La estafadora

Janelle Brown · Capítulo 15 de 38

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La estafadora

Capítulo 13

A LA CULTURA MODERNA LE ENCANTA IDOLATRAR EL riesgo, como si la norma para todos tuviera que ser desviarse de la norma (dice Oprah, santa patrona de las frases inspiradoras: «Uno de los mayores riesgos en la vida es no arriesgarse»). Lee lo suficiente cualquier biografía de éxito y llegarás a la conclusión de que la grandeza está prácticamente garantizada si haces algo arriesgado e inesperado. Lo que la mayoría no quiere pensar es que solo puedes permitirte correr ese riesgo si antes has tenido suerte.

Durante un tiempo tuve toda la suerte que necesitaba. Uno de los mayores lujos de crecer con dinero es que tienes la libertad de ser impulsiva; si te equivocas, siempre tienes un colchón que te frenará la caída. Los primeros años después de irme de Princeton corrí muchos riesgos. Desgraciadamente, ninguno me acercó especialmente a la grandeza, ni mi intento de financiar películas (dos fracasos, me costaron diez millones) ni la línea de bolsos que diseñé (cerré el negocio antes de un año), ni la marca de tequila que promocioné (mi socio se escapó con el dinero).

Solo me llevaron a la bancarrota.

Para cuando conocí a Saskia Rubansky en una gala en Tribeca (a beneficio de una fundación contra la leucemia infantil a la que mi familia siempre donaba generosamente) yo estaba, como lo decía en las fiestas,

«entre proyectos». Tenía un despacho en el SoHo y decía que era «experta en innovación en internet», aunque eso significaba más que nada que me pasaba los días navegando por la web en busca de inspiración. Mi padre volaba de vez en cuando desde San Francisco para ver cómo estaba y proclamaba a los cuatro vientos lo innovadora e implicada que era su hija, aunque yo notaba por lo mucho que les insistía a todos sobre mi genio que estaba sobrecompensando. Podía oler su decepción, lo veía en cómo evitaba mirarme a los ojos.

Pero no puedo echarle la culpa. Benny estaría perdido en el exilio del Instituto Orson, pero tampoco yo tenía ningún objetivo en la vida, y en mi caso no había excusa.

Sentía como si no hubiese nada que me anclara a la realidad. En una ciudad de ocho millones tenía apenas unos pocos amigos, aunque sí incontables «conocidos y saludados», gente con la que me topaba en mis idas y venidas por el circuito de la alta sociedad. Y es que salía mucho.

Manhattan era un paraíso de cócteles y menús de prueba, galas e inauguraciones, fiestas en azoteas de cristal del midtown. Citas con jóvenes que vivían de sus fideicomisos y gestores de depósitos.

Y eso, a su vez, requería hacer shopping. Enseguida la moda se convirtió en una especie de armadura para mí, una forma de evitar la desgana que a veces amenazaba con vertirse y ahogarme. Vivía para la descarga de serotonina que venía con un conjunto nuevo: un vestido directo del desfile, una bufanda perfectamente ajustada, zapatos que hacían que la gente me mirara por la calle. Ropa de Bill Cunningham. Esa era mi verdadera felicidad. Me pulía casi hasta el último centavo de mi asignación mensual en Gucci y Prada y Celine.

Todo esto es para decir que estaba preparada para recibir el discurso de ventas de Saskia Rubansky.

La gala contra la leucemia de aquella noche se celebró en un loft con vistas al Lower Manhattan. Circulaban camareros con bandejas de canapés, cuidadosos de no pisar las colas de las faldas que se extendían por el parqué. Las velas titilaban en los candelabros. Las estrellas de Broadway hacían como que entraban varias veces para los fotógrafos frente a un muro de rosas blancas, los brazos en jarras con sus vestidos donados.

Saskia destacaba en el mar de mujeres ataviadas de alta costura y perfectamente peinadas. No es que fuera más bella que nadie (en realidad, bajo su gran mata de pelo, su rostro tenía los rasgos muy pequeños) o que fuera mejor vestida (aunque su Dolce & Gabbana con plumas era de lo más top de la fiesta). Era que tenía un fotógrafo siguiéndola solo a ella, documentando cada paso que daba. Mientras avanzaba por la sala se

apartaba los rizos del hombro y reía echando hacia atrás la cabeza, mirando hacia el fotógrafo en el preciso momento en que este disparaba la cámara.

«¿Quién es?», me pregunté. Estaba claro que era alguna especie de famosa.

¿Una cantante sudamericana?, ¿la estrella de algún reality?

En un momento dado me encontré junto a ella ante los espejos del lavabo, donde la mitad de las mujeres de la fiesta se recomponían la pintura de labios y se pasaban toallas de lino por las axilas. Su fotógrafo había quedado relegado al pasillo de fuera. Saskia suspiró mientras se examinaba en el espejo, como soltando presión mientras se preparaba para volver a ser el centro de las miradas. Vio que yo observaba su rostro en el espejo y me dedicó una sonrisa de lado.

Me giré para examinar su perfil.

—Lo siento, ¿debería saber quién eres?

Se acercó más al espejo y se pasó un pañuelito de papel por los labios.

—Saskia Rubansky.

Revisé mi archivo mental de nombres de la alta sociedad, pero no encontré nada.

—Lo siento, no te tengo presente.

Ella lanzó el pañuelito a la papelera y falló; lo dejó en el suelo para que otro lo recogiera. Miré de reojo a la empleada del lavabo y le dediqué una sonrisa, pidiéndole perdón en nombre de Saskia.

—No pasa nada —me dijo ella—. Soy famosa en Instagram. ¿Sabes lo que es?

Sí que lo sabía. Hasta tenía una cuenta, aunque solo con una docena de seguidores (Benny era uno) y no sabía para qué servía en realidad. Fotos de mi nuevo perrito, qué tomaba para almorzar… ¿A quién le importaba eso?

A nadie, a juzgar por la cantidad de Me gusta que obtenía.

—¿Y eres famosa por hacer qué?

Ella sonrió, como si la pregunta fuera una tontería.

—Por hacer esto. —Dibujó un círculo en el aire que abarcó su vestido, su pelo, su cara—. Por ser yo.

Su seguridad en sí misma me desarmó.

—¿Cuántos seguidores tienes?

—Un millón seiscientos mil. —Se volvió poco a poco para mirarme y contemplar mi vestido (Vuitton), mis zapatos (Valentino), el bolso de cuentas (Fendi) que había dejado sobre el tocador—. Eres Vanessa Liebling,

¿verdad?

Más tarde supe que su verdadero nombre era Amy. Era de una familia polaca estrictamente de clase media de Omaha y se había escapado a Nueva York para sacarse el título de diseñadora de moda. Se había presentado cuatro veces al casting de Pasarela a la fama, pero nunca la eligieron. En vez de eso decidió iniciar un blog de «moda de la calle», que poco a poco pasó a ser un feed de Instagram. Al cabo de un año le dio la vuelta a la cámara, y en vez de fotografiar a desconocidos estilosos documentó sus propios llamativos conjuntos. La cantidad de seguidores subió como la espuma. Casi por sí sola dio pie al título « influencer de moda en Instagram».

Saskia se cambiaba de ropa una media de seis veces al día, y hacía años que no pagaba por ninguna pieza. Se autoproclamó «embajadora de marcas» para sandalias, para agua con gas, para crema de piel, para resorts en Florida, para quien fuera que le pagara por promocionarlo incansablemente mientras posaba en conjuntos de diseño. Volaba por todo el mundo en aviones privados que le alquilaban sus patrocinadores. No era rica, pero en Instagram no se notaba la diferencia.

Otra cosa sobre Saskia: no había llegado por accidente. Su apariencia en aquella gala de la alta sociedad era el resultado de años de cuidadoso estudio; de la moda, claro, y del marketing, pero también de los nombres que aparecían en Page Six y Vanity Fair y en el New York Social Diary.

Sabía cuándo le convenía salir en una foto, a quiénes usar como escalones en la escalera que iba ascendiendo. Tenía la fama y buscaba el respeto, de la clase que creía que iba a conseguir acercándose a alguien como yo. Me había calado desde el momento en que llegué a la fiesta.

La verdad es que tenía unos ovarios dignos de respeto.

—Tendrías que probar. Es divertido y consigues muchas cosas gratis: ropa, viajes, aparatos; la semana pasada hasta me mandaron un puto sofá.

—Lo dijo con tono de superioridad, pero irónica—. Ya estás en Instagram,

¿verdad? —Asentí—. Sí, y ya tienes una marca, ya sabes, un apellido de

dinero viejo, prestigio, un estilo de vida; a la gente eso la vuelve loca, la realeza americana y toda esa mierda. —Volvió a guardar el lápiz de labios en el bolso y lo cerró con un snap seco, como si algo se hubiese decidido entre las dos—. Mira, voy a etiquetarte en algunos posts, salimos juntas unas cuantas veces, y este mismo mes tendrás cincuenta mil seguidores. Ya verás.

¿Por qué acepté de inmediato? ¿Por qué le di mi número para que pudiera llamarme al día siguiente y hacer planes para ir a comer ensalada en Le Coucou? ¿Por qué la seguí a la salida del baño y posé con ella frente al muro de rosas, alzando una copa de champán y riendo de un chiste que en realidad nadie había contado, mientras su fotógrafo nos sacaba fotos?

Seguro que a estas alturas ya te lo imaginas: quería ser querida. Como todos, ¿no? Solo que algunas buscamos maneras más visibles de conseguirlo que otras. Me había quedado sin el amor de mi madre, y necesitaba encontrar la misma gratificación en otra parte (eso me dijo una vez un terapeuta a doscientos cincuenta dólares la hora).

Pero también había otras razones. La autoconfianza de Saskia me había dejado alucinada. Yo era la Liebling, la que se suponía que tenía que ir pisando fuerte, y sin embargo, desde el día en que mi madre había saltado del Judybird había ido… sin rumbo. Había noches en que me despertaba sin casi poder respirar y tenía que enfrentarme a la sensación de pánico de que de alguna manera lo había jodido todo para siempre, que era una fracasada total, destacada solo por mi nombre. Que sin eso se me hubiera tragado la tierra y no habría dejado rastro. Me pasé la mayoría de la veintena buscando algo que solidificara mi presencia en el mundo, y lo que hacía Saskia parecía totalmente dentro de mis capacidades. Podría demostrar que era buena en algo.

O quizá fuese que la asumida superioridad de Saskia me hizo sentir que tenía que vencerla en su propio juego.

O quizá fuese tan sencillo como «¿Y por qué no?».

El caso es que, cuando me desperté a la mañana siguiente, descubrí que me había etiquetado en una serie de fotos ( ¡Nueva BFF! Salida de chicas, ayudando a los niños enfermos, ¡cuánta diversión! #dolceandgabbana

#leucemia #bff). En solo ocho horas gané doscientos treinta y dos nuevos seguidores.

Y así encontré mi lugar en el mundo.

No podría decir exactamente cómo pasé de unos pocos seguidores en Instagram a medio millón. Un día cuelgas fotos de tu perro con gafas de sol, y al siguiente vuelas a Coachella en un jet privado con otras cuatro protagonistas de las redes, veinte maletas llenas de ropa provistas por una gran web de moda y un fotógrafo para que documente el momento en que mueves al viento tu vestido de Balmain de la forma precisa mientras simulas tomarte un helado de cucurucho.

El momento Balmain le gustará a cuarenta y dos mil treinta y un desconocidos. Y al mirar los comentarios ( ¡Belleza! ; Eres la mejor; Vanessa te adoro; PRECIOSA) sentirás que tienes más sustancia de la que nunca has tenido, como si de verdad fueras tan glamurosa, una reina de la moda de la jet set con un ejército de amigos y sin la menor duda sobre ti misma. Serás admirada, incluso adorada, más allá de tus sueños más salvajes. Sentirás que de verdad estás viviendo la vida, que todo el mundo quiere ser como tú pero solo unas pocas afortunadas conseguirán acercarse.

¿Si interpretas un papel el tiempo suficiente, puedes convertirte en esa persona sin ni siquiera darte cuenta? Esa persona más feliz y evolucionada que simulas ser, ¿es posible que te haya poseído? Cada día, cuando te disfrazas para una audiencia adoradora de cientos de miles (o, a ver, aunque sea solo para una persona), ¿en qué punto deja de ser teatro y se convierte en ti?

Aún espero encontrar la respuesta a esa pregunta.

Así pasaron varios años, una mancha borrosa de shows de moda y cenas tardías con caviar en restaurantes y paseos por el lago Como con hombres ricos cuyos nombres no tengo razones para recordar. Cuando conseguí los trescientos mil seguidores le conté por fin a mi padre lo que hacía, cosa que no le gustó lo más mínimo.

—¿Que estás haciendo qué? —ladró cuando intenté explicarle qué es una influencer de Instagram. La piel rosada con manchitas de su frente se arrugó, consternada, y su nariz, que se había llenado de venitas y enrojecido con la edad, echaba humo; parecía un toro rabioso—. No te he educado para que vivas solo de tu fideicomiso. Vanessa, lo que estás haciendo no es inteligente.

—No vivo solo de eso —protesté—. Esta es una carrera de verdad.

Era cierto, al menos a juzgar por la gran cantidad de esfuerzo que requería: mi creciente audiencia era voraz y exigía contenido original ocho, nueve, diez veces al día. Contraté a un par de ayudantes para las redes sociales; su principal trabajo era identificar moda y locales instagramizables, antes de que las hordas de aspirantes a influencers los encontraran y los convirtieran en clichés para la clase media americana.

Aunque en cuanto a beneficios económicos… la verdad era que me pagaban más en mercancía que al contado, y el tener empleados siempre hace que los costes se disparen.

Mis nuevas amigas eran un cuarteto de estrellas de las redes. Además de Saskia estaban Trini, modelo de bikinis, descendiente de la nobleza alemana; Evangeline, estilista de famosos cuyo rasgo más destacado era no quitarse nunca, pero nunca, las gafas de sol; y Maya, que había venido de Argentina y era famosa por sus tutoriales de maquillaje en vivo y presumía de tener más seguidoras que las demás. A menudo nos invitaban a hacer cosas juntas: las casas de moda nos mandaban a Tailandia o a Cannes o al Burning Man, donde pasábamos unos días a todo lujo y paseábamos por lugares pintorescos con looks patrocinados. Las chicas comprendían el ritmo de la vida documentada: momentos espontáneos que tenían que ser replicados una y otra vez hasta ser capturados a la perfección. Fingir tomar un sorbo de espresso pero sin beber de verdad porque nos estropearía la pintura de labios. Caminar quince metros sobre la hierba en diez minutos.

Había estudiado a fondo el talento de Saskia: cómo posar como si fuera un pájaro exótico mientras hacía las cosas más mundanas, cómo juguetear con mi pelo mientras hablaba a la cámara para no parecer inerte; cómo ladear la cabeza para disimular mi papada blanda. Aprendí que poner signos de exclamación en los textos era importante para que mi personalidad

online fuera alegre, emocionada, #privilegiada. Me acostumbré a hacer feeds en vivo sobre moda, haciendo que la cámara me resiguiera el cuerpo mientras recitaba con voz ensayada: «Los zapatos son Louboutin, el vestido es Monse, el bolso es McQueen». Las palabras sonaban como un mantra, una manta de seguridad que me protegía del mundo que existía más allá de las ventanillas de mi coche, de las cosas que no quería ver.

Toda mi nueva vida me encantaba, el frenesí de actividad que me tenía en marcha de la mañana a la noche: shows de moda, vacaciones exóticas, festivales de música, restaurantes pop-up. Las redes sociales eran un viaje en una montaña rusa emocional a la que yo estaba ansiosa por subirme cada día. El ver cómo cada nueva publicación (y sus respuestas) convertían pequeñas emociones en ardientes llamas de gratificación me hacía sentir viva. Y sí, leía esos artículos nefastos que decían que la gente como yo éramos poco más que ratas tirando de una palanca y esperando el próximo subidón de endorfina. ¿Me importaba? Bien sûr que non.

Tenía seguidores normales, a los que conocía principalmente por sus nombres de Instagram y los emojis que acostumbraban a usar. ¡Mi propia comunidad personal! Ahora, cuando llegan las horas bajas, repaso los comentarios a mis posts, las sonrisas y besos que me mandaban, y disfruto de los superlativos. Obsesión. Muerte. Codicia. Belleza. Todo. Necesidad.

Amor. Nada en mi nueva vida era vivido a medias; todo era llevado al extremo. Todo el mundo era mis mejores amigos.

Pero después de unos cuantos años así, quizá fuera inevitable, el subidón constante empezó a disminuir. Volvieron los cambios pendulares de ánimo: una semana de fiesta en fiesta en São Paulo era seguida por una semana en la que no podía levantarme de la cama. Volvía de una disco a casa, miraba los veintiocho posts que documentaban mi noche #epica y me echaba a llorar. ¿Quién era esa mujer y por qué no era tan feliz como parecía? A veces, mientras iba en góndola en Venecia o paseaba por una calle de Hanói, estudiaba a los habitantes locales y sus vidas sencillas y privadas, y aunque tuvieran sus problemas que yo ni podía imaginarme, me venían ganas de sollozar de envidia. «¡Imagínate la libertad de ser así de invisible! ¡Imagínate que no te importase nada lo que piensen los demás!».

De vez en cuando, sola en una oscura suite de hotel en otro país u oyendo el murmullo de los filtros de un jet privado, me preguntaba: «¿Hay algo más que esto? ¿He olvidado lo que es vivir el momento? ¿Quién me estará mirando, y de verdad les importo lo más mínimo?». Una nube de tormenta que venía a fastidiar el pícnic. Mientras me dormía me decía a mí misma: «Quizá mañana apague para siempre internet. Quizá mañana me desprenda de todo. Quizá mañana me vuelva una mejor persona».

Pero entonces salía el sol y comenzaba un nuevo día y Gucci me invitaba a la preview de una línea de chaquetas bomber con lentejuelas (¡lo último!) y alguien nos ofrecía llevarnos en avión a su casa de vacaciones en las Barbados y cincuenta mil desconocidos me decían lo increíble que era.

Y toda mi melancolía desaparecía como el chubasco momentáneo que era.

Entonces, unos años después, conocí a Victor.

Yo había cumplido los treinta y cada vez era más consciente de mi fecha de caducidad: mis seguidores se habían estancado en un poco más del medio millón, y había una docena de chicas diez años menores que me habían sobrepasado en el candelero. Cada vez más, al pasear por el barrio, me quedaba mirando melancólica a los bebés que pasaban. Sus madres me sonreían, cómplices, al levantar la vista de sus cochecitos y verme, mientras todos en las aceras se apartaban para dejarles paso, como si fueran poseedoras de algún secreto universal que yo no conocía. Tenían un amor que podían confiar que duraría para siempre: el de sus hijos.

Reconocí ese curioso tirón, el deseo de contar con otra piel suave y manejable. Quizá se tratara de mi reloj biológico, aunque había más que eso: deseaba montar una nueva familia para sustituir a la que había perdido.

Eso era lo que añoraba y eso era lo que conseguiría alejar la molesta sensación de estar perdida. Necesitaba un bebé, y pronto; quizá dos o tres.

Es difícil mantener relaciones cuando estás en una ciudad diferente cada semana, pero hice un esfuerzo y por fin conocí a alguien en una fiesta. Se llamaba Victor Coleman. Su madre era senadora por Maryland y él trabajaba en el mundo financiero, así que en teoría era todo lo que tiene que ser un soltero, un potencial padre de futuros niños. En la cámara también

destacaba; su rostro parecía cincelado y sombreado como en una escultura clásica, su pelo rubio rizado tenía la caída nórdica perfecta, aunque al principio deseé quedármelo solo para mí, más que permitir que mi voraz comunidad lo devorara en los comentarios.

Donde no destacaba nada era en la cama. Nos movíamos torpemente en la oscuridad, buscándonos pero sin llegar a dominar nunca el contacto. Pero en todo lo demás nuestra relación era de lo más cómoda, y nuestros gustos y rutinas bien sincronizados. Hacíamos juntos cosas maravillosamente mundanas: pasear con mi perro, Mister Buggles, comer en Sunday Styles, ver la tele en la cama. Era algo muy parecido a la idea que yo tenía de lo que es el amor.

Por fin Victor se me declaró, durante un paseo matutino por el Central Park primaveral. Clavó una rodilla en la hierba —«Vanessa, eres tan vibrante, tan llena de vida; no se me ocurre una mejor compañera»—, aunque apenas pude oír sus palabras debido al agudo zumbido en mis oídos.

Lo achaqué a la adrenalina.

—Buena jugada, niña —dijo Saskia cuando le conté que estábamos comprometidos. Estábamos sentadas juntas en un spa en Palm Springs, esperando para que nos hicieran unos faciales de células madre tras una larga mañana de posar en bikinis de ganchillo ante piscinas en las que no nos atrevimos a nadar. Nuestra fotógrafa estaba allí cerca, encorvada sobre su portátil, eliminando con Photoshop granitos y bultos y volviéndonos un veinticinco por ciento más guapas de lo que éramos. Saskia dio palmadas como un niño contento—. ¡Oh! Eso te da una línea narrativa totalmente nueva: comprar el vestido de novia, flores, elegir el lugar. Y, por supuesto, montaremos una fiesta de compromiso. Invitaremos a los nombres más importantes de las redes, así que llegaremos a todas partes. Tus fans van a volverse locos. Y piensa en los patrocinadores.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que odiaba un poquito a Saskia.

—Respuesta equivocada —le dije—. Vuelve a intentarlo.

Me miró sin comprender. Hacía poco que usaba extensiones de visón en las pestañas, y eran tan largas que tenía que abrir del todo los ojos para ver algo. Parecía una alpaca sorprendida.

—¿Felicidades?

—Eso está mejor.

—Vale, gruñona. Ya sabes que me alegro por ti. No sabía que tenía que decirlo en voz alta.

—Voy a casarme porque le quiero, no porque vaya a ser una buena historia en Instagram —dije.

Ella se volvió rápidamente y sonrió a la esteticista que se acercaba, pero juraría que la vi poner los ojos en blanco.

—Claro que sí. —Me apretó la mano y se levantó—. Por favor, dime que podré elegir el vestido de las damas de honor. Se me ocurre que hablemos con Elie Saab.

Pero, por supuesto, Saskia tenía razón, y las publicaciones sobre mi compromiso estuvieron entre las más populares de mi carrera. El número de mis seguidores volvió a subir. Al principio Victor se apuntó al asunto, y me dejó llevar a mi ayudante de fotografía en nuestras giras de las salas de recepción del Cipriani y el Plaza. Pero en el momento de probar la tarta, cuando le pedí que hiciera como si me pusiera un trocito en la boca, y ya imaginándome el texto que iba a escribir ( ¡Ensayando para el gran día!

#tartadeboda #dulce), de repente se echó atrás. Miró de lado a mi última ayudante, Emily, una graduada de la Universidad de Nueva York de veintidós años, que estaba con la cámara dispuesta y le había sonreído como para darle ánimos.

—Me siento como una foca amaestrada. —Puso cara de horror.

—No tienes por qué hacerlo si no te apetece.

—¿Y por qué tienes que hacerlo tú? —Metió el dedo en el glaseado de una tarta de mousse de chocolate y frambuesa, hurgó un poco y se chupó el dedo.

Me sorprendió mucho. Nunca antes había expresado dudas sobre mi carrera.

—Ya sabes la respuesta a esa pregunta.

—Solo es que… —Dudó y retiró lentamente el dedo de la boca. Se lo limpió en su servilleta y bajó la voz para que Emily no lo oyera—. Es solo

que creo que puedes hacer más que esto, Vanessa. Eres lista. Tienes muchos recursos. Puedes hacer lo que quieras. Hacer el mundo mejor. Encontrar algo que se te dé bien.

—Esto es exactamente lo que se me da bien —repliqué. Y para demostrarlo me llevé un trozo de tarta a la boca con expresión cómplice de

«Soy sofisticada pero sencilla, ni siquiera pienso en las calorías que tiene esto», para que Emily retratara el momento.

La tarta era demasiado dulce. El azúcar penetró dolorosamente en mis muelas.

Faltaban cinco meses para la boda cuando mi padre me llamó para decirme que se moría.

—Un cáncer pancreático avanzado, cariño. Los médicos dicen que se acabó. Me quedan semanas más que meses. ¿Hay alguna posibilidad de que vengas a casa?

—Oh, Dios, papá. Pues claro. Oh, Dios.

Se mostraba manso como nunca.

—Vanessa… quiero decírtelo ahora… Lo siento. Todo.

Yo tenía los ojos secos pero no podía respirar. Sentía como si algo afilado e insistente tirara de mi centro de gravedad, dispuesto a arrastrarme consigo a las profundidades.

—Para. No tienes nada por lo que disculparte.

—Puede que las cosas se pongan difíciles, pero no dudes de tu propia fuerza. Eres una Liebling. —Al otro lado de la línea oí un ligero silbido en su voz—. No lo olvides. Tienes que salir adelante. Por Benny y por ti.

Volé a San Francisco y fui a buscar a mi hermano al Instituto Orson.

Nos instalamos en la mansión de Pacific Heights para una rápida pero muy dolorosa agonía. A mi padre le fueron fallando los órganos uno tras otro.

Dormía todo el día, drogado por la morfina, su cuerpo tan hinchado que me daba miedo que fuera a estallar si lo abrazaba demasiado fuerte. Mientras él sesteaba, Benny y yo vagábamos sin rumbo por la casa en la que habíamos crecido, tocando superficies familiares con las puntas de los dedos, sintiendo la pérdida inminente. Nuestras habitaciones de niños, en las que

nada había cambiado desde el suicidio de mi madre, seguían como relicarios de aquello en lo que nuestros padres creyeron que íbamos a convertirnos: mi banderín de Princeton y mis trofeos de tenis, las medallas de esquí de Benny y su tablero de ajedrez. La familia que habíamos sido.

Mi hermano y yo cuidamos juntos de nuestro padre agonizante. Una noche, mientras se lamentaba en sueños, combatiendo a la muerte con toda la fuerza con la que se había enfrentado a la vida, nos sentamos el uno al lado del otro en un sofá y vimos viejos programas de la tele de nuestra juventud: Aquellos maravillosos 70 y Friends y Los Simpson. Benny acabó durmiéndose por el cansancio y las pastillas, y cayó lentamente de lado hasta que su cabeza acabó en mi hombro. Le acaricié el pelo de paja roja como si aún fuese mi hermanito pequeño y sentí una paz profunda a pesar de todo.

Me pregunté en qué estaría soñando, o si la medicación le había privado de hacerlo. Entonces dudé de que, si la muerte de otro de nuestros padres volvía a empeorarlo, ¿a quién iba a echarle yo la culpa esta vez?

—No tengas miedo —susurré—. Yo cuidaré de ti.

Abrió un ojo.

—¿Qué te hace pensar que soy yo quien necesita que lo cuiden?

Rio para que viera que lo decía en broma, pero aun así algo me inquietó.

Como si Benny hubiera notado algo en mí que también él llevaba dentro, algo que también nuestra madre había llevado en las entrañas: el estar muy cerca del límite.

Nuestro padre murió de repente. Se fue con un ruidito en el pecho y un ligero tirón en las extremidades. Yo había dado por supuesto que él y yo compartiríamos algún momento íntimo antes de que falleciera, la típica escena de película en que me diría lo orgulloso que estaba de mí, pero al final no estuvo lo bastante lúcido como para eso. Le cogí de su frágil mano hasta que esta se enfrió en la mía, y mis lágrimas mojaron ambas. Al otro lado de la cama Benny se mecía adelante y atrás, los brazos apretándose fuerte el pecho.

La enfermera daba vueltas de puntillas, esperando para darnos algunos consejos sobre los inevitables siguientes pasos: el médico, el director del funeral, el escritor del obituario, el abogado.

Sin saber qué hacer, me decidí por lo que mejor se me daba: saqué el móvil del bolsillo e hice una foto de nuestras manos aún entrelazadas para documentar aquel último contacto antes de que todo se esfumara para siempre. Casi sin pensar subí esto a Instagram: #mipobrepapi. (Pensar sin pensar: «Miradme, ved lo triste que estoy, llenad este agujero con amor»).

A los pocos segundos empezaron a llegar las condolencias: «Cuánto lo siento», «Qué foto más impactante», «Abrazos virtuales, Vanessa».

Palabras amables de generosos desconocidos, aunque tan personales como las letras en la marquesina de un cine. Sabía que a los pocos segundos de escribirlas habían pasado a otro post y se habían olvidado de mí.

Cerré la app y no volví a abrirla en dos semanas.

Benny y yo estábamos solos. Solo nos teníamos el uno al otro.

Victor vino en avión para el funeral y me abrazó mientras lloraba, pero tuvo que regresar de inmediato para asistir a una fiesta de recogida de fondos de su madre, que se preparaba para candidata a vicepresidenta en las siguientes elecciones.

Yo seguía en San Francisco, encargándome de las propiedades de mi padre, cuando Victor me llamó una semana más tarde. Después de unos pocos minutos de cháchara sin importancia dejó caer su pequeña bomba:

—Mira, Vanessa, he estado pensándolo y tendríamos que anular la boda.

—No, no pasa nada. Mi padre no hubiera querido que la pospusiéramos.

Me hubiera dicho que siguiera con mi vida. —Al otro lado se produjo un silencio incómodo y me di cuenta de que no lo había entendido bien—.

Espera. ¿Estás de broma? ¿Me estás dejando? ¿Mi padre acaba de morirse y tú me dejas?

—Ya sé que no es… un buen momento. Pero esperar más solo empeoraría las cosas. —Tenía la voz tomada—. Lo siento mucho, Van.

Yo estaba sentada en el suelo de la habitación de mis padres, mirando viejos álbumes de fotos. Al incorporarme se me cayó una cascada de

instantáneas.

—Pero ¿qué…? ¿Qué ha pasado?

—He estado pensando… —empezó a decir, y se detuvo—. Quiero…

más. ¿Entiendes?

—No. —Mi voz era de hielo, de acero, era pura furia—. No lo entiendo.

No tengo ni la menor idea de qué estás hablando.

Se produjo otra larga pausa. Seguro que él estaba en su despacho; oí el murmullo de la cacofonía de Manhattan tras su ventana, los taxis abriéndose paso a bocinazos por entre el tráfico del midtown.

—Esa foto, la de la mano de tu padre después de morir —dijo por fin—.

La vi en tu feed y me dejó helado. Pensé que así iba a ser nuestra vida. Todo al aire, que todo el mundo lo vea. Nuestros momentos más íntimos exhibidos y monetizados, clickbait para desconocidos. Yo no quiero eso.

Miré las fotos a mis pies. Había una de Benny, recién nacido, a los pocos días de salir del hospital. Yo, con tres años, lo tenía con mucho cuidado en mi minúsculo regazo mientras mi madre se inclinaba protectora sobre los dos. Las dos estábamos muy atentas, como si ambas fuésemos conscientes de que la diferencia entre la vida y la muerte era tan mínima como un mal gesto.

—Esto viene de tu madre, ¿verdad? Cree que soy negativa para su carrera, no sé por qué. ¿Cree que estoy demasiado en el ojo público?

—Bueno… —dijo él. Oí la sirena de una ambulancia al otro lado y no pude evitar pensar en la persona que habría atrapada dentro, acercándose a la muerte mientras el vehículo no iba a ninguna parte en el atasco de la hora punta—. No se equivoca. Vanessa, tu estilo de vida… es… La óptica no es buena. Una chica millonaria famosa por ir por todo el mundo con ropa cara… no es algo con lo que la gente se identifique. Y ahora que se habla tanto de guerra de clases… en fin, ya viste lo que pasó con Louise Linton.

—¡Joder, yo me he hecho a mí misma! ¡Lo he hecho todo yo! —

Aunque mientras gritaba al auricular recordé con una punzada de culpa el cheque del fideicomiso que me esperaba en mi mesa de Manhattan—.

Entonces, ¿qué? ¿Tu madre cree que no es adecuado para su hijo que lo vean con una heredera en un jet privado? Seguro que hubiera aceptado el dinero de mi padre sin dudarlo. ¡Hipócrita! ¿Es que no lo ves? La gente nos

tiene rabia pero cambiaría sus vidas por las nuestras a la mínima ocasión.

Quieren ser nosotros. Matarían por la oportunidad de subirse a un jet privado. ¿Por qué crees que tengo medio millón de seguidores?

—Lo que tú digas, Vanessa. —Suspiró—. No solo es mi madre. ¿Y si yo también quisiera meterme en política? Hace tiempo que el tema me molesta. Tu trabajo, tu vida, parecen… vacíos.

—He montado una comunidad —repliqué indignada—. La comunidad es una parte vital de la experiencia humana.

—La realidad también, Vanessa. No conoces de verdad a ninguna de esas personas. Lo único que hacen es decirte lo maravillosa que eres. Eso no tiene nada de auténtico, es puro postureo un día tras otro, fiestas y vestidos y «Oh, qué guapa está sentada a la puerta de ese hotel de cuatro estrellas». Lavar y repetir.

Aquello me llegó al alma.

—Bueno, ¿y ahora qué? —solté—. Trabajas en finanzas, Victor. No me vengas con eso de lo vacía que soy. ¿Cuando te me hayas sacado de encima pasarás a ser el rey de la sustancia? ¿Dejarás el trabajo y te irás a construir letrinas en Mozambique?

—Pues… —carraspeó—… me he apuntado a un curso de meditación.

—¡A tomar por culo! —le grité, y tiré el móvil al otro lado de la habitación. Me quité el anillo de compromiso y también lo lancé; cayó en un rincón y, cuando intenté recuperarlo unos días después, había desaparecido del todo. Seguro que se lo habían quedado los de la limpieza.

«Pues muy bien —pensé—, pues para ellos».

A la mañana siguiente fue la lectura del testamento de mi padre. Por supuesto, no le dejó Stonehaven a mi hermano, ¿para qué cedérsela a alguien que había jurado incendiarla? No, ahora iba a ser mi carga: cinco siglos de cosas de la familia, el legado de los Liebling, y ahora yo era la cuidadora.

Pero también tenía su lado positivo, como pronto vi. Porque cuando por fin volví a Nueva York no conseguí interesarme de nuevo por la clase de vida que llevaba antes. En vez de organizar viajes y sesiones de fotos y

looks, me encerré en mi piso y me dediqué a comer helado de caramelo salado y ver una serie tras otra en Netflix. Empecé a hacer muy pocos posts.

La regla dorada de los influencers es «No dejes chafado a tu público», pero yo no sentía ningunas ganas de sonreír. Saskia, Trini y Maya me enviaron mensajes, preocupadas —«Estás posteando poco, ¿va todo bien?», «¿Qué pasa?», «Preocupada por ti XX»—, aunque, claro, yo sabía por sus feeds que seguían sus vidas sin mí. Una chica nueva, estrella del pop suiza llamada Marcelle, de veintiún años, había ocupado mi lugar en su viaje a Cannes.

A Mister Buggles lo atropelló un taxi camino de Bryant Park.

Mis seguidores se mosquearon por mi falta de posts y empezaron a dejar de seguirme. Me centraba cada vez más en los comentarios desagradables en vez de disfrutar de los adulatorios: «Supéralo, zorra.

¿Dónde está el anillo, es que te han dejado? Ja, ja. Te crees muy molona porque eres rica, ¿por qué no vendes ese vestido horroroso y das el dinero a los niños refugiados?». En las redes es o todo o nada: alabanzas sin fin o ira total, sicofantes o troles. La cultura de la frase y el comentario, con la brevedad a la que obliga, no contempla el terreno medio, donde en la realidad se encuentra la vida. Sabía que no tenía que prestar atención a ese ruido vacío que gritaban quienes en realidad no sabían nada, pero no podía evitarlo. ¿Por qué me odiaban tanto a mí, una completa desconocida?

¿Acaso creían que el ser rica me impedía sentir dolor?

Con cada nuevo insulto me volvían a la mente las palabras de Victor:

«Parece… vacío». Pensé en la cara de mi padre, lo que me dijo cuando le conté lo que hacía: «Eso no es una carrera, querida, es solo un juguetito brillante que se va a quedar antiguo enseguida».

Quizás habían tenido razón.

No podía evitar preguntarme si había gente que me seguía solo para poder odiarme. Nunca quise ser la personificación del privilegio, solo lo hacía porque me ayudaba a sentirme bien conmigo misma. Y ya no era así.

Miré las pilas de ropa en el armario, vestidos sin estrenar con precios de cinco dígitos en sus etiquetas aún colgadas, y me sentí fatal. ¿Cómo me había convertido en esa persona? Ya no quería ser así.

Estaba harta de la vida de lujo. Tenía que irme de Nueva York y hacer algo nuevo. Pero ¿qué?

Durante una noche de insomnio se me ocurrió: Stonehaven. Me iría a vivir allí y me marcaría el objetivo de estar en paz con el mundo, volverme equilibrada y segura, la personificación de esas frases inspiradoras que colgaba a veces para llenar los vacíos de mi feed: ¡Inspiración diaria, chic@s! #madreteresa #serenidad #amabilidad. Insuflaría vida a Stonehaven, lo convertiría de nuevo en un lugar habitable y apetecible, un hogar que mis hijos (algún día) querrían visitar. Podía remodelarla o al menos redecorarla, borrar la mancha de la tragedia, dar un nuevo comienzo a la historia de los Liebling. Y, como beneficio extra, se prestaba a todo un nuevo relato en las redes sociales: Vanessa se muda a la mansión clásica de su familia en el Tahoe para buscarse a sí misma.

Llamé a Benny para decirle lo que iba a hacer. Se quedó un momento en silencio.

—Sabes que no voy a ir a visitarte, Vanessa. No puedo poner un pie en ese lugar.

—Ya te vendré a visitar yo a ti —repliqué—. Además, es por poco tiempo, hasta que se me ocurra otra cosa.

—Estás siendo muy impulsiva —insistió él—. Piénsatelo un segundo.

Es una idea desastrosa.

Sabía que no lo había pensado a fondo, pero era lo único que tenía.

Antes de una semana metí toda mi vida en cajas, incluido el vestido de novia que no tuve ocasión de llevar. Despedí al personal de casa y di por terminado el leasing del piso de Tribeca.

Saskia y Evangeline me montaron una fiesta de despedida en un tejado del Chinatown, con un DJ y la asistencia de medio Manhattan. Me puse un minivestidito plateado que Christian Siriano había creado especialmente para mí y repartí besos e invitaciones para visitar la «mansión familiar».

Hice que sonara como los Hamptons pero mejor. «¡Vendremos este verano!

—trinó Maya—. Yo pondré las chicas y conseguiremos patrocinadores y lo convertiremos en una salida de una semana a un spa». No me vi capaz de decirle que no había ningún spa cerca de Stonehaven, ni estudios SoulCycle, ni restaurantes que sirvieran tostadas con aguacate. Aunque

Saskia pareció darse cuenta por sí misma: al final de la fiesta me dio un abrazo como si se despidiera de mí para siempre.

No vi el momento de largarme.

Al día siguiente llegó un camión de mudanzas y cargó toda mi vida.

Hice una última foto mientras se alejaba traqueteando sobre los adoquines y lo colgué en Instagram. ¡Y así comienza un nuevo viaje! «Todos los grandes sueños empiezan con un soñador» —Helen Keller. #muycierto.

Más tarde supe que Victor le había dado un Me gusta a la imagen. Me pregunté qué era exactamente lo que le había gustado, la positividad o el que me fuera.

Cuando llegué, Stonehaven parecía una cápsula del tiempo. Nada había cambiado desde el día en que nos fuimos, años atrás: los muebles seguían cubiertos con sábanas blancas, el carillón del vestíbulo seguía parado a las 11:25, las latas de foie gras de la despensa habían caducado en 2010. No había polvo y todo estaba bien mantenido gracias al cuidador y su mujer, que, hasta que murió mi padre y se dejaron de pagar las facturas, vivieron en una cabaña en la punta más lejana del terreno. Aun así, mientras pasaba por las habitaciones oscuras y sin vida me di cuenta de que me había venido a vivir a una cripta. Todo estaba frío al tacto, inerte.

A veces, mientras desenfundaba muebles o examinaba las estanterías, creía sentir el fantasma de mi madre. En la biblioteca había un sofá con un asiento gastado, el que ella acostumbraba a usar, y cuando me senté en el hueco que había dejado sentí algo atrás, en la base del cuello, como si alguien me hubiera acariciado suavemente los cabellos. Cerré los ojos e intenté recordar lo que sentía cuando mamá me abrazaba, pero en vez de eso noté como un nudo frío en el estómago, dedos esqueléticos que salían de la tumba para agarrarme.

Un día me vi en la habitación de invitados en la que los pájaros de Meissen seguían inmóviles en su mueble, esperando ser liberados. Cogí uno, un canario amarillo, y le di vueltas en la mano, recordando los gestos de mi madre cuando dejó caer el loro. Me pregunté si ella se habría identificado con aquellas aves atrapadas. Me pregunté si su suicidio había

sido alguna especie de huida, no solo del dolor de su matrimonio fracasado y su hijo problemático, sino también de una jaula en la que se hubiera sentido encerrada.

«No voy a dejar que esta casa me mate también a mí», pensé, y pegué una sacudida para apartar los pensamientos mórbidos.

El que estuviera tan sola no ayudaba. Tahoe City no se encontraba muy lejos en el mapa, pero era como si estuviese en otro mundo, y yo no sabía cómo hacer amigos en esa pequeña y tranquila franja de la orilla oeste. En Tahoe la gente viene y va; las luces de las casas vacacionales junto al lago están encendidas una semana y apagadas la siguiente. En la tienda de la carretera, los habitantes locales que tomaban café y compraban el Reno Gazette-Journal no me prestaban la mejor atención; asumían por mi ropa y el monovolumen Mercedes aparcado a la entrada que solo estaba de paso.

Y así pasaba los días sola en las habitaciones de Stonehaven. También yo me sentía cada vez más como un pájaro enjaulado. Daba vueltas por el terreno, de la orilla a la carretera y vuelta a empezar, caminando en círculos hasta que me dolían las caderas, sin ver un alma. Los días de sol iba hasta la punta del muelle, donde los practicantes del esquí acuático convertían las aguas claras en espumosas, me hacía unos selfis en bikini, sonriente, y las colgaba: ¡Me encanta mi #vidadelago! Cuando tenía el día malo me quedaba en la cama con las persianas bajadas y repasando mi historial en Instagram, miles y miles de fotos de una desconocida que se llamaba igual que yo. «Las redes sociales alimentan al monstruo narcisista que todos llevamos dentro —pensaba—. Lo alimenta y lo hace crecer hasta que se adueña de todo y tú te quedas a un lado mirando imágenes de la criatura, como todos los demás en tu feed, y te preguntas a qué has dado luz y por qué vive la vida que querrías tú».

A veces hasta yo puedo verme clara a mí misma.

Una mañana, mientras paseaba por los terrenos, abrí las puertas de madera del viejo garaje de barcos y me descubrí contemplando el Judybird. Resultó que mi padre no se había molestado en venderlo, así que ahí estaba sobre su base hidráulica, a menos de un metro de la superficie del lago. El cuidador

le había echado combustible, la batería fresca, pero aun así parecía olvidado, una ballena varada. La cubierta estaba sucia de telarañas y cacas de las golondrinas que habían hecho hogar en los mástiles.

Me quedé en la rampa de madera al lado del barco, el agua fría lamiéndome las deportivas, y alargué una mano para tocarlo, como si fuese a sentir al fantasma de mi madre por entre la fibra de vidrio. Las tablas de madera protestaron bajo mis pies, flojas y podridas. Por un momento, uno breve, me pregunté cómo sería llevar el Judybird al centro del lago y saltar al agua con los bolsillos llenos de piedras. ¿Me resultaría alguna especie de alivio? Como si fuese un sueño, mi mano buscó el interruptor que devolvería el yate al agua.

Pero la aparté. «No soy mi madre, no quiero serlo». Me volví y salí del garaje, lo cerré tras de mí y me juré no volver a entrar nunca.

Llegó el verano y el lago se llenó de barcos, los turistas atascaron las carreteras. En Stonehaven no cambió nada. Un día, mientras volvía desde el muelle hasta la casa, vi la cabaña del jardinero, vacía. Me detuve a mirar por la ventana; nunca había estado dentro. Me sorprendió ver que seguía totalmente amueblada y limpia. Algo se encendió en mi interior y de repente se me ocurrió una idea: «Esta es la respuesta a mis problemas».

Podía alquilarla, ¿por qué no? Daría vida a la mansión; sabía Dios que iba a volverme loca si no encontraba a alguien con quien hablar aparte de la criada. Me proporcionaría un punto focal en la gran nada de mi vida actual.

Dos semanas más tarde llegaron mis primeros clientes de JetSet.com, una joven pareja francesa a quienes les gustaba sentarse al borde del agua y tomar vino todo el día. La mujer tenía una guitarra, y en cuanto la luz pasaba por encima del lago se ponía a cantar canciones pop con su voz ensoñadora. Me senté con ellos y mientras hablábamos de los lugares que nos encantaban de París noté una curiosa nostalgia por la vida que llevaba hacía solo seis meses. Vanessa Liebling, trotamundos, experta en moda, brand ambassador, influencer de Instagram. ¿Echaba de menos ser esa persona? Quizá un poquito. Pero con la presencia de ellos recuperé los ánimos, y cuando cantamos juntos When I’m Sixty-Four sentí que estaba

viendo una muestra de la persona nueva y más centrada en la que al final sí que iba a conseguir convertirme.

A la pareja francesa la siguió un matrimonio de jubilados de Phoenix, un grupo de alemanes que iban por las Sierras en moto, tres madres de San Francisco que iban a pasar un fin de semana sin maridos y una canadiense taciturna con una maleta llena de novelas románticas. Gente normal que vivía vidas normales. Algunos eran antisociales y otros deseaban tener una guía local, así que me los llevaba de excursión por Emerald Bay o a conciertos al aire libre a la orilla del lago, al Fire Sign Café a por huevos benedictinos y cacao caliente. Eso hizo que mis días tuvieran alguna especie de objetivo y borró la parte más dolorosa de mi soledad. Y tenía mucho material para Instagram. Los días volaban.

Pero cuando acabó el verano también lo hicieron las reservas. Mientras se acercaban los días oscuros volvieron los susurros a mi nuca: «¿Y ahora qué? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cuánto tiempo más podrás seguir manteniendo esto? ¿Quién eres en realidad y qué estás haciendo con tu vida?».

Un día, a principios de noviembre, me despertó la llamada del buzón de entrada, un mensaje de unos tales «Michael y Ashley».

«Hola —decía el mensaje—, somos una pareja creativa de Portland que buscamos un lugar tranquilo para pasar unas semanas, quizá más. Michael ha hecho una pausa de sus clases para escribir un libro y yo soy profesora de yoga. Nos hemos tomado un descanso de nuestras vidas, y tu cabaña parece perfecta para nosotros. ¿Está disponible? Somos nuevos en JetSet, así que aún no tenemos valoraciones, pero me encantará contarte más sobre nosotros si lo deseas».

Examiné su foto durante un largo rato. Ashley estaba ante Michael, que tenía los brazos en sus hombros, apoyando la frente en el costado de ella mientras se reían de alguna broma privada. Parecían inteligentes y atractivos y con los pies en el suelo, como modelos en un anuncio de Patagonia. Me sentí atraída inmediatamente por ellos, por la confianza que mostraban en sus sonrisas, su felicidad juntos. Y me fijé en que él era de lo

más guapo. En cuanto a ella, puse su nombre en el buscador y, después de descartar a un millar de Ashley Smith llegué por fin a su web: Ashley Smith, Yoga Oregón. Ahí estaba, sentada en una playa en la posición del loto, los ojos bajados y en paz y los brazos extendiéndose hacia el cielo. «“Tenemos que aprender a desear lo que tenemos, no a tener lo que queramos”, nos enseña el dalái lama. Creo que mi rol como profesora —y como ser humano

— es ayudar a la gente a ser conscientes de ello y, de paso, encontrar la paz interior. Solo internamente podemos encontrar la validación que pasamos tanto tiempo de nuestras vidas buscando en otros lugares».

Era como si estuviera escrito exclusivamente para mí. Hice zoom en la foto para verla más de cerca y admirar la expresión de serenidad en su bello rostro. Parecía la clase de persona en la que yo intentaba convertirme, la que simulaba ser en mi feed de Instagram. Me pregunté qué podría aprender de ella.

Sentí como si algo se elevara en mi interior: era mi pulso, que volvía a la vida. Hice clic en aceptar, sin darle más vueltas.

«La cabaña está disponible y podéis quedaros tanto como queráis —

respondí—. Espero que pronto nos conozcamos mejor en persona».

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