La estafadora
Capítulo 22
TRES ADULTOS —UNA MUJER RUBIA, UNA PAREJA oscura— están sentados en el comedor de una mansión en la montaña, como anclas en una punta de una mesa para veinte.
Está todo dispuesto para una comida de varios platos. Platos de porcelana con una filigrana de oro en los bordes se apilan como muñecas rusas, de más ancho a menos, cada uno esperando su momento, flanqueados por cubiertos con un monograma grabado. Las copas de cristal tallado reflejan en prismas la luz de la lámpara que cuelga del techo. La sala huele a madera ahumada y a las rosas de la mesilla supletoria.
La rubia, que es la anfitriona, no ha escatimado en nada.
Lleva un vestido verde de chifón Gucci seguramente pensado para subrayar el color de sus ojos. La pareja se muestra incómoda con los vaqueros que llevan los dos. No habían contado con que la ocasión iba a ser tan solemne. No habían pensado que los empleados del cáterin iban a estar dando vueltas por toda la cocina, las mujeres uniformadas que les sirven el vino, la criada que espera en pie a limpiar las migas. Algo ha cambiado en las cuarenta y ocho horas desde la última comida servida aquí, pero ninguno de los dos sabe por qué la rubia ha sentido de repente la necesidad de impresionarlos.
A pesar de todo, la conversación es fluida y animada. Evitan los temas polémicos (la política, la familia, el dinero) y tratan temas de actualidad con los que están familiarizados todos: las últimas series de televisión alabadas por la crítica, divorcios de famosos, los méritos de la dieta paleo-extrema.
El vino fluye, llega la sopa, el vino fluye más, ahí viene la ensalada. Los tres beben en exceso, aunque si uno presta atención observará que la pareja lo hace en menor cantidad que la rubia. De vez en cuando los dos se miran, pero enseguida apartan la vista.
El plato principal —salmón al limón— acaba de ser servido cuando la velada se ve interrumpida por una llamada de teléfono. La mujer de cabellos oscuros rebusca en el bolsillo de sus vaqueros, saca su móvil y mira la pantalla con el ceño fruncido. La conversación se detiene brevemente mientras ella contesta. Forma sin sonido la palabra «Mamá» y los demás asienten. Se levanta de la mesa, se encoge de hombros como disculpándose y abandona la sala mientras empieza a hablar con la persona al otro lado de la línea.
Los dos que quedan a la mesa se sonríen tímidamente. La rubia examina su plato («¿Esperamos o no?»), pero él se precipita sobre el suyo como si estuviera muerto de hambre; por fin la mujer se relaja y coge su tenedor. El salmón de la mujer morena se enfría en el plato y la gelatina empieza a solidificarse.
Mientras tanto, esta camina apresuradamente por la mansión, cruzando habitaciones frías y que parecen cada vez más oscuras a medida que se aleja de la actividad y los ruidos de la cocina. Habla en voz bien alta al aparato hasta encontrarse a una buena distancia, y entonces deja de simular. La llamada era falsa, claro; hay aplicaciones para eso.
La mujer llega al vestíbulo de la mansión, donde unos plutócratas muertos miran con desaprobación desde sus retratos; atraviesa una sala de estar y entra en el despacho. Este se encuentra en la base de la torreta circular que ancla el centro de la mansión, por lo que la sala también lo es, con paredes curvadas cubiertas con estanterías de madera. Cada una de estas muestra un objeto singular: una urna de celadón, una vaca de porcelana, una lámpara con forma de globo terráqueo, un reloj de boudoir lleno de florituras. El escritorio, un lago de cedro pulido, está vacío excepto por un antiguo tintero y una foto enmarcada sacada hace unas décadas y que muestra a una madre y sus dos hijos pequeños.
La mujer va hasta el escritorio y lo rodea mientras examina la sala. Se concentra en un cuadro colgado en la pared opuesta, que muestra una escena de caza británica, un grupo de perros que persiguen a un zorro por entre unos arbustos. Se acerca para examinarlo mejor. El marco sobresale mínimamente pero en forma delatora de la pared; la pintura dorada parece más gastada en un punto que en el resto. La mujer se saca del bolsillo un
par de guantes de látex y se los pone antes de coger el marco por ese punto y tirar ligeramente. El cuadro se retira a un lado y muestra una caja fuerte detrás.
La mujer se detiene y escucha con gran atención, pero la mansión está en silencio excepto por el eco ocasional de alguna risa, como una aguja que atraviesa la quietud. Examina la caja fuerte. Es del tamaño de un aparato de televisión, igual de grande que la pintura que la cubría y bastante moderna, aunque no demasiado, con un teclado electrónico.
Con sus dedos enguantados, la mujer teclea cuidadosamente una fecha de nacimiento; la ha encontrado hace poco en una base de datos online de certificados de nacimiento: 062889. Espera, intentando oír el clic. No sucede nada. Vuelve a probar, una tras otra, tres variaciones de la misma fecha: 061989, 280689, 198906, pero sigue sin suceder nada. Posa una oreja en la superficie metálica y escucha, igual que los ladrones en las películas antiguas de grandes robos. Aunque hubiese algo que oír, ella no sabría en qué fijarse. Sus dedos golpean el teclado cada vez más fuerte, frustrados.
Ha leído lo suficiente sobre cajas fuertes como para saber que tiene solo cinco intentos antes de que esta deje de aceptarlos.
Respira hondo, agita las manos y vuelve a probar: 892806.
La caja emite un ruido de queja. El cierre se suelta con un clanc metálico. La mujer abre la portezuela y mira en su oscuro interior.
Está vacía. La caja fuerte está vacía.
Miro, incrédula. Al frente hay un anillo de compromiso art déco falso.
Vanessa lo ha colocado en un pequeño bol de plata para guardarlo; en la semioscuridad parece una triste burbuja que se ha quedado en la jabonera.
Detrás no hay nada. Ni pilas de billetes con cintas, ni cajas de joyas con interior de terciopelo, ni monedas de metales preciosos.
Me mareo. Todo ha sido para nada.
Pero no, no es cierto. La caja no está vacía del todo. Al fondo hay un montón de papeles y unas carpetas de acordeón. Cojo con cuidado estas últimas y las abro para echar un vistazo. Son solo documentos, la mayoría amarillos por el tiempo. Los hojeo: informes de negocios, títulos de
propiedad, bonos del gobierno, certificados de nacimiento, papeles legales varios para los que no tengo tiempo ni interés. Es probable que formen un documento histórico de Stonehaven y sus habitantes, pero a mí no me resultan de ningún valor.
Vuelvo a dejar las carpetas y adelanto la pila de papeles al frente de la caja. De nuevo, nada de valor. Son solo viejas cartas.
Aun así, las miro por encima para asegurarme del todo. Una me llama la atención. Es una nota escrita a mano en una hoja cuadriculada con tres agujeros a un lado, típico de los cuadernos que se venden por toda América.
La letra es femenina, escrita en rotulador con gran pulcritud.
Algo en mí se detiene. Conozco ese papel. Conozco esa letra.
Saco la nota de la pila y la ilumino con la linterna del móvil. Me digo a mí misma que estoy imaginándome cosas mientras empiezo a leer. Pero me siento como si se me hubiese enrollado una serpiente al pecho y empezara a apretar.
15 de octubre de 2006
William:
Sé que cuando me fui de la ciudad creíste que todo había acabado, pero adivina: he cambiado de idea. Me doy cuenta de que mi silencio te ha salido demasiado barato. Valgo más que lo que me diste en junio.
Como sabes, tengo pruebas de lo nuestro: fotos, facturas, cartas, registros de teléfono. Te ofrezco vendértelos por 500 000 dólares. Incluyo ejemplos de las fotos que tengo, para que sepas que todo es cierto. Si eliges no pagarme los 500 000 dólares, voy a enviárselo todo a tu mujer, después mandaré una copia a los inversores de tu consejo de administración, y después otras a los diarios y las webs de cotilleos.
Tienes hasta el 1 de noviembre para ingresarme el dinero en mi cuenta del Bank of America.
Es lo mínimo que nos debes a Nina y a mí.
Saludos,
Lily
La serpiente que me rodea el pecho aprieta hasta cortarme la respiración. La habitación me da vueltas.
En mi cabeza repican campanas. No; es solo el reloj, que da la hora.
Han pasado casi ocho minutos desde que me levanté de la mesa. Devuelvo la nota a la caja fuerte empujándola en mitad de la pila de papeles y cierro con manos temblorosas. Vuelvo a ciegas por la casa oscura siguiendo el
sonido de las voces. Intento hacer que todos los fragmentos de mi historia encajen de nuevo, pero no lo consigo. Nada tiene sentido. O quizás es que de repente todo lo tiene.
Mi madre. Me la imagino como era por entonces, explosiva con su vestido azul de lentejuelas, y después me la imagino en los brazos grandes y fofos de William Liebling. Me da un temblor.
Tengo que hablar con ella. Tengo que verla.
Por fin llego al comedor. El calor de la chimenea, la luz repentina que me hace parpadear. Dos pares de ojos se fijan en mí y dibujo en mi rostro lo que espero sea una sonrisa tranquila y tranquilizadora. Pero Lachlan se da cuenta de que algo va mal. Al mirarme aprieta los músculos de la mandíbula de forma casi imperceptible, alarmado. Vanessa no parece darse cuenta.
—¡Aquí estás! Michael me estaba hablando de su novela; me muero por leerla. A lo mejor me deja un fragmento. —Sonríe con picardía a Lachlan, y cuando él no le responde al instante apunta de nuevo hacia mí. Frunce el ceño—. Espera… Ashley, ¿va todo bien?
El olor del salmón invade mi olfato y me provoca una arcada. Las llamas de velas sobre la mesa tiemblan por el viento que he traído conmigo.
Observo a Vanessa y me pregunto si sabe lo de la nota. Me siento frágil y expuesta. Ella me devuelve la mirada con los ojos abiertos de par en par, arreglada e ingenua como un caniche de concurso. Entonces recuerdo que soy Ashley. Aunque Vanessa hubiera dado con la nota entre los papeles de su padre, no tendría razón para conectar a la Lily de la firma con la mujer que ahora tiene delante. Me envuelvo en mi disfraz y, disimulando temblores, improviso.
—Es mi madre —digo—. Está en el hospital. Tengo que volver a casa.
Lachlan está furioso. Da vueltas en círculo por la sala de estar, con las venas del cuello hinchadas, pasándose las manos por sus rizos enredados por la estática.
—Joder, Nina, ¿vacía? Y entonces, ¿dónde coño está todo?
—No lo sé —contesto—. Lo más posible es que escondido en algún otro lugar. Otra caja fuerte. O una consigna. O un banco.
—Mierda. Estabas tan segura…
—Perdona, pero han pasado doce años. Las cosas cambian. Ya sabíamos que no teníamos muchas posibilidades.
—Nunca dijiste que no las tuviéramos. Dijiste que era seguro. Nuestro gran trabajo.
Me dan ganas de tirarle una silla.
—Al menos la combinación seguía siendo la misma, y he podido comprobarlo.
Él se tira en el sofá con expresión sombría.
—¿Y ahora qué?
—Bueno, no es que la casa no tenga objetos valiosos. Hay cosas que valen cientos de miles de dólares. El carillón. Puedo volver, hacer inventario y después estudiamos nuestras opciones. No vamos a irnos con las manos vacías.
Lachlan pone cara de disgusto.
—Eso es mucho más complicado: encontrar la forma de llevárnoslo, encontrar a otro perista para vendérselo. Después de la comisión solo conseguiremos una fracción de su valor. Se suponía que esta iba a ser nuestra gran oportunidad, y ya estamos de nuevo con chapuzas. —Me mira fijamente—. ¿Y qué diablos es eso de ir a ver a tu madre?
—Me ayudó con la historia, hizo que la llamada sonara más plausible.
Me doy cuenta de que no me cree, pero ni en sueños voy a contarle lo de la nota. Y además, ¿qué tiene eso que ver con lo que estamos haciendo aquí? Nada. Aunque es cierto que me siento como si todo se hubiera movido, como si el lago de certidumbre moral en el que he estado bañándome todos estos años de repente se hubiese secado y ahora contemplase el lecho seco, preguntándome dónde estoy. Me siento a su lado y poso una mano sobre su pierna. Él la ignora.
—Mira, es verdad que estoy preocupada por mi madre. Acordamos que podría volver a casa a visitarla. Fue por eso que nos quedamos en California, ¿recuerdas? —Él sigue en silencio—. Solo me iré unos días.
—Vanessa esperará que me vaya contigo. Ahora soy tu prometido.
—No. Tú quédate y piensa un plan B. Seguro que se te ocurre una razón convincente para quedarte. Dile que no quise interrumpir tu escritura. Dile que a fin de cuentas mi madre tampoco está tan enferma.
Fuera, la nieve sigue cayendo, cubriendo silenciosamente el terreno. El anciano termostato hace clic, clic y por fin se pone en marcha, lanzándonos una corriente de aire ardiendo. Lachlan hace un ruido de desprecio y se quita el jersey por la cabeza.
—Joder, Nina —farfulla—. ¿Qué voy a hacer mientras no estés? Ya estoy volviéndome loco.
Me encojo de hombros.
—Eres adulto. Ya se te ocurrirá algo.
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