La estafadora
Nina
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SIEMPRE HE DORMIDO MUY BIEN, NO TENÍA POR QUÉ no; pero la cárcel me ha vuelto insomne. La necesidad de vigilancia constante y la consciencia de mi culpabilidad conspiran para mantenerme en un estado de crepúsculo permanente: nunca dormida pero tampoco despierta. Floto en el limbo.
La cacofonía de la cárcel del condado es ensordecedora; es lo que sucede cuando se hacina a miles de mujeres en celdas de cemento pensadas para albergar a solo la mitad. Dormimos en literas en las áreas comunes, a menos de un metro de las mesas donde jugamos a cartas y leemos todo el día. Orinamos en tazas que no dan más de sí y se atascan y se desbordan.
Hacemos colas para ducharnos, para comer, para cortarnos el pelo, para llamar por teléfono, para tomar nuestros medicamentos. A todas las horas del día hacen eco en el cemento los gritos y las oraciones y las lágrimas y las risas y los juramentos.
Aquí no hay nada que hacer excepto esperar.
Vago por la zona común en mi uniforme de prisionera color amarillo canario, mirando las agujas del reloj colgado de la pared y enrejado que señalan lentamente los minutos de cada día. Espero el almuerzo, aunque no tengo ningún interés en comer esa gris sustancia gelatinosa que se desliza por mi bandeja. Espero a que llegue el carrito de la biblioteca para poder elegir la novela romántica menos insufrible que ofrezcan. Espero a que se apaguen las luces para poder quedarme tumbada en mi litera en la semioscuridad, oyendo los ronquidos y los susurros de mis compañeras mientras espero a que me venga el sueño. Casi nunca llega.
Pero, más que nada, espero a que venga alguien a ayudarme.
Mi abogada es una defensora pública agobiada con pelo gris sacacorchos y zapatos ortopédicos a quien solo había visto una vez antes de la vista de mi fianza. Se sienta en la mesa enfrente de mí, saca una carpeta de una pila y la examina con bifocales de farmacia de color púrpura.
—Te tienen por robo mayor —me explica—. Tu nombre figuraba en el contrato de alquiler de un almacén lleno de antigüedades robadas. Han conseguido relacionar un par de sillas con un robo denunciado por alguien llamado Alexi Petrov, que después reconoció tu foto.
Pues vaya con mi teoría de que los billonarios son demasiado ricos como para molestarse en presentar denuncias.
—¿Cuándo va a ser el juicio?
—Ah, sí, eso. Bueno, espero que seas paciente —contesta con un suspiro—. Porque puede que tengas que estar aquí un tiempo. Los casos van increíblemente retrasados.
En la instrucción el juez me pone una fianza de ochenta mil dólares.
Como si hubiese pedido un millón; no tengo forma de pagar. Miro la sala y no reconozco a nadie: no han venido ni Lachlan ni mi madre. Seguramente ni siquiera saben que estoy aquí; en mi cuenta de la cárcel no tengo fondos para llamadas, así que no he podido ponerme en contacto con ellos. En secreto me alegro de que no me vean así, despeinada, exhausta, culpable y ahogándome en mi uniforme amarillo.
Mi defensora pública me da una palmadita amistosa en la espalda y se va apresuradamente a ver a su siguiente cliente, una adolescente embarazada que disparó y mató a su violador.
Vuelvo a mi celda y me resigno a seguir esperando.
Los días pasan a ritmo gélido y sigue sin venir nadie a por mí. Me pregunto dónde estará Lachlan. Es la única persona que conozco que puede tener el dinero como para sacarme de aquí. A estas alturas mi madre ya lo habrá encontrado, le habrá contado lo sucedido y lo habrá mandado a buscarme.
Pero después de que pase una semana y después dos y sigue sin aparecer, me doy cuenta de que no va a venir nunca. ¿Para qué ir a una comisaría y
arriesgarse a que lo identifiquen? Es muy posible que crea que voy a implicarlo para salvarme.
O algo peor. Pienso en su furia silenciosa cuando me fui del lago Tahoe, su comentario de que lo había fastidiado todo para los dos. Y me pregunto cómo supo la policía que yo estaba en Los Ángeles. Parece mucha coincidencia que se presentaran en mi casa menos de una hora después de que yo llegara a la ciudad. Alguien tuvo que avisarlos.
Solo dos personas sabían que yo estaba en casa: mi madre y Lachlan (tres si Lisa vio mi coche en la puerta). Está claro quién es más probable que haya hecho la llamada.
Por supuesto que fue Lachlan. Nuestro tiempo juntos acabó en cuanto dejé de resultarle útil. A la que supo que la caja fuerte estaba vacía, mi destino quedó sellado. «Nunca te ha tenido la menor lealtad —pienso mientras camino por el polvoriento patio de la cárcel, alambre de espinos contra la pálida luz de diciembre—. Ya lo sabías. Estaba cantado que iba a acabar abandonándote. Tienes suerte de que no lo haya hecho antes».
Entonces ¿quién más puede venir a buscarme? ¿Mi madre? ¿Lisa? ¿El casero de mi desastrada tienda de antigüedades de Echo Park, que a estas alturas ya habrá tirado todas mis cosas a la calle? Me siento apartada, desconectada del todo del mundo exterior. Aquí acostada sobre mi manta de plástico llena de bultos, intentando hacerme invisible a cualquiera que busque pelea, veo por primera vez lo aislada que me he vuelto, lo pequeña que es la circunferencia de mi vida.
Por fin, después de tres semanas en la cárcel, me llaman a la sala de visitas.
Está a reventar de sillas plegables y astilladas mesas cubiertas de linóleo.
En una pared hay un horrible mural pintado con una escena de playa sobre un arcón lleno de juguetes rotos. El lugar está lleno de vida, niños y abuelos y novios, algunos con poco más que camisetas que dejan al aire los tatuajes de los brazos, otros con sus mejores galas de domingo. Me cuesta un momento ver a mi visitante. Es mamá. Está sentada sola en una mesa al fondo, con un vestido color verde brillante que se abre por el cuello y las caderas y un pañuelo que le cubre la cabeza. Tiene los ojos enrojecidos y la
mirada fija en la pared, como si estuviera intentando mantenerse centrada entre tanta locura.
Cuando me ve suelta un gritito y se levanta de golpe, agitando en el aire sus manos pálidas, como pajarillos que se hubiesen caído del nido.
—¡Oh, mi niña, mi niñita!
El guarda nos observa con mirada fría. No se nos permite abrazarnos.
Me siento frente a mi madre y extiendo los brazos sobre la mesa para cogerle las manos.
—¿Por qué has tardado tanto en venir a visitarme?
Parpadea varias veces, muy rápido.
—¡No sabía dónde estabas! No sabía cómo encontrarte, y cada vez que llamaba al número de información de presidiarios me salía un menú automático en vez de una persona. Hay una base de datos online, pero tú no apareciste en ella hasta la semana pasada, y después tuve que registrarme y… Lo siento mucho.
—No pasa nada, mamá. —Noto sus manos pequeñas y huesudas; me da miedo apretar demasiado fuerte. Miro su cabeza tapada y me pregunto si la radiación habrá hecho que se le caiga el pelo. Su rostro está chupado y como menguado, haciendo más prominentes sus ojos azules.
—¿Cómo te sientes? ¿Ya has empezado la radioterapia?
Abre una palma ante su cara: «Para».
—No hablemos de eso, cariño, por favor. Lo tengo todo controlado. El doctor Hawthorne es muy optimista.
—¿Y cómo vas a pagar el tratamiento?
—En serio, Nina, ya tienes bastante de lo que preocuparte sin pensar en eso. Así fue como acabaste aquí, ¿no? —Lleva la palma a mi barbilla y aprieta fuerte—. Estás horrible.
—Mamá…
Sus ojos líquidos amenazan con desbordarse. Toma aire por la nariz y se saca un pañuelito arrugado de la manga.
—No soporto verte así. Es culpa mía. Si no me hubiese puesto enferma, si hubiese tenido un mejor seguro… No tendría que haber permitido que volvieras a Los Ángeles a cuidarme.
—No es culpa tuya.
—Sí que lo es. Tendrías que haberme dejado morir hace tres años.
—Mamá, para. —Me inclino hacia delante—. ¿Has sabido de Lachlan?
Ella niega con la cabeza.
—Intenté llamarlo, pero su número está desconectado. Por Dios, qué gran equivocación fue presentaros. Esto fue todo idea suya, ¿verdad? Y
ahora ha desaparecido y te ha dejado que cargues con las culpas.
Parece que espera a que me ponga a despotricar de Lachlan ante ella, pero no estoy de humor como para empezar a repartir culpas. Sé por qué estoy aquí. Es un pequeño milagro que no me hayan atrapado haciendo algo peor. Pienso en Vanessa. ¿Y si me hubiesen pillado cogiendo un millón de dólares de su caja fuerte? Haberla encontrado vacía fue un extraño alivio.
—Ojalá tuviera el dinero de la fianza —dice mamá entre hipidos—.
Mira, aún quedan unos dieciocho mil en la cuenta. Ya sé que no es suficiente, pero si hago unas llamadas… Podría ir a Las Vegas este fin de semana y probar en las mesas, o…
Agranda los ojos y mira a lo lejos. Intento imaginármela en el bar de un casino, haciendo lo suyo en su estado, cayéndose en el lavabo de mármol de un hotel, siendo dada por muerta.
—Por Dios, no hagas eso. Aquí puedo arreglármelas. No se está tan mal
—miento—. Usa el dinero que te queda para las facturas del médico, es más importante. Cuando salga encontraré un trabajo de verdad, te lo prometo.
Tiene que haber algún interiorista que me contrate. O trabajaré en un Starbucks. Lo que sea. Algo haremos.
Se lleva la punta de un dedo al borde del ojo. Apenas la oigo susurrar.
—No me merezco una hija tan buena.
—Mamá —le digo con calma—, cuando acabes el tratamiento y estés sana de nuevo puedes buscarte un trabajo de verdad. Hazlo por mí. Uno donde estés sentada a una mesa y te paguen un sueldo fijo, que tenga seguro médico. —Me mira inexpresivamente—. Habla con Lisa, seguro que te ayuda.
Por encima nuestro suena un timbre que marca el final de las horas de visita; antes de que acabe, los guardas ya nos gritan que nos pongamos en pie y formemos una fila contra la pared. Mi madre me mira con pánico.
—Volveré pronto —me dice mientras me alejo de la mesa. Me tira unos besos y deja manchas rosas en sus palmas.
—No —contesto—. Me duele mucho verte. Concéntrate en ponerte bien. Es lo mejor que puedes hacer por mí. No te mueras mientras estoy aquí, ¿vale?
Me doy la vuelta para no verla llorar mientras voy hacia la fila. Huelo sudor y laca y jabón en las otras mujeres; imagino que ese también debe de ser mi aroma. Cierro los ojos y sigo las emanaciones de vuelta a la sala donde vamos a sentarnos y pensar en qué será lo próximo y rogar que no nos olviden.
Y vuelvo a esperar. Pero ya no sé qué es lo que espero.
Una cosa que sí tenemos en la cárcel es tiempo para pensar, así que he estado meditando sobre la culpa. Me he pasado la vida buscando, intentando encontrar a los arquitectos que construyeron los muros de este mundo en el que me encuentro. Antes culpaba a los Liebling. Era fácil odiarlos por todo lo que tenían y yo no, y por la forma en que me expulsaron de su propio mundo. Como si el que me hubieran cerrado la puerta en las narices hubiese sido la razón de que todo lo demás se descarrilara. Pero cada vez me resulta más difícil creer eso.
Podría culpar a mi madre por arrastrarme a todas sus decisiones erróneas, por no haber conseguido darme el mínimo empujón en la dirección correcta que deseaba. Y también podría echarle la culpa por no cuidar de sí misma y forzarme a hacerlo yo.
Podría culpar a Lachlan por seducirme, hacer que me sumara a sus planes y dejarme tirada cuando ya no le convino tenerme a su lado.
Podría culpar a la sociedad, al gobierno, al capitalismo descontrolado.
Podría tirar de los hilos de la desigualdad social y deshacerlos hasta el principio y echarle la culpa a lo que fuese que encontrara allí.
Seguro que todo eso son fragmentos de la razón por la que estoy donde estoy. Pero cada vez que busco en quién cargar las culpas veo a la misma
persona: yo misma. Yo soy el denominador común. Ahora me doy cuenta de que en la vida no hay un único camino predeterminado, nadie toma las decisiones por una. En vez de buscar la causa en el mundo, es el momento de mirar hacia dentro.
Sobre todo aquí, en la cárcel, donde estoy rodeada de los verdaderamente destituidos, mujeres nacidas en circunstancias que las han llevado inevitablemente a las drogas, la prostitución, el abuso y la desesperación. Mujeres que no han tenido ni una sola oportunidad. Por primera vez soy consciente de la suerte que he tenido. Tengo un título universitario, estoy sana. Habré crecido sin estabilidad o buenos modelos de conducta, pero al menos siempre he sabido que tenía comida y un lugar donde dormir. Siempre he contado con el amor de una madre. Eso es más de lo que pueden decir muchas de las mujeres que me rodean.
Así que de repente me doy cuenta de que repartir culpas no es fácil. Lo que más siento es vergüenza. Vergüenza de no haber hecho más con lo que sí tenía; vergüenza de hacer como si el camino que escogí fuera mi única opción.
Y es que no lo era. Lo escogí yo. Lo hice mío. Y si me ha llevado hasta aquí, es culpa mía.
Si alguna vez salgo de aquí, juro que encontraré un mejor camino.
Pasa un mes hasta que vuelven a llamarme a la sala de visitas. Doy por supuesto que es mi abogada, que trae noticias sobre cuándo se celebrará mi juicio. Pero al entrar me quedo de piedra. La persona que me espera sentada es Vanessa Liebling. Se la ve pálida y cansada, con oscuras ojeras; está a la vez hasta los huesos e hinchada. Los vaqueros le van justos y la camiseta de deporte le cae en el pecho. Pero, definitivamente, es ella: tiene los ojos como platos por el esfuerzo de intentar no mirar lo que la rodea, y las manos en el regazo, intentando hacerse tan invisible como pueda.
Me sorprende el saltito que me da el corazón, la punzada de felicidad que me atraviesa. ¿Tan desesperada estoy por ver un rostro familiar? Me siento frente a ella, que casi parece sobresaltarse al verme.
—Hola, Vanessa. —Sonrío—. Me alegro de verte. En serio.
—Nina —dice ella, muy formal.
Tardo un momento en darme cuenta de que ha usado mi nombre real.
Aunque, claro, si está aquí es que sabe quién soy. ¿Cómo lo ha averiguado?
¿Se lo ha dicho Lachlan?
—Así que sabes quién soy. ¿Quién te lo ha dicho?
Ella juguetea con el dobladillo de su camiseta.
—Benny —contesta—. Te reconoció en una foto de mi Instagram.
—Benny es muy listo.
Entonces, ¿cuánto sabrá ella de la verdad? ¿Cuánto más quiero contarle? Me quedo en silencio, superada por la telaraña de mentiras que he construido y preguntándome si debería desenredarla. Siento que me mira atentamente.
—Estás delgada —me dice.
—Aquí la comida deja mucho que desear.
Me observa de arriba abajo, fijándose en mi pelo sin lavar y el uniforme de la cárcel.
—Y el amarillo no es tu color.
Me río; no puedo evitarlo.
—¿Cómo me has encontrado?
—Es una larga historia. Fui a tu casa, pero no había nadie. Hablé con tu vecina y me dijo dónde estabas. —Se mira las manos—. También me contó lo de tu madre, que ha estado muy enferma. Lo siento.
Me recuesto en mi silla.
—¿De verdad que lo sientes?
Ella se encoge de hombros.
—La verdad es que ya no sé qué siento sobre nada. La mujer que mató a mi madre tiene cáncer. ¿Debería estar satisfecha, pensar que es una especie de venganza cósmica? Lo cierto es que no me da ningún placer.
Mi sentimiento positivo desaparece tan rápido como llegó. ¿Así empezamos? Pues claro. Es nuestra primera ocasión de sacar al aire muchos años de resentimiento. Ahora hablo con voz fría.
—Creo recordar que tu madre se suicidó.
—Pero la tuya le dio un buen empujoncito. No lo habría hecho si tu madre no hubiera chantajeado a mi padre. Eso la destrozó.
No esperaba eso. Suena lógico que, si mamá envió la carta a Stonehaven, Judith Liebling la viera. Pero no estoy dispuesta a cargar también con eso.
—¿Estás segura? ¿Tu madre estaba perfectamente hasta que apareció la mía? —Ante la pregunta ella parpadea y no dice nada—. Si quieres culpar a alguien, culpa a tu padre. Fue él quien tuvo la aventura.
—Porque ella lo planeó así. Papá fue víctima suya.
—Tu padre era una mala persona. Me trató fatal y rompió mi relación con tu hermano.
—Estaba protegiendo a Benny. Y tú… piensa en esto: ¿cómo habrías llevado el mantener una relación con un esquizofrénico?
—Aún no lo era.
Nos miramos la una a la otra desde lados opuestos de la mesa, al borde de nuestras sillas, las dos a punto de levantarnos e irnos. Es un alivio poder sacar por fin estos temas, pero a la vez las palabras me hacen sentirme pequeña y sucia. ¿Por qué estamos librando las batallas de nuestros padres?
¿De qué va a servirnos, si ahora están todos muertos o casi?
—Vale. —Le lanzo puñales con la vista—. ¿Para qué has venido? ¿Para burlarte de mi situación?
Ella pasa los ojos por toda la sala. Dos mesas a un lado, una prostituta a la que le falta un diente delantero intenta no llorar mientras su hija, con coletas y una camiseta de Moana, solloza en el regazo de su abuela. Vanessa las mira con curiosidad antropológica.
—Creí que me iba a sentir bien si te veía así; que por fin tenías tu merecido. Pero no. —Vuelve a mirarme—. Tu vecina Lisa dice que te detuvieron por un robo.
—Antigüedades —contesto—. Se las robé a un billonario ruso.
Ella frunce el ceño.
—¿Eso es lo que ibas a hacerme a mí? ¿Robarme las antigüedades?
Me encojo de hombros.
—Dime a qué has venido y yo te cuento lo que íbamos a hacer.
—Íbamos. —La cara se le pone del color de la leche desnatada—. Tú y Michael. ¿Estabais juntos en eso?
Dudo, pero solo un segundo. ¿Lo delato? Claro que él ya me ha delatado a mí.
—En realidad no se llama Michael. ¿Responde eso a tu pregunta?
Ella asiente. Retira lentamente las manos del regazo y las apoya en la mesa. Es entonces cuando veo el anillo de compromiso en su mano izquierda.
—Oh, no —digo, imaginándome lo sucedido.
—Oh, sí —replica ella, tiesa como un palo—. Y otra anécdota divertida: estoy embarazada.
El sobresalto me hace callar. Las dos miramos su mano sobre la mesa: la pálida piel de sus dedos, el anillo falso de mi madre, hortera y fuera de lugar entre tanto linóleo. «¿Qué es lo que he hecho?».
—¿Cómo se llama de verdad? —pregunta ella por fin—. Si cuando nos casamos usó un nombre falso el matrimonio no vale, ¿verdad? Es ilegítimo.
Pienso en ello un buen rato. ¿Sé yo el verdadero nombre de él? Con tantas mentiras como le he visto decir, y nunca me pregunté si también me estaría mintiendo a mí.
—Paga mi fianza —le digo— y te ayudaré a averiguarlo.
La casa de Lachlan es una caja vacía de color beis, de estuco genérico, en un gran complejo de West Hollywood; la clase de adosados en los que las paredes son gruesas y nadie habla con sus vecinos. Apenas he estado unas pocas veces; normalmente era él quien venía a verme a mí. Pensé que lo hacía por respeto a mi necesidad de estar cerca de mi madre. Ahora dudo de si lo hacía por su propia conveniencia.
Llevo la misma ropa con la que me detuvieron, la misma que cuando salí de Stonehaven aquella mañana de noviembre. La camisa aún huele al desodorante que me puse aquel día, los pantalones siguen teniendo la mancha del café que me vertí en el coche. Ahora todo me va muy grande; es como si le perteneciese a una desconocida. Después de casi dos meses en la cárcel del condado el sol es cegador, el aire tan dulce que casi duele respirar.
Le digo a Vanessa que aparque su cuatro por cuatro antes de llegar a la casa, por si acaso, y andamos el resto del camino. Cruzamos por entre los diferentes edificios; ella va medio paso por detrás, mirando a un lado y a otro como si esperara que de repente fuera a aparecer Lachlan saltando de una adelfa. Las palmeras se mecen suavemente al viento, con hojas caídas a sus pies como plumas arrancadas.
—¿Dónde cree Lachlan que estás? —pregunto.
—Le dije que iba a visitar a mi hermano.
—Benny. ¿Qué tal está?
Ella no aparta la vista de la acera. Evita cuidadosamente las manchas ennegrecidas de chicles largo tiempo abandonados que motean el asfalto.
—A veces mejor, a veces peor. Estaba bastante bien, pero ha vuelto a tener problemas. —Duda un segundo—. Desde que supo que habías vuelto.
Se puso muy insistente con verte de nuevo. Intentó escaparse de la institución para ir a verte. En Portland.
Oigo un deje burlón en el énfasis que le da a la última palabra, pero elijo ignorarlo. Se me parte el corazón al pensar en él, intentando inútilmente encontrarme. Pobre Benny.
—Podría ir a visitarlo cuando acabe todo esto.
Me mira de reojo, llena de desconfianza.
—¿Irías?
—Claro.
De hecho, tengo ganas de hacerlo. Me gusta la idea de ser deseada. En todo caso, es algo que colgar en mi futuro y hacia lo que avanzar; algo que indica que ese futuro existe. ¿Y cuándo fue la última vez que alguien quiso verme? Aunque se trate de un ex de la infancia con problemas mentales.
Guío a Vanessa hasta la parte trasera de uno de los edificios, donde estos dan a un estrecho camino de gravilla y una alta valla de madera. Por encima de esta veo las colinas de Hollywood y las casas de ocho cifras que yacen en su distante aislamiento entre las palmeras. La casa de Alexi está por ahí, la enfermera de Richard Prince aún en su pared, ensangrentada y vigilante. Parece que todo eso haya sido en otra vida.
Cada edificio de este complejo tiene una pequeña cubierta. En la mayoría hay una moto, o una silla de plástico, o unas pocas plantas
amarronadas. Vanessa me sigue hasta uno de los más lejanos. Las ventanas están vacías y oscuras. Salto por encima de la valla mientras ella me contempla.
—Venga —le digo.
—¿No nos vamos a meter en líos?
Miro la pared llena de ventanas bien cerradas. A la gente le preocupa tanto que los desconocidos puedan verla desde fuera que se olvidan de la vista desde dentro.
—No nos ve nadie.
Vanessa trepa la valla y se queda a mi lado, jadeando por el esfuerzo.
—¿Tienes la llave? —susurra.
—No la necesito —contesto. Levanto el pomo de la puerta corredera y aprieto el hombro contra el cristal, agitándola en el marco hasta que se abre en silencio. Vanessa se lleva una mano ante la boca.
—¿Cómo sabes hacer eso?
Me encojo de hombros.
—Es lo único que se molestó en enseñarme mi padre antes de que mi madre lo echase. Siempre estaba borracho y no sabía dónde tenía las llaves.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué hay de tu padre? Entiendo que no era dentista.
—No. Era un borracho, jugador, maltratador. No lo he visto desde que yo tenía siete años. Debe de estar muerto o en la cárcel. Al menos eso espero.
Parece que no puede dejar de mirarme, como si no me hubiese visto nunca antes.
—Eres muy diferente cuando eres sincera. Creo que me gustas más así.
—Es curioso, yo sigo prefiriendo a Ashley. No es tan cínica, y sí mucho más amable.
—Ashley era un engaño. Debería de haberlo visto desde el principio. —
Vanessa respira hondo—. En la vida real nadie está tan seguro de sí mismo.
En las redes sociales sí, desde luego, pero no en persona. Ashley siempre fue demasiado buena como para ser real.
Entramos en la fresca oscuridad de la sala de estar de Lachlan y cerramos las cortinas.
La casa es típica de soltero, desnuda y severa. Sofá de cuero y sillas, una tele gigante, un carrito lleno de alcoholes caros y pósteres vintage de cine en las paredes. Podría pertenecer a cualquiera; no hay fotos enmarcadas, adornos o libros que muestren gustos o educación. Es como si Lachlan hubiese decidido conscientemente borrarse de todas las superficies y hacerse invisible.
Nos quedamos en la semioscuridad, esperando a que nuestra visión se adapte. Oigo una bocina en la lejanía y mínimas vibraciones de hip hop que entran por una ventana abierta. Doy una vuelta lentamente, observando el familiar entorno.
—¿Qué buscas? —pregunta Vanessa.
—Chissst —susurro. Cierro los ojos y escucho la sala, esperando a que me hable, pero la moqueta que lo cubre todo absorbe los sonidos, y lo que queda es solo vacío. Me imagino a Lachlan moviéndose por las habitaciones, sus pisadas silenciosas por la alfombra. En algún lugar entre estas paredes tiene que haber dejado alguna huella de quién es en realidad, algo bajo el cuidadoso espejismo que tan bien ha sabido construirse.
Hay un mueble de cajones contra una pared. Abro y rebusco entre viejos aparatos electrónicos, varios libros sobre psicología, una caja de Hugo Boss llena hasta arriba de teléfonos móviles. Cojo unos pocos al azar e intento encenderlos. La mayoría están muertos, pero a uno le queda batería; revive y empiezo a mirar los menús. No hay fotos y los mensajes han sido borrados, pero en el historial de llamadas encuentro un montón a un mismo número de Colorado.
Llamo y oigo los tonos. Por fin contesta una mujer, sin aliento y furiosa.
—Brian —ladra—, vaya morro que tienes llamando aquí…
—Perdón, ¿quién es?
—La exnovia de Brian. ¿Y tú?
—Yo también —contesto—. ¿A ti qué te hizo?
La mujer empieza a gritar tan alto que tengo que apartar el aparato del oído.
—Me dejó facturas por cuarenta y tres mil dólares en la tarjeta de crédito, pidió un préstamo a mi nombre sin mi permiso y se largó de la ciudad, eso es lo que me hizo. Dile que Kathy le va a cortar la puta cabeza si vuelve a Denver… No, espera; dime dónde estás y llamaré a la policía.
Cuelgo.
Vanessa me mira fijamente, sorprendida y asustada.
—¿Quién era?
—Una de sus víctimas —contesto. Miro la pila de móviles, asqueada.
Así que eso es lo que hacía Lachlan cuando no estaba conmigo, cuando desaparecía durante semanas enteras. ¿Cuántas mujeres habrá ahí? ¿Dos docenas, tres?
Vanessa también mira la caja. El pelo que le cae le cubre el rostro, pero noto que está a punto de echarse a llorar.
—¿Tú sabías que hacía eso?
—No. —Vuelvo a cerrar la caja y la aparto—. Bueno, sigamos mirando.
Tú encárgate de la cocina y yo del dormitorio.
La habitación está a oscuras, con las persianas bajadas y mucho polvo en el aire. En los cajones de la cómoda hay camisas y pantalones bien ordenados; el armario está lleno de trajes de marca y zapatos de cuero relucientes.
Revuelvo cajones y estantes, rebusco dentro de los zapatos, pero lo único de interés que encuentro es una caja de madera con una colección de una docena de relojes caros que nunca le ayudé a robar y nunca le había visto.
Empiezo a darme cuenta de lo ocupado que ha estado sin mi ayuda. Casi es para preguntarse por qué se tomó la molestia conmigo.
Oigo como Vanessa revuelve en los cajones de la cocina y, por fin, un golpe como de madera. Después aparece ella con una caja de cereales McCann’s en la mano.
—Mira —dice. La caja está llena de billetes de cien dólares en fajos ligados con gomas elásticas—. Estaba escondida detrás de un mueble.
Me la quedo mirando.
—¿Cómo se te ha ocurrido mirar ahí?
—Veo muchas series tipo Mentes criminales —responde—. Aquí tiene que haber decenas de miles de dólares. Y hay otras seis cajas iguales.
Al ver los billetes en sus manos siento un subidón de adrenalina: dinero para el tratamiento de mi madre. Meto la mano en la caja y saco uno de los fajos, manchado por el polvillo de los cereales; me lo guardo en el bolsillo sin pensar, pero entonces me detengo. No puedo seguir haciendo estas cosas. Le devuelvo el dinero a Vanessa.
—Quédatelo tú —le digo—. Ya no quiero coger las cosas de otros.
Vanessa deja caer la caja sobre la cama, como si fuera radiactiva.
—¿Quieres que yo le robe el dinero a Michael?
—Joder, ¿de verdad crees que le pertenece? A saber de dónde lo ha sacado. Cógelo y ya está. Por la fianza que has pagado y para lo que seguro que ya te ha quitado. ¿Le compraste algo?
—Un coche.
—¿Lo pusiste de titular en tu tarjeta de crédito? —Ella asiente—.
Oh-oh. Entonces también habrá encontrado la forma de sacar dinero de tu cuenta.
Parece que vaya a echarse a llorar.
—No puedo creerme que haya picado en su engaño. Los dos me tomasteis el pelo como a una idiota.
—No. Viste exactamente lo que quisimos que vieras. Montamos un buen espectáculo, creado a medida para ti. Tú te lo creíste, pero eso te convierte en optimista, no en idiota. —Vuelvo a coger la caja y se la doy—.
Ten. Te la has ganado.
—Pues yo no la quiero.
—Vale. Pues dónala a caridad. Pero, por Dios, no se la dejes a él.
Mira en el interior. La agita, mete dos dedos dentro y saca algo más; un pequeño sobre amarillo. Me mira, lo abre y extrae un trozo de papel. Lo despliega; resulta ser una partida de nacimiento, frágil por el tiempo. El nombre casi está borrado por los dobleces, y por unos pocos segundos no caigo en la curiosa verdad: Michael O’Brien, nacido en Tacoma, Washington, octubre de 1980, padres Elizabeth y Myron O’Brien. En el sobre también hay una tarjeta amarillenta de la Seguridad Social y un pasaporte americano caducado, todo perteneciente a Michael O’Brien.
Usó su verdadero nombre.
Vanessa palidece.
—Dios mío.
Me quedo mirando el certificado un largo rato, recordando el momento en la habitación del hotel de Santa Bárbara en que Lachlan se giró en la cama y sugirió su nuevo seudónimo, Michael O’Brien. No es de extrañar que se hiciera a él tan rápido, mucho antes que yo con el de Ashley. ¿Ya veía a Vanessa como la gran presa que hacía tantos años que buscaba? Me pregunto qué tiene pensado para ella. ¿Un breve matrimonio, un divorcio rápido, o algo mucho peor?
—Ni siquiera es de Irlanda —murmuro.
Vanessa se acerca a examinar el certificado. Lo coge por los bordes, como si le diese miedo dejar en él sus huellas dactilares.
—Me está esperando en Stonehaven. Si pido el divorcio, se va a quedar con la mitad de todo lo que tengo. —Baja la voz—. Voy a tener el niño.
Pensé en no hacerlo, pero lo quiero. Lo que no quiero es a Michael en nuestras vidas. Tiene que irse antes de que descubra que estoy embarazada, o no me lo voy a sacar nunca de encima.
—Lo que tienes que hacer es echarlo.
Me mira desde detrás de un mechón de pelo enredado.
—No se va a ir tan fácilmente, ¿verdad?
La culpabilidad clava sus afilados dientes en mi consciencia: fui yo quien llevó a Michael hasta la puerta de Vanessa, y acabé dejándola sola con él.
—Seguramente no.
Parece perder ligeramente el equilibrio.
—No voy a permitir que me eche de mi casa.
—¿Vas a volver a Stonehaven?
Se encoge de hombros.
—¿Qué más puedo hacer? Es mi casa.
—Al menos no vayas sola. Igual puedes llevarte a Benny, enfrentaros a él los dos juntos…
—No sabes cómo está ahora. No puedo fiarme de eso.
—Por Dios, piénsatelo un momento. Quédate una o dos noches en un hotel. Piensa un plan mejor que «Te pido que te vayas».
Sé lo que tendría que decirle que haga: llamar a la policía. Pero entonces sería solo cuestión de tiempo que encontraran el perfil de JetSet que montamos con Michael y se dieran cuenta de que también yo era parte del plan. Ya tengo bastantes problemas, así que no abro la boca.
Vanessa coge la caja de cereales llena de dinero y la aparta de su cuerpo, como si fuese a estallar accidentalmente y llevársele algún miembro. Se da la vuelta y regresa a la cocina.
En cuanto sale con el dinero lamento habérselo dado. ¿En qué estaba pensando? Probablemente acabo de firmar la sentencia de muerte de mi madre. También voy a tener que pagar a un abogado decente si no quiero pasarme el resto de la vida pudriéndome en la cárcel. ¿Qué voy a sacar de tanta repentina rectitud moral? ¿Tanto vale la pena el tener la consciencia limpia?
Ya es demasiado tarde. Pero debe de haber más dinero en otros escondites. Me tiro al suelo y miro debajo de la cama —solo polvo— y después me tumbo sobre la alfombra y pienso. Debe de hacer unos seis meses que estuve aquí por última vez. Acabamos un trabajo (un rapero de segunda al que liberamos de joyas horteras con diamantes incrustados por valor de unos pocos cientos de miles de dólares) y Lachlan me llevó a cenar a Beverly Hills; y después, demasiado borracho como para conducir de vuelta a Echo Park, a su casa. Recuerdo despertarme resacosa en su cama y oírlo en el lavabo, el suave clic del cierre de una puerta. Cuando Lachlan volvió al dormitorio y vio que estaba despierta, sonrió y se dejó caer a mi lado… pero antes vi por un segundo su cambio de expresión, como si se pasara una goma de borrar mental por el rostro.
Así pues, el lavabo.
Abro la puerta y enciendo las luces del tocador. Su brillo me hace parpadear. Veo a una mujer que me devuelve la mirada, su cara amarillenta, el pelo desarreglado. Apenas me reconozco a mí misma. En algún momento de mi estancia en la cárcel, la pulida y arreglada Nina Ross se hizo cada vez más pequeña hasta desaparecer. No estoy segura de quién es la persona que
ha quedado en el interior de mi pellejo. Pienso en las palabras de Vanessa
—«Me gustas más así»— y me pregunto cómo puede ser posible.
En el armarito no hay más que pasta de dientes y paracetamol, una única botellita de dextroanfetamina y un kit de afeitado carísimo. Bajo la pila, varios rollos de papel higiénico y clínex y una gran botella de desatascador. Lo saco todo y lo extiendo en el suelo, por si hay algo detrás.
Nada: solo unos pocos pececillos de plata muertos sobre un cuadrado de papel de revestimiento con margaritas descoloridas. Pero me fijo en que el borde de este está un poco doblado hacia arriba, como si hubieran tirado de él demasiadas veces. Doy unos golpecitos a la base del mueble; suena hueco. Paso una uña por debajo de la punta y lo levanto.
Debajo hay una caja de camisa. Retiro la tapa y examino el contenido.
El corazón me late a toda velocidad.
Eureka.
Vanessa me lleva de vuelta a Echo Park. La noche ha caído sobre Los Ángeles; nos sumamos a la hora punta y el río de luces de posición que se dirigen al este. Su cuatro por cuatro huele a cuero y ambientador cítrico; los asientos son tan acolchados que, después de mis ocho semanas de plástico y metal, siento como si fuese a hundirme. El silencio en el coche es como una sopa espesa. No me decido a preguntarle a Vanessa en qué piensa; no me puedo permitir involucrarme.
Frena ante la casa. Sus ojos miran nerviosos hacia la puerta, como preguntándose si va a aparecer mi madre y encararse. Pero las luces están apagadas y las ventanas observan la calle con sus ojos negros.
Me quedo un momento quieta antes de abrir la puerta.
—¿Vas a volver ahora a Stonehaven?
—Tengo una habitación en el Chateau Marmont —responde—. Es muy tarde como para regresar hoy. Saldré por la mañana.
Parpadeo. Podría ir con ella. Podría ir a Stonehaven y limpiar mi mierda. Pero en vez de eso le pido:
—No vayas.
Es el camino de menor resistencia. Ella se vuelve. Sus dientes artificialmente blancos brillan en la oscuridad. Veo por su expresión impaciente que nuestra tregua ha acabado.
—Deja de decir eso, como si todo fuera a arreglarse con solo ignorarlo.
De verdad, ¿quién eres tú para darme consejos? —Su aliento es cálido y rápido—. En serio, ¿quién te has creído que eres?
En el tono condescendiente de su voz no veo pero oigo a su padre.
«¿Quién te has creído que eres?». A mi pesar, me resiento de esas palabras.
«No soy nadie —pienso—. Nadie. Pero tú tampoco».
—Vale. Arréglatelas sola. No me importa —contesto mientras intento abrir la puerta a tientas.
—Ya sé que no te importa. Nunca te importó. Lo único que te importa eres tú misma —replica con voz fría, y quizá tiene más improperios para mí, pero no los oigo porque ya estoy saliendo, lejos de Vanessa Liebling y Stonehaven y de vuelta a mi madre, a mi hogar.
Las luces del coche dan justo la iluminación como para encontrar la llave bajo un cactus, hasta que se va y la oscuridad me rodea y entro en casa.
Dentro nada ha cambiado, pero noto el aire viciado, como si el lugar llevara un tiempo desocupado. Paso rápidamente por las habitaciones vacías buscando rastros recientes de mi madre, pero no encuentro platos en el fregadero, restos en la cafetera o ropa para lavar por el suelo. Tengo una intuición y miro en el armario: el bolso de viaje de mi madre no está. Corro de vuelta al porche y miro en el buzón; rebosa de cartas desde hace al menos una semana.
Dios mío: está en el hospital.
Los guardas de la cárcel me devolvieron el móvil al salir, pero no tiene señal; mi madre no pagó las facturas mientras yo no estaba. Llamo por el fijo al doctor Hawthorne, me sale el contestador y le dejo un mensaje frenético pidiéndole que me llame.
Tres minutos más tarde suena el teléfono y el doctor aparece al otro lado. Oigo platos de fondo; estaba cenando.
—Nina, hace tiempo que no sabía de ti —dice, y estoy segura de oír un deje de acusación en su tono deliberadamente neutral: «¿Cómo has podido
abandonarla estando tan enferma?».
—¿Está mi madre bien?
Oigo la queja de un niño pequeño al que él hace callar y pies que avanzan por diferentes habitaciones. Se toma un momento antes de responder.
—¿Tu madre? No me sentiría cómodo si te respondo sin examinarla antes.
—¿Por qué la han ingresado?
Silencio al otro lado de la línea.
—¿Ingresado? —repite él.
—En el hospital. Lo siento, he estado unos meses fuera de la ciudad, no sé lo que pasa. ¿Ha comenzado la radioterapia? ¿Y el, el… —rebusco el nombre en mi cabeza—… Advextrix?
«¿Y cómo puede pagarlo?», me pregunto a la vez.
Un carraspeo y ruido de pasar papeles.
—Tu madre no está en el hospital, Nina, al menos que yo sepa. Y no se le está administrando Advextrix. Lleva más de un año en remisión. Sus últimas pruebas lo mostraban muy claro.
—¿En remisión? —La palabra resuena como desde algún lugar muy lejano, tres sílabas cuyo significado de repente no comprendo.
—Tenemos más pruebas concertadas para marzo, pero mis previsiones siguen siendo optimistas. Como ya te comenté, los trasplantes de células madre tienen un porcentaje de éxito de más del ochenta por ciento. No puedo garantizar nada, pero diría que ahora mismo tu madre está muy bien.
¿Has hablado con ella últimamente?
El auricular me resbala en la mano. Algo frío se desliza por mi garganta y se aloja, como un cubito de hielo, en mi esófago. «Mamá está sana». De fondo un niño pequeño grita «¡Papá!», y oigo que el doctor Hawthorne tapa el micrófono mientras le dedica unas palabras tranquilizadoras. Cuelgo con manos trémulas.
«Mamá está sana.
»Mamá me ha estado mintiendo».
Me doy la vuelta y miro por la oscura sala, como si de repente ella fuera a salir de un armario. Tengo que apoyar un brazo en la pared. Veo el mueble
del rincón donde guarda los informes médicos. Corro hacia él e intento abrir el cajón, que se resiste hasta saltar con un ruido metálico.
Miro carpeta tras carpeta de papeles y facturas, tirándolas al suelo en una tormenta rosa y amarilla y azul. Impresiones finas, casi transparentes, resultados de laboratorio, comprobantes del hospital; todo, evidencia de lo enferma que llegó a estar, cosa que yo ya sabía: estuve allí en las semanas después del trasplante de células madre. Estuve allí durante las largas horas de la radioterapia. Le apartaba los cabellos rubios de la frente y la cogía de la mano mientras el veneno químico goteaba, goteaba, goteaba hasta sus venas. Estaba muy enferma. Se estaba muriendo.
Pero ya no.
No sé qué estoy buscando hasta que lo encuentro en el fondo del cajón.
Una carta del doctor Hawthorne fechada el pasado octubre. La palabra REMISIÓN me salta a la vista en mitad de un montón de números y términos médicos incomprensibles. Detrás están los resultados que me mostró el día en que fui a recogerla al hospital. Ahí están, las familiares sombras que asoman en los tejidos de su cuerpo, pegándose a su columna, su cuello, su cerebro. Pero ahora que los miro de cerca veo que las fechas están cuidadosamente borradas y reseguidas con un lápiz hasta que un 7 es reimaginado como un 8.
Usó resultados antiguos para convencerme de que sigue enferma.
Pero ¿por qué?
Sigo examinándolos cuando oigo una llave en la cerradura, y de repente parpadeo al ser bañada por la luz cuando se enciende la lámpara de la entrada. Ahí está mi madre, con pantalones blancos, un top batik y una pamela en una mano. Se ha quedado como una estatua al verme.
—¡Nina! —Deja caer el sombrero y avanza hacia mí con los brazos abiertos—. ¡Mi niña! ¿Cómo has pagado la fianza?
Noto con amargura lo firme de sus pasos, el ligero moreno en su piel, las mejillas de nuevo rosadas. Ahora que no está cubierto por un pañuelo veo lo rubio y brillante que tiene el pelo. Doy un paso atrás.
—¿Dónde estabas?
Se detiene. Se toca el pelo, como si de repente recordase su mal estado.
Veo en su rostro cómo empieza a tramar, y creo que voy a ser yo quien se
ponga enferma.
—En el desierto —contesta. Vuelve a hablar con voz débil y temblorosa, y su brazo se mueve con mucha menos seguridad—. El médico dijo que me vendría bien. Por el aire seco.
Lo siento como si me clavasen una aguja en el corazón: soy la pardilla de mi madre.
—Mamá, para. —Le muestro las pruebas—. No estás enferma.
Se le acelera la respiración y las comisuras de los labios le tiemblan al ritmo.
—Cariño, eso es ridículo. Sabes que tengo cáncer. —Pero tiene la vista fija en los papeles. Eleva lentamente la mirada, insegura, hasta encontrarse con la mía.
—Hace un año que no tienes cáncer. —Mi voz es un jarrón partido, roto, vacío—. Falsificaste los resultados para hacer como si estuvieses enferma de nuevo. Lo que no entiendo es por qué me mentiste.
Apoya el cuerpo en una punta del sofá, tentando con una mano para agarrarse a algo que la mantenga en pie. Se mira las uñas de los pies, conchas de color rosa pálido contra el blanco de sus sandalias.
—Ibas a volver a Nueva York y dejarme sola otra vez. —Parpadea, y rizos negros de rímel se dibujan alrededor de sus ojos del color del agua de una piscina—. No sé…
—¿No sabes qué?
—No sé cuidar de mí misma. No sé qué tengo que hacer ahora. —Su voz es mínima, como la de una niña pequeña, y de repente me siento agotada por mi madre, por todos sus años de excusas y disculpas.
—Limítate a decirme la verdad —le pido.
Y eso hace.
Estamos sentadas juntas en el porche, entre las sombras, donde no tenemos que mirarnos. Me cuenta la verdad, desde el mismo principio. Cómo conoció a Lachlan hace cuatro años cuando intentó robarle el reloj que
llevaba puesto durante una partida de póker en el hotel Bel-Air y él supo enseguida lo que era. La cogió por la muñeca, la miró a los ojos y le dijo:
«Puedes hacer cosas mejores, ¿no crees?».
Pero no podía, no sin él. Se acercaba a toda velocidad a los cincuenta y las miradas de los hombres ya no se posaban en ella en los bares, buscaban a otras más jóvenes y más guapas; sabía que empezaba a desprender un aire de desesperación. Pero a Lachlan parecía divertirle el aplomo con el que interpretaba su engaño. La alistó para que lo ayudara en sus propios timos, usándola como cómplice para que lubricara el camino hasta sus objetivos femeninos, tan ansiosos de amor que estaban dispuestos a darle sus tarjetas de crédito y números de cuentas (las llamadas de los móviles de Lachlan, como sé ahora). Después de todo, las mujeres confían en los hombres con amistades femeninas que responden de ellos.
Por primera vez en años mamá tenía para pagar el alquiler y más.
Entonces se puso enferma. Estuvo tanto como pudo sin hacer caso, confiando en que todo pasara por sí solo, pero entonces se cayó y le dieron el fatal diagnóstico: cáncer. ¿Quién iba a cuidarla cuando no pudiera cuidar de sí misma? Desde luego, Lachlan iba a abandonarla en cuanto dejase de resultarle útil. Sabía que yo acudiría cuando me llamó, pero ¿cómo iba a pagar yo las facturas? No era tonta, se imaginaba la clase de salario que gana una segunda asistente de un interiorista. Por mis llamadas sintió mi propia desesperación financiera.
Su solución fue ofrecerme a Lachlan. Su hija lista, guapa, hábil, que hablaba «millonario» fluido y sabía de arte; seguro que a él podía serle útil, que podría seducirme con el trabajo adecuado y entrenarme. A él la idea lo intrigó, lo divirtió, y cuando nos conocimos aquel día en el hospital también lo atraje un poquito. Mamá le dijo qué susurrarme al oído: «Solo gente que se merezca perder lo que tiene. Solo coger lo necesario. No ser codiciosos».
Y funcionó. Se me daba bien. Lo llevaba en la sangre.
—No lo llevo en la sangre —le digo mientras siento la humedad de la noche en la cara, la mirada fija en los guijarros del camino de la entrada.
Me duele mantener los ojos abiertos—. Me hiciste así porque querías que fuera como tú, así te sentirías mejor contigo misma.
Habla en voz tan baja que sus palabras casi desaparecen entre los rugidos del tráfico de la carretera al pie de la colina.
—Quería que te fueras bien lejos a vivir una gran vida, pero no fue así.
¿Qué iba a hacer yo? Tenía deudas. Estaba enferma. Te necesitaba, pero tal como vivías no podías ayudarme.
No se había imaginado que las facturas del hospital serían tan enormes, que estaría tan cerca de la muerte o que me preocuparían tanto los costes cada vez mayores de su enfermedad que acabaría asumiendo tantos riesgos.
Tampoco se imaginó que fuera a acostarme con Lachlan…
—… aunque, claro, veía el porqué —dice, mirándome de lado. Me pregunto si eso es cierto o si la seducción de Lachlan la sorprendió mucho y, a fin de cuentas, le vino bien; eso me mantuvo cerca de ella e impidió la llegada de otros desconocidos.
Me asegura que la preocupó ver que me adaptara tan rápido a aquel estilo de vida del que ella había dedicado tanto tiempo a alejarme. Se prometió a sí misma que en cuanto ya no necesitara mi ayuda iba a hacer que lo dejase. Me mandaría a la Costa Este un poco más sabia, más experimentada sobre cómo funciona el mundo y más libre para que pudiese llevar una mejor vida. Pero el pasado octubre, cuando llegaron los resultados y eran negativos y casi todas las facturas estaban pagadas, se dio cuenta de que era incapaz de dejarme ir. Se quedaba tumbada en la cama por la noche mientras sentía cómo el veneno abandonaba por fin su sangre y se preguntaba: «¿Y ahora qué?». Una vez me fuera ella volvería al mismo punto de antes, sin ahorros, sin conocimientos como para conseguir un trabajo y sin estar ya en condiciones como para volver a sus engaños.
Se le ocurrió un plan, un último gran timo con el que asegurarse la vejez y después dejarme ir.
El Tahoe fue idea suya. Llevaba años examinando a los Liebling desde la distancia, igual que yo. Fue calentando su pequeño cocido de venganza, esperando el momento justo para hacerlo hervir. Leyó los titulares cuando murió William Liebling, siguió online el regreso de Vanessa a Stonehaven.
Llevaba doce años pensando en la caja fuerte llena de dinero, la casa y sus preciosas antigüedades y pinturas, preguntándose cómo entrar. Yo estaba formada y a punto, tenía una década de mi propio resentimiento hacia los
Liebling listo para una chispa que lo encendiera, y además estaba mucho más familiarizada que ella con los secretos de Stonehaven.
—¿Sabías lo del dinero de la caja? —Y entonces recuerdo que estuvo en la cafetería conmigo el día en que Benny y su hermana hablaron de ello, haciendo como que no escuchaba mientras no se perdía ni una palabra.
Pero…— ¿Cómo supiste que yo tenía la clave?
Ella niega con la cabeza, y las puntas de sus cabellos ondean frente a su mandíbula.
—No lo sabía. Pero tú eres lista. —Me dedica una sonrisa orgullosa—.
Seguro que encontrabas la forma de abrirla. Y si no, Lachlan sabía cómo reventarla.
Solo tuvo que plantar la semilla —el cáncer recurrente, las enormes facturas que iban a llegarnos— y que Lachlan me diese un mínimo empujoncito en la dirección adecuada (ahora recuerdo cómo lo propuso de repente en el bar de deportes de Hollywood: «¿Y el lago Tahoe?»). Voilà: para allá que nos fuimos.
—Pero la policía me estaba buscando —digo—. Es por eso que nos fuimos. Atraparon a Efram y él me delató.
Mamá se descalza una sandalia y se da un lento masaje en los dedos de los pies.
—Por entonces la policía no sabía nada. Efram volvió a Jerusalén, eso es lo último que sé. Todo fue una historia que nos inventamos Lachlan y yo para convencerte de que te fueras de la ciudad por un tiempo mientras yo me… —duda, y solo medio pronuncia su siguiente palabra—… curaba.
—¡Pero si me detuvieron! —objeto—. Por Dios, mamá. Hay cargos contra mí. Eso no es inventado.
Entonces es cuando mi madre se viene abajo por fin. Lo primero que oigo es algo que se quiebra en su garganta, y cuando la miro veo el brillo de las lágrimas que llenan las arrugas alrededor de sus ojos.
—Ese no era el plan —susurra—. Te juro que no. Lachlan me engañó.
Nos engañó a las dos.
Quizá todo hubiese ido bien de estar aún el dinero en la caja cuando la abrí. Quizá nos hubiésemos repartido un millón de dólares y hubiésemos cabalgado hacia el horizonte, todos tan amigos, bon voyage. O quizá
Lachlan tuviese otro plan desde el principio. El plan de Michael O’Brien.
Pero cuando volví a Los Ángeles con las manos vacías y sin él, mi madre supo que iba a suceder algo horrible, y así fue, aunque mucho más rápido de lo que esperaba: la llamada a la puerta, las esposas en mis muñecas, y de repente yo estaba en la cárcel.
La policía no había encontrado mi almacén por sí sola. Habían recibido una llamada anónima, alguien mencionó el nombre Alexi Petrov, y solo tuvieron que sumar dos y dos.
¿Quién podría haber hecho eso salvo Lachlan?
Estoy demasiado furiosa como para decir nada. Recuesto mi silla contra la pared. Siento las astillas que me atraviesan la camiseta y tiran de mi piel, pero no me muevo, quiero sentir toda la fuerza de la traición.
—Tendrías que habértelo imaginado. Tendrías que haberlo visto venir.
Tú sabías cómo es él. Es un timador. ¿Cómo pudiste entregarme a él de esa forma? —Intento no llorar—. Te pasaste la vida diciéndome que confiara en ti, que lo único que teníamos en la vida era la una a la otra, y vas y me haces eso.
Mi madre se queda en silencio. Siento su cuerpo temblar a mi lado, como si se hubiese desencadenado algo en su interior.
—Lo mataría si se me pusiese a tiro —dice—. Pero no sé adónde se ha ido. No me ha devuelto las llamadas.
—Sigue en Stonehaven. Ha conseguido que Vanessa Liebling se case con él. Supongo que convertirá su vida en un infierno y después se divorciará y la desplumará.
—Oh. —Y entonces, en un extraño tono—: Pobrecilla.
Un coche dobla por nuestra calle y las dos nos quedamos en silencio mientras sus luces nos bañan. Miro a mi madre y veo la mentira en sus labios. Su sonrisa es un rictus. No lo siente por Vanessa, en absoluto.
Me levanto y me vienen arcadas. Tropiezo con las viejas tablas del porche.
—¿Dónde está mi coche?
Mamá me dirige una mirada en blanco.
—Lo he vendido. Creí que ibas a tardar en salir y…
—¿Y el de Lachlan, en el que volví desde Tahoe?
—También lo vendí. —Aparta el rostro; su voz se vuelve un silbido—.
Tenía facturas.
—Joder, mamá. —Abro la puerta de casa. Las llaves de su Honda están en la mesilla de la entrada. Las cojo junto con mi bolso.
Cuando me vuelvo, mamá está detrás de mí. Me coge por la muñeca y me cierra el paso. Me sorprende lo fuerte que vuelve a estar. O quizá ha simulado su debilidad desde el principio.
—¿Adónde vas? —me pregunta.
—No lo sé —respondo—. A cualquier lugar que no sea aquí.
—No me dejes. —A la luz de las lámparas de la sala veo su rostro dominado por el pánico, lágrimas de rímel descendiendo por sus mejillas—.
¿Qué voy a hacer?
Miro su mano en mi brazo, las uñas color rosa concha y las marcas del bronceado que susurran secretos. ¿Dónde ha estado esta última semana?
¿Con quién? La respuesta es obvia: una vez vio que yo estaba en la cárcel y que no iba a contar con el dinero de los Liebling para asegurarse el futuro, se dio cuenta de que iba a tener que volver a sus engaños y encontrar un pardillo. ¿Qué plan habría tramado en el desierto? La propia pregunta me agota, y me doy cuenta de que ya no siento ningún interés por averiguar la respuesta.
—Vas a hacer lo que siempre haces —le digo—. Pero esta vez, cuando lo jodas todo, yo no voy a estar a tu lado para ayudarte.
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