. Y seguía sin tener ningún sentido. Benny tenía que estar alucinando de nuevo. Era totalmente imposible que Ashley Smith fuera Nina Ross.

Pero a Benny le habían dejado usar el móvil, y solo lo hacían cuando estaba lúcido.

¿Qué pinta tenía Nina Ross? Seguía sin tener más que un borroso recuerdo del día en que nos cruzamos en la cafetería. ¿No tenía… el pelo de color rosa? ¿No era regordeta, una gótica con problemas de autoestima? No sonaba mucho como la mujer segura y atlética que ahora me esperaba abajo de la colina. Y, sin embargo, habían pasado doce años. Podía haber cambiado fácilmente haciendo dieta y arreglándose de forma diferente (como se veía bien claro en el caso de Saskia).

¿Era posible?

Marqué el número de teléfono de mi hermano con los dedos casi paralizados por el frío y el corazón latiéndome tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho.

Mi hermano contestó al primer tono, su voz temblorosa, casi sin aliento.

—De verdad, ¿Vanessa?, ¿qué pasa? ¡Nina Ross! Por Dios. ¿Qué hace ahí? ¿Ha preguntado por mí? ¿Cuánto hace que ha vuelto?

—No es Nina Ross —le dije—. Me ha alquilado la cabaña. Es una profesora de yoga que se llama Ashley. Está con su pareja, Michael, un escritor. Vienen de Portland. Su padre era dentista. —Lo convertí todo en realidad con la seguridad de mi voz.

—Puede que se haya cambiado el nombre. A veces pasa. En serio, pregúntaselo.

—No es ella —repetí, un poco demasiado seria—. Lo siento, Benny.

Debes de recordarla mal, ha pasado mucho tiempo. ¿De verdad te acuerdas

de cómo era Nina Ross?

—Claro que sí. Sigo teniendo fotos de entonces. Y ya las he mirado para asegurarme; sabía que me ibas a decir que estoy loco. Mira, voy a mandarte una. —Lo oí manipular el móvil, el roce de su manga contra el micrófono, y un instante después sonó en el mío que tenía un mensaje.

Era un selfi en baja resolución, sacado con un aparato antiguo. La imagen estaba granulada, pero al momento sentí un incómodo ping en mi cabeza y la reconocí. Era en el interior de la cabaña del jardinero. Benny y una adolescente, lado a lado en un sofá con cubierta dorada, sus caras juntas, haciendo muecas a la cámara. Se los veía jóvenes y sin filtro y cómodos consigo mismos, enredados el uno en el otro como en un grupo de cachorrillos.

La chica tenía el pelo moreno oscuro, con rosa descolorido en las puntas. Llevaba un montón de rímel. Tenía unos pocos granitos y rasgos redondeados, aunque desde luego no estaba tan rellenita como yo la recordaba. Y había algo más: los rasgos aún sin definir del todo que un día podían dar lugar a una mujer más dura y experimentada.

Benny tenía razón. Aquella mujer era Ashley (o Ashley era ella).

Habían pasado años y había cambiado mucho. En lo estético había mejorado mucho. Pero ahí estaba, en la curva de su sonrisa, en sus grandes ojos oscuros contra la piel oscura, en la seguridad con la que miraba a cámara: Nina Ross.

Y ahí estaba también Benny, todavía un niño a su lado, la mirada clara y la piel aún libre de las sombras color púrpura de la locura. No recordaba la última vez que lo había visto tan feliz, tan libre de ansiedad, tan bien.

Por Dios, ¿había seguido obsesionado por aquella chica todos estos años? Pensé en su comentario a mi foto de Instagram. No era ¿Qué haces con Nina Ross? sino ¿Qué haces con Nina Ross sin mí?

Tenía la mente tan acelerada que me parecía que iba a desmayarme.

«¿Por qué está esa mujer aquí? ¿Por qué me está mintiendo sobre quién es?

¿Qué pretende de mí? ¿Qué le digo?». Y «Dios mío, si Benny sabe que Nina Ross está aquí, ¿cómo va a afectarlo?, ¿va a sufrir otro episodio?».

—Vale, ya sé lo que ves, y desde luego que se parecen —le dije lentamente—. Pero te juro que no es ella. Dijo que no había estado aquí

nunca. ¿Por qué iba a mentir?

—¿Porque no creía que fueras a ser amable con ella? ¿Porque nuestra familia se portó fatal con la suya?

Quería decirle «Fue al revés. Nos hicieron chantaje, Benny. La madre de Nina fue culpable del suicidio de maman y Nina te enganchó a la droga; entre las dos destrozaron nuestra familia». Pero ¿cómo iba eso a ayudarlo si es que no lo sabía ya? Más bien podría provocarle un ataque. Nunca llegué a saber qué era lo que le provocaba los episodios, pero sacar a relucir los horrores del pasado parecía una forma segura de conseguirlo.

—Mira —le dije, intentando calmarlo—. Estoy un noventa y nueve por ciento segura de que no es ella. No tiene ningún sentido. Pero, si te quedas más tranquilo, se lo preguntaré.

—¿De verdad? —Ahora su tono era muy infantil. Hizo que se me partiera el corazón; quise envolver su cuerpo de niño en una burbuja y protegerlo para siempre contra los males de este mundo impredecible.

El sol descendía tras las montañas del oeste. Las sombras se adueñaban del agua. El viento resoplaba tan fuerte contra la cima que creí que me iba a tirar abismo abajo.

—Tengo que irme, Benny. Te llamo más tarde, ¿vale?

—Te espero. —Colgué con el eco de su voz rasgada y nerviosa. Sabía que no iba a dejar el tema.

Bajé por el camino en una nube de confusión, intentando convencerme aún de que todo era un error. Quizá Ashley fuese una doppelgänger, su presencia una extraña coincidencia. O quizá fuera su hermana gemela desaparecida hacía tanto tiempo. (Sí, era ridículo, pero ¿posible?). O, si de verdad se trataba de Nina, quizá tuviera una razón legítima para hacer como si no conociera Stonehaven.

Pero en el fondo lo sabía. Iba a ciegas, no veía más que la cara de la chica de la foto, dispuesta a destrozar nuestras vidas. ¿Qué diablos podía traer a la jodida Nina Ross de vuelta? Tropecé con las rocas y las raíces de los árboles que había esquivado una hora antes tan fácilmente; había

perdido el equilibrio. Entonces llegué ante un grupo de pinos y vi a Michael y Ashley justo delante.

No me oyeron acercarme. Estaban abrazados fuerte y se besaban con pasión, como si estuviesen a punto de arrancarse la ropa allí mismo.

Me detuve y me escondí tras los árboles.

Miré mientras Michael pasaba los labios por el cuerpo de Ashley y le mordía la carne del escote. Ella lo cogió por el cuello y tiró de él hacia sí, su otra mano agarrando la camisa sudada. Algo se despertó en mi interior. ¿Era envidia? ¿Fue el espectro del cuerpo de Michael, su dedo tomándome el pulso, lo que me hizo sentir desnuda y necesitada? Por supuesto que era eso, pero también mucho más.

De repente Ashley abrió los ojos y me miró por encima del hombro de Michael. Fue entonces cuando lo supe con seguridad; no se sonrojó, no se apartó discretamente de su hombre como hubiese hecho la Ashley que yo conocía, sino que mantuvo la vista fija en mí mientras él le metía una mano por dentro de la camisa. «Quiere que vea lo mucho que la desean —me di cuenta—. Quiere hacer que me sienta incómoda, que me ponga celosa». Vi la cruel oscuridad en su mirada mientras me contemplaba fijamente, un destello de la persona real que se ocultaba bajo la capa de yoga y perfección.

Ahora Michael le cogía los pechos, y ella seguía mirándome. Yo apenas podía respirar. Sus labios se movieron casi imperceptiblemente hasta formar una mínima sonrisa malévola: «Te veo». Ahora que sabía lo que mirar, era inconfundible. Aquella mujer no era nueva en Tahoe y no había ido a parar a mi puerta por casualidad. Era Nina Ross y sabía muy bien quién era yo.

Sabía muy bien quién era yo y me odiaba; era posible que tanto como yo a ella.

¿A qué había venido?

Una furia líquida me hizo estallar. Pensé en la entrada del diario de mi madre: Me gustaría matarlas a las dos, madre e hija. Las dos están consiguiendo ARRUINARNOS. La mujer que tenía frente a mí era la responsable del hundimiento de mi familia. Yo tenía que hacer algo, por maman, por Benny, por todos los Liebling con los que tramaran acabar.

Me vi considerando todas las maneras en que podría enfrentarme a ella, la ira con la que podría revelarle que sabía su secreto. ¡Qué sorprendida, mortificada, hasta asustada, iba a quedarse cuando le dijera que sabía quién era en realidad! Respiré hondo y me dispuse a llamarla por su verdadero nombre: «¡Nina Ross, PUTA!».

Pero entonces volvió a cerrar los ojos y el momento pasó. Siguieron besándose. Sabía que yo la miraba; era muy descarada. Me acerqué más, impaciente. En el suelo había un palo; lo pisé con una bota, haciendo que se partiera con mucho ruido. Michael abrió los ojos y se encontró con los míos. Dio un paso atrás y alejó a Ashley (¡Nina!) de él con la palma de la mano.

Ella parpadeó. Se secó la boca húmeda con una mano y volvió a sonreírme, la familiar máscara de nuevo en su rostro.

—¡Ahí estás! —trinó, todo dulzura y luz. Ashley había reaparecido, aunque ahora yo notaba el tono de burla en su voz. ¿Cómo pude pensar que esa sonrisa, tan abierta que le podía ver los incisivos torcidos, era genuina?

Se enrolló con otra de sus excusas. ¡Le había dado una rampa en una pierna! ¡Diferentes grupos de músculos que en el yoga!

—Cuánto lo siento.

Y yo pensé: «Mentirosa, seguro que ni siquiera eres profesora de yoga.

¿Quién diablos eres? ¿Qué quieres de mí?».

No se me ocurría. ¿Había vuelto en busca de Benny? Pero, entonces,

¿para qué el disfraz? ¿Había dejado algo aquí? Pensé que lo más probable era que hubiera venido a acabar el trabajo que había comenzado su madre.

Buscaba dinero. ¿Quizá creyera que a mí también podía hacerme chantaje?

Me di cuenta de que esta vez yo tenía una ventaja: sabía quién era, y ella no sabía que yo lo sabía. Tenía tiempo para pensar en qué hacer al respecto.

Mientras, Michael miraba de ella a mí y de vuelta, el ceño fruncido por la preocupación. Debió de darse cuenta de que algo acababa de cambiar entre los tres.

—Perdonad que os corte, pero estoy hecho polvo —dijo—. Salgamos de esta montaña antes de quedarnos congelados.

—Demasiado tarde —replicó Ashley, pegándose a él—. Brrrrrr. —Se colocó debajo de su brazo y me dedicó una expresión presumida. Él me miró y vi en sus ojos lo incómodo que le había hecho sentirse aquel gesto tan posesivo. «Lo siento», me dijo moviendo los labios sin sonido. Pero era yo quien me sentía mal: él no lo sabía.

Con el estómago encogido, me pregunté qué pasado se habría inventado para Michael. Si me estaba mintiendo a mí también lo habría hecho con él.

¿Y qué intentaba sacarle a él? Aunque era obvio, ¿no? Michael era rico.

Nina quería hacerse con su dinero.

De tal palo tal astilla. Yo era su estafa a corto plazo y él a largo plazo.

Se lo había traído aquí porque le convenía.

Lo sentí por Michael. Quizá debí temer por mí misma, pero sentía una extraña calma. Stonehaven era mía; podía echarla siempre que quisiese. Me quedaba muy poco que perder, muy poco que me importara de verdad. ¿Y

qué había de él? El sensible, el pensador, el intelectual Michael. No tenía ni idea de lo peligrosa que era ella. Tenía que avisarle.

Pero ¿cómo? Ir de cara podía acabar mal para mí. No tenía más pruebas que una foto desenfocada de hacía años. Ella iba a negarlo todo y después se largaría de Stonehaven en un suspiro, con Michael a su lado; no habría perdido nada. Y yo me quedaría sola de nuevo, lamiéndome las heridas.

Lo que deseaba era hacerme con todo lo que aquella mujer y su madre nos habían robado: la familia, la seguridad, la felicidad, la salud.

El amor.

De repente supe lo que iba a hacer. Iba a salvar a Michael de ella. Y, de paso, iba a hacerlo mío.

La ira tiene una increíble capacidad de cegarnos. Una vez en su poder, resulta imposible ver más allá de su luz. La razón desaparece entre la oscuridad de debajo. Todo lo que haces en nombre de la furia parece justificado, por muy miserable, pequeño, desagradable o cruel que sea.

Y, además, la ira me hacía sentir increíblemente viva.

Aquella noche, de vuelta en Stonehaven, fui por la casa cerrando todas las puertas con llave. Cerré todas las cortinas de la planta baja, levantando

montones de polvo y retirando un ejército de arañas muertas. Después cogí una de las pistolas de su montura en la pared de la sala de juegos, la cargué con munición que había encontrado en un cajón cerrado y la escondí bajo mi almohada.

Sí, estaba furiosa, no asustada. Pero tampoco iba a ser estúpida.

OceanofPDF.com