La línea del horizonte
Capítulo 9
Al verle parapetado detrás del escritorio, con aquel aire de niño enfurruñado que a veces adopta Corrado cuando tiene demasiado trabajo, Spino ha pensado que, como siempre, a Corrado le gusta interpretar un poco el papel de jefe de sección cínico, un personaje que han visto tantas veces juntos en el cine. Spino llegaba pronto para contarle su excursión dominical. El diario de la mañana, como todos los lunes, hablaba casi únicamente de fútbol y no traía noticias de importancia. Tenía ganas de decirle a Corrado que posiblemente Sara se fuera para unas breves vacaciones, y que si quería contratarle como investigador privado, a título gratuito, era una ocasión que no podía desperdiciar.
Pero cuando Corrado ha dicho: «Otro», haciendo el signo dos con el índice y el medio, su buena disposición se ha desmoronado de repente y se ha sentado sin tener valor para hablar, esperando.
—Esta noche ha muerto el policía —ha dicho, y ha hecho un gesto con la mano, de corte, como para decir: empatados; o bien: final de la historia. Ha habido un largo silencio y Corrado ha comenzado a hojear un dosier, como si el tema estuviera agotado. Luego se ha quitado las gafas y ha dicho tranquilamente—: El funeral se celebrará mañana, el féretro se encuentra en una cámara ardiente dispuesta en el cuartel, las agencias de prensa ya han difundido los telegramas de pésame de las autoridades. —Ha devuelto el dosier a la estantería y ha colocado una hoja en la máquina de escribir—. Tengo que escribir el artículo —ha dicho—, lo hago personalmente porque no quiero problemas, solo pura crónica, sin suposiciones ni arabescos.
Se ha dispuesto a escribir, pero Spino ha puesto una mano sobre la máquina. «Oye, Corrado —le ha dicho—, ayer hablé con un sacerdote que le conoció, vi una carta suya, era una persona sensible, la historia no es tan sencilla como puede parecer».
Corrado se ha levantado de un salto, se ha acercado a la puerta de su pequeño despacho de cristal y la ha cerrado. «¡Ah, era sensible!», ha exclamado enrojeciendo. Spino no ha contestado, ha sacudido la cabeza en señal de negación, como si no entendiera. Y entonces Conrado ha dicho que le escuchara con atención, porque había solo dos hipótesis. Primera hipótesis: cuando los policías llegaron el muerto ya estaba muerto. En efecto Kid murió en la puerta de entrada. Ahora bien, la pistola que los mató a él y al policía, y en la que faltan seis proyectiles, fue encontrada en la terracita de la cocina, al fondo del pequeño pasillo. ¿Cómo es posible que un muerto retroceda todo el pasillo y vaya a la terraza a dejar la pistola? Segunda hipótesis: la pistola, con alguien que la empuñaba, estaba en la terraza, esperando. Kid lo sabía o no lo sabía, esto es imposible averiguarlo. Cuando los policías llamaron a la puerta. Kid fue tranquilamente a abrirla. En ese momento la pistola surgió de la noche y disparó repetidas veces contra Kid y contra los policías. Entonces, ¿quién era el muerto? ¿Era un cebo ignorante? ¿Un cebo consciente? ¿Un pobre idiota? ¿Alguien que no tenía nada que ver? ¿Un testigo incómodo? ¿U otra cosa? Todas las hipótesis eran posibles. ¿Se trataba de terrorismo? Tal vez. Pero también habría podido tratarse de otra cosa: venganzas, chanchullos, cosas secretas, chantajes, quién sabe. Es posible que Kid fuera la clave de todo, pero también podía ser únicamente un chivo expiatorio, o bien alguien que había aparecido en un cruce del destino. De una cosa estaba seguro Corrado: que era mejor dejarlo correr.
—Pero no se puede dejar morir a la gente en la nada —ha dicho Spino—, es como si uno muriera dos veces.
Corrado se ha levantado y ha tomado a su amigo por el brazo, empujándole con dulzura hasta la puerta. Ha hecho una mueca de impaciencia señalando el reloj de la pared. «Pero ¿qué andas buscando?», le ha dicho empujándole fuera.