La estafadora

Janelle Brown · Capítulo 29 de 38

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La estafadora

Capítulo 27

Semana dos

¡MI MARIDO! ME GUSTA MIRARLO CUANDO NO ESTÁ despierto: mientras retira la nieve del camino al muelle, sus músculos flexionándose cada vez que la pala muerde el suelo; sentado a la ventana mientras trabaja en su libro, la luz invernal iluminándolo mientras se encoge sobre su portátil, rizos de cabello negro recogidos con descuido detrás de las orejas, sus ojos pálidos concentrados en la pantalla. Tiene un rostro sacado de una novela de Jane Austen, vivido y viajado (¿o sería de una de Brontë? Tendría que haber prestado más atención en clase de Literatura Inglesa).

No puedo dejar de mirarlo.

Ya se ha hecho con Stonehaven como si fuese su hogar de toda la vida.

Se tumba en los sofás de seda sin quitarse los zapatos, sin importarle que las suelas dejen marcas negras en la tela. Apoya la cerveza en la mesilla de cedro, dejando círculos fantasmales blancos imposibles de borrar. Fuma cigarrillos en el porche y, como no tengo ceniceros, aplasta las colillas en un bol de porcelana monogramado con una letra L dorada.

Mi abuela Katherine se horrorizaría con su comportamiento, pero a mí me encanta. Ha hecho que esta sea una casa normal, la ha conquistado, la ha hecho suya como yo nunca pude.

Llevamos casados once días y, después de haber pasado meses sintiéndome atrapada en Stonehaven, de repente no tengo ningún deseo de dejarla. Hemos hablado de irnos de luna de miel a algún lugar cálido y tropical (¡Bora Bora! ¿O quizás Eleuthera? ¿Adónde van todos hoy en día?

Llevo demasiado tiempo fuera de onda). Pero entonces empieza a nevar y tomamos martinis a la chimenea de la biblioteca y me siento tan cómoda que no veo para qué irnos. Me he pasado muchos años en movimiento

constante; supongo que estaba buscando algo y no sabía lo que era. Ahora que lo he encontrado por fin, es un alivio quedarme quieta.

El parloteo molesto y constante en mi cabeza, todos esos agotadores subidones y bajones, ha desaparecido por completo. Siento que de verdad vivo en el momento. (¡La Ashley falsa estaría orgullosa!).

He dejado Instagram del todo. Ni una foto desde el día en que nos casamos. Michael no es partidario. Me esconde el móvil, pero, por mí, perfecto: he descubierto que ya no necesito la aprobación de medio millón de desconocidos; la única persona cuya opinión me importa está sentada a mi lado. La verdad es que ha sido un alivio abandonar el tirón del cuadrado vacío que me atraía hacia sí, el agotador artificio de subirme al escenario y pedir que me juzguen.

¿Lo ves? Ya no puedes herirme porque no me importa lo que pienses.

—Podríamos ir a Irlanda —me dice Michael—. Te presentaría a mis tías.

Hasta podríamos visitar el castillo.

Le hago contarme historias de este, la antigua fortaleza O’Brien, aún más imponente que Stonehaven. Él insiste en que es un castillo «modesto»:

«En Irlanda los hay a miles, casi todo el mundo tiene alguno en su familia».

Pero no puedo evitar pensar que Michael lleva la sangre de grandes antepasados. Eso explica por qué Stonehaven no lo intimida.

Una más para la larga lista de cosas que compartimos: sus padres, como los míos, llevan tiempo muertos («Un Aston Martin —me susurró al oído una noche—, un rebaño de ovejas que aparece de repente en una pequeña carretera comarcal»), y todos sus hermanos son alcohólicos o no se habla con ellos. Sabe lo que es despertarse por la mañana invadido por el pánico, sintiendo como si durante la noche te hubieses desconectado de todo, como si de repente pudieses desaparecer y nadie fuera a darse cuenta porque quienes más te querían ya no están.

Ya no tengo por qué sentirme así.

También como yo: su familia perdió todo su dinero de verdad hace un tiempo, a base de ir retirándolo poco a poco de un depósito con demasiados herederos y demasiados gastos.

Aún no sabe que tenemos eso en común.

Esta es nuestra nueva rutina: yo duermo hasta tarde; Michael me trae el café a la cama sobre las diez. Hacemos el amor; a veces repetimos. Al mediodía él se va a trabajar en su libro y yo en mis bocetos. Estamos sentados en feliz silencio durante horas. En diciembre el crepúsculo llega pronto, así que a media tarde hacemos una pausa, nos ponemos las botas de nieve y vamos a dar un paseo por el lago. Pasamos el garaje de barcos y llegamos al muelle cubierto de nieve, nos sentamos en el banco que hay al final y contemplamos la quietud del agua. A veces nos llevamos un termo de té y nos quedamos en silencio, contentos (¡pero no porque no tengamos nada que decirnos!), hasta que el sol desaparece tras las montañas.

Después volvemos a Stonehaven y quizás escribimos y abocetamos un poco más. Preparo la cena; consulto montones de viejos libros de cocina franceses que había por aquí hasta que encuentro algo que suena apetitoso: sole meunière, bœuf Bourguignon, ensalada Lyonnaise. Los vaqueros empiezan a apretarme. En Nueva York, mi antigua vida, inmediatamente me pondría a hacer penitencia con una clase de spinning tras otra, pero aquí no me importa. Me da igual si entro o no en mis pantalones de cuero Saint Laurent, tampoco tengo para qué ponérmelos.

Más tarde, cócteles junto al fuego, más sexo, más cócteles, quizá nos acostamos y vemos una vieja película en mi portátil.

Los días pasan, se funden unos con otros entre la lujuria y el alcohol, todo agradablemente pegajoso y nuevo.

Mi cuaderno se va llenando lentamente de diseños de moda: tops con plisados que ondulan como el viento en la superficie del lago, delicados vestidos de toile que vuelan en los hombros como alas de cuervo, chaquetas con detalles que recuerdan a agujas de pino. Al principio los bocetos eran

inseguros, pero poco a poco se han ido volviendo más atrevidos: una silueta sola trazada con unas pocas líneas gruesas, los detalles insinuados con pasteles. Casi me había olvidado de lo bien que me siento cuando dibujo; hasta este mes no había cogido un lápiz desde las clases de arte del instituto.

Entonces se me daba bien, lo suficiente como para que me invitaran a participar en el programa de talentos, aunque mis padres no me animaron a seguir por ese camino: se supone que los Liebling coleccionan arte, no lo crean. Además, yo era consciente de que tenía un poco de talento, pero ni de lejos el suficiente. Benny era el Liebling que tenía algo urgente que necesitaba plasmar en papel; a mí me faltaba esa visión personal necesaria para ser un gran artista. De seguir me hubiese convertido en una dilettante, productora de paisajes adecuados que hubiesen sido comprados amablemente por amigos pero nunca colgados en museos.

Así que lo dejé.

Y entonces apareció Michael. «Veo que tienes alma de artista, aunque no sabes qué hacer con ella». Me lo dijo una mañana en la cama, poco después de que Ashley se fuera. Me reí, pero no he olvidado sus palabras.

Más tarde, ese mismo día (otro plácido día de montaña; la vida descansada se vuelve un poco aburrida, sobre todo cuando no tienes el móvil para distraerte), pensé «¿Por qué no?». Me había pasado la mayor parte del año sentada en Stonehaven sin nada que hacer, llenando el tiempo con sueños de un remodelaje que nunca se produciría porque no podía permitírmelo, jugueteando con mi menguante fondo financiero, dando los Me gusta de rigor en las redes sociales.

Aquella tarde cogí un viejo tintero de un rincón del estudio, me senté en el invernadero y contemplé el jardín cubierto de nieve y el lago más allá.

Pero cuando levanté la pluma, la imagen que emergió en el papel no fue un paisaje sino un vestido, un vaporoso vestido de fiesta con escote asimétrico y una falda en déshabillé que flotaba como llevada por el viento.

Mientras pensaba en lo que acababa de dibujar sentí el aliento de Michael en mi cuello.

—Es bonito —dijo, acercándose más para verlo—. ¿Habías diseñado ropa antes?

—Lo mío es llevar ropa, no diseñarla.

Llevó un dedo a la página, justo en el centro del busto del vestido.

—Ahora sí —replicó. Me hizo reír.

—Venga ya. No soy diseñadora de moda.

—¿Por qué no? Tienes la plataforma. Tienes el gusto. Tienes los recursos, y está claro que tienes el talento. ¿No te lo han dicho nunca?

Miré la página e intenté verla con sus ojos. ¿Era posible que yo tuviera alguna capacidad para la grandeza, algo que en todos estos años nunca había sido apreciado, una chispa a la que nadie se había molestado en dar aire y convertirla en una llama?

Una voz familiar susurró en mi cabeza: «Deja de pedirle a la gente que te diga que te lo mereces».

La gente ya no se toma el tiempo de verse los unos a los otros. Vivimos en un mundo de imágenes superficiales, nos miramos lo justo como para asignar una categoría y una etiqueta antes de pasar a la siguiente nadería.

Apenas los hay (¡Michael!) que se detengan a ver de verdad, a pensar en lo que puede haber fuera del encuadre.

Quizás yo esté emergiendo de una crisálida. Quizás esté a punto de convertirme en una persona totalmente nueva. Quizá me cambie el nombre a O’Brien y me libre del Liebling para siempre.

Ya estoy a medio camino. ¿Por qué no llegar hasta el final?

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