La estafadora
Capítulo 26
UNA CENA. ES HORA DE HACER DE ANFITRIONA elegante.
Con cada corte de mi cuchillo de carnicero en el pollo me imagino que es una guillotina y su cuello lo que hay sobre la tabla. Pelé patatas, imaginándome que era su piel lo que arrancaba a tiras. Cuando encendí los fogones del gigantesco horno me pregunté cómo sería meterle la mano en las llamas. He cocinado durante todo el día, mi ira hirviendo y burbujeando con el guiso.
A las cinco ya había oscurecido en Stonehaven. El viento había cesado y afuera todo estaba inmóvil. Oí a las ocas que migraban al borde de la orilla, graznando sus protestas mientras se preparaban para enfrentarse a la tormenta que venía.
Preparé tres martinis en el bar de mi padre, ginebra helada con un generoso chorro de vermú y olivas en aceite; una chapuza deliberada para ocultar el ingrediente adicional que eché en una de las copas: el contenido de una botella de colirio.
El coq au vin estaba casi listo; una sencilla ensalada se enfriaba en la nevera. Me pulí mi martini mientras esperaba a que las patatas hirvieran, y después me preparé otro. La lluvia se anunció con una artillería de gotas contra las ventanas. Levanté la vista, sobresaltada, y vi que Ashley y Michael corrían por el camino de la cabaña, con las chaquetas sobre las cabezas.
Fui a darles la bienvenida en la puerta trasera, con un cóctel en cada mano y una sonrisa en el rostro, y entraron a toda velocidad. Le di las gracias al segundo martini. La ginebra me había soltado, difuminando todo aquel asunto surrealista de forma que no tenía que mirar más allá del momento: los martinis, los habladores invitados y la expresión asqueada en la frente de Ashley cuando tomó el primer sorbo de su cóctel.
—Caramba, sí que preparas las bebidas fuertes.
—¿Quieres que te haga otra cosa? ¿Un té matcha, un zumo verde? —Yo también sé simular. Sonreí tanto como pude. «Tía falsa».
Pareció un poco alarmada.
—No, no. Está delicioso.
Quise darle un sopapo.
Michael fue hasta el horno, levantó la tapa de una cacerola y olisqueó el contenido.
—Huele increíble, Vanessa. Y aquí estamos nosotros, con las manos vacías. Lo siento, no hemos traído nada.
Me siguió por la cocina mientras yo acababa de cocinar; me hizo preguntas sobre mis técnicas culinarias, curioseó por entre los libros de cocina manchados en la encimera. Estaba más interesado en mí que en su chica, sentada impaciente a la mesa. Se recogió el mojado pelo oscuro en una cola de caballo y examinó la cocina; no tardó nada en acabarse su martini. Había puesto la mesa de la cocina con platos de cada día (nada de porcelana con el monograma de los Liebling para ella); lo contempló todo, puso recto un tenedor.
—¿Esta noche no cenamos en el comedor? —preguntó.
—Demasiado formal —respondí.
—Claro. Aquí es más acogedor, ¿verdad? Aunque… ¿hay alguna posibilidad de que nos hicieras una visita guiada por Stonehaven? —Sus ojos se fijaron en la puerta de la cocina y el oscuro pasillo más allá—. Me encantaría ver el resto de la casa.
«Seguro que sí», pensé. Me la imaginé pasando los dedos con codicia por las superficies de las propiedades de mi familia y me vinieron ganas de echarme a temblar. ¿Iría a meterse los cubiertos de plata en los bolsillos cuando yo no mirase? No iba a permitir que hiciese algo así.
—¿Después de la cena? Casi he acabado de cocinar.
Pero me tomé mi tiempo, y la observé de reojo mientras preparaba el puré y echaba sal al coq au vin. Para cuando llevé la comida a la mesa, ella se estaba acabando el martini.
Nos sentamos y serví el vino, una botella polvorienta de Domaine Leroy que había encontrado en la bodega. Un vino desafiante, todo humo y cuero,
de los que solo alguien con un paladar refinado (y no, supuse, la hija de una camarera de casino) podría apreciar. Michael alzó su copa y la acercó a la mía: «Por las nuevas amistades». Me miró por encima del borde y la mantuvo tanto rato que me pareció inevitable que Ashley se diera cuenta.
Pero no pareció enterarse. Se inclinó sobre la mesa y chocó su copa contra la mía, tan fuerte que creí que se iban a romper.
—A veces el universo te junta con alguien a quien sabes que estabas destinada a conocer —dijo con falsa sinceridad. Sentí ganas de escupirle a la cara, pero sonreí dulcemente. Dio un sorbo a su vino y puso cara de disgusto. Plebeya.
Empezamos a comer en silencio. Ashley apenas pudo dar unos pocos bocados antes de que se le pusiera la cara blanca. Cogió la servilleta y se la llevó a los labios. Miré con frialdad cómo se levantaba de su silla.
—¿Dónde está el baño? —preguntó.
Señalé hacia la puerta.
—Hay un tocador siguiendo el pasillo, tercera puerta a la derecha.
Salió apresuradamente, tropezando mientras le venían arcadas, la mano apretada contra el estómago.
Puse la expresión adecuada de preocupación y me volví hacia Michael.
—Espero que esté bien. Que no haya sido por la comida. —Examiné el guiso en mi propio tenedor con descreimiento científico.
Michael la miraba, un poco confuso.
—No creo que sea eso. Yo estoy bien. Ahora vengo. —Se levantó y desapareció por el pasillo.
Me tomé otra copa de vino y después cogí la de Ashley y vertí el contenido en la mía. ¿Por qué desperdiciar un buen caldo? Ella no iba a acabársela. Unos minutos después, los dos volvieron a aparecer por la puerta. Ashley estaba pálida y temblorosa, con el sudor bajándole por la frente.
—Creo que tengo que volver a la cabaña y acostarme —dijo con un suspiro.
—¿Qué pasa? —Mi voz fue suave y melosa como el helado de dulce de leche que había guardado en el congelador para tomar de postre con Michael. Me quedé mirándola y preguntándome cuál de los siete posibles
efectos secundarios (según internet) estaría experimentando. Era obvio que había vomitado. ¿Y en cuanto al aturdimiento, la diarrea, la disminución de pulsaciones, la dificultad para respirar? Le había puesto las gotas suficientes como para hacerla enfermar, que tuviera que irse, pero no como para que entrase en coma; me aseguré de eso (aunque es cierto que la idea me tentó).
Michael estaba a su lado, un brazo en la espalda de Ashley mientras a ella le venían más arcadas. Le susurró algo al oído y ella negó con la cabeza. Se volvió de nuevo hacia mí.
—Lo siento mucho, pero me temo que tendremos que acortar la velada.
Vaya. Ese no era el plan; se suponía que ella tenía que irse sin él.
—Pero ha quedado tanta comida… Michael, quizá puedas pasar a buscarla más tarde.
Ashley se lo estaba quitando de encima. Consiguió erguirse y coger el abrigo del gancho al lado de la puerta.
—No, Michael, tú quédate y come. Sería una lástima tener que tirar la comida después de todo lo que ha cocinado Vanessa. Total, voy a meterme en la cama.
Michael la miró a ella y después a mí.
—Vale. Si insistes. No voy a estar mucho rato más.
La piel de Ashley había adquirido un tono verdoso. Ni se molestó en contestar a lo que dijo Michael; abrió la puerta y salió apresuradamente a la noche. Miramos por la ventana como seguía el camino bajo la lluvia. Antes de que desapareciera de la vista la vi encogerse y vomitar sobre unas azaleas. Parpadeé, sin saber si Michel saldría a por ella, pero quizá no la vio porque ni se movió.
O sí que la vio pero no le importó.
Nos quedamos a solas. Me volví para sonreírle; casi me dio un ataque de timidez. Cogí otra botella de vino y el sacacorchos.
—Bueno —dije—, ¿quieres hacer la visita completa?
Michael me siguió por las habitaciones de la mansión, copa en mano, mientras yo le iba explicando atropelladamente la historia de Stonehaven, las leyendas familiares pasadas de uno a otros herederos Liebling.
—La casa fue construida en 1901. Se dice que mi tatarabuelo contrató a doscientos trabajadores para que pudiera estar lista en un año. En la época fue la más grande del lago. La familia solo venía en verano, pero tenía un equipo de veinte personas viviendo todo el año para mantenerla.
Encendí las luces de cada una de las habitaciones por las que pasamos; confiaba en que así la casa pareciera más feliz y acogedora, pero las viejas lámparas de la pared no llegaban a iluminar los rincones, que quedaban entre sombras. Era la primera vez que entraba en muchas de esas salas desde que había vuelto aquí, y parecía que la criada tampoco había estado mucho. Había gruesas capas de polvo en los muebles, el viejo cuarto del bebé olía mustio y las cortinas de una de las habitaciones de invitados tenían manchas.
A Michael no parecía molestarle lo descuidada que estaba Stonehaven.
Más bien parecía fascinado por todo lo que veía; seguramente debido a su familia y su educación, sabía sobre muchas de las cosas. Siguió tomando sorbos de su copa mientras pasábamos, y me iba preguntando por objetos concretos y de dónde venían: las sillas Luis XVI pintadas a mano que había comprado mi abuelo, el antiguo bodegón de las escaleras, el reloj en oro y alabastro del estudio. Se quedaba un rato en cada sala y miraba de cerca los cuadros, tocaba los paneles de las paredes, miraba detrás de las puertas y dentro de los armarios. A veces me volvía a media frase y descubría que él seguía en el cuarto del que yo acababa de salir, examinando las antigüedades.
Pero yo no quería hablar de antigüedades.
Hice que mi habitación fuera la última. Conduje a Michael hasta las grandes puertas de madera.
—¿Ves ese escudo de armas con la cabeza de jabalí y la guadaña? Es de los antepasados de la familia, en Alemania. —O eso era lo que me había dicho la abuela Katherine. Siempre sospeché que no era cierto del todo, pero el amor propio hace que los mitos se conviertan muy fácilmente en realidades.
Michael pasó un dedo por el grabado.
—En esta casa hay mucha historia.
Nos quedamos el uno al lado del otro, admirando la puerta. Fue un momento repleto de una magnífica tensión («¡Entramos en el dormitorio!
¡Ahí está la cama!»). Me pregunté si contárselo todo entonces o más tarde, y cómo podría revelar mi historia con su novia sin alejarlo.
—¿Hace mucho que Ashley y tú sois pareja? —Me oí preguntarle.
Me miró de lado, sorprendido. Le leí los pensamientos: «¿A qué viene que preguntes ahora por ella?».
—No mucho. Unos seis meses u ocho.
—¿Cuánto la conoces?
—Qué pregunta más rara. ¿Cuánto conozco a mi chica? —Frunció el ceño, sin dejar de pasar el dedo por la madera de la puerta—. ¿Por qué lo preguntas?
—Solo por curiosidad.
Era cierto: a pesar de todo sentía curiosidad. Pensé en todo lo que quería saber sobre Ashley-Nina. ¿Dónde había estado tantos años? ¿Cuándo adoptó el personaje de Ashley Smith y por qué? ¿Era una estafadora, como su madre? ¿Y qué pasaba con esta, seguía por ahí, la había atrapado la policía? ¡Cómo deseaba que Lily Ross hubiese sufrido! Y quizás así había sido: recordé aquella historia de lagrimita que Ashley me había contado en la biblioteca sobre su madre «enferma»; ¿también había sido mentira? No sé por qué, yo sospechaba que no. Algo en su forma de hablar, y las lágrimas… me parecieron auténticas. Claro que hasta entonces me lo había tragado todo.
—¿Conoces a su familia? Ashley me dijo que su madre está enferma, y me pregunto qué le pasará.
—¿Eso te dijo? —Michael frunció el ceño—. Humm. La verdad es que no estoy seguro del todo. Es algo crónico.
Así que era cierto. O eso, o también le había mentido a él.
—¿No la conoces?
Negó con la cabeza sin dejar de mirar la puerta.
—No. Vive lejos y no la hemos visitado desde que somos pareja.
Íbamos a ir por Navidades. —Agarró el pomo y levantó una ceja—.
¿Entramos?
Abrió él mismo, pero entonces se detuvo. La habitación era cavernosa, el corazón rojo terciopelo de la casa. Las paredes estaban cubiertas con paneles de caoba decorados con el mismo escudo heráldico, el hogar de la chimenea era más alto que yo, y la pièce de résistance era una enorme cama tallada con un dosel digno de la realeza. Varias ventanas daban al lago; normalmente presentaban una vista espectacular, pero en aquel momento lo único visible era la lluvia y la oscuridad más allá.
Michael rio.
—¿Esta es tu habitación?
—¿Qué te imaginabas?
Negó con la cabeza.
—Algo más moderno y femenino. Más… como tú. Vaya tontería.
«¡Me ha estado imaginando en mi habitación!». Me encantó saberlo.
—En esta casa no. Aquí no hay nada moderno en ninguna parte.
Miré cómo examinaba la habitación, los objetos en las estanterías y el cuadro de Venus y Hefesto, y abría las puertas con detalles de nogal del enorme armario. Contempló las cajas de mudanzas y bajó la cabeza para leer las etiquetas.
—¿Todavía no las has abierto?
—¿Para qué? Aquí no necesito nada de eso; no veo por qué sacarlo.
—Sigues buscando una razón para irte. —Dio un último trago a su copa de vino—. O para quedarte.
—Quizá tengas razón. —Y entonces, sintiéndome decidida (¿o quizás era que estaba un poco bebida?)—: ¿Puedes darme una tú?
—¿Para qué, para quedarte o para irte?
Se volvió y contempló la cama en toda su monstruosa gloria. Me pregunté si estaría imaginándose a nosotros dos en ella, desnudos, nadando en terciopelo; desde luego, yo sí que me lo imaginaba. Fuera, la lluvia se había convertido en granizo y golpeaba en el techo. Una rama de árbol azotada por el viento rascaba contra la ventana como intentando entrar al calor de dentro. Michael cerró los ojos y recitó un trozo de un poema, en voz tan baja que tuve que acercar la cabeza para oírlo.
Viento del este, ¿cuándo soplarás para que la lluvia pueda caer?
Ojalá tuviese a mi amor entre los brazos
y en mi lecho de nuevo.
Abrió los ojos y me observó desde el otro lado del gran mar de terciopelo.
De nuevo me hizo sentir como si estuviese mirando en el interior de mi cabeza. Los martinis y el vino me habían afectado, pero la electricidad que había entre nosotros no era una invención mía.
—¿Eso lo has escrito tú? —le pregunté.
No contestó. Dio la vuelta a la cama y se me acercó, sus pálidos ojos aún concentrados en los míos. La frontera entre mi cuerpo y la habitación que me rodeaba parecía borrosa. Temblaba de deseo. Aquel era el momento, iba a besarme. Pero entonces, cuando estaba a menos de un metro de mí, su mirada cambió; ya no me miraba a mí sino por encima de mí, hacia la puerta. Siguió andando y me pasó de largo. El sonrojo de la emoción se disipó, dejándome un nudo de decepción. ¿Iba a resultar que sí que había estado todo en mi cabeza?
Aun así, me pasó tan de cerca que sentí el calor de su cuerpo y, ¿fue eso?, sí, su mano rozó la mía, apenas la punta de un dedo con mi meñique.
Mantuvo la mano durante un segundo muy significativo. Entonces soltó un suspiro —el de un corazón roto, el de la vida que conspira contra uno— y se alejó.
No era mi imaginación. En absoluto. Por supuesto que no. Ya me lo había dicho dos días antes en la sala de juegos: «Te veo».
«Aunque, si me ve, también verá mis cosas más horribles, las que es imposible que le gusten a nadie.
»O quizá sí las ve y le gusto igualmente».
Era el momento; debía confesar.
—Oye, tengo que decirte algo —empecé a decir. Pero él estaba mirando su reloj y mi voz era demasiado débil, demasiado tímida, demasiado
afectada por la ginebra. No me oyó, fue hasta la puerta y la abrió. Me dirigió una sonrisa triste y me dedicó una reverencia.
—Las damas primero.
Dudé, pero por fin salí al pasillo, aturdida por el deseo y el alcohol y la confusión. Estaba a medio bajar las escaleras cuando me di cuenta de que no lo tenía detrás. ¿Qué estaba haciendo aún allá arriba? Una mínima esperanza: «Quizá me esté dejando un mensaje».
Pero un momento después apareció en el rellano.
—Lo siento, Vanessa. Han pasado horas. Tengo que ir a ver si Ashley está bien, o se me va a comer vivo.
Bajó las escaleras apresuradamente y fue hacia la parte trasera de la casa. Lo seguí mientras me maldecía por haber perdido otra oportunidad:
«¡Boba! ¡Cobarde!». Y así desapareció de repente entre la oscuridad líquida del jardín. Lo único que quedó de él fue un charquito de pedrisco donde dejé la puerta abierta demasiado tiempo mientras lo miraba alejarse.
Después de que se fuera, la casa volvió a ser una isla desierta en la que yo había naufragado por segunda vez. Tiré a la basura los restos del coq au vin y limpié el charco de pedrisco. Dejé los platos para cuando viniera la criada al día siguiente por la mañana. Solo después de hacer todo eso me permití subir a la habitación y mirar si Michael me había dejado algo.
No había ninguna nota escrita a toda prisa en la que me confesara su deseo prohibido, nada en la superficie de terciopelo, nada dejado sobre un mueble, nada escrito con el dedo en el espejo del baño. Pero mi corazón se saltó un latido cuando miré en la cama: había un hueco en la almohada que estaba segura de no haber dejado yo.
¿Se habría tumbado e imaginado que yo estaba a su lado?
Me acosté, inspiré hondo y ¡sí! sentí su olor, humo y limón. Su champú, impregnado en la tela de mi almohada.
Cerré los ojos y reí.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, la luz había cambiado. Durante la noche el pedrisco se había convertido en nieve. El silencio se había adueñado de Stonehaven, como si alguien hubiera tirado una manta sobre la
casa. Me levanté, temblando en mi fino camisón, y subí la guillotina de la ventana. La nieve caía suavemente sobre las agujas de los pinos. Abajo, el jardín era una manta de patchwork sin colores puntuada por helechos helados. El lago estaba gris e inmóvil. Al respirar, el aire frío me hizo arder los pulmones.
Bajo mis pies, las escaleras eran traicioneras. Tenía una resaca horrible.
Abajo, la cocina seguía pareciendo una zona de guerra, y un texto de la criada me informó de que no iba a poder venir por culpa de la nieve que cubría las carreteras. Me preparé una taza de café y fui a tumbarme al sofá de la biblioteca mientras estudiaba mi siguiente movimiento.
Mi móvil sonó al recibir un mensaje de Benny: Qué? Es ella? Nina???
Le contesté: No pude preguntar.
Un fuerte golpe en el porche trasero me sobresaltó. Michael. Fui a la cocina y miré por la puerta. Me sorprendió ver ahí parada a Ashley. Parecía recuperada del todo. Le abrí.
—¿Ya te sientes mejor?
—Como nueva —respondió—. Fuera lo que fuese, se me ha pasado.
Su cara había vuelto al color habitual y tenía el pelo recién lavado; se la veía radiante y saludable y joven. Tenía mejor aspecto que como yo me sentía, cosa claramente injusta. ¿Cómo podía haberse recuperado tan rápido? Debería haberle puesto más en la bebida.
—¿Crees que la cena te sentó mal?
Ella se encogió de hombros y me miró desde debajo de sus largas pestañas. Me pregunté si sospecharía algo.
—Quién sabe. A veces el cuerpo es un misterio, ¿eh?
—Bueno, pues me alegro de que estés mejor. Te echamos de menos en la cena. —«No, no te echamos de menos. Ni lo más mínimo».
—Michael me contó que os lo pasasteis muy bien —dijo—. Qué lástima que me lo haya perdido. Espero que podamos repetir muy pronto.
Miré por encima de su hombro, en dirección a la cabaña. ¿Vendría Michael por sí mismo? Necesitaba darle una excusa para volver y tenerlo solo para mí.
—Mañana.
Ella sonrió.
—¿Puedo pasar?
Dudé. No estaba segura de querer quedarme a solas con ella. Pensé en la pistola que había guardado bajo la almohada.
—Voy a vestirme.
—Por favor, no te molestes por mí. Es solo que… quiero hablar contigo.
Un punto de adrenalina. «¿Es que va a confesarme su verdadera identidad?». Abrí más la puerta y la invité a entrar. Ashley se quitó las botas y se quedó en la entrada, la nieve cayéndole de la chaqueta. Miró hacia el desastre de platos y botellas de vino vacías.
—Vaya, sí que os divertisteis anoche. ¿Cuántas botellas os tomasteis desde que me fui? Michael volvió totalmente bebido; ahora veo por qué.
¿Estaba celosa? «Con buena razón».
—Hoy tenía que venir la criada, pero se ha quedado aislada por la nieve, pobre. Aún no he llegado a los platos. —Cogí la copa que tenía más cerca y la dejé en el fregadero.
Ella me observó con una pequeña sonrisa, como si supiera perfectamente que yo no tenía la menor intención de limpiar todo aquello.
—Voy a decirle a Michael que venga. Él hizo el desastre, él tiene que ayudarte a arreglarlo.
Negué con la cabeza, aunque en secreto pensé: «Oh, sí, hazlo, por favor: danos más tiempo a solas». Me latía la cabeza, como si alguien hubiese llevado unas tenazas a mi cabeza y fuera sacando trocitos de cerebro. Ella no parecía especialmente ansiosa. ¿Iba a confesar o no? Y, si lo hacía,
¿podría seguir odiándola? Me dejé caer en una silla, apreté un dedo sobre la vena que latía fuerte en mi sien y esperé.
Ashley se sentó a mi lado, tan cerca que casi chocamos con las rodillas.
Se inclinó hacia mí con gesto conspiratorio. Esperé oír palabras como
«Tengo que ser sincera contigo. No me llamo Ashley Smith».
—No estoy segura de si Michael te lo dijo anoche; a veces es muy celoso de su intimidad. —Dibujó una curiosa sonrisa que me hizo ver que aquella no iba a ser la confesión que esperaba—. Me ha pedido que me case con él. Estamos comprometidos.
Empecé a ver cada vez más puntos rojos; me cegaron. ¿Estaban comprometidos? ¿Por qué haría él algo así? ¿Cuándo fue? ¿Por qué con
ella? Su sonrisa se le quedó como congelada mientras esperaba mi respuesta; me di cuenta de que yo había tardado un segundo de más en contestar. Abrí la boca y me salió un horrible chillido.
—¡Increíble! ¡Fantástico!
No me parecía ni increíble ni fantástico.
Pero mis aullidos debieron de ser convincentes, porque ella se puso a hablar y hablar y hablar. Me contó que él había hincado la rodilla a la entrada de la cabaña del jardinero mientras miraban el lago, la misma noche en que llegaron; que tenía un anillo heredado que había sido de su abuela; que Michael había llorado al dárselo. Se quitó un guante y adelantó una mano, y ahí estaba, una gran esmeralda talla cojín rodeada de diamantes; a juzgar por el color no era muy prístina, pero el conjunto resultaba bastante bonito.
Merde. Demasiado tarde. Ya le había engañado.
Siguió y siguió hablando de lo tímida que era, de lo incómodos que le resultaban la ostentación y el dinero (¡anda ya!). Apenas la escuché mientras veía cómo se le deslizaba el anillo por el dedo. Pensé: «Pero si ni parece que ella le guste tanto a Michael. Estoy segura. No tienen nada en común. Me quiere a mí. ¿Cómo es posible?». Aún estaba hablando, sobre su miedo a que se le cayera el anillo, de su necesidad de ajustarlo, de cómo hasta entonces no podía llevarlo porque le preocupaba demasiado el perderlo, así que ¿podía guardarlo yo en la caja fuerte? Para que estuviera sano y salvo.
—¿Mi… caja fuerte?
Asintió.
Por supuesto que yo tenía una caja. La del estudio, donde mi padre guardaba dinero para un caso de necesidad. Recordé el día, hacía años, en que me llamó allí y la abrió para mostrarme los montones de billetes de cien pulcramente apilados. «Cariño, si alguna vez necesitas dinero de emergencia, aquí está. Hay un millón de dólares. En la caja de la casa de Pacific Heights tengo otro».
Entonces me pregunté para qué iba a necesitar yo tanto dinero en metálico. ¿En qué clase de problemas creía él que podía meterme? Benny
acostumbraba a robarle de allí, de cien en cien, como si aquello fuese su hucha personal.
Por supuesto, ahora la caja estaba vacía. Como todo el dinero de los Liebling.
Ah, aún no había mencionado esto, ¿verdad?: estoy arruinada, pelada, no tengo un centavo. Que no te engañen las apariencias: tras la muerte de mi padre, cuando sus socios me mostraron las cuentas me sorprendió ver que estaba al borde de la bancarrota. Por lo visto, ya desde antes de la muerte de mi madre había hecho malas inversiones y había perdido grandes cantidades de dinero, incluyendo un enorme casino en la costa de Texas que fue destruido por los huracanes. También tenía deudas de juego, partidas de póker con apuestas millonarias que perdió una semana tras otra, según un libro negro de contabilidad que encontré en su escritorio.
Entonces recordé y lamentablemente comprendí por fin la pelea entre mis padres que había oído por los conductos de la calefacción: «Tus adicciones van a destrozarnos a todos. Mujeres, cartas, y a saber qué más que me escondes».
El fondo del que habíamos estado sacando dinero Benny y yo estaba casi vacío, agotado por el coste de su institución y mi lujoso estilo de vida de Instagram. Ni siquiera las acciones de la familia en el Liebling Group valían mucho. La empresa nunca había llegado a recuperarse de la recesión, las deudas eran descomunales, y a fin de cuentas habían sido tan repartidas a lo largo de las generaciones que ninguna rama de la familia tenía más que un mínimo. Benny y yo no podríamos vender ni aunque quisiéramos.
Lo que nos quedó tras la muerte de papá: la casa de Pacific Heights, Stonehaven y todo lo que había entre las paredes de estas. Benny heredó la primera, que sacamos al mercado enseguida para cubrir los gastos de mi hermano; y yo, como ya sabes, me quedé con la segunda. No era poca cosa: sobre el papel seguía representando una fortuna, aunque bastante más modesta de lo que yo esperaba.
Pero eso no tenía en cuenta el coste de mantener Stonehaven, cosa que descubrí al llegar al lago Tahoe la primavera anterior. Solo la limpieza era
un trabajo a jornada completa. Y después estaba el mantenimiento general, el jardín, el sacar la nieve en invierno. Había que reparar el viejo garaje de barcos, cambiar el tejado y los paneles exteriores de madera, que se estaban pudriendo. Además, las facturas del gas, la electricidad y el agua eran astronómicas. ¡Y los impuestos de la propiedad! En conjunto, Stonehaven amenazaba con costarme una cantidad de seis cifras al año.
Con los patrocinadores de V-Life huyendo en tropel, yo tampoco contaba con ingresos consistentes.
Podía haber vendido el arte y las antigüedades de la mansión, sabía que era lo que debería hacer, pero cada vez que empezaba un inventario para enviarlo a Sotheby’s me echaba atrás. Igual que la casa, eran mi legado y el de Benny (además del de mis tíos y tías y primos con los que yo apenas tenía relación pero sí me sentía en deuda). Si lo subastaba o lo vendía todo,
¿no haría desaparecer mi propia historia?
Y si hacía desaparecer mi historia, ¿qué me quedaría?
Decidí alquilar la cabaña del jardinero y solucionar dos problemas a la vez, la soledad y los ingresos, y así fue como inicié la sucesión de eventos que me llevaron a estar en la cocina de Stonehaven, furiosa mientras miraba el anillo de compromiso de Nina Ross.
En todo caso, desde luego que había mirado en la caja fuerte en cuanto llegué a Stonehaven, y los montones de dinero que recordaba ya no estaban.
No era de extrañar; seguro que en realidad el «dinero para emergencias» de papá era para las apuestas, así que se lo habría pulido en partidas de póker en casinos por toda la frontera, donde Lily Ross le servía cócteles con acompañamiento de chantaje. Lo único que nos dejó en la caja fue un montón de papeles viejos y los de propiedad de la casa, además de lo poco que quedaba de las joyas de mamá, que enseguida mandé a subastar al mismo lugar al que le había vendido el resto.
¿Es que aquella mujer creía que había tesoros ocultos en la caja fuerte?
¿Era eso lo que buscaba? De ser así, iba a llevarse un buen chasco. Me hubiese reído a carcajadas si no fuese porque intentaba contener las lágrimas.
Tenía algo pesado en una mano. Miré y vi que Ashley se había quitado el anillo y me lo había puesto en la palma. Sorprendida, cerré los dedos.
—Por favor —dijo—. Confío en que lo guardes por mí.
Miré mi puño cerrado y después a ella. Me sentía exhausta y superada y confundida. Y entonces —«Oh, no, otra vez no»— me eché a llorar. Por mi padre, que hizo lo que pudo por nosotros pero lo fastidió todo, y por todo lo que habíamos perdido, pero más que nada por la injusticia de que fuera ella la que iba a casarse con él, no yo.
Levanté la vista. Ashley me estaba mirando. ¿Esa expresión afectada era de verdadera preocupación o estaba regocijándose de mi infelicidad?
Dudó, pensó un momento y después posó una mano en la mía.
—A principio de año tú también estabas prometida, ¿verdad? —dijo en voz baja, con suavidad—. ¿Qué pasó?
Pensaba que yo lloraba por Victor. Casi me dio risa.
—¿Cómo sabes de mi prometido?
—Por tu Instagram. Lo encontré enseguida.
—Ah, claro.
Solté la mano y me limpié la cara. Ashley acababa de cometer un error: antes me había dicho que no usaba las redes sociales. Era obvio que me había estado siguiendo a distancia. Pero ¿cuánto tiempo? ¿Para qué? Me la imaginé haciendo clic en mis fotos, entreteniéndose con los detalles de mi vida, y me sentí fatal. Es fácil olvidar a toda esa gente invisible en las redes, los que observan en silencio, los que nunca muestran su presencia. No los seguidores sino los mirones. Es imposible saber a quiénes tienes entre tu público o cuáles son sus motivos para mirarte.
—¿Es por eso que te viniste aquí, porque habías roto tu compromiso?
—Por eso me vine aquí —empecé a contestar. Pensé: «No le digas nada.
No te vuelvas vulnerable», pero tenía el pie tan cambiado que las palabras siguieron saliendo de mí—. Necesitaba un cambio de escenario y entonces apareció Stonehaven, en lo que me pareció el momento perfecto. Papá me la había dejado, y pensé, no sé, que quizá sería reconfortante volver aquí, a la vieja casa de la familia. Pensé que era el destino. Pero resultó que me olvidaba de que odio esta casa. Aquí le han pasado cosas horribles a mi familia, cosas que no nos merecíamos.
Me estaba dejando llevar por los sentimientos, estaba siendo demasiado sincera, pero no podía parar; era incapaz de controlar mi necesidad de ser vista y comprendida, incluso —o especialmente— por mi enemiga.
Y, más que eso, quería saber qué era lo que habían hecho ella y su madre. Quería saber al detalle cómo habían destrozado a mi familia. Quería que sintiera lástima de mí y por tanto se sintiese mal consigo misma.
—Stonehaven no es más que un monumento a la tragedia que es mi familia. Todo lo malo que les pasó a mi madre y a mi padre y a mi hermano empezó aquí. ¿Te he dicho ya que él ahora es esquizofrénico? Empezó aquí.
Y mi madre se suicidó aquí. —Señalé hacia la ventana y el lago más allá.
Ashley se puso pálida.
—Por Dios. No tenía ni idea.
«Desde luego que lo sabías», pensé (¿o era posible que no?).
Seguí hablando y hablando; no era capaz de detenerme. Afloraron años de dolor e inseguridad y dudas sobre mí misma. ¿Por qué se lo estaba contando precisamente a ella? Porque a la vez me sentía bien, muy bien, desprendiéndome de mi fachada y exponiendo la verdad de ser yo.
—Soy la jodida Vanessa Liebling. —Me oí decir—. Quizá hay cosas en mí que no funcionan, quizá no merezca comprensión.
Cuando la miré, Ashley ya no se encontraba en el rostro de la mujer que tenía ante mí; la que estaba era Nina, contemplándome inmóvil con sus ojos oscuros. Esperaba que dibujara una mueca de disgusto con los labios o hiciera un gesto frío y calculador. Pero se acercó más y me habló con una voz que nunca le había oído.
—Déjalo. Y deja de pedirle a la gente que te diga que te lo mereces.
¿Qué te importa lo que piensen? Que les den por culo a todos.
Su comentario me cayó como un cubo de agua fría. Me dejó sin palabras. Nadie me hablaba así, ni siquiera Benny. ¿Lo había dicho en serio? (¿Y podía ser que tuviera razón?).
—¿Que les den por culo a todos? —repetí sin énfasis.
Miró el anillo en mi palma y pareció ponerse a hacer cálculos mentales.
Cuando volvió a fijarse en mí Nina había desaparecido de nuevo, sustituida por Ashley, con su sonrisita y su falsa empatía y sus pegajosas recetas para la serenidad. Empezó a enrollarse sobre la necesidad del mindfulness y el
cuidarse a una misma y de repente no pude soportarlo más. ¿Cómo se atrevía a darme consejitos para estar centrada en paz? Me levanté abruptamente.
—Vale. Voy a guardar el anillo en la caja fuerte —dije, aunque solo para recordarme a mí misma que no tenía que tirárselo a la cara.
La caja estaba detrás de un cuadro en el estudio de mi padre, una escena de caza inglesa con unos aristócratas muy serios con pelucas y plumas en el sombrero, sus perros atacando a un zorro aterrorizado. Tiré del cuadro, tecleé la fecha de nacimiento de mi hermano y abrí.
Le había pasado mi calor al anillo. Lo sostuve y le di la vuelta, pero la luz de los apliques era demasiado suave como para hacer que las piedras brillaran. Lo deposité en la caja y cerré la puerta con una pequeña sensación de satisfacción.
Tenía su anillo. Lo siguiente era hacerme con su prometido.
Otra noche, otra comida con el enemigo.
Pero esta sería diferente. Estaba más que harta de tanto engaño. Era hora de destaparlo todo. Decidí no reparar en gastos para poner en su lugar a la impostora, y monté una cena digna de los Liebling. Contraté una empresa de cáterin de South Lake Tahoe para que prepararan un banquete de seis platos y contraté servicio que sirviera y limpiara, porque desde luego que no deseaba tener que servir a Nina Ross o limpiar su lápiz de labios de mi cristal.
Yo era la señora de Stonehaven; había llegado el momento de comportarme como tal («¡Basta de defectos! ¡Basta de pensar que no soy digna!»). Quería que Nina viese todo lo que ella no era, que ardiese de envidia sabiendo que nunca sería una Liebling por mucho que lo deseara. Y
a la hora de los postres iba a revelar su verdadera identidad y hacer mío a Michael.
Antes de que vinieran a la cena saqué las cajas de mudanza de su rincón en mi habitación y las abrí. Rebusqué por entre los vestidos que llevaban ya casi un año ocultos en la oscuridad: de cóctel, de campo, para la fiesta y para el club, para el día y para la noche y para todos los momentos entre
medio. Los saqué uno a uno y los extendí todos por la sala. Pilas de seda y raso y lino, en rosa y oro y amarillo, todo un arcoíris de tela sobre la cama, en el sofá y por fin sobre la alfombra. La ropa insufló vida a la vieja y apolillada habitación, como si hubiese abierto las ventanas y hubiera dejado entrar aire fresco. ¿Por qué no había abierto antes las cajas? Cada vestido era un viejo amigo, todos ellos ligados a recuerdos visuales concretos, datados e inmortalizados en mi cuenta de Instagram: el de ganchillo que me puse para la sesión en la playa de Bora Bora, aquel que llevé para desayunar en el balcón de mi suite del Plaza Athénée, el de lentejuelas que vestí en el muelle del Hudson.
Desenterré un vestido de raso de color verde que llegaba hasta el suelo y que había llevado a una fiesta de Gucci en Positano. Nos habíamos hecho fotos de camino, en el barco (¡veintidós mil Me gusta! ¡Casi un récord!).
¿Tan solo hacía dieciocho meses de eso? Parecía que hubiese pasado toda una vida.
Me pasé el vestido por la cabeza y me contemplé en el espejo. Estaba más delgada que antes y el moreno se me había ido hacía tiempo, pero ahí se encontraba ella de nuevo; me alegró verla mirarme: Vanessa de V-Life, fashionista, bon vivant, #privilegiada, había vuelto. No, no iba a preguntarle a nadie si yo era digna: sabía que lo era.
La cena fue de lo más incómoda. Bebí demasiado y hablé muy alto. Ashley apenas dijo nada, y se dedicó a mover la comida de un lado al otro del plato con el tenedor. Solo Michael parecía relajado, acomodado en su silla y ofreciéndonos historias de su infancia en Irlanda mientras devoraba todo lo que le ponían delante.
Vi que los dos evitaban mirarse. De vez en cuando sus ojos se encontraban e intercambiaban expresiones indescifrables. Me pregunté si se habrían peleado. Me encantó la idea.
La camarera descorchó una botella de champán francés sacado de la bodega de Stonehaven. Michael y yo tomamos una flauta cada uno, pero Ashley puso una mano sobre la suya para que no le sirvieran («Aún me estoy recuperando de la indigestión», dijo). Los platos iban llegando uno
tras otro: el amuse-bouche, después un plateau de fruits de mer, seguido de una ensalada y una bisque de tomate. Ya llevábamos una hora y aún teníamos que acabar los entrantes… y yo tenía que encontrar la manera de quedarme a solas con Michael. Ashley no dejaba de mirar el reloj, como si aquello fuera una tortura que no veía la hora de que acabara. Yo ya sabía que todo era un poco demasiado, pero disfrutaba con la cara de incomodidad de Ashley. A Michael, por el contrario, no parecía importarle tanta formalidad; pero, claro, él también había crecido con dinero.
Después de que ella se fuera iba a contar los cubiertos, por si acaso.
Por fin nos sirvieron el plato principal, salmón salvaje asado con naranja roja. En la mesa se hizo un momento de silencio mientras levantábamos los tenedores y preparábamos el estómago para enfrentarnos a un plato más.
La quietud se vio interrumpida por el leve trino de un móvil. Ashley palideció y soltó los cubiertos.
—Por Dios, olvidé ponerlo en silencio.
Lo sacó del bolsillo trasero de sus vaqueros, sin dejar de disculparse.
Cuando miró la pantalla abrió los ojos como platos. Se levantó de repente.
—Lo siento mucho; tengo que contestar.
Mientras abandonaba la sala con el aparato contra el oído le dedicó una mirada significativa a Michael y dijo con los labios, sin sonido, una única palabra: «Mamá».
«Lily», pensé, y el corazón me dio un saltito en el pecho.
Michael y yo la oímos adentrarse en Stonehaven, el ruido de su voz cada vez más lejano, hasta desaparecer y quedar todo en silencio.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Su madre?
—No estoy muy seguro.
La gasa de mi vestido pareció agitarse contra mi piel. Me di cuenta de que era yo, que estaba temblando. ¿Cuánto tiempo tendríamos antes de que Ashley volviese?
Él carraspeó y me dedicó una mirada tímida.
—Aún no te he hablado del instituto en el que doy clases, ¿verdad? Es un maravilloso grupo de estudiantes, disminuidos pero con tanta curiosidad intelectual… —Se lanzó a un discurso sobre las alegrías de ofrecer
conocimientos a las mentes jóvenes más abiertas; fue un soliloquio tan largo y ruidoso que quedó claro que solo intentaba llenar el vacío.
—Para, Michael.
Eso hizo. Cogió el cuchillo y miró su plato, decidido. Oí cómo la porcelana tintineaba mientras él cortaba un espárrago en pequeños trocitos, clic, clic, clic.
—Michael —repetí.
Se mantuvo muy concentrado en el salmón, como si, de no tener la vista fija en él, el pescado fuera a salir nadando del plato y desaparecer.
—Vaya banquete —dijo en tono casi formal mientras se llevaba un trozo cuadrado a la boca—. Hacía años que no comía así. En Portland es muy difícil encontrar gente que disfrute con una cena formal.
Me acerqué más, tanto que apenas tuve que susurrar para que me oyera.
—No me tengas en vilo. Hay algo entre nosotros, ¿verdad? No estoy loca.
El bocado de salmón se quedó colgando en el aire, camino de su boca, y ahí se quedó, rosado y temblando. Michael miró hacia la puerta, como si Ashley pudiese estar esperando justo al otro lado; entonces se volvió lentamente hacia mí y me miró fijamente. Se acercó aún más.
—No estás loca, Vanessa… pero es complicado.
—No pienso que sea tan complicado como tú crees.
—Estoy comprometido. —Puso cara decidida—. No te lo había dicho.
Y me gusta cumplir con mi palabra. No podría hacerle algo así a Ashley.
Por fin: ahí estaba, la oportunidad que yo había estado esperando.
—Ashley no es quien tú crees.
Le tembló la mano y el salmón se le cayó del tenedor, golpeó la mesa y le dejó pequeños puntitos rosa en el regazo. Se puso a limpiar la mesa distraídamente con su servilleta. Vi la sucesión de emociones que pasaban por su rostro: confusión, alarma, negación.
—Creo que no te he entendido bien —dijo por fin.
Iba a lanzarme a explicárselo todo, doce años de historia solo para él, pero no tuve tiempo: oímos los pasos de Ashley bajando los escalones.
—Tenemos que hablar en privado —le susurré rápidamente. Él seguía mirándome con expresión confusa cuando Ashley apareció por la puerta.
Tenía el rostro rojo y agarraba el móvil con una mano, los nudillos blancos.
Michael se levantó al momento.
—¿Ash? ¿Qué pasa?
Ella miró desconcertada por toda la sala, como si acabase de levantarse y estuviera sorprendida de encontrarse en ese lugar.
—Mi madre está en el hospital —dijo—. Tengo que volver a casa. Ya.
Ashley se fue al amanecer. Vi el BMW abrirse paso por el camino, sobre la nieve fresca. ¿Qué había pasado? ¿Había acabado todo tan de repente? Me sentía casi… decepcionada. Parte de mí deseaba saber qué era lo que había planeado y ver si podía estropeárselo.
¿Y en cuanto a Michael? Con las prisas que siguieron al anuncio de Ashley —nos saltamos el postre y el café; la crème anglaise quedó olvidada en mi nevera mientras los dos corrían a la cabaña a discutir— no tuve tiempo de preguntar si iban a irse ambos.
«Si se va con Ashley es que la elige a ella —pensé—. Si se queda, es por mí».
Ahora, mientras miraba cómo desaparecía el coche, vi que solo había una persona en el viejo BMW. Se iba sola.
Yo había ganado.
Los pinos parecieron rodear el coche. Dobló y se desvaneció.
Fui arriba, cogí la pistola de debajo de mi almohada y bajé a la sala de juegos. Las luces brillaban felices reflejadas en las espadas que colgaban de la pared cuando devolví el arma a su lugar de honor encima del hogar. Ya no iba a necesitarla. («¡Ashley se había ido! ¡Yo había ganado!»).
Sonó la llegada de un texto a mi móvil. Era mi hermano de nuevo.
Deja de tratarme como a un niño. Es Nina o no?
Aún estaba deslumbrada por la victoria. No vi ningún problema en explicarle la situación, ahora que Ashley no estaba en la mansión.
Tenías razón, era ella. Pero ya no está. No buscaba nada bueno, Benny.
Mejor para todos que se haya ido.
Espera. No lo entiendo. Se ha ido? Qué dijo? Por qué fue a Stonehaven?
Me buscaba a mí?
Ni idea. Nunca admitió quién era. Pero no importa, se ha ido y no va a volver.
Se ha ido?? Con su novio?
Su novio se ha quedado. Aún está.
Así que todavía tengo una oportunidad.
Una oportunidad para qué, Benny??
Para MÍ. ¿Ella está en Portland?
Joder, Benny. Ni idea. Pero ella es el pasado. No nos conviene a ninguno. Mejor dejarlo estar y seguir adelante. NO TE VUELVAS
LOCO POR ESTO. No te obsesiones por una chica de tu infancia y de la que no puedes fiarte, vale? Era mala para ti. Entonces y ahora. Te quiero.
Al instante empezó a sonarme el móvil y apareció el nombre de Benny en la pantalla. Lo ignoré. Me puse las botas de lluvia y el abrigo, me pasé un poco de pintura por los labios. Abrí la puerta trasera y salí al jardín. Volvía a nevar. El aire frío parecía disparar agujas contra mi cara; le di la bienvenida, así mis mejillas estarían rosadas y vivas.
Camino de la cabaña del jardinero dejé un rastro de pisadas perfectamente marcadas en la nieve. El lago se extendía ante mí, durmiente y gris. Las ocas habían desaparecido. Las ramas de los pinos temblaban con el peso de la nieve; me caían copos blandos al pasar por debajo.
Michael abrió la puerta de la cabaña tan rápido que me pregunté si me había estado esperando.
—Te has quedado —dije. Él parpadeó.
—Me he quedado.
Soplé en mis manos y me las froté.
—Se llama Nina Ross, no Ashley Smith —dije—. La conozco de hace años, de aquí. Es una mentirosa y una falsa y quiere tu dinero, igual que fue a por el mío. Su familia destrozó a la mía. No puedes fiarte de ella.
Él miró hacia el lago por encima de mi hombro, sus ojos moviéndose de lado a lado, como si buscara algo en la superficie del agua. Entonces suspiró, extendió los brazos y los posó en mis hombros, agarrándolos tan fuerte que me hizo daño.
—Joder —les dijo a los pinos que bailaban por encima de mi cabeza.
Y entonces me besó.
La tormenta rugió, el viento gritó, los árboles se agitaron y protestaron, y entre las paredes de Stonehaven todo estaba a punto de cambiar. Pronto Michael iba a saber tanto como yo sobre su prometida. Pronto la llamaría para romper el compromiso y decirle que no quería que volviese al Tahoe.
Lo oiría gritar al teléfono a seis habitaciones de distancia. Pronto pasaría sus pertenencias de la cabaña a Stonehaven.
Pronto, muy pronto, estaríamos casados.
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